La gravedad y la gracia - Simone Weil - E-Book

La gravedad y la gracia E-Book

Simone Weil

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Beschreibung

La autora ofrece aquí una profunda exploración filosófica y espiritual de la condición humana, del sufrimiento y de la relación con lo divino. Ahonda en la necesidad de aceptar el vacío interior y el sufrimiento, critica al mecanismo social y político (simbolizado por el "gran animal") y busca la pureza y la verdad a través de la atención, la obediencia y el desapego de placeres e ilusiones. Las reflexiones finales hablan del amor, la desgracia y el trabajo como caminos hacia la trascendencia y la gracia sobrenatural.

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Seitenzahl: 223

Veröffentlichungsjahr: 2026

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SIMONE WEIL

LA GRAVEDAD Y LA GRACIA

Traducción, notas y prefacio deDavid Cerdá

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: La pesanteur et la grâce

© 2025 de la edición española traducida por David Cerdá

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-7223-6

ISBN (edición digital): 978-84-321-7224-3

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7225-0

ISNI: 0000 0001 0725 313X

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Prefacio.

Semblanza de Simone

1. La gravedad y la gracia

2. Vacío y compensación

3. Aceptar el vacío

4. Desapego

5. La imaginación que nos colma

6. Renunciar al tiempo

7. Desear sin objeto

8. El yo

9. Descreación

10. Supresión

11. La necesidad y la obediencia

12. Ilusiones

13. Idolatría

14. Amor

15. El mal

16. La desgracia

17. La violencia

18. La cruz

19. Balanza y palanca

20. Lo imposible

21. Contradicción

22. La distancia entre lo necesario y lo bueno

23. Azar

24. Aquel a quien hay que amar está ausente

25. El ateísmo purificador

26. La atención y la voluntad

27. Adiestramiento

28. La inteligencia y la gracia

29. Lecturas

30. El anillo de Giges

31. El sentido del universo

32.

Metaxu

33. Belleza

34. Álgebra

35. La carta social

36. El gran animal

37. Israel

38. La armonía social

39. La mística del trabajo

Epílogo.

Carta de Simone Weil a Gustave Thibon

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

Notas

Prefacio Semblanza de Simone

El 3 de febrero de 1909 nace en París, en el seno de una familia acomodada, una niña enfermiza y desmañada a la que maravillan las puestas de sol, una niña que enseguida desarrolla una intensa inclinación por los vencidos y una furiosa aversión hacia las injusticias. Innegociablemente social, perspicaz e intransigente, Simone Adolphine Weil siempre se sintió pequeña, pero vio en esa pequeñez y en las dificultades el auténtico puente hacia las verdades más profundas. Su deseo de comunión, ingobernable, y su agudeza crítica encontraron un cauce ideal en las clases de Émile Chartier, conocido como Alain, un profesor legendario que supo ver que la avidez de saber, la sensibilidad y la fuerza espiritual de Simone darían extraordinarios frutos.

La chica de nariz fina, ojos oscuros, tierno rostro y mirada insolente se hizo notar desde sus inicios por su capacidad de entrega a los demás. Su fragilidad y su nula intención de «encajar» le granjearon las más intensas amistades y enemistades. De Alain aprendió que el empeño filosófico consiste menos en aprender cosas nuevas que en arrancar con tesón a la realidad ciertas evidencias candentes. El método del profesor del célebre liceo Henri IV consistía en una rigurosa disciplina de la escritura, que su discípula culminó en una suerte de asedio, en trazar círculos concéntricos cada vez más apretados sobre los temas que abordaba: La gravedad y la gracia es, acaso, la mejor muestra de este método. De su maestro aprenderá también que toda belleza está relacionada con el deber; con el tiempo, Weil será la filósofa moral que más y mejor escribió en su siglo sobre la obligación y su potencial de sentido.

Se ha afeado, en ocasiones, con razón, a la filosofía, que quienes la producen no estén a la altura de sus producciones. En el caso de Weil, hay una coherencia total entre vida y obra, incluso un heroísmo de la congruencia. Así ocurrió en lo que respecta al trabajo, a través del cual quiso aprehender el mundo. Recogió patatas durante diez horas al día, luchó junto a los parados por mejorar sus condiciones, buscó con ahínco y desempeñó empleos fabriles que sobrepasaban con mucho sus capacidades físicas. Tras irse a vendimiar, su amiga Hélène Honnorat le preguntó por qué lo había hecho, con lo mucho que tenía que decir, a lo que le respondió: «Si no lo hubiera hecho, hay cosas que no habría podido decir». Creyó esencial superar la dicotomía entre trabajo intelectual y físico, y, sin romantizar las durezas de este último, entendió que el trabajo debía ser el centro espiritual de una vida social bien ordenada.

