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Bailando con un príncipe... No podía creerlo, pero allí estaba ella, Shannon Harper, camarera de Dallas, en el baile junto al príncipe Marco. El problema era que la creía la mujer con la que le habían concertado en matrimonio. Ella solo había aceptado hacerse pasar por la princesa como un favor, pero no esperaba conocer a Marco. Shannon sabía que debía marcharse de allí cuanto antes, pero ¿quién podría resistirse a los encantos y a los abrazos del príncipe? Después de todo, todavía no era medianoche...
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Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Helen Conrad
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La falsa princesa, n.º 1424 - agosto 2016
Título original: Counterfeit Princess
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8697-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
DÉJATE de rodeos, Jordan, y dime lo que has oído de la princesa Iliana. Y sé lo más específico que puedas, pues quiero saber exactamente en qué me estoy metiendo.
El príncipe Marco Roseanova, de la Casa Real de Nabotavia, miró con dureza a su ayuda de cámara. A aquel hombre le confiaría su vida, pero ¿confiaría en él para que le contara los cotilleos locales?
—Tiene un poco de mala fama, Alteza —Jordan pronunció las palabras con mucha cautela, obviamente ocultando algo.
—Necesito saber los hechos si voy a hacer algo al respecto —dijo Marco con un suspiro.
—Dicen que su… —el largo rostro de Jordan siempre tenía expresión lastimera, pero en esos momentos se contrajo en una mueca de desagrado, como si le molestara el olor de la loción que Marco se estaba aplicando en su esbelta y atractiva cara— que su novio es un gángster.
De repente Marco se sintió agotado. Si hubiera tenido oportunidad de elegir, no se habría casado con nadie, y mucho menos con la princesa Iliana. Ya le habían prevenido contra ella personas muy allegadas a él, pero no había servido de nada. Marco había ido a Dallas, Texas, para asistir a un baile benéfico anual organizado por la comunidad nabotava, y al mismo tiempo para conocer a la mujer con la que tenía que casarse. Le había prometido al rey Mandrake de Alovitia que se casaría con su hija, y eso significaba que debía mantener su palabra.
Marco estaba destinado a ocupar el trono de Nabotavia muy pronto, pero la ley le exigía tener una reina, y sus dos hijos necesitaban una madre. Pero, siendo viudo desde dos años atrás, no tenía el menor deseo de empezar una relación.
—Creo que podremos convencerla para que abandone sus hábitos poco recomendables —dijo, agarrando la chaqueta del esmoquin—. Vamos a conocer a esa princesita salvaje.
Jordan hizo una ligera reverencia y se volvió para abrir la puerta. Los dos bajaron en el ascensor sin decir palabra, y cuando llegaron a la sala de baile, atestada de gente que esperaba en el rellano de la escalera a ser anunciados, intercambiaron una mirada y se dirigieron hacia la entrada.
—Es el príncipe de la Corona —dijo alguien, y la multitud empezó a apartarse, permitiéndoles el paso hasta lo alto de las escaleras, donde un mayordomo iba anunciando con un micrófono a los invitados a medida que iban llegando.
—Ahí está —murmuró Jordan—. Es esa mujer del vestido azul y la diadema.
Marco miró en la dirección indicada y se encontró con unos ojos tan desmesuradamente abiertos por la curiosidad que por un momento se sintió atrapado, incapaz de apartar la mirada. Era preciosa, tal y como la recordaba de diez años antes. Pero no esperaba encontrarse con aquella mirada límpida, ese mentón alzado, y esa ausencia total de remordimiento o desafío en el rostro. Perfectamente podría haber sido un ángel. Pero Marco sabía muy bien que no lo era.
Parpadeó y apartó finalmente la mirada, llevándose una mano al cuello de la camisa.
—Aún no puedo conocerla —le dijo a Jordan—. Voy a necesitar un buen trago antes de manejar esto.
