La devoración digital - François Forestier - E-Book

La devoración digital E-Book

François Forestier

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Entramos en la era digital a través del poder de las grandes tecnológicas –Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft– y de su influencia en las nanociencias, las biotecnologías, la informática y las ciencias cognitivas. El impulso alcanzado por el transhumanismo, que se propone modificar al ser humano mediante la tecnología hasta conquistar la inmortalidad, es particularmente inquietante. Esta devoración digital procede no solo de la hýbris de sus empresas, sino también de la de los seres humanos y de la servidumbre voluntaria a la que consienten sin advertirlo. Frente a estos desarrollos, es urgente reponer al sujeto y su responsabilidad. Los avances tecnológicos no deben enceguecernos: lo que vemos hoy como un progreso puede manifestarse mañana como un fenómeno peligroso. Los desafíos de lo digital son también desafíos para el psicoanálisis. Nos toca recogerlos, más allá de todo catastrofismo o de toda ilusión tecnológica.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Entramos en la era digital a través del poder de las grandes tecnológicas –Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft– y de su influencia en las nanociencias, las biotecnologías, la informática y las ciencias cognitivas. El impulso alcanzado por el transhumanismo, que se propone modificar al ser humano mediante la tecnología hasta conquistar la inmortalidad, es particularmente inquietante. Esta devoración digital procede no solo de la hýbris de sus empresas, sino también de la de los seres humanos y de la servidumbre voluntaria a la que consienten sin advertirlo. Frente a estos desarrollos, es urgente reponer al sujeto y su responsabilidad. Los avances tecnológicos no deben enceguecernos: lo que vemos hoy como un progreso puede manifestarse mañana como un fenómeno peligroso. Los desafíos de lo digital son también desafíos para el psicoanálisis. Nos toca recogerlos, más allá de todo catastrofismo o de toda ilusión tecnológica.

François Forestier es biólogo clínico, especialista en diagnóstico prenatal y en biotecnologías. Se desempeña como profesor de Hematología, en la Universidad París XI.

François Ansermet es psicoanalista, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), de la Escuela de la Causa Freudiana (ECF) y de la Nueva Escuela Lacaniana (NLS). Se desempeña como profesor honorario de Pedopsiquiatría en la Universidad de Ginebra y en la Universidad de Lausana.

SERIE: Tyché

DIRECTORA: Damasia Amadeo

La devoración digital / François Ansermet; François Forestier

- 1a edición - San Martín: UNSAM EDITA; Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fundación CIPAC, 2023

Libro digital, EPUB. - (Tyché / Damasia Amadeo)

Traducción de Gerardo Raúl Losada

ISBN 978-987-8938-63-9

1. Psicoanálisis. 2. Inteligencia Artificial. 3. Tecnologías. I. Forestier, François. II. Losada, Gerardo Raúl, trad. III. Título

CDD 150.195

Título original: La dévoration numérique

1a edición en español, noviembre de 2023

© 2023 François Ansermet

© 2023 François Forestier

© 2023 de la traducción, Gerardo Losada

© 2023 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de General San Martín

© 2023 Pasaje 865

UNSAM EDITA

Edificio de Containers, Torre B, PB · Campus Miguelete

25 de Mayo y Francia, San Martín (B1650HMQ), prov. de Buenos Aires, Argentina

[email protected] · www.unsamedita.unsam.edu.ar

PASAJE 865 de la Fundación Centro Internacional para el Pensamiento y el Arte Contemporáneo (CIPAC)

Humberto Primo 865 (CABA)

[email protected]

DISEÑO DE LA COLECCIÓN: Laboratorio de Diseño (DiLab.UNSAM)

TIPOGRAFÍA: Karmina Sans, TypeTogether

CORRECCIÓN: Wanda Zoberman

MAQUETACIÓN: María Laura Alori

ILUSTRACIÓN DE TAPA: Francisco-Hugo Freda, Líneas (fragmento), 2013

Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723. Editado e impreso en la Argentina. Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.

La devoración digital

François Forestier François Ansermet

Serie Tyché

Agradecimientos

Deseamos agradecer muy calurosamente a nuestro amigo Jean-François Lambert, financista internacional, especialista en materias primas. Su erudición, su disponibilidad y sus preciosos consejos nos ayudaron considerablemente.

Índice

Agradecimientos

Prefacio Dos años después de la primera edición

Introducción

Capítulo 1 El transhumanismo

Capítulo 2 NBIC: una economía de la esperanza fundada en las tecnologías

Capítulo 3 ¿Qué son las GAFA?

Capítulo 4 La democracia en peligro

Capítulo 5 ¿Qué hacer?

Capítulo 6 Cómo la pandemia de COVID-19 aclaró el debate sobre las GAFA

Conclusión

Prefacio Dos años después de la primera edición

En el andén de una estación, una veintena de personas tiene sus ojos clavados en sus teléfonos celulares. Arriba, en un departamento, un estudiante redacta un informe utilizando internet y, enfrente, unos empleados participan de una videoconferencia. Algunos se servirán de un automóvil eléctrico conectado para llegar a sus casas y abrirán el garaje o la puerta de su departamento con un código de acceso seguro y digitalizado. A la noche, unos tendrán acceso, mediante su televisor inteligente, a una película transmitida por la red, mientras otros jugarán con un casco de realidad virtual, intercambiarán mensajes en las redes sociales o harán sus pedidos en línea.

