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Una novela inteligente e irónica sobre las ficciones —el ahorro, la clase media y la estabilidad familiar— de una sociedad instalada en una crisis permanente. Argentina, verano de 2001, la caja de seguridad de un banco de provincias: una chica de veinte años da vueltas mientras su padrastro le pega al cuerpo con cinta de embalar los ochenta mil dólares que componen los ahorros familiares, ante la perspectiva de un colapso bancario. Ahora es la guardiana de un inestimable capital material y simbólico en un país donde las sucesivas crisis económicas constituyen una extraña forma de estabilidad. Pero esa no es la única crisis a la que se enfrenta Belén en su caluroso regreso a la ciudad natal: también están las secuelas de una tormenta recurrente, el cadáver de un contrabandista que flota en el río Paraná, los vestigios de haber crecido en una familia ensamblada. Así, siguiendo la intrahistoria de unos fajos de billetes, Carmen M. Cáceres narra con inteligencia y fina ironía las ficciones del ahorro que alimentan la memoria sentimental y la fe en el porvenir de una familia de clase media en la que muchos podemos vernos reflejados. La crítica ha dicho... «Una aproximación lucidísima a la clase media. Economía e imaginación se funden con una prosa agridulce, humorística, medidamente sentimental, que toca el tuétano de la inteligencia.» Marta Sanz «La ficción del ahorro nos demuestra que un puñado de dólares puede contar la historia de una familia y de un país con tanta profundidad como las páginas de un diario íntimo. Con la clarividencia poética de Natalia Ginzburg o de Clarice Lispector, Carmen Cáceres ha alumbrado una pequeña obra maestra de la observación cotidiana: nos presta sus ojos, y ya no podemos sino contemplar la realidad a través de ellos.» Juan Gómez Bárcena
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Seitenzahl: 102
Veröffentlichungsjahr: 2025
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carmen m. cáceres
© Carmen M. Cáceres, 2025
© de esta edición: Gatopardo ediciones S.L., 2025
Rambla de Catalunya, 131, 1.o- 1.a
08008 Barcelona (España)
www.gatopardoediciones.es
Primera edición: mayo, 2025
Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó
Imagen de la cubierta: © fotografía intervenida por Carmen M. Cáceres
Imagen de la solapa: © Sofía Schiavoni
eISBN: 979-13-990310-5-8
Impreso en España
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LA FICCIÓN DEL AHORRO
UNO
DOS
TRES
Agradecimientos
Carmen M. Cáceres
Sinopsis
Otros títulos publicados en Gatopardo
A Liliana y Alejandro
Y a Charo, que siempre partirá conmigo
de la misma ciudad
Y nosotros, que sabíamos que ni el trabajo seguro ni el dinero hacían la felicidad, no podíamos evitar desear para ellos, sobre todo, esa felicidad.
Annie Ernaux
Toda literatura es provinciana. La literatura es provincia, tierra de vencidos.
Luis Chitarroni
Conviene tener siempre un comienzo a disposición, algo dispuesto a arrancar en el preciso instante en que se dice ahora porque todo comienzo es una promesa de continuidad y a veces —muchas veces— con la promesa alcanza. Así que esto empieza ahora, en el instante en que mi segundo padre se pone a buscar los fajos de cien dólares y a releer viejos títulos de autos o propiedades, como si buscara en ellos un ancla, una serenidad. Estamos en una sala angosta, rodeados de pequeñas cajas de seguridad empotradas en las paredes y en el centro una mesa que, contra todo pronóstico, es de madera maciza. El frío sintético del aire acondicionado cumple también un papel crucial. Afuera hace treinta y tres grados, pero los diecisiete del interior parecen garantizar que en esta sala las respuestas serán sólidas. A la caja 232 le sigue otra con el número 233 y en Posadas, capital de la provincia de Misiones, esos elementos bastan para conformar la bóveda del Banco City.
La palabra «bóveda» hace pensar en corredores largos y mecanismos de acero que encastran con la lubricidad de la industria pesada. Hace pensar en la voluptuosidad de cifras grandes, de fajos de billetes que engordan a la espera del lujo o el placer. Pero a mi madre le dan pudor las cifras exactas y esa mañana cuando me dice que tengo que acompañar a mi segundo padre a sacar los ahorros del banco, no aclara cuánto dinero es, ni qué se espera de mí exactamente.