Ni siquiera se molestó en mirar a su ayudante, pues sabía que su expresión sería de desaprobación. Pero un hombre solo podía hacer lo que podía hacer, y en esos momentos lo asaltaban demasiadas emociones y recuerdos. La Princesa era encantadora, pero el rostro de su amada Lorraine, la esposa que tan pronto había perdido, lo atormentaba en su mente y en su corazón. Necesitaba unos minutos para él mismo. Cuadró los hombros, se acercó al bar y le asintió al camarero.
—Bueno, Greta —dijo Shannon Harper, la mujer a la que el príncipe Marco había tomado por princesa, a una de los dos consejeros reales de Alovitia que la escoltaban—. Parece que el Príncipe tiene el mismo interés en conocer a la princesa Iliana que el que la Princesa tiene en conocerlo a él, ¿no crees?
—Solo está un poco nervioso —murmuró la mujer de pelo gris—. Volverá —miró hacia el hombre bajito y calvo que estaba al otro lado de Shannon—. ¿Has visto cómo la ha mirado? ¿Crees que lo sabía? Lo sabía, ¿verdad? ¡Sabe que es una impostora!
—Cálmate, Greta —le murmuró Freddy, manteniendo la compostura—. No digas nada en público. Nunca se sabe quién puede estar escuchando —se inclinó hacia ella—. No se ha dado cuenta de nada. Solo quería beber algo, eso es todo. Ya verás cómo vuelve enseguida.
Shannon miró a sus dos cuidadores. Estaba hartándose de ser tratada como un maniquí cuya única función fuera sonreír y fingir ser la princesa Iliana de Alovitia. Pero para eso precisamente le estaban pagando.
Su extraña aventura había comenzado casi dos meses atrás, cuando le ofrecieron un misterioso trabajo. Ya trabajaba a media jornada como camarera en un restaurante para pagarse sus estudios de Historia del Arte. Greta y Freddy se la encontraron allí una noche que acudieron para cenar. Se presentaron a sí mismos como consejeros del rey de Alovitia, un pequeño y casi desconocido país, que había ido a América para apoyar a la princesa Iliana. Sorprendidos por el increíble parecido de Shannon con la hija del Rey, le propusieron hacerse pasar por la Princesa.
—Te prepararemos —le había asegurado Greta cuando ella rechazó—. La princesa Iliana está ocupada en otra parte del país y no tiene tiempo para las funciones caritativas a las que prometió asistir. Tú tomarás su lugar, y nadie notará la diferencia.
Era una oferta interesante, sobre todo porque ella tenía amigos, familia y lazos profesionales en esa zona de Europa Oriental. Al principio se mostró reacia, a pesar de que había acumulado muchas deudas durante la enfermedad de su madre y de saber que el dinero que le ofrecían aquellos consejeros le vendría como caído del cielo.
—¿Y ninguno de sus conocidos se dará cuenta de que yo no soy ella?
—Eso es lo mejor de todo. La Princesa acaba de comprar un rancho a las afueras de la ciudad. La comunidad alovitia nunca la ha visto.
De modo que aceptó el trabajo y fue catapultada a un estatus con el que nunca hubiera soñado. Era verdaderamente embriagador, aunque había mucho que hacer, muchas comidas a las que asistir, muchas conferencias a las que acudir, muchos desfiles a los que honrar con su presencia… Tras unas pocas semanas, había empezado a entender por qué la Princesa se había escabullido de sus obligaciones. Y eso le hacía preguntarse otra cosa: la habían contratado por un corto plazo de tiempo. ¿No sería ya el momento de que la Princesa volviera a casa?
Esa pregunta le rondaba la cabeza cuando Greta le habló del baile y de que el príncipe Marco estaba pensando en acudir para verla.
—Creí que me moría cuando oí que iba a venir al baile para verla —dijo Greta en esos momentos—. Es demasiado pronto. Se supone que aún debía esperar otro mes. Pero supongo que se le acabó la paciencia.
—¿Has intentado ponerte en contacto con ella? —le preguntó Shannon, deseando acabar con aquella misión.
