La dualidad en uno - Camilo Andrés - E-Book

La dualidad en uno E-Book

Camilo Andrés

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Beschreibung

Roberto es un hombre romántico, espiritual y práctico. A través de sus cavilaciones y las dualidades en su vida personal (drogas y meditaciones), amorosa (desamores y poliamores) y profesional (inversionista y maestro de yoga), entiende la vida a través de la dualidad. La dualidad es la opción a las dudas existenciales y prácticas de la vida. Explicada a través de las relaciones y caminos que experimenta Roberto, la dualidad es una propuesta en contra de los maestros espirituales, los vendedores de la iluminación, los románticos y los libertinos, o los seguidores fanáticos de izquierda o derecha. Roberto entiende que somos individuos porque somos "ego", y que somos uno porque somos familia, comunidad, sistema y energía. Recibe fracasos amorosos y rechaza amores extraordinarios, hasta que se da cuenta, el amor contiene al rechazo y la atracción, y sólo desde esta dualidad nace el amor incondicional. La Dualidad en uno es una invitación a celebrar el egoísmo espiritual, a entender y vivir las contradicciones aparentes de la vida, como el destino y la libertad, o la unidad y la individualidad, para soltar la necesidad de tener una verdad única.

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Seitenzahl: 263

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Camilo Andrés Mejía Zacipa

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-880-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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En la vida solo hay dos tragedias, nunca obtener lo que deseamos… y obtenerlo

Oscar Wilde

y… En la vida solo hay dos placeres, siempre obtener lo que deseamos y soltarlo

Cumbiero espiritual

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« Para los ojos detrás de tus ojos, que encuentren hogar, raíz y alas en estas palabras».

Prólogo

«A celebrar y lamentar porque el mundo se va a acabar… y vuelve a empezar»

La dualidad es maestra de la vida que da sus lecciones en ironías y sincronías. Vives el idilio en presente, porque encontraste el amor de tu vida, pero te abandona después de tres meses. Ella sonriendo, aliviada, y tú llorando con el alma arrugada. Sin embargo, de allí nace la raíz del único amor que siempre tendrás hasta la muerte y eternamente: Tú.

Crees ser libre del sistema, pero viajas en avión, hablas por WhatsApp, y la corporación que detestas es la misma que lleva el alimento a tu casa o creó las semillas transgénicas del tomate que usaste para el plato vegano que te hace sentir superior y saludable. Y sin embargo, entras al sistema para cambiarlo desde adentro, y lo cambias, rompes la ilusión del ego y te iluminas. Pero al leer tres frases de este libro, te ofendes o diviertes, juzgas o alabas la propuesta porque te identificas o te proyectas en ella, y ahora quizá estás pensando «¿quién se cree?» o «curioso, alguien que dice las cosas como son». Ego, tu ego, tu hermoso ego, y sin embargo, el ego se entrega y se funde en el amor para ser consciencia, para ver la ilusión que él mismo concibió, desde afuera como creador y desde adentro como jugador; desde afuera como espectador, desde adentro como actor; desde afuera como alma eterna, desde adentro como vida pasajera.

¿Les ha ocurrido que la vida les habla en paradojas? en koans o haikus de formas que mojan sutilmente la piel, que rompen la membrana espiritual en un segundo y llega a ustedes en un destello el entendimiento de lo que se vive en años. ¿Les ha pasado que la vida los pone a escoger algo, están seguros de su decisión, eligen, después de un tiempo se arrepienten, y una vida entera más tarde, entienden?

Tanto tiempo deseando que ella me deseara, en algún momento fue Gabriela, en otro Isabela. Rogando en forma de diálogos interesantes, tiernos y espirituales que saliera conmigo a la esquina o a la cama, y me dijera sí, vamos, sí, llévame, sí, viájame, sí, cómeme sin orden y con ritmo, sí a todo, sin leer los términos y condiciones. Tiempo y energía invertidos deseando, procurando un «Sí», pero solamente después de muchos «No», esperando a que me diera una sonrisa, una salida, una mirada vulnerable de confianza, que me abriera sus brazos o sus piernas y, al final, lo más importante, trabajar obstinadamente para que me diera su prioridad. Finalmente ocurre y… ya no quiero. Simple deseo del vacío que se llena con ilusiones.

