La era de lo tóxico - Clotilde Leguil - E-Book

La era de lo tóxico E-Book

Clotilde Leguil

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Beschreibung

En los últimos años un nuevo término ha invadido la manera que tenemos de explicarnos: el de lo tóxico. Lo encontramos en todas partes. ¿Una relación amorosa que consume el tiempo y la energía de las partes? Tóxica. ¿Un jefe que no valora el trabajo hecho? Tóxico. La facilidad con la que recurrimos a esta palabra para definir aspectos de nuestra vida en común esconde el sufrimiento del sujeto afectado que es incapaz de reconocerse a sí mismo. El toxikon, veneno en el que los bárbaros impregnaban las flechas, ha trascendido el campo de la química para abarcar la esfera de las relaciones interpersonales. ¿Cómo aproximarse a esta nueva sustancia que se desliza entre nuestras relaciones y que expresa nuestra angustia y vulnerabilidad? Clotilde Leguil vuelve a iluminar las fronteras que nos separan del otro y que permiten, con frecuencia, que nos afectemos física y psíquicamente. Para ello, sigue los rastros de lo tóxico más allá de la filosofía: en las novelas de Musil y Flaubert, en los tratados de Sade. Como si de un espejo se tratara, este libro nos pone ante la dimensión tóxica del sujeto contemporáneo que, al apostar por el goce, ha olvidado el deseo.

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Seitenzahl: 235

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Clotilde Leguil

la era de lo

tóxico

ensayo sobre el nuevo malestar en la civilización

Título original en francés: L’ère du toxique: Essai sur le nouveau malaise dans la civilisation

© Presses Universitaires de France / Humensis, 2021

© Clotilde Leguil, 2021

© De la traducción: Alfonso Díez

De la corrección: Marta Beltrán Bahón

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Ned ediciones, 2025

Primera edición: febrero, 2025

Preimpresión: Moelmo SCPwww.moelmo.com

eISBN: 978-84-19407-59-7

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Ned Edicioneswww.nedediciones.com

Índice

«Tóxico»

I. El momento de lo tóxico

Lo tóxico, una nueva metáfora

En busca de un límite

El veneno de nuestro tiempo

II. Una sustancia de un género nuevo

Una inversión de sentido

Dramaturgia del veneno

Malestar de lo tóxico

El sujeto afectado por lo tóxico

III. La flecha del toxikón

Arqueología del tóxico

Flecha envenenada

Suplicio de Heracles

IV. Malestar, herida, angustia

Lo tóxico como prueba

Alquimia maldita

V. Con Musil, una inmersión en la experiencia tóxica

Exploración de las tinieblas

Un pacto de sometimiento

Efracción del cuerpo por el veneno

Los tres tiempos de la experiencia tóxica

VI. La deriva tóxica de Törless

Un contra-cogito

En busca de un antídoto

La carta al padre

El asco como límite

VII. «Kant con Sade», o el superyó tóxico

Versión original del superyó

Un desajuste

Imperativo sadiano

Un nuevo avatar del superyó

El límite del deseo

VIII. La intoxicación amorosa de Emma Bovary

Elogio de la intensidad

Del filtro amoroso a lo tóxico

Embriaguez amorosa

El relato del goce de Emma

Cosas maravillosas vistas y oídas

IX. Crítica del poder tóxico

Lo tóxico de la multitud

Management tóxico

Revuelta contra el patriarcado

Crítica del monopolio del goce legítimo

Un sentimiento de traición

X. Lo tóxico, irrespirable

Angustia real

Cuestionamiento del planeta por lo tóxico

Forzamiento de los límites de lo vivo

XI. Goces del futuro

Deriva de la ciencia

Desaparición de los límites en la guerra

Crímenes del futuro

XII. Antídoto

La inyección de palabras

El envenenamiento de Irma

Pharmakón

Las tinieblas del Verbo me envenenan y me inmunizan

Bibliografía

Agradecimientos

«Las tinieblas del verbo me aturden y me inmunizan».

René Char1

1. Char, R., «Feuillets d’Hypnos», en Fureur et Mystère, Gallimard, col. «Poésie», París, 1962, pág. 107 [trad. cast.: Hojas de Hipnos, Visor, Madrid, 1996].

