La Costa Nostra - Laura Ardila - E-Book

La Costa Nostra E-Book

Laura Ardila

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Beschreibung

«La Costa Nostra» es una victoria ciudadana. El periodismo y la edición independiente se unen para contar la historia del clan empresarial y político más poderoso de Colombia. Este libro es el resultado de la obsesión periodística de Laura Ardila, de su deseo de escudriñar un poder con alcances inimaginables y de su propósito por comprender el éxito y la habilidad en los negocios, las prácticas clientelistas y los vínculos afectivos del clan empresarial y político más poderoso de Colombia. Una investigación que tiene su origen en los cinco años de reportería de Laura en La Silla Caribe, y que encuentra solidez y un carácter inédito en sus dos años de investigación adicional y escritura sobre las acciones de un patriarca y su descendencia. Rey Naranjo Editores presenta un libro que nos lleva desde las lejanías del medio oriente a una mansión en el barrio El Prado de Barranquilla, iluminando todas las zonas oscuras de un imperio que nació con una promesa de cambio.

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Seitenzahl: 337

Veröffentlichungsjahr: 2023

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rey naranjo editores

www.reynaranjo.net

La Costa Nostra

©Laura Ardila Arrieta, 2023

c/o Indent Literary Agency

www.indentagency.com

©Rey Naranjo Editores, 2023

Dirección editorial: John Naranjo • Carolina Rey Gallego

Dirección de diseño: Raúl Zea

Equipo R+N:Alberto Domínguez • Daniela Mahecha • Isabella Viracachá

isbn 978-628-7589-18-6

Hecho el depósito de ley

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial en cualquier medio, sin permiso escrito de los titulares del copyright.

A la dulce memoria de abuelita Zoraida y de mis tíos Hollman y Carlos José, que esperaban este libro y se fueron justo cuando comenzaba a escribirlo.

A los colegas que, a pesar de todo, le apuestan a hacer buen periodismo desde las regiones de Colombia.

A estas élites locales se les ha dado libertad para gobernar como ellos deseen e incluso se les ha permitido tener representación en el Congreso, a cambio de dar soporte político y de no desafiar a las élites nacionales. Es esta forma de gobierno en la periferia lo que ha creado el caos y la ilegalidad que ha aquejado a Colombia.

James Robinson

Colombia: ¿Otros cien años de Soledad?

Siempre vale la pena tener en cuenta cualquier coincidencia —se dijo miss Marple—. Luego, se puede desechar si realmente no es más que eso.

Agatha Christie

Némesis

Y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza.

Gabriel García Márquez

El otoño del patriarca

PREÁMBULO IMPENSADO AL LIBRO QUE SÍ FUE: EL SILENCIO NO ERA UNA OPCIÓN

En julio de 2023, en mi columna de El Espectador, escribí sobre aquello que un periodista, al menos como yo concibo ser periodista, no debería escribir: escribí sobre mí misma.

Y lo hice respecto a un asunto que tampoco debería sucederle jamás a ningún periodista: escribí sobre la cancelación de mi libro.

De este libro.

En noviembre de 2020, le había presentado a la Editorial Planeta la propuesta para explicar cómo los Char, un grupo de poder local del Caribe colombiano, se convirtió en una megamaquinaria electoral de alianzas y prácticas sospechosas, con aspiraciones presidenciales y tentáculos por toda la región. En respuesta, cuatro meses después, Planeta me ofreció un contrato como autora que incluyó un anticipo de plata para comenzar a trabajar.

Durante dos años y un mes, trabajé de la mano de un editor de esa corporación que conoció todos los retos y avances de la investigación, y cultivó conmigo la misma ilusión por ver publicado este libro. Juntos lamentamos que los protagonistas no hayan accedido a hablarme, y juntos celebramos cada nuevo hallazgo o cuando le propuse el título. Jamás en ese tiempo, ni él ni nadie en la editorial, me manifestaron ninguna duda frente a la concreción del proyecto.

Por el contrario: además del aval permanente del editor, el departamento de arte de la Editorial Planeta diseñó una cubierta a mi gusto y realizó la diagramación, me mandaron a hacer la foto de la solapa y hablábamos incluso de cómo serían las presentaciones en Bogotá y Barranquilla, que es la sede del imperio de los Char y sus políticos y contratistas aliados.

Como periodista, me sentía segura nadando en las aguas de semejante respaldo a mi reportería. Pero eso era (y es) porque todos los capítulos del texto contaron, también, con la edición periodística de Juanita León, directora de La Silla Vacía, el medio en el que trabajé diez años y en donde le pusieron alas a este sueño con respaldo editorial y económico.

Aunque Planeta nunca me planteó la necesidad de hacerle una revisión jurídica al libro, igualmente por petición mía, la fundación El Veinte (que trabaja en defensa de la libertad de expresión) me apoyó haciendo la edición legal. La lideró su directora Ana Bejarano, abogada y columnista del portal Los Danieles.

El Veinte me sugirió ajustar algunas referencias a fuentes, para que estas quedaran correctamente citadas, e incluir en el epílogo el relato de episodios complicados ocurridos durante la reportería, porque al publicitarlos me protejo y de paso los lectores pueden comprender las dificultades que implicó este trabajo periodístico.