Resulta innegable que lo digital forma parte de nuestra vida, y sus precursores, o sea, aquellos que antes que los otros previeron las posibilidades que podía ofrecer internet, nacida hace 25 años, adquirieron una potencia económica excepcional que les confiere un poder político y una libertad sin límites. Esas compañías conforman el acrónimo GAFAM: G, por Google, que, convertida en Alphabet, concentra por sí sola el 90% de las búsquedas en internet y, con Youtube, es la difusora número uno de videos. Ambas son más vistas que cualquier cadena de televisión. A, por Apple, una de las protagonistas principales en telefonía y en informática, que atrapa cada vez más a sus usuarios en el uso de sus propias aplicaciones. F, por Facebook, que se convirtió en Meta, la señora de las redes sociales, pero, sin embargo, sufrió un ligero fracaso con Metavers y con los cascos de realidad virtual. A, por Amazon, que tiene el monopolio del comercio en línea, y su restructuración es la causa de que sea la única de las GAFAM que no haya obtenido beneficios en 2022. M, por Microsoft, que con su sistema Windows equipa más del 88% de las computadoras en el mundo y se posiciona en el campo de la inteligencia artificial (IA). Todas estas empresas existen gracias a los datos que les suministramos, sin saberlo, sin ningún consentimiento, y que ellas almacenan, analizan y revenden a empresas bajo la forma de enlaces publicitarios. Nos conocen perfectamente a través de nuestras preferencias, nuestros gustos, nuestros intereses, a partir de nuestros e-mails, nuestras búsquedas en internet, nuestras redes sociales y de todo lo que concierne a los objetos conectados, de uso tan práctico en la vida cotidiana.

En medio de una ilusión de transparencia y de accesibilidad, la explotación de nuestros datos personales nos arrastró a una dinámica que nos supera, que nos absorbe, que nos devora. Nos convertimos en la presa de las gigantes digitales, que han sabido beneficiarse del sustento que les hemos ido dando, sin medir las consecuencias, en una servidumbre voluntaria en la que entramos sin darnos cuenta. De manera automática, pasamos de un humano que tomó posesión de lo digital a lo digital que toma posesión de lo humano.

Por esa razón escribimos, en 2021, La devoración digital. Pero estos dos últimos años mostraron que la IA va a trastornar nuestras vidas de una manera todavía más fulgurante. El mundo digital cambia más rápido que nuestra capacidad de seguirlo, incluso de anticiparlo.

Se puede encontrar una explicación de ese fenómeno destacando que las GAFAM suscitaron émulos muy exitosos en el campo de lo digital: las NATU (Netflix, Airbnb, Tesla, Uber). Tras haber sido cuatro, después cinco, actualmente se las denomina las “siete magníficas”: Alphabet, Amazon, Meta, Apple, Microsoft, Tesla y Nvidia. Esta última empresa se especializa en mapas geográficos y chips para la IA. Estas “siete mercenarias” están muy involucradas en las nanotecnologías, las biotecnologías, las tecnologías de la información y las ciencias cognitivas, de donde surge el acrónimo NBIC. Innegablemente, las posibilidades financieras de estas gigantes tecnológicas y sus pericias hicieron progresar de manera espectacular el dominio de la IA, el de las neurociencias y el de la robótica.

Un aluvión proveniente de las NBIC, más precisamente de las tecnologías de la información, se ha desencadenado sobre el mundo en estos últimos meses: su nombre es ChatGPT (Generative Pre-trained Transformer, “Transformador generativo preentrenado”), de la sociedad OpenAI, filial de Microsoft. Se necesitaron 3,5 años para que Netflix alcanzara un millón de abonados; se necesitaron 5 días para que ChatGPT-4 obtuviera esa cifra. En marzo de 2023 totalizó 1,4 mil millones de visitas (si bien todavía está lejos de Google, que cuenta con 80 mil millones de visitas por mes).

Los principales fundadores son transhumanistas influyentes. La última versión de ChatGPT saca provecho de las redes neuronales y de las técnicas de los transformadores aparecida en 2017. Es posible imaginar, por aproximación, que ese programa puede acercarse al millón de conexiones. Presumiblemente, sus precursores indexaron todo lo que estaba disponible en la web a través de las redes sociales tales como Twitter, LinkedIn, Reddit y GitHub.

