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Año 2045 - La pequeña y remota ciudad de Alemdam disfruta de una vida perfecta de suburbio y lujo moderado mientras a su lado el llamado Zainán no es más que un terreno tenebroso sembrado de ruinas industriales y habitado por criaturas mutantes. En Alemdam, la joven Satú de quince años, vive junto a su madrastra y sus hermanastras sometida a la esclavitud en la casa que fue de sus propios padres. Un inesperado giro se produce en la vida de la chica cuando Troya, su madrastra, la envía al centro del tenebroso bosque para llevar una medicina a su abuela Ismelda a quien Satú creía muerta como el resto de su familia. Se aproxima un descomunal Festival de Primavera adonde se dirime el futuro de un mundo en franca decadencia. Satú parte con una ilusión simple en el corazón sin imaginar que le espera una misión tan fascinante como absurda...
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Seitenzahl: 564
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Álvaro Zamora y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Ilustración de tapa: Sebastián Mercau.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Palacios, Gustavo Luciano Sebastian
La chica del canguro rojo : Mítica / Gustavo Luciano Sebastian Palacios. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
438 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-793-2
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863.9283
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Palacios, Gustavo Luciano Sebastian
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Gustavo Palacios Pilo
Las Tres Mujeres
La Primera Mujer había sido una niña solitaria, de ojos melancólicos. Sus únicos amigos en la infancia fueron los libros de magia y los de ciencia.Esta Primera Mujer creció alimentando el deseo de un poder capaz de crear y de quitar vida, un poder engendrado por la ciencia y la magia.
La Segunda Mujer era de naturaleza inmortal y de ojos brillantes.Hija y Guardiana de un bosque pleno de aire y aguas verdemar. La Segunda Mujer, libre y poderosa, se enamoró de un hombre y renunció a su naturaleza inmortal para amarlo en libertad.
La Tercera Mujer era una anciana miserable de ojos maliciosos.Enferma y ajada, agonizaba en una casa húmeda de la ciudad. La Tercera Mujer un día aciago se miró en un espejo de mano. Y, al hacerlo, juró que daría lo que fuera por vivir para siempre.
En el bosque de Alemdam, se hallaron dos armas admirables: una lanza construida con cráneos de cristal que atravesaba el corazón del Sauce Sagrado.La otra, una espada de blanquísimo metal, que fue dejada sobre la Piedra de la Visión. Su portadora pronunció una sentencia:“Todo el Bosque morirá y solo hay Una Mujer que podrá restaurarlo. Pero Esa Mujer aún no ha nacido”.
HABÍA UNA VEZ…
…un bosque verde y rico pleno de luz y sombra, de senderos de hojas y flores frescas regado por un río verdemar. Pero una hechicera prepotente llegó un día con grandes arañas de metal y dragones de vapor, removió la tierra, arrancó raíces y devastó el follaje. Los monstruos de fuego y las arañas de acero plantaron sus patas en la tierra convirtiendo el paisaje boscoso en un desierto caliente. Criaturas gigantes de hierro y grasa ardiente se gestaron en él, saturando el aire de vapores infectos y explosiones constantes. El río de cristal fue convertido en una masa oscura e impenetrable de óxido y hollín.
Y así transcurrieron días y años en el desierto de acero y calor. Hasta que llegó el Gran Amanecer. Un sol abrasador envolvió a los árboles moribundos, destrozó a las arañas de metal y desmoronó a los dragones de vapor que se aferraban a la tierra. El suelo quedó sembrado de vidrio yacente y las cenizas ensombrecieron, profundo, el aire circundante.
El Gran Amanecer sumergió al desierto en tres días y tres noches de tinieblas y, entonces, el Bosque comenzó a tomar su revancha. Volvieron a crecer raíces y malezas, los árboles se elevaron y las flores y los frutos regresaron a las renacidas ramas. Pero ya no crecían solos. Se abrazaban a los restos de las bestias metálicas que yacían entre el barro y los troncos moribundos, se alimentaron del río viscoso y del aceite caliente de la tierra, aprendieron a mutar junto a los hilos de petróleo y las nubes de ceniza que poblaban el aire y tomaron su forma, absorbieron su veneno.
Entre los restos de metal, creció una nueva especie de árboles mutantes y monstruosos, hechos de madera y de hierro, de savia y petróleo que engendraron frutos con un corazón hecho de la oscura materia del invasor. Los retorcidos hierros y los millones de desperdicios edificaron cavernas oxidadas y rincones tenebrosos mientras una gran boca de metal volcaba su óxido pestilente en las aguas del río, envenenando sus rumores y aniquilando a su Espíritu. El Bosque ya no volvió a ser conocido por su nombre, sino que su amenazante presencia fue conocida, desde entonces, como el Zainán.
Junto al río corrupto sobrevivía el Viejo Sauce en un islote de arenas rosadas. En él, la Dama del Río, su Guardiana, se ahogaba en susurros inquietantes esperando una nueva fuerza que pudiera salvarla de su extinción. Sabía que esa fuerza estaba cerca, pero la bruma y el humo eran demasiado espesos para avizorar su paradero. Por eso, la Dama del Río se refugiaba en el único árbol que permanecía realmente vivo en el laberinto de raíces muertas y columnas petrificadas.
Había una vez, junto al Zainán, una pequeña ciudad llamada Alemdam. Una ciudad alegre, de casitas coloridas y jardines ordenados. De pequeños automóviles y veredas relucientes por donde paseaban señoras y señoritas con bolsas de compras y tacones graciosos haciendo ruido al andar, y señores elegantes con coches impecables y perros de pelaje brillante. Las personas eran felices en esta ciudad en donde todos bebían chocolatadas luego de hacer compras y las chicas se arreglaban el cabello con perlas y colores.
Todas, menos Satú.
Satú era muy pequeña cuando su padre murió y aún más pequeña cuando murió su madre. Se quedó con su madrastra Troya y sus hijas, Ingrid e Iverna. A Satú le hubiera encantado tener la vivacidad de Ingrid y la sofisticación de Iverna, pero, cuando cumplió once años, Troya consideró que era una chica fuerte y enérgica, y por eso debía cumplir con las tareas más duras del hogar. Por eso, Satú pasaba todo el día limpiando, cocinando, lavando sábanas y llevando la ropa a la tintorería para luego volver a su casa a seguir limpiando, cocinando y ayudando a Troya y a sus hermanastras a vestirse y maquillarse para salir a cenar o ir a conciertos resolviendo un derroche de vestidos y joyas.
Satú no tenía ningún vestido. Solo una gran ilusión.
Durante las noches, Satú soñaba que caminaba junto al Río del Bosque de Alemdam, ese que nunca había podido visitar y que era un camino de rumores divinos desde donde alguien le hablaba con música y caricias.
¿Y qué decía? “Tú, Satú, eres la elegida para devolver a este Río su luz y sus aromas”. Y este mensaje incomprensible, que siempre se desvanecía en una llovizna de verano, nunca tenía un final. Satú, por lo tanto, tenía la impresión de que eso nunca llegaría, puesto que nada en su vida ni en su sueño parecía darle pistas para entender el significado de aquellas voces y la identidad de aquellos seres...
AÑO 2045Alemdam, capital del reino
20° 13´58´´ N 156° 44’ 19´´ EPacífico Norte
LIBRO PRIMERO
NO MÁS CUENTOS DE HADAS
16/03/2045 —11:00 p.m.
CC CCo
PARA: baá[email protected]
Hola, Baásima!
Es verdad… No hago más que compartirte correos reenviados y videos animados curiosos. Ya sabes que no soy muy adepto a VintaBook: me gustan las fotos antiguas, pero es hora de asumir que el mundo ha cambiado. Además, como es la única red social, se ve siempre rondando a la misma gente. Por eso prefiero navegar sitios de Verdades Ocultas y Engaños Universales. ¡Ja, ja, ja! Siempre me gustó saber qué hay detrás de lo que nos muestran en las noticias. Y es que Alemdam, donde nos mudamos ya hace un año, es una ciudad muy extraña. Lo primero fue salir de Sharjah en el Tubo Suboceánico. ¿Por qué ya no se viajará más en avión? Realmente nadie pudo responderme a esa pregunta y mamá y papá no estuvieron muy cómodos cuando la repetí varias veces. Recuerdo haber subido a un avión cuando tenía cuatro años... y fue más divertido.