En mayo de 2023, un mes después de haber entregado el manuscrito completo a la editorial, el editor de Planeta con el que venía trabajando me pidió de la nada el informe escrito de la revisión hecha por El Veinte. El documento señala que La Costa Nostra tiene un riesgo alto de litigio por parte de los personajes investigados, pero recomienda su publicación por tratarse de un tema de preponderante interés público. Aseguran los abogados de esa fundación que esta reportería es completa y suficiente y cumple con todos los estándares periodísticos.

«El riesgo de posible litigiosidad resulta alto por cuenta de los actores involucrados, quienes acuden con facilidad a este tipo de estrategia. La evaluación de alto riesgo no responde a lo dicho en el texto sino sobre quién se habla. En el caso de la periodista Ardila, de surgir algún posible hecho litigioso, El Veinte asumirá su defensa judicial», dijo El Veinte en el texto que le entregué a Editorial Planeta.

El concepto de Ana Bejarano y su organización reafirmó mi tranquilidad frente a la seriedad y al rigor que comprometí en cada una de las líneas de esta historia. Y la calificación de riesgo alto de litigio no me sorprendió, conociendo como conozco los datos de acoso y hostigamiento judicial, en contra de quienes investigan la corrupción, que ha revelado la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP).1

Un mes más tarde, el 4 de julio de 2023, fui citada a una reunión extraordinaria en la sede de Planeta en Bogotá. Ese día conocí las instalaciones de la editorial y a la señora Mariana Marczuk, quien se me presentó como la directora editorial de Planeta para la región Andina. En un encuentro que duró media hora, fue ella la funcionaria encargada de notificarme la decisión de la corporación de no publicar mi libro, cuando ya estaba todo listo para hacerlo, y de acabar unilateralmente el contrato que teníamos.

Los motivos: Planeta, que en su página web se autodefine como la editorial con mayor influencia en el mundo de habla hispana, no estaba dispuesta a asumir el riesgo legal de una eventual demanda por daños morales, de parte de los señores de Barranquilla que aquí retrato. Según me aseguró Mariana Marczuk, el manuscrito de La Costa Nostra fue enviado al departamento legal de la empresa en España y allá hicieron una revisión jurídica y tomaron la determinación.

Lo curioso de ese momento de mensajes erráticos fue que, al tiempo, la directora editorial reconoció que en Planeta coincidían con Juanita León y con la fundación El Veinte respecto a la calidad periodística e integridad de la investigación: «No tiene nada que ver con tu investigación, tu investigación es impecable, tu libro es fabuloso, lo leímos todos nosotros, lo leyeron hasta en España, y todos coinciden en que es un libro fantástico».

La Costa Nostra es «una joya del periodismo de investigación» y «un extraordinario libro», afirmó Marczuk, mientras me despedía deseando que ojalá encontrara otro lugar para publicar. Cuando le pregunté si algún tercero se había comunicado con la editorial para presionar esa cancelación me respondió que no. Esa misma pregunta, y otras más, se la formulé a Planeta por escrito, pero nunca respondieron

Este libro ya no iba a salir. Y, sin embargo, yo quería dejar constancia pública de cómo algo así ayuda a entender el funcionamiento del poder en Colombia. Ya no era la sensación personal de absoluto irrespeto y atropello con mi trabajo.

En mi columna de julio de 2023 en El Espectador declaré que, para mí, el silencio no es una opción porque la cancelación de cualquier investigación periodística relevante se vuelve de interés público, en la medida que afecta a los ciudadanos que no pueden acceder a esa información. En el caso de La Costa Nostra, esto que ocurrió, además, ratifica las dificultades que tiene que enfrentar quien se atreva a escrutar el poder de los protagonistas Char y sus principales contratistas, los empresarios Daes. Como se leerá más adelante, ya estaban detallados en estas páginas varios ejemplos de los riesgos de ese cubrimiento, entre los que se cuentan presiones, mensajes intimidatorios y robo de información. El tropiezo previo a la salida fue, en últimas, una corroboración más de lo narrado.

La historia de los Char, el clan político más poderoso de Colombia, ya no iba a salir. Luego de mi relato, a la decisión de Planeta se sumó una campaña de desprestigio en Twitter con tuiteros2 que no solo buscaban poner en duda la investigación, asegurando por ejemplo que la habían vetado por tratarse de chismes, sino que hicieron memes y videos para endilgarme supuestos intereses políticos. No parecían golpes fáciles de superar. Pero entonces, inmediatamente, alzaron la mano Juanita León y Ana Bejarano. Las coequiperas de toda confianza, las dos primeras personas a las que llamé cuando salí de la sede de Planeta, ratificando su compromiso con el buen periodismo y la libertad de expresión al ofrecer todos sus esfuerzos para evitar el silencio.

A los pocos días, ese camino fue iluminado por la dignidad de Juan David Correa, el director literario de Editorial Planeta Colombia, que anunció renuncia a su cargo («Ante la decisión corporativa de cancelar esta seria y sólida investigación periodística mis posibilidades y legitimidad han sido diezmadas», escribió en la despedida que mandó a los escritores y escritoras con los que venía trabajando); de la periodista Ana Cristina Restrepo, que rechazó contratar con Planeta el libro que está haciendo sobre las madres de los desaparecidos («No puedo publicar con una casa que no respeta la libertad de expresión», explicó en el mensaje que envió a esa empresa); y de ochenta y ocho artistas, autores y académicos, que en carta conjunta expresaron a la editorial su sorpresa e indignación por la «lamentable censura que hiere nuestra ética como autores y personas dedicadas a la palabra».