—Oh, sí. Hemos peinado Nevada de un extremo a otro, pero no la hemos encontrado.
Para entonces Shannon ya había sospechado que la Princesa no estaba en esa parte del país atendiendo a los huérfanos. Se rumoreaba que estaba en Las Vegas, llevando una vida frenética y desafiando a su padre.
—Bueno, espero que sepas que esta es la última vez que hago esto —dijo Shannon—. Una cosa es cortar cintas en la inauguración de un supermercado y saludar a la multitud. Y otra muy distinta es engañar a un hombre haciéndose pasar por la mujer que ama. O la que está a punto de amar. O con la que va a casarse, en cualquier caso.
Ojalá hubiera seguido su instinto y hubiera abandonado a tiempo, pensó mientras Greta le daba un apretón en la mano en lo alto de las escaleras, esperando a ser anunciada.
—Buena suerte —le susurró, y se desvaneció entre la multitud, dejándola del brazo de Freddy.
Shannon miró a toda la gente que abarrotaba el salón de baile a sus pies y sintió una punzada de nervios. Nunca había acudido a un baile de esas características. Lo había organizado la Sociedad Benéfica de las Damas de Nabotavia, y era uno de los eventos sociales más importantes de Dallas. Todas las celebridades y políticos estaban presentes.
—Su Alteza Real, la princesa Iliana y el conde Frederich de Alovitia —anunció el heraldo. Todas las caras se volvieron hacia ella y un murmullo recorrió la sala.
—Mantente firme y tranquila, querida —le susurró Freddy dándole una discreta palmadita en la mano mientras empezaban a bajar por la escalinata—. Lo vas a hacer muy bien.
El evento era espectacular, incluso para una ciudad como Dallas. Los destellos de las arañas y de los candelabros se reflejaban en las gemas preciosas que llevaban las mujeres. La seda y el satén predominaban en el elegante vestuario. El salón de baile también era imponente, con sus altos ventanales que llegaban a los seis metros de altura y sus cortinas rojas de terciopelo con flecos dorados. Una orquesta al completo tocaba y la gente bailaba al son de la melodía.
Freddy la acompañó lentamente por la sala y de repente ella se dio cuenta de que todo el mundo la estaba mirando. Aquello le dio oportunidad para ver la reacción que provocaba en los hombres, y a la que no estaba precisamente acostumbrada. Freddy y Greta habían hecho un buen trabajo dirigiendo al peluquero, al maquillador y al modisto, que se habían pasado horas preparándola para el baile. Al contemplarse en el espejo había pensado que estaba bonita, pero las miradas masculinas que estaba recibiendo se lo confirmaron todavía más.
Su pelo se elevaba como una torre de oro de brillantes mechones elegantemente recogidos en lo alto de su cabeza, dejando que unos encantadores rizos flotasen alrededor de su rostro. El peinado se completaba con una diadema de perlas en la frente, y el efecto era… bueno, era real.
Pero el resultado aún fue mayor cuando la vistieron con un vestido azul eléctrico sin tirantes y unos zapatos de tacón, cuando le adornaron el cuello y las orejas con perlas exóticas, y cuando le transformaron su pálido y pecoso rostro en una imagen de modelo. Cómo lo habían hecho, ella no lo sabía, pero definitivamente estaba encantada con aquel beneficio adicional por su actuación.
El nombre del príncipe Marco fue anunciado, y Freddy le hizo darse la vuelta para que pudiera verlo bajar por la escalinata. El pulso de Shannon se le aceleró. Iba a tener que verlo cara a cara…
Sonrió y asintió a una dama que acababa de saludarla. Entonces volvió la vista hacia el Príncipe. Iba vestido con un impecable esmoquin que se ajustaba a la perfección a su cuerpo, fuerte y esbelto. No llevaba ningún adorno, como casi todos los demás hombres presentes, pero no le hacía falta para ofrecer un aspecto impresionante. Sus anchos hombros, su ligera inclinación de cabeza y la mirada de sus brillantes ojos azules bastaban para rodearlo de un aura irresistible.
