La frontera nómada - Héctor Aguilar Camín - E-Book

La frontera nómada E-Book

Héctor Aguilar Camín

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La Historia tiende a tambalearse, de acuerdo con la época se inclina hacia un lado o hacia el otro. Héctor Aguilar Camín creció escuchando un discurso político sustentado en el ideal Revolución y de la misma manera lo vio desaparecer, hasta poco a poco transformarse en la lucha por el ideal de la democracia y el progreso. En este contexto se escribe La frontera nómada, la curiosidad del autor lo lleva a investigar sobre este proceso en Sonora y descubre más de lo que hubiera imaginado, incluso se sorprende a sí mismo con ideas sobre la revolución fincadas sobre los escombros de esas figuras revolucionaria míticas e invencibles, emanadas del pueblo.

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Seitenzahl: 1185

Veröffentlichungsjahr: 2017

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HÉCTOR AGUILAR CAMÍN (Chetumal, 1946) es escritor, historiador y periodista. Su obra de ficción incluye las novelas Morir en el Golfo (1985), La guerra de Galio (1991), El error de la luna (1994), Un soplo en el río (1998), El resplandor de la madera (2000), Las mujeres de Adriano (2002), La tragedia de Colosio (2004), La conspiración de la fortuna (2005), La provincia perdida (2007) y Adiós a los padres (2014). Ha reunido sus relatos en un volumen: Pasado pendiente y otras historias conversadas (2010), y sus ensayos sobre el presente de México en Saldos de la revolución (1982), Después del milagro (1988), Subversiones silenciosas (1994), La ceniza y la semilla (2000) y Pensando en la izquierda (2008). Es director de la revista Nexos (1978), decana de la prensa cultural de México. La piedra fundacional de su obra es La frontera nómada (1977), un libro clásico sobre la Revolución mexicana que el Fondo de Cultura Económica ofrece hoy a los lectores en su edición definitiva, añadiendo ensayos y reflexiones claves sobre estos revolucionarios extraños, a la vez triunfantes y melancólicos, mal conocidos y peor reconocidos como los verdaderos artífices de la Revolución mexicana.

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

LA FRONTERA NÓMADA

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

La frontera nómada

SONORA Y LA REVOLUCIÓN MEXICANA

Primera edición, Siglo XXI, 1977 Primera edición, Cal y Arena, 1997 Primera edición, FCE, 2017 Primera edición electrónica, 2017

Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar Fotografías de portada: arriba: Gen. Obregon and staff of Yaquis, ca. 1910. Library of Congress, Prints and Photographs Collection, número de reproducción LC-DIG-ggbain-16097 / abajo: Álvaro Obregón a caballo, Lagos de Moreno, Jalisco, ca. 1914. © 374012 Secretaría de Cultura.INAH.Sinafo.FN.México. Reproducción autorizada por el INAH.

D. R. © 2017, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5224-9 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

SUMARIO

Regreso a La frontera nómada, Claudio LomnitzPrólogo. Camino a La frontera nómadaPrólogo a la primera edición, 1977Prólogo a la segunda edición, 1997Primera parte COMPOSICIÓN DE LUGARI. El surII. De Guaymas a CananeaSegunda parte EL MADERISMO EN SONORAIII. Una insurrección de cien cabezas (Noviembre de 1910-junio de 1911)IV. La restauración maderista (Junio de 1911-mayo de 1912)V. La defensa regional. El orozquismo en Sonora (Marzo-diciembre de 1912)Tercera parte EL CONSTITUCIONALISMO SONORENSEVI. La guerra institucional (Enero-marzo de 1913)VII. La rebelión administrada (Abril-agosto de 1913)VIII. Divide y vencerás (Agosto de 1913-agosto de 1914)Cuarta parte VICTORIA Y FUNDACIÓNIX. Antes del reino (1914-1920)X. Macbeth en Huatabampo. Álvaro Obregón Salido, 1880-1928XI. Una mirada larga: la revolución que vino del norteBibliografíaÍndice onomásticoÍndice general

REGRESO A LA FRONTERA NÓMADA

CLAUDIO LOMNITZ

Publicado originalmente en 1977, La frontera nómada fue reconocido desde su aparición como un clásico de la historiografía de México. El libro explica cómo el margen más remoto del territorio pudo conquistar y luego gobernar al centro. Es, además, un texto indispensable para comprender cabalmente la Revolución mexicana, porque resuelve dos preguntas sumamente difíciles de contestar: primero, ¿cómo se formó un ejército tan compacto y efectivo en la Sonora revolucionaria?, y segundo, ¿cuáles fueron las características peculiares del liderazgo de Álvaro Obregón? El libro explica también de refilón por qué un militar tan potente como Obregón pudo estar dispuesto a someterse en algún grado a la jefatura de un político de otro estado, como fue don Venustiano Carranza.

El libro responde además a un buen número de preguntas secundarias que Héctor Aguilar Camín va resolviendo a cada paso, según se le va ofreciendo, para así ir trazando una panorámica que resulta a la vez rigurosamente analítica y narrativamente sabrosa. Pero, por la importancia de la aportación, vale la pena detenernos aquí en las dos preguntas principales.

La frontera nómada se concentra en los años que van de 1910 a finales de 1914; empieza ofreciendo el trasfondo histórico de lo que ocurría alrededor de la campaña presidencial de 1910, con el ocaso local del reyismo y el auge del maderismo, y cierra en el momento en que Álvaro Obregón ha salido ya de Sonora, yendo de triunfo en triunfo como jefe de los ejércitos del noroeste.

Curiosamente, este proceso de “nacionalización” de la organización político-militar sonorense coincidió con la pérdida de Sonora misma para el carrancismo, debido a la alianza que hizo el gobernador José Maytorena con Francisco Villa, y cuyas razones quedan explicadas en este libro. De modo que la alusión poética a la organización militar sonorense como una “frontera nómada” refiere al hecho, bastante extraño, de que el ejército que se formó desde la experiencia fronteriza sonorense salió de ese territorio a vencer primero al ejército federal de Victoriano Huerta y luego al villismo, pero al final también tuvo que reconquistar la propia Sonora. O sea que la organización militar sonorense, que se construyó desde la cercanía con la frontera estadunidense, se transformaría, desde el exilio de la propia Sonora, en la maquinaria político-militar más efectiva de la Revolución.

Como buen historiador, Héctor Aguilar Camín evita puntillosamente el anacronismo. Por eso no arranca su historia con imágenes del ejército sonorense en todo su poderío, sino que comienza modestamente, ofreciendo un estudio acucioso de la geografía social de una provincia remota, Sonora, en los meses que siguieron a la publicación de La sucesión presidencial en 1910, de Francisco I. Madero.

En 1910 Sonora era frontera en los dos sentidos que tiene esta palabra: era frontera internacional (con los Estados Unidos, lindante con Arizona), y era también un horizonte de colonización. Vista desde la Ciudad de México, Sonora era entonces el estado más remoto del país, puesto que Baja California apenas era un territorio. Sin embargo, Sonora también era una de las zonas de expansión capitalista más dinámicas del país, que contenía importantes centros de minería del cobre como Cananea y Nacozari, distritos de ganadería de exportación, riquísimas zonas de agricultura de riego en torno de los conflictivos ríos del Yaqui, Mayo y Sonora, centros ferroviarios estratégicos en la frontera estadunidense en Naco, Nogales y Agua Prieta, una ciudad capital agrícola y comercial que rivalizaba con otros centros de abolengo, como Álamo, y un importante puerto en el Pacífico, en Guaymas.

