La compañía barrio y sordo - Daniel Gutiérrez Ardila - E-Book

La compañía barrio y sordo E-Book

Daniel Gutiérrez Ardila

0,0

Beschreibung

Este libro, construido a partir de un extenso epistolario, sigue la pista de una compañía comercial neogranadína desde sus orígenes en 1796 hasta la batalla de Boyacá. Creada por los peninsulares Juan Barrio y Tomás Sordo, la firma se especializó desde el comienzo en el abasto de la provincia de Antioquia. Luego de pagar la novatada con un cargamento de mercancías ilícitas, los socios comprendieron la necesidad de acercarse al poder e instalaron su oficina central en Santa Fe, logrando insertarse en una de las redes políticas y comerciales más importantes del virreinato, ligada íntimamente al virrey Amar y Borbón. Poco a poco diversificaron su portafolio y ampliaron su presencia geográfica hasta cubrir buena parte de las provincias del Reino. Además de su papel como mayoristas y distribuidores, supieron posicionarse como una agencia cambiaria y de tráfico de influencias, como un operador logístico y como un pequeño banco. Todo iba viento en popa cuando estalló la revolución, que los obligó a trasladar la compañía a Maracaibo y a abrirse al Atlántico, habiéndose esfumado para siempre la vieja intermediación peninsular.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 586

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Gutiérrez Ardila, Daniel, 1979-

La Compañía Barrio y Sordo : negocios y política en el Nuevo Reino de Granada y Venezuela, 1796-1820 / Daniel Gutiérrez Ardila, James Vladimir Torres Moreno. -- Bogotá : Universidad Externado de Colombia. 2021.

457 páginas : ilustraciones, mapas, gráficas, fotografías ; 21 cm.

Incluye referencias bibliográficas (páginas 429-457)

ISBN: 9789587906868

1. Industria minera – Colombia -- Siglo XIX 2. Geografía comercial – Colombia -- Siglo XIX 3. Colombia -- Condiciones económicas -- Siglo XIX 4. Colombia – Historia -- Guerra de independencia, 1810-1819 5. Colombia -- Política y gobierno -- Siglo XIX I. Torres Moreno, James Vladimir II. Universidad Externado de Colombia III. Título

986.103               SCDD 21

Catalogación en la fuente -- Universidad Externado de Colombia. Biblioteca.

Septiembre de 2021

 

ISBN 978-958-790-686-8

©  2021, DANIEL GUTIéRREZ ARDILA

©  2021, JAMES VLADIMIR TORRES

©  2021, UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA

     Calle 12 n.º 1-17 este, Bogotá

     Teléfono (601) 342 0288

     [email protected]

     www.uexternado.edu.co

Primera edición: septiembre de 2021

Diseño de cubierta: Departamento de Publicaciones

Corrección de estilo: Óscar Torres Angarita

Composición: Álvaro Rodríguez

Impresión y encuadernación: Panamericana Formas e Impresos S.A.

Tiraje de 1 a 1.000 ejemplares

Prohibida la reproducción o cita impresa o electrónica total o parcial de esta obra sin autorización expresa y por escrito del Departamento de Publicaciones de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad de los autores.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

 

 

 

 

Daniel Gutiérrez dedica este libro a la memoria del incomparable Álvaro Mejía Restrepo.

James Torres lo dedica a María Baeza y Olga Jiménez, tías adoradas.

CONTENIDO

TABLAS

AGRADECIMIENTOS

ABREVIATURAS

INTRODUCCIÓN

Negocios y política

Las fuentes

PRIMERAPARTE

LAEDIFICACIÓNCOMERCIALYPOLÍTICADELACOMPAÑÍA

1. LACOMPAÑÍA

2. UNTROPEZÓNINICIÁTICO

3. DELCOMERCIODESANTAFEYDELCOMERCIODEMARACAIBO

4. LAPOLÍTICACORTESANA

5. DOSCAMINOSASANTAFE

6. LOSAMARISTAS

7. ¿AMERICANOSCONTRAEUROPEOS?

8. NOTICIASDEGUERRAYREVOLUCIÓN

SEGUNDAPARTE

REDES, LOGÍSTICAYPORTAFOLIO

9. GEOGRAFÍACOMERCIAL

10. REDES

11. TRANSPORTES

12. OROYPLATA

13. LIBRANZAS

14. ROPASYTELAS

15. CACAOYHARINAS

16. COMERCIOYMONEDADURANTELARESTAURACIÓN

EPÍLOGO: ELREINODEBARRIOYSORDO

CONCLUSIONES

SALADEMÁQUINAS

FUENTESYBIBLIOGRAFÍA

Archivo

Periódicos

Fuentes impresas

Bibliografía

Notas al pie

TABLAS

Tabla 1. Cronograma del epistolario de la Compañía Barrio y Sordo

Tabla 2. Localidades desde las que fueron despachadas las cartas del epistolario de la Compañía Barrio y Sordo

Tabla 3. Cartas del epistolario procedentes de Antioquia

Tabla 4. “Razón de los pagos y gastos hechos de los intereses de la compañía” (4 de julio de 1816)

Tabla 5. Valor de las importaciones de bienes europeos (de Castilla) declarados por la Compañía Barrio y Sordo en las aduanas de Santa Fe y su comparación con el promedio declarado por otros mercaderes (en pesos de plata)

Tabla 6. Oros introducidos en la Casa de Moneda de Santa Fe por los principales comerciantes de la ciudad (1808-1809)

Tabla 7. Valor en castellanos de las barras remitidas a la Compañía en Santa Fe sobre las que consta el método de envío

Tabla 8. Los amaristas

Tabla 9. Remates y fianzas de los situados de la caja matriz de Santa Fe conservadas en las escribanías de Real Hacienda

Tabla 10. Matriz de densidades de los lazos presentes en la correspondencia de la Compañía, agrupados según su atributo geográfico, 1801-1810

Tabla 11. Matriz de densidades de los lazos presentes en la correspondencia de la Compañía, agrupados según su atributo geográfico, 1810-1816

Tabla 12. Rendimiento de las barras amonedadas por Barrio y Sordo en junio de 1803

Tabla 13. Destino de los doblones producto de las barras de oro remitidas a la Casa comercial cuyo monto se conserva en el epistolario

Tabla 14. “Nota de los efectos que han de ser comprados para remitirme con Pedro Sarrazola de la capital de Santa Fe”

Tabla 15. “Nota de los efectos que le pido al Dr. D. Juan Barrio”

Tabla 16. “Razón de las ropas recibidas en la villa de Medellín por D. Juan Francisco Rodríguez Obeso remitidas por D. Juan Barrio de Santa Fe en 12 de junio de 1809, cuyo empaque consta de 97 tercios No. 1 a 97 marca Bo”

Tabla 17. Guía de mercancías de ultramar emitida en Santa Marta el 24 de septiembre de 1816 y presentada por Eduardo Sáenz ante las autoridades de Santa Fe al año siguiente

Tabla 18. Guía de mercancías emitida en Santa Marta el 25 de septiembre de 1816 y presentada por Eduardo Sáenz ante las autoridades de Santa Fe al año siguiente

Tabla 19. Guía de mercancías emitida en Santa Marta el 24 de septiembre de 1816 y presentada por Juan Barrio ante las autoridades de Santa Fe al año siguiente

Tabla 20. Guía de mercancías emitida en Santa Marta el 21 de octubre de 1816 y presentada por Juan Barrio ante las autoridades de Santa Fe al año siguiente

Tabla 21. Remisiones de la Casa Barrio y Sordo de acuerdo con la aduana de Santa Fe (1813-1817)