Para ese momento, ya estaba encendido el coro. El de otras voces espontáneas, de lectores, ciudadanos, colegas, allegados, amigos, desconocidos, que en redes sociales, columnas, videos, llamadas, mensajes, y hasta por la calle, se manifestaron en contra de cualquier clase de censura y en defensa del valor superior de la libertad.

Un periodista admirado me propuso crear un sello editorial para publicar, otra colega generosa planteó que hiciéramos una colecta para lo mismo. Un vecino de infancia, al que no veo desde hace al menos veinte años, me escribió por Instagram que ya tenía a diez familiares interesados en leer La Costa Nostra. El rector del colegio de un corregimiento en Sucre llamó a un tío mío para preguntarle si creía que algún día el libro podría llegar a la biblioteca del plantel.

El timón del barco lo asumió la editorial independiente Rey Naranjo, otro quijote, que nació en una habitación de barrio en Bogotá en 2010 y, trece años más tarde, ha llegado a cuarenta países en más de veinticinco idiomas, con su obsesión por los detalles y el contenido creativo. John Naranjo, Carolina Rey, Raúl Zea y su equipo, abrazaron estas palabras con valentía y propiedad y, más allá, se propusieron hacerlas llegar a la periferia colombiana, que es en donde los ciudadanos conviven con poderes como los aquí descritos y hay una ausencia desoladora de librerías.

En apoyo a la distribución y promoción de estas letras, van La Silla Vacía, El Veinte, la Fundación para la Libertad de Prensa y La Liga contra el Silencio, que reúne a dieciséis medios de comunicación de varias regiones de Colombia.

Este libro salió gracias a todos ellos. Su publicación es resultado de un esfuerzo colectivo por la libertad de expresión en Colombia, y en defensa de la palabra escrita y del buen periodismo. Que se lea, discuta y critique su contenido. Pero que nadie jamás pueda volver a festejar su silenciamiento. Esa no era una opción.

LaURA ARDILA ARRIETA

Julio 2023

El acoso judicial es una forma de agresión que tiene como fin intimidar y afectar económica y emocionalmente a quienes hacen denuncias de interés público. La flip ha documentado este fenómeno desde 2008 y ha brindado apoyo legal a periodistas y medios en 304 casos. En 2023, entré a integrar el consejo directivo de la flip.

Una investigación del portal ColombiaCheck y de La Liga contra el Silencio (una alianza de dieciséis medios de varias regiones de Colombia) reveló después que varias de esas cuentas guardaban alguna relación con los Char o con sus contratistas aliados: los Daes.

PRÓLOGO

Suele haber dos tipos de buenos periodistas: los que escriben lindas crónicas desde los márgenes del poder y los que investigan al poder sin preocuparse mucho por la escritura.

También suele haber dos tipos de personajes sobre los que escribimos los periodistas: aquellos que sobresalen por sus resultados y aquellos que se destacan por sus fechorías.

Laura Ardila logra en este libro la proeza de investigar a uno de los clanes políticos más poderosos del país y escribir su historia con tal pluma que agarra al lector desde el primer párrafo hasta el último.

Desde la llegada con una mano atrás y otra adelante del abuelo de Álex Char, oriundo de Damasco, al pueblo caribe de Lorica, hasta la ya famosa escena romántica en el malecón entre el exalcalde barranquillero y Aída Merlano, Laura reconstruye la trayectoria del poder de los Char como solo lo puede hacer una gran cronista: a partir de escenas que surgen de cientos de horas de reportería y con la disciplina para dejar que los hechos hablen por sí solos.

Los Char, por su parte, han demostrado una y otra vez una habilidad única para producir excelentes resultados empresariales y políticos en un país donde la gestión, ya sea en el sector privado o en el público, es siempre difícil; y, a la vez, son un grupo con múltiples vínculos —empresariales, políticos y hasta románticos— con personas del bajo mundo criminal.

Esta doble faz de los Char y su entorno político-empresarial ha hecho que cubrir la política en Barranquilla sea uno de los mayores desafíos que ha enfrentado La Silla Vacía en su más de una década de existencia. Porque así como han sido artífices del «milagro barranquillero» que volvió habitable, pujante y agradable una ciudad que durante años parecía no tener remedio, han conseguido también que la única historia política que se cuente sea la controlada por ellos. Cualquier cuestionamiento es percibido y tratado como una agresión por su entorno, y hasta por barranquilleros del común y colegas periodistas.

Laura ha sido desde hace años una de las pocas voces disidentes que ha pinchado el unanimismo que impera en el periodismo barranquillero —y también el bogotano— frente a los Char y a sus contratistas de cabecera, los hermanos Daes, cuya generosidad con los periodistas es legendaria. Ese coraje, que Laura demostró durante una década escribiendo en La Silla, lo despliega con creces en este libro.