La frontera nómada arranca con un análisis de la articulación política de esta compleja geografía justo en el momento en que se desmorona el arreglo porfiriano, que se caracterizó por el largo dominio de un potente triunvirato liderado por Ramón Corral, el general Luis Torres, y Rafael Izábal, quienes se habían ido turnando la gubernatura por décadas.

La descomposición de este arreglo también fue el comienzo de una política estatal articulada desde el puerto de Guaymas y tuvo como su figura central a José Maytorena, el belicoso hijo de uno de los clanes políticos importantes del estado, dueños de haciendas y periódicos. Al principio simpatizante del Partido Liberal Mexicano, después reyista, y luego fundador del club antirreeleccionista de Guaymas (maderista), Maytorena terminó obligado a aliarse con Francisco Villa, para luego pasar al exilio en California, donde había estudiado el college en que quedaron por fin depositados sus papeles personales. En su estudio de la red que fue forjando Mayotorena, Aguilar Camín nos presenta un buen número de actores locales, muchos de los cuales son bien reconocibles todavía hoy, debido justamente al predominio que alcanzaría Sonora en la Revolución. Algunos de ellos llegaron a ser presidentes de la República —es el caso de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y, como interino, Adolfo de la Huerta—. Otros, como Francisco Serrano, Ignacio Bonillas y el propio Adolfo de la Huerta, fueron aspirantes frustrados a la presidencia. No faltaron tampoco jefes sonorenses quienes, como Salvador Alvarado o Benjamín Hill, alcanzaron papeles protagónicos en la labor revolucionaria a nivel nacional. Cada uno de estos líderes queda ubicado con exactitud no sólo respecto de su contexto de origen sino también en sus espacios de movilidad, cosa que importa bastante, porque el dinamismo de Sonora en el periodo era mucho mayor que en otras regiones del país. Por esto, personajes como Obregón, De la Huerta o Calles no estaban anclados en un pueblo ni tampoco en una sola actividad económica.

Una vez explicada esta intrincada geografía, Héctor Aguilar Camín pasa a contar una historia que se desarrolla en relación con dos grandes momentos: el levantamiento maderista y la contrarrevolución huertista. Tras levantamientos, enfrentamientos y trifulcas, la fase maderista trae consigo el triunfo de José Maytorena en las elecciones para gobernador de julio de 1911, quien además logra ampliar los márgenes de autonomía del gobierno del estado frente a la federación. Maytorena aprovecha bien una vieja historia sonorense, la guerra contra los yaquis, que era políticamente delicada por la cercanía con los Estados Unidos, para convencer a Madero de no desarmar del todo a las fuerzas revolucionarias sonorenses y aun de brindar algo de apoyo económico a las milicias locales. Se trata de un ejemplo de la rentabilidad política que siempre tuvo la guerra del Yaqui para la clase política sonorense, sólo que en este caso el pretexto yaqui tuvo trascendencia militar mucho más allá de Sonora.

Por otra parte, como el epicentro de la revuelta maderista fue Chihuahua, la consolidación política y militar de la red de Guaymas se benefició además de haber presidido sobre una guerra civil que no llegó al máximo de destrucción. O sea que la revuelta contra Díaz consolidó bien un aparato de guerra en Sonora sin llegar a tener consecuencias económicas devastadoras.

Debido a la guerra del Yaqui, el gobernador Maytorena pudo consolidar grupos armados bajo su mando, en lugar de ceder todo el poderío de la Revolución al ejército federal, como hizo Abraham González en Chihuahua, por ejemplo. Al igual que Chihuahua, Sonora tenía una larga experiencia guerrera, por ser una frontera de colonización con guerras contra los indios, y tenía también gran distancia física respecto del centro del país. Durante el maderismo, Sonora consiguió consolidar su autonomía política y militar frente al centro, debido a la necesidad —siempre apremiante dada la cercanía con los Estados Unidos— de articular internamente el territorio político ante el conflicto yaqui, así como frente a posibles conflictos mineros como los que habían sacudido a Cananea en 1906. Por esto se fueron consolidando de la mano la autonomía de Sonora y el prestigio político del gobernador Maytorena, proceso que se dio en medio del sinfín de rencillas, competencias y recelos de los jefes locales que resultó naturalmente del desbaratamiento del orden porfirista.

Y en ésas estaban, cuando llegó noticia del golpe de Estado en la Ciudad de México, y del ascenso de Victoriano Huerta a la presidencia de la República, seguido del asesinato de Madero. Los dilemas que trajo consigo el asesinato del presidente de la República quedan expuestos de forma notable en este libro. Maytorena y los líderes políticos, sonorenses en su mayoría, están por resistir y por declarar ilegítimo al gobierno de Victoriano Huerta; sin embargo, Maytorena no sabía de seguro cuántos otros gobernadores se alzarían en rebeldía, y entendía que no se podría ganar una guerra contra el centro si Sonora se levantaba sola. Por eso, su estrategia fue tratar de ganar tiempo y jugar a la política, pidiendo una licencia por seis meses, dizque por motivos de salud, y dejando como gobernador interino a Ignacio Pesqueira, miembro de otra importante dinastía política, para que hiciera frente a los federales. Mientras, Maytorena se instaló en Tucson, para ir tejiendo alianzas políticas antihuertistas desde ahí.

La salida temporal de Maytorena en ese momento crítico tendría efectos trascendentes para el “nomadismo” de la maquinaria político-militar sonorense. Como Maytorena le dejó el paquetón de enfrentar al ejército federal a Pesqueira, perdió la oportunidad de encabezar la maquinaria de guerra sonorense, cosa que ayudó a que se consolidara el mando del cada vez más prestigioso Álvaro Obregón. Además, las fases iniciales de la revolución constitucionalista en Sonora conllevaron también la conformación de una política sofisticada de mediación con los intereses estadunidenses, la cual sería necesaria para gobernar el país.

Se trata de un asunto complejo, tratado breve pero precozmente en este gran libro, publicado varios años antes de La guerra secreta, de Friedrich Katz, y por tanto previo a que hubiera un conocimiento sólido de las relaciones internacionales de la Revolución mexicana. Ante la guerra contra el huertismo, los sonorenses desarrollaron fórmulas de relación con los Estados Unidos que iban desde cuestiones de estrategia militar (Obregón disponía ataques a ciudades fronterizas, como Nogales, siempre en un eje oriente-poniente, y nunca de sur a norte, para evitar que los balazos cruzaran la frontera), cortesías extraordinarias (la explicación previa de planes de ataque a cónsules estadunidenses) y formación de una red de mediadores de ambos lados de la frontera, que incluyó figuras tan señaladas como Plutarco Elías Calles, Ignacio Bonillas, Adolfo de la Huerta y Roberto Pesqueira, que servirían igual para mover dinero y comprar armas, que para informar de movimientos relevantes desde el otro lado de la frontera, y negociar con políticos y empresarios estadunidenses de todo nivel.

Importa y llama la atención la claridad que tuvieron los sonorenses respecto de la importancia estratégica de la frontera internacional. Aguilar Camín la demuestra al momento de explicar por qué, al inicio de la guerra contra el ejército federal, los militares sonorenses le dieron prioridad a la toma de Nogales, en lugar de concentrarse en el acecho de plazas militares mucho más importantes, como Guaymas, por ejemplo, cuya toma resultó ser bastante menos urgente para ellos.