AGRADECIMIENTOS

Roberto Luis Jaramillo y José Antonio Amaya alentaron este proyecto desde sus inicios con entusiasmo, comentarios y preguntas. David Zuluaga, Margarita Restrepo Olano y Matthew Brown fueron celestinas inconscientes de esta sociedad intelectual. Isidro Vanegas, Carlos Díaz, John Tutino, Heraclio Bonilla, Erick Langer, Matías Kítever, Camilo Uribe Posada, Emma Ardila, María José Montoya y Andrés García leyeron el borrador del libro y nos ayudaron a mejorarlo. Armando Martínez Garnica no solo nos hizo comentarios sugerentes, sino que nos autorizó a consultar las cajas no catalogadas de los así llamados “paquetes” de la Administración de Alcabalas en el Archivo General de la Nación. Jaime Rueda García nos permitió revisar y fotografiar documentos del archivo de su familia. Catalina Banko hizo cuanto estuvo a su alcance para ayudarnos a recopilar información sobre Sordo y Barrio en Maracaibo, pero la calamitosa situación venezolana frustró sus propósitos. José Leonardo Henao Giraldo nos precisó la localización geográfica del puerto de El Retiro. Adriana Castañeda fotografió para nosotros en plena pandemia documentos que requeríamos para cerrar esta investigación. Adelantos de ella fueron presentados en la Université Paris-Est Créteil (UPEC) por amable invitación de Mónica Henry, así como en el seminario que organizan conjuntamente el Grupo de Investigación en Historia y Empresariado de la Universidad de los Andes y la Asociación Colombiana de Historia Económica y Empresarial. Sara Ochoa nos brindó su concurso en la edición y digitalización de los mapas y Carlos Camacho Arango, en las gestiones tendientes a presentar el manuscrito a la editorial universitaria. La Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Externado, donde uno de nosotros dicta clases habitualmente, acogió este libro en su programa de publicaciones. Nuestras familias respectivas se hicieron cómplices activas de esta pesquisa. Nuestro agradecimiento para todos ellos.

ABREVIATURAS

AGN: Archivo General de la Nación (Bogotá)

MC: Miscelánea de la Colonia

MEC: Miscelánea de Empleados Públicos

MM: Milicias y Marina

N. 1: Notarías de Bogotá, Notaría Primera

N. 2: Notarías de Bogotá, Notaría Segunda

N. 3: Notarías de Bogotá, Notaría Tercera

P12:1 Particulares, t. 12

SAA: Sección Archivo Anexo

AHA: Archivo Histórico de Antioquia (Medellín)

AHR: Archivo Histórico Restrepo (Bogotá)

AJRG: Archivo Jaime Rueda García (Bogotá)

BLAA: Biblioteca Luis Ángel Arango (Bogotá)

INTRODUCCIÓN

NEGOCIOSYPOLÍTICA

Este libro estudia en detalle la Compañía Barrio y Sordo, una casa mayorista del Nuevo Reino que surgió en las postrimerías del período colonial, llegó a su apogeo en 1810 y sufrió en carne propia las violentas sacudidas del período independentista. Nuestra cronología está definida, pues, conjuntamente por las guerras suscitadas en Europa por la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico (1796-1815), así como por las que estallaron en América tras la crisis de la monarquía española como resultado de la invasión de la península Ibérica en 1808 y de las subsecuentes abdicaciones de Bayona1.

Es imposible, por tanto, disociar, en los 25 años que cubre esta obra, la historia económica de la historia política, así como es impracticable deslindar la experiencia privada y el estudio de caso de las vicisitudes de la Corona española y de la trayectoria particular del virreinato del Nuevo Reino de Granada. Seguir los pasos de una casa comercial en este contexto implica comprender cómo las luchas de los imperios europeos impactaron las actividades de los negociantes indianos al transformar los vínculos atlánticos y al modificar grandemente la economía interna de los dominios ultramarinos de la monarquía.

El Nuevo Reino experimentó un importante crecimiento económico durante la segunda mitad del siglo XVIII. Hacia 1800, la región había desplazado por apretados márgenes a Brasil como el mayor productor mundial de oro y había diversificado su sector exportador, al imbricarse en los flujos globales de algodón, cueros, quina y cacao. El auge suscitó importantes eslabonamientos de consumo sobre la economía doméstica, consolidando una nutrida red de circulación de mercancías que cimentó a su vez un significativo proceso de especialización regional. Este esquema sufrió notables trasformaciones en vísperas del colapso colonial. Las guerras atlánticas alteraron las condiciones de los mercados globales y conminaron a las autoridades metropolitanas y virreinales a reformar la política comercial vigente desde la declaratoria del comercio libre en 1778. A partir de 1796, cuando se tornaron cada vez más efectivos los bloqueos ingleses al comercio español, Cartagena dejó de ser el canal preponderante de vinculación del Nuevo Reino con los flujos internacionales de mercancías. La guerra obligó a la Corona a desplegar una serie de medidas que debilitaron la intermediación peninsular en beneficio de puertos secundarios del virreinato, que pronto desplazaron a los entrepôts tradicionales del comercio de importación. A principios del siglo XIX, cuando el virrey autorizó la importación a Santa Fe de efectos europeos por la vía de Maracaibo, se consumó el proceso de descentralización. La Compañía Barrio y Sordo nació y floreció en el mismo momento en que los viejos esquemas del tráfico español se resquebrajaban. Este libro narra entonces la historia de dos mercaderes que hicieron fortuna en medio de una auténtica tempestad comercial.

Si, como se ha visto, resulta vano todo intento por prescindir de la política en el contexto de las guerras finiseculares que opusieron a los imperios europeos, ella gana aún más protagonismo en una investigación a propósito de una empresa que presenció el desplome del virreinato y debió acomodarse sucesivamente al surgimiento de las juntas de gobierno y de los Estados provinciales confederados en Nueva Granada y Venezuela, así como a los regímenes de excepción creados por las autoridades realistas en los territorios controlados por ellas2. Estas mutaciones determinaron la vida misma de la Compañía, y el ardor con el que sus dueños abrazaron la contrarrevolución y el régimen de la Restauración signó su destino después del triunfo patriota en Boyacá.

Este libro propone, pues, adentrarse en el mundo revolucionado de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX a través del caso singular de dos negociantes peninsulares afincados en el Nuevo Reino de Granada. No obstante, por tratarse de una firma distribuidora, y por ser nuestra fuente principal la correspondencia enviada y recibida por ella, es imposible establecer en nuestro estudio una separación clara entre aquellos dos hombres y sus numerosos asociados provinciales, así como tampoco puede introducirse una separación nítida entre la vida de estos y el destino colectivo de los neogranadinos y venezolanos en su doble condición de vasallos y consumidores. Esto no significa que las vivencias de todos los habitantes del virreinato fueran equivalentes. Tampoco quiere decir que el grupo de comerciantes visible en nuestro corpus tuviera una homogeneidad o una cohesión particulares. Mucho menos, que las opiniones y sensibilidades de unos y otros sean intercambiables o que pueda atribuírseles hoy un valor general. Significa sencillamente que para el período específico cubierto por esta obra el tráfico de mercancías a cierto nivel (más allá del menudeo y la comarca) no podía abstraerse de los sucesos europeos ni del dinamismo que adquirieron los asuntos de gobierno en el virreinato de Santa Fe.

Tan fuerte es la inervación de la política durante esos años que la “variación de escala”3 se impone como un requisito de inteligibilidad a la hora de abordar la historia de la Compañía Barrio y Sordo. El cambio constante de encuadre es también consecuencia de la trayectoria académica de los autores de este trabajo, que estudiaron previamente procesos macrohistóricos (por una parte, el interregno, el reconocimiento de Colombia y la Restauración; por otra, la minería, la moneda y, en general, la economía neogranadina en el tránsito de la Colonia a la República, así como el gremio de los comerciantes del virreinato). De modo que este libro no es únicamente la realización de un anhelo común de integrar los avances y los hallazgos de dos ramas diversas de la disciplina que por lo general poco dialogan entre sí. Se trata también de un coloquio entre nuestros trabajos anteriores y la presente pesquisa.