—Es imposible que le roben a una piba —dice mi segundo padre y no sé si lo dice porque empieza a sentirse mayor o porque en su imaginario de hombre nacido en 1948, el hecho de que una piba lleve los dólares es tan insólito que a ningún ladrón se le ocurriría jamás asaltarla. No sé qué contestar. Son las once de la mañana, pasé la noche en un colectivo de larga distancia que tardó doce horas en recorrer los mil kilómetros que separan Posadas de Buenos Aires y, a pesar del cansancio, disimulo el entusiasmo que me da esta nueva responsabilidad.
—Cuatro, cinco… —cuenta mientras acomoda los fajos sobre la mesa.
Las hijas tenemos claro que este dinero no es «de la familia» sino de mi madre y mi segundo padre. «De la familia» son los espacios domésticos y los objetos que dan forma a la cotidianidad: las camas de una plaza, los paquetes de galletitas alineados en la alacena, la ropa mal doblada en los placares, todo lo que cumple una función y tiene una presencia justificada. El dinero, no. El dinero no está hecho para quedarse quieto, no tiene un anclaje. Es ubicuo y se escurre como el agua caliente en la ducha o la línea de teléfono al fondo del auricular. Cada vez que las hijas pedimos efectivo, tenemos que argumentar el gasto con un motivo lo bastante rotundo como para detener el flujo y aplastar los pedidos de las otras. Competimos por el dinero sin complejo y sin descanso. Le dedicamos tiempo mental porque sabemos que el dinero es un medio que nos permite ejercer nuestra voluntad. Las zapatillas nuevas, la salida del fin de semana o los libros que no son indispensables exigen una estrategia de convencimiento que, si triunfa, acaba provocando el rencor de las otras —un rencor transitorio, aunque fulminante—. Mi madre y mi segundo padre también están obligados a dar argumentos, pero en su caso para explicar por qué a una se le da lo que a otra se le niega. Y todo ese magma de pedidos y explicaciones, de deseos y límites, sumado al historial de conversaciones y decisiones tácitas que van detrás, dan forma a la energía recíproca que ordena y sostiene la dinámica doméstica, igual que la materia oscura ordena y sostiene el universo. Al fondo, detrás de estas aventuras en la gestión de gastos, se esconde una ficción del ahorro que ahora toma cuerpo y se materializa en los pequeños fajos de billetes verdes.
—¿Cuánto hay?
—Casi noventa mil…
Mi madre estudió economía y a mediados de los ochenta, tras algunos intentos comerciales fallidos, consiguió un puesto en la administración pública provincial. Era la época de la democracia recién estrenada y todavía había cierto prestigio en formar parte del Estado, cierta fe en la idea de nación, como si existiera un lugar llamado futuro hacia el cual todos los argentinos caminábamos lenta, firmemente. Pero la inmovilidad del elefante burocrático degradó muy rápido esa ilusión y la redujo a una satisfacción más prosaica y tangible: la estabilidad. Mi madre llevaba casi veinte años cobrando un sueldo fijo, el ancla de una suma previsible a fin de mes. Para ella, los pesos argentinos ocupaban un lugar en el tiempo, eran figuras con volumen y forma en su imaginación, y tal vez por eso le daba pudor hablar de dinero. Si contaba que una prima se había comprado un terreno, mencionaba el precio rápido y en números redondos —«Unos treinta», decía— como quien avanza por una vereda esquivando la mierda de perro. Era consciente de que, arrojadas en una conversación, las cifras funcionaban como trampas de sentido en las que todo el mundo caía, a veces con un silencio morboso, otras con una avidez difícil de disimular. Cuando alguien se ponía a hablar del dinero propio o ajeno sin la debida elegancia, mi madre se miraba las manos y se acomodaba los anillos a la espera de que pasara el bochorno como pasan, suaves y constantes, las modas. Cada vez que se retraía al fondo de sus creencias, a ese espacio tal vez cambiante pero siempre ordenado en el que nadie le pedía nada, mi madre sentía intensamente su propia importancia.