«Tóxico»

La palabra «tóxico» designa ahora un nuevo campo de la experiencia. Este ensayo es un intento de interpretarlo, de descifrar sus coordenadas secretas.

Tras el enigma del consentimiento, tras los grados del «dejarse hacer», tras la zona del forzamiento explorada en Ceder no es consentir,2 quería sumergirme en las brumas de lo «tóxico», de lo que es llamado tóxico. Tenía la intuición de que lo tóxico podría permitirme arrojar luz sobre esa extraña región de la existencia en la que el sujeto es presa de una pulsión destructora, en la que el sujeto fuerza su propio consentimiento, en la que el sujeto se deja llevar por un goce que acaba asfixiándolo. A los tres grados de «dejarse hacer» que quise distinguir primero, añado aquí un grado más primordial, un grado que está en la raíz de la relación con el otro, en el que el sujeto se deja intoxicar sin darse cuenta de lo que le sucede.

En mi opinión, lo tóxico define un nuevo lugar en la relación con el otro y un nuevo sujeto. La experiencia tóxica se sitúa en la frontera entre el «sí» y el «no», en un lugar en el que el sujeto no ha visto venir la cosa tóxica. La experiencia llamada tóxica inocula en el cuerpo una sustancia extraña, como la punta de una flecha envenenada que se hubiera clavado en la carne. Nos hace respirar un aire que, como el aliento tóxico de la Hidra de Lerna, pone en peligro al viviente.

Lo tóxico es un nuevo veneno. Como una auténtica túnica de Neso —recordemos la túnica empapada de veneno que viste Heracles al final de su vida—, lo tóxico penetra por todos los poros de la piel. Una vez inoculado el veneno, el sujeto siente instaurarse en su cuerpo una nueva exigencia, la de una pulsión que ya no lo suelta. Lo tóxico es el nombre de esa cosa en mí, en nosotros, que nos conduce a dejarnos llevar a la deriva. Es el nombre de esa cosa que me lleva a descubrir en mí a un sujeto distinto al de la conciencia, distinto también al de la palabra y el lenguaje, un sujeto que se acopla con el cuerpo, un sujeto de goce.

Lo tóxico se encuentra precisamente en ese lugar donde algo del otro ha llegado a afectar a mi cuerpo. No a un cuerpo cualquiera, sino a micuerpo.

2. Leguil, C., Ceder no es consentir. Un abordaje clínico y político del consentimiento, Ned Ediciones, Barcelona, 2023.

I El momento de lo tóxico

Lo tóxico ha cambiado de sentido al mismo tiempo que nosotros hemos cambiado el mundo. Lo que se llama tóxico en el siglo xxi no es lo que era llamado así en siglos anteriores. Mientras que antes existían los tóxicos, con sus efectos, ya fueran medicinales, ya nocivos, hoy existe lo tóxico. Mientras que antes existían los paraísos artificiales, el veneno que ahonda la voluptuosidad y produce una nueva alquimia del dolor, mientras que antes existían el vino y el opio que podían «llenar el alma más allá de su capacidad»,3 hoy existe lo tóxico que inquieta, que se propaga, que se difunde entre los seres, por los intersticios del mundo, entre la presencia humana y aquello que la sostiene, la Tierra. Si antes existía la poesía de los venenos dulces, que ahuyentaban el spleen y alimentaban los sueños, infundiendo en los cuerpos «un deseo eterno y culpable»,4 ahora existe lo tóxico que produce una nueva forma de angustia.

El campo de la toxicidad se ha desplazado para extenderse más allá de las sustancias químicas, en un lugar distinto del de los estupefacientes. El nuevo campo de lo tóxico desborda la esfera de las adicciones y ya no se limita al mundo de los objetos o productos cuyo efecto era considerado tóxico. Lo tóxico, aplicado ahora a la palabra, a las relaciones y a la vida sexual, es un nuevo tipo de sustancia. Lo tóxico se ha extendido a los demás, a la virilidad, a los padres, al amor, a la gestión, al progreso, a la sobreexplotación de los recursos de la Tierra. ¿No vivimos acaso en la era de lo tóxico?