Estaba escuchando a una mujer alta y morena, quien obviamente trataba de coquetear con él. Pero, aun sin perder las formas, la mirada del Príncipe se paseaba por la sala, y de pronto se encontró con los ojos de Shannon. Ella miró rápidamente hacia otro lado y tragó saliva. No todo iba a ser tan fácil como le habían prometido. ¿Cómo iba a hacerse pasar por la prometida de aquel hombre?
—Espera aquí —le dijo Freddy—. Deja que sea él quien se acerque.
Ella obedeció, con el corazón latiéndole más fuerte a cada segundo. Y entonces él apareció, alto y erguido frente a ella, demostrando ser el Príncipe que era. De cerca era aún más impresionante. Tenía un rostro duro y atractivo, marcado, al igual que su mirada, por las cosas que había visto y que querría olvidar.
Shannon sabía que era viudo. ¿Justificaba eso la atormentada expresión de sus ojos? No lo sabía, pero la digna y solemne reserva del Príncipe lo convertía en un desafío andante. Se le hizo un nudo en la garganta cuando lo vio asentir a Freddy y luego volverse hacia ella.
—Princesa —dijo al tiempo que hacía una reverencia. Fijó la mirada en sus labios y esbozó una sonrisa.
—Alteza —dijo ella, hizo también una reverencia y le ofreció la mano. Él la tomó y se la rozó ligeramente con los labios.
Ya le habían besado la mano con anterioridad. Freddy le había enseñado cómo ofrecerla y hacer que el gesto pareciera real. Durante semanas muchos hombres habían estampado los labios en sus dedos, pero aquello fue diferente.
Los labios del Príncipe solo le rozaron la piel, pero el contacto le provocó más calor que una descarga eléctrica.
—¡Oh! —exclamó involuntariamente. Intentó retirar la mano, pero él se la sostuvo y la miró a los ojos, captando su expresión aturdida antes de que ella pudiera esconderla. Un brillo de regocijo destelló en sus radiantes ojos azules.
—Vaya, princesa Iliana, eres aún más hermosa de lo que te recordaba —le dijo al tiempo que le soltaba la mano.
Ella sabía muy bien lo que vendría a continuación. Se suponía que tenía que decir: «Y usted también, Alteza», o algo igual de cortés. Pero en vez de eso se oyó a sí misma murmurar:
—¿En serio?
La boca de Marco se torció en un gesto que Shannon no supo si era una sonrisa.
—Supongo que ahora debemos bailar —dijo él, mirando sin mucho entusiasmo el salón de baile.
—¿Debemos? —preguntó ella, alarmada.
Le habían dicho que solo tendrían que intercambiar unas pocas palabras y ya está. ¿Qué demonios era eso de bailar juntos?
—No sé si recuerdas cuánto lo detesto —añadió él.
Ella lo miró a los ojos con evidente alivio.
—Oh… si prefieres que no…
—¿Estarías dispuesta a ahorrarme ese mal trago? —la interrumpió él mirándola inquisitivamente, como si no pudiera creerse lo que acababa de oír.
—Por supuesto —respondió ella. Y lo haría encantada, pensó mientras miraba a Freddy.
Pero el Príncipe se acercó más y la miró fijamente.
—Me parece, Princesa —le dijo con suavidad—, que estás un poco ansiosa por librarte de mí —sus ojos volvieron a brillar y le ofreció el codo—. ¿Bailamos?
No parecía que nada fuera a ayudarla, de modo que se rindió a lo inevitable. Recordando que debía mantener la cabeza alta, asintió lo más ligeramente que pudo y deslizó la mano en el pliegue del brazo para que la condujera a la pista de baile.
La habían contratado para prodigar sonrisas y saludos y para algunas frases en algún que otro micrófono. Nunca había acordado que tuviera que bailar con un príncipe, pero en cuanto él la rodeó con los brazos, la música pareció subir de volumen y ambos empezaron a moverse.