Teniendo en cuenta la magnitud de los datos almacenados, que sorprendió a los especialistas en Big Data, se calcula que se necesitarían 22.000 años para que un humano, con una lectura de ocho horas diarias, pueda absorber todos los contenidos con los que fue entrenado el ChatGPT. Este programa se funda en un análisis estadístico de una cantidad gigantesca de textos. A modo de ejemplo, si se retira una palabra de una frase, el algoritmo irá a buscar la palabra más probable para ese contexto. Se trata, entonces, de un abordaje estadístico de la lengua. ¿En qué nos convertimos en la era del ChatGPT? ¿Cuál es la característica del mundo que en adelante habitaremos? ¿En qué se convierte el lenguaje en el cual estamos inmersos? ¿Estamos pasando al registro del otro convertido en algoritmo? ¿Entramos en una era en la cual una nueva versión del otro está ocupando toda la escena? ¿La inteligencia artificial estaría en vías de tomar la dirección del otro? Son preguntas a las cuales el psicoanálisis hoy no puede sustraerse. Preguntas que afectan tanto al sujeto en su relación con el otro como a nuestras sociedades en su funcionamiento y la defensa de las democracias. Preguntas que conciernen tanto a lo íntimo como a lo colectivo, en un nuevo anudamiento que hay que explorar, que no se puede dejar de lado.

El ChatGPT es una característica nueva de ese anudamiento. Su verdadera particularidad se relaciona con su composición: la parte “chat”, que asegura la convivialidad en el diálogo, y la parte “GPT”, que genera, mediante la IA, un contenido escrito en respuesta a una pregunta. Pues bien, al aprovechar su difusión mundial a través de la logística de las plataformas de las GAFAM, es evidente que ese programa extraordinario tiene aplicaciones hasta lo infinito en campos como la enseñanza, la literatura, los intercambios, el comercio, las finanzas, el arte, los diálogos imaginarios, las parodias de canciones o los fantasmas sexuales...

El desarrollo de las ciencias y de las tecnologías de la información es tan rápido, tan violento, tan imprevisible, que la cuestión no consiste más en detenerlo, sino en controlarlo. Una vez más, el usuario se verá confrontado con el impacto subjetivo de lo digital en su aspecto moral muy discutible: la responsabilidad de controlarlo será no solo de quienes concibieron ese programa de una potencia sorprendente, sino también de quienes se sirven de él. Cada uno debe asumir sus responsabilidades frente a este fenómeno global. Como lo dice Lacan en La ciencia y la verdad: “de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables”. Ese posicionamiento es de una actualidad particular en la era de lo digital.

Un ejemplo: en otro dominio, pero con casi los mismos promotores, una empresa muy exitosa en el dominio de las neurociencias, Neuralink, recibió, en 2023, la autorización de la Food and Drug Administration (FDA) para comenzar el primer estudio clínico en el hombre a fin de tratar ciertas enfermedades neurológicas mortales, la parálisis, la ceguera, etc., mediante implantes cerebrales. Esos implantes podrían igualmente ser utilizados para controlar los dispositivos conectados de uso corriente a través del poder del pensamiento.

La cuestión es compleja. Algunos usos de esos implantes permiten paliar lesiones irreversibles, retomar el control del propio cuerpo, en la perspectiva ética de un hombre “reparado”. Permitir, por ejemplo, que un tetrapléjico pueda caminar, que una persona con dificultades para ver pueda recuperar la vista o que otra con dificultades para oír pueda recuperar el oído son avances reales e importantes.

El problema es diferente si el empleo de esos dispositivos apunta a construir un hombre “aumentado”. La apertura de ese tipo de perspectiva nos conduce a otro mundo. Una autorización en ese sentido, con la aplicación de implantes para conferir a los humanos posibilidades que no podrían desarrollar naturalmente, y que abre el camino a una interfaz cerebro-máquina, es particularmente inquietante. Frente a esto, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) advirtió que los implantes cerebrales representan una amenaza al secreto mental de los individuos. En mayo de 2023 científicos estadounidenses informaron sobre el desarrollo de un decodificador de lenguaje que transforma en escritura el pensamiento de una persona tras un entrenamiento del cerebro durante largas horas en un dispositivo de imagen por resonancia magnética (IRM).

De esta manera, vemos perfilarse cada vez más a los híbridos hombre-máquina con un cerebro humano “aumentado” conectado a la nube, a los robots externos o a otras personas. De manera insidiosa, el planeta pasa inexorablemente del encantamiento a los temores, porque si nuestras actividades se desarrollan cada vez más en línea, los motivos de inquietud son numerosos y justificados. Las gigantes digitales, las GAFAM, y los transhumanistas multimillonarios podrían imponer a otros sus visiones del mundo y de la vida con el fin de la domesticación y el sometimiento. Todo esto a través de la voluntad y el poder de aumentar las capacidades humanas para alcanzar el objetivo final de la inmortalidad. La ilusión puede invadir la esfera del mundo digital y de la inteligencia artificial en provecho de algunos, con una visión muy particular de una ética que pone en peligro nuestras democracias.

