La cueva de los huesos - Lee Berger - E-Book

La cueva de los huesos E-Book

Lee Berger

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Beschreibung

UN MISTERIO PARA LA ETERNIDAD, UN HALLAZGO ÚNICO. En la oscuridad más profunda, en las cámaras repletas de estalactitas del sistema de cuevas sudafricano Rising Star, el reconocido paleoantropólogo Lee Berger y su intrépido equipo de exploradores han descubierto miles de fósiles óseos pertenecientes a una especie hominina que probablemente compartió tiempo y espacio con la nuestra: el Homo naledi. Lleno de suspense, drama y proezas, La cueva de los huesos relata la arriesgada aventura de Berger, en la que se atreve a sobrepasar sus límites físicos y mentales para experimentar en carne propia los mismos espacios que ocuparon estos parientes arcaicos. Su relato desafía algunos de los supuestos más comunes y aceptados sobre nuestro pasado evolutivo, y sus implicaciones pueden hacer zozobrar la misma definición de lo que significa ser humano.

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Seitenzahl: 306

Veröffentlichungsjahr: 2023

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PORTADA

Una historia real de aventuras, hallazgos y los orígenes de la Humanidad

Traducción de Ángela Esteller

LEE BERGER

yjohn hawks

PORTADILLA

Título original: Cave of Bones

© del texto: Lee Berger y John Hawks.

© National Geographic Partners, L.L.C., 2023.

Todos los derechos reservados.

NATIONAL GEOGRAPHIC y Yellow Border Design son

marcas registradas de National Geographic Society,

utilizadas bajo licencia.

©de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2023.

Avda. Diagonal, 189– 08018Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: noviembre de 2023.

ref.:obdo250

isbn:978-84-8298-915-0

el taller del llibre ·realización de la versión digital

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida

a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro

(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)

si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra

(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

CRÉDITOS

al espíritu de la exploración

y a todos los exploradores, estéis donde estéis.

no dejéis de explorar jamás.

DEDICATORIA

CONTENIDO

Prólogo 9

primera parte: el viaje naledi

1. La Cuna de la Humanidad 17

2. Nuestro árbol genealógico 25

3. El hallazgo del Homo naledi 47

4. El mundo conoce al naledi 61

5. La cámara de muchas estrellas 67

segunda parte: cuántos huesos

6. En el interior de la cámara Lesedi 77

7. Los inquilinos de la cueva 85

8. Otro cuerpo 89

9. Indicios de enterramientos 97

10. Punto de inflexión 111

tercera parte: viaje hacia la oscuridad

11. Entrenamiento 127

12. Tanteando el Conducto 135

13. En el interior del Conducto 145

14. El descenso 153

15. Exploración de la antecámara Hill 163

16. Los grabados 169

CONTENIDO

8

contenido

17. Más grabados 177

18. Luchando por salir 189

cuarta parte: significado

19. Los grabados y su significado 201

20. Hueso quemado 207

21. Rastros de cultura 213

22. La búsqueda de significado 223

Epílogo 233

Agradecimientos 239

Apéndice A: Humanos conocidos que hayan entrado

en la cámara Dinaledi (en orden de entrada aproximado) 243

Apéndice B: Cronología de los descubrimientos relacionados con el Homo naledi 245

Bibliografía 249

Créditos de las imágenes e ilustraciones 255

Índice terminológico 257

Cuadero fotográfico 271

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PRÓLOGO

La incertidumbre siempre surge antes de hacer algo peligroso, y a mí me invadían las dudas mientras introducía los pies en el estre-cho abismo al que llamamos «el Conducto». Me encontraba mirando hacia arriba, con la espalda apoyada contra una sólida masa rocosa, el mono azul de algodón que se enganchaba a los salientes y las piernas colgando, con los muslos que apenas cabían en aquella grieta. La lin-terna del casco, que solo iluminaba 5metros de la oscuridad que tenía por delante, proyectaba sombras espeluznantes a mi alrededor.

Durante nueve años, del 2013al 2022, había visto a otros intro-ducirse por esa misma fisura: a través del Conducto bajaban a la cámara Dinaledi, tal como habíamos nombrado a aquel espacio ca-vernoso en el que se escondía un importante lote de huesos fósiles que se han convertido en el centro de investigación no solo de nues-tra expedición, sino también de científicos de todo el mundo. Siem-pre había visto la cueva a través de una pantalla de ordenador, en la seguridad de la cercana base de operaciones, una galería con el espa-cio suficiente como para colocar unas mesas y sillas de plástico. Des-de esa relativa comodidad, y gracias al tendido eléctrico que, con los años, habíamos instalado en el sistema de cuevas, solía observar la actividad que se desarrollaba bajo tierra.