La historia de la Compañía resalta entonces los constreñimientos inéditos que impusieron la economía y la política a los habitantes de la llamada Tierra Firme entre 1796 y 1820 y constituye un caso paradigmático de la interacción constante y estrechísima entre lo macro y lo micro, entre lo general y lo particular, entre el contexto y los individuos. Pero, al mismo tiempo, la naturaleza privada de las fuentes que nos han permitido emprender esta reconstrucción conduce a privilegiar una escala de análisis que ilumina de manera singular aquellos sucesos. En primer lugar, este libro, que es también en cierta forma la biografía colectiva de los comerciantes asociados a la Compañía Barrio y Sordo, no gravita en torno a las fechas que suelen designarse como punto de partida o de llegada de las narraciones sobre la Ilustración neogranadina o la revolución. Nuestra historia comienza en 1796 con la fundación de la empresa, pero no se detiene en 1808, 1810 o 1816, ya que los negocios prosiguieron, a pesar de los cataclismos políticos. Y si ella concluye en 1820 no es porque entonces triunfara definitivamente la República, sino porque el realismo intransigente de nuestros empresarios puso término a sus operaciones.

En segundo lugar, hacer la historia de una compañía en el señalado contexto de guerras y revoluciones europeas y americanas con la ayuda de fuentes mayoritariamente privadas permite adoptar un ángulo de observación inédito para explorar nuevamente procesos más o menos trajinados por la historiografía. Se torna posible, por ejemplo, el seguimiento de la política y de sus transformaciones en el ámbito del comercio neogranadino de mediana y pequeña envergadura. En particular, la irrupción y el desenvolvimiento del proceso revolucionario en el mundo de los negocios da luces sobre la manera en que las ideas y las banderías fracturaron y despedazaron la red, ciertamente variopinta, pero al fin y al cabo bastante articulada, de los comerciantes provinciales asociados a la empresa. Por lo tanto, este libro da a entender cómo la revolución y la Restauración modificaron para siempre el panorama económico y político del Nuevo Reino, al forzar una diversa inserción de este territorio en el mundo y al asegurar una abrupta transición generacional en lo relativo al comercio. No menos importante, el corpus permite un acercamiento a los mecanismos microeconómicos que operaban en el comercio indiano detrás de los grandes agregados que han sido el objeto de estudio de la literatura histórica. Finalmente, como los dueños de la Compañía eran realistas decididos, la experiencia revolucionaria significó para ellos un duro revés político y económico, así como un terrible desbarajuste vital. Las cartas correspondientes al interregno y la Restauración ofrecen particular interés para el estudioso del período independentista, porque narran en primera persona los padecimientos y las opiniones de los monarquistas intransigentes que, tras huir del Reino o emigrar luego de arrestos y presidios, regresaron con la ilusión de que todo volvería a la normalidad.

Este aspecto merece destacarse. Conocemos desde hace años los lineamientos de la política española con respecto a los movimientos revolucionarios americanos4. Diversas obras se concentran en las campañas emprendidas por el Ejército Pacificador para aniquilar la revolución en el Nuevo Reino de Granada o garantizar en ese territorio el sostenimiento de la autoridad regia5. Se ha estudiado, igualmente, el régimen de la Restauración en el virreinato y se han discutido las razones de su abrupto desplome6. Existen abundantes libros y artículos sobre el realismo de determinadas provincias y grupos étnicos, particularmente en los casos de Popayán y Santa Marta7. Empero, no hay ninguna investigación acerca de los sectores pudientes comprometidos con el proyecto contrarrevolucionario8. ¿Cómo se gestó su posicionamiento político y qué papel jugaron en él los intereses comerciales? ¿Cuál fue la incidencia del frecuente exilio en Venezuela o en las Antillas en el proceso de radicalización realista? ¿De qué manera el ánimo revanchista y las reivindicaciones de los capitalistas afectados durante el interregno contribuyeron al fracaso de la pacificación fernandina? La presente investigación intenta dar respuesta a estos interrogantes.

A diferencia de lo sucedido con respecto a otros dominios americanos del imperio español, el mundo de los mercaderes del Nuevo Reino no ha sido objeto de análisis sistemáticos. El número de estudios de caso es reducido y carecemos de prosopografías sobre comunidades mercantiles regionales. Adolfo Meisel, René de la Pedraja y Vladimir Daza realizaron investigaciones rigurosas sobre mercaderes en Cartagena y Mompox, resaltando la importancia del capital social, la diversificación de inversiones y las redes familiares en las operaciones comerciales9. Anthony McFarlane y Alfonso Múnera analizaron los conflictos corporativos alrededor del monopolio cartagenero y la creación del consulado en 1795, pero sus análisis de los mecanismos concretos del comercio en los puertos y ciudades neogranadinas descansan sobre unos cuantos contratos notariales10. Los estudios de historia regional antioqueña realizados por Ann Twinam y Beatriz Patiño, por su parte, se concentraron en establecer cómo los mercaderes locales se imbricaron en el flujo de oro y la política regional a través de puestos clave en el cabildo11. Ni una ni otra, sin embargo, abordaron los mecanismos usados por esos mercaderes para insertarse en el comercio virreinal y global. Investigadores recientes han realizado aproximaciones más limitadas sobre aspectos del comercio de importación y el comportamiento corporativo de los comerciantes locales, pero (vale la pena insistir en ello) las investigaciones empíricas son escasas12.

El poco interés que despierta la historia de los mercaderes del Nuevo Reino obedece, quizá, a dos viejas perspectivas que han condicionado nuestra visión sobre el período colonial. La primera veía en los terratenientes el verdadero núcleo de poder político y económico del virreinato. Germán Colmenares señalaba, por ejemplo, que no era cierto que los comerciantes hubieran

gozado de privilegios políticos a nivel local. La estructura política local privilegiaba de una manera natural a los “vecinos” con un fuerte arraigo y una tradición familiar terrateniente. Los comerciantes mismos buscaron este arraigo convirtiéndose en terratenientes y vinculándose al patriciado local mediante nexos matrimoniales13.

El presente libro, en cambio, sugiere que la relación entre negocios y política iba mucho más allá de la simple tenencia de la tierra y el control del cabildo. Los vínculos entre los comerciantes y la Real Hacienda, por ejemplo, constituyen un campo de observación privilegiado para entender las diversas variantes que asumía la política en el Reino. La burocracia colonial y el flujo fiscal del erario regio, por un lado, y los comerciantes, por el otro, desarrollaron una sinergia que le imprimió características particulares al ejercicio del poder a nivel virreinal.

La segunda perspectiva enfatizaba el efecto negativo del monopolio que un puñado de comerciantes peninsulares habría ejercido sobre el comercio virreinal. Según McFarlane, por ejemplo, estos empresarios desarrollaban pocos lazos con la economía colonial, pues su objetivo último era acumular metales preciosos para volver a Europa o trasladarse a zonas más dinámicas del imperio14. En el mismo sentido, Juan Marchena afirmó que los negociantes de Cartagena hacían parte de un grupo de poder con un “comportamiento rentista y especulativo”, que raramente invertía sus utilidades en “actividades productivas, incorporando este carácter a su ideario o a su mentalidad de clase”15. Una versión extrema de este argumento, propuesta para otros espacios del mundo indiano, señala que los comerciantes eran “los agentes de desmonetización de la economía colonial”16. Su control sobre las importaciones les habría dado poder para imponer términos de intercambio lesivos a la mayor parte de la población y acaparar, por tanto, la siempre escasa circulación monetaria. Los comerciantes, en esta perspectiva, eran poco más que extractores de rentas y “expoliadores” de la riqueza creada por otros17.