Es muy deseable y urgente que en el centro de las preocupaciones esté lo humano y no el poder sobre los humanos. Se trata de exigir a la política que reaccione pronto y de manera apropiada. Es forzoso constatar que el legislador está atrasado respecto de las tecnologías, que se vuelven inquietantes por sus poderes y su hýbris. Ante la ausencia de reglamentación mundial y a pesar de los importantes avances jurídicos de Europa en el dominio, uno puede quedar perplejo ante el futuro que nos está reservado. ¿Cómo ir hacia una reglamentación que oriente la IA hacia la vía de las oportunidades de desarrollo, crecimiento y amplificación, que innegablemente aquella está en condiciones de abrir? Nuestra tarea hoy consiste en encontrar esa orientación y definirla; lo mismo que en otros dominios, por ejemplo, en lo que respecta a los avances de las computadoras superpoderosas, como las computadoras cuánticas y sus posibles simbiosis biotecnológicas con la IA, lo cual nos hace entrever un futuro que supera nuestra imaginación.

Fantasma, pesadilla, quimera, utopía, sueño o solución última, no tenemos la pretensión de poder predecir el futuro en el nuevo mundo de lo digital y lo que este será en la versión… 20 del ChatGPT. Como es evidente, el desarrollo tecnológico exige una reflexión individual, pero también otra colectiva que implique a los Estados democráticos. Esta última se puede reducir a dos cuestiones esenciales: ¿debemos aceptar toda evolución tecnológica que tenga un impacto en la definición de lo que es la humanidad? y ¿debemos aceptar una evolución tecnológica que implique un riesgo demasiado grande de pérdida del control de la sociedad humana? Tenemos el deber de adaptarnos encontrando un equilibrio que respete tanto al individuo como a la sociedad. Debemos vivir exigiendo el mantenimiento de nuestra libertad y de nuestros valores fundamentales, para evitar la eventualidad de un totalitarismo que derivaría de un dominio de lo digital sobre la posibilidad de cada uno de inventar su vida.

Es necesario encontrar un camino entre los dos extremos, es decir, entre un excesivo tecnocatastrofismo y un tecnoprofetismo ilusorio. ¿Estamos en la era de un triunfo de lo digital sobre el sujeto, sobre el ser viviente? ¿O, al contrario, una nueva versión de la vida se va a inventar a partir del Otro digital, de la IA? ¿Hay que considerar esta tendencia como un retorno a lo inanimado, como una puesta en juego concreta de la pulsión de muerte en su versión silenciosa, muda? ¿O nos estamos encaminando a animar la máquina a través de los algoritmos, yendo, así, hacia nuevas formas de vida? Es posible que la vida misma se esté reinventando. ¡Uno no puede maldecir su época! Lo cual no impide que el malestar invada la escena a partir de una realidad convertida en fantasma.

La angustia está en el primer plano de los debates. Algunos reclaman moratorias para disponer de un tiempo de reflexión frente a una evolución galopante que se apodera del mundo, superando a algunos de los que piensan que la están conduciendo. Pero, como lo enseña el psicoanálisis, la angustia es un alto que se puede usar de manera paradojal, hacia una apertura. Pasar de una angustia petrificante a una angustia creadora, tal es la apuesta del psicoanálisis, para ir más allá del malestar, para inventar respuestas nuevas. Angustia o creación: los desafíos de lo digital, cualesquiera que sean, son también desafíos para el psicoanálisis. Nos toca recogerlos, más allá de toda ilusión tecnológica.

FRANÇOIS FORESTIER y FRANÇOIS ANSERMET

31 de julio de 2023

Introducción

A fines del siglo XX, la industria digital nos introdujo en la cuarta revolución industrial, tras la del agua, la del vapor y la de la electricidad. En treinta años el mundo se transformó profundamente y modificó todas las actividades y todos los oficios. Estos cambios fundamentales no se parecen a lo que conocemos ni a lo que dominamos, y representan un peligro real para la humanidad.

De manera insidiosa, las cosas cambiaron, todo es nuevo. Sufrimos la invasión digital con dos dispositivos que modificaron particularmente nuestras vidas: la computadora y el teléfono celular. Los símbolos de la americanización ya no son los mismos de antes; no son más agroalimentarios ni indumentarios, sino tecnológicos, con dos rasgos específicos muy cargados de consecuencias: la dependencia y la gratuidad. En efecto, cada usuario puede procurarse productos digitales sin una contrapartida económica. ¿Compramos un bien o nos dejamos atrapar por un sistema que nos devora insidiosamente sin que lo advirtamos? Cuando adquirimos dispositivos digitales, ¿no son ellos, en realidad, los que nos atrapan, en una suerte de canibalismo invisible? ¿Quién devora a quién? Esa es la pregunta que debemos responder.

A las principales protagonistas de lo digital no se les paga con dinero, sino con datos personales. Y quienes advirtieron primero las posibilidades de internet, gracias a ese almacenamiento de datos y a sus utilizaciones ulteriores, hicieron fortunas.

Las cuatro grandes empresas de alta tecnología, Google, Apple, Facebook y Amazon (conocidas con el acrónimo GAFA), representan más de 4000 mil millones de dólares y su monopolio supera en mucho al de los ferrocarriles y las compañías petroleras del siglo XIX o al de las telecomunicaciones del siglo XX.