PRÓLOGO

10

prólogo

Sin embargo, en esta ocasión era yo el que emprendía el viaje hacia la cámara Dinaledi. Mi equipo había realizado un sorprenden-te hallazgo capaz de revolucionar nuestra investigación sobre los orígenes de la humanidad. Al parecer, estábamos a punto de cono-cer algo nuevo sobre nuestros antiguos parientes y, por consiguien-te, sobre la especie humana. Así que, pese al peligro que entrañaba, había decidido abandonar la base de operaciones y enfrentarme al Conducto para llegar a la excepcional galería subterránea que, años antes, había maravillado al mundo con sus tesoros fósiles, el mayor yacimiento de restos prehumanos descubierto hasta la fecha. Este sistema de cuevas que esconde miles de huesos ha reescrito la histo-ria de nuestros ancestros. Y también ha cambiado mi vida.

Durante las dos expediciones de 2013y 2014, que se prolongaron durante un total de siete semanas, los miembros de mi equipo recu-peraron más de 1.200fósiles, principalmente de huesos y dientes, de un área en Dinaledi de no más de 1metro cuadrado. Antes de este descubrimiento, solía bromear con que el número de paleoantropó-logos —es decir, los que estudian a los homininos— en todo el mundo excedía la cantidad de huesos que había por examinar. Pero eso cambió con nuestros hallazgos. En más de una docena de publi-caciones científicas, nuestro equipo de expertos en anatomía homi-nina refirió que estos fósiles eran muy diferentes de los encontrados hasta la fecha. Los fósiles representaban una nueva especie, un nue-vo antiguo pariente nuestro, al que llamamos Homo naledi(«Homo» porque nuestro análisis determinó que compartía género con otras especies relacionadas con los humanos; y «naledi» por «estrella» en sesotho, uno de los idiomas de esta región de Sudáfrica).

Sin embargo, en el momento que descubrimos al Homo naledie incluso después, no más de cincuenta de mis colegas se habían atrevido a bajar hasta la cámara contoneándose por el Conducto. Pese a llevar casi una década dirigiendo la expedición, yo no podía

11

PRÓLOGO

más que imaginar aquel espacio, completando los detalles con las imágenes que los otros captaban y que me llegaban por la pantalla del ordenador, con sus descripciones del lugar, revisando mapas y maravillándome cada vez que, no sin gran esfuerzo, los fósiles de la excavación llegaban a la base de operaciones. Llevaba años ad-virtiendo acerca de los peligros del lugar a centenares de personas pese a no haberlo pisado. Hasta ahora.

Con la parte inferior del cuerpo ya en el interior del túnel, respi-ré hondo —no tendría oportunidad de hacerlo durante un rato— y visualicé el angosto lugar en el que me adentraba. Uno de los tramos más estrechos del Conducto mide tan solo 19centímetros, lo que aproximadamente equivale al lado más corto de una caja de zapatos. ¿Cabría? Y si llegaba a Dinaledi, ¿podría volver a salir? Iba a cumplir 57años en unos meses, y aunque me mantenía en forma, nadie me hubiese considerado como una persona delgada. Para el intento ha-bía perdido mucho peso. ¿Sería suficiente?

Me estrujé y sentí que mi pelvis entraba en la antigua roca gris del Conducto. «Maldita sea, qué estrecho y apretado», pensé. Mien-tras iba serpenteando y bajando, busqué con los pies los salientes rocosos que sabía que había en la parte más alta del hueco. Solo encontré uno. Apoyé el pie en él y dejé colgar la pierna contraria. Aguanté la respiración, me armé de valor y solté las manos, permi-tiendo que la gravedad se tragara mis caderas. Un saliente afilado me arañó la tripa. Me quedé colgado, con medio cuerpo fuera y medio cuerpo dentro de aquella abertura que se asemejaba a una chimenea. Aquello solo era el principio.

Alcé la mirada hacia Maropeng Ramalepa, un miembro de nues-tra expedición y el encargado de guiarme durante la primera parte del descenso. Estaba en cuclillas justo al lado de la boca del Conduc-to, adoptando la posición que cariñosamente apodamos como «trol del Conducto». Había hecho aquel trayecto docenas de veces. Esbo-

12

prólogo

zó una amplia sonrisa y, al iluminarlo con la linterna, vi que sus ojos brillaban. «¡Tú puedes, profe!», me dijo.

Le respondí con un gruñido. Mi aliento ya despedía vapor en el frío aire de la cueva. Con cautela, tanteé con mis botas en busca de nuevos puntos de apoyo, bajando más y más hasta que mi torso al-canzó la misma estrechez que acababan de abandonar las caderas. La roca me presionaba la columna vertebral y el esternón.