Alemdam me gusta: se parece un poco a San Francisco, esa ciudad antigua de Estados Unidos. También se parece un poco a las pequeñas ciudades del sur de Chile (no conocí ninguna más que por GeoNet, pero se ven tan claras como si aún existieran). En fin, es una ciudad pequeña, no tiene más de 10.000 habitantes, pero es muy cosmopolita. Veo aquí personas de todas las razas, idiomas, estilos de vestir... Es muy limpia y prolija. La arquitectura de Alemdam es de lo más pintoresca, con mucho blanco y mucho color, le da un aspecto muy luminoso. Creo que se la ve tan limpia porque la basura se recicla en una zona suburbana y se convierte en energía que alimenta a la ciudad y a una planta fabril que es amigable con el medio ambiente. Eso nos han explicado en la escuela, pero yo creo que se trata de un disfraz (tengo la impresión de que hay altos índices contaminantes y que el tal laboratorio ha de responder a experimentos horrorosos. Fuente: mis grupos de mundos ocultos, ¡ja, ja, ja!).
He hecho muchos amigos y salimos a un pub que está en el centro de Alemdam. El bosque es pequeño y solo se pude recorrer su entrada... o es grande, pero peligroso (ahí tampoco hay información muy clara). ¿Es verdad que Dubái se ha inundado recientemente? Me alegra que tío Hassam haya accedido a la transacción con el rey de Alemdam; es un gobernante popular aquí porque todos dicen que, siendo un monarca parlamentario, nos llevará hacia un mundo de progreso y, al mismo tiempo, de paz. En realidad, lo hará con NUMINAL (creo que está relacionada con la planta fabril pequeña) una empresa que promete construir “un mundo de progreso como la historia nunca imaginó” ¡Wowowooo! Eso dice su slogan y suena muy ambicioso, ¿a qué se referirá? Lo cierto es que si se trasladan aquí o hacen fuertes negocios para Dubái eso les dará mucha seguridad respecto de la tierra; bueno, ya sabemos lo que sucede con la tierra... (o eso creo).
Como ves, sigo usando el correo electrónico: prefiero pertenecer a grupos secretos y escribirlo todo de un tirón (igual que cuando leo). Mañana iré a visitar a mi amiga Ingrid que vive con su hermana Iverna en una casa victoriana preciosa y blanca con un increíble jardín de rosas. Su madre, Troya, es una mujer impactante: me da un poco de miedo, pero es simpatiquísima. No entiendo muy bien si Satú, la chica que hace la limpieza, es su hermana o.… su empleada. Cuando se lo pregunto a Ingrid, responde a medias. Pero es que Satú es muy joven para ser solo su empleada. Es una chica preciosa de piel aceitunada y cabello negrísimo, pero siempre parece enojada (ejem, creerás que estoy enamorado de Satú... Bueno, me gusta un poco, ejjjeee). Con Iverna no suelo hablar mucho, parece siempre ocupadísima anotando cosas.
Me voy a dormir. Mañana debo ir a clases y aún tengo que leer un capítulo de mi e-book de Historia; debo nivelar la materia para aprender fuertemente la historia de Alemdam que parece tener origen en las leyendas del rey Arturo. Ah, por cierto, ¿sabes cómo es el nombre del rey aquí? ¡Arturo II! ¡Ja, ja, ja! Lo conocerás si vienen para el Baile de Primavera. ¡Ojalá así sea! El año pasado no estuve invitado, pero este ya podré ir y por lo que me dicen, ¡es un espectáculo increíble!
Te dejo, ahora sí. Abrazos de tu primo
Samir
EPISODIO 1
El sueño de cada noche
Satú se removió en su cama pequeña y una vez más los vio. Era una horda de seres etéreos, de cuerpos hechos con humo y llovizna. Avanzaban sobre el río borrascoso. Un rumor de truenos húmedos los envolvía mientras caminaban con premura y, al mismo tiempo, con una exasperante lentitud.
“Satú, Satú, Satú…”.
Todas las noches su nombre emergía de una trama de susurros que ella no podía comprender. Decenas de veces trató de preguntarles por sus dichos, pero ellos se desvanecían tras los rayos del sol y los gritos de la planta baja.
“Tú lo harás, niña cenicienta…”.
“¿Qué es lo que haré?”, quería preguntarles. Pero su voz no salía de su garganta ni tampoco lograba moverse para ir hacia ellos. Solo podía contemplarlos con los ojos muy abiertos procurando penetrar en su masa de sonidos y llovizna. El coro de sus sueños, una vez más, la decepcionaría.
Sin embargo, esta noche hubo una diferencia: una figura potente emergió de esa masa humana (si es que eran humanos) y se aproximó a Satú. ¿Quién era? Atisbando entre la niebla, creyó saberlo una vez y otra vez para luego perderlo de vista. Pero la figura se acercó a ella con una energía que solo pudo hacerla sonreír con ternura.
“¿Papá?”. Satú se removió una vez más y, en su prisión invisible, se sintió capaz de romper todas las cadenas. “¿Papá, eres tú?”. ¡Esta vez logró preguntarle! Pero su padre le dio un formidable golpe y su cabeza replicó sus ecos al dar contra el piso al caer de la cama.
Un alarido seguido de otro aún más agudo brotó de la planta baja y se elevó como una saeta por la escalera caracol.
—¡Satú! ¡Satú! ¡Son las diez de la mañana y el desayuno no está listo!
—¡Satú!, ¿vas a bajar a recibir tu premio a la “Inútil del Año”?
Aún aturdida por el golpe —tras una noche de sueño inquieto—, Satú podría haber tenido magníficas respuestas para Ingrid e Iverna. Pero prefirió guardar silencio y hundirse en sus pensamientos mientras respondía con acciones mecánicas al pedido de las dos. Se acomodó su jogging desgastado y la remera descolorida y se calzó aquellas zapatillas de tela raída que Troya, le había rescatado de un container en la vereda de enfrente.
En realidad, Troya nunca había hecho tal cosa. Ante la incongruencia de que Satú usara un par de ojotas en pleno invierno, la envió a buscar algo que pudiera servirle luego de haber visto a Cornelio y Marga Zhou, sus vecinos de enfrente, haciendo limpieza unas semanas atrás. Por fortuna, había encontrado aquellas zapatillas que ostentaban orgullosos agujeros en sus costados. Y, eso sí, Satú debió agradecerle por el hallazgo. A Troya y también a sus vecinos, los Zhou, que se quedaron mirándola con extrañeza en su vereda sin comprender por qué Troya no hacía una compra para esa chica.
—¿Tú crees que esa chica es una refugiada de guerra? —preguntó Marga mientras soplaba un mechón de su cabello canoso y azulado para no ensuciarlo con sus guantes de goma.
—Si lo fuera, le convendría quedarse en la tierra arrasada — replicó su marido, Cornelio—. Las hijas de Troya me agotan incluso a mí.
Mientras tanto, el problema estaba resuelto: Satú tendría sus necesarias zapatillas para limpiar la bella casa victoriana en donde la familia vivía.
Satú descendió sin prisas y caminó directo a la cocina atravesando el griterío de Ingrid e Iverna y trató de no pensar en el estropicio que ambas hacían sobre la alfombra de dibujos geométricos mientras desparramaban decenas de bolsas de papel, zapatos, medias, maquillaje y ropa nueva y no tan nueva que se probaban sin cesar.
—Esa blusa es mía.
—Y ese labial es mío.
—¡La estás manchando, idiota!
—¡Es una mancha de grasa de la cocina!
—¡Satú, acabas de manchar mi blusa sin estrenar!
—¡La culpa de todo lo que ocurre en esta casa es de la Chica Carbón!
La casa de Troya era una encantadora y alta construcción de techo a dos aguas en cuyo interior el color blanco se adueñaba de todos los ambientes y la luz se volcaba a raudales por innumerables ventanales en balconada. Los elaborados y delicados muebles también eran de una blancura impecable—sin duda para satisfacer la obsesión de Iverna— y contrastaban con los detalles en rojo y rosa que eran fascinación para Ingrid.