Esos recursos colosales les permitieron involucrarse en las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, la robótica, internet o la informática cuántica. Todos estos dominios están reagrupados bajo el acrónimo NBIC, donde N es por nanotecnología; B, por biotecnología; I, por informática e inteligencia artificial; y C, por ciencias cognitivas. Todos esos desarrollos se lograron mediante autofinanciación y sin ningún control administrativo o jurídico. Para el sistema fiscal, las GAFA son extraterritoriales, pero están adquiriendo, cada vez más, la virtud de volverse indispensables. La pandemia las mostró aún más imprescindibles y provocó un crecimiento asombroso de ellas, las grandes ganadoras de la catástrofe sanitaria. Ese éxito no puede ocultar que están dotadas de un alto poder de daño, que nos aplicaremos a demostrar a lo largo de estas páginas.

En el plano económico, el informe redactado por varios miembros de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, el 6 de octubre de 2020, ilustra perfectamente el comportamiento de las GAFA:

Para decirlo con simplicidad: las sociedades que en otro tiempo eran pequeños emprendimientos que desafiaban el statu quo se han convertido en monopolios que hemos visto por última vez en la época de los dueños del petróleo y de los magnates de los ferrocarriles. Incluso si esas empresas han aportado beneficios reales a la sociedad, su posición dominante tiene un precio. Llegó el momento de aplicar reglas ecuánimes sobre las plataformas creadas por esas sociedades, con un mínimo pero indispensable encuadramiento y una regulación, porque, para los propietarios, la tentación de abusar del poder se ha vuelto demasiado intensa.

En el plano fiscal, los Estados se ven privados de recursos legítimos mientras soportan los costos económicos y sociales. Constatar los errores del pasado es también prepararse para no repetirlos. Europa perdió la batalla de la primera revolución digital y ahora tiene la mirada fija en la segunda, con la llegada del 5G y el auge de la inteligencia artificial, enmarcados por la Digital Service Act y la Data Act. Europa contempla imponer la transparencia en los algoritmos de las plataformas frente a la eficacia muy limitada de las multas financieras a las gigantes de la red, expertas en evasión fiscal.

En el plano social, la cuestión de los datos personales es esencial. Somos adictos a nuestros teléfonos celulares, que nos suministran una infinidad de servicios. Pero desde el momento en que hacemos una llamada o utilizamos nuestra computadora o nuestra tarjeta de crédito, suministramos datos que pueden ser recogidos, almacenados, analizados y comercializados sin nuestro consentimiento. Dejamos de estar bajo la vigilancia del Big Brother para pasar a la dependencia del Big Other, un tipo de vigilancia en condiciones de modificar nuestros comportamientos y cosificarnos.

Agradezcamos, entonces, a la Unión Europea, que publicó un reglamento general sobre la protección de datos en 2016. Lo que está en juego ya no es controlar la captación de los datos, sino impedir su mal uso. La utilización desenfrenada de las redes, posibilitada por avances digitales, desemboca en la expansión de la violencia, la propagación de los abusos sexuales, las propagandas a favor del terrorismo, el desarrollo de la cibercriminalidad. La Ley Avia, sobre el odio cibernético, del 24 de junio de 2020, debería permitir recurrir a la justicia cuando una plataforma admita un mensaje de odio difundido por internet. Los propagadores de teorías conspirativas merecen que la ley se ocupe de ellos lo más rápidamente posible. Nos enfrentamos a riesgos, aunque al mismo tiempo tengamos que reconocer la utilidad de estos dispositivos. El COVID-19 mostró la conveniencia de las redes sociales y las posibilidades del teletrabajo, a pesar de que hay que lamentar que los internautas más tóxicos se hayan multiplicado de manera anónima.

En pocos años las fake news demostraron su poder de influencia y de daño. Las gigantes digitales tienen los medios para luchar contra las “infox”, pero no aplicarán ahí la energía necesaria, salvo que se les impongan fuertes coerciones. Esto es tanto más importante cuanto que, en ciertos casos, se puede constatar que las GAFA pueden acrecentar las desigualdades multiplicando las fortunas de los desarrolladores de aplicaciones y excluyendo a los operadores del terreno y la competencia.

En el plano político, la situación es clara. Dos potencias compiten entre sí: Estados Unidos y China. Pero hay que decir que, de manera general, las GAFA fortalecen el individualismo y la radicalización de las opiniones, lo que explica, en parte, el aumento actual de las violencias. Washington no soporta que una potencia extranjera, que además es China, luche en su territorio con reglas que no fueron elegidas por las autoridades estadounidenses. Si bien está por probarse que TikTok y WeChat espían para el Imperio del Medio, es evidente que Facebook, Google o Apple colaboran con su propio gobierno, aun cuando parezcan desvinculadas.

En el plano de nuestras libertades, nuestro campo parece encogerse cada vez más. Las nociones de libertad o de libre albedrío no pueden estar desligadas de la de responsabilidad. La libertad es, en primer lugar, la responsabilidad de sí mismo, de los propios actos. El sujeto es responsable de su posición. Decir que alguien es responsable y no solamente libre, es decir, también, que debe responder por sus actos.

