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Operaciones de desinformación; atentados contra altos mandos del Ejército; sabotajes a bordo de submarinos; o viajes desde Marruecos a bordo de un caza robado por un as de la aviación española. Estas son algunas de las historias que pueblan las páginas de este libro, que aborda episodios poco o nada conocidos de la Guerra Civil, a cargo de personajes que tuvieron un papel crucial en el desarrollo de la contienda. Alberto Laguna y Victoria de Diego reconstruyen un puñado de historias exhumadas de los archivos y contrastadas con los descendientes de los protagonistas. Algunas fueron protagonizadas por personajes públicos como Manuel Gutiérrez Mellado, o Alejandro Goicoechea, inventor del Talgo y otras por hombres y mujeres anónimos y pertenecientes a ambos bandos. Todas ellas se cuentan con la fluidez propia de una novela de aventuras. En palabras de Pedro Corral, los autores «descubren una Guerra Civil realmente insólita, raras veces transitada con el rigor, el acierto y la amenidad que se despliega en estas páginas». En definitiva, «La guerra encubierta es, en el fondo, un homenaje a quienes no se resignan ni se conforman con lo ya sabido o conocido de nuestra contienda, piensen lo que piensen acerca de ella».
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Seitenzahl: 969
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Es licenciado en Periodismo y lleva casi quince años dedicado a la investigación histórica. En 2019 publicó su primer libro sobre la Guerra Civil, La Quinta Columna. La guerra clandestina tras las líneas republicanas (La Esfera de los Libros, 2019), una obra donde se analiza en detalle la actuación de las organizaciones clandestinas en la retaguardia republicana. Es también fundador de la web www.guerraenmadrid.net, donde publica semanalmente historias inéditas del conflicto fratricida, muchas de las cuales han sido replicadas por medios de comunicación de España y Latinoamérica.
Es licenciada en Periodismo. Comenzó su trayectoria dedicándose a la comunicación corporativa hasta que dio el salto a la información cultural. Vive entre España e Italia y es una de las fundadoras de www.guerraenmadrid.net, donde también publica historias inéditas de la Guerra Civil.
Operaciones de desinformación; atentados contra altos mandos del Ejército; sabotajes a bordo de submarinos; o viajes desde Marruecos a bordo de un caza robado por un as de la aviación española. Estas son algunas de las historias que pueblan las páginas de este libro, que aborda episodios poco o nada conocidos de la Guerra Civil, a cargo de personajes que tuvieron un papel crucial en el desarrollo de la contienda.
Alberto Laguna y Victoria de Diego reconstruyen un puñado de historias exhumadas de los archivos y contrastadas con los descendientes de los protagonistas. Algunas fueron protagonizadas por personajes públicos como Manuel Gutiérrez Mellado, o Alejandro Goicoechea, inventor del Talgo y otras por hombres y mujeres anónimos y pertenecientes a ambos bandos. Todas ellas se cuentan con la fluidez propia de una novela de aventuras.
En palabras de Pedro Corral, los autores «descubren una Guerra Civil realmente insólita, raras veces transitada con el rigor, el acierto y la amenidad que se despliega en estas páginas». En definitiva, «La guerra encubierta es, en el fondo, un homenaje a quienes no se resignan ni se conforman con lo ya sabido o conocido de nuestra contienda, piensen lo que piensen acerca de ella».
LA GUERRA ENCUBIERTA
La guerra encubierta
Operaciones secretas, espías y evadidos en la guerra civil española
© 2024, Alberto Laguna y Victoria de Diego
© 2024, Arzalia Ediciones, S. L.
Calle Zurbano, 85, 3.º-1. 28003 Madrid
Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea
Fotografía de cubierta: imagen cedida por la familia Castro
ISBN: 978-84-19018-49-6
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.