En mis comentarios a este espléndido libro me he referido en un par de ocasiones a “la maquinaria político-militar” sonorense, pero en realidad, más que una maquinaria, La frontera nómada retrata el nacimiento de una lógica política y su consolidación paulatina hasta llegar a conformar un “estilo” o una “tradición” de hacer política, ya que la guerra, en este libro, es una extensión de la política. Curiosamente, esa lógica o estilo político tuvo como punto de partida una competencia intensa entre los líderes de las distintas regiones del estado. Todos competían con todos. Personajes como Salvador Alvarado, Álvaro Obregón, Adolfo de la Huerta, Benjamín Hill o Plutarco Elías Calles fueron en primer lugar rivales que acataban, en alguna medida al menos, las decisiones de los gobernadores —Maytorena o Pesqueira— porque dependían de ellos para ser confirmados en sus puestos, pero el cuadro político en Sonora en primer lugar era de competencia entre jefes.

¿Cómo se formó un ejército efectivo a partir de un ambiente tan lleno de recelo? Héctor Aguilar Camín muestra cómo la maquinaria de guerra se va transformando en un efectivísimo ejército a partir de la consolidación del liderazgo de Álvaro Obregón como primus inter pares, que consigue, además, autonomía frente al gobernador del estado. Una vez que su liderazgo estuvo consolidado, Obregón dejaría que sus jefes operaran con buenos márgenes de libertad, formando un ejército que resultó ser a la vez flexible y disciplinado.

La consolidación del poder de Álvaro Obregón se debió en parte a su genio militar y político, pero también a la rivalidad entre el gobernador interino Pesqueira y el gobernador Maytorena. Al presentir que Maytorena pretendía regresar al gobierno de Sonora, Pesqueira y sus aliados apoyaron a Carranza, que era gobernador de Coahuila. Si Maytorena no hubiera pedido licencia tras el golpe de Victoriano Huerta, habría podido competir con Carranza por el liderazgo a nivel nacional —ambos eran gobernadores legítimamente electos, ambos se opusieron al usurpador Huerta, y cada uno hubiera estado al mando de una fuerte maquinaria de guerra—; sin embargo, el interinato de Pesqueira, desempeñado en un momento clave, permitió que el grueso de la maquinaria militar de Sonora se separara de su gobernador e impidió que Maytorena se volviera un líder nacional. Así, el ejército del noroeste quedó libre para invadir al resto del país, con todo y su fórmula de confianza interna entre líderes —forjada ahora en mil batallas libradas afuera de su estado natal—. Sonora dejó de ser un territorio fijo y se transformó en un aparato político-militar que conquistaba poco a poco al país, liberada del poder de su gobernador: lo que Héctor Aguilar Camín llama la “frontera nómada”.

Aunque los eventos de los años veinte del siglo pasado salen del periodo estudiado en este estudio, el libro de Héctor Aguilar Camín permite comprender algunos de sus aspectos más fascinantes; por ejemplo, las intentonas de un líder sonorense contra otro —los levantamientos de Adolfo de la Huerta o de Francisco Serrano—, o la rivalidad entre aliados tan supuestamente incondicionales como fueron Obregón y Calles, o la idea misma de una “familia revolucionaria”, hecha de enemigos, como fórmula clave en la formación del Partido Nacional Revolucionario tras el asesinato de Álvaro Obregón.

Así, una radiografía histórica que comienza en la geografía del remoto estado de Sonora se transforma en una explicación del modo en que se organizó el ejército triunfante de la Revolución, y aclara aspectos fundamentales de la formación del Estado mexicano una vez concluida la fase armada. Es por esto que La frontera nómada es un clásico de la historia de México: comienza en un territorio muy particular y acaba explicando la formación del Estado revolucionario.

Hay también otra razón que explica la popularidad de este libro, y el porqué de su feliz reedición. La frontera nómada es la primera obra científica de un escritor notable, en la cual un Héctor Aguilar Camín muy joven ofrece al lector pasaje tras pasaje relumbrante, sea por la precisión lingüística, la capacidad figurativa o el aliento narrativo. En un despliegue de rigor analítico y gusto narrativo, La frontera nómada demuestra cómo el centralismo posrevolucionario se originó en el margen más remoto de la República. La frontera nómada es de esos libros que demuestran incontestablemente que la ciencia histórica también es una rama de la literatura.

Julio de 2016

PRÓLOGOCAMINO A LA FRONTERA NÓMADA

Llegué a La frontera nómada por el camino de una superstición académica. Según esa superstición, las investigaciones históricas deberían ser monográficas y sobre temas poco estudiados. Era una superstición vigente en El Colegio de México cuando entré en 1969 a hacer el doctorado en el Centro de Estudios Históricos. Se hacía en el Centro poca historia del siglo XX y poca historia política. La historia del siglo XX les parecía demasiado cercana para ser historia, y la historia política reciente, cosa de “politólogos”.

Lo más cercano al presente que se investigaba en el Centro de Estudios Históricos era el Porfiriato (1876-1910), cuya exploración monumental, dirigida por Daniel Cosío Villegas, había consumido las energías de los mejores historiadores de la institución, como Luis González y González y Moisés González Navarro.

A mí me interesaba la Revolución mexicana por razones generacionales. Me había marcado el 68; quería hacer historia crítica de los gobiernos que seguían llamándose “herederos de la Revolución”, en particular del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), responsable de la matanza de Tlatelolco.

Buscando un tema poco estudiado de aquel periodo di con los caudillos sonorenses. Habían ganado la Revolución pero nadie les había dedicado un estudio académico. La historia de los sonorenses coincidía poco o nada con la idea oficial de una revolución justiciera, popular, asociada a los nombres de Madero, Zapata, Villa o los hermanos Flores Magón. Lo que veía mi generación era un México injusto, desigual, autoritario, muy distante del discurso de la revolución social hecha gobierno.

Cuando digo “mi generación” hablo de los jóvenes universitarios que vimos en el 68 la prueba de que el “régimen de la Revolución” había llegado a su extremo tolerable. En esos años y en esa franja generacional empezó a incubarse lo que sería con los años la demolición histiográfica, política y moral del legado de la Revolución mexicana.

Aquella sensibilidad urbana, hija de la naciente clase media del “milagro mexicano”, padecía el autoritarismo presidencial y su discurso celebratorio. El centro de aquel discurso era una curiosa idea de la historia patria, según la cual México había marchado hacia la grandeza, de epopeya en epopeya, desde su Independencia. El representante de aquella grandeza era el gobierno priista en turno.

Cubetadas de agua fresca sobre ese discurso empolvado fueron en aquellos años la historia de Cosío Villegas sobre el Porfiriato, la de Womack sobre Zapata, la de James Cockroft sobre los hermanos Flores Magón, la de Jean Meyer sobre los cristeros y, desde luego, la de Luis González sobre San José de Gracia, su Pueblo en vilo. Antes de aquella oleada historiográfica, las visiones críticas de México podían encontrarse sólo en sus escritores: Octavio Paz, José Revueltas, Carlos Fuentes, o en los novelistas de la Revolución: José Vasconcelos, Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán.

Pero los hallazgos de nuestros escritores no bastaban para explicar el 68. Hacía falta la historia acerca de por qué el país había llegado a donde estaba. Había en mi generación hambre de historia que explicara el presente.

Para mí es claro ahora que estábamos atrapados en una de las grandes mistificaciones de la historia de México, eso que llamé en alguna parte “el fetiche de la Revolución mexicana”. Me refiero al hecho de que sucesivos gobiernos que se dedicaban a crear un país industrial capitalista llevaban del brazo un discurso oficial obrerista, campesino, indigenista, revolucionario.

Buena parte de la imaginación pública del país estaba atrapada en esa paradoja, probable consecuencia de otra, anterior, asociada al liberalismo mexicano.

