8,49 €
Se han escrito muchos libros sobre el mate, sus propiedades, sus beneficios, su historia y su ritual. Al borde de la boca, en cambio, intuye lo que ninguno de esos libros piensa: la experiencia del mate en primera persona. Una experiencia del cuerpo y de la mente, mejor evocada por la literatura que por el vocabulario de la ciencia. Sensible y preciso, este ensayo se apropia de esa experiencia y la pone en palabras sin agotar nunca su dimensión privada, personal.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 104
Veröffentlichungsjahr: 2022
Sobre este libro
Sobre la autora
Otros títulos de Fiordo
Cero
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Cero
Agradecimientos
Fuentes
Ilustraciones
Se han escrito muchos libros sobre el mate, sus propiedades, sus beneficios, su historia y su ritual. Al borde de la boca, en cambio, intuye lo que ninguno de esos libros piensa: la experiencia del mate en primera persona. Una experiencia del cuerpo y de la mente, mejor evocada por la literatura que por el vocabulario de la ciencia. Sensible y preciso, este ensayo se apropia de esa experiencia y la pone en palabras sin agotar nunca su dimensión privada, personal.
Carmen M. Cáceres nació en Posadas, Argentina, en 1981. Es escritora, traductora e ilustradora. En 2016 publicó su primera novela, Una verdad improvisada (Pre-Textos, España) y en 2021 el ensayo ilustrado Un año con los ojos cerrados (Papeles Mínimos, España) en coautoría con el escritor Andrés Barba. Ha traducido del inglés piezas de ficción de autores como Joseph Conrad, Daniel Defoe o la correspondencia de las hermanas Mitford, y obras de no ficción de Robert Bellah y Barack Obama. Como ilustradora, se formó en Madrid y Nueva York, y trabaja técnicas mixtas de collage en lienzo y fotografía analógica. Realizó portadas para varias editoriales literarias.
Ficción
El diván victoriano, Marghanita Laski
Hermano ciervo, Juan Pablo Roncone
Una confesión póstuma, Marcellus Emants
Desperdicios, Eugene Marten
La pelusa, Martín Arocena
El incendiario, Egon Hostovský
La portadora del cielo, Riikka Pelo
Hombres del ocaso, Anthony Powell
Unas pocas palabras, un pequeño refugio, Kenneth Bernard
Stoner, John Williams
Leñador, Mike Wilson
Pantalones azules, Sara Gallardo
Contemplar el océano, Dominique Ané
Ártico, Mike Wilson
El lugar donde mueren los pájaros, Tomás Downey
El reloj de sol, Shirley Jackson
Once tipos de soledad, Richard Yates
El río en la noche, Joan Didion
Tan cerca en todo momento siempre, Joyce Carol Oates
Enero, Sara Gallardo
Mentirosos enamorados, Richard Yates
Fludd, Hilary Mantel
La sequía, J. G. Ballard
Ciencias ocultas, Mike Wilson
No se turbe vuestro corazón, Eduardo Belgrano Rawson
Sin paz, Richard Yates
Solo la noche, John Williams
El libro de los días, Michael Cunningham
La rosa en el viento, Sara Gallardo
Persecución, Joyce Carol Oates
Primera luz, Charles Baxter
Flores que se abren de noche, Tomás Downey
Jaulagrande, Guadalupe Faraj
Todo lo que hay dentro, Edwidge Danticat
Cardiff junto al mar, Joyce Carol Oates
Sobre mi hija, Kim Hye-jin
No ficción
Visión y diferencia. Feminismo,
feminidad e historias del arte, Griselda Pollock
Diario nocturno. Cuadernos 1946-1956, Ennio Flaiano
Páginas críticas. Formas de leer y
de narrar de Proust a Mad Men, Martín Schifino
Destruir la pintura, Louis Marin
Eros el dulce-amargo, Anne Carson
Los ríos perdidos de Londres y El sublime topográfico, Iain Sinclair
La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder, Andrés Barba
La noche. Una exploración de la vida nocturna, el lenguaje de la noche, el sueño y los sueños, Al Alvarez
Los hombres me explican cosas, Rebecca Solnit
Una guía sobre el arte de perderse, Rebecca Solnit
Nuestro universo. Una guía de astronomía, Jo Dunkley
El Dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio, Al Alvarez
La mente ausente. La desaparición de la interioridad en el mito moderno del yo, Marilynne Robinson
«Un libro extraordinario, un tratado definitivo sobre el mate, su historia y sus rituales, donde se cruzan el ensayo personal, el retrato sociológico, la investigación, la intuición y una profunda sabiduría poética».