Este libro propone un derrotero distinto en al menos dos sentidos. Al analizar las restricciones e incentivos que pesaban sobre las empresas comerciales, al seguir desde 1796 la trayectoria exitosa de una casa incipiente y al constatar los abrumadores efectos de la Independencia en el mundo de los negociantes de cierta envergadura, nos parece que conceptos como el de monopolio u oligopolio deben utilizarse con mayor cuidado18. Análisis recientes indican que el sector importador del Nuevo Reino estaba conformado por muchos empresarios, cuyas cuotas de mercado eran muy bajas como para poder controlarlo en forma de cartel19. Nuestra investigación sugiere, además, que los comerciantes habían alcanzado un importante grado de sofisticación en vísperas de la revolución, de manera que actuaban como las bisagras que conectaban las provincias del virreinato entre sí y a este con los flujos del comercio global. Por su conocimiento de los mercados y su capacidad para reaccionar ante las fluctuaciones de la oferta y la demanda desempeñaron un papel creativo y estimulante con respecto a la producción de comestibles y textiles locales. En una economía de importantes flujos monetarios, de mercados de largo alcance y de competencia feroz en algunos renglones, los mayoristas eran también agentes de la innovación y creadores de riqueza.

La presente obra busca adelantar algunas hipótesis sobre aquellos negociantes que, si bien lograron ascender notablemente en la jerarquía mercantil del Reino, no alcanzaron la cúspide de la pirámide. Como ha señalado recientemente Fernando Jumar, son pocos los análisis de los mercaderes que ocupaban el espectro medio de la configuración comercial indiana. Las investigaciones se han enfocado, en efecto, en los grandes importadores de los diferentes dominios americanos del imperio español20. En un sentido más general, Malcolm Deas recuerda que, si las biografías de los grandes personajes han abundado siempre y se han hecho comunes en las últimas décadas las de la gente humilde, “son escasas las de los hombres de mediana importancia”, que son los que permiten comprender la particularidad de una época, “sobre todo en la política y en la economía”21.

Como los dueños de nuestra compañía pasaron, en poco años, de ser unos outsiders a manejar caudales significativos, cabe preguntarse hasta qué punto ese itinerario es un indicador fiable de movilidad social. ¿Gozaba acaso el grupo de los comerciantes en el Nuevo Reino de mayor dinamismo que en otros espacios hispanoamericanos? Tal era en 1809 la opinión del joven abogado José María Salazar en lo tocante a la capital del Reino:

Aunque no hay muy grandes riquezas, no dejan de encontrarse algunos caudales de bastante consideración. Las fortunas están por lo común bien repartidas, no se reconcentra el dinero en dos o tres arcas particulares como sucede en otras ciudades, quedando en la miseria el resto de los ciudadanos, y se conserva de este modo un equilibrio saludable22.

Si bien indagaciones futuras deben verificar cuán fundamentado estaba el optimismo de Salazar, los estudios disponibles tienden a validar su observación acerca de la particular estructura comercial del virreinato. En el Nuevo Reino no existía una gran ciudad que por su influjo y su riqueza pudiera imponer sus condiciones a los demás centros urbanos: antes bien, dicho territorio se caracterizaba por una red de poblaciones equiparables en cuanto a la demografía (Santa Fe, Quito, Popayán, Tunja, Cartagena, Medellín…) y cuya distancia recíproca consentía el establecimiento y la preservación de diestros empresarios locales. Así mismo, el carácter policéntrico de las conexiones de la región con los flujos en el Pacífico (a través de un conjunto de pequeños embarcaderos entre Guayaquil y Panamá) y el Atlántico (a través de Cartagena, Santa Marta, Sabanilla, Riohacha y, un poco más tarde, de Maracaibo) frustraba de antemano cualquier proyecto de concentración de las rutas comerciales23. Este ambiente competitivo, como se mostrará, creó espacios para mercaderes como Tomás Sordo y Juan Barrio, que no siguieron la clásica ruta de reproducción de la comunidad mercantil indiana, estudiada detalladamente para los casos de Nueva España y Perú, por medio de matrimonios o conexiones familiares previas.

Además, la ausencia de una clara jerarquía corporativa facilitaba el itinerario de los arribistas. Si bien el consulado en Cartagena fue establecido en 1795, la diputación consular de Santa Fe nunca distinguió entre comerciantes y mercaderes24. Tampoco se estilaban en esa corte los apelativos de almaceneros o bodegueros que existían en otras capitales indianas. Esto no significa, por cierto, que no existieran diferencias entre aquellos que compraban en Cartagena y Santa Fe y aquellos que giraban “con sus caudales a España”25. Sin embargo, estas divisiones no engendraron prácticas sociales o políticas reglamentadas que restringieran la movilidad social.

Cuando se coloca nuestra Compañía en el lienzo más amplio del mundo de los comerciantes indianos, emergen divergencias adicionales. Barrio y Sordo no destinaron sus ganancias a la adquisición de haciendas (acaso porque la revolución interrumpió su carrera). Su interés por los bienes urbanos también fue mínimo. Estas constataciones son sugerentes, pues suele suponerse que en el Nuevo Reino la tierra era la única inversión que garantizaba la estabilidad dinástica de las fortunas26. La literatura ha identificado, además, una suerte de ciclo de vida de los importadores indianos, cuya inflexión ocurría precisamente en la colocación de las ganancias mercantiles en sectores con tasas de retorno más bajas, pero más estables, como el sector agropecuario. Las inversiones rurales servían, además, para vincular eventualmente las riquezas obtenidas en el comercio a mayorazgos y títulos de nobleza27. De otra parte, la relación de la firma Barrio y Sordo con el crédito eclesiástico y las capellanías fue marginal. Su capitalización dependió más del crédito mercantil y de préstamos obtenidos a través de burócratas asalariados. A diferencia de los grandes comerciantes novohispanos y porteños, Barrio y Sordo no se vincularon a cofradías o al mayordomazgo de instituciones eclesiásticas que les abrieran las puertas a la liquidez de estas instituciones28. De nuevo, investigaciones adicionales permitirán establecer qué tan representativos eran estos patrones en el comercio capitalino. Con todo, la experiencia de nuestra compañía indica la existencia de variantes que se alejan de las estrategias sociales y políticas documentadas para otros comerciantes del imperio.

LASFUENTES

El príncipe de Lampedusa hizo votos para que todo hombre fuera forzado a llevar un diario o a escribir su autobiografía, imaginando la riqueza que de tal obligación resultaría para la posteridad y las preciosas claves que libraría semejante acumulación para resolver muchos de los problemas psicológicos e históricos que atormentan a la humanidad29. Quienes estudian el período revolucionario temprano en el Nuevo Reino de Granada (1810-1816) lamentan la rareza de las narraciones biográficas y la escasez de correspondencias privadas conservadas (dos excepciones notables a esta regla: el epistolario de los hermanos Gutiérrez Moreno, que tan útil ha resultado para esta investigación30, y el copiador de las cartas dirigidas por el diputado de Tunja Joaquín Camacho a sus comitentes entre 1810 y 1815[31]). En cualquier caso, el contraste es notable con el período precedente, que se caracteriza por la “relativa abundancia” de los epistolarios disponibles en diversos repositorios, por la edición y reedición de algunos de ellos (José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas) y por su uso habitual como fuente documental32. Algo semejante puede decirse con respecto a la época posterior, que abunda en memorias y colecciones epistolares (muchas de ellas impresas) relativas a hombres destacados de aquella generación (Francisco de Paula Santander, José Antonio Páez, Daniel Florencio O’Leary, Tomás y Joaquín Mosquera, Domingo Caicedo, José María Obando…)33.

Refiriéndose al comercio, y en particular al caso antioqueño, Roger Brew señaló que “muy pocos hombres de negocios del siglo XIX llevaron registros de sus actividades”, de modo que “si las deficiencias administrativas privan al investigador de una visión macroeconómica, la reserva de los individuos le impide lograr una visión detallada a nivel pequeño”34. Quizá sea más apropiado resaltar la incuria de los propios empresarios y sus descendientes en lo relativo a la preservación de los archivos privados: el hecho es que hay una dificultad innegable en Colombia para explotar ese tipo de información35.