En la segunda mitad del siglo XIX, contra las costumbres viejas de un país feudal, católico, monárquico, había triunfado en México el credo liberal, inspirado en la Ilustración francesa, el liberalismo español y la democracia estadunidense. La república triunfante de 1867 soñó un país de leyes e instituciones liberales, pero no produjo libertades, derechos civiles ni gobiernos controlables. El liberalismo mexicano fue la antesala de la dictadura. Dio a luz un nuevo régimen de fueros y un sistema político de reflejos monárquicos, cuya primera encarnación fue Porfirio Díaz; la segunda, el presidencialismo posrevolucionario, cima de la “revolución hecha gobierno”.

Para legitimarse como revolucionario, el Estado creó un discurso popular y social. A ese discurso le venían mejor las causas de los movimientos derrotados durante la Revolución —el agrarismo de Zapata, la justicia plebeya de Villa, el anarquismo de Flores Magón— que la historia de las facciones ganadoras: el liberalismo de Carranza, la fiebre empresarial de Obregón, la corrupción de los caudillos revolucionarios como una forma de movilidad social y de acumulación primitiva, valores más consistentes que el zapatismo o el floresmagonismo con los procesos que siguieron: la industrialización, la urbanización, el desarrollo capitalista.

La contradicción del discurso y de la realidad posrevolucionaria se condensaba para mí en aquellos tiempos en una pregunta académica simple: ¿por qué no había estudios ni prestigio para los ganadores de la Revolución —los constitucionalistas: Carranza, Obregón, Calles— y en cambio los había para los perdedores —Madero, Flores Magón, Zapata—.

La pregunta creció cuando hice una lista de los sonorenses que habían ocupado altos puestos en los gobiernos posrevolucionarios entre 1920 (año del ascenso de Obregón) y 1936 (año del exilio de Calles).

La lista mostraba algo más que un triunfo militar: una verdadera ocupación del gobierno por políticos y militares nacidos en Sonora. Los sonorenses no sólo habían sido el grupo militar triunfador de la Revolución mexicana. Durante los siguientes 15 años se habían repartido el gobierno del país y habían puesto los cimientos institucionales del siglo XX mexicano, empezando por la pacificación del ejército y terminando por la creación del banco central y del Partido Nacional Revolucionario (1929), el abuelo político del PRI.

Me propuse entonces hacer la historia de aquel triunfo y de aquella ocupación. Con la enjundia juvenil del caso —yo nací en 1946, entré a El Colegio en 1969, escogí mi tema de tesis un año o año y medio después, por ahí de los 25 años— me propuse hacer una historia que empezara en 1910 y terminara en 1936.

Escribí la primera versión de La frontera nómada, en forma de tesis doctoral, a marchas forzadas, para cumplir el plazo de entrega que tenía. La promoción doctoral de 1969 del Centro de Estudios Históricos en El Colegio de México fue extravagante. Por insistencia de José Gaos, el gran maestro del centro, abrieron la posibilidad de hacer el doctorado en historia a no historiadores. Entre los 12 doctorantes de aquella promoción hubo una contadora, un ingeniero, un economista, un ex seminarista, y yo mismo, un renegado de la comunicación.

Nos dieron un año de clases de historia, metodología y ciencias sociales, y tres años de plazo para escoger y terminar una tesis. La mitad de esos tres años yo trabajé en el Departamento de Investigaciones Históricas del INAH, por invitación de mi maestro de entonces, y, a partir de ahí, mi amigo de toda la vida, Enrique Florescano. Luego empaqué mis cosas, me fui a Sonora y trabajé siete meses en el archivo del gobierno del estado y en la Biblioteca y Museo de Sonora.

Volví con una cantidad increíble de tarjetas y documentos y unos cuantos meses para escribir. Luego de ordenar las tarjetas en una secuencia narrativa razonable, escribí tumultuosamente, tratando de explicar los detalles de cada situación más que su sentido general. Encerrado a piedra y lodo, tecleando, corrigiendo y volviendo a teclear, vi crecer el manuscrito de manera incontenible. Lo que yo pensé que sería un breve capítulo introductorio, el retrato de la Sonora porfiriana y de sus agravios locales, creció hasta volverse una tercera parte de la obra.

Encontré un mecanismo narrativo que hizo menos académica o menos árida esa reconstrucción. Fui siguiendo el itinerario de la gira de Madero por el estado y contando demoradamente las características del lugar al que llegaba, de manera que, cuando la gira termina en el libro, de algún modo se ha leído una historia de la vida sonorense durante el Porfiriato.

Las siguientes partes del libro fueron ordenadas en una secuencia más lineal, propiamente cronológica, pasando de la insurrección maderista en 1911, a la rebelión de Orozco en 1912, a la rebelión de Sonora contra Huerta en 1913 y a la “revolución administrada” que bajó del noroeste hacia el centro, por la cuenca del Pacífico y el Bajío, hasta la rendición del ejército federal, en agosto de 1914.

La narración cronológica fue ordenada conceptualmente por unos cuantos temas recurrentes: la persistente violencia indígena, la organización del ejército revolucionario desde el gobierno estatal, la pugna política de jefes y dirigentes, la lógica financiera de la guerra, la frontera como gran proveeduría de armas, dinero y negociación política con los Estados Unidos.

Escribí sin otra pretensión que la de hacer fluido el texto, dejándome ganar en todo momento por las cosas que me sorprendían. Fue el primer libro que escribí con premeditación: trazando su estructura en un mapa preciso que luego llené. Fue mi primer libro profesional, en el sentido gozoso de esa palabra. Al mismo tiempo, fue un libro completamente amateur, del todo inacabado respecto de su pretensión original que era terminar en 1936.

Terminé en 1914.

Con La frontera nómada descubrí el placer de la microhistoria. Un pueblo pequeño, una sociedad alcanzable con la lectura de un archivo, como la sonorense, era como un aleph donde podían leerse todas las trazas del comportamiento humano, su variedad de pasiones, necesidades, esperanzas. La historia de Sonora era quizá la de 80 familias extensas y sus etnias claves: los yaquis y los mayos. Lo demás eran las etnias pequeñas y los fuereños, ricos y pobres, que llegaron a aquella sociedad remota atraídos por un vendaval de cambios que, en una década, hizo aparecer y desaparecer ciudades, fortunas, destinos.

Uno de los grandes retos de escribir La frontera nómada fue reconstruir la Sonora porfiriana con ayuda de unos cuantos libros y miles de telegramas, que dejaban traslucir la vida local a propósito de los más diversos incidentes: la presencia de unos abigeos, un escándalo en el pueblo, los informes políticos de los presidentes municipales y los prefectos, las cartas de solicitantes del gobierno explicando sus problemas, etc. Aprendí en qué consiste el bordado a mano y por qué puede llegar a ser una actividad absorbente y maravillosa.

La abundancia y la significación de los pequeños detalles satisfizo otra de mis grandes tentaciones: la del gusano novelístico. Yo olí en la historia de la revolución de Sonora una versión real de las aventuras del lejano oeste que veía en el cine y de las que soy irredento aficionado. Fui a la historia de Sonora como quien acude a un western de la vida real: guerra contra los indios, vaqueros libres, gente de caballo y carabina, pueblos remotos, abigeos, minas incendiarias, ranchos prósperos y una revolución. Encontré todo eso y encontrarlo fue una fiesta aparte.

Quise escribir una historia narrativa que pudiera leerse como una novela. Mi amigo de la vida, José María Pérez Gay, leyó la primera versión y me escribió que era una “novela desangelada”. Tenía razón, entre otras cosas porque el libro termina cuando los personajes apenas empiezan a tomar fuerza y contornos propios.