«Si salgo de esta, me encerraré en el aseo hasta que Freddy diga que podemos irnos», pensó Shannon, sintiéndose torpe e incómoda. Pero entonces se vio reflejada en uno de los grandes espejos que separaban los ventanales, y por un segundo se preguntó quién sería esa Princesa tan guapa. No fue hasta que vio al Príncipe de la corona a su lado cuando se dio cuenta de que se estaba mirando a sí misma. Los dos parecían salidos de un cuento de hadas.
Qué demonios, pensó. Si por una especie de milagro podía parecer una princesa, seguro que podía comportarse como una. ¡Fuera Shannon Harper! Shannon había desaparecido. Era historia. Alguien nueva ocupaba su lugar. Por ahora…
«Mi nombre es princesa Iliana. ¡Soy un miembro de la realeza, demonios! Y no voy a olvidarlo».
Se permitió relajarse en los brazos del Príncipe y dejó que la música aflojase un poco más sus rodillas. Y entonces hizo lo más importante. Se obligó a mirarlo a los ojos y sonrió.
Él no le devolvió la sonrisa, pero la abrazó con más fuerza y extendió la palma por su espalda al descubierto, provocándole una ola de calor. No dijo nada, y durante unos segundos Shannon se sintió aliviada, pero entonces se dio cuenta de que el Príncipe estaba siendo muy condescendiente con ella. Después de todo, se suponía que tenía que cortejarla, ¿no? No únicamente cumplir con el protocolo.
Volvió a mirarlo a los ojos y sonrió de nuevo.
—Después de verte desaparecer en la escalera, temí que no fuéramos a encontrarnos —le dijo ella, con un tono jocoso y acusatorio a la vez—. Ha sido muy amable por tu parte haberme concedido un par de minutos.
—Me temo que al verte sentí la necesidad de una copa para recuperar el valor —dijo él, aunque su tono contradecía sus palabras.
—¿Lo dices en serio? —preguntó ella sin creerlo—. ¿Son las mujeres en general las que te causan molestias? ¿O solo esta Princesa en particular?
—No son las mujeres. Es la situación —su mirada revelaba que no estaba acostumbrado a ese tipo de desafío—. ¿No te molesta a ti esta situación?
—En absoluto —respondió ella con total sinceridad. Después de todo, no era ella quien iba a casarse con él. El matrimonio no formaba parte del acuerdo ni de sus planes personales.
—Entonces eres más hombre que yo, Gunga Din —murmuró él, más para sí mismo.
Shannon frunció el ceño. Tenía el presentimiento de que para el Príncipe sería más interesante cualquier conversación que pudiera mantener con su álter ego que con ella. Y, por muy príncipe que fuese, ella no iba a permitirle eso.
—Si vas a empezar a citar a Rudyard Kipling, será mejor que tengas cuidado. Tal vez te encuentres con una réplica de Emily Dickinson.
El Príncipe la miró con ojos muy abiertos.
—¿Cómo? ¿Una princesa con cultura literaria? Esto sí que es algo nuevo.
Una oleada de placer la recorrió al ver un brillo de interés en su mirada.
—Ah… Así que el misterio queda resuelto. No les tienes respeto a las princesas.
—No es cierto. Mi hermana favorita es una princesa.
—La familia no cuenta, ¿o sí? —replicó ella arrugando la nariz.
—Al contrario; la familia es lo único que cuenta.
Ella abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin decir nada. Aquel era un modo de ver las cosas al que no estaba acostumbrada. Pero pensó que sería el modo de pensar de la realeza. Para ellos la familia era, después de todo, la reivindicación de la fama.
—Supongo que estás muy orgulloso de tu familia, ¿verdad?
—Por supuesto. ¿Acaso no lo estás tú de la tuya?
—No del modo que estás hablando —dijo ella con una mueca—. La familia es algo que no puedes elegir. Es lo que hagas con ella lo que cuenta. La clase de persona en la que te conviertes.
Él la separó ligeramente para poder mirarle bien el rostro.