Lámparas de papel y viejas arañas de colores intensos aportaban un toque chic al luminoso living y al comedor diario. Dividiendo estos espacios estaba la altísima escalera que Satú recorría incansablemente muchas veces al día llevando la ropa sucia que Ingrid e Iverna descartaban cada dos o tres horas. Los pisos brillaban como si fueran de cristal. Calas blanquísimas y rosas rosadas salpicaban todos los rincones.
Satú cerró silenciosamente la puerta de la cocina, se detuvo un instante tras las puertecitas vaivén, inspiró tres veces y luego, mecánica y presurosamente, calentó agua y leche, distribuyó el frasco de café y las latas de té en hebras, los juegos de tazas blanquísimas y el pan fresco que tostó en un exacto minuto para darle esa textura imposible que Troya y sus hijas exigían sin negociación. Preparó las bandejas con el mantel de encaje, arregló los tulipanes en los minúsculos floreros, los puso sobre la bandeja con las tazas de té y café, las tostadas, la mermelada de frambuesa y naranja, las perfectas cucharitas, las servilletas dobladas exquisitamente y los vasitos de agua.
—¡Que no falte el toque de perfume con los jazmines en las bandejas! —exclamó Ingrid mientras se acomodaba su quipao naranja y se calzaba sus sandalias de rojo vivo.
—¡A mamá la pondría enferma ver una sola miga de pan fuera del plato! —agregó Iverna, cerrando su kimono corto blanco a lunares grises sobre un par de medias emo transparentes adornadas con varios pequeños moños de seda blanca.
—¡Con lo generosa que es, no podrías hacerle ese daño, Saaaa!
Satú tomó la bandeja entre sus manos y por un instante se vio tentada a jugar el viejo truco de escupir el café. Se contuvo una vez más maldiciéndose por su sentido del deber y resopló tres veces murmurando escatológicos insultos. Hubiera intentado una sonrisa, pero sabía que no se la creerían. Empujó las puertas vaivén y recorrió el camino de la sala hacia el comedor diario esquivando las decenas de bolsas, cintos, bufandas y zuecos que estaban regados por todos los rincones. Mientras acomodaba la mesa, el sonido de la puerta la sobresaltó. Las hermanastras callaron de repente e inventaron una sonrisa para recibir a Troya.
Troya Nikopólidis Zisis, la madrastra de Satú, era una mujer de cuarenta años, dueña de una figura atlética perfecta que se lucía enfundada en un capsuit dorado profundamente escotado. ¿Eran las diez de la mañana? Troya siempre debía lucir como el mismo sol adonde fuera. Llevaba su corto cabello castaño en mechas cubierto por un vaporoso pañuelo de gasa negra.
—¿Acaso escuché gritos? —Sonrió Troya quitándose sus gafas oscuras—. No habrán estado peleando nuevamente, ¿verdad?
—Iverna se puso nerviosa por la tardanza del desayuno —dijo Ingrid—. Creo que Satú estuvo soñando demasiado otra vez.
—No me gusta que tengan tal falta de consideración —las amonestó Troya mientras se quitaba el pañuelo de gasa. Su voz era suave y profunda e imponía una poderosa presencia—. Les he enseñado muchas veces que no todas las personas cuentan con las mismas posibilidades que nosotras para desenvolverse en la vida. —Troya acomodó su cabello con los dedos hasta que sus mechones enmarcaron su rostro anguloso—. Satú es su hermana, sin embargo tiene una fortaleza… diferente. ¿No es cierto, Iverna?
Un gesto desdeñoso cruzó el blanquísimo rostro de Iverna y un brillo malicioso apareció por un instante en sus ojos negros y rasgados.
—Yo no veo fortaleza alguna ahí —susurró Iverna mientras las tres se sentaban en el comedor diario circular; la bandeja del desayuno resplandecía debajo de la claraboya por la cual la luz entraba a cascadas—. No hace más que limpiar y dormir.
—Precisamente. —Sonrió Troya mirando a Satú que se acercaba con una jarra de café y otra de leche—. Satú posee un cuerpo fuerte y un temperamento sereno. Por eso es que puede afrontar esas tareas tan especiales. Pequeña Satú, yo no podría hacer lo que tú haces. Creo que se trata de un talento especial.
«¿Dormir?», pensó Satú mientras con el mismo rostro impasible giraba hacia donde Ingrid veía una revista con fotos de ostentosos vestidos de noche. «Dormiría si las dos se quedaran sin voz».
—Madre, creímos que no vendrías a desayunar —dijo Ingrid quitando el flequillo de su largo cabello rojizo de encima de sus ojos—. Satú, quiero una lágrima. —Y ante el desconcierto de aquella explicó: — Solo leche y una gota de café.
—Mamá solo fue hasta la farmacia, pequeñas —respondió Troya mientras Satú le servía café—. En estos casos una no puede apurarse; toda decisión tiene consecuencias —explicó mientras desdoblaba la servilleta sobre su regazo y, con una chispa, su mirada se dirigía a Iverna.
—¿Estás enferma, madre? —Iverna la miró de reojo mientras untaba graciosamente su tostada.
—¡Claro que no, copo de nieve! —respondió aquella—. A propósito, Satú, lleva esto a la heladera. —Y le entregó una pequeña caja de telgopor de donde brotaba un frío seco—. No olvides servirle a Iverna.
Satú se detuvo un instante con ambas jarras en la mano mirando el paquete que Troya sostenía en la suya y vaciló por un segundo. Luego se acercó y dejó que Troya soltara la bolsa de la farmacia entre sus dientes; Satú la sostuvo con firmeza mientras dejaba las jarras sobre la mesa y llevaba la caja fría a la heladera con paso rápido.
—Iverna… —Sonrió Troya.
—No te preocupes, madre —respondió Iverna con un mal disimulado suspiro de fastidio—. Puedo hacerlo sola. —Tomó una porción de té de la caja blanca que descansaba sobre la mesa, calculó la cantidad para el infusor y lo echó en su taza al mismo tiempo que Satú volvía de la cocina, tomaba la jarra de agua caliente y servía con precisión en la taza de Iverna—. Gracias, Satú.
—Eres tan buena… —Ingrid mordisqueó sus palabras junto con la tostada que había untado con queso crema y mermelada de frambuesa.
Satú ya había vuelto a la cocina con las jarras y acomodaba la caja en la heladera mientras pensaba en su propio desayuno. En tanto cuidaba que el café y la leche se mantuvieran calientes miró por la ventana de la cocina y contempló por unos segundos el jardín cerrado de Troya, único espacio que la madrastra cuidaba por sí misma, aunque, claro, con la asistencia de Satú.
Satú no había puesto objeciones a esta tarea. En realidad, nunca las ponía —salvo en su interior—, pero esta, especialmente, le resultaba agradable. En un entorno donde los árboles morían con rapidez, tener contacto con la vida vegetal era un aliciente para su espíritu. De algún modo sentía que las preguntas que se hacía sobre sus extraños sueños eran respondidas al limpiar las hojas y remover la tierra.
Las hijas de Troya jamás tocaban plantas ni tierra: su blanquísima piel era demasiado sensible como para correr el riesgo de alergias. “Satú puede hacer eso sin mayores problemas”, había explicado Troya con una sonrisa. “Cuando la piel se vuelve oscura, resiste todos los males”.
Desde que cumplió los once años y comenzó el extraño servicio dentro de su propia casa, Satú había respondido con fiereza a muchas de las palabras de Troya y sus hermanastras, pero con el tiempo había aprendido a guardar silencio y escaparse hacia sus propios mundos. Leía aquellas historietas de manga que había hallado en un rincón del ático y pensaba que el mundo que parecía caerse a pedazos podía necesitar realmente de un héroe que surgiera del anonimato para provocar un cambio en su rumbo. Fue en ese tiempo en que comenzó a tener el extraño sueño del río y la masa humana, ese que se repetía, al principio, de modo esporádico, pero que comenzó a surgir todas las noches de un modo inquietante.
Ah, su desayuno. Sí, sí, eso debía hacer. Pero antes de eso era necesario recoger la ropa tirada, guardar los zapatos y ordenar las bolsas de compras en la habitación rosa de Ingrid y en la habitación blanca de Iverna. Comenzaba a levantar objetos del piso reluciente cuando, desde la mesa del desayuno, llegaron los chillones reclamos.
