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Un amplio y clarificador panorama de las consecuencias de la era digital (algoritmos, redes sociales, robotización, inteligencia artificial, criptomonedas, medios de comunicación, etc.) en la sociedad actual. La digitalización se ha impuesto en poco más de dos décadas. Y la ilusión inicial ante ese avance ha ido inclinándose hacia la decepción, hasta agrietar casi todos los consensos sociales y políticos. Internet estaba llamada a ser la herramienta que daría paso a un nuevo mundo más libre, descentralizado y en red, pero ha derivado en el dominio de un puñado de gigantes empresariales. Las nuevas formas de comunicación no nos han unido, sino que nos acercan demasiado a menudo al tribalismo, a guerras culturales acríticas y a nocivas burbujas ideológicas. Recibimos servicios que creemos gratuitos pero que se basan en la extracción encubierta de nuestros datos. Hemos regalado nuestra intimidad a cambio de entretenimiento y son muchos los que se refugian en sus pantallas para evitar el incómodo roce con el diferente. Ante este horizonte aparentemente deshumanizado, hemos apartado nuestra mirada de los avances científicos que están por llegar. En La gran fragmentación, Ricardo de Querol lleva a cabo una sagaz reflexión sobre cómo la sociedad contemporánea ha abordado la transformación digital. Sobre cómo reforzar sus extraordinarias ventajas y cómo corregir sus peligrosos inconvenientes. Hemos perdido la fe en el progreso y urge recuperarla.
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Seitenzahl: 407
Veröffentlichungsjahr: 2023
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LA GRAN FRAGMENTACIÓN
Ricardo de Querol
© del texto: Ricardo de Querol Alcaraz, 2023
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: febrero de 2023
ISBN: 978-84-18741-97-5
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
INTRODUCCIÓN
De la fascinación a la desilusión
1.QUÉ TEMER DE LOS GIGANTES DIGITALES
Auge y caída de la reputación de Silicon Valley
2.QUÉ TEMER DE LAS REDES SOCIALES
Del meme al zasca: cómo salir de la burbuja
3.QUÉ TEMER DE LA TECNOVIGILANCIA
El fin de la intimidad como la entendemos ahora
4.QUÉ TEMER DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Este algoritmo me tiene manía
5.Qué temer de la robotización
La máquina que aprendió a doblar ropa
6.QUÉ TEMER DE LA CRIPTOMANÍA
El sueño ácrata que condujo al capitalismo de casino
7.QUÉ TEMER POR LA CULTURA
La creación y el entretenimiento no son lo que eran (pero son)
8.QUÉ TEMER POR EL PERIODISMO
Elige tu dieta informativa, no todas nutren igual
9.QUÉ TEMER DE LA SOLEDAD
El amor, el desamor y el miedo a la muerte en tiempos conectados
10.QUÉ TEMER DEL APOCALIPSIS DIGITAL
Si la red se apaga, hablen entre ustedes
11.QUÉ TEMER DEL TRANSHUMANISMO
Mejorar el cerebro no saca de pobre
12.CONTRA LA TECNOFOBIA
Cómo recuperar la fe en el progreso
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
Quita, quita. Qué rueda ni qué rueda. Siempre hemos cargado con el peso en la espalda y así debe ser.
¿De verdad vas a cultivar alimentos? Recuerda que somos cazadores y recolectores, no nos compliques la vida.
No es buena idea que te metas con el barco en el mar. Vas a caer en el abismo.
¿Fundir metales? ¿Es que ya no te sirven las herramientas de piedra?
Este invento de la escritura va a acabar con la tradición oral. Qué empobrecimiento para las futuras generaciones.
¿De verdad hacía falta ese acueducto? ¡Si basta con portar los cubos de agua!
La imprenta no va a funcionar. Las letras quedan cuadradas y feas. Donde esté la belleza del manuscrito...
Ese aeroplano nunca va a conseguir llevarte a ningún sitio. Te vas a estrellar.
La bombilla tiene cierta utilidad, pero yo sigo prefiriendo la cálida luz de la vela.
El gramófono es una aberración. Rompe la magia de la música.
Han puesto ordenadores en la empresa, pero yo voy a seguir escribiendo a máquina, como siempre he hecho.
Eso de la fotografía digital nunca dará la misma calidad que el carrete.
Internet es una pérdida de tiempo. Deteriora nuestra memoria.
Seguiremos lanzando discos. Nuestros fans son muy fieles.
¿Para qué tenemos que vender online? Nuestras tiendas son excelentes.
Hay que levantar una frontera. Hay que construir un muro. Quedémonos a salvo de todo lo que nos desconcierta.
El temor a los cambios es muy humano. Tenemos un sesgo conservador. Nos acostumbramos a vivir de una manera y de repente nos cambian las reglas. Nos imaginamos sustituidos por robots. Acongoja una fase más despiadada del capitalismo, que arroje a la cuneta a los analógicos.
Nada nuevo, en realidad. El ser humano se ha adaptado una y otra vez a los avances que lo revolucionan todo. En ocasiones, las mejores mentes de una generación han sido las más resistentes al cambio. En el siglo IV a. C., cuando la escritura se abría paso en el Mediterráneo oriental, Sócrates no quiso saber nada del invento. Cuenta la escritora Irene Vallejo que el filósofo «era un formidable conversador que siempre se negó a poner por escrito sus enseñanzas. Acusaba a los libros de obstaculizar el diálogo de ideas, porque la palabra escrita no sabe contestar a las preguntas y objeciones del lector».1 Al final, los libros que no escribió él, pero citan su pensamiento, como los de Platón, lo hicieron inmortal.
También en el siglo XXI algunos pensadores se dejan llevar por el catastrofismo ante el empuje de la tecnología. Uno de los más populares es el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han, a quien se suele comparar con una estrella del rock, y que dice: «El teléfono inteligente es el artículo de culto de la dominación digital. Como aparato de subyugación actúa como un rosario y sus cuentas; así es como mantenemos el móvil constantemente en la mano. El me gusta es el amén digital». Y continúa: «El hogar inteligente con cosas interconectadas representa una prisión digital. La cama inteligente con sensores prolonga la vigilancia también durante las horas de sueño. La vigilancia se va imponiendo de modo creciente y subrepticio en la vida cotidiana como si fuera lo conveniente. Las cosas informatizadas, o sea, los infómatas, se revelan como informadores eficientes que nos controlan y dirigen constantemente».2
Vaya, la tecnología que llevamos en el bolsillo o que nos rodea es retratada como una pesadilla totalitaria, no somos más que sus esclavos. Entonces, ¿es el móvil un grillete que nos encadena? ¿Nos convertirá la inteligencia artificial en prisioneros? Se extiende esta forma de pensar, curiosamente, entre la gente que consume compulsivamente información en sus dispositivos digitales. Leemos lo que escribe Byung-Chul Han, o Platón, en una pantalla, o lo escuchamos en un podcast, lo comentamos en las redes sociales, enviamos el enlace a algún conocido por WhatsApp. Y con esas mismas herramientas compartimos también infinidad de tonterías, claro, vídeos de gatitos o chistes facilones. No todo va a ser filosofía.