Producción del ePub: booqlab
www.arzalia.com
Prólogo de Pedro Corral
Introducción
Siglas utilizadas
PRIMERA PARTE. EN EL PUNTO DE MIRA
1. Enemigos íntimos en la Sierra de Guadarrama
2. Pasión y muerte de un explorador aéreo
3. El guardia civil que desafió a Franco en La Gomera
SEGUNDA PARTE. EVADIDOS Y ESPÍAS
4. El piloto kamikaze que huyó de Tetuán
5. El hundimiento del submarino B-6.¿Traición o heroicidad de su comandante?
6. Alejandro Goicoechea y el Cinturón de Hierro de Bilbao
7. Una huida desesperada a Portugal
8. El estudiante más buscado de Madrid
9. Las evasiones de Gutiérrez Mellado y su equipo de agentes secretos
10. El exportador de vinos y los fugados de Barcelona
TERCERA PARTE. OPERACIONES SECRETAS
11. Eliminad al belga
12. El bombardeo nocturno sobre Sariñena
13. Cuando el espionaje republicano quiso limpiar Cataluña de falangistas
14. El doble juego del agente Leblond en la Batalla del Ebro
15. El capitán Castro y las dos Mata Hari de la República
CUARTA PARTE. EL FINAL DE LA GUERRA
16. La deserción de un comandante franquista
17. El militar que negoció el final de la guerra
18. Los últimos tres días del Madrid republicano
19. El piloto que salvó la vida a Miaja
Agradecimientos
Anexos
A Diego y Jorge
Se suele decir, aunque erróneamente, que la guerra civil española es el conflicto armado del siglo XX sobre el que más libros se han escrito. La leyenda tiene que ver, a buen seguro, con su potencialidad para llegar a serlo realmente: la complejidad de la contienda de 1936-1939 ha sido una fuente inagotable para la Historia y para las historias. Y lo ha sido tanto desde una perspectiva nacional como internacional, dada la proyección mundial que alcanzó en la época, con la implicación de un número incuantificable de actores y testigos de todos los continentes.
Pero esta leyenda tiene también otra lectura, menos alentadora como si dijéramos: si la Guerra Civil fuera el choque bélico de la pasada centuria sobre el que más libros se hubieran escrito, es que ya no podría escribirse nada más sobre ella por la sencilla razón de que ya estaría todo dicho. A esto contribuyen también algunos estereotipados lamentos sobre el supuesto cansancio que provoca el tema entre el público general, y no digamos cuando se achaca al cine y la literatura nacionales, erróneamente también, una sobreabundancia de creaciones referidas a nuestro conflicto fratricida. Por no referirnos al permanente protagonismo que en las tribunas políticas se ha dado al asunto en las últimas dos décadas.
El libro de Alberto Laguna y Victoria de Diego que el lector tiene en sus manos es una clara, rotunda y afinada respuesta a quienes se preguntan por qué sigue tan vivo el interés por nuestra contienda. En cada una de las páginas de La guerra encubierta brotan a borbotones los motivos que justifican ese interés, no solo para los estudiosos o los aficionados al tema, sino también para los que gusten de adentrarse en los siempre atrayentes relatos de servicios secretos, agentes dobles, operaciones de información y desinformación, identidades suplantadas, sabotajes y otras acciones en la retaguardia enemiga.
En esta materia, Alberto Laguna es un consumado experto, como ha demostrado con su libro La Quinta Columna (La esfera de los Libros, 2019), escrito junto con el tristemente desaparecido Antonio Vargas Márquez. En La guerra encubierta se ahonda en esta interesantísima línea de investigación.
Esta nueva obra trasciende los límites de Madrid y su provincia para desarrollar episodios y personajes de muy diverso calado, en distintos puntos de la geografía española, en una y otra zona, con especial atención a Cataluña. A través de sus capítulos, Laguna y De Diego descubren una guerra civil realmente insólita, raras veces transitada con el rigor, el acierto y la amenidad que se despliega en estas páginas.