El hecho es que escribí una historia narrativa más que una historia analítica. Cuando empecé a investigar La frontera nómada, no tenía hipótesis, en el sentido académico del término. Tenía sólo algunas preguntas. La principal era cómo había surgido la revolución en Sonora. Conforme fui respondiendo a esa pregunta, se fue desvaneciendo en mi horizonte la idea de la revolución como un alzamiento popular, espontáneo, incontenible.

En lugar de un “pueblo en armas”, apareció ante mis ojos un gobierno estatal que organizaba la guerra, a partir de la tradición de autodefensa de pueblos acostumbrados a guerrear y a defenderse. En lugar de un ejército popular desbordado, apareció un ejército profesional, cuyos soldados cobraban un “haber”, y cuyos jefes eran nombrados por el gobierno rebelde. Se trataba de una “revolución administrada” por un gobierno, mediante un ejército profesional que ese gobierno pagaba con sus ingresos, provenientes de las grandes empresas mineras y agrícolas del estado, en su mayor parte extranjeras. Para conservar sus ingresos y pagar su ejército, el gobierno local tenía que cuidar los intereses de esas compañías, mantenerlas trabajando.

No había nada muy revolucionario en todo eso, nada que correspondiera al lugar común según el cual una revolución supone la alteración radical de las relaciones de propiedad o el acceso de las clases proletarias al poder. En Sonora apenas se interrumpió el hilo de la constitucionalidad del gobierno establecido. Fue el gobierno local el que organizó la rebelión contra el centro, es decir, contra la dictadura militar de Victoriano Huerta, cuyo golpe de Estado había derribado a Madero en febrero de 1913.

Fue una rebelión de rancheros, comerciantes, maestros de escuela, hacendados venidos a menos, contra el intento del gobierno federal de someter al gobierno local.

La continuidad entre el viejo y el antiguo régimen era más evidente en Sonora que en el sur zapatista o en el norte villista. Por ejemplo: el gobierno local de Sonora y sus huestes revolucionarias sostenían contra las tribus yaqui y mayo una guerra de tintes raciales que en poco se diferenciaba de la guerra porfiriana contra esas mismas tribus.

Desde el punto de vista del paradigma revolucionario, el de una Revolución con mayúscula —como la rusa o la cubana: el sueño político de mi generación, luego nuestra pesadilla—, la revolución sonorense era un anticlímax; todo lo contrario de la revolución popular que habíamos aprendido a desear, ingenua y encendidamente. Mi molestia con esa realidad poco revolucionaria puede sentirse en distintos momentos de la redacción de La frontera nómada. En distintos pasajes me dediqué a reprochar a los sonorenses que hubieran hecho la revolución que ellos querían y no la que hubiera querido mi generación.

Escribí La frontera nómada con los anteojos de mi generación, reprochándole a los sonorenses que no fueran suficientemente revolucionarios, que no cumplieran con el estereotipo de revolucionarios radicales, dispuestos a cambiar el régimen de propiedad y a someter a las clases propietarias a las demandas del pueblo. La revolución que teníamos en la cabeza como digna de tal nombre era la revolución socialista, en particular la Revolución cubana, pero también la soviética y la china: la revolución que había todavía que hacer en México.

No sé en qué maestros, en qué autores, en qué ambiente de época adquirimos tales prejuicios, funestos y desencaminados. No en El Colegio de México, donde el tono era liberal y ponderado; incluso, para muchos, reaccionario. Quizá fue en la Universidad Nacional Autónoma de México, sacudida por el 68, donde el tono dominante en humanidades era un discurso radical de izquierda. La revuelta estudiantil de los sesenta era antigubernamental, antiliberal, antiautoritaria y de izquierda. No la guiaba un espíritu democrático. Era rupturista y revolucionaria, aderezada con cierto vitalismo que asociaba la revolución a la libertad de las costumbres, la fiesta, el rechazo a las normas y a los límites: prohibido prohibir. Era el espíritu de los tiempos.

Entiendo ahora que la retórica de la revolución socialista era sólo un extremo de la retórica de la revolución nacionalista y estatista que dominaba el discurso público de México. Hasta los empresarios eran nacionalistas y estatistas en el México de la Revolución mexicana.

Pienso ahora también, en un tono más personal, que la historia de la sociedad de frontera sonorense, su aislamiento, su lejanía de la corriente central de la historia de México, tenía para mí un eco de mi memoria infantil y familiar. El territorio de Quintana Roo donde yo nací, en el extremo sureste de la República mexicana, había sido también un espacio de frontera, librado a su propia suerte en el siglo XX, como Sonora en el XIX. Yo nací en un pueblo remoto, Chetumal, separado del resto de México, tal como la sociedad sonorense antes de 1910.

El sureste donde yo nací —no Yucatán, sino Quintana Roo— fue una zona de evangelización tardía, epidérmica, como la del norte laico frente a la implantación religiosa del altiplano. Y había en el sureste peninsular, en los rumores de mi propia casa y de mi pueblo, la memoria viva de la guerra de castas, como existían en Sonora las heridas recientes de la guerra yaqui. Acaso por esta similitud “civilizatoria”, Yucatán y Sonora tuvieron, durante el Porfiriato, una relación intensa, suficiente para que las autoridades de ambas regiones convinieran algo tan grave como la siniestra deportación de yaquis alzados de las haciendas trigueras del Yaqui a las plantaciones henequeneras de la península. El intercambio no fue sólo de ignominias raciales. Los laureles de la india que adornan todavía algunas de las más bellas avenidas de Hermosillo fueron regalos de gobiernos porfirianos de Yucatán, que los trajeron a su vez de Cuba. En Sonora esos árboles se conocen todavía como “yucatecos”.

Ya durante la Revolución, generales sonorenses gobernaron la península con mano de hierro. Salvador Alvarado fue gobernador revolucionario de Yucatán en 1915. Quebró el espinazo de las explotaciones henequeneras con decretos que anunciaron las expropiaciones cardenistas de las décadas siguientes. El de Alvarado fue un ensayo regional del Estado intervencionista y activo que llegaría al poder con los sonorenses, más pragmáticos y codiciosos empresarialmente que Carranza o Madero. Quintana Roo fue gobernado en los años veinte al menos por un gobernador de origen sonorense, Carlos Plank. En los años de mi infancia, Quintana Roo fue marcado, para bien y para mal, durante 14 años, por un gobernador que era superviviente político de la clientela sonorense, Margarito Ramírez, antiguo ferrocarrilero que ayudó a Obregón en su escapatoria de la Ciudad de México (1919) rumbo a la rebelión de Agua Prieta, la rebelión que regresó a Obregón a la ciudad capital como caudillo triunfante. Treinta años después de aquello, Margarito Ramírez llevó a mi pueblo muchas de las tradiciones sonorenses: jacobinismo, nacionalismo, fomento de los negocios, gobierno activo en la organización de cooperativas y empresas, corrupción, paisanaje y mano dura.

La historia no está atrás, en algún lugar distinto al de nuestra cabeza y nuestro presente. La historia es un pliegue de nuestro presente, es parte de nuestra conciencia histórica, sólo cobra realidad a través de ella, y esa conciencia, por definición, es hija del momento en que vivimos. Cada generación hace la historia de su tiempo y reescribe su pasado. Grandes cambios históricos exigen grandes reescrituras del pasado. Mi generación necesitaba revisar su pasado porque había dejado de creer en el presente que se presentaba como herencia directa de aquel pasado. El discurso de la Revolución mexicana había saturado nuestros oídos; queríamos cambiarlo, revisarlo, demolerlo. Al final eso es lo que ha sucedido en los últimos 25 años: la demolición de una visión del país y de su historia llamada Revolución mexicana. Reescribiendo la historia del pasado de la Revolución fueron cambiándose poco a poco las coordenadas de legitimidad y de interpretación del presente.