Sus revelaciones sobre la novedad del esquema de contratación ideado por el grupo Char en la Alcaldía explican en parte la eficiencia de su administración pero también la puerta gigante que abre para el movimiento de todo tipo de dineros y para que todo —todo— quede en su círculo de confianza.

Su relato sobre el rol clave que tuvo el clan en la apretada reelección de Juan Manuel Santos en 2014 es una ventana a cómo se suele hacer política en Colombia: los discursos de estadista en la capital, mientras en las regiones esos mismos políticos entregan por debajo de la mesa bolsas de dinero a cambio de los votos que su verbo no logra movilizar.

Quizá lo más interesante de este libro es que, a partir del ascenso del clan Char, Laura refleja la tragedia de la política colombiana. Fuad Char, como muchos otros políticos antes y después de él, arrancó su carrera ondeando la bandera contra la politiquería tradicional y la corrupción. En 1990, cuando llegó al Senado, su triunfo fue calificado como una victoria del voto de opinión. Tres décadas después, su grupo es símbolo del clientelismo y de la compra de votos.

Igualmente, su hijo Álex representaba pulcritud e independencia cuando prometió salvar a la ciudad de la debacle del Cura Hoyos y sus alfiles, aunque, como lo muestra Laura, ya estaba asociado bajo cuerda con la casa Gerlein.

Y si fuera solo un mero asunto de clientelismo y politiquería, vaya y venga.

Pero este libro también pone el lente sobre la combinación letal de violencia y política que se ha dado en el Atlántico, que a diferencia de otros departamentos tuvo pocos condenados por parapolítica pero que no se ha salvado de la infiltración paramilitar en las altas esferas del poder.

Los Char, como lo muestra este libro, han sido indiferentes, cuando no funcionales, a las alianzas político-criminales de candidatos que han apoyado en su expansión Caribe: desde Oneida Pinto en La Guajira hasta el grupo de Alejandro Lyons en Córdoba. En eso, los Char han seguido la receta tradicional para alcanzar y mantener el poder en Colombia. Lo que los hace particularmente interesantes son los ingredientes que le han sumado: la pasión que despierta el Junior, su equipo de fútbol; el carisma y cercanía de Álex con la gente; el arraigo con Colombia; su éxito empresarial y político, que les ha permitido soñar con llegar al solio presidencial; y como si faltara, el romance con una criminal.

Todo esto, y más, hace a este libro memorable.

Solo faltaba sumarle el intento torpe de último minuto para silenciarlo —y el multitudinario gesto de solidaridad con ella— para entender, aún sin haberlo leído, lo importante que era escribirlo. Y lo valioso que existan editoriales independientes como Rey Naranjo que tengan el valor de publicarlo.

Juanita León

Julio 2023

INTRODUCCIÓN

UNA HISTORIA DE CASI CIEN AÑOS Y UNA OBSESIÓN PERIODÍSTICA DE OCHO

Fuad Char Abdala tiene la puntualidad de un inglés y aquella vez no fue la excepción. Una tarde de marzo de 2019, llegó antes que nadie a la cita de último minuto con los congresistas de su clan. Desde que los había ayudado a elegir, en 2018, no eran frecuentes los encuentros con los once al mismo tiempo. Así es que en la bancada personal del cacique y empresario, la más grande bancada de legisladores de un grupo político regional de Colombia, sabían que se trataba de un asunto crucial.

El lugar del cónclave fue la llamada «Casona», una mansión de techos altos y baldosa ajedrezada del barrio El Prado —esa joya arquitectónica de la ciudad de Barranquilla, declarada Monumento Nacional por sus casas de estilos de otros mundos construidas por migrantes— que el dirigente y sus hijos usan para atender reuniones políticas y sociales importantes.

Hasta allá llegaron, en una suerte de besamanos, varios de los políticos adscritos a la casa Char, a hablar con el jefe al que sin excepción los subalternos se refieren como Don. Don Fuad, que los esperó sentado en su consabida poltrona de cuero marrón, tomando café y ofreciendo maní.

Efectivamente, el motivo de la convocatoria no era menor. Con siete meses en la Casa de Nariño, la Presidencia del uribista Iván Duque estaba en su amanecer y el charismo debía definir su posición frente a iniciativas gubernamentales clave que hacían curso en el Congreso, un paso que marcaría el derrotero del camino a seguir el resto del cuatrienio.

Los legisladores del clan se dividían entre los que creían que había que votar con el Gobierno para conseguir participación burocrática, y quienes proponían frenar la agenda legislativa para presionar por lo mismo.

Germán Vargas Lleras, el exvicepresidente y socio de la élite bogotana con el que el Don comparte timón en el partido Cambio Radical, ya había dicho en otros escenarios internos que quería que hundieran el Plan Nacional de Desarrollo de Duque. Después de una fracasada candidatura a la Presidencia y tras tomar vacaciones en Asia, aún apaleado, pretendía arañar juego en el ajedrez del poder mostrando dientes de oposición. Pero el patriarca Char tenía sus propios planes. Luego del descalabro de la campaña vargasllerista, su maquinaria había entrado por la puerta grande al proyecto electoral del nuevo presidente, y en sus propósitos no estaba convertirse en opositor.

Así lo dejó claro en la reunión privada con sus alfiles, en la que no estuvo Vargas.