Disfrutaba en compañía de los mineros y en general con la gente sencilla. Dio buena parte de lo poco que ganó a los más necesitados, y su peligrosa tendencia a la inanición tuvo que ver con que creía que no debía comer mientras otros desfallecían. Estuvo siempre con «la clase de quienes no cuentan —y en ninguna situación— para nadie y nunca contarán» (escribe en La condición obrera), por los que se jugó la vida; su ascetismo y su entrega solo crecieron por las circunstancias de la guerra. A pesar de todo, nunca perdió el buen humor; diríase que su intrepidez y juventud eran rasgos constitutivos.

Weil sostenía que la libertad solo puede conquistarse por obediencia a la necesidad. «Lo importante es no ser nada», apunta en su comentado texto; la persona no existe por sí misma, sino por Dios, y vaciarse de sí es la manera que tenemos de alejarnos del mal, al que nos empuja una ley de la gravedad. La necesidad, decía, es nuestro instrumento para el bien. Apostó siempre por la sagrada belleza del sufrimiento; «la belleza del mundo aparece cuando reconocemos que la sustancia del mundo es la necesidad, y que la sustancia de la necesidad es la obediencia a un Amor perfectamente sabio», escribe en A la espera de Dios. «El universo del que somos una fracción no tiene otra esencia que el ser obediente», concluye. La virtud más descollante de Weil fue el cultivo de la voluntad, que la llevó a enlazar como pocos antes y después pensamiento, bien, querer y libertad. La existencia, pensaba, es lo que se opone al espíritu, y al tiempo algo que el espíritu necesita.

La base de su ardiente lucha por los demás radicaba en su concepción de la moral como objetiva. «Nada permite creer que la moral haya cambiado nunca», escribe. Sufría por todos y a todos los sufrientes comprendía. «Si admiro o incluso si excuso en este momento un acto de brutalidad cometido hace dos mil años, mi pensamiento carecerá hoy de humanidad». La raíz de esa moral la situó en la fragilidad humana; desde ahí hay que entender sus ataques a la antigua Roma, que asociaba al imperialismo de la fuerza. A su parecer, amar al desgraciado crea este milagro: restaura en él su humanidad. Consecuentemente, no concebía una filosofía que no aspirase a cambiar el mundo. «La verdad, la belleza, la justicia y la compasión son siempre y en todas partes buenas», confió a uno de sus cuadernos.

Aunque consagrada a la justicia social, combatió sin descanso la ideología y fue siempre furibundamente independiente en sus juicios. No fue comunista —habló largamente de las contradicciones inherentes al marxismo—, aunque no hizo nada para evitar que la tomaran como tal. Defendió, además, que era esencial que los obreros accediesen a la cultura y el conocimiento. Fue una maestra ejemplar, primero en el instituto de Le Puy, después en Auxerre, luego en Bourges y Saint Quentin; enseñó a sus alumnas a pensar por sí mismas, y para ellas tuvo siempre una palabra cuando le pidieron consejo.

También fue una lúcida analista de los males de su tiempo, que son en parte, por desgracia, los mismos que los del nuestro. Vislumbró ya en el 37 que en Europa habría cada vez menos vida civil y más Estado opresivo, y denunció con horror el creciente militarismo. Sus previsiones sobre el sombrío futuro de Alemania y Europa fueron dolorosamente exactas. El colonialismo, que a su parecer destruía las raíces de la gente, era el pecado principal de Francia, y la guerra el mayor de los males. Sus opiniones sobre el nazismo la pusieron en peligro cuando llegó el régimen de Vichy, y sus críticas a Stalin (al que igualó, en su totalitarismo, a Hitler y Mussolini) le supusieron no poder viajar, como deseaba, a Rusia, y el desprecio de los estalinistas franceses. Se apartó de toda convención y nunca quiso alinearse, y eso, en su mundo como en el nuestro, termina pagándose.