No hace tanto, todo esto que hoy despreciamos, porque lo damos por hecho, era muy ilusionante. En un vídeo de 1988 que suma infinidad de visitas en YouTube, Isaac Asimov anunciaba con optimismo lo que estaba a punto de ocurrir: la irrupción del saber en cada hogar. «Todo el mundo podrá tener un maestro en forma de acceso a los conocimientos acumulados por la especie», explicó el escritor a Bill Moyers en el programa A World of Ideas. «Una vez que tengamos conexiones de ordenador en cada casa, cada una de ellas conectada a enormes bibliotecas, donde puedas hacer cualquier pregunta y obtener respuestas y referencias de algún tema que te interese desde niño, no importará lo que digan los demás». Le pregunta Moyers si eso no va a deshumanizarnos. Y responde Asimov: «Todo lo contrario. A mí me parece que gracias a estas máquinas por primera vez podremos tener una relación uno a uno entre la fuente de información y el consumidor de la información».
Lo que a finales del siglo XX era fascinación, la sensación de dar un salto al futuro, hoy es en buena parte desilusión, decepción, escepticismo. Internet se veía al principio como algo liberador, casi libertario, que emanciparía a cada ser humano, que permitiría el acceso de todos al conocimiento, que burlaría la censura de los tiranos, que saltaría todas las fronteras y los prejuicios, que nos llevaría a una democracia más profunda, incluso directa. Lo que salió, al final, es gente como Trump, Bolsonaro, Orbán o Meloni; a los jóvenes de la Primavera Árabe que se levantaron por la libertad les cayeron dictaduras nuevas; incluso han reaparecido las guerras de conquista como la de Putin en Ucrania. Si iba a venir un mundo mejor, seguimos esperándolo. Ha sido el viaje que el filósofo Daniel Innerarity llama así: «del ciberentusiasmo a la tecnopreocupación».
Todo va rápido, muy rápido. Otros avances de la humanidad tardaron siglos en cuajar; la digitalización lo ha hecho en poco más de dos décadas. En el terreno empresarial, la era digital ha traído una tendencia centrípeta: el efecto que llaman «el ganador se lo lleva todo». Este nuevo mundo está dominado por un puñado de empresas grandísimas, más que Estados enteros, con un poder descomunal sobre cada uno de nosotros porque les hemos regalado nuestros datos. Sin embargo, en la sociedad la tendencia fue la contraria: centrífuga. La vida conectada —también otros factores que veremos— nos ha llevado a la gran fragmentación. Se agrietaron los consensos en que se había basado el desarrollo de Occidente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la fe en el sistema democrático, en la economía de mercado y en el estado del bienestar; la tendencia a la moderación. Las nuevas formas de comunicación no solo no nos han unido, sino que nos han empujado al tribalismo, a las guerras culturales, a la posibilidad de vivir en una burbuja donde todo el mundo piensa como tú y donde se acosa al disidente. Oscuros algoritmos, de cuyo funcionamiento no se nos dice nada, crean una visión del mundo para nosotros. Tienen fácil manipularnos no ya las compañías digitales, sino multitud de grupos de presión, que saben hacer magia negra en las redes.
Existe un temor muy fundado a estar entrando en una nueva fase del capitalismo: el tecnocapitalismo depredador de nuestros datos, también descrito como capitalismo de vigilancia. Un nuevo modelo de sociedad presidido por las GAFAM: Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft. Plataformas que, para colmo, han agravado el fenómeno de la precariedad laboral con la llamada economía de bolos (gig economy). La juventud sufre en particular ese oscurecimiento de sus perspectivas no ya profesionales sino vitales; no extraña tanto su desapego a un sistema que no promete más que bolos o chapuzas para ir tirando.
Las soluciones para navegar en este tiempo nuevo no están escritas: tenemos que construirlas. Claro que nuestras pesadas administraciones avanzan más lentas que las empresas más innovadoras y voraces. Pero algo está cambiando en este terreno: EE. UU. y Europa dan pasos hacia una regulación más estricta de la privacidad, de la concentración empresarial, del abuso de posiciones dominantes en los mercados digitales, del escándalo de los falsos autónomos explotados, de las nuevas vías para la evasión fiscal. Es un camino que ha empezado apenas a recorrerse. El debate ahora es cómo metemos en cintura a esa superélite corporativa, cómo regulamos sus servicios, cómo se impone la transparencia sobre la oscuridad de los algoritmos, cómo se protegen las libertades en el espacio público que es hoy lo digital.
Otro temor bien fundado es la capacidad de manipulación política y social que pasa por estos gigantes. Redes sociales como Facebook y Twitter tienen mucho que ver con la deriva autoritaria de algunos regímenes y con la ola de populismo nacionalista que se ha extendido en los últimos años. Igual que los totalitarismos de los años treinta del siglo XX se apoyaron en gran medida en la radio y en los periódicos como difusores de ideologías de odio, hoy se mira la responsabilidad de las plataformas en la división social. Si todavía en 1994 fueron emisoras de radio las que encendieron la chispa del genocidio de Ruanda, en 2017 fueron una serie de posts en Facebook los que llevaron a la matanza y expulsión de los rohinyá, una minoría musulmana en Myanmar.
Episodios como ese hacen pensar en que los discursos de odio han sido un buen negocio para las compañías que copan la conversación global. Aunque cabe ver el lado contrario. Movimientos democratizadores como la Primavera Árabe saltaban de un móvil a otro; su fracaso no desmiente su valentía. Sin las redes sociales no se entienden fenómenos como Me Too o Black Lives Matter, reacciones colectivas contra el machismo y el racismo, respectivamente. Los ciudadanos que sufren dictaduras nunca han tenido tal oportunidad de conocer lo que hay fuera, incluso cuando sus tiranos censuran lo que pueden ver, siempre quedan resquicios.