—¡Satú, este pan está quemado y viejo!
—¡Se ve más negro que ella!
—¡Satú, la lavandina no te da resultado!
—¡Sigue siendo oscura como la costra chamuscada!
Satú dejó una vez más el orden de la casa y volvió a la cocina para tostar más rodajas de pan y renovar el servicio del desayuno. Pero, apenas estaba apoyando el plato con tostadas en la mesa, cuando Troya se puso de pie ágilmente al tiempo que dejaba caer su servilleta al piso. Satú se agachó a levantarla y, mientras se ponía de pie, vio a Iverna frente a ella tomando un vaso con agua de la mesa y mirando con horror el plato de pan.
—No puedo comer eso —dijo Iverna—. Hoy no puedo pesar ni un gramo de más.
—Limpia los espejos de cuerpo completo de mi habitación —agregó Troya mientras subía las escaleras—. Y también pasa la aspiradora por el alfombrado: esta tarde vendrán Suni y Rakú para medirnos allí.
—¿Medir? —preguntó Satú, desconcertada.
—Satú, el Baile de Primavera es dentro de una semana —dijo Ingrid—. Necesitamos hacer la prueba final de nuestro vestuario. ¿Cómo es que no lo sabes?
—Satú no va jamás al Baile —aclaró Iverna—. ¿Eso no lo sabes tú, Ingrid?
—Bueno, quizá alguna vez podría tocarle—respondió Ingrid con un gesto divertido.
Iverna respondió con un pequeño rictus de desprecio:
—A ella no le corresponde. Bueno..., quizá en el subsuelo de La Cisterna.
Satú volvió la espalda a sus hermanastras y puso los ojos en blanco mientras recogía los platos de tostadas que ya comenzaban a enfriarse. Llevó los platos a la cocina y se dedicó a guardar cuidadosamente el pan en bolsas conservadoras. Por la ventana abierta podía ver el Zainán, tal como llamaban al bosque cercano a la ciudad, un bosque que había sido frondoso alguna vez. Ahora podía ver, asomándose entre las ramas muertas y el escaso verde, hierros retorcidos como raíces, enormes troncos de mampostería manchados de óxido y esa extraña bruma parda que parecía flotar de continuo sobre su terreno. Como un raro contraste de aquella imagen, la voz de Troya sonó desde el primer piso:
—Satú, ven a cambiar las sábanas de la sala aguamarina, espero a mi masajista en quince minutos. Y trae las fragancias para aromatizar las telas, detesto que huelan a jabón líquido.
Satú dejó entonces de guardar el pan en las bolsas, apartó los platos para lavar más tarde y tomó los frascos de perfumes de telas que aún estaban guardados en la alacena de la cocina. Mientras subía las escaleras con ellos leyó sus etiquetas: “Aromas de la Tierra”, “Despertar en el Bosque” y “Frescura del Río”. Por el ventanal que se abría sobre el jardín de invierno volvió a mirar a lo lejos el Zainán, que bien se parecía a una ciudad gigante de chatarra bombardeada.
Y sonrió tristemente.
El hombre de cabellos hirsutos y enormes ropas oscuras que se recostaba entre las raíces muertas y los hierros retorcidos, no estaba cómodo. Desde luego que su inhóspito colchón era, en parte, responsable por esto, pero no era el único motivo. Las voces en el Zainán habían vuelto hacía rato y se podían oler en el aire las señales del Baile de Primavera.
Se rascó, fastidiado, la picadura de un insecto justo en donde su mejilla se poblaba de espesa barba y trató de acomodarse una vez más sobre la trama despareja y sucia de los viejos caños cubiertos de hollín y las raíces muertas. La punta de su abrigo se enganchó con los alambres salientes de una maraña de cables y tironeó de él hasta que se desgarró y un trozo de tela quedó sobre la trama incómoda de caños retorcidos.
«Otro más», pensó, «¡qué importa!».
Algún día pudo haber sido un abrigo elegante y real. Hoy era un montón de ropas oscuras y sucias, un vestuario tan hirsuto como su barba y ese cabello desordenado que se recortaba contra la luz como tentáculos.
«Al fin y al cabo, solo hay que esperar que todo se muera», gruñó mientras caminaba sobre el suelo impreciso procurando no caer. No es que careciera de agilidad. Sus músculos guardaban la memoria del tiempo que había sabido amar, ese tiempo en que aún no era temido y odiado por las pocas criaturas sobrevivientes del bosque. Poco le importaba, en realidad; el hombre de ojos sagaces guardaba su naturaleza original en su mirada. Quizá si alguien mirara fijamente a esos ojos, hubiera descubierto toda su historia dentro de ella. Recordaba muy bien quién se había detenido a hacerlo así. Hoy, seguramente, ya no podría verlo igual.
Algunas risas y gritos sonaron a lo lejos y se replicaron bajo el espacio altísimo entre las columnas de hierro oxidado y mampostería derruida que alguna vez habían soportado los pisos de una fábrica gigante. El hombre solitario recordó aquel tiempo en que se veían como árboles verdaderos y era posible hallar frutas en sus ramas. La masa viscosa de olor acre que ahora asomaba entre aquella hojarasca de plástico podría ser una manzana. Prefirió no salir de la duda.
—Porque todo aquí está hecho de muerte —se descubrió susurrando y al instante se sobresaltó: unas risas se acercaban por los empetrolados caminos y el retumbar las hacía ominosas.
Pero lo peor era su juventud. Risas casi adolescentes, libres y un poco histéricas. Él no reía. Sabía que pronto el Baile de Primavera traería, desde Alemdam, la invasión de muchas otras risas, un mar de color artificial que se esforzaba por imitar frutas, flores y raíces que ahora solo crecían en invernaderos y laboratorios. Sonrió con amargura pensando en que el evento mencionaba a esa primavera que ellos mismos se habían encargado de matar.
¿Sucedería lo mismo con el amor?
Una bandada susurrante de ringos-dorobõ, los coatíes voladores sin pelo, apareció de repente sobre su cabeza, arrasó con esos frutos asquerosos que se parecían a manzanas y desapareció tan rápidamente como había aparecido. El hombre se sobresaltó ante la aparición, pero luego suspiró aliviado: al menos los dorobõ, pese a su feo aspecto mutante, eran preferibles a las ratas anfibias que pululaban en los riachos de agua fétida.
Las risas cobraron formas concretas y aparecieron ante su vista: dos sombras ambiguas cuyo sexo no pudo determinar pues hacían contraluz con la luna (aún se percibía, opaca, detrás de la espesa nube de bruma industrial) y con el reflector que detectaba movimientos. Una de las sombras se quitó su sombrero de copa, agitó una larga cabellera peinada en decenas de trenzas y se dejó caer sobre el suelo negro y ripioso sin dejar de reír.
—¡No podrás hacerlo, no podrás hacerlo! —gritaba, chillona mientras su compañero (¿era un chico?) la desafiaba con más risas y jadeos ahogados. La sombra jadeante se encaramó en uno de los árboles muertos, improvisó una escalera con sus protuberancias y, sosteniéndose de hierros y alambres, escaló hasta que estuvo muy cerca del gran reflector que dibujaba haces de humo y polvo en el aire.
—¿Me ves? —Rio la sombra en las alturas—. ¡Aquí estoy, en lo alto!
El solitario hombre de los ropajes oscuros y sucios se ocultó en un hueco del árbol y contempló con atención a aquel muchacho arrogante; esbelto, de enormes y brillantes ojos, dejaba ver una sonrisa de dientes afilados y un par de puntiagudas orejas cubiertas de pelo suave y desordenado.
—¡Baja de ahí! — Rio la otra—. O, mejor, ¡llévame contigo! ¡Quiero estar ahí arriba también!
—Aquí arriba solo llegan los astros —replicó el muchacho de las orejas peludas y se sostuvo con garras afiladas que asomaban tras unas manos largas y elegantes, también cubiertas de pelo—. Esta luz, mi pequeña Manía, solo está puesta para que brille mi propia luz, mi energía, mi voz.
—¡Yo haré cualquier cosa para que se escuche tu voz! —gritó Manía desde abajo y el hombre de la barba hirsuta, expectante y oculto, creyó advertir un tono devoto en sus palabras.
