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SOBRE en50MINUTOS.ES | Historia
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Seitenzahl: 51
Veröffentlichungsjahr: 2016
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El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas promulga la Declaración Universal de Derechos Humanos. Este texto, que tiene validez internacional, posee un increíble valor simbólico en un mundo que acaba de salir de los horrores de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Reconoce a cada individuo, por el simple hecho de su condición humana, un conjunto de derechos y de libertades fundamentales consideradas como inalienables y hace que todos los hombres sean iguales entre ellos, independientemente de su nacionalidad, su religión, su profesión o su etnia. La Declaración, constituida por 30 artículos, pretende ser una verdadera defensa contra la opresión y la tiranía.
No obstante el camino hacia el reconocimiento de estos derechos es largo y está lleno de obstáculos, porque en un mundo en el que la ley del más fuerte a menudo prevalece sobre la dignidad humana, los derechos humanos no se dan por sentado. Ignorados por los monarcas absolutistas, aplastados por los colonizadores y la exacerbada búsqueda de riqueza, y prácticamente aniquilados por la barbarie de los dictadores, los derechos humanos son el fruto de una incansable conquista a lo largo de los siglos que le cuesta la vida a miles de personas.
Hasta el siglo XX, frente a las atrocidades de los totalitarismos, como el exterminio programado de millones de hombres y mujeres en los campos de concentración, las naciones de todo el mundo no se dan cuenta de que es necesario garantizar formalmente una serie de derechos comunes a todos los seres humanos. La ONU es la encargada de esta misión y crea en 1946 un Comité cuya misión es redactar una declaración de alcance universal. Se necesitan dos años para finalizar este trabajo destinado a reconocer, ni más ni menos, la igualdad de todos los seres humanos del planeta.
Los derechos humanos son una conquista diaria que experimenta importantes avances a partir de finales del siglo XVIII. Son muchos los filósofos del Siglo de las Luces que luchan contra la arbitrariedad estatal, y la Revolución francesa de 1789, así como la enunciación de los primeros derechos fundamentales, marcan el punto culminante de su combate. Sin embargo, la lucha por el reconocimiento de los derechos humanos dista mucho de terminar en una Europa que se dispone a conocer nuevas desigualdades en el siglo XIX.
Tras profundos cambios políticos, le toca el turno a la economía europea. Esta sufre importantes transformaciones: en el espacio de algunas décadas, los distintos países del continente atraviesan la Primera Revolución Industrial del hierro, del carbón y de la máquina de vapor (1830-1870) que, más allá del boom económico que conlleva, modifica ostensiblemente el modo de vida de miles de hombres y mujeres. Estos abandonan el medio rural y acuden a las numerosas fábricas que surgen en las ciudades para buscar trabajo. Pero el trabajo no es sinónimo de prosperidad para una población europea que se duplica en apenas 50 años como consecuencia del crecimiento económico. En este nuevo mundo, dominado por el capitalismo y las ganancias, la riqueza se concentra en manos de unos pocos hombres, mientras que los que trabajan duramente día a día viven en condiciones deplorables. En este contexto nace una nueva clase social que se encuentra en las antípodas de la alta burguesía: el proletariado, cuyas reivindicaciones son encarnadas por el socialismo.
Más allá de estas transformaciones internas, el despegue económico y demográfico del Viejo Continente le obliga a buscar continuamente recursos alimentarios y materias primas que ya no es capaz de producir. La obligación de obtener estos recursos, así como la necesidad de conseguir nuevos mercados para vender la producción, llevan ahora a las naciones europeas a una nueva oleada de colonialismo e imperialismo. África y Asia caen en manos de Europa como consecuencia de las exploraciones. En 1884, la Conferencia de Berlín ratifica oficialmente las nuevas fronteras coloniales, dejando campo libre a una incesante explotación de las riquezas y de los pueblos sometidos por las naciones europeas, sin tener en cuenta cualquier noción de libertad.
La incesante búsqueda de lucro, además de tener repercusiones nefastas en las condiciones de vida de la mayor parte de la población, acaba por sembrar la discordia entre los distintos países. Europa se ve empujada al borde de la guerra debido a rivalidades económicas y expansionistas, a juegos de alianzas y a la intensificación de los nacionalismos. El 28 de junio de 1914, el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando (1863-1914), heredero al trono de Austria, es la gota que colma el vaso. Este incidente aislado en los Balcanes, que es consecuencia de las alianzas entre Estados (la Triple Alianza y la Triple Entente), sume a toda Europa en el caos.
Asesinato del archiduque Francisco Fernando.
Sin embargo, en 1914 todo el mundo cree que la guerra será corta. Se equivocan. Atrapados en un conflicto en el que nadie logra superar a su adversario, los ejércitos beligerantes se sumen durante cuatro años en una guerra de trincheras que tiene consecuencias dramáticas. Millones de hombres transformados en carne de cañón se enfrentan al horror que supone la aparición de nuevas armas cada vez más crueles (lanzallamas y gas mostaza). En el seno de cada país, además de una asfixia económica que ahoga a los civiles en la miseria, las libertades públicas se ven fuertemente reducidas por miedo al espionaje. Cuando la Primera Guerra Mundial llega a su fin el 11 de noviembre de 1918, las víctimas del conflicto se cuentan entre los nueve y los diez millones.