La dualidad es real y es también solo un concepto filosófico, literario, poético, logístico y espiritual. La dualidad es ilógica e irracional, como concebir que va del extremo de la libertad hasta el destino. Son lo mismo aunque opuestos, un círculo o un péndulo. La dualidad va de la luz a la oscuridad, en grados incrementales e imperceptibles que cambian para asombrar o iluminar, porque vienen de lo mismo, aunque son opuestos. La dualidad va segura y sonriente desde el miedo hasta el coraje, suelta y decidida. La dualidad es real, y como realidad, su opuesto es que no existe, o que a lo sumo es un juego, para celebrarla entre bohemios y hippies, y tomársela menos en serio. Es en serio la dualidad y por tanto, defenderla, manifestarla, vivirla, es tan falso como cierto, estén de acuerdo o en desacuerdo, es tan trascendente como invisible y transparente.

La dualidad es el punto en el que la mente no puede escoger, no entiende y llega a una contradicción racional y a una convicción espiritual. Es cierto, Dios está afuera y adentro. Es cierto, la vida está ya toda escrita y la esencia de la vida es la libertad en forma de pluma, tinta y papel. Es cierto, la felicidad es reír y llorar. La dualidad, como el amor, es para vivirla, no para pensarla; irónico, tampoco debería ser para escribirla. La dualidad en palabras no se puede expresar o definir, aunque se le puede evocar. Es ese deseo de cambiar que se hace real solo cuando dejo de intentar cambiar y me doy cuenta de que siempre estoy cambiando, y que nunca termino de ser fuente inmutable y eterna. Es escribir un libro en novela, cuento, crónica, memoir, reportaje, poema, haiku; donde al abrirse en cualquier página se comprenda el mensaje y, sin embargo, solo al leerlo completo una y otra vez se entienda verdaderamente. Solo se comprende a la vida y a la dualidad cerrando el libro y abriendo las puertas, olvidando las palabras, viviéndolas, siéndolas, respirándolas, penetrándolas, no leyéndolas… Aunque bien puede ser, qué más desearía mi ego y mi corazón que este libro te baje los pantalones o te asfixie los pulmones.

Porque la dualidad es ese suspiro de tranquilidad, esa sospecha hecha realidad que te confirma, no hay un mandato divino, ni siquiera uno interno y mezquino de lo que se debe hacer. Y es también esa zozobra y sorpresa ansiosa que se ahoga de ver pasar el tiempo, de ver llegar la muerte y de preguntarnos vencidos ¿qué pasó?, ¿por qué no hice nada de esta vida que ya fue?, ¿por qué tengo miedo de esta muerte que hoy viene? La dualidad libera y condena. Sopla ese aire de saber con el corazón que todo es ilusión, que el juego de la vida no se acaba, ni siquiera en la muerte. Si acaso en la mente, apenas decido mandar todo a la mierda, al vacío, al cenicero; por un instante de respirar, sonreír, decidir ser feliz sin razón a su lado, en su hogar o en su cuerpo. Me asfixia porque me quita toda opción de decidir, me hace sentir marioneta. ¿No hay nada más allá del péndulo de la dualidad?, ¿hay algo diferente que trascienda la dualidad entre rechazar y aceptar?, ¿entre dar y recibir?, ¿entre la vida y la muerte tendré que moverme eternamente?, ¿por qué solo Dios puede estar fuera de la vida y la muerte, y por qué, incluso si él (o ella) eligió ser todo lo que es, incluyéndome a mí, no permitió que mi consciencia lo experimentara a voluntad? El inicio, la verdad, el final… ¿O seré yo que no me doy cuenta, que aquí y ahora soy nada, y a la vez ya soy todo?

La dualidad es cuando te preguntan si quieres ser hippie y vivir en las montañas, o millonario y vivir en un pent-house, y respondes «ambas». La dualidad es cuando te preguntan si quieres exclusividad y monogamia, o libertad y poligamia, y respondes «ambas». Es cuando sales de la trampa del lenguaje, te entregas al caos y te das cuenta de que son las dos. Siempre son las dos opciones que pensabas eran excluyentes, pero que cuando las juntas se vuelven unidad… y vuelves a empezar.