El eterno retorno de este término en la lengua indica una nueva extensión del campo de lo tóxico, pero también una insistencia sin precedentes. Lo tóxico parece estar en boca de todos. Es como si el discurso de cada cual, en un momento u otro, topara con lo tóxico. «¿Has dicho tóxico?». Encrucijada significante por la que pasa el sujeto, para expresar lo íntimo, pero también para rechazar algo que viene del otro, del lazo social, de la civilización globalizada, lo tóxico parece nombrar una nueva falla. Parece decir algo a lo que nuestros labios no pueden acostumbrarse, lo que nos hace sufrir y nos destruye, la infame poción que nos han hecho beber y que nos ha envenenado.

Lo tóxico, una nueva metáfora

Debo admitir que, al principio, incrédula ante su meteórico ascenso, o quizá su nuevo valor, este término no formaba parte de mi lengua ni de mi forma de hablar. Incluso desconfiaba de esa palabra, como si pudiera ser ella misma lo mismo que significa, tóxica... Una expresión de moda que todo el mundo utiliza sin saber qué quiere decir, o tal vez para designar precisamente lo que no entendemos y nombramos por mimetismo, por contagio. Tóxico... Tóxico... Tóxico...

Pero, poco a poco, esta palabra se me fue imponiendo. A medida que la oía, utilizada por quienes hablan de sus males, sus tormentos y sus angustias, me empezó a sorprender ir distinguiendo el lugar que ocupaba, observando en qué punto surgía. Y, como todo el mundo, empecé a hablar de lo que me parecía tóxico, para designar lo que produce un efecto nefasto en el sujeto, lo que de algún modo lo ha envenenado, lo que ha tenido un efecto nocivo del que no le es posible separarse y le produce un afecto de malestar, a menudo a posteriori. Incluso empecé a pensar que este término era adecuado para describir ciertos abusos de poder, para nombrar lo que constituye una violación, para designar las consecuencias de ciertos discursos, o incluso los efectos de los objetos de la industria tecnológica que parasitan la psique, obligándonos a no pensar, a acelerar nuestro movimiento, a tratar de ganar tiempo para no tenerlo al final en absoluto, a no poder pensar nada por no ir paso a paso... ¿Has dicho tóxico? Sí... tóxico, he dicho tóxico.

Entonces empecé a apreciar todo el alcance del término, su recurrencia constante en el habla cotidiana, pero también en el discurso más secreto. Tomé conciencia de su nuevo alcance, desde lo íntimo a lo político pasando por lo social. Lo tóxico no era solo una forma de decir rápida, cómoda, muy de moda, un comodín —eso pensaba yo antes—, un término que sería el «último grito», como hubiera dicho Lacan. Me di cuenta de que este término estaba haciéndose un lugar en el lenguaje, y que acudía para decir algo real que, sin embargo, era difícil de dilucidar. Lo tóxico ha llegado sin ser invitado a las relaciones humanas, al corazón de los encuentros y los discursos. Se ha introducido en nuestra relación con el mundo y con los objetos del mundo, ya sea real o virtual. Pensé, no que lo tóxico solo hablara de la forma en que hablamos, sino que revelaba el modo en que siempre buscamos una palabra para decir lo real. Lo tóxico era quizá el lugar de una experiencia nueva, de una metamorfosis en nuestra relación con el mundo y con los demás. En virtud de su novedad y de su extensión inédita, ¿no estaba lo tóxico transmitiendo un mensaje sobre nuestro malestar, sobre nuestra época? ¿Y si lo tóxico dijera algo verdadero, incluso algo real, sobre el momento presente, el momento de lo tóxico?

Dejarlo resonar, recogerlo, verlo arraigar aquí y allá, me llevó a darme cuenta de que, efectivamente, lo tóxico se ha convertido en una de las palabras clave de nuestro tiempo. Lo tóxico es una experiencia impalpable que designa un nuevo malestar, en la encrucijada de los más íntimo y lo más colectivo. Lo tóxico se ha convertido en el nombre de un nuevo fenómeno, o quizá sea el nuevo nombre de un fenómeno que ha cambiado de significación al mismo tiempo que nosotros hemos cambiado de mundo.

