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La leyenda de la Desconocida del Sena, como siempre se la nombró y escribió, así, con mayúsculas, nació hacia 1900 y contaba que un empleado de la Morgue habría sacado a la joven de las aguas del Sena y que, maravillado por su enigmática sonrisa y la paz que se desprendía de su rostro, le habría hecho la máscara que se replicó inmediatamente en un gran número de ejemplares. En los años veinte y treinta, el molde de yeso solía encontrarse en casa de artistas e intelectuales, como si fuese un distintivo de la moda ornamental. Jules Supervielle, el poeta franco-uruguayo, no tardaría en dedicarle uno de sus poéticos cuentos: "La Desconocida del Sena", que publicó por primera vez en 1929.
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Seitenzahl: 31
Veröffentlichungsjahr: 2024
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LA DESCONOCIDA DEL SENA
Licenciado Vidriera cumple 20 añosy ha contado ya 100 historias
COLECCIÓNRELATO LICENCIADO VIDRIERA
COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURALDirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
Introducción
Fabienne Bradu
La desconocida del Sena
Jules Supervielle
Epílogo
Philippe Jaccottet
Aviso legal
La Joconda del suicidio
AFINES DEL SIGLO XIX, UNO DE LOS PASEOS DOMINICALES DDE LOS PARISINOS LOS CONDUCÍA A LA MORGUE DONDE se exhibían los cadáveres de los muertos en la vía pública y no reclamados por nadie. Construida en 1868 por el barón Haussmann que cambió radicalmente la fisionomía de París, era la segunda Morgue de la capital y se situaba en el muelle de l’Archevêché, en la Isla de la Cité, a unos pasos del Hospital del Hôtel-Dieu. Los cadáveres se alineaban tras unas vitrinas, semirrecostados y semidesnudos, en espera de su eventual identificación. La muerte súbita se consideraba un infortunio; de ahí, la necesidad (y la obligación legal) de identificar a los cuerpos encontrados en la vía pública. Las ropas que llevaban a la hora de morir colgaban detrás de ellos, porque a veces ayudaban a reconocer al deslomado yaciente. Grabados de la época muestran a los variopintos visitantes que se aglutinan contra los cristales; predominaba la gente del pueblo, pues era un espectáculo gratuito, pero también acudían extranjeros advertidos por las guías “turísticas” de la capital.
La palabra morgue —que ha pasado tal cual al español— proviene del verbo morguer que significa “mirar desde lo alto o altivamente” y hoy es más bien sinónimo de burlarse de alguien. En efecto, la posición de los cadáveres favorecía esta manera de mirar desde cierta altura, pero la contemplación estaba lejos de encantar a los transeúntes. Tras el cristal había de todo: ahogados, heridos, magullados, mutilados, suicidas y asesinados, cuyo color de piel oscilaba entre lo grisáceo y lo verdoso. Así, periódicamente, doce difuntos se exponían a la mirada entre fascinada y despavorida de los “mirones” de la muerte, y al cabo de tres días, si no resultaban identificados, recalaban en las fosas comunes de los cementerios. De hecho, se equiparaba la Morgue con la fosa común de los cementerios porque igualaba a todos en la muerte. La contemplación de los cadáveres implicaba morbo y un dejo de erotismo, pues allí “los jóvenes canallas a menudo conocían a su primera manceba”, observaba Émile Zola. La desnudez y la denigración de los cuerpos, así como los progresos en la identificación de los cadáveres fueron los motivos que condujeron al cierre de la Morgue haussmaniana, en 1923. La antigua Morgue se trasladó al Instituto Medicolegal, en el distrito 12 de París, donde sigue funcionando hasta la fecha.
Si bien el cadáver se volvió “obsceno” a inicios del siglo XX, otro espectáculo de la muerte subsistía en París: las ejecuciones públicas por guillotina que, a su vez, cesaron a partir de 1939. Pocos recuerdan hoy la aberración de ciertas costumbres francesas que desmienten la reputación de cultura y refinamiento del país. “El sueño de la razón produce monstruos” proclamó Goya. El historiador Philippe Ariès asegura en su imprescindible estudio El hombre ante la muerte (1977), que “la muerte se oculta tras la belleza” y ésta es, sin duda, una expresión adecuada para calificar el caso de la Desconocida del Sena.
La leyenda de la Desconocida del Sena, como siempre se la nombró y escribió, así, con mayúsculas, nació hacia 1900 y contaba que un empleado de la Morgue habría sacado a la joven de las aguas del Sena y que, maravillado por su enigmática sonrisa y la paz que se desprendía de su rostro, le habría hecho la máscara que se replicó inmediatamente en un gran número de ejemplares. En los años veinte y treinta, el molde de yeso solía encontrarse en casa de artistas e intelectuales, como si fuese un distintivo de la moda ornamental.
Antes que Jules Supervielle, Rainer María Rilke ya había introducido a la mítica suicida en su obra