Intervino de último, como suele hacerlo desde que arrancó su carrera en lo electoral, a principios de los noventa, en mítines en los que prefería escuchar a los asistentes antes de hacer cualquier pronunciamiento.

Al levantarse de la poltrona marrón, mostró la estatura y corpulencia generosas que parecen ratificar su dignidad de superior, y con el hablar sin prisas de sus ochenta y dos años, hizo la declaración de principios que era, al tiempo, una orden para el resto:

—Germán no entiende que yo soy empresario, y que un empresario no puede estar en contra del Gobierno. Yo no puedo hacer oposición ni cinco minutos, tengo muchos intereses en este país. El único gobierno contra el que me iría sería uno de Petro.

6

Fuad Char se fue contra Gustavo Petro. En cabeza de su hijo Alejandro Char, en 2022 intentó armar una candidatura para disputarle la Presidencia al que, a la postre, resultó elegido como el primer mandatario de izquierda en Colombia.

Fracasaron en medio de la transición de un país que entró en ruptura parcial con las viejas formas de hacer política, y tras la exposición mediática y judicial en la que cayeron por el escándalo de Aída Merlano.

El caso de la primera congresista colombiana condenada por compra de votos, que acusa a los Char de ser unos delincuentes, es una impresionante historia de corrupción, traiciones y amores, que dejó al descubierto las costuras del grupo.

Aun así, la aspiración presidencial de Alejandro ratificó la condición de superpoder regional que tiene este clan, capaz de apostar alto porque siente que cuenta con la suficiente fuerza electoral y músculo económico como para poner un presidente propio.

Con casi cuatro décadas de camino en lo público, la casa Char logró desafiar la desigualdad política que hay entre las élites de Bogotá y las de la periferia,3 haciendo aterrizar al poder central en el patio de su casa en Barranquilla; y concretó un dominio casi omnímodo en su región. Lo hizo con una particular mezcla entre gestión pública eficaz y desarrollo y una alta ausencia de escrúpulos y de sentido democrático.

Durante sus gobiernos locales se sanearon las finanzas de una ciudad que estaba en quiebra y se han hecho obras civiles trascendentales. A la par de eso, se estableció un sofisticado y eficiente entramado de la contratación, que creó condiciones para que pueda moverse plata de cualquier origen y en el que los contratos públicos más millonarios quedaron en manos de amigos suyos. Los Char delegaron la consecución de apoyos electorales a estructuras más pequeñas, lideradas en ocasiones por personajes e instituciones cuestionadas, en una suerte de outsourcing que dificulta seguir el rastro a sus prácticas. Y varias de sus fichas se han elegido comprando votos y usando los entes públicos para hacer proselitismo y para aceitar las clientelas.

Además, se han movido para tener influencia en las instancias en que podrían quedar expuestos: dispusieron de una amplia chequera para medios de comunicación, ubicaron aliados en organismos de control, sometieron al Concejo de Barranquilla.4

Con ellos, la dinámica de la política tradicional pasó del viejo clientelismo de barrio —en el que se vota por algún servicio o favor o por plata— a empresas electorales más avanzadas, que le apuntan a garantizar el amarre de los votos a toda costa y se sostienen básicamente con billete.

Con su exitoso pie en lo privado —los hermanos Char Abdala y sus hijos están en el top de las familias más ricas de Colombia5—, el grupo consolida su gran capacidad de penetración en la vida de la gente. La máquina política no puede entenderse sin las pasiones que desata el Junior, el equipo de fútbol de la mascota de tiburón y los amores del Caribe. Pero, también, la marca Char se consume con cada ida a las tiendas o droguerías de la cadena Olímpica que, con los mismos colores del Junior, tiene presencia en ciento dieciocho municipios y veintiún departamentos. De alguna manera, a los Char los oímos en cada emisión de la Organización Radial Olímpica, que cuenta con las emisoras de entretenimiento con más audiencia en el país.

¿Quién no se acuerda acaso de alguno de los gritos de batalla de Miguel Mike Char Abdala, hermano de Fuad Char Abdala y reconocida voz de ese sistema radial, sonando en la discoteca, en la fiesta del barrio o en el picó de la esquina?

Olímpica se metióoooo

Aquíiiiii suenaaaa

Párale bolas, que se está acabando el año, gózate lo que quedaaa…

6

Llegué a esta historia en 2015, el año en que me fui de Bogotá a vivir a Barranquilla para dirigir La Silla Caribe, el proyecto periodístico con el que La Silla Vacía comenzó a descentralizar su cubrimiento a las movidas del poder. La idea era contar historias no obvias en los ocho departamentos de la región, pero de manera natural con el equipo de La Caribe nos enfocamos con especialidad en el clan que más mandaba.

Cubrir el poder supone de por sí un gran reto (y casi siempre un gran riesgo), debido a que los poderosos permanentemente buscan controlar el mensaje que se da de ellos. En el caso de los poderosos de Barranquilla, me sorprendió la intolerancia de algunos personajes al escrutinio y, más allá, el desagrado que este ejercicio de periodismo independiente generó entre áulicos y hasta barranquilleros del común.