Entonces, ¿qué es eso tóxico, que está en todas partes, tanto en el habla cotidiana como en el discurso culto? Más allá de cualquier psicología de las llamadas personalidades tóxicas, este nuevo campo nos invita a explorar la significación clínica, psicoanalítica y ética de una palabra que señala un peligro. En vez de utilizar el término como núcleo de una nueva psicología, o como una etiqueta que pegar a las cosas, propongo darle un alcance del todo nuevo. Lo tóxico es una metáfora.

Propongo tomar este término como el que designa un nuevo foco de sentido, un nuevo régimen del malestar, una nueva angustia, un nuevo peligro. Del mundo de las sustancias, lo tóxico se ha trasladado al mundo de las relaciones con los demás, y también al mundo de las relaciones con lo que antes se llamaba Naturaleza y ahora se denomina los seres vivos o el planeta. Lo tóxico es lo que nos pone en peligro a cada uno de nosotros en la intimidad de nuestras existencias, pero también lo que pone en peligro a la civilización. Al igual que las llamadas sustancias tóxicas pueden poner en peligro a los seres vivos, lo tóxico actúa como un aire impalpable que nos envenena. ¿No estamos quizás en un punto en el que este peligro de lo tóxico produce una nueva angustia, que reclama un límite?

Es en torno a estos tres términos —lo tóxico, la angustia, el límite— que se puede trazar el territorio de lo tóxico, interpretar la significación que adquiere este término en el discurso de nuestra época y las consecuencias psíquicas que de él se derivan.

En busca de un límite

Decir «tóxico» es expresar angustia ante una amenaza intangible. El peligro está tanto del lado del otro como en nosotros mismos. Es un peligro interno, pero que se alimenta de cierta relación con el exterior. Indica una proximidad peligrosa a una amenaza y un esfuerzo por restablecer la distancia para separarse. Lo tóxico cuestiona así los límites de nuestro cuerpo y nos obliga a reconocer que no somos individuos separados unos de otros, ni separados de los demás seres vivos, y menos aún del planeta en el que vivimos. Lo tóxico pone en tela de juicio al sujeto que habla, al sujeto atrapado en el logos, al sujeto del orden del discurso, y hace surgir un sujeto desplazado de su cuerpo por una nueva sustancia. Sensibles a esa cosa que es tóxica, esa cosa que circula entre los seres, sentimos como una intrusión en nuestros cuerpos. Lejos de ser cuerpos desmaterializados, somos cuerpos intoxicados. Por eso, la metáfora de lo tóxico nos invita a pensar en el peligro que nos amenaza desde un nuevo abordaje de la sustancia. La metáfora de lo tóxico nos invita a pensar en «la fase sensible del ser vivo»,5 la fase sensible del ser hablante, que experimenta el dolor y el placer, que topa con la angustia y la pulsión.

Por tanto, lo tóxico está en mí, pero también procede del otro. En el sentido actual, lo tóxico se sitúa entre el sujeto y el otro, entre el cuerpo de uno y el cuerpo del otro, entre las palabras pronunciadas y las escuchadas, y circula como partículas invisibles pero nocivas entre los vivos. Nos obliga a darnos cuenta, a veces de forma desagradable, de que las palabras del otro penetran en nuestra carne como un veneno, sin contar con nuestro consentimiento. Nos obliga a tomar la medida de nuestra sensibilidad ante las palabras que nos entran por los oídos, y ante aquellas a las que nos vemos sometidos por la civilización. Nos lleva a tomar la medida de todo lo que nos separa de los avatares, los cyborgs y otros mutantes. Padecemos la toxicidad igual que nos hacen sufrir las frases que nos hieren, los gestos que nos obligan, las voluntades que violan nuestro pudor. Ciertas palabras permanecen incrustadas en nosotros, igual que una sustancia de la que hemos abusado y que no podemos eliminar. Es como si estuviéramos envenenados.

Lo tóxico nos invita a reconfigurar nuestra condición humana a varios niveles, desde el nivel íntimo hasta el de la civilización. Nos obliga a darnos cuenta de que, en el ámbito del goce sexual, traspasar ciertas fronteras tiene consecuencias devastadoras para el propio sujeto. Esta toxicidad del forzamiento del goce se extiende también a la relación del ser humano con su entorno. Nos obliga a comprender que al destruir los recursos del planeta, al agotarlos, al obligar a la naturaleza a responder cada vez más rápidamente a nuestras exigencias, también nos estamos destruyendo a nosotros mismos.