—¿Y no es esa tu misión en la vida? —preguntó, complacido, el muchacho en las alturas.
—¡Claro que sí! —gritó Manía como una posesa—. ¡Yo haré que los estudios te adoren, que los caminos se abran! ¡Yo haré que tu voz sea rock y que el mundo entero cante tus canciones!
—El mundo entero cantará mis canciones… —susurró el chico. Y un acto reflejo lo hizo acariciarse con su propia y larga cola cubierta de esponjoso pelo. Y tras un instante de recogimiento volvió a alzar su voz para preguntar con una ansiedad emocionada—. ¿Y qué dirán…? ¿Qué dirán esos estadios cuando mis canciones suenen? ¿Estarán ansiosos por verme?
—¡Todos ellos harán un coro! —declaró Manía—. Y cinco mil voces gritarán… ¡Ga-rou, Ga-rou! ¡¡¡Garou!!!
—¡Y allí estaré! —Garou irguió su cuerpo atlético de suave textura y su voz se quebró levemente—. Y a todos calmaré diciendo… “Garou está aquí, ¡para todos!”.
Manía dio saltos por el camino mientras imitaba a las multitudes apasionadas y Garou ensayaba canciones en lo alto del árbol. Aprovechando su ruidosa euforia, el hombre del cabello hirsuto y las ropas oscuras se escurrió por un desagüe seco hacia el Claro del Cuadrante.
Suni, la modista, parecía desaparecer entre pequeños montículos de brocatos, sedas estampadas y pasamanería: era una criatura pálida y delgada siempre vestida con traje sastre negro de corte masculino, cabello muy corto y anteojos gruesos de espeso cristal. Suni trabajaba de modo febril siempre recreando modelos ante el eterno inconformismo de Troya y sus hijas. Rakú, su asistente, ya tomaba fotografías de Troya que modelaba delante del panel blanco en el que su vestido largo y negro de sutiles lentejuelas se recortaba con precisión. Sus guantes hacían un juego armónico con el suave color miel del alfombrado de la habitación.
—El dorado de los guantes es triste —observó Troya mientras elaboraba poses teatrales delante de los disparos de Rakú—. ¿Crees poder hallar un color vivo dentro de tu repertorio?
—Lo intentaré —respondió Suni con cierto nerviosismo en su voz—. Seguramente por aquí hay algo labrado de un dorado intenso. —Y se sumergió en sus montículos en busca de una muestra nueva. —Si los comienzo esta noche para mañana a la tarde puedo tenerlos listos.
Suni levantó un trozo de lamé dorado que Troya aprobó con un gesto de cabeza. La modista corrió hacia el segundo gran espejo frente al cual Ingrid modelaba su vestido para sí misma. Detrás de ella, Iverna se miraba muy quieta frente al otro espejo de modo que Ingrid podía verla y adivinar su actitud.
—Estoy encantada —dijo Ingrid con una sonrisa casi estúpida—. Es el vestido más lindo que has hecho.
El diseño jugaba con la reminiscencia victoriana de mangas cortas abullonadas y una falda sobre una crinolina corta que le daba un gracioso aspecto antiguo en atrevida mezcla con un estilo contemporáneo. Como era costumbre en Ingrid todo el vestido era rojo, naranja y rosa.
—Es perfecto. ¿También publicarás este en tu página web?
—Así es —respondió Suni con una sonrisa mínima—. Por eso Rakú tomará una serie de fotos ahora.
—Rakú, ¿cambiaste tu peinado? —Sonrió Ingrid al fotógrafo delgadísimo de aspecto andrógino que llevaba un maquillaje pálido sobre un rostro largo y huesudo. Su cabello lacio caía como una cascada sobre sus ojos maquillados. Apenas respondió con un rictus de labios muy rojos. —Quiero posar con este precioso vestido. Suni, también me gusta tu corte de cabello. Aunque no sé si me atrevería a usarlo. ¿No es un poco… masculino?
—Es cómodo —respondió Suni con poco entusiasmo.
—Rakú se confundió hoy —comentó Ingrid muy divertida mientras se pintaba los labios—. Fui a buscar un vaso de agua a la cocina y él estaba ahí en la oscuridad. ¿Buscabas dónde cambiar tu peinado o algo así?
—Soy tonto a veces. —Sonrió Rakú sin sonreír—. Esta es una casa muy grande y tiene muchos baños y eso… vi el piso en damero y… me perdí.
—Satú es la única que conoce bien esa cocina —parpadeó Ingrid—. Se la pasa dentro de ella todo el día. Creo que hay un baño al final del pasillo que yo no conozco…
—Ingrid… —la interrumpió Troya—. Ya es suficiente.
Delante de su espejo, Iverna no parecía animada como para hacer comentarios elogiosos para nadie y mucho menos, al parecer, para su vestido.
—¿Suni? —llamó sin dejar de mirar su reflejo—. Dije que quería los zapatos de diamantes y cristales —dijo Iverna, terminante—. Son diseño de Ku. Y sabes que Ku es la nueva estrella. Nadie se había atrevido nunca a fabricar zapatos con cristales. Pero ahora una chica puede hacer realidad su sueño de tener el objeto en sus pies; es el pasaporte al príncipe azul.
Suni estuvo a punto de responder, pero Ingrid interrumpió su acción desde cierta distancia mientras Rakú ya disparaba sus flashes sobre ella.
—Los zapatos de Ku son parte de la industria —dijo Ingrid—. Eso no te hace especial. Los de Cenicienta sí que eran diseño exclusivo. Y tus tarjetas de crédito no incluyen un hada madrina.
Los golpes de realidad de Ingrid eran demasiado fastidiosos para Iverna, sobre todo porque su “hermana roja” solía dárselos en la cumbre de sus ensoñaciones y siempre los acompañaba de un gesto distraído como si le dijera “es obvio que estás estúpidamente ciega como para comprender esto”.
—Estos no son los zapatos para un Baile de Primavera —continuó Iverna tratando de ignorar a su hermana. El vestido era corto y recto con una enorme pechera semicircular de perlas. Igualmente, blancas eran las sandalias de tacón y las finísimas medias que cubrían sus pálidas piernas con una filigrana exquisita y compleja—. ¡Con estos me parezco a una niñita que va a tomar su primera comunión! —Iverna quitó un mechón de su cabello oscurísimo y lacio que caía sobre los hombros enmarcando su rostro de una palidez angelical—. ¡Me veo como una idiota!
—Pero… —Sonrió Troya, conciliadora—. Esta niñita puede convertirse en una novia. ¿No vamos acaso al encuentro del amor?
—¡Yo no quiero ser una novia, quiero ser una reina! —respondió Iverna con una inquietud cada vez mayor mientras giraba nerviosamente frente al espejo.
—Si te encuentras con el príncipe Alaric, puedes iniciar los dos caminos —continuó Troya mientras Suni acomodaba su vestido para las fotos.
—¡Madre, eso no es posible! —dijo Ingrid mientras tomaba un trozo de manzana verde de una bandeja e improvisaba actitudes para la cámara de Rakú—. El príncipe es demasiado sofisticado como para fijarse en una pequeña santurrona que va a su catecismo.
—¡Tú eres la niña pequeña! —Rio Iverna tensamente.
—Pero el príncipe vino a mí el año pasado —se regodeó Ingrid—. Creo que mi “rojo” resulta mucho más atractivo que tu “blanco”. —Iverna clavó una mirada furiosa en Ingrid—. Y sí, por cierto, a pocos días del Baile será difícil hallar un par de zapatos adecuados.
Suni ya tomaba otras medidas en el vestido de Iverna y fue la única barrera que impidió que esta fuera contra su hermana.
—¡Eres una amarga chica gorda de barrio! —jadeó Iverna haciendo un enorme esfuerzo por no perder el control—. Te vas a ver como un globo rojo en ese vestido.
—¿De veras? Los globos siempre van a los cielos, pero los copos de nieve van al piso —contraatacó Ingrid mientras retocaba su labial—. Y se derriten.
Un temblor de furia inundó a Iverna y apretó las mandíbulas mientras sus ojos estallaban en pequeñas lágrimas. Suni esbozó apenas una sonrisa ante la balacera verbal de las hermanas, gesto que esfumó en un suspiro al chocar con la sonrisa helada de Troya que ya se quitaba los guantes largos para echarse sobre su chaise longue.