Metí tripa y exhalé todo el aire para contraer el pecho y, a conti-nuación, me empujé hacia abajo, comprimiéndome por aquella ca-vidad extremadamente diminuta. Una roca se me clavó en la parte superior de la espalda y sentí un dolor agudo, pero lo había conse-guido. Tenía todo el cuerpo en el interior del Conducto.

Mis brazos seguían estirados por encima de la cabeza y mis pies buscaban desesperados un lugar en el que apoyarse. Quise mirar hacia abajo, pero lo único que conseguí fue rascar el casco contra la roca. Al mirar hacia arriba, pude ver el estrecho hueco que acababa de franquear. En un rato, tendría que volver a hacerlo para salir. Me embargó la duda, pero mi mente racional tomó las riendas: tenía preguntas que responder, quizá me esperara algún hallazgo. Había llegado el momento de contemplar con mis propios ojos el yaci-miento más importante de mi carrera.

Traté de tomar aliento de nuevo, pero las paredes de roca limita-ron mi inhalación. Sin embargo, me lo había propuesto. Busqué con los dedos el siguiente asidero y fui bajando lentamente por el Conducto. Jamás habría imaginado que me dirigía hacia uno de los momentos más aterradores y asombrosos de mi vida.

PRIMERA PARTE

EL VIAJE NALEDI

PRIMERA PARTE. EL VIAJE NALEDI

Yacimiento clave en la búsqueda de los orígenes de la Humanidad

UNESCO

PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD

El sistema de las cuevas Rising Star es uno de los muchos yacimientos de homininos en la zona de Sudáfrica conocida como «la Cuna de la Humanidad».

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LA CUNA DE LA HUMANIDAD

Solo los espeleólogos más intrépidos conocen los pasadizos roco-sos de Rising Star, el sistema de cuevas principal en el que mi equipo y yo llevamos estudiando a los homininos durante más de cuarenta años. Este sistema de cuevas, que incluye el Conducto y la cámara Dinaledi, es uno de los muchos que hay en la región de Sudáfrica que ha sido señalada como la Cuna de la Humanidad y declarada Patrimonio Mundial de la Unesco. Es un paisaje de pra-deras ondulantes, pequeñas parcelas ganaderas y reservas naturales atravesadas por arroyos, ríos y algún que otro grupo de árboles. Los sudafricanos conocen esta región como Witwatersrand (o «cerros de aguas blancas»), por las muchas cataratas que caen en cascada desde las bajas colinas. Witwatersrand se encuentra a 1hora de camino en coche desde Johannesburgo, en el interior de la región de Highveld, una zona mucho más amplia en el centro-sur de África que se eleva hasta una altitud de 1.525metros sobre el nivel del mar, una altipla-nicie sobre las regiones costeras y flanqueada al norte, sureste y oes-te por desiertos.

El suelo de Highveld está conformado por un lecho de roca que asoma aquí y allá, dejando poco espacio para que se acumule el mantillo e impidiendo el cultivo en el terreno de la altiplanicie. La

1. LA CUNA DE LA HUMANIDAD

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el viaje naledi

base rocosa de la región está compuesta por una caliza dolomítica extremadamente dura, una roca sedimentaria gris, rica tanto en car-bonato de calcio como en magnesio, que se formó gracias a la lenta acumulación de cal y arena en mares de aguas cálidas y poco profun-das hace entre 2.000y 3.000millones de años, mucho antes de que las formas complejas de vida evolucionaran. La composición de es-tas rocas se asemeja a un pastel relleno, con capas de dolomita pura atravesadas por otras más delgadas de pedernal, una roca sedimen-taria superdura pero a la vez muy quebradiza conformada básicamen-te de sílice. El aspecto oscuro y vítreo del sílice contrasta pronuncia-damente con la textura mate y apagada de las capas más anchas de dolomita.

Durante largos períodos de tiempo, el carbonato de calcio de la dolomita se ha ido disolviendo, y el goteo del agua ha conformado unas capas de un blanco puro a las que llamamos «colada» o la han convertido en estalactitas y estalagmitas (respetivamente, esos pila-res que cuelgan del techo o que se erigen desde el suelo). Los mine-

Mathabela Tsikoane, miembro del equipo de Rising Star, sentado entre una típica colada y formaciones de estalactitas en el sistema de cuevas.