En suma, lo que podría calificarse de tóxico es el mismo virus que empuja a gozar, cada vez más, de los recursos de la Tierra y de los cuerpos de todos y de cada uno. Este virus no es el de una enfermedad identificable. Es el virus que afecta a los individuos de la civilización del siglo xxi, la civilización que obedece a un imperativo de goce del que es difícil escapar. Es el mismo virus que nos ordena gozar cada vez más en el terreno de la vida sexual —hasta el punto de no conseguir desprendernos de algo que no deseamos— y que nos exige forzar los recursos de la Tierra hasta el agotamiento. «Tengo derecho a gozar del planeta y de todos sus bienes, tengo derecho a gozar también de todos los cuerpos, sin que nada me detenga en el capricho de las exacciones que me apetece saciar»: tal sería la máxima inquietante para la acción a la que hemos llegado al final de una larga historia de progreso. «Tengo todos los derechos, dado que mi goce exige cada vez más».

¿No ha surgido acaso lo tóxico en el lenguaje para cuestionar, en este momento, una nueva exigencia que se nos impone, la del goce? ¿No significa, por tanto, la búsqueda de un límite? ¿No significa que buscamos un límite capaz de preservar el territorio de nuestro deseo?

El veneno de nuestro tiempo

Antes de hacer su entrada en el ámbito del amor y la vida sexual, lo tóxico apareció por primera vez en el campo de la ecología, como parte de un discurso que cuestionaba la carrera hacia el progreso. En el siglo xx, el progreso impulsado por las transformaciones de la Revolución Industrial del siglo anterior fue el ámbito donde el término «tóxico» encontró un nuevo uso, después del término «estupefacientes». Lo tóxico surgió, primero, como lo propio de una industria contaminante que acaba arrasando la diversidad de los organismos vivos. Primavera silenciosa. Silent spring. En 1962, la bióloga Rachel Carson6 nombró, inspirándose en el verso de John Keats «and no birds sing», el efecto producido por los biocidas en la cadena de la vida. El silencio de un mundo despoblado de seres vivos por la contaminación tiene su eco en el cine futurista. Ya no hay árboles, ya no hay flores, ni pájaros, ni insectos, ya no quedan animales, solo un paisaje grisáceo nublado por humos tóxicos: así es el mundo de la película Soylent Green (Cuando el destino nos alcance, de Richard Fleischer, 1973). No queda nada que comer, salvo tabletas de soja fabricadas por un procedimiento misterioso por la industria alimentaria. Un mundo plagado de tantas partículas de polvo que ya no es posible ver la luz del sol. Es preciso encontrar otro planeta para reiniciar la historia de la vida humana: así empieza Interstellar (de Christopher Nolan, 2014). Un mundo aún desprovisto de color, donde el único rastro de vida que queda es un árbol muerto, testimonio de una época pasada. Así empieza la historia de K., el héroe de Blade Runner 2049 (de Denis Villeneuve, 2017). La ciencia ficción lleva denunciando la toxicidad desde los años 1970.

El calificativo «tóxico» empezó a aplicarse a los seres humanos para describir lo que el hombre le está haciendo a la naturaleza, lo que la industria le está haciendo al medio ambiente, lo que la civilización le está haciendo al planeta. Ciertas actividades humanas debilitan nuestro entorno, dañan a los seres vivos, perjudican a los ecosistemas envenenando los suelos, destruyendo los bosques, colonizando la Tierra sin dejar nada a salvo. En este sentido, lo tóxico arroja sospechas sobre la carrera por el progreso, que no está haciendo el mundo más habitable, sino cada vez más invivible. Lo tóxico cuestiona así el valor de la consigna «¡A modernizarse!». Bruno Latour7 demuestra que este imperativo es un callejón sin salida, porque ignora sus consecuencias destructivas para el planeta.

