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Este ensayo es un balance pormenorizado de lo mucho que la insania chavista logró destruir en los ámbitos del transporte y las comunicaciones nacionales y un apasionado alegato a favor del pluralismo, la libertad y el progreso. Antonio Pasquali es licenciado en Filosofía de la Universidad Central de Venezuela (UCV) con doctorado en Filosofía de la Universidad La Sorbonne (París) y posteriores estudios de especialización en las Universidades de Oxford y Florencia. En 2002 la Universidad Central de Venezuela y en 2005 la Universidad Católica de Maracaibo le otorgaron sendos doctorado honoris causa. En 2009 la Universidad Andrés Bello le otorgó la Orden Andrés Bello.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Gisela Gil Egui
Dedico este esbozo de investigación a la memoria de Gisela Gil Egui, trágicamente fallecida en el estado de La Florida en diciembre de 2015, junto con su esposo, su madre y un hermano, en un terrible accidente de tránsito. Egresada de la UCV, secretaria del Comité por una Radiotelevisión de Servicio Público (RTSP), fue coautora en 1992, junto con Martha Fuentes Bautista y Carlos González Saavedra, de una tesis de grado con mención summa cum laude de la que tuve el honor de ser tutor.
Gisela enseñaba e investigaba en la Fairflield University, de Connecticut, un prestigioso ateneo jesuita que le dedicó, poco tiempo después de su muerte, un homenaje fuera de lo común: Premio Anual a la Excelencia post mortem, Mejor Profesora del año de la Jesuit Honor Society y la creación de un Memorial Fund en su nombre. Martha es Directora de Investigaciones en la Amherst University, de Massachusetts, y Carlos enseña e investiga en la Universidad Autónoma de Barcelona, de España; tres fuertes valores nacionales del campo de la Comunicología que se fueron a dejar en alto el nombre de Venezuela.
Con la citada tesis La Reestructuración de las Telecomunicaciones en Venezuela: rol del Estado en la economía del sector, Gisela, Martha y Carlos nos han dejado una descripción pormenorizada, muy documentada y políticamente razonada de la privatización en 1991 del operador histórico de las telecom nacionales, la Cantv, obra a la que habrá forzosamente que referirse el día que se emprenda la tarea de escribir una historia de las Telecomunicaciones en Venezuela. Salvo errores, estimo que dicha tesis constituye el segundo importante esfuerzo académico (el primero versó décadas atrás sobre la llegada al país, en 1888, del “cable francés”) por guardar memoria circunstanciada de un episodio saliente en el devenir de las comunicaciones nacionales, las cuales entrarían en 1999 en una etapa de fuertes turbulencias por todos conocidas y padecidas.
Esa tesis vino a llenar parte de un vacío aún muy grande, por carecer el país de suficiente documentación acerca de su propio entorno comunicacional y de sus momentos sobresalientes y, en este orden de ideas, merece un señalamiento el reciente y valiente esfuerzo coral de investigación y editorial de la UCAB por guardar memoria en libros y revistas de la retrógrada involución generada por el autoritarismo hegemónico de los gobiernos chavistas.
Descansa en paz, Gisela. Nos inspiras para seguir luchando por el carácter público, universal, liberador y pluralista de las comunicaciones, y te recordamos con imperecedero afecto.
Las futuras generaciones de venezolanos disfrutarán con toda seguridad de transportes y comunicaciones hoy inimaginables, pero ninguna garantía existe que alcancen una sabiduría moral y política superior a la nuestra o a la de cualquier civilización pasada. El desfase no es nacional, es humano y universal. Lo ha constatado hace siglos la filosofía y lo viene confirmando la historia: el saber científico y la sabiduría moral avanzan a velocidades disímiles, son el Aquiles y la tortuga del humano devenir o, en todo caso, el primero, es un motor; la segunda, un inmóvil en el sentido de que no se dan en ella, como en las ciencias, procesos de acumulación del aprendizaje moral; lo que hacía pensar a Kant, nada menos, que sólo en el ámbito de la razón pura hay progreso y ninguno en el de la razón práctica, en la vergüenza, prudencia, sindéresis o recta conciencia moral que debieran guiar en todo momento la acción del hombre. Salvo episodios deliberados, nostálgicos y efímeros, no hay saltos atrás en terrenos del progreso científico, cuando la historia moral de la humanidad rebosa en cambio de tales saltos, de regresiones morales, de súbitas vueltas al horror. Las ciencias naturales avanzan, las morales no evidencian progreso. Por eso las creencias científico-técnicas de Platón o de Aristóteles suscitan hoy una condescendiente sonrisa por su arcaísmo, cuando la totalidad de sus reflexiones morales y políticas lucen intemporales y de impactante actualidad; y si hubiere dudas al respecto reléase a Aristófanes, fustigador de vicios de la democracia ateniense que se asemejan pavorosamente a los que padecemos en las de hoy.