La dualidad es aceptar el rechazo insuperable del presente, que se vuelve amigable con el tiempo, después de años y baños de lágrimas y viajes. El rechazo que para ella fue sencillo y cotidiano, y que para mí fue profundo y extraordinario. Es obstinadamente, rechazar al rechazo y recibirlo una vez más, de alguien distinto. Y por si hay dudas otra vez, recibirlo de quien estás absolutamente seguro de que sí es, pero ella decide eventualmente que «contigo no fue» y de repente no es. Es llorar, celebrar, sentir, bailar y hacer el amor con uno mismo hasta que, no por arte de magia ni de golpe, sino con proceso y tiempo, ves lo que ella rechazaba y también lo rechazas, y la entiendes; pero también ves lo que ella no vio y la rechazas para siempre.

Es el amor que más ama cuando más te aman y se aleja sin queja cuando te dejan. No es el que persiste y se apega cuando te hacen sufrir, y se ausenta infantil e inmaduro cuando por fin te aman y te besan. Es aceptar y rechazar para amar en dualidad.

«La dualidad en dos»

Me tomaré ahora unos párrafos de tu tiempo para hablar específicamente de la dualidad en el amor, e introducir a los personajes y la historia que te quiero contar, porque estas no pueden ser solo reflexiones y lecciones sin chisme y drama, eso se lo dejamos a los filósofos.

Un día vas por la vía, puede ser por la calle o por WhatsApp, la consciencia atenta a la vida y recibes una serie de sincronías: El tipo del parque tiene un perro con el mismo nombre de tu signo zodiacal, «Aries»; la hermana de tu vecino nació el 11 de noviembre a las 11:11 a. m., y tú naciste el 7 de julio a las 07:07 p. m.; tu abuela, tu referente de hogar y autoridad femenina, muere en la misma fecha del cumpleaños de Lita. Lita, la piscis del 25 de febrero, la madre de los hijos que ya no tuvimos. Lita, Lita, Lita… que fue completa y se presentaba sencilla, que ya solo será deseo de futuro en recuerdos huérfanos, cada vez más valiosos y menos probables. Porque ahora Lita es feliz en otra escena, con otro protagonista, deseando aún la misma felicidad para mí, pero sin ella.

La dualidad me ocurrió cuando rechacé a esa mujer completa, profunda y sensual: Lita. Lo era tanto que aún la deseo estando ahora enamorado de la mujer de mis vidas (Anandre, la cumbiera espiritual), aún deseo y lamento a Lita. Era tan completa, compleja y deliciosa que, dualmente, era también sencilla e inocente. La dejé ir (o me dejé escapar) por una mujer que aún no se conocía a sí misma y, por supuesto, no tenía tiempo de conocerme a mí. Si Lita era profunda y sensual, Magdalena era superficial y plana, aunque ese no era el problema.

Magdalena también era especial y, aunque superficial, igual me ahogué encontrando su profundidad. Quizá no le di la talla, ni a su mente, ni a sus piernas, ni a su entraña. Magdalena era una mujer que celebraba en los bares, los parques y restaurantes con la música y las energías de otros seres con quienes yo no resonaba. Seres más jóvenes y, al mismo tiempo, educados en una crianza mucho más refinada que la mía, lo cual les hacía más libres, arriesgados y vivos. Una mujer difícil de seducir y encantar, una mujer que, en silencio esperando un ascensor, cuando inevitablemente hay que volver o escapar de la pareja, en lugar de abrazarme, tomarme la mano o al menos mirarme con ojos de amor y atención, decidía soltarme y mirar su teléfono para estar sin mí, pero en mi presencia. En esos instantes de vacío y ocio, ella prefería estar sin nosotros para estar con Instagram, esperando con ojos de avidez y aburrimiento en la pantalla, mientras el ascensor empujaba fuerte el presente con su espacio corto y movimiento lento. Magdalena era una mujer que cuando tenía sus orgasmos, me sonreía complacida y sin preguntar si yo había gozado o no, convencida en su deber de disfrutar para ella, me decía «buenas noches, Bobbie». Una mujer que, dualmente, también era compleja, sensible e inteligente.