Pero en este primer cuarto del siglo xxi se ha dado un paso más. Desde ahora, utilizamos la palabra «tóxico» para referirnos a la vida íntima. «Tóxico» es la palabra que se utiliza para describir la violencia de ciertos comportamientos sexuales que instrumentalizan los cuerpos de otras personas, mujeres y niños por igual. «Tóxico» es el término que se usa para describir la imparable exigencia de goce que socava la singularidad de cada historia. «Tóxico» se emplea para describir la violación de la prohibición fundadora de la civilización, la del incesto, que es también condición para la subsistencia de la palabra. Decimos «tóxico» para describir la excesiva proximidad de un padre a su hijo, para describir las devastadoras secuelas de una relación amorosa, decimos «tóxico» para describir los lugares donde nos hemos extraviado, las experiencias en las que nos hemos maltratado, forzándonos a nosotros mismos. También decimos «tóxico» para significar «esto ya es demasiado». Igualmente, utilizamos esta palabra para referirnos a los discursos sin matices que pueden llevarnos a creer en conspiraciones, manipulaciones y explotaciones, y que socavan el registro de la palabra y la verdad. Ciertos discursos parecen volvernos vulnerables porque afectan a nuestra propia relación con la vida, haciendo mella en la confianza en los demás y, a veces, en la propia democracia. Estos discursos están más allá de lo verdadero y de lo falso. Son más semejantes a un veneno que a un saber. «Fake news» o «posverdad» son expresiones que utilizamos hoy para describir informaciones que desatan una respuesta pulsional, suscitan agresividad e imponen una visión reductora del mundo, allanando el camino para la ruptura del vínculo social. También utilizamos la palabra «tóxico» para referirnos al tipo de gestión que produce sufrimiento en el lugar de trabajo. Y «tóxico» se usa para hablar del patriarcado, en la medida en que establece un modo de dominación que impone un goce en vez de regularlo.

Tal es la nueva extensión del dominio de lo tóxico. Tras haberse abatido sobre el planeta, la sombra de lo tóxico se extiende sobre la palabra y la intimidad, sobre las palabras y las cosas, sobre los imperativos de la civilización y los fragmentos del discurso amoroso. La sombra de lo tóxico se cierne sobre la civilización y produce angustia. Los antiguos denunciaban el exceso como hybris. El exceso era la desmesura y la locura de los hombres que querían igualar el poder de los dioses en un mundo donde el orden cósmico daba a cada uno su lugar. «Tóxico» es el exceso en un mundo que ya no cree en la armonía del cosmos. Es el exceso en un mundo donde cada uno explora en sí mismo un goce sobre cuyos límites se interroga. El goce excesivo, ya no castigado por los dioses y a menudo tampoco por el hombre, da lugar sin embargo a lo tóxico. La experiencia tóxica afecta a nuestro deseo embruteciéndolo y lesionando nuestro sentido de la vida. «Tóxico» se utiliza para describir una forma de asfixia del ser producida por un goce en exceso. Decimos «tóxico» para decir que deseamos otra cosa.

¿Cómo hemos llegado a dejarnos intoxicar y envenenarnos a nosotros mismos? ¿Cómo hemos llegado a participar en nuestra propia intoxicación? ¿Ha dado la civilización un giro hacia lo tóxico? Algo va mal en nuestro mundo, algo nos está volviendo frágiles. El nuevo campo de lo tóxico sería como su síntoma. Lo tóxico designa a posteriori una experiencia peligrosa, cuyo poder intoxicante no habíamos medido. Inconscientes del veneno que se nos estaba inoculando, habíamos dejado que lo tóxico se introdujera en nosotros. Puede que incluso hayamos gozado de él, sin comprender la dinámica de la experiencia tóxica en la que nos estábamos extraviando.

Por tanto, planteo que tóxico, en singular, se ha convertido en el término con el que se nombra nuestro malestar. Lo tóxico es el veneno de nuestro tiempo. Describe lo que asfixia el pensamiento, la palabra y el deseo. Lo tóxico, como un aire impalpable procedente del otro y de la civilización, abrasa nuestros pulmones.

¿Lo tóxico no nombraría quizá ese espectro turbio de la experiencia —del placer al dolor y más allá de ambos— que nos agita y nos consume? ¿No sería el modo de decir algo insondable que nos enfrenta a un goce nocivo?

3. Baudelaire, Ch., «Poison», Les Fleurs du mal, Gallimard, col. «Poésie», París, 1972, pág. 84 [trad. cast.: Las flores del mal, Abada, Madrid, 2013].

4. «Destruction», ibid., pág. 155.