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LA CUNA DE LA HUMANIDAD

ros de principios del siglo xxse adentraban bastante en las cuevas para extraer carbonato de calcio, que después calentaban en grandes kilnsu hornos para crear el producto agroquímico que hoy conoce-mos coloquialmente como «cal». A menudo, en las galerías o pozos de estas cuevas, varios segmentos de estos materiales se fusionaban, se adherían por acción del goteo del carbonato de calcio. Estos depósi-tos, llamados «brechas», contienen a veces fósiles de formas de vida arcaicas que habitaron la región y estas cuevas. Las capas de brecha y colada aquí pueden tener una antigüedad que oscila entre unos pocos miles de años hasta más de tres millones.

Y es que debajo de este modesto paisaje se esconden recompen-sas mucho más importantes que la cal. Si examinamos uno de los dispersos grupos de árboles al azar, es fácil encontrar una depresión creada por un hundimiento subterráneo. En casos extremos, simas de hasta 30metros de profundidad hacen sospechar de la existencia de enormes galerías subterráneas. En ocasiones, nos topamos con que se han formado cuevas horizontales, desde grandes e imponentes cavernas hasta recovecos rocosos. Una intrincada red de pasadizos, algunos explorados pero la gran mayoría inaccesibles, se enhebran de-bajo de esta altiplanicie. Los exploradores con mayor capacidad de observación encontrarán una entrada, a menudo un sencillo agu-jero, a estos vastos laberintos subterráneos, muy parecida a la misma por la que me aventuré.

Acontecimientos tan importantes como terremotos e impactos de meteoritos han moldeado este paisaje subterráneo, creando ca-minos de agua que han ido erosionando la dolomita. Los procesos más lentos y suaves, como las raíces de las plantas que se introducen por diminutas grietas en la roca, también han creado fisuras. Ríos subterráneos han corroído y moldeado la roca durante milenios; desprendimientos repentinos o hundimientos han formado espa-cios más amplios. El hecho de comprender todas estas fuerzas de la

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el viaje naledi

Una enorme red de hendiduras y pasadizos configuran el sistema de cuevas de Rising Star.

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LA CUNA DE LA HUMANIDAD

geología nos permite teorizar sobre el aspecto de este mundo sub-terráneo cientos de miles de años atrás, incluyendo la manera en la que habría acomodado a nuestros ancestros humanos.

El sistema de cuevas Rising Star abarca casi 4kilómetros de pa-sadizos entrelazados, los cuales, en algunos puntos, descienden has-ta alcanzar el nivel freático de más de 40metros bajo tierra. De esos 4kilómetros, solo es accesible una sección de 250por 150metros, la cual ha sido extensamente mapeada por espeleólogos y explorado-res. Un espeleólogo con experiencia es capaz de explorar este com-plejo sistema recorriendo una especie de estantes de piedra caliza y pedernal dispuestos como si fueran una celosía y colándose a través de las grietas en la roca. A menudo, cabe la posibilidad de que en-cuentre una galería en la que pueda sentarse a descansar, pero la mayoría de espacios abiertos son relativamente pequeños, a menudo de menos de 1metro de ancho. Algunas de las cámaras más grandes de Rising Star albergan formaciones de roca extraordinarias, con esta-lactitas que brillan en el techo como candelabros de cristal y estalag-mitas que se erigen desde el suelo como si fueran columnas.

Durante mucho tiempo, las cuevas han estado presentes en el ex-traordinario viaje humano, ya sea actuando como lugares de refugio o de muerte. De hecho, el término «hombre de las cavernas» con-densa esa parte de nuestro pasado, aunque la historia en sí es más complicada.

En las cuevas, se han encontrado restos de algunos de nuestros primeros antepasados: los australopitecinos, unos homininos de pe-queño cerebro que poblaron la región hace más de dos millones y medio de años. Desconocemos las interacciones específicas que es-tos ancestros tempranos tuvieron con el mundo subterráneo. Algu-

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el viaje naledi

nos de sus huesos llevan el sello de grandes depredadores, como fe-linos de dientes de sable y leopardos, quienes dejaron las sobras en los oscuros escondrijos de las cuevas. Los homininos posteriores, como la especie Homo erectus, que vivió hace más de un millón de años, mantenían una relación más amigable con los espacios del subsuelo. Se han encontrado herramientas de piedra y huesos des-cuartizados cerca de las entradas de cuevas en Asia, Europa y África, en ocasiones acompañados de la evidencia de fuego.