Mi segundo padre, en cambio, se aferraba a los números como el montañista a la roca porque, para él, las cifras tenían el poder de revelar la realidad. Conocer y repetir cifras exactas lo protegía de caer en la ansiedad de lo relativo. Era dueño de una pequeña empresa de alquiler de maquinaria de construcción (hormigoneras, andamios, excavadoras) y la dinámica de su negocio le permitía saber a fin de mes cuántos pesos había gastado, pero no cuánto había ganado ni cuándo lo iba a cobrar. En su imaginación, el veintidós no era —no podía ser nunca— parecido al veinticuatro porque más que una figura, cada número era una función atada a otras cifras, y todas juntas armaban una retícula que aprisionaba con fuerza a la realidad. Cada nuevo contrato generaba una serie de pagarés, adelantos, bienes en almacén, existencias, cheques y gestiones en bancos en las que el dinero no se comportaba como un objeto que ocupa determinado lugar en el espacio, sino como una presa que se escabulle en el tiempo. Para atraparla, él estaba obligado a moverse. Y para moverse, necesitaba información. Mi segundo padre devoraba los diarios con esa avidez por las noticias típica de los hombres de su generación que todavía no habían sufrido el divorcio entre información y verdad. Cada vez que conseguía hilvanar una serie de datos y construir con ellos una versión sensata de la actualidad, mi segundo padre sentía intensamente su propia importancia.
Ahora acomoda el último fajo en la línea, ojea por encima algunos papeles guardados al fondo de la caja de seguridad y levanta uno. Me asomo por encima de su hombro y leo: «La hipoteca que se constituye en el presente acto comprende tanto el terreno…».
—¿Empezamos?
—Sí, sí —dice, pero se queda revolviendo los papeles. Pasa de un documento al siguiente manteniendo el dominio de sí, que es lo que él entiende por dignidad.
Hace un par de semanas tuvo que despedir a Héctor, el empleado que llevaba las tareas administrativas de la empresa. Trabajaban juntos desde hacía años, pero dos constructoras importantes habían frenado sus proyectos por miedo a la crisis y eso lo había obligado a achicar más la plantilla. Decidió echar al único empleado al que él mismo podía reemplazar. Yo también estoy sin trabajo —o tengo el trabajo de encontrar mi primer trabajo en Buenos Aires, lo que es bastante desesperante en un contexto en el que todo el mundo tiene quejas más legítimas o necesidades más urgentes que las mías—. En la tele y en los diarios publican todo el tiempo historias de salideras bancarias y seguro mi segundo padre tiene miedo de que el empleado del banco que nos guio hasta el primer subsuelo y colocó su pequeña llave en la cerradura derecha de la caja 232 mientras él ponía la suya en la izquierda haya enviado un mensaje con la frase: «Hombre de camisa amarilla», o mejor: «Hombre con barba, chica con mochila», o (con un poco de imaginación): «Segundo padre abnegado, falsa hija complaciente». Seguro tiene miedo de que la persona que recibió el hipotético mensaje aproveche la sombra de los lapachos de la plaza 9 de Julio para encañonarnos y llevarse todos los ahorros. Para evitarlo, diseñó un sistema: pegar los fajos de dólares a mi cuerpo con cinta de embalar.
—Levantate la remera —me dice cuando por fin vuelve a guardar los documentos en la caja. Inmediatamente después, un poco avergonzado—: ¿Dónde está la cinta? ¡No me digas que no trajiste la cinta de embalar! —Y levanta las manos con esa tendencia al énfasis que tienen las personas que sienten que cualquier desvío es un retraso.
—Está en la mochila —contesto como una alumna de primer grado.
—Se nota demasiado que está vacía. —Agarra el último de los fajos verdes alineados sobre la mesa y lo suelta en la mochila como quien entrega una propina: al buen trabajo, buena recompensa—. Con eso alcanza.
No importa lo rápido que se pase la mirada y se haga como que no existe: un fajo de billetes es un fajo de billetes acá y en China. Dan ganas de romperlos y tirarlos hacia arriba para que caigan parpadeando como nevada oriental. Pero cuando los billetes son dólares, la materialidad del fajo emana un aura más seria, una importancia cargada de complejo nacional. Miro el retrato ovalado del primer billete. Un presidente norteamericano calvo y con mechones de pelo hirsuto a la altura de las orejas me devuelve una mirada afeminada y cómplice.
—¿Cómo puede ser que en Argentina circulen billetes nuevos de cien dólares?
—Ni idea —respondo mientras me levanto la remera.
—Gracias —dice, sin mirarme a la cara.
El sistema es muy sencillo: vamos a forrar mi cintura con cinta de embalar y, sobre esa superficie de plástico, vamos a pegar los fajos de dólares protegidos en bolsitas transparentes.
—Hay que ajustar la base para que no se resbale.
Mi segundo padre se pone de rodillas y yo levanto los codos para que la remera quede a la altura de mis pechos. Desde arriba veo las franjas grises en las raíces del pelo, como senderos de un bosque incendiado, y siento el olor intenso de su colonia. Pega el extremo de la cinta a la altura de mis costillas y empujándome suavemente con la otra mano dice:
—Andá girando despacio, muy despacito.