Volvamos al lado oscuro: también en las redes se coció la insurrección promovida por Donald Trump contra el Congreso de EE. UU. el 6 de enero de 2021 para que no avalara el triunfo electoral de Joe Biden. Solo cuando había fracasado el conato de golpe, solo cuando era muy evidente que era un perdedor, Trump perdió sus eficaces cuentas en Facebook y Twitter. Lo que serenó el clima político en EE. UU. durante un tiempo, sí, pero abre dilemas difíciles de resolver: ¿quién decide qué contenidos son aceptables o no? El oportunismo, me temo que sea la respuesta por ahora.
Por otro lado, si las redes sociales han servido a la disidencia de todo tipo, la pacífica y la violenta, también expone a los activistas a riesgos sin precedentes. China es el mayor ejemplo, pero no el único, de régimen autoritario que se emplea a fondo no solo para censurar contenidos que le molestan, sino para vigilar masivamente a la población más numerosa del globo.
Hay un mensaje inquietante en este sistema orwelliano en China: el desarrollo tecnológico que no hagan las democracias lo harán los regímenes no democráticos en su provecho. Pekín no solo tiene muchos datos de cada uno de sus ciudadanos, los que se filtran de sus dispositivos o de las cámaras de reconocimiento facial; tiene además la capacidad de reunir bancos enormes de muestras de ADN que le darán una ventaja en el campo de la biotecnología sobre los Estados más cuidadosos con el derecho a la privacidad. Hay una carrera mundial por la tecnología en este nuevo mundo multipolar. Eso explica las tensiones que ha generado el desarrollo del 5G: porque las empresas chinas han tomado la delantera, y en EE. UU. y Europa angustia la dependencia de sus comunicaciones de un régimen tan ambicioso como amenazador, poco fiable en sus intenciones. No es una opción parar mientras el otro corre. El desafío para Occidente será hacer compatible la innovación y el desarrollo tecnológico con el respeto a nuestros valores, los de la democracia, la libertad y los derechos humanos.
Los luditas ya querían destruir las máquinas de la primera Revolución Industrial; tenían motivos para ello, porque las condiciones laborales y de vida del naciente proletariado eran deplorables. Pero su lucha era, en realidad, contra el patrón que los explotaba, o contra el Estado que no vigilaba esos abusos. El miedo a que la robotización nos arrebate empleos para siempre es comprensible; lo cierto es que, mirando la historia, ninguna innovación anterior dejó a la humanidad de brazos cruzados. Los momentos de disrupción destruyen y crean negocios. Algunos oficios desaparecerán, como tantos han desaparecido antes, y aparecerán muchos otros que responderán a necesidades nuevas. La sociedad deberá encontrar redes de protección, mecanismos correctores, para los que no logran encajar en un entorno cambiante. Y formar a su población para poder seguir el ritmo de los cambios.
Hemos despertado de la ingenuidad y nos inclinamos demasiado hacia el pesimismo. Esto ocurre sobre todo porque hemos vivido en poco tiempo tres crisis económicas de gran magnitud: la Gran Recesión iniciada en 2008; el Gran Confinamiento de 2020, y la crisis energética y de precios derivada de la invasión rusa de Ucrania en 2022. ¿No decían que la nueva economía no tendría ciclos, que el avance tecnológico aseguraría una mejora constante gracias a la mejora de la productividad? Exactamente eso aseguraban a finales de los años noventa algunos de los evangelistas de la fe digital, que tuvo su primer traspié cuando el Nasdaq, el índice bursátil del sector tecnológico en Nueva York, empezó a hundirse, sin razón aparente, a partir de marzo del año 2000. En año y medio perdió un 78% de su valor, unos cinco billones de dólares. Simplemente, pinchó una burbuja porque las valoraciones estaban infladas, porque se tenía que invertir en proyectos de internet tuvieran visos de viabilidad o no. Era lo nuevo y nadie quería quedarse fuera.
EL INDIVIDUALISMO FEROZ
Fue iluso aquel optimismo; también es exagerado el pesimismo actual. Lo que está en crisis es la idea misma de progreso; la promesa de que, si te preparas bien, vivirás mejor que tus padres. El concepto de progreso, está bien recordarlo, no ha existido siempre: un campesino de la Edad Media no aspiraba más que a vivir igual que su padre, su abuelo y su bisabuelo. Fue el avance científico, tecnológico, económico y de las comunicaciones el que llevó a la humanidad a pensar en una mejora constante. Asombra pensar que hace apenas veinticinco años el ciudadano medio conoció internet; el móvil inteligente y las tabletas no llegaron hasta bien entrado el siglo XXI. Vivimos en un tiempo acelerado que deja a algunos atrás, la ciudadanía analógica, y que a veces cuesta digerir hasta a los más conectados.
Ese sombrío estado de ánimo global que se detecta hoy está muy marcado por la circunstancia económica del nuevo siglo, pero no solo. Muchos pensadores se han acercado a lo que parece una pandemia de desafección, con el sistema democrático, con el capitalismo, con las instituciones que nos gobiernan, con los medios de comunicación. Saskia Sassen, socióloga de la Universidad de Columbia, considera que «los anclajes de una persona o de un sector social, la clase media o la clase trabajadora, han sido destruidos. Muy pocas cosas son como antes, cuando se tenía un plan de vida. No hay salvavidas claros».3 Es la sociedad líquida definida por otro sociólogo, Zygmund Bauman, quien hacía este pronóstico en 2015: «Ha sido un despertar muy amargo el de 2008, cuando se acabó el crédito fácil. La catástrofe que vino, el colapso social, fue para la clase media, que fue arrastrada rápidamente a lo que llamamos precariado. La categoría de los que viven en una precariedad continuada: no saber si su empresa se va a fusionar o la va a comprar otra y se van a ir al paro, no saber si lo que ha costado tanto esfuerzo les pertenece... El conflicto, el antagonismo, ya no es entre clases, sino el de cada persona con la sociedad. No es solo una falta de seguridad, también es una falta de libertad».4
No todo este desapego a una realidad inestable es, por supuesto, una reacción a la era digital. El filósofo José Luis Pardo subraya que el sentimiento de comunidad viene debilitándose desde los inicios de la modernidad: «Incluso diría que la modernidad es, entre otras cosas, eso. Es el Estado de derecho el que no atraviesa su mejor momento. No es que la gente se sienta más desprotegida, es que está más desprotegida». Y agrega: «Puede que la culpa de esto la tenga “la globalización” (otros dicen “el capitalismo”, “la eurozona” o Fumanchú), pero como nada de esto son personas físicas ni jurídicas, habrá que decir que “la gente” no hemos hecho gran cosa para evitar esa desprotección».