Las cuevas ofrecen refugio de depredadores, seguridad, un lugar fresco en un clima cálido. Con el dominio del fuego, las cuevas con-servaban el calor en invierno y resguardaban del viento, la lluvia y los rayos. El uso prehistórico de las cuevas, junto con la ventaja de que tienden a proteger los huesos y artefactos durante largos períodos de tiempo, es la razón por la que muchas personas consideran a nuestros ancestros como «hombres de las cavernas». Sin embargo, el uso pre-histórico de las cuevas por parte de los homininos es circunstancial —salvo contadas excepciones en Europa entre los neandertales y los primeros Homo sapiens—, y se limita únicamente a las partes menos profundas de las mismas. Nuestros antepasados permanecían alre-dedor de las entradas de las cuevas, en refugios rocosos y salientes, y evitaban a menudo los espacios más profundos y oscuros en los que no penetra la luz.

Como paleoantropólogo que trabaja principalmente en Sudáfrica, he pasado mucho tiempo explorando cuevas. Mi experiencia me ha llevado a dividir estos espacios subterráneos en tres categorías: las zonas muertas, las zonas vivas y las zonas «tocadas».

Las zonas vivas son aquellas que encontramos nada más entrar en la cueva, y se extienden un poco más allá, hasta donde se aventu-

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LA CUNA DE LA HUMANIDAD

ran los organismos vivientes de mayor tamaño. Estos espacios están llenos de sonidos y olores, y en ellos se aprecia un ecosistema activo: el olor a palomitas de maíz con mantequilla de la orina de leopardo, el aroma almizclado de un puercoespín, el moho de la vegetación que muere y se pudre. Se escucha a los petirrojos del Cabo cantando en las hornacinas y a las lechuzas, que erizan sus plumas en sus posade-ros rocosos. Sin embargo, si avanzamos un poco más hacia las pro-fundidades del sistema, la luz se desvanece y el mundo se vuelve sombrío y oscuro. A partir de aquí, se necesita una linterna.

La transición entre la zona viva y la zona muerta puede medir 50metros o más. Quizá algún murciélago revolotea por delante de tu rostro o iluminas los ojos reflectantes de una araña con el haz de luz, pero, en general, el mundo se reduce a lo que el foco circular de la linterna alcance. Todo lo que queda fuera de ese foco es invisible. Los confines también amortiguan los sonidos perdidos, incluso las voces de compañeros junto a ti. Los únicos sonidos que oyes son los que creas tú mismo: tu respiración, el roce de guantes contra la roca húmeda, las botas contra una cornisa. La sensación es de un descen-so continuado.

Estos espacios, entre los que se incluyen los pasadizos y las cáma-ras de Rising Star, no están realmente muertos; están vivos a su manera, pero se trata de una vida inorgánica. Parece que las cuevas respiren, literalmente, a medida que el aire se mueve por entre las pequeñas fisuras: la presión variable de las cavidades de mayor tama-ño fuera del campo de visión hace circular el aire por entre las aber-turas invisibles de la superficie. Aunque los espacios en las zonas muertas suelen ser relativamente secos, la humedad siempre está presente, y en especial en cámaras como la de Dinaledi, donde las estalactitas y las estalagmitas brillan como diamantes cuando un destello de luz las alcanza: es agua, que gotea hacia el nivel freático inferior y que, con cada gota, deja pequeños depósitos de cal. Aquí

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el viaje naledi

se contempla la creación al mismo tiempo que ocurre. Cada uno de esos husos blancos y planas losas de colada tarda años en formarse.

A medida que se avanza por los pasadizos de galería en galería, toman especial importancia el sentido del tacto y la conciencia de la presión. Tanteas y pruebas cada asidero. ¿Aguantará tu peso? ¿No resbalará tu mano enguantada si se aferra a ese punto en caso de caída? Pruebas una y otra vez dónde pones los pies. No se permiten muchos saltos de fe; una herida aquí puede pasar de molestia a con-vertirse en letal. Estos trayectos parecen ocurrir a cámara lenta. In-cluso en Rising Star, algunos de estos espacios han recibido menos visitas humanas que la Luna.

Los espacios «tocados» de una cueva son, en muchos sentidos, los más significativos para los paleoantropólogos. Estos espacios custodian la evidencia de que los humanos o los homininos los han pisado previamente, o se convierten en lugares trágicos en los que un animal, que se ha aventurado demasiado lejos, ha muerto de hambre o de una caída, casi siempre solo. Siento una extraña varie-dad de emociones cuando entro arrastrándome en uno de ellos y me topo con un babuino o un tejón melero muertos. Pienso en la razón por la que ese pobre animal ha llegado tan lejos, hasta ese espacio oscuro y misterioso. ¿Qué estaba buscando? ¿Se extravió? Ahora su cuerpo yace plano y momificado, y poco queda de él, aparte de piel, pelaje y huesos secos. El espacio ha sido tocado por la muerte. Y ha cambiado para siempre.