Dotada de una sensibilidad acusada, quedó rendida por Rembrandt, Mozart y Monteverdi, y leyó a san Juan de la Cruz en nuestra lengua. Le encantaba visitar iglesias (no solo por consideraciones estéticas), y sus amigos la descubrieron no pocas veces extasiada en la contemplación de la naturaleza. Amaba el universo entero y todas sus partes pequeñas; sin denominarlo así, practicó el amor fati. Leemos en La condición obrera: «Solo una cosa hace soportable la monotonía: una luz de eternidad, la belleza».

En 1935 inició su travesía hacia el cristianismo, en la que ella misma destacaría tres hitos: su conmoción al ver a los habitantes de Póvoa de Varzim cantando himnos en una procesión con la que se topó estando de vacaciones; durante la primavera de 1937, cuando experimentó un éxtasis religioso en la Basílica de Santa María degli Angeli, un lugar donde había rezado san Francisco de Asís en el que ella misma se arrodilla por primera vez y reza; y un año después, mientras recitaba el poema “Love” de George Herbert, momento en el que por vez primera la palabra «Dios» entra en sus pensamientos, tomándola inesperadamente y haciendo que sienta «una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano, inaccesible tanto a los sentidos como a la imaginación, análoga al amor que brilla a través de la sonrisa más tierna de un ser amado». Esta última ocasión la rinde: «No podía estar preparada para esta presencia; nunca había leído a los místicos. A partir de ese momento el nombre de Dios y el de Cristo se mezclaron de manera cada vez más irresistible con mis pensamientos», confiesa en carta al poeta Joë Bousquet. Si no quiso ser bautizada fue debido «al amor a aquellas cosas que están fuera del cristianismo». Aprendió en sus últimos años el Padrenuestro en griego y lo recitó sin descanso, cautivada por su ilimitada dulzura. Descubrimos en A la espera de Dios que al fondo había una determinación firme: «Siempre he optado por una actitud cristiana como única posible. Por decirlo de algún modo, he nacido, he crecido y he permanecido siempre en la inspiración cristiana».

Cuando Simone Weil conoció a Gustave Thibon en la granja que aquel tenía en Ardèche descubrieron que no estaban de acuerdo en casi nada. Además, su tozuda búsqueda de una vida inconfortable podía incomodar a todos. «Su fe, su desinterés» —escribe en Simone Weil tal como nosotros la conocimos— «se encarnaba en todos sus actos, a veces con un irrealismo desconcertante, pero siempre con absoluta generosidad». Inquebrantable en sus posturas, pero no susceptible, en poco tiempo se entendieron, y su respeto mutuo creció día a día. A él le confió los cuadernos que hasta entonces había escrito, y a él le debemos la primera edición de este texto que aquí nos convoca.

Le dejo, querido lector, en las sabias manos de Simone. Tiene su misma medida, a pesar de su talla inigualable. Fue una pensadora compleja y estimulante, y un ser humano único. André Gide dijo que fue la escritora más espiritual de su siglo; T. S. Eliot, que su genio era similar al de los santos. Vivió en la marginación, anheló ser amada. Allá donde la posmodernidad instauró como vía filosófica el desprecio, verá como ella se sirve de la admiración para fascinarle. Mientras la lee, verá y oirá a aquella chica inelegante que despertaba la ternura de las mujeres mayores, a la rebelde indomeñable y al corazón que se derretía, anhelante de amor, por su prójimo.

1.La gravedad y la gracia

Todos los movimientosnaturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La gracia es la única excepción a esa regla.

Siempre debemos esperar que las cosas sucedan de acuerdo con la ley de la gravedad, a menos que intervenga lo sobrenatural.

Dos fuerzas reinan en el universo: la luz y la gravedad.

La gravedad. En general, lo que esperamos de los demás viene determinado por los efectos de la gravedad en nosotros; lo que recibimos de ellos viene determinado por los efectos de la gravedad en ellos. A veces lo uno y lo otro coincide —por casualidad—, pero a menudo no es el caso.

¿Por qué en cuanto un ser humano declara que necesita a otro, poco o mucho, este último se aleja? Por la gravedad.

El rey Lear es una tragedia sobre la gravedad. Todo lo que llamamos bajeza es un fenómeno de la gravedad. De hecho, el propio término «bajeza» ya lo indica.

El objeto de una acción y el nivel de energía que la alimenta son cosas distintas.

Es preciso hacer determinada cosa. Pero ¿de dónde sacar la energía? Una acción virtuosa puede abajar si la energía necesaria para acometerla no está al mismo nivel.