El término responsabilidad está emparentado con el de respuesta. Por lo tanto, nos toca responder por nuestros actos y por nuestra libertad. Una vez establecido esto, ¿qué decir, además de constatar que perdemos el control de nuestra vida? Manipulación, adicción, deseo, uso de la servidumbre voluntaria, lo digital hace de quien lo utiliza un ser constreñido y engañado, al mismo tiempo que consintiente. Un tema importante respecto del cual nuestro ensayo intenta contribuir a generar una oposición.

En el plano democrático, los creadores de internet pensaban que esta sería capaz de revitalizar la democracia, pero frente a los medios clásicos (prensa escrita, televisión, radio), paradójicamente, contribuye a consolidar las opiniones y las relaciones en un circuito cerrado. Internet, como los otros instrumentos mediáticos, fue pensada para permitir una comunicación social y política, caracterizada por las representaciones de sus creadores, quienes fueron tanto innovadores sociales como innovadores técnicos. Pero hay que reconocer que, contrariamente a las intenciones iniciales, estas nuevas formas de relaciones sociales pueden encaminarse hacia lo que se podría llamar un “individualismo conectado”. Se está solo, pero con la ilusión de ser muchos. En efecto, se trata de una soledad fundamental, aun cuando parezca conectada. Uno presupone al otro semejante. Uno permanece solo estando virtualmente conectado: ese uno se encuentra, de hecho, en una “conexión aislante”.

Ese aislamiento conectado aparece, también, en los nuevos tipos de compromiso político, donde el individuo cree elegir sus propios modos de pensamiento y de intervención, pero, in fine, no elige completamente solo, porque está sometido a la elección de otros, a las elecciones de las redes, que pueden ser transmisores poderosos tanto para movimientos populistas como terroristas.

Terminamos siendo dirigidos por las gigantes de lo digital, por las GAFA, creadoras de opinión, que operan más allá de todo proceso democrático, de todo dispositivo de representación, en una ilusión de transparencia y de accesibilidad gracias a la explotación de nuestros datos personales y a una tendencia a dejarse atrapar en ese movimiento que nos supera, que nos absorbe. Cada uno se convierte en la presa de estas megaempresas de lo digital, que han sabido beneficiarse del apoyo que les suministramos, sin saberlo, sin medir las consecuencias.

En el plano tecnológico, los desarrollos digitales, a través de los aportes directos de las GAFA, contribuyeron ampliamente a los progresos significativos en dominios tan variados como la inteligencia artificial, la robótica, la genética, el almacenamiento de datos, los cíborgs, los objetos conectados, la informática cuántica o las conexiones cerebro-computadora. El incremento de las capacidades humanas constituye el centro de las preocupaciones de las GAFA, orientadas hacia el poder y el dominio del mundo, lo cual se articula con los fundamentos del transhumanismo, en perfecta concordancia con el proyecto de la emergencia de un “hombre aumentado” que sueña con la inmortalidad.

En el plano del transhumanismo, la posibilidad de que una persona pueda modificarse para optimizar su rendimiento mediante la biología llamada participativa y testear los límites de lo posible plantea inmediatamente la urgencia de definir normas comunes para minimizar los riesgos potenciales.

Desde esa perspectiva, hay que entender que las GAFA fueron ganando un lugar tanto más importante cuanto que les hemos cedido nuestros datos personales, que han sabido dominar y explotar, dándoles un poder excepcional en dominios muy variados, como la informática, la salud, la distribución, las energías, los medios de comunicación, las finanzas, la movilidad. Ante todas esas posibilidades de lo digital, conviene permanecer lúcido e intentar distinguir lo que es real de lo que es una ilusión. Esto es responsabilidad de cada individuo. Cuando un individuo no hace pie y abandona una parte de su libre albedrío, la sociedad, y por ende la civilización, peligra. ¿Cómo volver a hacer pie?

A nivel de los individuos, debemos ser conscientes de que ceder nuestra información es una forma de alineación de nuestro libre albedrío y, por lo tanto, de nuestra libertad. Pero esta toma de conciencia debe traducirse en actos; y esto es nuestra entera responsabilidad. Por ende, cada uno debe obrar. Sí, el confort gratuito es un progreso, pero no a cualquier precio. El hombre debe tomar conciencia de que ese precio puede resultar considerable.

En el plano colectivo, detrás de las lógicas del mercado y del progreso se ocultan ideologías que pueden matar nuestras civilizaciones. Entonces, es indispensable para nuestras sociedades pensar lo impensable.

¿Qué riesgos se corren, qué consecuencias puede haber? Las sociedades modernas de fin del siglo XX y comienzos del XXI enfrentan el desafío de pensarlos. Pensar lo impensable es un proceso necesario. Es una evidencia trágica: si nadie ve el peligro, nadie lo piensa. Todos consumen, y en la medida en que se pueda consumir, todo va bien. Ahora bien, esa es la tragedia en el sentido griego: si el transhumanismo no es comprendido y, entonces, combatido, va a terminar obligando al hombre a vivir bajo el régimen del apartheid. Las GAFA son, sin necesariamente quererlo, el brazo armado del transhumanismo. La ilusión del transhumanismo se puede convertir en una pesadilla. El “hombre aumentado” corre el riesgo de ser dejado al margen de lo humano.