—He oído mucho acerca de la mujer en la que te has convertido, Princesa, pero nadie me había dicho que eras filósofa.
Shannon quiso preguntarle qué había oído, pero recordó que no estaban hablando de ella. Antes de que pudiera pensar en algo que decir, la música cesó y el baile terminó. Suspiró aliviada y giró la cabeza en busca de Freddy. Le llevó unos segundos darse cuenta de que el Príncipe no la había soltado, y cuando la música empezó a sonar de nuevo y sintió que la apretaba con los brazos, supo que su calvario aún no había terminado.
Pero entonces tuvo otro pensamiento que apartó el horror inicial. Aún no lo había asumido del todo, pero ¡estaba bailando con el príncipe de Nabotavia! A pesar de las circunstancias, aquello era un sueño hecho realidad. Sus estudios de Arte estaban centrados en la Europa Oriental del siglo XX, especialmente en Nabotavia. En los dos últimos años había leído todo lo que pudo encontrar sobre la historia y la cultura del pequeño y valeroso estado. Había intentado estar al corriente sobre las luchas para echar a los revolucionarios del poder, pero la prensa local no ofrecía muchas noticias al respecto. Y ahora estaba bailando con el Príncipe…
El corazón le dio un vuelco al pensarlo, pero consiguió mantener la calma. Para una princesa del estado vecino aquella no podía ser una situación muy emocionante.
«Calma», se dijo a sí misma. «Compórtate con naturalidad. Piensa en algo que decir».
—¿Has cambiado de opinión acerca del baile? —le preguntó mientras se balanceaban al son de una melodía clásica.
—No —respondió él—. Pero sí estoy cambiando de opinión acerca de ti.
Algo en su tono de voz, algo en el modo con que la miraba fijamente, le produjo un escalofrío que le recorrió la columna y que casi la hizo gemir con fuerza.
Cielos… ¿De dónde habría salido esa sensación?
Pero la respuesta era obvia. La música, las luces resplandecientes y la multitud elegantemente ataviada creaban un suntuoso trasfondo a la noche. El olor de las velas aromáticas y de las gardenias impregnaba el ambiente, contribuyendo a la magia de un cuento de hadas. Cualquier chica perdería la cabeza en un escenario semejante.
Pero lo más importante era el hombre increíblemente atractivo que la sostenía. Al principio la había impresionado con su aspecto y sus modales reales, pero a medida que iban bailando algo más le hizo perder el equilibrio. De repente era consciente del hombre de carne y hueso que había bajo las vestiduras reales. Y aquella certeza la traspasó con demasiada intensidad, dadas las circunstancias.
Tragó saliva con dificultad y mantuvo la mirada fija en la solapa de su chaqueta.
El Príncipe era un hombre. Un hombre con anchos hombros, fuertes músculos y una fragancia masculina que estaba inundándole la cabeza. La mano sobre su piel parecía chisporrotear, su cálido aliento le hacía cosquillas en la oreja, su muslo le rozaba la pierna cada vez que se giraban, y un creciente anhelo se arremolinaba en su interior, como una columna de humo en espiral.
Se mordió el labio por dentro. Si no detenía aquella escalada de calor, iba a acabar derritiéndose en un charco de ridículo erotismo allí mismo, en medio del salón de baile. Respiró hondo y se obligó a mantener la cordura y la entereza.
«No vas a enamorarte de este hombre», se ordenó a sí misma. «Ahora cíñete al programa y aparta cualquier sentimiento de atracción fatal».
Estupendo, se felicitó mientras soltaba un suspiro de alivio. Lo había conseguido.
Le pareció que había transcurrido una eternidad desde el inoportuno desliz erótico, pero el modo con que él la estaba mirando, evidenciando en silencio que esperaba una respuesta a su última declaración, indicaba que no había pasado tanto tiempo como el que ella pensaba.
¿Qué había dicho? Oh, sí…
«Pero sí estoy cambiando de opinión acerca de ti».
Ciertamente, aquella era una declaración que merecía una respuesta.