Uno de los mayores éxitos del clan tiburón y sus aliados ha sido establecer la narrativa del «milagro barranquillero» y del progreso, que es cierta pero con matices, y suele ocurrir que cualquiera que señale al rey desnudo se vuelve incómodo y objeto de animadversión.

Así, cualquier día era el clásico intento de control, como en el almuerzo en el que la relacionista pública de los mayores contratistas del charismo me dijo que ellos podían financiarme («nadie se va a enterar», prometió la mujer, mientras me ponía la mano sobre una pierna).

Y, en otras ocasiones, era la molestia. La de Alejandro Char, cuando una fuente me lo pasó por teléfono —la única vez que ha aceptado hablarme— y terminó reclamándome por estar «obsesionada» con su familia y cerró la llamada sin despedirse. O la del señor desconocido que me abordó luego de un conversatorio, en una universidad, para preguntarme por qué quería «hacer quedar mal a Barranquilla».

Para ese momento, yo ya estaba obsesionada, es cierto, pero con contar un poder con tantos alcances y tan poco escudriñado hasta entonces en los medios nacionales. Contarlo en toda su complejidad, quiero decir, sin condescendencias frente a sus sombras, pero también siendo capaz de ver sus luces. Mirarlo con carácter, como recomienda la escritora argentina Leila Guerriero. Contarlo para entender. Cada día me movía más la certeza de que, mientras los periodistas políticos a veces nos concentramos solo en las declaraciones que ofrecen los poderosos en Bogotá, en las regiones se están dando movidas extraoficiales que definen tanto o más lo que pasa en el país.

Este libro es el resultado de esa obsesión periodística. Tiene su origen en la reportería de todas las horas desde La Silla Caribe, y encuentra solidez y su carácter inédito en dos años de investigación adicional y escritura sobre la senda de Fuad Char Abdala y los dos hijos suyos que se dedicaron a la política: el exalcalde Alejandro Char Chaljub y el exsenador Arturo Char Chaljub.

Va del arribo hace noventa y ocho años desde Siria de Rizkala Char Zehlaoui, la semilla familiar, cuyo rastro seguí en el municipio sinuano de Lorica. Y llega hasta el terremoto de Aída Merlano, el escándalo que evidencia que el país macondiano que contó Gabo a veces está más cerca de la ribera de lo real que de la fantasía. Incluye el relato de lo que ocurrió durante los años en los que el paramilitarismo logró permear la Alcaldía y apoderarse de parte de la contratación pública de Barranquilla, en un periodo de sangre y fuego que es el antecedente de la hegemonía.

Esta es la historia de un imperio que nació con una promesa de cambio, que tuvo un auge, que entró en jaque, y que evidencia cómo funciona el poder en Colombia.

Consiste en que unas élites del poder nacional en Bogotá toleran y se asocian con fuerzas regionales, muchas veces cuestionadas, para servirse de sus votos y ganar elecciones. Luego, cuando el cuestionado regional cae en desgracia ante la ley o ya no es útil electoralmente, esos poderosos del centro toman conveniente distancia y desconocen a sus otrora aliados.

Todos estos asuntos los desarrollará este libro con ejemplos detallados.

Hermanos Char Abdala e hijos en Millonarios en Colombia 2020, Revista Forbes Colombia, abril 2020.

UNO

LA RAÍZ: DEL SUELO ÁRABE AL VIEJO BOLÍVAR GRANDE

¡Ah, la vasta errancia!

A cuántos hizo hombres,

a cuántos, recuerdo.

‘Monólogo de Eduardo Char (1964)’

jorge garcía usta

El reino errante. Poemas de la migración y el mundo árabes.

En la década de los ochenta, a Fuad Char se le perdió Lorica. Había ido a inaugurar una tienda Olímpica en Montería y pidió que lo llevaran a ver su pueblo natal, pero este no aparecía. Estaba extraviado en los casi treinta años de desarrollo reflejado en vías pavimentadas, que no existían cuando su familia dejó la población más importante de la subregión cordobesa del Bajo Sinú, y que para él constituían un mundito recién construido en el que a su carro se le dificultaba hallar el camino correcto. Cuando después de un rato el entonces vigoroso empresario, en sus cuarenta, pudo dar con la plaza principal cerca de la cual vivió la adolescencia, se encontró con sus amigos entrañables de infancia. El regreso a su casa en Barranquilla, programado para enseguida, se extendió bastante más de lo pensado. Duraron tomando trago y departiendo dos días seguidos.

Era la época en la que Don Fuad se negaba a llevar sus exitosos almacenes a tierra loriquera. La Olímpica ya tenía presencia en Bogotá y varias capitales de la región y, siendo Lorica la segunda ciudad del departamento de Córdoba y además raíz del dueño del negocio, había cierta expectativa de que tuviera representación. «Yo no puedo ir a Lorica porque me cago a la gente», decía él en su círculo íntimo. Y con gente se refería en concreto a sus paisanos, los inmigrantes o descendientes de inmigrantes de lengua árabe, que a fines del siglo XIX comenzaron el éxodo a cuentagotas desde Oriente Medio hacia Colombia, que sumó unos cuatro mil años de historia a la combinación de etnias, colores y sabores que formaron la identidad Caribe. Una suerte de espectacular revolución con vientos de cambio culturales de todo tipo, y trascendentales repercusiones económicas y políticas, que permitieron a un pueblo errante establecer su segunda patria a punta de trabajo obstinado, principalmente con el comercio.