Con ese trasfondo, se comprende mejor la importancia del hallazgo que hicimos en el AGN de una parte significativa de los papeles de una casa comercial surgida a finales del siglo XVIII en el virreinato de Santa Fe. Por desgracia, el acervo no comprende los volúmenes encuadernados en que los negociantes registraban la correspondencia remitida, así como sus compras, ventas y cuentas corrientes36. Dado el alcance y calado de sus operaciones, Barrio y Sordo llevaban ciertamente uno o varios “libros de caja” que, además de ser esenciales en términos de gestión, servían, de acuerdo con las reglamentaciones vigentes, para demostrar deudas activas que no pasaban por el escribano ni quedaban consignadas en algún vale o nota promisoria de pago. Las Ordenanzas del Consulado Bilbao, corpus que reglamentaba la actividad mercantil en el Imperio y que, como se verá, es uno de los pocos impresos mencionados en el archivo de la Compañía, señalaban que “todo mercader, tratante y comerciante por mayor” debía tener, “a lo menos, cuatro libros de cuentas, a saber: un borrador o manual, un libro mayor, otro para el asiento de cargazones o facturas y un copiador de cartas”. Las mencionadas ordenanzas recalcaban, además, que en toda “tienda, entresuela o lonja abierta a las ventas de por menor” existiría, cuando menos, “un cuadernillo” donde se fueran “llevando todas las cuentas de mercaderías”. Como se comprenderá, la ausencia de esta documentación nos ha impedido realizar análisis de las tasas de retorno de las diversas inversiones de la empresa, así como de la impronta sectorial de sus actividades, dos aspectos clave que hubiesen permitido un aporte más amplio a la historia empresarial del virreinato37.

¿En qué consiste entonces nuestro corpus? Esencialmente, en un epistolario que, por su extensión y estado de conservación, no tiene quizá parangón en lo concerniente a una casa comercial del Nuevo Reino de Granada en vísperas de la revolución38. Un primer fragmento de la correspondencia de Barrio y Sordo apareció en 2010 en el Fondo Miscelánea de Empleados Públicos de la Sección Colonia. Se trataba de 260 cartas, en su mayoría enviadas desde la provincia de Antioquia a la capital virreinal durante los primeros años del siglo XIX, y cuyo contenido es específicamente comercial: fardos, tercios, ropas, embarcaciones, mulas, cuentas, encargos… No obstante ser muy escuetas, pensamos de inmediato que el conjunto ameritaba un buen artículo.

En 2015, nos topamos por azar con otro conjunto de 133 cartas en el Fondo Particulares, correspondiente a la Sección Archivo Anexo. Como en el primer caso, se trataba de un fondo sin catalogar, de modo que nuestra sorpresa fue mayúscula: era un hallazgo improbable que completaba el anterior, al tiempo que lo transformaba radicalmente. Las cartas cubrían esta vez el período revolucionario y dibujaban una geografía verdaderamente caribeña y aun atlántica: Venezuela, Curazao, Puerto Rico, Jamaica, Nueva España, Inglaterra, España… Supimos desde entonces que había material más que suficiente para escribir un libro y nos enfrascamos en la tarea de completar el corpus.

En otros tomos de los fondos coloniales de Empleados Públicos encontramos algunas cartas más. Gracias a los motores de búsqueda del AGN, pudimos dar con algún material en las Misceláneas y en un tomo del fondo Milicias y Marina. Así alcanzamos la cifra de 626 cartas, que son el fundamento del presente libro39. Hemos buscado complementar estas fuentes con otras muy usuales en el estudio de los mercaderes indianos, como los protocolos notariales que, de acuerdo con Germán Colmenares, constituyen una suerte de filmación de la vida económica virreinal40. Entre estos cabe destacar los poderes protocolizados y las escrituras de obligación otorgadas en Santa Fe y Medellín, es decir, aquellos documentos en que un individuo reconocía una deuda y se comprometía a pagar bajo determinadas condiciones. Los primeros permiten medir algunas aristas de las redes tejidas por la Compañía e identificar su adscripción corporativa al cuerpo de los comerciantes del Reino. Los segundos ofrecen información seriada de la trayectoria crediticia y mercantil de la Compañía y sus socios. Hemos concatenado estos datos con los que arrojan los libros de compra de metales de la Casa de Moneda y los libros manuales de la Aduana de la capital. En particular, estos registros hacen posible ubicar a Barrio y Sordo en la jerarquía mercantil del Reino y presentar algunas coordenadas sectoriales sobre el comercio de importación y el mercado de metales preciosos. Finalmente, hemos explotado documentación procedente de un archivo privado y analizado algunas causas judiciales a propósito de contrabando, testamentarías, embargos y precedencia (esto es, por la prelación honorífica). Este abanico de fuentes ofrece una variación de escalas de observación y libra, por ello mismo, una imagen más comprensiva de nuestra compañía, a falta de estudios prosopográficos de los mercaderes de la corte virreinal y sus provincias.

Dado que el epistolario de la Compañía es el basamento de este libro, es preciso describir sus principales rasgos. La correspondencia cubre un período de 19 años, de 1800 a 1818, aunque no existe un solo documento para el año 1802. Como puede verse en la tabla 1, la repartición de los fragmentos del archivo de la Casa comercial es muy desigual en el tiempo, pues oscila entre una y 122 cartas por año. En efecto, solo existe una para 1800, 1804 y 1812; dos para 1811; cuatro en lo relativo a 1818 y seis ocurrencias para 1801. La correspondencia de los primeros años coloniales del corpus es poco significativa, pero se hace vigorosa entre 1806 y 1809, año que concentra el 19 % del total. El epistolario es tacaño en lo tocante a los inicios del período revolucionario, pero crece a medida que se va acercando la Restauración, para disminuir notablemente en 1817, y sobre todo en 1818. Esta marcada disparidad año con año es el primer indicador de las graves mutilaciones sufridas por el corpus41.

El epistolario pasa por dos momentos distintos, cada uno de los cuales tiene una fuerte impronta geográfica. El primero va de 1800 hasta 1810 y está afincado en el Nuevo Reino: son años de buenos negocios que indican una diversificación creciente del portafolio de la Compañía y una red comercial en vías de consolidación. La segunda época está marcada por la revolución y el exilio. La Casa comercial sobrevivía en Santa Fe, aunque funcionando mínimamente, al tiempo que los dueños viajaban por las Antillas, se radicaban en Venezuela y daban a sus especulaciones una novedosa configuración atlántica. Paradójicamente, comenzó también entonces el proceso de disolución de la Compañía mientras cada uno de los dos socios proseguía los negocios por cuenta propia.

TABLA 1. CRONOGRAMADELEPISTOLARIODELA COMPAÑÍA BARRIOY SORDO

Año

Número de cartas

1800

1

1801

6

1803

36

1804

1

1805

15

1806

80

1807

61

1808

99

1809

122

1810

23

1811

2

1812

1

1813

25

1814

17

1815

32

1816

61

1817

33

1818

4

S. f.

7

Total: 18

626

Fuente: elaboración propia.

Las cartas que se conservan del archivo de la Casa Barrio y Sordo fueron escritas desde 51 localidades diferentes del Caribe, América y Europa. Cerca del 83 % del epistolario es neogranadino, si nos atenemos al lugar de expedición del correo y al hecho de que poco menos de la mitad de las provincias del virreinato (10 de 22) están representadas: Antioquia, Cartagena, Mariquita, Neiva, Pamplona, Panamá, Popayán, Santa Fe, Santa Marta, Tunja (tabla 2 y mapa 1).