Se nos promete un paraíso, pero este se puede convertir en un infierno. Como en La divina comedia, de Dante, el mundo está atrapado en un torbellino de espirales que conducen tanto a los hielos del Hades como al cielo del Empíreo.

¿Acaso caímos en una comedia profana, donde encontramos, de manera inédita, ciertas posturas e impases de La divina comedia? En todo caso, estas nos suministran claves sorprendentes para comprender mejor las metamorfosis tecnológicas actuales.

Capítulo 1 El transhumanismo

El recuerdo es la única inmortalidad verdadera, en la memoria de los que os han amado. WILLIAM DIETRICH1

Comencemos con la palabra trasumanar, que entra en consonancia directa con la palabra transhumanismo. Trasumanar es una palabra introducida por Dante en el canto I del “Paraíso”. Se refiere a la idea de sobrepasar lo humano, de superarlo, de ir hacia un más allá de lo humano, tanto respecto de la naturaleza como de la conciencia. Trasumanar significar per verbe non si poria; però l’essemplo basti a cui esperienza grazia serba: “El trasumanarse no se puede expresar con palabras; baste, por eso, con el ejemplo de aquellos a los que la gracia proporcione una experiencia así”.2

Es sorprendente que siete siglos después de Dante, esa palabra reaparezca con una nueva acepción. ¿Qué tiene esta en común con la visión del poeta? Según este, no se podía ir más allá de lo humano solo con palabras. Había que pasar por la experiencia directa. Esta experiencia se refiere a la de Glauco, ¡tal vez, el primer transhumano! Glauco es un personaje de la mitología griega, un pescador de Beocia que vio cómo los peces que había colocado en la hierba volvían a la vida. Él, a su vez, también probó esa hierba, que lo convirtió en inmortal y lo volvió un dios marino.

¿Es este el tipo de experiencia de superación a la que apunta el transhumanismo? Sus promesas a veces apuntan a la posibilidad de escapar a la muerte, de poder alcanzar un estatus que permita liberarse de la condición humana. Incluso si ya no se trata de una hierba mágica, sino más bien de tecnologías, paradigmas, algoritmos, dispositivos de inteligencia artificial, el objetivo es el mismo: superar lo humano, trascenderlo.

Aunque ahora se haya pasado de la “divina comedia” a una “comedia profana”, esto no impide que las dos coincidan en el proyecto de superar lo humano, ya sea a través de una mediación divina o de una mediación tecnológica. Se trata de modificar lo humano, de atravesar sus límites y de superarlos. ¿Se llegará al punto de prescindir de lo humano al final de esa experiencia?

¿Es este el proyecto de esa “comedia profana”, una transgresión de un proyecto humanista que corre el riesgo de devorar lo humano a través de sus propias fabricaciones? El transhumanismo se caracteriza por la perspectiva de poder salir de la condición humana, en un intento de aproximación a lo divino, de llegar al más allá de la naturaleza y de la conciencia humanas a través de una metamorfosis de lo humano.

Lo cierto es que el humanismo del Renacimiento, las tesis sobre la dignidad del hombre de Pico della Mirandola e, incluso, la filosofía de las Luces, establecieron las bases de este movimiento:

Oh, Adán, ni te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar, con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que, de acuerdo con tu intención, obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses.3

Para Pico della Mirandola, Adán queda indeterminado, abierto a todas las posibilidades. Faber sui, creador de sí mismo, desempeña en el mundo un rol activo porque modifica el mundo al modificarse a sí mismo. El hombre es autor y actor de aquello en lo que se convierte libremente. Y en eso consiste su dignidad.

Es posible apoyarse en las posiciones de Ladivina comedia para interpretar las perspectivas actuales del transhumanismo, colocándolas a lo largo de las espirales definidas por Dante (entre los nueve círculos del Infierno y los siete giros de la montaña del Purgatorio o las nueve esferas del Paraíso), para alcanzar el Empíreo o, por el contrario, para ser precipitados en los hielos del Infierno.

El movimiento

El transhumanismo (abreviatura de “humanismo transitorio”) es un movimiento de pensamiento que se estructuró a fines del siglo XX y cuya declaración siguiente es particularmente elocuente:

El humanismo será profundamente afectado por la ciencia y la tecnología del futuro. Contemplamos la posibilidad de ampliar el potencial humano mediante la superación del envejecimiento, las lagunas cognitivas, el sufrimiento involuntario y nuestro sufrimiento en el planeta Tierra.4

De carácter internacional, cultural e intelectual, el transhumanismo promueve el uso de las ciencias y las tecnologías, con el objeto de mejorar la condición humana, especialmente mediante el aumento de las capacidades físicas y mentales. Al mismo tiempo, considera algunos aspectos de la condición humana, tales como la minusvalía, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, como inútiles, indeseables y superables.

Ya Condorcet, en el siglo XVII, especuló sobre una aplicación posible de las ciencias médicas a la extensión infinita de la duración de la vida. Más tarde, Darwin formuló la hipótesis según la cual la humanidad, tal como la conocemos, no estaría en la etapa final de su evolución, sino, más bien, en una fase inicial.