Así es que el patriarca Char consideraba, no sin razón, que poner su ya gigante Olímpica de competencia les podía afectar las ventas a algunos. Con el agravante de que el municipio cordobés no solo tiene la particularidad de haber sido la cuna en la que nació, sino que fue el techo bajo el cual encontró amparo el primer inmigrante de la colonia sirio-libanesa: Moisés Antonio Hatem Dagher.6 Llegó en 1880, un siglo antes de que a Fuad Char se le perdiera momentáneamente Lorica.

Para cuando arrancó la inmigración, los territorios de Siria, Líbano, Palestina, y otros, se encontraban bajo el dominio del Imperio turco otomano. Padecían, además de represión política y persecución religiosa, los históricos conflictos internos entre sus propias comunidades, que sumaban más muerte y penurias a la existencia. En 1860, nada más en Damasco, fueron masacrados ocho mil cristianos. El mundo estaba hecho de miedo, incertidumbre y escasez.

En 1901, en un hogar del sector cristiano de Damasco, conformado por un tallador de piedra y una ama de casa a la que le tocaba amamantar al bebé de un hacendado para obtener un poco de trigo,7nació Rizkala Char Zehlaoui. El papá de Fuad Char Abdala, el abuelo de Alejandro y Arturo Char Chaljub, la semilla del clan político que casi ciento veinte años después llegaría a soñar con poner presidente en una entonces remota e inexplorada república tropical de nombre Colombia. Rizkala significa «fortuna de Dios».

Sobrados de carencias, los padres de Rizkala, llamados Miriam y Mikhail, tuvieron que dejarlo trabajar desde que tenía catorce años, justo cuando empezaba la Primera Guerra Mundial. La situación para su tierra empeoraba con la nueva circunstancia de conflicto, que localmente se materializó en la alianza de los otomanos con Alemania y el Imperio austrohúngaro, un pacto que generó una rebelión árabe contra el yugo turco. Mikhail fue reclutado a la fuerza y enviado al frente a pelear por los alemanes y los turco otomanos para frenar el avance de los Aliados. Rizkala aprendió el arte de la orfebrería, mientras la región quedaba devastada.

La migración sirio-libanesa ya iba entonces en una primera etapa entre finales del siglo XIX y la Gran Guerra. Con maletas que cargaban más ilusiones que ropa y el pasaporte turco que les ha valido el mote —a veces peyorativo y siempre errado— de «turcos», viajaban jóvenes solteros y sin muchos estudios ni recursos económicos. El objetivo de casi todos era llegar a América. Sin importar el país. Aunque, había destinos más esperanzadores por las oportunidades auguradas: Estados Unidos, Argentina, Brasil, México.

Colombia era un destino de segunda,8al que varios llegaron por azar o engañados por los dueños de los barcos. Sin embargo, por aquellos tiempos, a la casa familiar empezaron a llegar noticias de la tierra colombiana. Una prima de los Char, de nombre Zakie, había logrado llegar hasta Ciénaga de Oro, hoy departamento de Córdoba, y por esa vía se enteraron de los buenos vientos que comenzaban a soplar para familias paisanas como los Dumar y los Rumié.

A donde la prima Zakie justamente fue a parar Nicolás, hermano de Rizkala, el primer Char Zehlaoui que pisó suelo patrio, en 1924. Él se embarcó en el puerto de Beirut junto a su primo Elías Saer y cuatro jóvenes sirios más9. Entró por Puerto Colombia, Atlántico, que era el puerto más importante del país y la principal ruta de la inmigración. Un año después, arribó Rizkala. Se establecieron en Lorica.

Santa Cruz de Lorica, que es el nombre completo, y sus cercanías tenían sentido como destino para los inmigrantes porque, en parte por su proximidad al mar Caribe, se convirtió en el principal puerto y despensa agrícola sobre el río Sinú. Desde la colonia, después de Cartagena, era la segunda ciudad del viejo Bolívar Grande, en lo que hoy son los departamentos de Bolívar, Sucre y Córdoba.

Por eso, tras desembarcar en Cartagena o Puerto Colombia muchos peregrinaban hasta la bahía Cispatá, en la región sinuana. Algunos se quedaban en Lorica, y otros se iban a los terrenos de pueblos como Sahagún, Chinú, Cereté, Ayapel, Cotorra y San Bernardo del Viento. Como el arroz que varios llegaron a vender, se esparcieron los apellidos Abdala, Aruachán, Barguil, Chaljub, Manzur, Usta, Nassar, Elías, Bessaile, Raad, Farah, Chagui, Dáger, Blel, Morad.

Todos ellos, y los Char, ayudaron a construir el Caribe árabe. La región que sabe al kibbeh frito que hizo el viaje trasatlántico en la memoria del paladar de las matronas sirio-libanesas, y hoy se mezcla en las bandejas con arepas de huevo en los festivales del frito de Cartagena. La tierra que huele al anís estrellado y demás especias del mercado público loriquero, el municipio en el que, a principios del siglo XX, se oían más conversaciones en árabe que en español.