TABLA 2. LOCALIDADESDESDELASQUEFUERONDESPACHADASLASCARTASDELEPISTOLARIODELA COMPAÑÍA BARRIOY SORDO

Localidad

Número de cartas

Altagracia

1

Antioquia

25

Barbosa

10

Barrios de Bureba (Los)

4

Barranca

1

Bucaramanga

19

Calahorra

2

Cali

6

Campeche

1

Caracas

1

Cartagena

3

Coro

8

Coruña (La)

2

Coyaima

1

Curazao

1

Falmouth

1

Girón

1

Guaduas

1

Honda

6

Juntas

1

Kingston

11

Londres

1

Magallón

1

Maracaibo

54

Marinilla

16

Medellín

165

Mesa (La)

10

Mompox

18

Nare

30

Neiva

4

Ocaña

23

Pamplona

4

Panamá

1

Popayán

4

Puerto Cabello

7

Real de la Vela

1

Retiro

10

Rionegro

58

San José de Cúcuta

3

San Juan de Puerto Rico

2

Santo Tomás

1

San Vicente

3

Santa Fe

59

Santa Marta

13

Santa Rosa de Osos

4

Soledad

2

Tena

1

Tenerife

14

Tunja

1

Valencia

3

Veracruz

3

No expresada

4

Total: 51

626

Fuente: elaboración propia.

MAPA 1.

Sin embargo, una de las características más llamativas del conjunto es la desproporción geográfica de los registros. Mientras siete poblaciones de la provincia de Antioquia concentran cerca de la mitad de las cartas (278 de 626; tabla 3), solo hay una ocurrencia con respecto a Tunja, Tena, Girón, Barrancas, Guaduas, Coyaima y Panamá. Entre ambos extremos, hacia la izquierda del espectro, se encuentran Soledad, con dos; San José de Cúcuta y Cartagena, cada una con tres; Popayán, Pamplona y Neiva, con cuatro; Cali y Honda, con seis; La Mesa, con diez; y Santa Marta, con 13. En medio del abanico se hallan las localidades ribereñas de la cuenca del Magdalena, esenciales en los tránsitos de importación y exportación: Retiro, con 10; Tenerife, con 14; Mompox, con 18; Ocaña, con 23 y Nare, con 30. Bucaramanga es una excepción, pues el número de 19 cartas se debe a que era el lugar de origen de la familia política de uno de los socios de la Compañía. Finalmente, desde Santa Fe fueron expedidas 59 cartas, cifra alta que se explica por ser el centro de los negocios de la Casa Barrio y Sordo.

TABLA 3. CARTASDELEPISTOLARIOPROCEDENTESDE ANTIOQUIA

Localidad

Número de cartas

Antioquia

25

Barbosa

10

Juntas

1

Marinilla

16

Medellín

165

Rionegro

58

San Vicente

3

Total: 7

278

Fuente: elaboración propia.

Al verter en un mapa las poblaciones mencionadas en el epistolario, surgen claramente dos ejes, uno vertical y otro horizontal. El primero va de norte a sur y se extiende entre Quito, Cartagena y Santa Marta. El segundo traza una línea de oriente a occidente que va desde Maracaibo hasta Antioquia. Aun cuando se trata de un archivo fragmentario, sorprende la debilidad de ciertos lazos, geográfica y comercialmente hablando. En primer lugar, con el Chocó y la zona minera de Popayán: tratándose de dos de los emplazamientos auríferos más importantes del virreinato (y del imperio español) es llamativo que sea tan frágil la relación entre la Compañía y los mercaderes y propietarios de esta zona.

Sorprende también la escasez de información con respecto al vínculo que mantenía la Casa comercial con los productores de ropas y telas de Tunja y Socorro. Desde mediados del siglo XVIII estas provincias concentraban en su territorio la mayoría de los telares que en la Audiencia de Santa Fe se dedicaban a la elaboración de tejidos de lana y algodón42. Se trataba de unidades dispersas pertenecientes a tejedores independientes, cuyo desarrollo fue el resultado combinado de una coyuntura económica favorable en el ámbito virreinal y de una configuración en principio adversa en el nivel local. En efecto, el auge de la minería aurífera (especialmente en Antioquia) y de la exportación de commodities producidos en las vertientes cordilleranas y en el bajo Magdalena se tradujeron en un importante crecimiento de la demanda interregional y en la consecuente expansión de la esfera mercantil43. Estas nuevas oportunidades se conjugaron en Tunja y Socorro con un sostenido incremento demográfico que redujo drásticamente el acceso a las tierras cultivables, generó sobreabundancia de mano de obra y disminuyó los niveles de ingreso de los pequeños productores. Dichas circunstancias terminaron favoreciendo los ajustes que se cristalizaron en el sistema de telares domésticos. Las ropas del Reino (o de la tierra, como también se les llamaba) confluían, por lo general, en Santa Fe, Mompox y Cartagena, que eran los tres grandes centros de redistribución, y se expendían, en su mayoría, en las poblaciones y reales de minas antioqueños y en los mercados del Caribe neogranadino44.

El epistolario alude una y otra vez a la existencia de un negocio fructífero en torno a los textiles de Tunja, Socorro y Girón, pero no existen cartas que den cuenta de los detalles (productores, intermediarios, transacciones…), a pesar de que muchas de ellas confirman las frecuentes transacciones de textiles del Reino de la Compañía Barrio y Sordo45.

El corpus que sustenta este libro está constituido entonces por cartas escritas y despachadas en su mayoría desde localidades situadas en una parte considerable de las provincias del virreinato del Nuevo Reino. No obstante, está conformado también por otras 105 cartas (que representan el 17 % del total) procedentes de otros territorios. De este subconjunto, 75 provienen de diversas poblaciones de Venezuela, país de un persistente realismo, que acogió a los socios de la Compañía cuando la revolución estalló en el Nuevo Reino: La Vela de Coro, Altagracia y Caracas (una ocurrencia en cada caso), Valencia (tres), Puerto Cabello (siete), Coro (ocho) y Maracaibo (54) (mapa 2). El resto de las cartas fueron enviadas desde lugares conectados con alguno de los negocios de importación y exportación de Barrio y Sordo (Londres, Falmouth, La Coruña, Campeche, Veracruz, Puerto Rico, Santo Tomás, Curazao); provienen del refugio antillano por excelencia de los perseguidos políticos del Reino durante la revolución (Kingston), o tienen que ver con indagaciones de Juan Barrio con respecto a la supervivencia de sus familiares en la Península (Calahorra, Los Barrios de Bureba).

Los destinatarios de las cartas que componen el epistolario son, en su inmensa mayoría, los socios de la Compañía: Juan Barrio recibió 521 de ellas, Tomás Sordo, 62 y el principal empleado del consorcio y entenado del primero, Eduardo Sáenz de Tejada, 16. Se trata de un rasgo fundamental para entender la naturaleza de las fuentes de este libro. Ellas, más que un archivo fragmentario de la Compañía, son un remanente importante de los papeles de Juan Barrio. De manera que la empresa comercial de comienzos del siglo XIX que ha dejado los registros más voluminosos de que se tenga noticia en el Nuevo Reino solo ofrece al investigador su perfil, no su rostro completo. Para conocer de manera satisfactoria el negocio sería fundamental contar también con los legajos de Tomás Sordo, porque la sociedad funcionaba como un compás: un brazo fijo (ubicado primero en Rionegro, después en Santa Fe y finalmente en Maracaibo) y uno móvil que circulaba por el Reino y el extranjero. El resto de las misivas (27) se reparten entre 22 destinatarios que recibieron en su mayoría una sola y únicamente en tres ocasiones, dos. La presencia de estas cartas en el archivo de Juan Barrio se explica generalmente porque eran cobranzas o trámites realizados por terceros en favor de la Compañía.

MAPA 2.

