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Este ensayo recoge evidencias en torno a un problema central de la historia de las sociedades y de nuestro tiempo: qué es lo que explica que algunos países y regiones del mundo hayan alcanzado un mejor bienestar para sus poblaciones y, a partir de ahí, cuáles son las directrices que deben guiarnos para que el resto de las congregaciones humanas alcancen ese estado de bienestar.
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Seitenzahl: 319
Veröffentlichungsjahr: 2023
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ÍNDICE
PRESENTACIÓN
1. EL PROBLEMA
2. LO SOCIAL
3. LA DENSIDAD SOCIAL
4. EL CASO PIONERO
5. FRANCIA: ROMPER CON TODO Y CONSERVARLO
6. LO POPULAR Y LO NACIONAL
7. LA PRIMERA PERIFERIA
8. LA SOCIEDAD INVISIBLE
9. MÉXICO, LOS ORÍGENES SOCIALES DE UNA CULTURA ESTATAL
10. LA ILUSIÓN DE SER MODERNOS
11. EN LOS CONCEPTOS
12. LA DEGRADACIÓN DE LOS ACTORES
13. RECONSTRUIR ABAJO O RECONSTRUIR ARRIBA
14. GOBIERNOS CON MIRADA SOCIAL
15. LA MIRADA A LA IZQUIERDA
16. ¿CÓMO PRIVILEGIAR LA LÓGICA SOCIAL, LA LÓGICA DEL BIENESTAR?
17. LA RECONSTRUCCIÓN: SÍ HAY ESPACIO PARA LA UTOPÍA
18. LOS GLADIADORES DE NUESTRO TIEMPO: LO INDIVIDUAL Y LO COLECTIVO
19. LOS PASOS HACIA UNA VIDA MEJOR
20. EL PAPEL DEL ESTADO NACIONAL
21. ¿ES ESTO POSIBLE EN EL CAPITALISMO GLOBALIZADO?
22. LA FLECHA DEL TIEMPO, ¿EL CRECIMIENTO IRREMEDIABLE?
23. EL HOMBRE IDEAL DESTRUYENDO LO HUMANO
24. COROLARIO
ANEXO
REFERENCIAS
ÍNDICE ANALÍTICO
sociologíaypolítica
LA CEGUERA DE LOS MODERNOS
LOS CÓDIGOS NEGADOS PARAEL BIENESTAR DE LAS SOCIEDADES
SERGIO ZERMEÑO
siglo xxi editoresCERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS, 04310, CIUDAD DE MÉXICOwww.sigloxxieditores.mx
siglo xxi editores, argentinaGUATEMALA 4824, C1425BUP, BUENOS AIRES, ARGENTINAwww.sigloxxieditores.com.ar
anthropos editorialLEPANT 241-243, 08013, BARCELONA, ESPAÑAwww.anthropos-editorial.com
Catalogación en la publicación
Nombres: Zermeño, Sergio, autor
Título: La ceguera de los modernos : los códigos negados para el bienestar de las sociedades / por Sergio Zermeño
Descripción: Primera edición. | Ciudad de México : Siglo XXI Editores, 2021. |
Colección: Sociología y política
Identificadores: ISBN 978-607-03-1157-4
Temas: Calidad de vida | Indicadores sociales | Estilos de vida
Clasificación: LCC HN25 Z47 2021 | DDC 306
primera edición, 2021
© siglo xxi editores, s. a de c. v.
isbn 978-607-03-1157-4 e-isbn 978-607-03-1158-1 derechos reservados conforme a la ley. prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio.
PRESENTACIÓN
Este libro es un balance de las ideas más relevantes que he podido establecer a lo largo de medio siglo de mi trabajo intelectual. Por ello y porque el tiempo presente ha vuelto azarosas nuestras vidas, quiero agradecer desde aquí el apoyo que he recibido de entrañables personas que han estado a mi lado compartiendo sus saberes y sus afectos, así como de las instituciones que me han abierto sus puertas y me han dado su respaldo.