En gran medida, lo que se ha cuestionado desde 2008 es el individualismo feroz, acrecentado desde la revolución neoconservadora de Reagan y Thatcher en los años ochenta. Esa ideología se convirtió en la ortodoxia dominante durante algunas décadas, pero hoy está debilitada, porque las respuestas a las últimas crisis se han inclinado más hacia Keynes. Lo que se apunta como injusto es la desigualdad de oportunidades, la precariedad, la discriminación (contra las mujeres, contra los migrantes, contra las diferencias sexuales, contra las diferencias a secas). Enfrente de eso hay una reacción conservadora o nacionalista, a la defensiva ante los cambios sociales; algunas de esas guerras culturales se libran, al menos, desde los años sesenta.
Sí es cierto que esa tendencia al individualismo se ha acrecentado por el desarrollo de lo digital. Víctor Lapuente, catedrático de Ciencia Política en Gotemburgo, hace un alegato contra la «borrachera de narcisismo» que nos rodea. «Vivimos en el imperio del interés personal, en una auténtica egocracia», sostiene.5 Lo que nos unía, llámese la religión o la patria, no ha hallado reemplazo, lo que ha debilitado el compromiso con la comunidad. En su lugar, tenemos nuestros espacios en Facebook, Instagram, Twitter o TikTok; esa es nuestra marca personal, y también una muestra de la nueva cultura del exhibicionismo, una obsesión por aparentar, por interpretar un papel ante los demás. Ya no vamos al encuentro del que es diferente, sino que nos rodeamos de lo semejante.
Un pensador que incide en cómo la digitalización alentó el individualismo es el francés Éric Sadin, autor de un libro de título explícito: La era del individuo tirano.6 No es casualidad, sostiene, que para nombrar los productos más populares de nuestro tiempo se utilice tanto como prefijo la «i» que significa ‘yo’ en inglés. Es así, en especial, en los productos de Apple: iPod, iMac, iPhone, iPad… O, en otros casos, se impone el «You» que significa ‘tú’: YouTube, You-Porn… El gran motor de esa experiencia fue el smartphone: «El teléfono —un objeto antes compartido con otros— se volvió personal. Respondía idealmente a nuestra voluntad de independencia», explica Sadin. Lo que luego se llamó Web 2.0, la idea de una red más colaborativa y descentralizada, transmitía ese mensaje de empoderar a cada ciudadano, convertido en productor además de consumidor. Con el tiempo, lamenta el pensador, los smartphones se han convertido en «máquinas altamente sofisticadas, solo destinadas a halagar al individuo contemporáneo».
Una de las consecuencias del narcisismo imperante es que lleva a la insatisfacción. Nos aferramos a la ilusión de controlar nuestro destino. La pandemia de covid iniciada en 2020, la guerra en Ucrania y multitud de fenómenos naturales extremos nos recordaron que somos frágiles, como ya tenían asumido en regiones del mundo con más experiencia en desastres. Apenas salíamos de la pesadilla de la pandemia, gracias a las vacunas, cuando se detectaron inquietantes cuellos de botella en las cadenas globales de suministro. Y no nos habíamos quitado las mascarillas cuando la guerra desatada por Vladímir Putin nos recordó que también un conflicto a gran escala es posible, que ni siquiera una catástrofe nuclear es impensable.
Explicaba bien Yuval Noah Harari en Sapiens7 que los primeros humanos eran «un animal insignificante», poco más que simios asustados que no resistirían el combate con una fiera. Solo cooperando, en manada, intercambiando información y uniéndose en torno a los mitos que creaba su fecunda imaginación se hicieron fuertes. El individualismo es hijo de la modernidad y de la libertad, pero somos una especie social, puede decirse gregaria. A veces la naturaleza nos devuelve a nuestro sitio. Para que volvamos a ser capaces de abrazar la incertidumbre.
Frente a esa visión de un mundo individualista y despiadado, que tiene sus argumentos, convendría no olvidarse de las redes de todo tipo que se han tejido en la red. Redes ciudadanas, de aficionados que comparten gustos, de activistas que trabajan por un mundo mejor, de científicos desarrollando proyectos desde distintos puntos del globo. Si el hombre siempre estuvo marcado por la curiosidad, hoy hay infinitas vías para saciarla. Llevamos en el bolsillo acceso a más conocimiento del que reunió, con mucho esfuerzo, la Biblioteca de Alejandría en la antigüedad. Ha sido una oportunidad histórica de ser mejores, pero ¿somos mejores?
Algunas mentes lúcidas explican por qué la humanidad tiende a la ansiedad. La pandemia, desde luego, no ha hecho más que ahondar en ese desánimo. Sin embargo, también ha servido para demostrar a todo el planeta el poder de la ciencia, la tecnología y el conocimiento. Esa lección no va a olvidarse.
En la ficción televisiva se llevan las distopías, de Black Mirror a Westworld, de El cuento de la criada a El juego delcalamar. Relatos que apuntan a un mundo despiadado, deshumanizado, desolador, cuando no totalitario. Coinciden en el debate público idealizaciones del pasado (alentadas por mitos nacionalistas) y proyecciones de un futuro muy sombrío. Hemos dejado de valorar lo logrado en las últimas décadas, porque ya lo damos por descontado, y miramos con desconfianza los avances que están por llegar, pese a que ya asoman en el horizonte. ¿Volveremos a creer en el progreso?
En las siguientes páginas vamos a diseccionar qué hace la revolución tecnológica por nosotros. No todo es de color de rosa en el futuro, que ya está aquí. Tampoco está escrito que vaya a ser negro. Lo que ya no es una opción es ignorar el cambio. La tecnología ya hace cosas que ni soñábamos ayer. Tenemos motivos para sentirnos tan suspicaces como ansiosos al tratar de entender a dónde nos llevará la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la economía colaborativa, la nanotecnología, la computación cuántica, la medicina regenerativa. Y mucho más que vendrá, pero aún no adivinamos. Vamos a enfrentarnos a dilemas éticos nunca planteados. También a oportunidades que aún no divisamos. Bien pensado, vivimos un tiempo fascinante.
¿Aceptas que hagamos un perfil de tus aficiones y opiniones políticas para colocarte publicidad o propaganda, incluso noticias falsas que influyan en tu voto?