Pedro Mairal
© del texto y las ilustraciones, Carmen M. Cáceres, 2022
© de esta edición, Fiordo, 2022
Dirección editorial: Julia Ariza y Salvador Cristofaro
Diseño de cubierta: Pablo Font
ISBN 978-987-4178-59-6 (libro impreso)
ISBN 978-987-4178-62-6 (libro electrónico)
Hecho el depósito que establece la ley 11.723
Legua es una colección de Fiordo.
Hecho en Argentina.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
sin permiso escrito de la editorial.
Cáceres, Carmen M.
Al borde de la boca: diez intuiciones en torno al mate / Carmen M. Cáceres. - 1a ed. -
Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fiordo, 2022.
Libro digital, EPUB
(Legua / Salvador Cristofaro; Julia Ariza; 1)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4178-62-6
1. Ensayo Literario. 2. Mate. 3. Costumbres. I. Título.
CDD 306.0982
Para Paula que, como buena maestra, siempre critica mis mates.
Para Roque y Andrés, que jamás
me los rechazan.
Este libro no es una invitación al mate. Nació de la experiencia matera y de la experiencia lectora, y no hay en él más rigor que el deseo de pensar en ambas. Fue escrito durante la pandemia de coronavirus con la sensación de que el mundo iba a empezar a ser otro. El mate, por lo tanto, también.
Al mate le debo mi obra. Si Suzuki y Okakura Kakuzo hablan del té como una de las estéticas del zen, no veo por qué sería inoportuno escribir un tratado: El mate como disciplina zen del latinoamericano. Pero no como una ironía o un chiste, sino como algo absolutamente en serio. A cuántos habrá salvado el mate en épocas de miseria infinita. Es cosa de ver cómo ayuda a resistir, a conservar el equilibrio, la esperanza y a que no se pierda el centro. Sirve al solitario, pero también al ideal que es compartir. No hay cosa más linda que tomar mate con la mujer de uno. Maldito sea el que está compartiendo y no comprende. En su defecto, que sea con un amigo. El mate es más compañero que el vino, y digo mucho. El vino traiciona como algunos hombres traicionan a sus mujeres. Como algunas mujeres traicionan a los hombres que viven con ellas. Pero el mate brinda y rodea de escudos.
Alberto Laiseca, El jardín de las máquinas parlantes (1993)
Nadie es realmente libre hasta que desarrolla sus propios hábitos, pero pensar en las acciones que repetimos día tras día es casi tan difícil como pedirle al ojo que mire sus propias pestañas. El hábito del mate está sujeto a esta doble complejidad: lo elegimos, y un instante después, dejamos de verlo. Una costumbre tácita en nuestra cultura que carece de sujeto porque se supone que significa para todos lo mismo, se sobreentiende. Tanto es así, que cualquiera lo incluiría en ese retrato involuntario que llamamos «identidad nacional» como un emblema halagador: el orgullo argentino de compartir. Pero lo que prevalece en la costumbre, lo que se busca individualmente o lo que se encuentra como sociedad, los accidentes y las personas que dieron forma a su dinámica, lo que el mate da en su amargura y lo que niega en su calidez, permanece en secreto.
Aunque tal vez sea más preciso decir que permanece en silencio, porque no se trata de un conocimiento oculto sino de un conocimiento ignorado. Los orígenes del mate suenan ajenos. Las condiciones de producción, remotas (nadie admitiría en Argentina el trabajo infantil). A nivel científico, hace poco se terminó de identificar el genoma de la planta, y a nivel académico interesan más el análisis bioquímico o la cadena de producción que la investigación antropológica, cultural. Entre 1938 y 1967, el entrerriano Amaro Villanueva publicó un registro minucioso de los usos del mate, la variedad e historia de sus utensilios, y un catálogo de su presencia en el habla cotidiana y en el arte. Pero lo que la experiencia privada del mate tiene de común o de distinto entre nosotros sigue quedando postergado, como si una larga y compleja narración empujara siglos de sentido hasta llenar nuestros recipientes de yerba, nuestros termos de agua, nuestras bombillas de infusión verde y se detuviera de golpe ahí, al borde de la boca. Dar el siguiente paso exige asumir un gran riesgo porque la miopía para reflexionar sobre las acciones cotidianas suele ser proporcional al miedo de juzgarlas mal. Si no consigo retratar la experiencia, puedo acabar cayendo en la peor deslealtad imaginable: denunciar ante los demás aquello que amo.