Lo bajo y lo superficial están al mismo nivel. «Ama con violencia, pero con bajeza»: esta frase es posible. «Ama profundamente, pero con bajeza»: esta frase es imposible.

Si es cierto que el mismo sufrimiento es mucho más difícil de soportar desde un motivo elevado que desde uno bajo (las personas que permanecían inmóviles de una a ocho de la mañana para conseguir un huevo difícilmente lo habrían hecho para salvar una vida humana) puede que una virtud baja sea en algunos aspectos más capaz de soportar dificultades, tentaciones y desgracias que una virtud elevada. Los soldados de Napoleón. De ahí el uso de la crueldad para mantener o elevar la moral de los soldados. No hay que olvidarlo cuando desfallezcamos.

Es un caso especial de la ley que generalmente pone la energía del lado de la bajeza. La gravedad es una especie de símbolo de ello.

Hacer cola para recibir alimentos. La misma acción es más fácil si el móvil es bajo que si es alto. Los móviles bajos son más fuertes que los móviles altos. Problema: ¿cómo transferir la energía de los móviles bajos a los móviles altos?

No hay que olvidar que en ciertos momentos, durante mis jaquecas, cuando la crisis iba en aumento, sentía un intenso deseo de hacer sufrir a otro ser humano, golpeándole precisamente en el mismo lugar de la frente que a mí me dolía.

Se dan deseos similares, son muy comunes entre los hombres.

Varias veces, en dicho estado, he cedido como poco a la tentación de decir palabras hirientes. Obedecía a la gravedad. Es el mayor pecado. Así se corrompe la función del lenguaje, que es expresar las relaciones entre las cosas.

Actitud suplicante: necesariamente debo recurrir a algo distinto de mí misma, ya que se trata de liberarse de una misma.

Intentar esta liberación por medio de mi propia energía sería como si una vaca tirara de la traba y cayera de rodillas.

Así que liberamos energía mediante la violencia, que la degrada aún más. En términos termodinámicos hablaríamos de compensación, un círculo infernal que solo puede romperse desde arriba.

La fuente de energía moral del hombre es exterior, como ocurre en el caso de la energía física (alimento, aliento). Por lo general, la encuentra, y por eso tiene la ilusión —como con la física— de que su ser lleva en sí mismo el principio de su conservación. Solo la privación hace sentir la necesidad. Y cuando está en tal estado no puede evitar recurrir a cualquier cosa que sea comestible.

Solo hay un remedio: una clorofila que nos permita alimentarnos de luz.

No hay que juzgar. Todas las faltas son iguales. Solo hay una falta: no tener la capacidad de alimentarse de luz. Abolida esta capacidad, todas las faltas son posibles.

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra»1. No hay más bien que esta capacidad.

Descender con un movimiento en el que la gravedad no interviene… La gravedad te hace descender, el ala te hace ascender: ¿qué ala elevada al cuadrado puede hacerte descender sin gravedad?

La creación se compone del movimiento descendente de la gravedad, del movimiento ascendente de la gracia y del movimiento descendente de la gracia elevada al cuadrado.

La gracia es la ley del movimiento descendente.

Abajarse es elevarse por encima de la gravedad moral. La gravedad moral nos hace caer hacia lo alto.

Una desgracia demasiado grande sitúa al ser humano por debajo del nivel de la piedad: asco, horror y desprecio.

La compasión llega hasta cierto nivel, no por debajo. ¿Cómo hace la caridad para descender más abajo?

¿Sienten compasión de sí mismos quienes han caído tan bajo?

2.Vacío y compensación

Mecánica humana. Quien sufre busca comunicar su sufrimiento —ya sea maltratando o provocando lástima— para aminorarlo, y así lo aminora realmente. Quienes están en el fondo, a los que nadie compadece, quienes no tienen poder para maltratar a nadie (si no tienen un hijo o alguien que los quiera), a esos el sufrimiento se les queda dentro, envenenándolos.

Todo lo cual resulta tan imperioso como la gravedad. ¿Cómo librarse de ello? ¿Cómo liberarnos de lo que es como la gravedad?