5. Lacan, J., «Conférence à Baltimore», 1966, en La Cause du désir, n° 94, pág. 15.

6. Carson, R., Printemps silencieux, Wild Project, col. «Classiques», París, 2020 [trad. cast.: Primavera silenciosa, Crítica, Barcelona, 2023].

7. Latour, B., Où atterrir ? Comment s’orienter en politique, La Découverte, París, 2017 [trad. cast.: ¿Dónde aterrizar? Cómo orientarse en política, Taurus, Madrid, 2019].

II Una sustancia de un género nuevo

Freud menciona la toxicidad al principio de Elmalestar en la cultura, a propósito de los métodos para evitar el sufrimiento.

No se trata todavía de nuestro tóxico, lo tóxico del que yo hablo aquí, sino de su sentido propio, el de los tóxicos. Freud enumera los diversos medios de que dispone el ser humano para eludir el sufrimiento. Hay que decir que en la civilización no hay nada previsto para la felicidad del individuo. Lo primero es el malestar. Esa es la premisa de Freud. Vivir es soportar penurias, sufrir física y psicológicamente, ver peligrar constantemente el propio equilibrio a causa de accidentes y acontecimientos imprevisibles que nos dejan a todos en la angustia. Resulta necesario buscar formas de evitar el sufrimiento. Para algunos, esto significa obtener satisfacción a través de sus propios esfuerzos, mediante el trabajo, la creación y la sublimación de las pulsiones. Para otros, se trata de intentar independizarse de las exigencias pulsionales constantemente frustradas y aprender a dominarlas.

Freud menciona la sabiduría oriental y la práctica del yoga, tan central en nuestro tiempo, como posibles formas de intentar controlar nuestras pulsiones, o incluso de extinguirlas para sentirnos en paz con nosotros mismos. Pero estos dos métodos no siempre son fáciles de seguir. El novelista Emmanuel Carrère, en su libro Yoga,8 testimonia los beneficios, pero también los límites de esta práctica, enfrentado como se encuentra él mismo al calvario de un intenso sufrimiento subjetivo.

Son caminos que podemos tomar en determinados momentos de la existencia, siempre que tengamos una fuerte determinación interior, pero no son garantía contra el sufrimiento. La forma de evitar el sufrimiento que está al alcance de todos es el uso de sustancias tóxicas, porque tienen un efecto inmediato en nuestro organismo. Los tóxicos proporcionan un alivio momentáneo del sufrimiento, la ansiedad y la angustia.

Una inversión de sentido

«El método más brutal, pero también más eficaz, para obtener tal influencia es el método químico, la intoxicación», escribió Freud; «es un hecho que existen sustancias ajenas al organismo cuya presencia en la sangre y los tejidos nos proporciona sensaciones inmediatas de placer, pero también modifica las condiciones de nuestra sensibilidad hasta tal punto que nos volvemos incapaces de percibir impresiones de displacer».9 Como vemos, Freud reconoce el poder aliviador del «quitapenas». Es una respuesta a la experiencia de sufrimiento que actúa inmediatamente a nivel del cuerpo y de la propia experiencia. Es una respuesta rápida y eficaz, que cortocircuita los meandros de la palabra y del pensamiento, calma el cuerpo y permite recuperar una forma de éxtasis. ¡Deprisa y sin demora! Es compresible que resulte tentador recurrir a las drogas. Nos proporcionan un respiro momentáneo ante lo que nos sucede, ahuyentando la insatisfacción, la tristeza, el sentimiento de vulnerabilidad frente al mundo y nuestro destino, pero sobre todo el sufrimiento derivado de las relaciones con los demás, que «experimentamos quizá más dolorosamente que ningún otro».10 ¡Qué bicoca, ese tóxico! Ya no es preciso atormentarnos con lo que se nos atasca en la garganta, con lo que esperábamos de otro y no recibimos, o incluso con lo que deberíamos hacer nosotros mismos para salir del paso.

«Como todos sabemos, con la ayuda del quitapenas es posible eludir la presión de la realidad en cualquier momento y refugiarnos en un mundo propio, con las mejores sensaciones».11 Refugio, huida, protección: estos eran los términos utilizados en la época de Freud para describir los efectos buscados mediante el uso de sustancias tóxicas.