No me puedo detener en cada una de ellas, pero ahora que reviso con Ana Ceballos la versión final de las planas de este libro me vienen a la mente recuerdos inseparables de esas personas: a Raúl Benítez, Víctor Manuel Durand y Julio Labastida por impulsarnos a muchos jóvenes para conocer América Latina, permitiéndonos deambular por La Paz, por Buenos Aires, por Río, por Santiago en llamas un año antes de la tragedia, empujándonos para estudiar a nuestro país desde culturas lejanas; al gobierno cubano por pasearnos a lo largo de todas sus provincias en el año de la gran zafra, regalándonos el lujo de mirar la Habana desde el Hotel Nacional; a la École des Hautes Études en Sciences Sociales y a su elenco de académicos, ante el que nadie compite, con Alain Touraine en la primera fila mostrándonos el mundo cada jueves al lado del jardín invernal de la casona de Varene; a Abraham Lowenthal del Wilson Center instalándome en una de las torres del castillo Smithsonian donde contemplaba los museos bordeando el mall y los edificios desde los que manda el imperio, “no vayas más allá de la calle dieciséis porque con tus ojitos azules te puedes llevar un susto mortal”; a James Wilkie que me invitó a la Universidad de California y me mostró el este de Los Ángeles, un territorio reapropiado por nosotros con su mercado mexicano, el mejor surtido del mundo y su estruendo de mariachis y tríos, de aromas a barbacoa y a pozole; a Fernando Calderón reuniéndonos una y otra vez desde el Consejo de Latinoamericano de Ciencias Sociales para que no se nos olvidara que los mexicanos somos parte de América Latina, aunque luego nuestra intelectualidad le dio la espalda y se volteó para el norte; a Julio y a Alain, una vez más, por llevarme a un congreso en India donde permanecí dos meses que cambiaron tanto mis valores como los años de mi formación en Europa: magnificencia de templos y palacios asediados por la suciedad, la miseria y la anarquía; no querer salir del hotel cada mañana para no enfrentarte a la locura, pero al mismo tiempo un orden dictado desde la religión y las castas; todo resultó al revés en China al extremo de que en Shanghái en la madrugada del imponente Festival de la Luna, caminamos dos horas desde el río hasta la universidad sin ser molestados en los barrios por los grupos de jóvenes que celebraban (gracias Jim, de nuevo); a Marianne Braig y a Horst Kurnitzky por el impacto pedagógico que me permitieron cuando dos años después de la caída del Muro paseamos desde la iglesia rota y el colorido y alegre Tiergarten cruzando por la Puerta de Brandemburgo hasta constatar en el Berlín oriental que al socialismo en su última etapa ya no le alcanzó ni para pintar los edificios; a Daniel Pecaut por la puntada de que yo hiciera un segundo doctorado; a Michel Wieviorka por haberme invitado a lo largo de los años a habitar la Maison Suger, a sólo dos cuadras de Notre Dame, y desde ahí a no descuidar mis lazos académicos con el grupo de intervención sociológica en el que también recibí las directrices del propio Touraine, de Yvon Le Bot, de Luis Ernesto López y de Geoffrey Pleyers; a este último por invitarme más de una vez a la Universidad de Lovaina, ese faro que ha alumbrado a América Latina desde la teología de la liberación, luego truncada por Reagan y por la propia jerarquía católica; a Juan Ramón de la Fuente que le abrió paso al grupo Pro-regiones de la UNAM que ha mostrado su fuerza a lo largo de tres lustros gracias al trabajo incansable de Gustavo Galicia, Ivette Ayvar, Alberto Hernández, Raúl Fernández, Carlos Rea, Martín Fierro, Alexandra Aguilar, Arturo Flores, Carlos Vargas, Rosalinda Arau y de muchos profesores y alumnos, primero en Atoyac, buscando por otros medios los mismos fines que Lucio, hasta que la violencia atizada por el presidente Calderón nos obligó a desmantelar la casa abierta a la población, sobre todo juvenil, y replegarnos hacia la capital al igual que otros actores, los secuestrables como alguien los llamó, dentistas, médicos, restauranteros, gente con algunos recursos que al retirarse erosionaron a esas regiones; luego en Ecatepec, hundido en la inseguridad y el desempleo, con unas vialidades tan aberrantes como nuestros intestinos. Le doy las gracias a este maravilloso grupo de investigación participante que ha llevado a cabo otras experiencias en Michoacán, Nayarit y la Ciudad de México. Apoyos del gobierno francés, de la Coordinación de Humanidades de la UNAM, de las Fundaciones Fulbright, Ford y la Mesón de las Ciencias del Hombre, de la Universidad de las Naciones Unidas, del Consejo de Cultura Alemán, me permitieron el tránsito por los lugares descritos y a ellas expreso mi más sentido agradecimiento.
1. EL PROBLEMA
Este ensayo recoge evidencias en torno a un problema central de la historia de las sociedades y de nuestro tiempo: qué es lo que explica que algunos países y regiones del mundo hayan alcanzado un mejor bienestar para sus poblaciones y, a partir de ahí, cuáles son las directrices que deben guiarnos para que el resto de las congregaciones humanas alcancen ese estado de bienestar. Variados enfoques con acento en la cultura, la geografía, la religión, la teoría del Estado y muchas otras disciplinas –de manera subrayada la economía– se han hecho cargo de explicaciones al respecto.
Han prevalecido sin duda los “enfoques extrasociales del orden social”, como le gustaba llamarlos a Alain Touraine, pero han sido más bien débiles y dispersos los que han tenido la claridad para establecer a lo propiamente social como el terreno privilegiado para dar luz a la cuestión planteada.