El epistolario se caracteriza por una fuerte dispersión en lo relativo a los remitentes, que suman un total de 123[46]. En consecuencia, de 55 de ellos se conserva una sola carta; de 21, dos; de 13, tres; de 9, cuatro. Esta dispersión subraya los quebrantos sufridos por el epistolario, ya que las relaciones comerciales persistentes que unían a la Casa Barrio y Sordo con los mercaderes que vendían al por menor sus productos en las provincias del Reino; que acopiaban para ella oro, quina, cacao o ropas de la tierra, o que se encargaban del almacenamiento y el tránsito de las mercancías, han quedado convertidas, en la gran mayoría de los casos, en ocasiones únicas. Un ejemplo preciso ayudará a comprender esta transformación de lo habitual en excepcional: en Medellín el correo hacia Santa Fe se despachaba tres veces al mes, de modo que los corresponsales de la Compañía Barrio y Sordo solían redactar sus cartas los días 5, 15 y 25. Las fechas podían variar de acuerdo con las localidades, pero en cada caso los mercaderes empleaban el recurso de las postas (y con frecuencia también el de sus allegados viajeros) para hacer nuevos pedidos, notificar el arribo de los tercios, dar cuenta del ritmo de las ventas, remitir oro y plata o liquidar negocios en compañía. Aunque evidentemente había socios más activos que otros, el epistolario original presentaba una regularidad cuyo ritmo se superponía en su mayor parte al de la administración de correos.

Solo siete mujeres aparecen como remitentes en el epistolario. Una escribió a Sordo para recomendarle cierta causa pendiente ante la Audiencia de Santa Fe (María Gertrudis Santa María), otra notificó a Barrio la llegada de una encomienda (Micaela Loaiza), la tercera remitió una libranza haciendo las veces del marido ausente (María Inés de Mendoza) y una cuarta pidió que se comunicara a un familiar residente en Santa Fe alguna noticia grave (Bárbara Rojas). Excepcional es la figura de Manuela Jacoba Arias, de quien se conservan siete cartas escritas desde Ocaña, las más para inquirir por la salud de su hijo enfermo en Santa Fe y para rogar a Tomás Sordo que velara por él. No obstante, Arias también escribió en dos ocasiones por el negocio de exportación de quinas, en el que tomaba parte como intermediaria de la Compañía. Las dos cartas restantes escritas por mujeres atañen a asuntos familiares: Rita Toro increpó a Barrio por su conducta en la sucesión de un pariente común y Benita Sordo anunció la dilación de su padre Tomás por cierto negocio que lo entretuvo en Jamaica.

En el grupo de los remitentes que enviaron diez cartas o más se destacan los antioqueños, rasgo que corresponde a la naturaleza del archivo en términos geográficos. El licenciado Pantaleón Arango y José Rodríguez Obeso, desde Medellín, y Gabriel Ignacio Muñoz, desde Barbosa, escribieron una decena de cartas en cada caso; Francisco Bustamante envió 19 desde Nare; Miguel Crisanto Córdoba mandó 14 desde Rionegro; Toribio de Duque remitió 15 desde Marinilla… También cuentan con un número apreciable de registros Manuel García Gómez, radicado en Bucaramanga y suegro de Tomás Sordo, de quien se conservan 15 cartas; Diego Antón Gómez Hidalgo, que residía en el puerto ribereño de Tenerife y es el autor de otra tantas, y Nicolás María de Lombo, que adelantaba sus actividades comerciales entre Popayán y Antioquia y está representado con 13.

Entre los corresponsales más prolíficos del epistolario destacan medellinenses por adopción: del peninsular Juan Francisco Rodríguez Obeso se conservan 75 cartas y del maltés Francisco Pizano, 34. A este grupo destacado pertenecen también los miembros principales de la Compañía comercial: se cuentan 43 incidencias para Tomás Sordo y 13 para Juan Barrio, mientras que Eduardo Sáenz, el entenado de este, escribió 30 y Vicente Pedrero Revilla, consuegro de Barrio, 12. De la etapa venezolana del epistolario se destaca Manuel de Linares González con 37 ocurrencias y Martín José de Echave, con ocho.

Las cartas del epistolario están escritas con tintas sepias o negras en hojas de papel ordinario de 31 × 21 centímetros, aproximadamente, que, siguiendo la costumbre española en lo tocante a la correspondencia privada, eran dobladas por la mitad en sentido horizontal, para obtener cuatro pequeñas caras (las misivas oficiales, por el contrario, se escribían de corrido, ocupando las palabras el pliego en forma vertical). No obstante, en razón de los parcos asuntos comerciales tratados, rara vez eran estas utilizadas en su totalidad. Por eso, la cuarta cara se aprovechaba a menudo para formar con ella un sobre de 10,5 × 8,5 centímetros, mediante nuevos pliegues, cuyos rastros aún pueden verse, del mismo modo que el sobrescrito (“A D. Juan Barrio en Santa Fe”), y frecuentemente también remanentes de lacre rojo y marcas prefilatélicas correspondientes a la oficina de correos implicada en el envío y a los sellos de porteo (“Franca”, si el remitente había sufragado el costo del envío; “Debe”, si correspondía pagarlo al destinatario)47.

Por su laconismo, su corta extensión y su simplicidad mercantil, estas cartas no ofrecen (salvo excepciones) gran interés consideradas individualmente. Es sobre todo su pertenencia a un conjunto bien preservado lo que las hace elocuentes. Esta circunstancia permite, por ejemplo, constituir una red compleja en la que figuran no solo los corresponsales y remitentes del epistolario, sino también todas las personas en él mencionadas, lo que da una idea más precisa del alcance de la Compañía. Nuestro corpus también resulta fascinante porque alberga en su seno la fractura de la revolución y la empresa fallida de la Restauración. Como se verá en otros capítulos, la política, presente siempre de una u otra manera en las cartas de la Compañía Barrio y Sordo, se convierte a partir de 1810 en una verdadera obsesión.

Pero, ¿cómo llegó la correspondencia (incompleta, mutilada) de esta casa comercial del Nuevo Reino al AGN? Dos son las hipótesis que contemplamos. La primera, que algún litigio opusiera en 1818 o 1819 a los antiguos socios Tomás Sordo y Juan Barrio por la disolución de la Compañía y que el epistolario fuera allegado como prueba ante los estrados. La segunda, mucho más plausible (pues no hay rastros de tal disputa en las cartas ni figura una causa como la señalada en los catálogos del AGN), es que después de la batalla de Boyacá la comisión de secuestros decomisara la correspondencia en el almacén abandonado de Eduardo Sáenz y la depositara luego en las oficinas de la República de Colombia. Así se explicaría que las cartas correspondan tan solo a la mitad del negocio y que ellas sean, en esencia, las que recibió Juan Barrio.

***

El libro se divide en dos partes, cada una de las cuales cuenta con ocho capítulos. En la primera se analiza la trayectoria comercial y política de la Compañía como una edificación, es decir, como una construcción progresiva, pero también como un aprendizaje de los mecanismos que regían el poder y los negocios en el Nuevo Reino. La segunda estudia el proceso de expansión de la Casa comercial en términos geográficos y de redes y se adentra en algunos de los principales artículos del portafolio de la empresa. Al final del volumen se encuentra una tabla con las 626 cartas que componen el epistolario, organizadas de acuerdo con un criterio cronológico. Para cada una de ellas se especifican los nombres del remitente y el destinatario, así como el lugar y la fecha en que fue escrita y su signatura en el AGN. Con el fin de hacer más ligero el texto, citaremos únicamente los documentos del epistolario mediante un paréntesis en el que se indicará el número de orden que les corresponde dentro de la serie.

PRIMERAPARTE

LAEDIFICACIÓNCOMERCIALYPOLÍTICADELACOMPAÑÍA

1.