Lo curioso, lo dual, ocurrió en varios sentidos y sinsentidos. Con las dos, Lita y Magdalena, tuve un periodo de despedida y transición que ocurrió al tiempo, salí con las dos a la vez. Con Lita pasé más de 3 años de mi vida y, si había una pelea en el día, igual a la noche todo terminaba en armonía. Siempre era su responsabilidad entenderme y expresarse, hablar y escuchar, hacer todo para que existiera hogar en la relación. El sexo de reconciliación era tan bueno como el sexo de lunes en la noche. Ella respiraba, sudaba, bailaba, simplemente me lamía el corazón y la piel, se zambullía en la cama sin reparo, sin mirar el fondo ni el vacío, se hundía con su cuerpo y osadía, y me lamía y relamía, y yo gemía. Su voz, sus piernas y mi lengua se llenaban de lluvia, de jabón líquido caliente, ardiente, que ella después descargaba en forma de gotas de placer, que se transformaban en chorros celestiales de deseos evidentes, inocentes, de no querer salir de dentro de ella y de soltar mi esencia solo en ella.

Con Magdalena, por el contrario, pasé poco menos de tres meses. Fue tan intenso (o insulso, o rápido de aprender, o vacío de disfrutar), que ella tomó la decisión sin duda y con alegría. Decisión que yo debí tomar también, una buena decisión que nos ahorró tiempo a los dos, una relación que, en pocos meses, me mostró fugazmente lo que nunca viví con ella ni con Lita en varios años. ¿Qué tenía por aprender, por vivir a su lado?, ¿por qué abandonar a quien el corazón sabe que es hogar, para ir a quemarse en una oscura vanidad espiritual? Lita era menuda, blanca, de pelo y ojos negros, compacta en sus senos grandes y abundantes, de vientre justo y caliente. También era compacta en su mente, pero abierta en su alma y en el corazón especialmente. Magdalena en cambio era alta, bronceada, pelo castaño y ondulado, ojos aceituna y miel dependiendo del sol o la oscuridad que hiciera por fuera y por dentro. Sus senos eran pequeños, pero sus piernas largas y sueltas, como también lo era su vientre donde me sentí varias veces perdido, rendido y ahogado. Su alma sí coincidía con la de Lita, también abierta y profunda, pero su corazón al menos para mí, o para mi gusto, cerrado con candado, con un espejo grande y pesado donde, buscándola a ella, me encontré a mí.

Hasta ahora sonaría como si la buena fuera Lita y la mala Magdalena, pero lo contrario también podría ser, y con toda razón, con toda intuición, porque ellas no eran buenas ni malas, eran suficientes y necesarias. Era yo conociendo mi oscuridad en forma de escorpión que pica y que conduce a la esencia del veneno propio. No eran malas ni buenas, aunque Lita sería en otras vidas la que yo en esta, pero con más huevos, sí sabría amar; y Magdalena sería esa mujer perfecta a quien yo en varias vidas (y los huevos bien puestos), una y otra vez, me daría el placer de rechazar.

Sigo hilando en espiral y entropía la dualidad amorosa que me llevó a esta relación con Lita y desembocó en la relación con Magdalena, dualidad que terminó por negarme el permiso de amar y creer que debía sufrir porque una mujer alucinante, libre y espiritual rechazó la mejor versión que yo le quise dar. Llegaba a casa después de recibir su noticia, «soy más feliz sola que contigo, Bobbie». La última vez que vi a Magdalena, me miré compasivo al espejo mientras orinaba dos cervezas y la urgencia de evacuarlas coincidió con la necesidad de llorar. Todo desembocó en una noche arrodillado, roto y solo en el baño. Llorando, rechazado y rendido, me pregunté una y otra vez sin querer respuesta. «¿Por qué?, ¿para qué?, ¿qué debo hacer?, ¿qué necesito? ¿qué sigue?…» y en pocas veces como aquella, el corazón más que susurrar, cantó claro: «ámate, ámame, enamórame de ti».