Aristóteles (1978), Saint Simon (1825), Robert Owen (1813), Charles Fourier (1967), Alexis De Tocqueville (1981), Antonio Gramsci (1943), Walter Benjamin, Max Horkheimer y Teodoro Adorno (1981), Cornelius Castoriadis (1991), Karl Polanyi (1989), Robert Castel (1995), Thomas Piketty (2019), William Kornhauser (1959), Jürgen Habermas (1999), Robert Putnam (1993), James Coleman (1988), Barrington Moore Jr. (1993), Alain Touraine (1972, 1988), Eric Hobsbawm (1978), Michel Wieviorka (2003), Takis Fotopoulos (1997), Bookchin Murray (1995), Boaventura De Sousa Santos (2004), Yvon Le Bot (1992), José Luis Coraggio (2005), Geoffrey Pleyers (2010), Daniel Pecaut, (1993), Elinor Ostrom (2011), Jean Luis Laville (2015), Serge Latouche (2008), Rebecca Neaera, (2000), Víctor Manuel Toledo y Benjamín Ortiz (2014), Leonardo Avritzer (2004), y algunos autores más a los que haremos referencia, nos han provisto con importantes instrumentos para darle un papel central a lo social en la perspectiva histórica de la modernidad sirviéndose de las categorías de grupos autogobernados, sociedad civil fuerte, empoderamiento, autoridades intermedias, guerra de posiciones, autonomías regionales, madre tierra y buen vivir, sociedades de contrafuertes y casamatas, mundo social de la vida, confederación de municipalidades, economía solidaria, crecimiento cero, capital social, regiones sustentables, gobierno de los comunes, democratización de la democracia…
Todos estos autores tienen en común el ser los grandes sociólogos de la historia incluso si no están así catalogados o esta disciplina aún no existía como tal cuando produjeron sus asertos, es decir, que todos ellos conceptualizaron a grupos humanos e hicieron descansar en ellos y a favor de su superación humana el núcleo duro de sus análisis.
Tienen entonces como característica no concebir a esos agregados como producto de los “garantes meta sociales del orden social” (la religión, la economía, el Estado…), sino como resultado de la concatenación de factores que otorgan a cada uno de esos colectivos una historia irrepetible. Su riqueza está en esa particularidad, no en su simplificación desde su exterioridad, desde una matriz de funcionamiento válida para un gran número de ellos, en el espacio y en el tiempo, y que los desnaturaliza, porque justamente lo que esos pensadores intentan es encontrar las diferencias de esos agregados, sus particularidades.
Y es que la respuesta a la preocupación de partida de este escrito (¿qué sociedades gozan de mejor bienestar? ¿Cómo lo lograron y cómo lograrlo?), exige separar tres conceptualizaciones o lógicas distintas en la historia, al menos en el pasaje de las sociedades campesinas a las del mundo de nuestros días: crecimiento económico, autoridad estatal y bienestar de la sociedad.
La lógica económica. Al arrancar la preocupación por la riqueza de las naciones y cómo obtenerla arrancó también un modelo: para lograr la riqueza hay que poner en una particular relación recursos naturales, recursos humanos y adelantos técnicos. Esa idea se transformará luego en el imperativo de que el desarrollo exige el aumento constante de bienes y servicios (crecimiento) y éste se verá comandado por la competencia entre individuos, empresas y naciones, lo cual el pensamiento económico resumió en la tendencia decreciente de la tasa de la ganancia logrando en esa dinámica supeditar al resto del todo social.1 La otra premisa de esta ideología hegemónica de los economistas del capitalismo no se logró: que todo eso redundaría en el bienestar de las personas, las regiones y los países de una manera muy injusta primero pero inevitable en el largo plazo.
La lógica estatal. Ante la desigualdad, el desorden, la injusticia y la pobreza que acompañaron al funcionamiento de la sociedad mercantil y que ésta produjo, se hizo indispensable, desde el inicio del capitalismo, el llamado a un árbitro estatal: las casas para los desempleados y miserables y los subsidios al salario en el arranque de la revolución industrial (Polanyi, Moore); el socialismo utópico a lo largo del siglo XIX (Saint Simon, Fourier); la social democracia (Owen, Blanc), con el Estado benefactor más adelante (Keynes); y, totalmente exterior al modelo mercantil y enfrentado a él, la propuesta de un Estado socialista refundador. Tampoco la lógica estatal interior o exterior al modelo mercantil redundó en el mejoramiento de la calidad de vida de las poblaciones. Los gobiernos, por más progresistas que se declararan, terminaron siendo rehenes de la dinámica de la acumulación en torno a un número cada vez más reducido de grandes empresas, de la urgencia por atraer las inversiones extranjeras o de retenerlas en los países periféricos o de otros muchos constreñimientos, pero no pudieron vencer a la lógica de la economía dentro del capitalismo o, en el socialismo, a la lógica intrínseca de la política: la apropiación, conservación y engrandecimiento del poder, en la mayoría de los casos si no es que en todos, del poder personal.