LACOMPAÑÍA

Juan Barrio Huidobro nació en el obispado de Burgos en 1768. Era la suya una familia de hidalgos empobrecidos, afincada en Los Barrios de Bureba, de la que heredaría una casa y un horno (576, 581). Llegó al Nuevo Reino en una fecha que no hemos logrado determinar y entró a trabajar en Cartagena como empleado de Martín de Leguina, quien lo remitió a Antioquia como delegado de su casa comercial. Se murmuró entonces que ciertas indelicadezas con cajones de encargos le permitieron acumular un primer peculio que facilitó su independencia económica (396). En la ciudad de Antioquia, Barrio contrajo matrimonio con Isabel de Toro y Guzmán, perteneciente a una rica familia arraigada en la provincia desde la época de la Conquista. Era además la viuda reciente (1792) de un prestigioso comerciante peninsular (Blas Sáenz de Tejada), vinculado mediante uno de sus parientes con la poderosa casa comercial de los Martínez de Pinillos, en Mompox. Así, aquella alianza le deparó al burgalés bienes de fortuna que consolidaron su autonomía, valioso abono en la sociedad antioqueña y un acceso privilegiado a una de las principales firmas de importación del virreinato. Barrio se convirtió, además, en el padrastro de un niño americano llamado Eduardo Sáenz, nacido aproximadamente en 1786[1]. Las cartas que subsisten del entenado muestran un respeto y un cariño firmes hacia su protector, así como una educación que rebasó los modales, la instrucción y los rudimentos del oficio comercial para condicionar fuertemente al joven en lo político. Nos referimos a la ferviente adhesión familiar a un tipo de patriotismo contrarrevolucionario, incubado en la Península al calor de la guerra contra la República francesa (1793-1796), que veía en la monarquía el principal defensor del bien común y de la religión como basamento del orden social2. Durante la revolución, Sáenz, como su padrastro, fue un realista convencido y se apegó sin disimulación al partido fernandino (aun a la hora de elegir mujer), a pesar de los grandes riesgos que esto entrañaba, como si fuera parte indisociable de una buena educación (482, 484).

Juan Barrio conoció quizás en Antioquia a Tomás Sordo Corcés, un asturiano incorregiblemente hiperactivo que recorría el Reino en busca de fortuna desde 1788 (446). Hay pruebas documentales de sus tempranas romerías por la provincia, con cuyos mineros intercambiaba efectos importados y ropas de la tierra por oro3. Sordo nació en 1773 en San Vicente de Panes, ubicado en el valle de Peñamellera, y a los 14 años pasó a Cádiz, en donde vivió en la casa de un tío que lo envió posteriormente a Cartagena de Indias. Tras una corta residencia en el puerto se dirigió a Santa Fe, recomendado al teniente coronel Manuel Díaz de Hoyos, que era también uno de los grandes comerciantes capitalinos y quien lo estimuló a hacer negocios en Antioquia, habilitándolo para ello. Un paso fundamental en la carrera de Sordo fue el matrimonio que contrajo con María de la Trinidad García Salgar4, una criolla de primera generación, natural de Bucaramanga. Era esta hija del santanderino Manuel García Gómez, rico hacendado, prestamista de mineros y comerciante de ropas de Castilla y mulas, que en 1778 había jugado un papel clave en la transformación de aquel pueblo de indios y real de minas en parroquia de españoles5.

El interés compartido por el comercio y el deseo de aprovechar la aventura indiana para enriquecerse llevó a Barrio a asociarse con Sordo en 1796[6]. Como ninguno de los dos pertenecía a un linaje de mercaderes, les estaba vedada la promoción social continua, intergeneracional, que en ocasiones engendraba notables de provincia7. Por eso, ambos habían seguido la trayectoria típica de los peninsulares que viajaban a América para escapar de la pobreza de sus comunidades agrícolas: desarraigo temprano; inserción, a su llegada al Nuevo Mundo, en las redes de negociantes europeos y aprendizaje de la profesión como pequeños empleados. A continuación, emprendieron el camino de la autonomía económica gracias a matrimonios ventajosos8. No obstante, hay dos rasgos llamativos en los escarceos de Barrio y Sordo. Por una parte, su ascenso no dependió del ingreso, por la vía del casamiento, a un establecimiento consolidado, sino que estuvo marcado por la unión de dos fortunas incipientes9. En segundo lugar, la pertenencia común a una patria chica no estimuló el nacimiento de la sociedad, aun cuando este se vio facilitado en parte por el origen europeo de ambos y por la coincidencia de sus itinerarios. En otros dominios ultramarinos de la monarquía, donde había comunidades robustas de inmigrantes, la identidad regional era trascendental (vascos, montañeses…), no así en el Nuevo Reino, donde tenía más sentido el meridiano que separaba a peninsulares y americanos10.

La nueva compañía se centró desde el comienzo en el abastecimiento de la gobernación de Antioquia, que reunía condiciones muy alentadoras. Con sus cien mil habitantes, atravesaba por una verdadera bonanza minera (en vísperas de la revolución se calculaba que sus extracciones de oro ascendían a un millón doscientos mil pesos anuales) y conocía un boom demográfico que auspiciaría un vasto proceso colonizador11. Además, al poseer una agricultura endeble y carecer en términos generales de industria, debía importarlo casi todo, desde las manufacturas hasta mantenimientos básicos como el cacao, la harina de trigo, el tabaco y los cerdos12. No menos importante, los comerciantes de la provincia tenían escasos nexos con el exterior, por lo que solían surtirse en Honda, Mompox y Santa Fe13.

En particular, la naciente sociedad se dedicó a la provisión de los tres valles escalonados donde se concentraban los cabildos de Antioquia, Medellín, Rionegro y Marinilla. Ello significa que la casa Barrio y Sordo no se propuso en un principio ni buscó nunca involucrarse en el provechoso comercio con las zonas mineras de Zaragoza y Remedios, quizá porque este era férreamente controlado por los comerciantes de Mompox14.

Juan Barrio fijó su residencia en Rionegro, donde aparece como dueño de una tienda en 1798[15]. Tres años más tarde se unió a otros vecinos de la ciudad, tomando parte en la creación de una junta patriótica a instancias del entonces alcalde de primera nominación Francisco Ignacio Mejía, con el variopinto designio de aumentar el culto al Señor sacramentado, servir al soberano, cimentar la paz y unión de los vecinos, y procurar el aseo y el lustre de la ciudad, así como el fomento de su industria, agricultura, laboreo de minas y cría de ganados16. En 1804, Barrio fue administrador de correos de Rionegro (2), cargo que resultaba de mucho beneficio para la incipiente compañía, pues a través de las postas se adelantaba buena parte de la actividad comercial en el Nuevo Reino, como queda dicho17.

Mientras Sordo residía en Santa Fe (1, 6, 12, 15, 16) y emprendía giras de negocios más o menos breves por las provincias de Cartagena, Neiva, Mariquita, Tunja y Pamplona (8, 11, 16, 39), Barrio gestionaba desde la provincia de Antioquia la recepción y la distribución de los efectos. Sordo se encargaba de la amonedación y el cambio de oros, de las compras al por mayor mediante importadores afincados en Cartagena y de la adquisición de ropa y cacao a los productores de las provincias de Neiva y Pamplona (1, 28, 38); Barrio contrataba barqueros y arrieros para la internación final, inspeccionaba las cargas, creaba compañías ocasionales con mercaderes de diversas localidades, hacía las cobranzas y remitía oro o numerario a Santa Fe para dar vida a un nuevo ciclo. En un comienzo, los socios buscaron afanosamente capital para entablar sus negocios. En 1801, por ejemplo, recibieron del doctor Lucio de Villa en Antioquia 1.500 castellanos a censo, para alegría de Sordo, que recordó a su compadre: “bien sabes que a nosotros lo que nos falta es dinero, que en qué distribuirlo nos sobra, y [en] una cosa como esta no necesitas mi conformidad, porque siendo recibir dinero, siempre lo daré por bien hecho” (2)18.