Lita era… mujer completa, femenina y estimulante que no necesitaba demostrar. Se ocupaba de mí, le encantaba complacerme, complacerse, complacernos haciendo el amor, complacernos haciendo presentes cotidianos en forma de regalos, saltos, visitas inesperadas a mi falo, propuestas de viajes, domingos cálidos de tarde, noches penetrando simplemente sus dedos con los míos, pegados de la mano, durmiendo lado a lado. Recuerdo lo que Lita me decía entre sábanas y piernas, me confesaba con dobles intenciones, «es que no es por ti, no es para ti Bobbie, sucede que a mí me encanta bajar y comerte, me encanta tu sexo en mi boca, sentir la energía que descargas y tu calor en mi lengua, que se pone más caliente». O algo más o menos así, tal vez menos elegante.

Me lo demostraba sin querer convencerme, sin permiso, más bien como quien tiene hambre o antojo. La calentaba tanto su propio fuego que, incluso en las noches de invierno cuando yo estaba cansado, o simplemente de tanto vivir juntos no sentía ganas de estar dentro de ella, empezaba su ritual casi de forma independiente. Decidía sin dirección ni afán acariciarme, acomodarse alrededor de mi pene como un perro que busca y husmea su presa enterrada; como una abeja que va zumbando al néctar del tallo. Yo aún con mis bóxers puestos y ella con su lengua bien puesta, sutilmente, friccionaba sus dedos sobre mi pene en gesto de saludo y aviso, de inmediato, iba con sus labios y su nariz hacia mi miembro y, sin importarle que yo siguiera blando o dormido allá abajo, me quitaba los bóxers y empezaba la celebración y el baile, como si fuera una gata lavándose y limpiándose en él, como una lavandera de trastos tropicales que debe ir a limpiarlos al río, como una cocinera que amasa sus manjares de arepas y empanadas en ritmos lentos y rápidos, en pulsos suaves y firmes, y después deposita su artesanía para la cocción final en su horno oral. Lita no terminaba su labor hecha gozo hasta que los dos estuviésemos puros, satisfechos y libres de deseo.

Magdalena, por el contrario, nunca me hizo sexo oral y nunca tuve el coraje de pedírselo. Yo, en cambio, la complací muchas veces, por placer y estrategia, buscando que ella encontrara a un gran amante, esperando que sintiera reciprocidad para bajar alguna vez a mi miembro, o preso de esa ilusión femenina que confunde el placer del otro con amor del otro. Nunca lo hizo. Si me amó, a su manera, nunca bajó a mi entraña. Con el tiempo, el deseo de intimidad se transformó en mendigar sexual, en hacer de cualquier interacción con asomo de sensualidad y contacto una que pudiera llevarnos a la cama. No lo hacíamos tan seguido y, cuando ella quería, para mí era una validación, una nueva esperanza de amor o placer. Una vez me pidió que le hiciera un masaje para su espalda. Me emocioné, me excité, pero la excitación terminó rápido cuando me advirtió con firmeza y seriedad «es solo un masaje de relajación, no quiero sexo, Robi», acostándose boca abajo, algo resignada por haberla convencido de quitarse el brassier porque sería más cómodo para los dos. Magdalena disfrutaba con mi cuerpo, varias veces pude ver sus ojos en blanco gimiendo, su cuerpo disfrutando de mi ritmo, de mi falo o de mi lengua, siempre di lo mejor y ella siempre se permitió recibir placer. El desbalance estaba cuando era mi turno, o justamente ver que había un orden que los dos acordamos siempre, primero ella, tal vez yo después. Le parecía justo y se sentía buena pareja al hacer algo insuficiente para mí, que para ella era inmenso, masturbarme.

Lita conocía mi silencio. Con ella caminábamos hasta el Támesis y podíamos callar por kilómetros. Yo me perdía en mi egoísmo, ella nos buscaba callada, y nos encontraba en una mirada de silencio. Un día le dije «dime algo, cuéntame algo, Lita bonita», ella siguió caminando, sonriendo, mirando nuestros pasos. «Amor, dime algo» repetí, y ella respondió «si te aburre el silencio, Bobbie, es mejor que busques ruido en otro lado».