La tendencia a propagar el mal fuera de uno mismo: ¡yo aún la tengo! Las personas y las cosas no me resultan lo suficientemente sagradas. Que no profane nada, cuando me transforme por completo en barro. Que no profane nada, ni siquiera en mis pensamientos. Ni en los peores momentos destruiría una estatua griega o un fresco de Giotto. ¿Por qué iba a destruir otra cosa, como un momento de la vida de un ser humano que podría ser feliz para él?

Es imposible perdonar a alguien que nos ha hecho mal si ese mal nos rebaja. La cuestión es recordar que no nos rebajó, sino que reveló nuestro verdadero nivel.

Hay un deseo de ver a los demás sufrir exactamente lo que nosotros sufrimos. Por eso, salvo en periodos de inestabilidad social, los rencores de los miserables se dirigen contra sus iguales.

Es un factor de estabilidad social.

Hay una tendencia a extender el sufrimiento fuera de uno mismo. Si, por exceso de debilidad, no podemos ni provocar lástima ni dañar a los demás, dañamos la representación del universo en nuestro interior.

Todo lo bueno y bello pasa a ser una especie de ultraje.

Dañar a un prójimo comporta recibir algo a cambio. ¿Qué se obtiene? ¿Qué se ha ganado (y se tendrá a su vez que pagar) cuando se ha dañado? Uno crece. Se expande. Llena un vacío en uno mismo creándolo en los demás.

Poder dañar al prójimo impunemente —por ejemplo, descargar la ira contra un inferior y obligarle a callarse— es ahorrarse un gasto de energía que la otra persona tiene que asumir. Lo mismo ocurre con la satisfacción ilegítima de cualquier deseo. La energía que se ahorra por esta vía se degrada inmediatamente.

Perdonar. No podemos perdonar. Cuando alguien nos ha herido, reaccionamos. El deseo de venganza es un deseo esencial de equilibrio. Se busca el equilibrio en otro nivel. Hay que llegar uno mismo hasta ese límite. Ahí es donde se toca el vacío (Ayúdate a ti mismo y el cielo te ayudará).

Dolor de cabeza. En un momento así, es menos dolor cuando se proyecta en el universo, aunque sea un universo alterado. El dolor es más intenso cuando vuelve a su lugar, aunque hay algo en mí que no sufre y permanece en contacto con un universo inalterado. Tendría que hacer lo mismo con las pasiones. Conseguir que desciendan, llevándolas a un punto y desentendiéndome de ellas. Tratar todos los dolores justo de esta manera, evitando que se acerquen a las cosas.

La búsqueda del equilibrio es mala porque es imaginaria. La venganza. Incluso si realmente uno mata o tortura a su enemigo lo realizado es, en cierto sentido, imaginario.

Aquel hombre que vivía para su ciudad, su familia, sus amigos, para enriquecerse, para aumentar su estatus social, etcétera. Estalla una guerra y se lo llevan como esclavo, y desde entonces, para siempre, tiene que agotarse hasta el límite de sus fuerzas, simplemente para existir.

Esto es espantoso, imposible, y por eso no hay fin ante él por miserable que sea al que no se aferre, aunque solo sea para que castiguen al esclavo que trabaja a su lado. Ya no tiene elección en cuanto a sus fines. Cualquiera de ellos es como una rama para quien se ahoga.

Aquellos cuyas ciudades habían sido destruidas y ellos llevados a la esclavitud ya no tenían pasado ni futuro: ¿con qué podían llenar sus mentes? Mentiras e ínfimas y lastimosas lujurias; estaban quizá más dispuestos a arriesgarse a la crucifixión por robar una gallina que a morir en combate para defender su ciudad. Con toda seguridad, pues de lo contrario esos terribles tormentos no habrían sido necesarios.

Tendrían que haber sido capaces de soportar el vacío del pensamiento. Para tener la fuerza de contemplar la desgracia cuando somos desgraciados, necesitamos pan sobrenatural.

Este es el mecanismo por el que una situación demasiado dura nos deprime: la energía suministrada por los sentimientos elevados es, por lo general, limitada; si la situación nos exige ir más allá de este límite, tenemos que recurrir a los sentimientos bajos —miedo, codicia, afán de logros, honores externos—, que son más ricos en energía.

Esta limitación es la clave de muchas vicisitudes.

Es la tragedia de quienes, por amor al bien, emprenden un camino en el que hay que sufrir, llegan a su límite al cabo de cierto tiempo y se degradan.

Piedra en el camino. Lanzarse sobre la piedra, como si, a partir de cierta intensidad en el deseo, aquella ya no existiera. O alejarse de allí como si una misma no existiera.