El Caribe árabe que se lee en los poemas del fallecido poeta, nacido en Ciénaga y nieto de sirios, Jorge García Usta. Que se ve en la mezquita de Omar Ibn Al-Jattab, la más grande del país, que desde 1997 se levanta imponente como legado de otro mundo en Maicao. Y que se baila en ‘Ojos así’de Shakira, que en 2018 llevó a sus dos hijos a conocer Tannurin, el pueblo natal de su abuela paterna, en el Líbano.

Gabriel García Márquez retrató el espíritu resistente e incansable de los pioneros. En Cien años de soledad los puso a existir en Macondo. Los árabes son los primeros forasteros en llegar a la aldea aún remota, de pantuflas y argollas en las orejas, cambiando chucherías por guacamayas. Fueron ellos los que fundaron el primer hotel allí. Y establecieron la Calle de los Turcos, en la que los inmigrantes mostraron su capacidad de aguante y perseverancia después del diluvio que dejó en ruinas al pueblo.

Rizkala Char Zehlaoui tenía el linaje y tesón de los árabes de Macondo. En Lorica empezó a llamarse Ricardo. En la inmigración, muchos nombres y apellidos fueron modificados para adaptarlos al español. El Char quedó igual. En realidad, había cambiado desde Damasco, pues el apellido original era Abuljer, que traduce «bondadoso». Empezó a transformarse cuando, en las primeras décadas del siglo XIX, el tatarabuelo de Ricardo se ganó la malquerencia de sus vecinas mujeres con cuyos maridos él se quejaba cuando no las veía usando velo. En respuesta, algunas le variaron el Abuljer por Abulchar, que significa «buscapleitos». De ahí, Abulchar se fue reduciendo hasta Char. Una de las formas en las que se puede pronunciar en árabe la palabra «Char» traduce «malo».

Cuando Rizkala se convirtió en Ricardo, le apostó a seguir con la orfebrería para ganarse la vida en la nueva patria. Primero intentó echar a andar una joyería que no despegó y luego se asoció con su hermano Nicolás, que con un año de ventaja en la llegada tenía bien fundamentada una cacharrería que ya le había dado para enviar el equivalente a dos monedas de oro a sus padres en Damasco.

Char hermanos, así se bautizó la sociedad mercantil de Ricardo y Nicolás, que funcionaba a una cuadra del mercado público, al lado de un edificio de locales llamado La Isla, en donde latía y aún hoy late el corazón comercial de Lorica.

Vendían telas y también compraban oro quebrado para hacer joyas, anillos, collares, que después comerciaban por los poblados de aquel viejo Bolívar Grande, y más adelante con la Casa de la Moneda en Medellín. «¡Compro oro quebradooo, compro oro quebradooo!», es el grito que quedó en la memoria de algunas calles del Caribe, como recuerdo de ese negocio ambulante que muchos más practicaron.

En su camino febril por hallar fundamento, los pioneros de la inmigración hicieron todo un viraje en las formas del comercio, que se destacó en el pueblo al que el cuentista David Sánchez Juliao bautizó apropiadamente: Lorica saudita.

Los árabes implantaron, por ejemplo, la venta casa a casa y el fiado. Si alguien quería algo, pero no podía moverse o no tenía para comprar, ellos facilitaban la cosa, cómo no, llevando el producto en cuestión hasta su puerta o permitiéndole pagar en cómodas cuotas, al final de las cuales podía llevarse a casa su deseo, «todo es posible, señor, señora». También, el menudeo. Con ellos, ya no había que comprar la lata completa de manteca, el bulto de arroz o el fajo entero de tela, sino lo que se necesitara. Vendían de todo: jabones, perfumes, vajillas, cuadernos, vinos, encajes, medias, bastones, sombreros, navajas, peinillas, cepillos, instrumentos musicales, tabaco, enlatados, medicinas, telas finas, telas corrientes, agujas, hilos, botones, relojes, cadenas, anillos. La Isla, al lado del Sinú y bajo el sol del Caribe, no distaba mucho de un bazar marroquí. Y eran ahorradores. Los padres aconsejaban a los hijos al iniciarse en el comercio: «Si te ganas uno, gástate uno; y cuando ganes dos, sigue gastándote uno».

En los tiempos de Ricardo Char, los árabes más exitosos de todos eran los hermanos Antonio y Jorge Chaljub. Ellos habían llegado a Lorica con más recursos en la maleta que el resto, debido a que su familia emigró inicialmente a Nueva York, en donde ambos estudiaron y Antonio pudo trabajar en los famosos almacenes Macy’s. Arribaron al Sinú pisando fuerte, ofreciendo en sus tiendas artículos importados de Estados Unidos y Europa, que promocionaban con anuncios en los medios locales de la época.

Por decisión de su madre Anselma, los Chaljub se casaron con Warde y Julieta Char Zehlaoui, dos hermanas de Ricardo que viajaron a Colombia expresamente para atender la propuesta de la suegra, que las conocía porque había sido vecina de la familia Char en Damasco, antes de migrar a Nueva York. Los hermanos Chaljub compraron tierras y se convirtieron también en grandes ganaderos, con más recursos que los Char. Tenían una reconocida hacienda llamada Chambad, de más de tres mil quinientas hectáreas. A mediados del siglo XX