Esta es la maldición de estudiar especies antiguas. Exploramos los lugares tocados por la muerte. A menudo, así es como se forman los fósiles. Comienzan en tragedia, pero al cabo del tiempo logran una inmortalidad que los miles de millones que vivimos y morimos en la superficie probablemente no alcanzaremos jamás.

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nuestro árbolGENEALÓGICO

Ha llegado la hora de que hablemos del estudio de la evolución humana y del punto en que se encuentra hoy en día. Cuando doy conferencias, todo el mundo quiere la versión reducida, el resu-men, la respuesta fácil a la pregunta implícita: ¿qué parentesco tiene el Homo nalediconmigo? La verdad es que no hay una respuesta senci-lla. Así que le pasaré el micrófono a John Hawks; es mejor que sea él quien responda.

Lee y el resto de nuestro equipo nos encontramos en el centro de una ciencia en rápida transformación, a menudo descubriendo co-sas que nos sorprenden. ¡Cómo ha cambiado lo que aprendimos sobre los orígenes de la humanidad!

De niño, en la década de 1970y principios de la de 1980, me encantaba leer libros sobre ciencia. Creo que tomé prestados de la biblioteca todos los libros sobre el tema. En el pueblo donde me crie, la biblioteca tenía muchos libros infantiles sobre dinosaurios y vida marina, pero, para leer sobre la evolución humana, debía acer-carme a la estantería de adultos. Uno de los libros que recuerdo, ti-

2. NUESTRO ÁRBOL GENEALÓGICO

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el viaje naledi

tulado Early Man, contenía algunas páginas que se desplegaban y mostraban una ilustración detallada con todas las especies de ante-pasados del ser humano conocidas hasta la fecha: 15figuras alineadas que caminaban en fila india, cada una a un paso de distancia de la siguiente.

El Homo sapiensestaba a la cabeza, como si acabara de salir de una exploración médica. Lo seguía el hombre de Cromañón, que sostenía una lanza, a continuación el hombre de Neandertal, des-pués el Homo erectus, luego el Australopithecus africanus, y así, has-ta llegar al final de la línea, a la cola del desfile, donde había un pequeño simio, con las manos extendidas como si estuviera cami-nando por la cuerda floja. Todas las figuras representaban un espé-cimen masculino, y de derecha a izquierda, de delante a atrás, de presente a pasado, se iban empequeñeciendo gradualmente, se en-corvaban y cada vez tenían más vello. Al doblar las páginas, solo quedaban seis figuras: los más primitivos y los más evolucionados, aparentemente en fila.

Esta imagen, a menudo conocida con el nombre de «la marcha del progreso», es una de las más famosas de la historia de la ciencia. Seguro que has visto estas figuras en camisetas y carteles, o en recla-mos de compañías o museos. Suelen añadir una figura en la primera

Durante décadas, la evolución humana se representaba como una «marcha del progreso» lineal que iba desde el simio hasta el humano moderno. La ciencia actual ha demostrado que no es tan sencillo.

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nuestro árbol GENEALÓGICO

posición de la fila para mostrar el siguiente estadio evolutivo: una per-sona sentada, encorvada frente a un ordenador, o con un traje espa-cial o con barriguita cervecera. En cualquier caso, se trata de una imagen icónica, muy conocida. Y es errónea.

No evolucionamos en un sencillo progreso lineal. Nuestros an-cestros fósiles no son un desfile, sino un enorme árbol con muchas ramas. Incluso en la década de 1960, cuando se publicó Early Man, los paleoantropólogos ya conocían la gran diversidad de nuestros ancestros y parientes. No cabe duda de que los científicos se enfren-taron a un gran número de desafíos para averiguar la relación que guardaban esos fósiles entre sí, y en la actualidad aún existen incer-tidumbres. Sin embargo, a nadie se le ocurrió pensar que los fósiles se ordenaban en una simple línea de ancestros y descendientes. Los científicos sabían que algunos fósiles compartían rasgos con los hu-manos modernos, en ocasiones de forma relevante, pero pertene-cían a especies que habían seguido otro camino. Cada uno de estos parientes es una rama del gran árbol que nos conecta con los otros primates vivos y primitivos.

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el viaje naledi

Los fósiles constituyen una prueba de la forma de este árbol evolu-tivo. Sin embargo, cada vez más, hemos empezado a confiar en otro tipo de prueba: el registro de ADN, tanto de especies vivas como primitivas.