Es posible que este espíritu revisionista en la historia, que también tuvo su expresión incontenible en la prensa, en la opinión pública y, finalmente, en la política, haya ido demasiado lejos y haya vuelto a pintar en blanco y negro nuestro presente y nuestro pasado.

Releyendo La frontera nómada y otras obras de la “serie revisionista”, por momentos he tenido la impresión de que en algún sentido se nos pasó la mano de interpretación y descuidamos algo más nítido y sorprendente que nuestras hipótesis y explicaciones: los hechos mismos.

Nuestra historia revisionista ha creado en cierto modo una nueva historia de bronce. Quisiera volver a ver a Zapata sin ver en él la fidelidad agraria del sur, a Villa sin ver en él al reformador instintivo, a Madero sin el apostolado de la democracia, a Carranza sin el sello de fundador del nacionalismo, a Obregón sin su sombra de caudillo, a Calles sin la condición de fundador del Estado mexicano moderno, a Cárdenas sin el prestigio del expropiador del petróleo.

Quisiera volver al método pueblerino de leer los hechos directos, sin demasiada pretensión de explicarlos; dejar de preguntarles a esos hechos y a esos hombres sus razones y, sobre todo, las nuestras: devolverlos a su historicidad pura, a la sucesión estricta de los acontecimientos, para limpiarlos un poco de las demasiadas capas de pintura interpretativa bajo las que los tenemos, en cierto modo, sepultados.

La frontera nómada fue publicada en 1977. Al año siguiente, en 1978, traté de resumir las “tradiciones sonorenses” en un simposio académico, “Caudillo and Campesino in Modern Mexico”, organizado por David Brading en la Universidad de David Brading en Cambridge. Traté ahí por primera vez de sugerir que la experiencia revolucionaria sonorense anticipa mejor lo que sucedió en el país durante el siglo XX que la experiencia zapatista o villista. El texto ha sido incluido en esta edición como capítulo XI con el título: “Una mirada larga: la revolución que vino del norte”.

Tardé dos años más en entender el tamaño de la figura de Obregón, el caudillo invicto de la Revolución mexicana. La frontera nómada explora sólo sus inicios poco gloriosos y lo deja en el umbral de su fulgurante camino al poder y la tragedia. Traté de enmendar mi falta en 1980 con un ensayo biográfico: “Macbeth en Huatabampo. Álvaro Obregón Salido, 1880-1928”, que puede leerse como capítulo X de esta edición.

Creo que la inclusión de estos materiales completa en muchos sentidos el cuadro inacabado de mi historia y mejora sustantivamente esta edición. Lo mismo puedo decir del material iconográfico que acompaña estas páginas, en particular los mapas, que permiten leer ordenadamente las señas geográficas de la narración, y las fotos de personajes, actores, lugares de esta historia, cuyas efigies antiguas transmiten el aura irresistible del pasado. Han sido rastreadas por los editores en distintos fondos documentales: la fototeca del INAH/Conaculta, y los Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca: Colección Jesús H. Abitia, Fondo Fernando Torreblanca y Fondo Plutarco Elías Calles

La tercera edición de La frontera nómada no hubiera sido posible sin la recepción creativa de la idea por el director del Fondo de Cultura Económica, José Carreño Carlón, sonorense él mismo y amigo tan viejo y tan pródigo como la primera idea que tuve sobre La frontera nómada, hace medio siglo.

Tomás Granados Salinas fue escrupuloso editor del proyecto hasta sus últimas fases, en que tomó la batuta Edgar Krauss, a quien debo muchas de las sugerencias y las decisiones claves del resultado final.

Para todos ellos mi gratitud, y para todos los que han acompañado secreta o públicamente este libro desde su primera edición, en Siglo XXI Editores, y durante su segunda, en Ediciones Cal y Arena, cuyos nombres constan en los respectivos prólogos, que pueden leerse a continuación de éste.

Añado otros nombres que la vida ha traído a mi vida en estos años y que no constan en ediciones previas pero quiero hacer constar en ésta: Catalina, Daniel, Mateo, Greta, Eugenia, José María, Luisa y los que vienen.

H. A. C.Agosto de 2016

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN, 1977

Federico Gamboa es el autor del primer best-seller de las letras mexicanas del siglo XX. Su novela Santa (1903) fue a la vez el retrato de una prostituta espiritualizada y de una moral anterior a “la bola”. En diciembre de 1923, Gamboa escribió en su Diario:

Sonora es el estado más alejado de nosotros. Para convencerse no hay sino registrar nuestra historia nacional, toda ella escrita con sangre y lágrimas; no se encontrará en ésta un solo hecho ¡ni uno solo! que revele la menor solidaridad con nuestros muchos dolores y nuestras escasas alegrías. Tampoco se hallará un solo individuo que haya coadyuvado en nada nuestro. Nunca vibraron con nosotros, nunca lloraron con nosotros. Hasta su tipo étnico difiere totalmente del nuestro. Las muchas leguas que del resto del país los alejan y distancian, son nada si se las compara con las leguas morales que de nosotros los separan.1

Este libro narra las condiciones que permitieron romper aquel aislamiento; la forma en que los jefes y los ejércitos sonorenses empezaron a colonizar una historia que hasta antes de la Revolución mexicana les fue ajena, y a partir de 1920, si puedo decirlo, subsidiaria. La hegemonía sonorense en los años posrevolucionarios fue vasta y de efectos perdurables. Juzgada como lo hace Gamboa, desde el punto de vista del México viejo —con sus tradiciones indígenas, coloniales, católicas y agrarias—, equivale al triunfo de una invasión. Pocas cosas tan extrañas a la nación mexicana como los hábitos laicos, el pragmatismo feroz, la ausencia de compromisos y legados, la violenta supervivencia de la sociedad de frontera sonorense. Frente a ese México viejo, corazón y módulo de la nacionalidad (empezando con la barroca cortesía del altiplano, terminando con su laboriosa multiplicidad étnica, cultural y económica), los sonorenses fueron los bárbaros. Sus tradiciones disponibles eran otras. Para el mundo indígena: la guerra de exterminio yaqui; para el problema agrario: irrigación, mecanización y haciendas exportadoras; para la alimentación: trigo; para la geografía: opresión extenuante de desiertos y distancias; para la demografía: dispersión, alta mortalidad, parentescos extendidos; para sobrevivir: la defensa armada de lo propio; para la instrucción pública: la historia patria liberal y jacobina; para la religión: mujeres disculpadas en sus rosarios de la tarde por un laicismo masculino; para la confianza: el paisanaje localista —y también para el encono—; para la admiración inconfesada: el capitalismo del sudoeste estadunidense.

Dentro de la Revolución mexicana, la de los sonorenses es una historia de triunfadores; acaso por ello, en un país inclinado a ponerse del lado del que cae, a reservar para sí la identidad del vencido, es también una historia no escrita, o escrita fragmentariamente. Durante mucho tiempo hemos conservado en la cabeza, como verdaderos símbolos de la Revolución, los rasgos legendarios de los derrotados: Emiliano Zapata, Francisco Villa, Ricardo Flores Magón. Y junto a ellos, las imágenes caudalosas de un mundo campesino puesto en pie: los Dorados de Villa lanzándose sobre un nido de ametralladoras o las huestes zapatistas volando trenes en Chalco; en suma, la idea de una revolución campesina traicionada, de unos ejércitos brotados de todos los rincones, de unos dirigentes que resumen las debilidades y excelencias de combatientes por cuyas venas corre un denso impulso radical, instintivo, que aspira a transformarlo todo. Pero esos lugares comunes pertenecen, en conjunto, al mundo de la derrota en la lucha revolucionaria, a lo que no se impuso, a lo que fue incorporado marginalmente por una necesidad táctica de los triunfadores, sin que esto representara para ellos más que eso: una concesión, no un objetivo. Pedir hoy que el Estado mexicano devuelva la “Revolución” a sus fuentes radicales es creer que el presente puede imponer por vías institucionales lo que el más propicio de los momentos del pasado no pudo consolidar por las armas.