—¡Espera a que me quite el vestido y verás lo que te pasa! —tembló Iverna.
—Suni… —dijo Troya—. Mi hija es infeliz. Y sabes cómo es el sentimiento de una madre por ella.
—La ciudad no es muy grande; pero la demanda sí —respondió Suni con sus pequeños ojos moviéndose nerviosamente detrás de sus anteojos—. He hecho todo lo posible, pero no sé si ahora, en tres días…
Iverna se quebró en un llanto desconsolado, luchando por estar quieta mientras Suni cosía una pequeña perla brillante en el cierre de la pechera.
—Yo creo… —replicó Troya— que no has hecho un gran trabajo. ¿Te importan los comentarios de dos clientas insatisfechas en las redes?
—Vamos querida, sécate esas lágrimas que vamos a tomar las fotos. —Sonrió Suni procurando hallar un pañuelo para Iverna—. Te ves muy bonita.
—¡No me conformaré con un vestido incompleto! —chilló Iverna tirando del cuello de su vestido y las perlas de la pechera se esparcieron sobre la alfombra—. ¿Que soy, una pordiosera? ¿Acaso una indigente? ¡Mamá, quiero esos zapatos como sea!
—Suni se ocupará, pequeña, no te preocupes. Ah, no me gusta que amenaces a tu hermana —la consoló Troya mientras veía como Iverna se quitaba su vestido furiosamente y lo arrojaba en el piso—. Deberías descansar ahora. Estoy segura de que cuando despiertes podrás descubrir esos hermosos zapatos de cristal al pie de tu cama. —Y envió una significativa mirada a Suni.
Pero Iverna ya no la escuchaba. Tras quitarse el vestido se cubrió a medias con la bata que había dejado en el piso y salió dando un portazo del cuarto. Su llanto histérico se fue perdiendo en el pasillo camino a su habitación.
—Ingrid… —Troya le envió una sonrisa fría a su hija—. Guarda tu sarcasmo para cuando debas manejar a tu hombre en el Baile de Primavera. —Rascó suavemente la respingada nariz de Ingrid—. Pero con tu hermana debes ser una sola.
—Volveremos el miércoles con el nuevo diseño —dijo Suni mientras juntaba las perlas desparramadas del vestido de Iverna—. Rakú, no olvides que tenemos que hacer una sesión especial de fotos con ella.
—Si ella usa zapatos de cristal yo querría usar unos con fuego natural. —Sonrió Ingrid mientras hacía su pose final en un silloncito de estilo—. ¿No es una idea genial? ¡Zapatos de fuego! Eso sí que sería impactante.
Rakú miró disimuladamente a Suni. Y ambos sonrieron ampliamente uno tras la cámara y la otra detrás de sus espesos cristales. Pero ni Troya ni Ingrid lograron advertir ese gesto.
La chica de grandes ojos verdes vestida con un traje militar no tenía miedo. Sentía, eso sí, una agitación en su pecho y un cosquilleo en sus piernas que le decían que era tarde para salvar a su hermano perdido. Se sentía impotente, sola en medio del Zainán y sin ninguna herramienta (ni armas) para saber en qué región del tiempo se encontraba. Sus condiciones de búsqueda se parecían al arrojo de un kamikaze.
Delante de ella, una galería amorfa de columnas de hierro negro chorreadas por una costra de petróleo y metal fundido exudaban una sustancia viscosa en medio de espesas nubes de humo y vapor que sofocaban el aire. De cualquier modo, había que moverse. Llevaba mucho tiempo de pie en ese pequeño páramo cubierto de restos de una vegetación moribunda, sin atreverse a tomar una decisión entre los cuatro caminos que la rodeaban como cuartos de un reloj.
«Él puede morir si no me apresuro», pensó. Y sintió que su estómago se encogía con una punzada de dolor. Caminó a través del sendero de hierro en donde los viejos árboles, aquellos que había conocido en antiguos libros, se abrazaban con gesto desesperado a las alturas procurando respirar un poco de aire real. Pero este también parecía tener los días contados.
Los sonidos del camino remedaban a la sirena de un barco moribundo. Gemidos industriales que exhalaban su aire hirviente en un mar de cenizas. La chica intentó no inhalar aquellos montículos volátiles ni pensar en lo que la esperaba más allá del final del camino. El cielo aún se veía rojizo, como durante el día, pero sabía que la tormenta no tardaría en llegar junto con la noche. Apuró sus pasos y canturreó aquella melodía aprendida en las viejas películas que solía ver cuando era pequeña:
Perdida voyEn pos de ti.La noche sin lunacuenta que te perdí…
Perdida se sentía sin él. La idea de estar en la seguridad de su hogar rodeada de privilegios mientras él vagaba por ese mundo desolado le resultaba por demás de insoportable. Seguramente, a estas horas, sus padres la estarían buscando con todos los recursos disponibles. Pero ella no estaba dispuesta a salvarse sola. El incomprensible castigo hacia Alaric era algo que no toleraría.
Atravesó el camino hasta alcanzar el pequeño puente de hierro y piedras sobre el río. El sonido del agua la hizo sentirse mejor. Aunque fluía con dificultad en un lecho infestado de basura electrónica era un pequeño rincón donde aún se sentía viva. Algunos kilómetros más allá se hallaba el remanso donde el agua seguía siendo parcialmente cristalina.
«¿Cómo no lo pensé antes? El Sauce…», se esperanzó. «Quizá Umiko pueda ayudarme».
Llegar no sería fácil, pero sostenida por esta expectativa echó a correr, entusiasta, en dirección al Claro del Cuadrante desde donde podría adivinar el camino al Santuario. Sabía que, a medida que avanzara, el paisaje sería menos hostil y el aire más respirable.
«Umiko puede verlo todo. Ella es el espíritu mismo de este bosque».
En realidad, no era el espíritu de este bosque. Lo era del antiguo. Aquel que parecía una leyenda suspendida en la historia y sobre el cual su madre le había enseñado suficiente. No su padre; él no creía en aquello o, más bien, no le importaba. Pero su madre, sí. Por ella podía intuir el camino hacia el Santuario.
El camino a los lados del Claro del Cuadrante comenzaba a mostrar vegetación verdadera. Aromas de pasto verde y fresco, a humedad como alimento. Casi tuvo ganas de reír mientras apartaba la espesa cortina de hiedra que colgaba de los árboles (estos sí, reales) que anunciaban el camino hacia el Santuario del Sauce.
Y entonces, desde las sombras, una silueta enorme envuelta en ropajes oscuros la miró desde unos ojos amenazantes que asomaban bajo una cabellera hirsuta. Un gruñido pareció escapar de aquella boca escondida como una amenaza.
La chica de enormes ojos verdes vestida con un traje militar deseó estar envuelta en una armadura. Pero solo contaba con su capa de varias vueltas. Se cubrió la cabeza con su pesada capucha y huyó por un camino angosto sintiendo cómo las espinas rasgaban sus brazos.
La Casa Real era una construcción imponente de líneas puras y geometría impactante que se alzaba hacia las afueras de Alemdam, pero próxima a su trazado urbano. Semejante a los castillos medievales, el edificio se asentaba sobre una sólida roca que finalizaba hacia la zona del Zainán y se fundía con el entorno de piedra y ruinas invadido por brazos del arroyo unos metros más allá. En el interior de la roca sólida de base se abrían pasadizos y cavernas en donde estaban ubicadas las caballerizas que tenían conexión con los patios de armas; el último patio comunicaba con el amplio corredor de la guardia que daba acceso inmediato al exterior. Las caballerizas y los pisos de este corredor mostraban, a intervalos, rejillas de desagüe.
Orión Vranjes, el joven jefe de la guardia, no pasaba de los veintisiete años, pero su presencia imponía no solo respeto, sino que inspiraba liderazgo. Atlético, de rostro proporcionado y de grandes ojos grises, parecía tener siempre energía disponible en su cuerpo y en su mente. Conocía todos y cada uno de los rincones de la Casa Real, especialmente aquellos patios en donde entrenaba la Guardia Real o Cuerpo Armado como solían llamarla. Orión caminó a través de los corredores y vio a todos sus hombres con los trajes blancos de entrenamiento practicando el uso de los sansetsukon, las armas de la antigüedad oriental que requerían una lucha ágil cuerpo a cuerpo a través de tres bastones unidos por cadenas que formaban parte de su estructura.