Antes de que me embarcara en la aventura de Rising Star junto a Lee, la gran mayoría de mis investigaciones se centraban en la ge-nética. Mi trabajo consistía en entender cómo los humanos actuales están relacionados entre ellos y cómo los grupos primitivos encaja-ban en ese panorama general. El ADN, para este tipo de preguntas (y para otras), no es ni mejor ni peor que los registros fósiles: cada tipo de prueba proporciona información diferente. Sin embargo, el ADN puede resultar especialmente útil a la hora de entender por qué las ramas se separaron, retrocediendo hasta el momento en que compartían un mismo ancestro. Del mismo modo en que puedes elaborar tu árbol genealógico enviando una muestra de saliva a ana-lizar, nosotros comparamos los genomas de otros primates vivos.

Los parientes vivos más cercanos a los humanos son los chim-pancés y los bonobos, dos especies del simio africano especialmente relacionadas que surgieron de un mismo tronco hace unos dos mi-llones de años. Ese tronco y nuestra propia rama del árbol primate son hermanos. Sabemos que existió un ancestro común para las es-pecies humana, chimpancé y bonobo, y el ADN de las tres actuales nos dice que ese ancestro común vivió en algún momento entre seis y ocho millones de años atrás. No hemos encontrado aún fósiles de ese ancestro común, pero varios fósiles de simio de la época y de an-teriores muestran una gran diversidad de anatomías, lo que sugiere una gran diversidad de formas de vida. El árbol de los homininos, que incluye a los humanos de hoy en día y a todos nuestros parien-tes humanos primitivos, empezó a partir de aquí.

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nuestro árbol GENEALÓGICO

Durante más de una década, aunque he seguido vinculado al campo de la genética, he pasado la mayor parte del tiempo trabajando con fósiles, y mucho de ese tiempo ha transcurrido en el sótano de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo. Es un lugar es-pecial, con miles de fragmentos óseos de homininos, procedentes de más de una docena de yacimientos en Sudáfrica. Uno de los más antiguos y relevantes se encuentra en una caja de cristal, confeccio-nada especialmente para tal fin. Cuando, en 1924, el anatomista Raymond Dart descubrió este cráneo fosilizado, lo bautizó como Australopithecus africanus. En la actualidad lo conocemos como «el niño Taung», tomando el nombre del yacimiento en el que se halló. Descubrimientos posteriores de otros yacimientos sudafricanos, como los de Sterkfontein y Makapansgat, han revelado más y más restos de esqueletos del africanus. En la actualidad, se cree que esta especie vivió hace entre 3y 2,1millones de años.

Hallado en Sudáfrica en 1924, el cráneo del «niño Taung» (Australopithecus africanus)apuntaba una sustanciosa historia de homininos en la región.

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Pese a que en los hallazgos solo se encontraban partes del cuerpo aisladas, cuando los paleoantropólogos las combinaron, una imagen se materializó. El australopiteco era un bípedo, capaz de caminar erguido, como los humanos. La forma de su columna vertebral, sus piernas, pies y pelvis le ayudaban a caminar y correr de manera bí-peda y le dificultaban hacerlo de forma cuadrúpeda. Sin embargo, su cerebro era mucho más pequeño que el de cualquier humano: aproximadamente entre 400y 500centímetros cúbicos, comparado con el promedio de 1.400centímetros cúbicos de nuestras dimen-siones actuales. Estos seres tenían unos molares y premolares mucho más grandes y gruesos que los nuestros, y los investigadores aún tratan de averiguar cuál era su dieta. Sus rostros eran diferentes de los de un simio en un aspecto relevante: el australopiteco tenía unos caninos mucho más pequeños. Pero, por el contrario, al ver a un aus-tralopiteco, es más fácil que sus facciones nos hagan pensar en un chimpancé o en un gorila que en un humano.

Una gran parte de los valiosos fósiles que constituyen el registro de los homininos pertenecen al género Australopithecus. En la déca-da de 1970, varios equipos que trabajaban en Etiopía y en Tanzania desenterraron una forma temprana de este género: el Australopithe-cus afarensis. Esta especie incluye el famoso esqueleto parcial cono-cido popularmente como «Lucy», que fue descubierto por Donald Johanson y Tom Gray en 1974. Probablemente, el afarensisfue el autor de todas las huellas fósiles que descubrió Mary Leakey en Lae-toli (Tanzania), en 1976. La gran mayoría de los fósiles afarensisda-tan de entre 3,6millones y 3millones de años atrás, aunque los más antiguos llegan hasta los 3,9millones de años. Todo esto acababa de descubrirse cuando yo era un niño.

Sin embargo, ya en mis años de instituto, los científicos llegaron más lejos. En la década de 1990, la paleoantropóloga Meave Leakey, que dirigía un equipo de buscadores de fósiles cerca del margen su-

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Los fósiles conocidos como «Lucy» (Australopithecus afarensis), encontrados en Etiopía en 1974, constituían casi medio esqueleto.