Los triunfadores de la Revolución tienen un nombre: carrancistas; y dentro de este grupo, una facción: la de los revolucionarios de Sonora. Su lucha, en tanto resultado y en tanto procedimiento, tiene poco que ver con aquellas otras tendencias populares que la mala memoria y los veintes de noviembre han consagrado como santo y seña de la Revolución. Creo no haber escrito más que una descripción de los procedimientos revolucionarios de los sonorenses, así como del contexto histórico que los hizo posibles. Muchos detalles sustentan, y a veces ahogan, esa crónica. Son la consecuencia de un método pueblerino, el único que en todo momento traté de ejercer. Quien dice en un libro de historia: “Rodríguez se levantó en Cocóspera con ciento cincuenta hombres” y sigue de largo suple la explicación del hecho con su mera enunciación, omite lo esencial: quién era Rodríguez, quiénes los ciento cincuenta, por qué Rodríguez estuvo al frente y por qué los demás lo siguieron. Y así en cada incidente. Entiendo que la proposición implícita en el ejemplo es que la verdadera explicación de un hecho histórico requiere pulsaciones y detalles infinitos. Como es evidente, no he ido tan lejos. Pero en cada pasaje, con la información en la mano, he preferido arriesgarme al puntillismo que resumir en el vacío el sentido de hechos cuyo origen más concreto desconozco. El capítulo final retoma algunos hilos conductores que iluminan el diseño global del tejido, si alguno hay.

Esta investigación fue iniciada como parte del programa del doctorado en historia de El Colegio de México, promoción 1969-1974, y terminada bajo los auspicios del Departamento de Investigaciones Históricas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. La cordialidad del personal del Archivo General del Estado de Sonora, en Hermosillo, y del Patronato de la Historia de Sonora en la Ciudad de México no fue el menor de los apoyos. Las personas que ayudaron con su cercanía y su calor a la redacción original de este libro están íntimamente asociadas a él aunque nunca se les mencione en el texto: Enrique Florescano, Alejandra Moreno Toscano, Jorge Ceballos, Rosa María Lema, Primitivo Rodríguez, Laura Salinas, Ema y Segundo Portilla, Miryam Alvarado, Constanza Mollinedo, Hugo Hiriart, Isabel Gil, Armida y Luis González, Isabel y Enrique Krauze, Adela Prieto, Fanny Campillo, Carlos Monsiváis, Margarita Urías y José María Pérez Gay.

Y mis dos Emmas.

H. A. C.21 de agosto de 1976

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN, 1997

Hace 20 años entregué a la imprenta la primera edición de La frontera nómada, un intento de explorar la historia de la facción triunfadora de la Revolución mexicana, la facción sonorense, cuyos caudillos fundarían los rasgos centrales del México moderno. Cuando empecé a estudiarlos eran unos triunfadores impopulares. Lo siguen siendo. Como se sugiere en el prefacio de la primera edición, la posteridad histórica mexicana tiende a venerar a sus héroes derrotados y a mirar con recelo a sus personajes triunfadores. Es así como se ha erigido en símbolo fundante de la nacionalidad la figura sacrificial de Cuauhtémoc, el guerrero azteca que ejemplifica la resistencia heroica pero también la derrota ineluctable de su pueblo. Son padres de la patria, forjadores de su independencia, Miguel Hidalgo y José María Morelos, los curas guerrilleros que perdieron la vida y fracasaron en su causa independentista, varios años antes de que la consumara uno de los grandes villanos de nuestra historia, Agustín de Iturbide.

El panteón de la Revolución mexicana prefiere también celebrar a sus águilas caídas antes que a sus caudillos ganadores. Tiene puesto su orgullo en el martirio de Francisco I. Madero, la fidelidad agraria de Emiliano Zapata, la violencia plebeya de Francisco Villa, más que en el sentido de nación de Venustiano Carranza, el genio pluriclasista de Álvaro Obregón o la visión fundadora de Plutarco Elías Calles. No se exagera mucho si se dice que, al final de la línea, la historia en México no la han escrito los triunfadores. Benito Juárez es una excepción, pero no fue él quien consagró su propia historia, sino el villano nacional que lo sucedió en el mando, Porfirio Díaz, el cual se había rebelado contra Juárez por lo mismo que más tarde se rebelarían contra él: la tendencia juarista a concentrar y retener el poder. La otra excepción de un triunfador venerado en la historia de México es Lázaro Cárdenas, cuya figura y memoria agrandaron también quienes se dedicaron a corregirlo en su posteridad.

Juárez y Cárdenas ganaron en consagración histórica el reconocimiento nacional que no tuvieron cuando gobernaban. Repudiados, controvertidos y aun odiados en el momento de hacer mutis del escenario de su tiempo, fueron después los ausentes deseados, los santones de la Iglesia laica que es toda historia patria digna de ese nombre. Hoy resulta casi una profanación recordar que Juárez debió gran parte de su triunfo contra la intervención francesa al respaldo militar y diplomático de los Estados Unidos. Profano es también decir que la utopía popular cardenista estuvo sustentada en un autoritarismo corporativo y antidemocrático, tan impopular en su tiempo, cuando lo llevó a cabo el Partido de la Revolución Mexicana, como impopular es hoy su herencia, que carga el Partido Revolucionario Institucional.

Historiadores de las costumbres nacionales nos explicarán algún día por qué quienes negaron en la práctica a Juárez y Cárdenas necesitaron encumbrarlos como sus antecedentes; por qué tuvieron la necesidad de asumirse herederos y defensores de la experiencia histórica que querían demoler. Mientras defendía la herencia liberal y nacional de Juárez, Porfirio Díaz construía un gobierno autoritario. Mientras consagraba la utopía popular, corporativa y estatista de Cárdenas, la familia revolucionaria se entregaba a la realidad capitalista de la posguerra. El tiempo y la simplificación borran las continuidades. Benito Juárez aparece desligado de Porfirio Díaz tanto como Lázaro Cárdenas de los presidentes sucesores. La evocación de sus logros tiende a convertirse en una secuela de próceres buenos seguidos de próceres malos. Hay cierta lógica en ello. Para presentarse como eslabón culminante de la historia liberal, Porfirio Díaz no quería subrayar en la memoria pública los modos antiliberales, oligárquicos y proamericanos del México de Juárez. Le interesaba destacar las partes luminosas, no las oscuras, porque quería alumbrarse con ellas, y mejorar así sus propias sombras. Los presidentes posrevolucionarios, sucesores y negadores de Cárdenas, no querían tampoco destacar los rasgos autoritarios y corporativos de Cárdenas, sino sus venas nacionalistas y justicieras. Esa era la herencia revolucionaria que deseaban alumbrar, para ser mejorados y sostenidos por ella. La pulsión binaria de la historia patria hizo lo demás: borró las sombras en un lado y la luz en el otro, dejó en uno puras sombras y en el otro lado sólo luces, diluyendo los grises, que son la esencia misma de la historia.