Sonrió al ver a los soldados, no solo por su destreza sino por la pasión que ponían a su entrenamiento y se sintió orgulloso de ellos. De pronto, en un recodo, una presencia lo sacó de sus pensamientos: dos hombres caminaban con cierta urgencia por los pasillos hacia las caballerizas perdiéndose paulatinamente en sus penumbras. Que Arnau de los Burgos y el ministro Primus Ruffo conversaran habitualmente no era extraño, pero sí le llamó la atención su inquietud manifiesta, como si buscaran un rincón esperando no ser vistos ni escuchados.
«¿Qué se traen estos dos?», pensó Orión.
Arnau, primer suboficial de Orión, un hombre enorme de pesada melena y sonrisa torva, había manipulado conciencias y sobornado voluntades hasta lograr lo que quería: favorecer los acuerdos del rey con la Corporación NUMINAL, situación a la que la reina y el mismo Orión se oponían.
«NUMINAL», suspiró Orión con pesadumbre. Esa firma, dirigida por una fastuosa empresaria ante cuya presencia el reino entero parecía doblegarse, había comprado los terrenos del bosque para instalar fábricas militares múltiples desforestando zonas enormes y destrozando la tierra. La región se había vuelto tan inhóspita que un grupo de rebeldes, al mando de Ulrich, antiguo suboficial segundo de Orión —y con la anuencia de este— habían creado las Tierras Férax. Fruto de una descomunal obra de ingeniería, las Férax eran verdaderas islas flotantes que se habían despegado de la tierra y navegaban el cielo de Alemdam formando parte del mismo como una reserva verde lejos de la devastación.
El rey Arturo los había declarado traidores a su persona y al reino. Arnau, junto al ministro Primus, lo apoyaba y para ello había generado la división en la guardia: Arnau azuzaba a sus partidarios que se hacían llamar a sí mismos gryphus, miembros que se rebelaban de continuo contra Orión y luchaban contra los habitantes de las Férax a quienes todos llamaban feraxianos. La guardia, partida entre los gryphus y los amanes, fieles a Orión y a la reina, generaba una permanente tensión en el palacio.
Pero ahora, el hecho reciente que preocupaba a Orión estaba, seguramente, en el contexto de esa conversación.
—El rey está furioso con el príncipe —susurró el ministro Primus, moviendo nerviosamente sus delgadísimas manos—. No sabemos si ha sido expulsado o simplemente escapó ante la amenaza de Numa.
—El príncipe Alaric es un chico malcriado. —Sonrió Arnau—. Y una situación correctiva lo pondrá en su lugar.
—Creo que no me comprendes —susurró Primus ya sin amabilidad—. Es el príncipe heredero ¡y está desaparecido!
—Saldremos en su busca —dijo Arnau—. Pero me alegraré mucho de que ese pequeño traidor aprenda las cosas como deben ser… Seguramente está escondido en el Zainán, emborrachándose con alguna chica de Alemdam.
—Hazlo rápido —dijo Primus de modo cortante—. Si la conversación que tuvieron con Orión durante la fiesta de presentación de NUMINAL es real, entonces hay que detenerlo antes de que cuente cosas a los ursos.
Los hombres se separaron y se perdieron en las sombras de las galerías, pero Orión se sintió inquieto al oír su nombre. Mientras veía a Primus subir hacia el palacio, decidió seguir a Arnau. Caminó a cierta distancia del hombre alto de espaldas enormes mientras aquel se desplazaba por galerías que se hundían cada vez más hacia las caballerizas de los alborgs.
«¿Adónde va?», se preguntó Orión. Arnau se movía con atlética agilidad en su ajustado traje militar y, de pronto, ya dentro de las caballerizas donde estaban los fulvus, caballos rojos de los gryphus, desapareció en una de las rejillas de desagüe.
Orión miró aquello con sorpresa. Corrió tras él cuidando de no hacer ruido y, tras calcular un momento la distancia entre la oquedad y el fondo del desagüe, alcanzó a vislumbrar una escalerilla de mano amurada. Bajó rápidamente por ella y pronto esta desembocó en una escalera de cemento que seguía otro túnel angosto cubierto de un espeso vapor de olor dulzón.
«¿Qué es esto?», se preguntó Orión sintiendo cómo el vapor le producía una picazón en sus enormes ojos grises.
Continuó siguiendo a Arnau que se alejaba hacia un complejo laberinto intensamente iluminado; allí se percibía una multitud rumorosa moviéndose tras cortinas de rejas y supo que no podría continuar más allá. Del interior del laberinto, que se veía como un gran laboratorio, se desprendía un rumor impreciso, una mezcla entre los relinchos airados de los fulvus con bramidos profundos que llegaban desde algún lugar. Sonaban dolorosos y amenazantes.
Tras las cortinas de rejas, Orión vio que Arnau hablaba con otra figura cubierta con un overol blanco y una máscara que dejaba su cara completamente oculta (salvo por sus ojos), y no pudo descifrar su conversación. Más allá, se extendía una amplia y tensa colgadura blanca de plástico. Detrás de ella, se revolvían las sombras de una figura tan grande como un caballo cuya forma Orión no fue capaz de distinguir. Pero supo, en ese instante, que había descubierto la entrada secreta a aquel sitio del que algunos hablaban, pero que estaba oculto en los informes oficiales.
Y una parte estaba allí mismo, a treinta metros debajo de la Casa Real. «Esto es», se dijo Orión. «Esto es parte de la Cuenca del Olvido». Retrocedió sobre sus pasos y volvió rápidamente a las caballerizas a preparar a los caballos albinos desde unos años atrás llamados alborgs, por su doble naturaleza de animales y máquinas.
La masa de forma humana hecha de bruma y llovizna se movía parsimoniosamente en la oscuridad, flotando sobre un río manso en movimiento. Los rostros de las figuras que formaban esa masa estaban desdibujados y sus voces sonaban como piedrecitas que alguien arrojaba al agua. Era imposible reconocer palabras. Los sonidos y la imagen misma se habían vuelto abstractos.
«¿Quién es?», musitó Satú en el sueño y reconoció apenas su propia voz. «Mamá?».
Una figura femenina, que creyó reconocer, surgió de las sombras y trepó con agilidad sobre una extraña forma parecida a un árbol, de superficie metálica y cubierta de óxido. Millares de pequeños objetos de metal se pegaban al tronco y creaban una textura infinita de clavos, tornillos, tuercas, hojas retorcidas de aluminio y caños quebrados y desbordantes de una sustancia viscosa y oscura. Había tanta bruma en derredor que Satú apenas alcanzó a divisar a otra mujer tan alta como una secoya cuya piel parecía de cristal y acero. La primera figura, aquella que le resultaba conocida a Satú, se veía jadeante sobre el árbol de metal. Pero se veía humana. La otra figura, la enorme, mostraba gestos inquietantes que no pudo reconocer. Quiso preguntar nuevamente “¿quién eres?”, pero se sintió muda y atada a su cama.
La figura trepada al árbol se dibujó con su ropa ajustada a un cuerpo atlético, sacudió los mechones del corto cabello castaño de sus ojos y gritó con una voz ahogada contra el viento que iba soplando entre el bosque fabril.
La joya del bosque es de acero sensual.El cristal será piedracuando la hermosa hoja la acaricie.Piel de pétalo de rosa negra,mirada del lago antiguo,labios de sangre.La joya está en el bosquey me dará la gloria.
La mujer enorme de cristal y acero se incendió por un momento. Pero el fuego era tan frío como su esencia y el brillo iba aumentando a medida que su letanía respondía a la anterior.
Piel de pétalo de rosa tibia,mirada del nuevo mundo,labios de sangre.La joya está en el bosque…¡y esa rosa va a envolverla!
La mujer gigante de metal pareció temblar. La otra mujer, la atlética, la que a Satú le pareció idéntica a Troya, se aferró fuertemente al tronco metálico mientras parecía protegerse de una caída infinita. Ahora su voz tronó clara en la penumbra y sonó como un hachazo sobre la cama de Satú.