(Comiendo anacardos, distraído con el móvil mientras veo una serie en la tele). Sí, acepto.
¿Aceptas que a cambio de que ese juego con el que matas el rato alineando frutas nos hagamos con tu lista de amigos y les invitemos a jugar sin que tú lo sepas?
(Aburrido en una cola que avanza muy despacio). Sí, acepto.
¿Aceptas que registremos todos tus movimientos a cambio de guiarte con nuestros mapas o contar los pasos que das al día?
(Tendría que caminar más, pero hace demasiado calor). Sí, acepto.
¿Aceptas que las fotos y vídeos que subes de tu familia, tus amigos, tu mascota o tus platos favoritos ya no son tuyos sino nuestros salvo que los borres?
(Qué graciosa mi sobrinilla gateando). Sí, acepto.
¿Aceptas que cualquier problema que tuvieras con nosotros compete a los tribunales de Palo Alto, California, y que cualquier denuncia te obligaría a gastarte una fortuna en abogados sin muchas opciones de éxito?
(Ya me gustaría ir a California, siempre quise hacer la Ruta 66 en una Harley). Sí, acepto.
¿Aceptas comprar este dispositivo a sabiendas de que en pocos años dejará de actualizarse y quedará obsoleto para que lo cambies por otro similar pero más caro?
(¿Qué demonios le compro para su cumpleaños? Si es que tienen de todo). Sí, acepto.
¿Aceptas que a cambio de esa simpática app que transforma tu imagen al otro sexo nos quedemos con tu cara y la crucemos con millones de imágenes en nuestras bases de datos?
(Ja, ja, me parto, no estaría nada mal como transexual). Sí, acepto.
¿Aceptas que si un día buscaste restaurantes asturianos te bombardeemos con anuncios de ellos en cualquier web y en cualquier dispositivo?
(Hace mucho que no me como un buen cachopo). Sí, acepto.
¿Aceptas que los beneficios que saquemos de ti tributen (poco o casi nada) en Irlanda, Luxemburgo o las Bermudas?
(Esperando cita con el especialista, el Cercanías se retrasa otra vez). Sí, acepto.
El capitalismo en la era digital tampoco está tan lejos del que narraba Charles Dickens en Oliver Twist (1839): «Todo lo que producen las fábricas se vende en el acto. Hay catorce molinos con motores hidráulicos, seis de vapor y otro con baterías galvánicas, todos trabajando, todos produciendo sin cesar. Y, aun así, no bastan para satisfacer las necesidades del mercado, aunque los obreros de las fábricas trabajan día y noche hasta caer muertos sobre las máquinas».
The Daily Beast documentó en 2019 las 189 llamadas a emergencias por intentos de suicidio y graves trastornos mentales entre los empleados de cuarenta y seis almacenes en EE. UU. de Amazon, la empresa de Jeff Bezos, una de las personas más ricas del mundo.1 «No tengo nada por lo que vivir», confiesan algunos de los que cumplen jornadas de diez horas, cuatro días por semana, en tareas rutinarias a un ritmo prefijado, con tiempos medidos hasta para ir al baño y en completo aislamiento, sin apenas conocer a sus compañeros. Al salir, eso no cuenta en su horario, esperan en largas colas a ser inspeccionados, no vayan a llevarse algo.
Ese mismo año, los vecinos y las autoridades de Nueva York se negaron a que Amazon instalase en Queens una de sus sedes principales. Prefirieron evitar que se disparasen los alquileres y cerraran comercios por el acelerón de la gentrificación. Y, sobre todo, se opusieron a regalar más incentivos fiscales a una compañía que aporta poco en impuestos para su exorbitada rentabilidad. Se esperaba que hubiera tortas entre los Estados por acoger unas de esas sedes, pero ellos, los elegidos, dijeron que no.
Tim Bray, vicepresidente de Amazon Web Services, presentó su renuncia en mayo de 2020. Y publicó este mensaje en su blog:2 «Amazon está excepcionalmente bien gestionada y ha demostrado una gran habilidad para detectar oportunidades y explotarlas, pero a la vez tiene una falta de visión sobre los costes humanos del crecimiento implacable y la acumulación de riqueza y poder». En los meses más duros de la pandemia del covid, reconoce Bray, los trabajadores de los almacenes estaban «desinformados, desprotegidos y asustados».
La puntilla para la reputación de Amazon fue la tragedia ocurrida en el centro de distribución de Amazon en Edwardsville (Illinois) en diciembre de 2021. Cuando arrasó la zona un tornado devastador, eran ciento noventa personas las que trabajaban allí, y de ellos solo siete eran empleados a jornada completa, el resto habían sido contratados para el pico de actividad previo a las navidades. Seis trabajadores murieron al derrumbarse una techumbre de unos catorce metros de alto que cubría una zona de carga. Algunos otros alcanzaron un refugio habilitado y que no todos conocían. No ayudó a la situación de emergencia que Amazon tenga prohibido usar un teléfono móvil en el puesto de trabajo. Es la misma compañía que se emplea a fondo para evitar que sus trabajadores organicen sindicatos en sus almacenes.
El periodista Alec MacGillis, autor de Estados Unidos de Amazon, asegura que la empresa de Jeff Bezos es el símbolo perfecto de un mal de nuestro tiempo: la desigualdad de la riqueza llevada al extremo, «encapsulada en la disparatada fortuna personal de su fundador y en los humildes sueldos de la gran mayoría de sus empleados».3 MacGillis denuncia que Amazon ha cambiado el paisaje de EE. UU. por su crecimiento y su peso en el mercado laboral (casi un millón de trabajadores solo en ese país). La compañía «había segmentado el país en varios tipos distintos de lugares, cada uno con un rango, unos ingresos y unos objetivos asignados», y eso determinaba en cada ciudad «las opciones que tenían sus habitantes y a lo que podían aspirar a hacer con sus vidas».
¿Qué está pasando? Que Silicon Valley ya no es el lugar más cool del planeta. Ni Seattle, su espejo del norte. Los billonarios descorbatados que presumen de haberse hecho a sí mismos desde un modesto garaje ya no son intocables. Lo que inquieta es ese oligopolio que acapara nuestros datos, que les hemos dado casi gratis, por disfrutar de alguno de sus servicios. Con capacidad de actuar como un lobby poderoso ante los políticos. Capaz de tributar a medida, es decir, muy poco, porque los servicios digitales no pasan aduanas ni respetan fronteras. Y un nuevo modelo laboral —la economía de bolos— que ha venido a ahondar en la precarización del empleo: eres autónomo, un trabajador independiente en teoría, pero absolutamente dependiente de los encargos que recibirás por una app, y no te despistes ni un minuto.