La lógica social. La otra concepción, la perdedora, la del bienestar de la humanidad, se aleja de esos referentes. Los autores antes citados (con la excepción sin duda de algunos utopistas), se esfuerzan por reconstruir la manera como se formaron las clases y los agregados sociales a lo largo de la historia, de las historias particulares en países y regiones, con énfasis en Occidente, como lo ejemplificaremos aquí adelante, pero en la mayoría de los casos pierden de vista el imperativo del bienestar y malogran sus descubrimientos influenciados por los enfoques extrasociales, magnificando los procesos de acumulación y minimizando resignadamente, pero también inexplicablemente, a los colectivos humanos. Termina imponiéndose la ideología hegemónica, los imperativos del crecimiento, el etapismo lineal, aceptando a regañadientes que un atenuante del determinismo económico ha sido la consolidación del andamiaje de las representaciones: parlamentos, partidos y demás instancias que no han logrado sino vaciar a lo social en la lógica de lo político-estatal. El marxismo es un caso extremo con la cuidadosa genealogía de la clase burguesa para luego reducirla al muñeco de un ventrílocuo manejado por la competencia y la ley de la acumulación, al tiempo que desfigura y hacer desaparecer igualmente al aborrecido campesinado (“costal de patatas”), a la pequeña burguesía, al Estado y a los países atrasados (como México).
Así, lo social aparece como marioneta del orden económico: la pobreza y los flagelos sociales son tratados en el pensamiento y en el funcionamiento de la economía liberal como datos contables que atascan o alientan a los salarios, al mercado interno, al consumo y al crecimiento. El pensamiento liberal trata a lo social entonces como suma de individualidades (los pobres, los indigentes, los trabajadores…), nunca hace referencia o lo hace con mucha dificultad a los actores no hegemónicos del capitalismo como condensaciones sociales colectivas con sus intereses y su trayectoria constructiva, sus formas defensivas. Se trata más bien de consumidores (economía) y a lo mucho de ciudadanos aislados (política) o reminiscencias del pasado.
En el otro enfoque sobre la modernidad, en el del pasaje al socialismo, las clases y los agregados sociales son tratados igualmente como “actores apoyo”. La que fue más importante a lo largo del industrialismo, la clase obrera, no es un actor autónomo de densificación social incluso con su fuerza sindical en el siglo XX sino un apoyo, un trampolín para el control del partido que devendrá Estado o se apropiará directamente del Estado desde el que se logrará una sociedad que tenderá a la igualdad y al bienestar social, objetivos éticos que aparecen en segundo lugar y que serán extraviados en el camino.
En el pensamiento de Gramsci es sorprendente su tratamiento de los actores intermedios y de sus articulaciones en el plano propiamente social cuando nos habla de las sociedades ricas en contrafuertes y casamatas, de Oriente y Occidente, burguesías, campesinados, aristocracias estudiados cuidadosamente en su formación y trayectoria, pero que en el pensamiento de este autor, al igual que en el de muchos marxistas, serán desvirtuados al exigírseles amalgamarse en una nueva condensación, una condensación superior nacional y popular, una nueva hegemonía para acceder a la etapa futura del socialismo: las fuerzas sociales convirtiéndose en política, en partido, en Estado.
1 La competencia salvaje entre los capitalistas por obtener más ganancias (invirtiendo en tecnología y explotando al trabajo) crea una dinámica por encima de la voluntad de cada uno de ellos y del propio Estado, alimentando el espejismo de que una ley tendencial habría echado a andar, a partir de ahí, comandando predominantemente a la historia. La economía se habría autonomizado haciendo depender de ella a lo social y a lo político.
2. LO SOCIAL
En lo que sigue, trataremos de completar y explicitar este tercer eje, el de la autonomía de lo social, confiando en que los otros ejes: uno, el de la acumulación, el crecimiento y el progreso; dos, el del Estado y la política, han sido estudiados exhaustivamente. Para ello nos serviremos de los referentes de medianía, grupos (clases, agregados) intermedios, plano social y regiones de dimensiones medias.
¿Cuál fue el proceso que convirtió a la mano invisible en ideología inapelable, incuestionable? La segunda lógica, la del Estado, fue absorbida sin mucho forcejeo por la primera debido a la hegemonía material e ideológica que impusieron el progreso, la ciencia y la técnica enlazadas en el proceso industrial y en la pujante burguesía. Tampoco se logró una liga de la segunda (la lógica del Estado), con la tercera (la lógica del empoderamiento social), salvo quizás en cortos periodos de las grandes revoluciones y otras revueltas que más que buscar la fuerza y el bienestar de sus seguidores se desgarraron ellas mismas luchando sus dirigencias por apoderarse del control del Estado. Sin embargo, a pesar de la hegemonía de la primera lógica, en los hechos la tercera mantuvo su fuerza o su presencia: la clase obrera no fue explotada hasta su inanición y poco a poco se pertrechó en sus sindicatos.