Me abrazaba y me rodeaba, ella hablaba en amor. Ahora la entiendo, romper el silencio y los abrazos con la palabra era mi manera de alejarnos. Era mi aprendizaje, mi dualidad: entre más cerca de mi intimidad se situaba con el silencio, entre más enamorada al punto de solo amarnos en presencia y sin acción, o sin verbo, más asfixiado me sentía. Con Magdalena lo contrario, aunque dualidad también: mi silencio la asfixiaba y yo igual, desinflado de tanto dar. Con ella fue el extremo, el rechazo involuntario, más implacable, porque ni siquiera ella lo sabía y no lo hacía intencionalmente. Empezó a alejarse emocionalmente, y yo lo sabía. De hecho, nunca la sentí tan cerca como a Lita. Cuando ella se alejaba, yo no me acercaba, por orgullo y estrategia, aunque me sentía terrible.

La dinámica se aceleraba y se repetía con el tiempo. Por unos días todo parecía estar bien, en idilio espiritual que se confirmaba con un mensaje de texto en la mañana «Robi… te “amito”, hoy hice la meditación de soltar y me quedé pegada a tu recuerdo, pasé una linda noche anoche, gracias por la discusión que tuvimos, que se transformó en la meditación de esta mañana». Una vez más habíamos logrado escapar de un desencuentro, después de discutir mucho, cada uno desde su aparente espiritualidad y los dos agotados de llorar y ceder, volvíamos a amarnos con un gesto NuevaEra «prometo amarte sin condición, Maga», ella respondió «y yo quiero verme en ti y soltar mi juicio de ti que es una proyección de mí, Robi». Yo era feliz nuevamente en la reconciliación, me convencía de que todo iría bien esta vez y para siempre, me resonaba y visualizaba la experiencia como una historia romántico-espiritual, me repetía como un mantra «fue una decisión cósmica haber soltado a Lita para vivir el amor místico con Magdalena». Todo era fluir, sonreír, besarnos en miradas y abrazos, nos encontrábamos para amarnos en su casa, en mi estudio o en WhiteHole y… unos minutos después, Magdalena ya no estaba. Aunque seguíamos caminando juntos, tomados de la mano y llamándonos pareja, ella estaba ahora en su móvil, su carrera, sus posturas de yoga y varias otras prioridades aún por conquistar, porque yo ya había sido conquistado.

Mientras ella se ausentaba, yo seguía fijado en ella, entregado, abierto, planeando la próxima frase, queriendo romper el silencio como lo hacía con Lita, pero esta vez, para intentar acercarnos, ya no por asfixia. En esos momentos le decía algo para recuperarla, pero respondía rápido y sonriendo, no distante, sino ausente; sonreía de formalidad, como evitando que la distrajera de sus pensamientos o prioridades donde yo no estaba invitado. Me molestaba, me frustraba su sonrisa, por eso prefería al menos provocar su ira, y la encontraba con una disputa espiritual nuevamente, porque así al menos me tendría en su presente. Fueron pocos los silencios amorosos con ella, siempre estuve ansioso pensando qué hacer, qué decir, cómo estar, en un soliloquio intranquilo que, cuando se lo compartía, ella no entendía y solo me decía «deja el drama».

Empiezo por la que más amé (el hogar de aceptación total llamado Lita) y la que más sufrí (el camping de rechazo radical llamado Magdalena), pero no son el final, no son el futuro ni el presente, pues terminó siendo Anandre, la que amo realmente. La cumbiera espiritual, la que le gusta cantar, bailar, callar y follar; la que disfruta por la puerta de atrás, porque solo así hay algo de oscuridad y pecado en medio de tanta luz e inocencia que respiro a su lado; la que entra todavía en vergüenza inocente al mirarme a los ojos mientras nos amamos penetrados, porque se pierde en mí. No hablo de ella aquí, porque la verdad no se puede escribir o describir, porque sería incluirla en la dualidad de mi pasado y ella es la unidad de mi presente. Anandre no hace parte de las mujeres más importantes en mi vida, ella es la mujer y el amor de mis vidas. Ella no entra en ese grupo, las protagonistas de este libro, las mujeres que amé en luz y oscuridad, que a través de su dualidad me llevaron a trascenderla y a estar completo para ella, la cumbiera espiritual. Anandre no hace parte de este libro porque en un capítulo, un libro o una trilogía no alcanza para hablar de ella. Mi cumbiera espiritual da para dejar la evocación, el aroma en pocas palabras y momentos infinitos que dejan huella de lo que es el amor completo, real, inocente, libre, sexual y espiritual que ella y yo somos ahora. Menos palabras te dedico cumbiera, Anandre, más te das cuenta de que eres la unidad, la que baila conmigo en la vida y la muerte, en la eternidad presente.