Nuestros compatriotas por venir no dejarán, pues, de sonreír rememorando en estas páginas un mundo en el que los automóviles aún eran conducidos manualmente, los trenes se movían sobre rieles de hierro, los aviones eran subsónicos, las comunicaciones lentas, costosas o fáciles de piratear, y la computación aún manejaba liliputienses gigabytes en lugar de yottabytes o brontobytes, pero demos por seguro que seguirán lidiando como hoy con derechas a izquierdas, democracias y autocracias, ricos y pobres, honestos y ladrones, tolerantes e intolerantes; disfrutarán de otras inimaginables tecnologías de transporte y comunicaciones pero estarán confrontados a problemas de posesión, uso y abuso, gabelas y acaparamientos, libertades y despóticos controles emparentados con los que padecemos hoy en esos mismos terrenos. De allí la utilidad a futuro de trabajos como el presente, que les pintarán un mundo tecnológicamente atrasado, pero que se enfrentó a problemas, injusticias, estupideces y búsqueda de soluciones que ellos mismos confrontarán mutatis mutandis, cuya experiencia les convendrá, pues, atesorar para no repetir inútilmente la historia. Es reconfortante señalar a ese respecto que la moral a futuro, lo que hoy podamos hacer no en beneficio propio o en espera de premios sino para que nuestros lejanos sucesores, que nada sabrán de nosotros, recojan sus frutos (llamémosla ecología de la praxis o moral sustentable) es la más pura y desinteresada manifestación de moralidad por aminorar su egoísta interés por el yo y maximizar su preocupación por el nosotros. Resultará, por ejemplo, instructivo a nuestros futuros compatriotas, tal vez confrontados a algún espantable bigbrother semi-cibernético, saber que, a caballo entre el II y el III milenio, en pleno auge avanzado de la Internet, el Ministro de Información de una pequeña dictadura comunista caribeña tuvo la intrepidez de declarar que la Internet era “una diabólica invención del capitalismo para la destrucción de la humanidad” y que uno de sus admiradores, un pernicioso dictador suramericano, el vigésimo sexto salido de cuarteles que, por poco deja a Venezuela sin transportes ni comunicaciones, llegó a prohibir a todo funcionario público, en el 2009, el uso de plataformas digitales, de teléfonos móviles y de la Internet, por considerarlos “gastos suntuarios y superfluos”.