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El panorama actual de fósiles homininos representa la extensa variedad de nuestros ancestros, más bien una red ramificada que una línea evolutiva.

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roeste del lago Turkana, en Kenia, encontró muestras incluso anterio-res, con unas mandíbulas más cercanas al simio, y lo llamaron Austra-lopithecus anamensis. Otros científicos también hallaron fósiles de esta especie en Etiopía, entre las que se incluía un cráneo. Los fósiles del anamensisdatan de entre 4,2y 3,8millones de años atrás.

Cada uno de estos hallazgos —el africanus, el afarensisy el ana-mensis— revelaba una especie anterior, pero todos ellos se parecían en muchas cosas: todos bípedos, todos con un peso medio menor que el de los humanos y también de menor estatura, todos con cerebros más pequeños. Existían algunas diferencias: brazos más largos y molares más grandes en el africanus, mayores músculos maxilares y corpulen-cia en algunos individuos afarensisy una mandíbula y rostro más si-miescos en el anamensis. Resultaba evidente que estos tempranos pa-rientes y su entorno debieron encajar para lograr sobrevivir durante aproximadamente dos millones de años. Pero no estaban solos.

Otros hallazgos fósiles nos revelan que durante gran parte de ese período de tiempo existieron en África otras especies de homininos —especies de las que sabemos mucho menos: el Kenyanthropus pla-tyopsen el área junto al lago Turkana, el Australopithecus deyiremedade Etiopía en la misma época que el afarensis, el Australopithecus garhiun poco más tarde, y otro hominino primitivo del que sabe-mos tan poco que los científicos ni siquiera le han puesto nombre. Este último, al parecer, tenía un dedo gordo del pie oponible, rasgo que sugiere que caminaba y trepaba de forma diferente. Cada una de estas especies está representada por huesos y dientes que no enca-jan muy bien con las especies más conocidas, como la afarensisy la africanus.

En este punto, probablemente te preguntarás cómo podemos estar tan seguros de que todas estas especies se diferencian las unas de las otras. ¿No es posible que algunas de ellas solo sean versiones ligeramente diferentes de lo mismo?

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La respuesta puede causar sorpresa. Los paleoantropólogos discu-ten acaloradamente sobre casi cada especie, sobre su identidad, sus límites y si se diferencia de las otras. Cuando las pruebas fósiles son débiles, es difícil responder las preguntas. Por ejemplo, al Kenyanthro-pus platyopsse lo conoce por unas pocas docenas de dientes, por frag-mentos de su mandíbula y cráneo, además de por un cráneo muy deteriorado, y todo de aproximadamente entre 3,5y 3,3millones de años de antigüedad. Estos fósiles presentan algunas diferencias remar-cables comparados con el afarensis, la especie más conocida del mismo período. Pero algunos paleoantropólogos argumentan encarecida-mente que estas diferencias no tienen importancia y que los fósiles del Kenyanthropusrepresentan una población regional de afarensis.

Lo mismo podría decirse de casi todas las especies que se han descubierto hasta la fecha.

Al estudiar las diferencias entre los fósiles, procuramos entender cómo evolucionó la diversidad. Todo importa: la cronología desde los ances-tros comunes hasta los grupos diferentes, el repertorio de variaciones genéticas que hayan podido sufrir y la oportunidad de conseguir nue-vos genes al cruzarse con otras poblaciones. Imagino que si pudiéra-mos retroceder en el tiempo y observar a estos homininos, los encon-traríamos seguramente prefiriendo hábitats ligeramente diferentes, comiendo una dieta distinta y con un comportamiento notablemente dispar. Todos eran parientes, pero evolucionaron y se diversificaron en el transcurso de dos millones de años o más.

Si observamos a los primates vivos, nos haremos una idea de cómo especies tan cercanas pueden diferenciarse tanto entre ellas. Los chimpancés y bonobos actuales comparten un ancestro común de hace dos millones de años, y hoy presentan sistemas sociales muy

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distintos y algunas diferencias remarcables en su anatomía. Seis es-pecies de babuinos viven en la actualidad por todo el continente africano, y todos evolucionaron de un ancestro común hace dos millones de años aproximadamente. Estas seis especies comparten muchas características en lo que respecta a comportamiento, dieta y constitución corporal, pero se diferencian en su comportamiento social y en los dibujos y coloración de su pelaje, además de otras muchas leves distinciones anatómicas. En el caso de estas especies actuales, y en el de los fósiles de homininos que existieron en el úl-timo medio millón de años, el ADN nos revela muchas cosas sobre sus interacciones e historias, incluyendo la hibridación ocasional. Pero en el caso de fósiles más antiguos, como los del Australopithe-cus,