Unas compañías que compiten por nuestra atención y tratan de captarla como sea, apelando a los más bajos instintos si es necesario. Peor aún, dispuestas a que se manipule nuestro comportamiento, como reveló el éxito de Cambridge Analytica, una compañía de minería de datos que a través de Facebook influyó decisivamente en los dos grandes acontecimientos políticos de 2016: el referéndum del Brexit y la victoria de Donald Trump en las presidenciales de EE. UU. Esa firma llegó a recolectar datos de 87 millones de usuarios de la red social, en su mayoría estadounidenses. Teniendo en cuenta que votaron 137 millones de personas, la campaña tuvo un impacto descomunal. Dos años después, Zuckerberg tuvo que reconocer su responsabilidad. «Fue un gran error. Fue mi error, y lo siento», dijo ante el Congreso de EE. UU. Es muy dado Zuckerberg, lo veremos, a admitir errores sin comprometerse a cambiar nada.
EL GANADOR SE LO LLEVA TODO
La lista de las empresas más gigantescas de la historia ha estado ocupada, a menudo, por monopolios. Como el que controlaba el comercio con las colonias holandesas, la Dutch East India Company, que en 1637 llegó a valer lo que hoy serían casi ocho billones de dólares. A principios del siglo XX, la Standard Oil movía el 90% del petróleo de EE. UU. y valía un billón de dólares de hoy, hasta que fue despedazada por las autoridades para salvar la competencia. Ahora otra petrolera y monopolio estatal, Saudi Aramco, es la única empresa del mundo que puede competir en capitalización con las cinco triunfadoras del siglo XXI: Google-Alphabet, Apple, Facebook-Meta, Amazon y Microsoft, las GAFAM. Un grupo que siguió su escalada con pandemia y todo: en enero de 2022, el valor en Bolsa de Apple superó la cifra estratosférica de los tres billones de dólares (trillions en inglés, un tres seguido de doce ceros), más que todo el PIB del del Reino Unido o de Italia. La única excepción fue Meta, que en los meses siguientes se descolgó de los primeros puestos. Al selecto grupo de empresas de valor billonario se ha unido Tesla, fabricante de coches eléctricos, no estrictamente una empresa digital pero sí tecnológica, a la que se suele considerar el Apple del automóvil. El jefe de Tesla, Elon Musk, fue uno de los fundadores de PayPal y es, desde el otoño de 2022, el dueño de Twitter, que no sale en la lista de gigantes por su pobre rentabilidad, pero que ejerce una enorme influencia en la vida pública.
Lo de las GAFAM quizá se quede corto. La profesora de la Universidad de Nueva York, Amy Webb, amplía esa lista en su libro Los nueve gigantes:4 además de Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft, la autora señala a la también estadounidense IBM y a tres compañías chinas: Baidu, Alibaba y Tencent. Estas últimas forman parte del «poder blando» de Pekín en su búsqueda del liderazgo tecnológico mundial.
Cabría incluir también en la lista a plataformas muy poderosas en sus sectores, donde pueden abusar de su posición dominante: AirBnb o Booking en el turismo, Uber y Cabify en la movilidad urbana, el mismo Uber y Deliveroo en el reparto a domicilio… Y hay gigantes del entretenimiento: Spotify ha cambiado las reglas de la industria musical como Netflix lo ha hecho en el sector audiovisual. Al menos Tesla se enfrenta a fuertes competidores, la industria tradicional del automóvil (aunque la empresa que dirige Musk vale más en Bolsa que todos sus rivales juntos, sin que sus cifras de ventas lo justifiquen). Y las empresas de videojuegos son punteras: las más importantes son la china Telcent, las japonesas Sony y Nintendo, y dos bajo el control de Microsoft, Xbox y Activision Blizzard.
De los gigantes empresariales salen fortunas desorbitadas. Las siete mayores fortunas del mundo eran, al cierre de 2021, las siguientes: Elon Musk (Tesla), Jeff Bezos (Amazon), Bernard Arnault (LVHM), Bill Gates (Microsoft), Larry Page (Google), Sergey Brin (Google) y Mark Zuckerberg (Facebook). Seis hombres de Silicon Valley y un francés dedicado a la industria del lujo tienen patrimonios en un abanico entre los 277.000 millones de dólares de Musk y los 125.000 millones de Zuckerberg, según el Bloomberg Billionaires Index.
Algunos de estos milmillonarios, una vez retirados de sus puestos ejecutivos, se dedican a la filantropía, como hizo Bill Gates. Otros quieren cumplir sus sueños de niño expandiendo su actividad al sector espacial. Tres megarricos han creado empresas de viajes espaciales: Jeff Bezos (Blue Origin), Richard Branson (Virgin Galactic) y Elon Musk (SpaceX). En el verano de 2021, iniciaron una pelea de gallos por ver quién llegaba antes y más lejos. Organizan excursiones a la órbita terrestre, a unos ochenta o cien kilómetros de la Tierra, para que sus clientes experimenten durante algunos segundos la sensación de ingravidez. Las imágenes de los millonarios flotantes pueden parecer un capricho excéntrico y carísimo. Que el turismo espacial vaya a ser un negocio de masas es bastante dudoso: por ahora, los asientos más económicos, los de Virgin Galactic, cuestan un mínimo de 250.000 dólares. Pero esas compañías ya desempeñan un papel relevante en la industria aeroespacial: ha llegado el capital privado a una faceta que antes controlaron entidades públicas (la NASA, la rusa Roscosmos, la Agencia Espacial Europea, la china CNSA) y que siempre se alimentó de presupuestos estatales.
La compañía que encabeza Musk es la que lleva la delantera como proveedora o subcontratista de la NASA, y ya ha acordado participar en la próxima expedición a la Luna. Musk sueña además con estar presente en una hazaña mayor: el primer viaje tripulado a Marte. Una misión que lo colocaría en los libros de historia. No falta quien recuerda al jefe de Tesla que sus cohetes, incluidos los que hacen vuelos de recreo, emiten muchísimo más CO2 que el que ahorran todos los coches eléctricos que ha vendido. En todo caso, los cohetes de SpaceX se demostraron más relevantes cuando la guerra en Ucrania hizo temer el fin de la implicación de Rusia en la cooperación espacial. El jefe de la agencia rusa, Dmitri Rogozin, se puso entonces fanfarrón y amenazó con abandonar a su suerte la Estación Espacial Internacional (ISS). «¿Quién salvará la ISS de una salida de órbita descontrolada?», escribió el ruso en Twitter. Elon Musk, que las pilla al vuelo, respondió enseguida con un tuit que simplemente mostraba el logo de su compañía: SpaceX.