—¡Nunca! ¡Nunca!
Satú abrió los ojos en un sobresalto y vio a Troya al pie de su cama con un largo y vaporoso deshabillé rosa.
—¿Satú?
—¿Eres tú? —preguntó con la respiración agitada.
—Satú, no he pedido que me hagas preguntas y mucho menos habiendo tenido que subir hasta aquí. Tus hermanas pronto se levantarán y como viene sucediendo… aún no hay señales del desayuno. ¿Han traído las manzanas que encargaste ayer?
Satú estaba tan aturdida que no pudo responder. Bajó de la cama con su camisón raído y su pelo desordenado, se calzó sus viejas zapatillas y bajó la escalera con el desasosiego del sueño interrumpido, la pesadilla en clave que había contemplado y la rara imagen de su madrastra trepada a aquel árbol en actitud desesperada.
—Satú, no estoy acostumbrada a que me dejes sin respuesta —la reprendió Troya mientras bajaba las escaleras con aplomo, pero claramente molesta—. ¿Han traído o no las manzanas que te pedí que encargaras ayer?
Satú caminó hacia la cocina mientras escuchaba a Ingrid e Iverna pelear en los cuartos de arriba. Los gritos eran tan intensos como la peor de las jaquecas, pero Troya solo parecía encolerizarse ante el silencio de Satú que, del mismo modo, depositó dos cajones de manzanas en el piso en damero y se envaró frente a su madrastra mirándola fijamente por un instante. La mirada de Troya era intensa. Satú cerró los ojos y dormitó por diez segundos esperando una catarata de recriminaciones. Pero eso no llegó. Cuando los abrió nuevamente, Troya sostenía la caja de telgopor blanco en su mano derecha. Con la otra, cerró la puerta de la heladera.
—Esto es importante: debes llevar esta medicina a tu abuela Ismelda al Último Cuarto del Zainán... —dijo Troya mostrándole el frasco blanco en el interior de la caja—. Usa bastante hielo, lo mejor será que lleves esta misma caja en la que vino de la farmacia. Y guarda algunas provisiones para el día de viaje.
El estupor de Satú se reflejó de inmediato en sus ojos y halló una réplica en el gesto de Troya.
—Cuando regreses, deberás ocuparte de los vestidos de tus hermanas para el Baile de Primavera. No de coser, claro, pero sí de la tintorería y la modista que…
—¿Qué dijiste? —la interrumpió Satú con el ímpetu que había quedado estancado un segundo antes—. ¿Quién…?
—Bueno, me temo que el vestido de Iverna aún necesitará un…
—¡No, no! ¿Quién? —se atropelló Satú—. Dijiste… “tu”, es decir, ¿mi “abuela”?
Troya inspiró profundamente y se desplazó por la cocina con cierta displicencia. Arriba, sonaron dos portazos y la música j-pop comenzó a sonar muy alto detrás de ellas con estridencia sorda. Troya abrió la ventana y permaneció de espaldas a Satú mirando hacia su jardín de invierno.
—Dudé sobre decirte la verdad —dijo Troya con un tono de voz que Satú desconocía—. Pero creo que es mejor no demorarlo más. Tu abuela Ismelda, la que creías muerta… está viva. Vive en un rincón del bosque… Bueno, de ese lugar. Eligió esa vida solitaria, desde luego. Pero, sin duda, espera tu visita.
—¿Es una broma? —se envaró Satú—. ¿Por qué nunca supe sobre ella?
—Ay, Satú, no seas tan melodramática. —Sonrió Troya—. Nada es tan sencillo en la vida como parece. Tu abuela tuvo sus razones para ocultarse en ese lugar inhóspito y guardar silencio durante tantos años. Y yo… Bueno, luego de perder a tu padre... no fue fácil retomar el diálogo con ella. —Troya inspiró fuerte y corto y por un instante Satú creyó que lloraba—. No es una mujer fácil. Ella me culpó por todo. Nunca me quiso, lo sé. Ni tampoco a mis pequeñas.
Troya dulcificó su gesto en una mirada que a Satú le pareció una verdadera revelación.
—Satú, ¿tú crees que no te amamos? Si es así, no estás pudiendo ver más allá. Valoramos tanto lo que haces por nosotras. Tus hermanas han sufrido mucho la pérdida de dos padres y me temo que no han aprendido aún a ser fuertes… Tú eres un ejemplo para ellas. Y para mí… Yo me siento como tu verdadera madre y siempre he querido protegerte ¡también a ti! de todo ese dolor y esa guerra. Pero ya tienes quince años y no es justo que desconozcas el otro lado de tu familia. Es hora de que te encuentres con ella ahora que está muy anciana y… y no sabemos cuánto le quede de vida.
—Es que no entiendo… —continuó Satú—. ¿Has perdido comunicación con mi abuela y de repente sabes que está enferma y… y todo eso?
—Para ella tampoco fue fácil pedirme ayuda —respondió Troya—. Ay, el orgullo… Pero si lo hizo es porque es evidente que no tiene a nadie más en el mundo. Y claro, quiere conocerte. Eras tan pequeña cuando ella se fue… —Troya tomó el rostro de Satú entre sus manos y la miró profundamente a los ojos—. No tenemos mucho tiempo. Por desgracia, sabes que adentrarse hasta esa distancia en el Zainán requiere caminarlo. Ningún transporte llega hasta esa profundidad.
—Con el Último Cuarto… ¿quieres decir desde el Cuadrante? — preguntó Satú.
—Eso es —respondió Troya—. Hay que superar el límite permitido. ¿Te asusta?
Satú había aprendido hacía tiempo que nada la aterrorizaba más que permanecer encerrada en aquella casa de por vida.
—No —respondió.
—Pero a mí sí. Y a tu abuela, desde luego. Hemos pensado en cómo guardar tu seguridad. Sabes, tu abuela Ismelda debió aprender a sobrevivir en ese lugar, de modo que tiene sus recursos y conoce a algunas personas. Mira, una joven exploradora te esperará en el Cuadrante para orientarte en el camino correcto. Si tomas por el que ella te indica no correrás ningún peligro.
—Pero no tengo miedo —insistió Satú—. Cuando iba de campamento con la escuela yo…
—Ha pasado tiempo desde entonces y te has vuelto una chica solitaria —la interrumpió Troya—. Y estoy segura de que con los campamentos escolares nunca has llegado hasta ese punto. Ya ves, Satú, también soy tu madre y te conozco. Me preocupo por ti.
—De acuerdo —respondió Satú—. Mañana a primera hora…
—Es hoy —Troya remarcó esta última palabra con una sonrisa rígida—. Y debes volver pronto, claro. Necesitaremos tu ayuda para el Baile. Sabes lo importante que es…
«Un baile al que yo jamás podré ir», pensó Satú. Pero no era esa la respuesta que Troya esperaba.
—Está bien. Iré a prepararme.
—Antes de eso, lleva el desayuno a Iverna. Luego de la pelea de anoche dudo que quiera compartirlo con su hermana —respondió Troya—. ¡Ay, estas niñas! —Y subió ágilmente la escalera.
Satú tomó la caja de telgopor, el frasco blanco sin etiquetas ni indicaciones y lo metió en aquella. Luego lo guardó en la heladera y comenzó a preparar el desayuno para llevar a las habitaciones. Mientras lo hacía, descubrió que el cielo comenzaba a nublarse. Eran esos nubarrones extraños, como si algo pesado y enorme flotara sobre las nubes de tormenta y, dentro de ellas, un cardumen oscuro y gigante las atravesara sin dejarse ver más que como una sombra. El barullo del j-pop se había aplacado y los truenos sonaban a lo lejos como una caricia.
Por primera vez en mucho tiempo Satú comenzó a sentir un cosquilleo interior que la invitaba a sonreír. ¿Sería verdad entonces una vida diferente a esta? ¿O sería una mentira? No, ¿por qué habría de serlo? Quizá la convivencia solo era difícil, pero la esencia de Troya era otra. Se sentía mareada y eufórica. Comenzó a moverse con rapidez para alcanzar cuanto antes el límite con el bosque. Aunque una tormenta era evidente desde la ventana, aquel aire fresco prometía días nuevos.
EPISODIO 2
La Chica del Canguro Rojo