El resto de los agregados sociales no dominantes tampoco se evaporó a pesar del desdén que liberales y marxistas mostraron hacia ellas: costal de patatas, pequeña burguesía de tendajón, productores rurales subsidiados, industriales proteccionistas no competitivos, cooperativistas ineficientes, sindicatos lastre, lánguidas cajas de ahorradores… A ninguna corriente, pero increíblemente tampoco a los socialistas, les pareció que el embarnecimiento de esos agregados fuera el camino privilegiado para cumplir con las promesas éticas de la modernidad, esa máxima olvidada: mejorar la vida de la gente, lograr el bienestar de todos los integrantes de una sociedad.
En ese proceso quedó oculto el planteamiento al mismo tiempo fundamental y muy sencillo que debió haber actuado como la ideología de la sociedad, de la tercera lógica en nuestros términos y que Aristóteles enunció de manera clara mostrando en el camino que no era necesario pagarle tributo a lo extrasocial:
Una clase intermedia amplia asegura la existencia de la riqueza compartida. La cantidad mediana de las cosas buenas de la fortuna es la mejor cantidad que debe poseerse, pues este grado de riqueza es el que mejor obedece a la razón […] Aquellos que tienen un exceso de bienes de la fortuna, fuerza, riqueza, amigos y demás no están dispuestos a ser gobernados y no saben cómo serlo […] mientras que quienes están en extrema necesidad de estas cosas son demasiado humildes […] Una clase intermedia muy pequeña produce una situación social que se compone de esclavos y amos, no de hombres libres, y de una clase envidiosa y otra que desprecia a sus semejantes (Aristóteles, 2007).
En el pasaje a la modernidad esta fórmula sencilla fue enterrada por la brutalidad del proceso de industrialización y, de manera paralela, hay que subrayarlo, en el terreno de las ideas se impuso la ideología del liberalismo dislocando al pensamiento social, arrastrándolo tras el imperativo categórico del crecimiento obligado por la competencia. De esta manera se aceptó, sin demostración alguna y sólo por la ideología con que nació el liberalismo, que algo inevitable comandaba la vida de las sociedades. Del otro lado se postulaba que para salir de esta prisión había que romper todo para ahora sí crecer ordenadamente y con justicia a partir de un Estado tutelar. Pero la tarabilla en casi todos los pensadores siguió siendo la misma: crecimiento económico o dirigencia política antes que empoderamiento y mejoramiento de la vida de las personas.
Fue así como el pensamiento social y el pensamiento político se volvieron prisioneros del pensamiento económico. A este respecto es estratégico lo establecido por Karl Polanyi (1989), bien consensado por Fernando Álvarez Uría y Julia Varela al prologar la edición española de La gran transformación:
Polanyi recuerda que hacia el año 1795, los jueces de un pueblo de Gran Bretaña, Speenhamland, llegaron a acordar cantidades complementarias a los salarios más bajos e incluso una retribución o pago para los indigentes con el objeto de preservar una dignidad mínima de todos los conciudadanos (ese precepto se amplió a la nación entera) […] Finalmente la fuerza de los defensores del mercado libre (que según ellos se autorregula para beneficio de la sociedad sin necesidad de intervención ni corrección estatal), hará desaparecer en el año 1834 las leyes que protegían a los pobres […] Las racionalizaciones de la economía política, promovidas en un principio por los representantes de la ilustración escocesa, contagiaron de optimismo a emprendedores hombres de negocios y a industriales que se convirtieron en los predicadores de una nueva religión basada en la fe en el progreso. La tesis fuerte que Polanyi defiende con argumentos bien avalados documentalmente es la idea de que el liberalismo económico, quizás sin que lo pretendiesen los liberales, promocionó el progreso al precio de la dislocación social. Por primera vez en la historia de la humanidad la sociedad se convertía en una simple función del sistema económico y flotaba sin rumbo [abriéndose así] el largo periodo de letargo de la razón que acompañó al absolutismo económico [la ceguera de los modernos, en nuestros términos]. La crítica dirigida hacia esta racionalidad económica y a su propuesta de un corpus técnico-científico de carácter formal y universalizante que pretendió convertirse en la última ratio, es decir, en razón fundante de la producción y de los intercambios [esa crítica necesaria], constituye un punto de partida para evitar que las políticas sociales se vean supeditadas a los tecnócratas quienes, al divinizar los parámetros económicos, se convierten en los sumos sacerdotes del orden social. La tan manida retórica sobre […] el crecimiento de la economía […] funciona como una cáscara vacía cuando se la desvincula de las poblaciones directamente concernidas y del modo como los distintos grupos sociales se ven afectados por esos parámetros macroeconómicos” (Álvarez y Varela; véase igualmente el detallado estudio de Robert Castel, Les Métamophoses de la question sociale, 1995).
Éste es un asunto que ya habían planteado los socialistas despectivamente llamados utópicos y más tarde los integrantes de la escuela de Frankfurt, Walter Benjamin, Max Horkheimer y Theodor Adorno al rechazar por medio de una “negación crítica” a la historia como progreso inexorable, como visión racionalista, idealista y progresiva, como ley dialéctica que funciona independientemente de las acciones humanas hacia una sociedad sin clases. A pesar de su tendencia natural hacia una “lógica de la desintegración”, mantuvieron la concepción de que la historia consistía en una lucha por liberar a la conciencia de su subordinación a lo dado, una habilidad para descubrir lo nuevo a partir de las potencialidades del material presente, como nos lo recuerda Susan Buck Morss (1977), en Origen de la dialéctica negativa.