Este es el nuevo mapa del poder empresarial, nada que ver con el que dominaban hace unas décadas las empresas energéticas, bancos y telecos. Volvamos a centrarnos en los cinco grandes. ¿Son las GAFAM monopolios como lo fueron la Dutch East India Company o la Standard Oil? Cuanto menos un oligopolio: las cinco compiten entre sí en ciertos segmentos (servicios en la nube o sistemas operativos móviles), pero cada una de ellas tiene un dominio abrumador en alguna actividad: comercio online, buscadores y navegadores, teléfonos inteligentes y todas sus apps, redes sociales...
Es el efecto que denominan, como la vieja canción de Abba, «el ganador se lo lleva todo». Los datos que atesoran de los consumidores las vuelven imbatibles. Nadan en liquidez y pueden comprar cualquier startup que amague con hacerles sombra. O, directamente, absorben a su competidor, como hizo Facebook con Instagram y WhatsApp. Otro ejemplo: vender una aplicación en la tienda de Apple pasa por condiciones leoninas, que incluyen no solo compartir la facturación, sino también los datos de sus clientes, con el coloso creador del iPhone. Datos que Apple, es obvio, podrá utilizar para desarrollar sus propios servicios en los segmentos más exitosos y desplazar a los que han creado un producto original.
Multitud de sectores económicos fueron devastados por la pandemia a partir de 2020: la hostelería, los comercios grandes y pequeños, el ocio nocturno, el turismo, el cine y el teatro, los parques de atracciones... Pero ahí seguían los colosos de internet, tan panchos en la peor crisis en casi un siglo, porque el confinamiento había dado más valor a lo digital. Es representativo que algunos centros comerciales de EE. UU. estén cerrando... para convertirse en almacenes de Amazon. Entre 2016 y 2019, al menos venticinco malls de distintas ciudades norteamericanas se transformaron en centros del imperio comercial de Bezos. Hay que entender lo que significaba el mall en algunas de estas ciudades, que no cuentan con un verdadero centro urbano. Era su plaza, el espacio público por excelencia. Que se pierde para siempre.
La Unión Europea ya se había movido para limitar el poder de las GAFAM: además de haber impuesto multas astronómicas por abuso de posición dominante, con especial reincidencia en el caso de Google, Bruselas aprobó el reglamento de privacidad, legisló sobre la protección de los derechos de autor, impulsó la tasa Google, un intento de que las plataformas paguen sus impuestos allí donde se genera su negocio. También puso coto a la recolección de datos cruzados entre apps con fines publicitarios. Y en 2022 se abría paso la Digital Services Act, que obligará a los gigantes a ser más determinados en la eliminación de contenidos ilegales (mensajes de odio, incitación al terrorismo, el suicidio o la pederastia), pero que además prohibirá que los algoritmos categoricen a los usuarios por su raza, género o religión. En marzo de 2019, The Economist titulaba así: «Por qué las tecnológicas deben temer a Europa».5 Porque era en la UE donde se estaba diseñando el futuro del sector tecnológico, que pasará por severas regulaciones.
También se ha movido Europa para proteger a los trabajadores de plataformas como Amazon, Uber, Deliveroo, Cabify o Delivery. En diciembre de 2021, Bruselas anunció una directiva para regularizar a unos 5,5 millones de falsos autónomos, de los 28 millones de personas que trabajan hoy para estas compañías en la Unión. España se adelantó con su propia ley rider, y antes que eso ya estaban actuando los tribunales. La batalla es global y local: algunos ayuntamientos han puesto limitaciones a los pisos turísticos de AirBnb o a los vehículos de Uber; Barcelona ha plantado una tasa Amazon por la congestión de tráfico que causa el reparto.
Europa, tenía razón The Economist, es el laboratorio de una regulación menos laxa para los gigantes digitales. Pueden ser pasos tímidos, dirá alguno. Muchos temían que nada sirva ante empresas tan enormes si su país de origen, EE. UU., no avanza en la misma dirección. Pues bien, Washington también ha empezado a moverse.
En julio de 2020, el Congreso estadounidense inició su examen a los jefes de las GAFA (sin la M de Microsoft, que se libró esta vez) para analizar si abusan de su posición de dominio en el mercado digital. Ante los parlamentarios, Jeff Bezos, de Amazon; Tim Cook, de Apple; Sundar Pichai, de Google, y Mark Zuckerberg, de Facebook, presentaron sus imperios como el cumplimiento del sueño americano, y jugaron la carta patriótica: si nos debilitan ganarán las empresas chinas. «Facebook es una empresa orgullosamente estadounidense —dijo Zuckerberg—. Nuestra historia no hubiera sido posible sin las leyes estadounidenses que fomentan la competencia y la innovación».
El jefe de Facebook se mostró dubitativo cuando el senador republicano Lindsey Graham lo interrogó así:
—Si me compro un Ford, y no funciona bien o no me gusta, puedo comprarme un Chevy. Si estoy descontento con Facebook, ¿hay una alternativa en el sector privado?
—El estadounidense medio usa ocho aplicaciones diferentes para comunicarse y mantenerse en contacto con sus amigos, que van desde el mensaje de texto hasta el correo electrónico.
—¿Qué servicio es el que ofrece lo mismo que el suyo?
—Bueno, ofrecemos una cantidad de servicios diferentes.
—¿Twitter es lo mismo?
—Coincide con una parte de lo que hacemos.
—¿No cree que tenga un monopolio?
—La verdad, no lo creo.
—¿Por qué compró Instagram?
—Porque eran desarrolladores de aplicaciones con mucho talento que hacen buen uso de nuestra plataforma y entendieron nuestros valores.
Según el documental The Men Who Built America,6 ante el Tribunal Supremo de EE. UU. que juzgaba la intervención de la Standard Oil en 1911, John D. Rockefeller se mostró desafiante: «Cuando entré en la industria petrolera, era un caos. Puse orden. Tomé un pequeño mercado ineficiente de segunda categoría y construí una industria. [...]. Nadie se quejó cuando llevé luz a todos los hogares, nadie se quejó cuando creé miles de puestos de trabajo o millones de dólares en exportaciones. El petróleo es lo que mueve a este país. Usted lo llama monopolio, yo lo llamo empresa. Ahora, dígame: ¿por qué estoy aquí?». Zuckerberg resulta menos brillante, en una situación comprometida, que Rockefeller.