En honor a ti, porque Lita, Magdalena, Amatista y Gaia fueron los ríos que desembocaron en tu océano. Hasta aquí la introducción a la dualidad del amor, después vendrán Gaia y Amatista, el puente entre Magdalena y la cumbiera, las mujeres oscuras que acompañan pero sin quedarse, que aman sin entregarse.

«La dualidad en todo»

Es turno de la dualidad del propósito, una de las tres relaciones que vivimos en esta experiencia humana. La dualidad enseña a través de la relación consigo, la relación en pareja y la relación con la vida. El propósito de vivir es justamente descubrir la relación con la vida. Por lo general es una pregunta sin respuesta que se entiende al final por obligación antes de morir o en cualquier momento de epifanía en vida. Se responde en acciones de servicio y placer, de dar y recibir, a la pregunta ¿qué vine a hacer aquí?

La dualidad es en serio (y en juego) también en el propósito. Llega en un extremo, con un mensaje de responsabilidad, trabajo y disciplina. Se escucha en los influenciadores cada vez más famosos y superficiales de TEDx, YouTube o Instagram que repiten como una verdad propia lo que parece un eslogan de marketing espiritual: «tienes que hacerte cargo de tu vida y hacer lo que solo tú sabes que viniste a hacer», «todo lo que ocurre es tu responsabilidad», «haz que tu vida ocurra», «sigue a tu corazón», «tu propósito es aquello que te apasiona», «cumple tus sueños y vendrá la abundancia», «viniste a servir y si el mundo encuentra valor en tu servicio tendrás la vida de tus sueños».

Viene en juego también cuando del otro lado del propósito están los místicos, oradores NuevaEra, también superficiales y en YouTube o Instagram, entre estridentes anuncios de aplicaciones móviles que te permiten explotar el Chevrolet de tu papá para pagarte tu carrera de artes, o trabajar en un McDonald’s para que se publicite su nueva hamburguesa con el gamer favorito de tus hijos. Personajes que afirman el mensaje opuesto «disfruta el momento», «suelta el control», «vive el presente», «ama lo que haces, sin importar qué sea eso que haces, lavar un plato o servir un café por el resto de tus días, allí serás libre, cuando seas feliz en cualquier momento, lugar o situación». Todos muy ciertos, todos muy falsos.

No puedo cumplir mi propósito ni hacerme cargo si antes no disfruto e intento todo lo que puede darme la vida como experiencia, como oportunidad de servir y trabajar porque al hacerlo me conozco, puedo saber lo que quiero, decidir qué hacer de mi vida y entender que el propósito no es la acción (ser músico, salvar al mundo con mi empresa, ser mamá, etc.), sino el placer y gozo detrás de la acción, de cualquier acción. De la misma manera, no puedo disfrutar de todo lo que hago porque así no sabré lo que me gusta, no tendré esa hermosa capacidad de rechazar, de decir «no, esto no es lo que vine a hacer con este cuerpo, con esta mezcla de cultura, crianza y alma que soy, en este plano, en esta vida”. Tampoco puedo soltar el control del todo y ser feliz con lo que la vida traiga. Es un cuento de hadas para adultos que se ilusionan con volver a ser niños y tienen miedo de asumir lo más valioso que tiene el ser humano, su capacidad de elegir, asumir y tomar una postura de vida.