Algo en lo profundo de la sensibilidad del país sospecha de las testas coronadas y se inclina ante los pendones caídos. Pero los triunfadores tienen más cosas que decir de la historia posterior a su triunfo que los derrotados, aunque ambos sean partes de la experiencia total de la nación. La victoria de Cortés es más explicativa de lo que siguió que la derrota de Cuauhtémoc. La independencia triunfante de Iturbide es un hecho más decisivo para el futuro de la nación que las campañas guerreras de Hidalgo y Morelos. Lo mismo puede decirse de la facción sonorense y sus caudillos en relación con el México posrevolucionario. Su experiencia tiene un peso explicativo mayor —no único, sino mayor— que las campañas fulgurantes de Villa o la fidelidad agraria de Zapata. El México de fin del siglo XX se parece más al que fundaron Carranza, Obregón y Calles que al que pudieron soñar Zapata y Villa. No porque fueran más visionarios o tuvieran más claro lo que buscaban —aunque por algo ganaron—. También porque fueron ellos quienes tomaron las decisiones que hicieron el porvenir.

Muchas cosas han sucedido con la Revolución mexicana en los últimos 20 años. Una de las más notables es que ha empezado por fin a ser parte de la historia. Es una realidad que pertenece cada vez más al pasado y cada vez menos al presente —interminable presente— en que la convirtió el discurso público de México. Me refiero al discurso público en su sentido más amplio: el de la oratoria oficial y la historia patria, el de la plaza pública y la crítica intelectual, el del periodismo político y la cultura de masas, lo mismo que el discurso implícito en los ámbitos de la educación sentimental y el orgullo patrio. En todos esos órdenes el discurso público ha dejado de utilizar a la Revolución mexicana como proyecto de futuro o referencia de legitimidad histórica. El México de fines del siglo XX se revuelve en la ola de un largo adiós al entramado institucional que se ostentó por décadas como directo engendro del movimiento de 1910.

Nuevas palabras, como modernización o democracia, se disputan el lugar que antes tuvo en los estrados y en las conciencias el proteico mito revolucionario. La pobreza comparativa de esas palabras es evidente. Ninguna parece capaz de incubar una nueva conciencia y un nuevo proyecto nacional. Más impracticable aún parece insistir en el viejo código. El desacomodo político mexicano de fin de siglo tiene su origen en las nostalgias secretas y las fracturas públicas creadas por este tránsito. La corriente de fondo acaso sea una resistencia múltiple al abandono del enorme pasado/presente que nos acostumbramos a llamar, por tanto tiempo, Revolución mexicana.

Releyendo y corrigiendo La frontera nómada, 20 años después, descubro que su materia tiene poco o nada que ver con esa construcción ideológica del establecimiento posrevolucionario. Su materia es la de unos hombres de frontera que fueron a la revolución sin saber que fundarían el Estado mexicano moderno y su profusa mitología popular. Es la historia de unos rancheros y maestros de pueblo, unos obreros itinerantes, unos pequeños agricultores, soldados recientes, burócratas sin brillo, comerciantes y profesionistas ambiciosos que se hicieron a las armas en autodefensa de su tierra natal y terminaron al frente de un país destruido y renovado por una guerra civil. Es la historia de algunos de nuestros próceres antes de que empezaran a serlo, antes de que se subieran al pedestal y los petrificara un busto ecuestre. Ojalá y el desvanecimiento mitológico de la Revolución mexicana ayude a verlos mejor, más llana y nítidamente, como conviene a la objetividad de la disciplina histórica y a la salud de la memoria nacional.

La relectura del libro me ha hecho patente también el paradigma, invisible para mí cuando escribía, desde el que la historia de los revolucionarios sonorenses era juzgada por el historiador que escribió hace 20 años estas páginas. Mi vara de medir, creo, era La Revolución con mayúsculas, la revolución que, para serlo de veras, debía transformar las estructuras y refundar la historia. Parecía irritarme la falta de voluntad de los revolucionarios de Sonora para arrasar la sociedad existente y voltear de cabeza el ancien régime. Me irritaba su falta de radicalismo o de compromiso social para intentar una “verdadera revolución”. Entre líneas, o explícitamente, los fustigaba por eso: por haber hecho una revolución con minúsculas, atenta a las conveniencias de la ley y los fueros de la propiedad. Las anteojeras eran mías, desde luego. Me hacían perder de vista algo que ha quedado en estas páginas, y que me parece hoy más interesante que los ideales o las exigencias teóricas de una Revolución con mayúscula.

Me refiero a la forma como la pasión política corre desnudamente, sin rubor ni justificación, por las vidas que se esbozan en estas páginas. Con detalle y profusión, a veces fatigosa, puntillosamente, estas páginas retratan algo más interesante que la voluntad de cambio revolucionario, algo que puse en el libro en muchos momentos sin reparar en su importancia. Ese algo son los modos del combate político, sus incandescencias volátiles y caprichosas, a menudo ineluctables, portadoras de una densidad humana que sólo pueden igualar otros órdenes fundamentales de experiencia como la riqueza o el miedo, la religión o el amor. Dondequiera que vaya la política, habrá razones, ocasiones y pasiones semejantes a las que deja entrever el linaje revolucionario sonorense. No es una historia piadosa. Pretende ser una historia real.

He añadido a la segunda edición de La frontera nómada dos mapas y un índice onomástico, un cuadernillo de fotos, varias reparaciones bibliográficas detectadas por Enrique Núñez y una dedicatoria para Ignacio Almada Bay. He suprimido adjetivos, separado párrafos y limpiado la puntuación. He conservado, en las notas, una alusión juguetona a Segundo Portilla, que se ha ido. Quiero escribir, por último, con agradecimiento, el nombre de Alberto Román, sin cuya mano editora este libro sería más imperfecto de lo que es.

3 de enero de 1997

A Tita, a Rosario

A Ignacio Almada Bay

Cuando vengan los bárbaros ellos darán la ley.

C. P. CAVAFIS

PRIMERA PARTE

COMPOSICIÓN DE LUGAR

El 19 de diciembre de 1909, luego de una reunión de más de 1 000 seguidores en el teatro Tívoli de la capital de la República, Francisco I. Madero abrió la segunda etapa de una gira política que había empezado meses antes en algunas ciudades del Golfo, el sureste y el norte oriental del país. Ni el Tívoli ni Madero eran entonces lo que la historia hizo de ellos más tarde; les esperaban los años más difíciles —y los más gloriosos—. En 1909 Madero era, sobre todo, un predicador, miembro de una acaudalada familia de hacendados coahuilenses, autor de un libro tupido de disquisiciones históricas, activo organizador de algunos grupos oposicionistas que habían venido a la luz por la rendija de una entrevista en la que Porfirio Díaz confió al reportero James Creelman que el pueblo mexicano estaba, por fin, apto para la democracia (y él dispuesto a deponer la tutela que había ejercido por casi 30 años sobre el tenaz adolescente). El itinerario maderista de fin de año apuntaba al otro flanco de la República: el occidente, la costa del Pacífico, Sinaloa y Sonora, hasta la frontera con los Estados Unidos. Las giras maderistas se resumían en la admirable fidelidad de una comitiva exigua (la esposa de Madero, Sara; el estenógrafo Elías de los Ríos; Roque Estrada, cercano colaborador y exigente testigo), la visita a ciudades importantes, la celebración de mítines, la fundación de algún club y la pronta salida a otro punto. La hostilidad de las autoridades y el ralo aparato financiero y administrativo del antirreeleccionismo conferían a las giras del Apóstol un aire ingenuo, una eficacia restringida. Pero la reciente deflación del movimiento reyista y los muchos brotes de insatisfacción regional eran un caldo de cultivo propicio a toda posibilidad independiente.