Quien de manera más brutal ha establecido esto en los tiempos recientes es el premio nobel de economía Joseph Stiglitz en su libro La gran fractura:
a lo largo de una serie de discusiones en el New York Times, en que he sido moderador, puedo concluir que el capitalismo no es regido por ninguna ley verdaderamente fundamental… la desigualdad que crece y se profundiza no se debe a leyes económicas inmutables sino a leyes que nosotros mismos hemos escrito (Stiglitz, 2010).
Y en su libro más reciente Capital e ideología, Thomas Piketty
desmonta una tras otra las narrativas que la derecha liberal instaló en casi todo el planeta, según lo resume la revista latinoamericana Nueva Sociedad (2019). No existen, alega Piketty, “leyes fundamentales”, menos aún raíces “naturales” de la desigualdad, ni tampoco se trata de “injusticias necesarias” para que el sistema funcione. El gran relato liberal se armó desde el siglo XIX con la idea de la famosa “meritocracia” y su más moderna versión: “la igualdad de oportunidades”. Ese relato es falso y es preciso reescribir un relato alternativo (Piketty, 2019).
Ahora planteemos las cosas de la siguiente manera, regresando al punto de partida de este ensayo: incluso aceptando que existieron influjos generales venidos de la historia mundial en que surgió el mundo capitalista, ¿qué es lo que permitió que sólo ciertos países recrearan una modernidad mejor lograda y que la mayoría de sus pobladores gozaran en la larga duración y hasta el presente de un mejor bienestar social?
Obviamente el impacto de la matriz capitalista fue muy grande en el país originario de la industrialización –Inglaterra–y ese impacto modeló igualmente a los actores estelares de los países llamados centrales (burguesía y proletariado). Pero tal influjo ha sido cada vez menor con el paso del tiempo: en Alemania reforzó más bien lo tradicional, los yunkers y a un Estado por encima de las clases modernas; en Francia no logró quitar de la escena a los pequeños y medianos comerciantes ni al campesinado parcelario.1 En los países nórdicos no ha logrado que el actor estatal y los parlamentos se rindan ante la acumulación salvaje y estos países han logrado que quienes reciben una parte mayor de la riqueza generada paguen impuestos que en ocasiones pueden ser muy elevados (sin implicar con esto que se encuentran fuera de los imperativos mercantiles). Así que hay muchos indicios, comenzando con los autores antes citados, que demuestran que la lógica de lo económico puede y debe no ser un influjo inapelable.
En América Latina y otros espacios del mundo la capacidad de absorción de esa base productiva predominante (lo económico en el capitalismo) va a ser cada vez menor de manera que lo que quisimos llamar ejército industrial de reserva, luego reabsorbible por el progreso en la tradición marxista, no fue más que una ilusión, porque lo que predominó y se extiende sin parar es la masa marginal y la desaparición de los agentes dinámicos de la industrialización, burguesía y proletariado, porque los primeros son absorbidos sin reserva por las empresas oligopólicas mientras los obreros le abren paso a una invasión de trabajadores de la maquila y la subcontratación explotados al extremo, sin conciencia alguna de grupo y sin orden sindical.
Los prometidos beneficios del libre comercio, esa mano invisible ecuménica, se evaporan con un simple tuit del dirigente de este o aquel país desarrollado que al verse invadido por los productos baratos venidos de los galerones de las maquilas de la periferia y por las oleadas de miserables del sur levantan aranceles e imaginan muros de contención.
La lógica de lo externo al núcleo duro de la matriz capitalista resultó desde muy temprano mucho más fuerte que la lógica de la economía hegemónica dictada desde los países centrales. Hoy la tendencia decreciente de la tasa de la ganancia no fortalece al capitalismo del núcleo duro, sino que más bien lo debilita en su lógica interna, porque lo competitivo viene de afuera de esos países originarios, y las poblaciones del centro se debilitan al tiempo que lo único que crece es la ganancia altamente concentrada de un número cada vez más pequeño de empresas: decir que eso es expansión o predominancia de la matriz capitalista no es más que un eufemismo.
El absolutismo de los economistas que nacen con el industrialismo inglés pierde sus bases porque la proliferación del panorama social destruido ha pasado a definir los escenarios del mundo, esa predominancia no se parece en nada a la matriz originaria, y el carácter de lo excluido no se compone de miserables integrables en un futuro como los del Londres de Dickens sino de una masa progresiva de excluidos sin esperanza.
El núcleo duro de la economía capitalista se empequeñece y deja de ser dominante y predominante como les gustaba decir a los ideólogos de la economía liberal y marxista y no incorpora a ese núcleo ni a los empresarios que hace todavía treinta años presumían sus ganancias. Es, por fin, la tercera lógica la que pasa al centro de la escena.