La dualidad en el propósito (trabajo, profesión, servicio) es en serio. Tanto, que a veces llego a grados de certeza, congruencia y vitalidad en lo que hago y realmente siento el propósito en mis acciones y en estas palabras de «la dualidad en uno». Pero otras veces entiendo la otra verdad, nada importa, ni este libro, ni tu like, ni tu compra. Si como existencia tenemos todo el tiempo y como experiencia todo el espectro, tarde o temprano ocurrirá lo que debía ser. Me sorprendo y me ilusiono imaginando mi vida, nuestras vidas, el complejo presente de humanidad cambiando un billete o una hora de trabajo por un respiro y una reflexión. Me pregunto: ¿Para qué tanto afán de lograr?, ¿cuánto me nutre sentir que salvo al mundo?… ¿a quién estoy salvando y de qué?

Mientras me entrego al propósito, este me pregunta su dualidad. Si el propósito más noble que podría vivir se me escapó cuando en su momento dejé ir un beso de la cumbiera, un abrazo de mi madre o un respiro de mí por unos minutos más de trabajo, en este punto, francamente no me importa. Y que no me importe nada me libera todo, me deja en posición de decidir y rechazar con gusto lo que no vale, de permitirle entrada solo a lo fundamental.

Mi historia profesional es un cuento de hadas, aburrida, sin riesgos, necesidades o retos, pero real. Un mal generacional de quienes tenemos todo, muchas opciones y pocas pasiones. Fue un síndrome de Peter Pan, o «Pedro Paila» traducido al español de mi tierra. Ese síndrome que nos damos el lujo de vivir solo quienes contamos con la opción de poder estudiar en la universidad, y además decidir qué estudiar. Pedro Paila es el que no quiere crecer a tiempo porque no tiene afán ni necesidad y toma el camino fácil, le parece cool no saber qué estudiar, para qué servir, y no entiende lo que apasiona en su vida como actividad creativa y de servicio.

Estudié una carrera que me desconectaba y no me inspiraba, sonaría más alineado con la historia decir que mi carrera fue en psicología, literatura, antropología, bellas artes, música, danza o teatro. Aún más riesgoso y apasionante decir que lo dejé todo y me fui de viaje a la India, Bali o Ushuaia para estudiarme a mí. Pero la insípida verdad es que estudié negocios. Con el perdón y absoluto entendimiento de quienes también la han cursado, es una carrera que va en contradicción con el bohemio, hipster y hippie que cada cual lleva en su juventud.

De cualquier modo, la vocación espera, pueden pasar años o toda la vida, ella no tiene afán porque siempre llega y, efectivamente, la fui adquiriendo con el tiempo. Cuando hay algo de esencia que se deja abierta, deshojándose sin ser cosechada, una onda de luz o una gota de intuición se escapan por más apretado que esté el presente con el deseo de lograr y pretender. El propósito se cuela profundo, como una humedad de sótano que absorbe, como la selva amazónica después de una lluvia atardecida hasta bien entrada la noche.

En ese momento, el propósito de vida no lo sabía ni me interesaba, no me conocía y todo había sido fácil. Cero poesía, solo armonía superficial, vergüenza y facilidad de ser inteligente y atractivo, al menos más que el promedio. Estudié negocios y para mí fue como una extensión de los años de colegio con algunos cambios por ser mayor de edad; cupo en la mejor universidad, primeros puestos académicos sin ser el primero porque no era cool e implicaba mucho esfuerzo, un auto para ir desde mi ascensor de penthouse hasta el parqueadero privado con mensualidad, y la aparente libertad de salir a tomar cerveza todos los viernes.

Más que una decisión, fue conformarme con la sugerencia del segundo a bordo que mejor me conocía y más influía en mí, mi padre. No lo culpé entonces, mucho menos ahora, no es una historia de ausencia de apoyo, de libertad coartada, o de presión económica, psicológica o emocional para hacer lo que el padre decreta. Yo «solo», en el sentido de simpleza y también, de cuando estaba conmigo, no sabía quién era, y lo más práctico, fast food learning, y ligeramente diferente a la economía (la carrera que estudió mi padre), era estudiar negocios. Asimismo tendría la excusa, para mi conciencia y para la opinión externa de responder cuando alguien lo sugiriera, por qué no había seguido los pasos de mi padre.