Nikolái Fiódorov, filósofo ruso del siglo XIX, presentó la ciencia como un medio para prolongar radicalmente la duración de la vida de los mortales. En el siglo XX el genetista J.B.S. Haldane, autor del ensayo Daedalus or Science and the Future, aparecido en 1923, fue un pionero influyente del pensamiento transhumanista.5 Siguiendo los pasos de Haldane, en 1929, J.D. Bernal especuló sobre la colonización del espacio, los implantes biónicos y las posibilidades de mejoras cognitivas.6

En 1957 Julian Huxley definió al transhumano como un hombre que sigue siendo un hombre, pero que se trasciende a sí mismo desplegando nuevos mundos posibles de y para su naturaleza humana. “La calidad de las personas, y no solo su cantidad, es a lo que debemos apuntar; en consecuencia, una política concertada es necesaria para impedir que la marea creciente de la población la sumerja, conservando todas nuestras esperanzas de un mundo mejor”. Durante la década de 1960 Marvin Minsky, Hans Moravec y Raymond Kurzweil abordaron las cuestiones concernientes a la inteligencia artificial. En 1966 F.M. Esfandiary, un futurólogo que enseñaba los “nuevos conceptos del hombre”, comenzó a calificar de transhumanos a las personas que adoptaban las técnicas, los estilos de vida, las concepciones del mundo, que señalaban una transición hacia la poshumanidad. En 1972 Robert Ettinger contribuyó a esa conceptualización en su libro Man into Superman.7 El término transhumanismo se simboliza con H+ y se lo emplea frecuentemente como sinónimo de perfeccionamiento humano.

En la década de 1980 la University of California, Los Ángeles, se convirtió en el centro principal del pensamiento transhumanista. FM-2030 (alias de F.M. Esfandiary) dio a conocer, en una conferencia, su ideología futurista de la “tercera vía”.8 Natasha Vita-More presentó un filme experimental, Breaking Away,que mostraba a los humanos rompiendo con sus límites biológicos y con la gravedad terrestre. En 1982 redactó el Transhumanist Arts Statement y, seis años más tarde, presentó el programa de televisión TransCentury Update, que fue seguido por más de cien mil telespectadores. En 1986 Kim Eric Drexler publicó Engines of Creation: The Coming Era of Nanotechnology y fundó el Foresight Institute y, luego, la Alcor Life Extension Foundation, empresa pionera en la crioconservación de los humanos.9 En 1988 Max More y Tom Morrow publicaron el primer número de Extropy Magazine.

En 1990 More creó su propia doctrina transhumanista, que formuló como los Extropian Principles:10

El transhumanismo es un conjunto de filosofías que tienen como objetivo guiarnos hacia una condición poshumana. Se diferencia del humanismo en que reconoce y anticipa los cambios radicales de la naturaleza y de las posibilidades de nuestras vidas provocados por diversas ciencias y técnicas.

Los ocho puntos principales son los siguientes:

1. El futuro de la humanidad será radicalmente transformado por la tecnología. Hay que contemplar la posibilidad de que el ser humano pueda sufrir modificaciones tales como su rejuvenecimiento, el acrecentamiento de su inteligencia por medios biológicos o artificiales, la capacidad de modular su propio estado psicológico, la abolición del sufrimiento y la exploración del universo.

2. Será necesario desarrollar investigaciones metódicas para comprender los futuros cambios, así como sus consecuencias a largo plazo.

3. Los transhumanistas, al estar generalmente abiertos a las nuevas técnicas, deben fomentar su uso adecuado en lugar de prohibirlas.

4. Los transhumanistas promueven el derecho moral, y para los que lo deseen, el derecho de servirse de la tecnología para acrecentar sus capacidades físicas, mentales o reproductivas, y de ser más dueños de su propia vida. Desean trascender los límites biológicos actuales.

5. Para planificar el futuro, es primordial tener en cuenta la posibilidad de progresos espectaculares en el campo de las técnicas. Sería catastrófico que esas ventajas potenciales no se materialicen a causa de la “tecnofobia” o de las prohibiciones inútiles. Así como sería igualmente trágico que la vida inteligente desaparezca como consecuencia de una catástrofe o de una guerra.

6. La necesidad de crear foros para debatir en términos racionales lo que habría que hacer, así como un orden social donde sea posible poner en acción decisiones responsables.

7. El transhumanismo engloba numerosos principios del humanismo moderno y promueve el bienestar de todo lo que experimenta sentimientos, ya sea que provengan de un cerebro humano, artificial poshumano o animal El transhumanismo no apoya a ningún político, partido o programa político.

8. El transhumanismo promueve una amplia libertad de elección en cuanto a las posibilidades de perfeccionamiento individual. Estas incluyen las técnicas que podrían ser desarrolladas a fin de mejorar la memoria, la concentración, la energía mental; las terapias que permiten aumentar la duración de la vida o influir en la reproducción, por ejemplo, así como otras técnicas de modificación y de aumento de las capacidades de la especie humana.