1 Los influjos de la lógica económica capitalista (“lo económico”), van a expresarse en un tejido social previamente conformado por otros influjos (congregados bajo el genérico de sociología histórica). Así, los influjos de esa lógica predominante deben ser leídos sobre un tejido social que ha sido moldeado a lo largo de una genuina historia que excede ampliamente a la etapa inaugurada por la industrialización. Y es que incluso dentro de esta etapa, lo social seguirá siendo conformado por los imperativos geográficos, las guerras, los conflictos sociales, etcétera, que no dependen, o sólo dependen parcialmente de lo económico. La conjunción de estas dos grandes vertientes (lo sociohistórico y lo económico) dará como resultado fenómenos y manifestaciones sociales siempre genuinas que pueden ser leídas solamente sobre el tejido social).
3. LA DENSIDAD SOCIAL
Ahora planteemos las cosas de la siguiente manera: en realidad cuando hablamos de las sociedades de la modernidad estamos haciendo referencia de una o de otra manera a la región occidental de Europa, Occidente, que vendría siendo un genérico bastante amplio. Pero entonces, ¿qué es lo que caracteriza a Occidente? ¿En dónde está el punto de unión entre toda esa región-cultura que denominamos Occidente? ¿Qué es, a pesar de todas las diferencias, lo que vuelve familiar a Inglaterra con Alemania, con Estados Unidos, con Argentina y que, a Japón, incluso encontrándose fuera de la región y cultura denotadas, la ha vuelto una referencia constante e interior en la historia de Occidente?
Es aquí en donde podemos ya incorporar el concepto de densidad de lo social. En efecto, lo que todas esas sociedades tienen en común son unos actores intermedios robustos y las instituciones que les corresponden, actores colectivos situados entre lo social disperso (los órdenes primarios como la familia) y el Estado.
La buena disposición de las aristocracias para compartir la autoridad con otros grupos sociales no ha sido la única condición previa para el desarrollo de un orden democrático estable.1 La transición exitosa al gobierno con participación popular también se ha basado en el afloramiento de nuevas fuerzas sociales, que obligaban progresivamente a los grupos gobernantes preexistentes a compartir su poder y sus privilegios con sectores cada vez más amplios de la sociedad. En particular se ha basado en el afloramiento de una pluralidad de grupos independientes, celosos guardianes de su autonomía y autoridad. Cuando la sociedad contiene fuerzas sociales vigorosas e independientes, existe la condición óptima para combinar autoridad y libertad [el bienestar, SZ]. Múltiples grupos sociales independientes apoyan a la autoridad participando de ella, es decir, actuando ellos mismos como autoridades intermedias capaces de ordenar esferas limitadas de la vida social. En ausencia de grupos efectivamente autogobernados, el Estado no sólo carece de restricciones, sino también de apoyo.2 En la Francia del siglo XVIII, por ejemplo, la centralización del poder había llegado tan lejos que para 1789 “había conseguido eliminar todas las autoridades intermedias” con el resultado de que “no quedaba nada que pudiese obstruir al gobierno central, pero, por esa misma razón, no había nada que lo apuntalara” [De Tocqueville]. A este respecto el pensamiento revolucionario francés era autoderrotista, ya que sostenía la destrucción de toda organización social independiente.
La pluralidad de grupos independientes sirve de sostén a la libertad al mismo tiempo que a la autoridad. La esfera de la libertad [y el mejoramiento de las condiciones de vida, podría agregarse], se amplía cuando los grupos independientes se restringen los unos a los otros y restringen al estado buscando acomodar sus intereses bajo la forma de ciertos derechos: libre asociación, libre expresión, derecho al juicio, etc. De esa manera la nobleza inglesa demandó ciertos derechos de la Corona, en primer lugar, para protegerse a sí misma contra el creciente poder de aquella y posteriormente los elementos de la clase media desempeñaron un papel similar con respecto a la nobleza y a la Corona […] Mientras que en el sistema continental de estados había una diferencia muy marcada entre la nobleza y la burguesía, en el Parlamento inglés la alta nobleza se sentaba en la Cámara de los Lores, y la clase media se situaba “mano a mano” con los burgueses en la Cámara de los Comunes […] Esto sugiere que […] la génesis de la democracia liberal [¿podría decirse aquí, en lugar de democracia, la génesis de un mejor bienestar para los amplios sectores?, SZ] depende no de la destrucción de una clase ni de la abolición de los conflictos entre las clases, sino de la apertura progresiva de las clases superiores y del poder o participación creciente de las clases medias e inferiores.
En cierto momento de la Edad Media que no puede determinarse con exactitud, establece Alexis De Tocqueville en consonancia directa con estas ideas, un cambio pleno de tremendas consecuencias se produjo en las Islas Británicas, y solo allí: la nobleza inglesa fue convirtiéndose en una aristocracia abierta, en tanto la noblesse continental permaneció tenazmente adherida a los límites rígidos de una casta (William Kornhauser, 1959).