Tomé mate en la cocina mientras escuchaba gotear no sé qué sobre el techo de chapas y un gallo cantaba a lo lejos. La placidez regular con la que se sucedían esos sonidos me sacó en unos segundos la ansiedad que no había logrado sacarme un año de terapia.
Luciana Pallero, Ojo animal (2019)
Tanto al preparar como al tomar mate se realizan una serie de acciones más o menos formales que no dependen de la persona que las ejecuta sino de un orden previo en el que no existe expectativa de novedad. Metafóricamente, el mate es una ceremonia porque requiere de utensilios específicos, se realiza a una misma hora y en un mismo lugar, con la intención de encontrar exactamente lo mismo día tras día. En ese refugio conocido, a salvo de la aleatoriedad y los contratiempos, limitado por el ritmo pendular del servir y sorber, el pensamiento es libre. Este mate es casi idéntico al de ayer y al de mañana. El que está servido, el que estoy tomando, es un reencuentro y a la vez una anticipación del que vendrá. Esta repetición no produce un vacío del sentido sino, por el contrario, su confirmación. Reincidir en el hábito día tras día implica habitar, en cada ocasión, el primer mate elevado a la enésima potencia.
Tupã, uno de sus dioses predilectos, obsequió la planta a los Avá y les hizo saber que es necesario chamuscar las hojas apenas cosechadas exponiéndolas un instante a la llama directa del fuego, sin quemarlas ni un poco. Esa sencilla operación hace estallar las células de la hoja, libera la savia y fija la clorofila. Los guaraníes llamaron a este procedimiento sapecá, cuya traducción podría asemejarse a abrir los ojos.
Pau Navajas, Caá porã. El espíritu de la yerba mate (2013)
La esencia del mate se juega en la yerba. Bien dispuestas en el recipiente, las hojas secas y troceadas entran en contacto con el agua caliente y desprenden un sabor amargo que va perdiendo aspereza en las cebadas hasta alcanzar un tenue gusto vegetal. Este feliz equilibrio se mantiene hasta que la yerba termina de cumplir su proceso de oxidación. Hinchadas y oscuras, las hojas se vencen, se agostan y dan al agua caliente una pesadez ferrosa que se estanca en el estómago.
Supongamos por un momento que dentro de cada tomador vive un aristócrata del buen gusto que cada día intenta alcanzar un resultado absoluto, que llamaré «un buen mate». Ya sea dulce, con termo de plástico o leche en lugar de agua, en unbuen mate la yerba cumple su proceso vital cuidadosamente dispuesta en el recipiente, con la asistencia de una bombilla inmóvil que jamás quema los labios y permite que el agua suba amable, portando su viejo letargo estacional. Según la tradición, el mate malo no es tanto el que sabe mal —algunos problemas de sabor se pueden corregir en las sucesivas cebadas— sino el que se va arruinando con las cebadas porque el agua se enfría rápido o la yerba se oxida de golpe y acidifica. Aquí entran en juego las habilidades de la persona que ceba, encargada de mantener el conjunto y establecer un ritmo, una fluidez coreográfica en el cebar, pasar, esperar. La cebadora o cebador es importante pero su importancia no es la de un maestro de ceremonias sino la de un buen traductor: cuanto más invisible, mejor. Es el ojo guardián en el centro del panóptico, pero también la cocinera humilde que no hace gala de sus platos: sabe cuándo servir y cuándo ceder la atención al goce.
El buen mate y el mate malo marcan los límites éticos de la ceremonia. En los últimos veinticinco años salieron muchas publicaciones sobre la casuística de lo que sucede entre ambos. Casi siempre son libros bien editados, con reproducciones de grabados botánicos del siglo xviii