GRANDES, MUY GRANDES, DEMASIADO GRANDES
La senadora Elizabeth Warren, una de las más incisivas voces demócratas, fue de las primeras que propuso, en 2019, partir a los gigantes de internet, como se hizo en 1911 con la Standard Oil de Rockefeller. Warren exigió que Facebook salga de WhatsApp e Instagram, y Google de Waze y DoubleClick. «Deshacer estas fusiones promoverá una competencia sana», dijo la parlamentaria, desafiando a un lobby muy influyente en su partido. Warren dejó claro que su propósito no es destruir el capitalismo, sino defender el verdadero capitalismo. El que facilita el juego limpio, las mismas reglas para todos.
El examen del Capitolio derivó en una propuesta legislativa apoyada por demócratas y republicanos. Los cinco proyectos de ley, que iniciaron su trámite en julio de 2021, constituyen el intento más serio de meter en cintura a las GAFAM. Uno de los planes es el final de los «monopolios de plataforma», que limitará la posibilidad de que el operador de una plataforma posea una línea de negocio en la misma. Por ejemplo, que Amazon no pueda utilizar su sistema, en teoría abierto, para favorecer a sus propios productos. (Por este tipo de prácticas, la empresa fue multada con más de 1.128 millones de euros en Italia en diciembre de 2021). Y los legisladores de EE. UU. planean que se prohíba a estas compañías comprar potenciales competidores, exactamente lo que hizo Facebook con Instagram y WhatsApp (y con otras ochenta firmas) o Twitter con Periscope (solo en 2021, Twitter adquirió treinta y una apps o startups).
El cambio político en la Casa Blanca aceleró el proceso de revisión del poder de los gigantes. En noviembre de 2020, el demócrata Joe Biden ganó las elecciones presidenciales, aunque Donald Trump, como ya había avanzado, no reconocería su derrota. El 6 de enero de 2021, día para la historia de la infamia, una masa alentada por Trump asaltó el Capitolio, entró en sus dependencias y llegó a ocupar el hemiciclo del Senado. La imagen para la posteridad de esa turba fue la de Jake Angeli, un tipo vestido con piel de bisonte, con un gorro con cuernos, la cara pintada y el pecho descubierto. Fue conocido como «el chamán de QAnon», una delirante teoría conspirativa que imagina una conjura mundial de pederastas caníbales, políticos progresistas y magnates globalistas para hacerse con el poder absoluto. Fue condenado a pasar 41 meses en prisión.
Jake y sus cuernos parecen una imagen pintoresca de un día muy dramático para la democracia norteamericana. Hubo cinco muertos: una asaltante tiroteada por un policía cuando cruzaba la última línea de defensa de las Cámaras, un agente y tres manifestantes en el tumulto; además, cuatro policías se suicidaron en los días posteriores. Centenares de los facciosos han sido llevados ante la justicia y decenas de ellos, sentenciados a prisión.
Una de las primeras cosas que se quiso examinar después de aquella insurrección fue qué habían hecho las redes sociales. Las teorías de la conspiración, las muy locas de QAnon o las de Stop The Steal (Detened el Robo), el lema con el que el trumpismo denunciaba sin una sola prueba un fraude electoral masivo, habían corrido por Facebook y Twitter entre noviembre y enero, desde que hablaron las urnas hasta que Biden tomó posesión. En algún caso eran etiquetadas por contener información dudosa, en ese lenguaje frío («esta afirmación está en disputa»). Tras el 6 de enero, Facebook y Twitter corrieron a cancelar las cuentas de Trump, primero temporal y luego definitivamente. Pero a nadie se le escapa que solo lo hicieron cuando se había consumado su salida del poder.
Supimos después que Facebook había relajado drásticamente la moderación de contenidos engañosos o de odio después de la votación. Incluso, la compañía había disuelto el llamado Equipo de Integridad Cívica, que resultaba molesto por sus críticas, según testimonios de empleados.7 Los bulos del trumpismo corrían a una velocidad de cuarenta mil posts por hora, según datos internos. El grupo Stop The Steal había sido eliminado, pero surgieron muchos otros con el mismo mensaje, un crecimiento «coordinado y meteórico», según documentos de la empresa. El testimonio de sus trabajadores dejó claro que Facebook tenía entonces, porque siempre ha tenido, un conocimiento muy minucioso de la frecuencia, alcance y fuentes de los mensajes mentirosos y de odio.
Zuckerberg ha tenido que desfilar muchas veces más por el Capitolio, y se le llamó, precisamente, para examinar el papel desempeñado por Facebook aquel 6 de enero. Se escaqueó de toda responsabilidad. «Nosotros cumplimos con nuestro trabajo para garantizar la integridad de las elecciones. Y luego, el 6 de enero, el presidente Trump dio un discurso en el que rechazó los resultados y pidió a la gente que luchase», declaró ante los congresistas, como si las teorías conspirativas resultaran ajenas a su plataforma. Zuckerberg, como Sundar Pichai, de Google, y Jack Dorsey, de Twitter, tuvieron que enfrentarse a un fuego cruzado: por un lado, los demócratas los acusaban de alentar la insurrección; por otro, parlamentarios republicanos les reprochaban que hubieran «censurado» a Trump. (Hay que reconocer que hay algo inquietante en que sean las redes sociales las que, de forma inapelable y al margen de cualquier procedimiento transparente o con revisión judicial, decidan quién puede y quién no tener un altavoz en sus redes. Hay quien lo ha llamado «monopolio de la censura»).
Biden había dado señales de querer parar los pies a las tecnológicas. En abril de 2021, mencionó expresamente a Amazon como una de las noventa y una compañías que han eludido el pago de impuestos federales. Una de las medidas de su primer plan fiscal fue penalizar a las grandes compañías que tributan en el extranjero, sean las Bahamas o Irlanda. Además, aprobó un tipo mínimo del 15% en el impuesto de sociedades. EE. UU. acabó apoyando un acuerdo en la OCDE para implantar ese suelo de tributación —que restaría atractivo a irse a declarar las ganancias a otra parte— a escala global, aunque su implementación no está siendo sencilla.
FACEBOOK COMO EL NUEVO TABACO