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El avance de la inteligencia artificial es arrollador y no de buen pronóstico. Nadie puede prever hoy si, dentro de decenas o cientos de años, disfrutará el hombre de más privacidad y más generosas libertades de movimiento y comunicación, o si, habiéndose enquistado en el mundo inextirpables terrorismos, le tocará una más implacable y computarizada versión del orwelliano, 1984. Una pregunta así la podemos hoy formular, ponderando a plenitud sus recaídas socio-políticas, porque varias generaciones de pensadores del siglo XX lograron evidenciar el rol ontológicamente fecundante de las comunicaciones en la conformación de las estructuras sociales humanas. Para nosotros es ya verdad apodíctica que entes incomunicados, que no saben uno del otro, no pueden congregarse en estructuras de humana convivencia, en polis, porque ello requiere de previas capacidades comunicantes, una verdad ya entrevista hace veinticinco siglos por un Demócrito que asignaba a la preexistencia de lenguajes la posibilidad de socializar. Ese axioma fundamenta un corolario altamente revelador y, hoy, de enorme actualidad para nosotros: si comunicar es socializar, reconocer la existencia del “otro” y desear con-vivir con él tolerando sus diferencias, todo intento deliberado y planificado de incomunicar, producirá entonces, siempre y necesariamente, efectos de-socializantes (por perseguir un divide et impera) y deshumanizantes (un negar el otro, el supremo crimen anti-humanista, decía Simone Weil), de lo cual se infiere que: limitar, modificar, confiscar, regimentar o conculcar fuera del contrato social, por coacción, nuestra natural propensión a emitir y recibir mensajes en toda libertad, es un atropello social y político de suprema gravedad, porque desfigura y entraba la base misma de mi posibilidad y manera de convivir con el otro, el comunicar. Así, modos del comunicar y formas del convivir son interdependientes; una comunicación autoritaria up-down genera sociedades sumisas, una comunicación bidireccional y dialogal, sociedades abiertas y democráticas. Intervenciones en códigos, canales, contenidos, soportes, emisores y destinatarios del libre comunicar, cuando no legitimadas y consensuadas por democrático convenio, siempre generan control, manipulación, avasallamiento, persuasión/ intoxicación o esclavitud. Un dictador que acapara medios y acalla con coacción y violencia las voces endógenas y foráneas de la crítica y el disentimiento para hegemonizar el comunicar, no es un simple personaje de banana republic, un curioso e intrascendente caso de narcisismo o vanidad mediático-populista, sino alguien que abusa de su posición dominante para alterar los cánones y flujos de la comunicación libre, a fin de descalificar el pluralismo constitucional e imponer un pensamiento único, para desfigurar una sociabilidad democrática e instalar en su lugar una autocracia, un totalitarismo, el despotismo o una dictadura, en fin, será alguien que manipula las reglas del comunicar para obtener una estructura social alterada. Desde 1999, con pausas pero sin retrocesos, se ha obligado el país a viajar hacia una de–socialización interna e internacional, practicando ostentosamente el ejercicio de volver invisible, ningunear y negar la existencia del “otro” (individuo, institución o parlamento) y empujando las hambreadas masas a precipitar en el cansancio de la catástrofe, como hubiera dicho Zygmunt Bauman. En estas páginas hallará el lector suficientes datos y cifras confirmatorios de que las dictaduras chavistas intentaron desfigurar, manipulando en su base los transportes y las comunicaciones, de-socializando el país y sembrando odio de clase, la espontánea y democratizada intersubjetividad del venezolano con propósitos de dominación política militar-comunista, y este es el memorándum que nosotros, las víctimas de esa peligrosa manipulación, deseamos remitir a las generaciones futuras.
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La vieja denominación “Ministerio de Transportes y Comunicaciones” era inteligente y no ha perdido pertinencia. En el presente trabajo empleamos frecuentemente el término “comunicación” en sentido lato, incluyendo en él la noción de “transportes”. La transportación de personas o bienes materiales y la de inmateriales mensajes, ambas diligenciando un enviar y un recibir, son funciones gemelas de un mismo relacionamiento interhumano, cuya libertad suele preocupar a dictadores y déspotas de toda catadura. Eso justifica la decisión del autor de abarcar en toda su latitud la presente crisis sectorial, hija de un mal gobierno, analizando los principales sectores de la actividad transportadora por un lado, y de la comunicacional por el otro. El lector hallará motivos de asombro al constatar que lo acontecido en Transportes y en Comunicaciones durante los regímenes chavistas conforma una suerte de devastación paralela. Pero aún en su dimensión más abstracta, ese paralelismo no es hermenéutica académica. Por algo será que los legisladores y entes reguladores de la comunicación contemporánea escogen a menudo como una de sus fuentes de inspiración criterios que durante siglos rigieron el transporte de personas y bienes. Mucha normativa actual sobre uso del cable de cobre, las microondas o la fibra óptica (como el must carry), copia, por ejemplo, fundamentales principios decimonónicos establecidos para Suez, Corinto y Panamá.