La diferencia crucial está, agrega Kornhauser, entre lo que podríamos llamar emancipación por asimilación a la clase gobernante, cuyo ejemplo es Inglaterra y, por el contrario, emancipación mediante derrocamiento y desalojo de la clase dirigente, cuyo ejemplo es Francia y la revolución jacobina: el pueblo llega al poder derrocando a la clase dirigente y liquidando los privilegios y prerrogativas de la misma.
A su vez, en palabras de De Tocqueville, “la gran ventaja del (pueblo) americano está en que ha llegado al estado de democracia sin tener que soportar una revolución democrática, y en que ha nacido libre sin tener que llegar a serlo”. Aquí De Tocqueville se arriesga con este juicio, porque dos años después de su muerte se va a desatar la guerra civil en Estados Unidos, aunque el triunfo de las fuerzas progresistas norteñas sobre los esclavistas del sur da la razón al preclaro intelectual francés.
Rastreemos con un poco más de perspectiva histórica la idea en torno a las intermediaciones robustas, es decir, la importancia en las sociedades occidentales de la aparición y permanencia de actores, fuerzas e instituciones intermedias de formación de identidades colectivas y espacios de interacción consistentes y continuos, asunto que hemos querido resumir con el término “densidad de lo social”. Aclaremos que sería un error reducir la noción de “densidad de lo social” a la sola presencia de las clases medias, así sea en su acepción más amplia de clases intermedias (incluidos los gremios y la burguesía naciente).
Como vimos, a lo largo de la historia nos es dado constatar cómo muchas aristocracias erosionan con su labor modernizadora el poder concentrado en las monarquías y los estados absolutistas y veremos en el otro extremo a la clase obrera y a sus organizaciones imprimir el impulso definitivo a los derechos civiles de asociación, libertad de expresión, voto universal y, en general, impulsar decididamente los basamentos de una sociedad más justa, logrando hacer que sus demandas laborales fueran consideradas y que ello repercutiera en mejores condiciones de vida, es decir, de alimentación, de albergue, de educación para sus hijos…
Pero detengámonos un poco en los casos clásicos de la modernización para precisar históricamente lo que queremos denotar con los términos “densidad de lo social” y “actores intermedios” y para ir buscando también puntos de comparación para el análisis de los llamados países de la periferia y de México en particular.
1 Aquí podría decirse “para el logro de un orden mejor orientado al bienestar social, al bienestar de la gente” (Sergio Zeremeño, en adelante, SZ)
2 “Lo que resiste apoya”, estableció genialmente el líder sindical Fidel Velázquez.
4. EL CASO PIONERO
¿Cómo se robusteció lo intermedio en el caso pionero de la modernización: la sociedad civil inglesa? Como lo ha resumido Eric Hobsbawm (1971), el elemento dinamizador más poderoso hasta la consecución del Renacimiento lo constituían las regiones del continente europeo de mucho mayor desarrollo manufacturero con respecto a Inglaterra en los siglos XV y XVI: los Países Bajos y el norte de Italia con su poderosa succión de artículos primarios, principalmente de lana y granos. Sin embargo, a diferencia de las regiones de Europa central y oriental, esta demanda no reavivó en Inglaterra durante esos siglos algunos rasgos negativos del feudalismo en decadencia: la nobleza británica no vio renacer, como en el resto de Europa, un segundo impulso de servilización del campesinado, no hubo la destrucción del campesinado medio ni el fortalecimiento de las grandes extensiones señoriales. Aquí las exportaciones hacia las regiones de desarrollo temprano aludidas robustecieron el crecimiento de las ciudades (al grado de que dos siglos más tarde, en algún punto del siglo XVIII, Londres congregaba ya alrededor de un millón de habitantes), a diferencia de Alemania, por ejemplo, donde la comercialización de granos prescindió de los florecientes burgos, marginándolos del crecimiento económico.
De esta manera el campesinado medio inglés, la yeomen, sobrevivió, al menos durante el lapso que fue crucial para el triunfo de las fuerzas sociales ante el Estado absolutista y el robustecimiento de una economía liberal. Esta salida diametralmente opuesta se explica en buena parte porque la lana, a diferencia de la producción vinícola en Francia, el grano en otras partes de Europa o el algodón americano, exigió una baja participación de mano de obra. En esta forma se pudieron cercar enormes extensiones (los enclosures) y, a la larga, prescindir del campesinado (Moore, 1973).
Pero otro elemento central en esta explicación viene del propio Estado absolutista que demostró una doble virtud: tuvo el vigor necesario para impedir los retrocesos feudalizantes que la guerra entre señoríos provocó en el continente, por un lado, pero por otro se conservó lo suficientemente débil para no inhibir el espíritu empresarial de los terratenientes comercializadores, la gentry, no imponiéndoles una fiscalización excesiva o instaurando monopolios reales como España lo hizo con su lana. La vida comercial pudo, así, desarrollarse en los siglos XVI y XVII