El deseo encierra lo absoluto, y, si fracasa (una vez agotada la energía), lo absoluto se transfiere al obstáculo. Es el estado de ánimo de los vencidos, de los oprimidos.

Darnos cuenta (en todo) de que hay un límite y que no lo rebasaremos (o, si lo hacemos, será bien poco) sin ayuda sobrenatural; y que luego lo pagaremos con un abajamiento terrible.

La energía liberada por la desaparición de objetos que antes constituían motivos siempre tiende a bajar. Los sentimientos bajos (envidia, resentimiento) son energía degradada.

Cualquier forma de recompensa es una degradación de la energía.

La autosatisfacción tras una buena acción (o una obra de arte) es una degradación de la energía superior. Por eso la mano derecha debe ignorar…

Una recompensa puramente imaginaria (una sonrisa de Luis XIV) es el equivalente exacto de lo que uno ha gastado, porque tiene exactamente el mismo valor que lo que se ha gastado, a diferencia de las recompensas reales, que, como tales, están por encima o por debajo. Así pues, solo los beneficios imaginarios proporcionan la energía necesaria para un esfuerzo ilimitado. Pero Luis XIV debe sonreír de verdad; si no lo hace, es una privación indecible. Un rey solo puede pagar recompensas que en su mayoría son imaginarias, pues de lo contrario se volvería insolvente.

Lo mismo se puede decir de la religión a cierto nivel. A falta de la sonrisa de Luis XIV, nos fabricamos un Dios que nos sonríe.

O incluso nos entregamos a la autoalabanza. Necesitamos una recompensa equivalente. Es tan inevitable como la gravedad.

Me decepciona un ser querido. Le escribo. Es imposible que no me responda lo que en su nombre ya me he dicho a mí misma.

Los hombres nos deben lo que imaginamos que nos darán. Hay que condonar esa deuda.

Aceptar que no son las criaturas de nuestra imaginación es imitar la renuncia de Dios.

Yo también soy distinta de la que imagino ser. Saberlo es perdonar.

3.Aceptar el vacío

«Creemos por tradición lo que concierne a los dioses, y la experiencia nos dice, acerca de los hombres, que siempre, por una necesidad de la naturaleza, cada ser ejerce todo el poder de que dispone» (Tucídides). Como el gas, el alma tiende a ocupar todo el espacio de que dispone. Un gas que se encogiera y dejara un vacío sería contrario a la ley de la entropía. No ocurre lo mismo con el Dios de los cristianos. Es un Dios sobrenatural, mientras que Jehová es un Dios natural.

No ejercer todo el poder de que dispones es soportar el vacío. Esto es contrario a todas las leyes de la naturaleza: solo la gracia puede hacerlo.

La gracia llena, pero solo puede entrar donde hay un vacío para recibirla, y es ella la que hace ese vacío.

Tenemos la necesidad de una recompensa, de recibir el equivalente de lo que damos. Pero si, violentando esta necesidad, dejamos un vacío, se produce como una corriente de aire, de la que surge una recompensa sobrenatural. No llega si uno tiene otro sueldo: es el vacío el que la hace llegar.

Lo mismo ocurre cuando se condonan las deudas (y esto no solo se refiere al daño que nos han hecho los demás, sino también al bien que nosotros les hemos causado). También en este caso aceptamos un vacío en nuestro interior.

Aceptar un vacío dentro de uno mismo es sobrenatural. ¿De dónde saca uno la energía para un acto sin contrapartida? La energía tiene que venir de otra parte. Pero primero tiene que haber un desgarro, algo desesperado, primero tiene que haber un vacío. Vacío: noche oscura.

La admiración y la lástima (sobre todo una mezcla de ambas) aportan verdadera energía. Pero hay que prescindir de ellas.

Durante un tiempo, no debe haber recompensa, ni natural ni sobrenatural.

Necesitamos una representación del mundo en la que haya vacío, de modo que el mundo necesite a Dios. Esto presupone el mal.

Amar la verdad significa soportar el vacío y, por tanto, aceptar la muerte. La verdad está del lado de la muerte.

El hombre solo escapa a las leyes de este mundo en lo que dura un relámpago. Son momentos de pausa, de contemplación, de intuición pura, de vacío mental, de aceptación del vacío moral. En esos momentos es capaz de lo sobrenatural.