A lo largo de las historias aquí recogidas, sobre la base de un ímprobo trabajo de investigación histórica en fuentes primarias inéditas, se nos revelan dos tipos de escenarios clave de la contienda fratricida a los que pocos libros han dado la trascendencia que les concede esta publicación.
Uno de estos escenarios es el campo de batalla íntimo, particular, invisible a los demás, donde pugnan las emociones, afectos y lealtades encontradas de cada uno de sus protagonistas a la hora de elegir su postura ante las dos España en liza. En un conflicto donde superabundaron las llamadas «lealtades geográficas», esta pugna en la conciencia de cada individuo ejemplifica mejor que nada el abismal desgarro de la sociedad española a causa del golpe militar que condujo a un conflicto abierto de casi tres años de duración.
El segundo escenario de la Guerra Civil que nos descubren los autores es un campo de batalla sin límites ni horizontes, expandido por todos los rincones de la geografía, donde una lóbrega habitación del barrio gótico de Barcelona o la cocina de una humilde casa en una aldea perdida de Teruel pueden adquirir en un momento dado la trascendencia de una posición «Terminus» o «Jaca».
Si hay una realidad que pueda completar la definición de «guerra total» es esta condición de un conflicto que lo llena y lo abarca todo, y que empuja a desempeñarse en la peligrosa faceta del agente de espionaje a sencillas amas de casa, jornaleros, abogados o ingenieros. Todos ellos revestirán su mundo doméstico, su vida cotidiana, con el camuflaje preciso para convertirlo en un auténtico fortín en defensa de sus ideales contra el enemigo.
Aquí tenemos, pues, los dos recónditos escenarios de la Guerra Civil que Laguna y De Diego exploran en este libro como nadie había hecho antes: el que se forja en la conciencia de cada protagonista a la hora de tomar partido y el que se fragua alrededor de la transfiguración de sus quehaceres diarios para aceptar finalmente la apuesta a vida o muerte que esa toma de partido lleva consigo en la guerra encubierta que da título al libro.
Ya pueden imaginarse el profundo calado humano de las impactantes historias que se van desvelando a lo largo de estas páginas. Historias con nombres y apellidos, intensas y escalofriantes, emocionantes y desgarradoras, conmovedoras e intrigantes, siempre amenamente construidas, con la precisión del arte de la orfebrería, de tal manera Laguna y De Diego van encajando con meticulosidad las increíbles piezas que completan las vicisitudes de sus protagonistas.
No nos corresponde entresacar aquí, siquiera como síntesis del libro, a los distintos protagonistas de La guerra encubierta. Diremos que hay nombres muy conocidos, a quienes el lector va a conocer aún mucho más y mejor sin duda alguna, y hay otros que ya parecían borrados de la historia.
A todos ellos, célebres o no, van dedicadas con parejo interés, e incluso diríamos con parejo respeto a las ideas del lector, las páginas de Alberto Laguna y Victoria de Diego para abrir nuestros campos de visión y nuestras perspectivas respecto a la Guerra Civil. La guerra encubierta es, en el fondo, un homenaje a quienes no se resignan ni se conforman con lo ya sabido o conocido de nuestra contienda, piensen lo que piensen acerca de ella.
Para quienes seguimos creyendo que hay tantas guerras civiles como españoles la vivieron, sufrieron o protagonizaron, frente a las visiones planas, monolíticas y superficiales que tratan infructuosamente de imponerse, este libro es un auténtico hito a la hora de sumergirse en aquella marea de humanidad doliente que anegó las vidas de nuestros antecesores y que aún hoy nos interpela a todos con tantas preguntas sin respuesta ahogadas en el silencio de los muertos.
Si hemos empezado señalando cierto cansancio acerca de los libros y películas de la Guerra Civil, en estas páginas se encuentran apasionantes argumentos de novelas y guiones de filmes para dar y tomar. Hasta ese punto es un libro inagotable de atractivas historias, con un protagonista esencial, el español de a pie, arrollado, arrastrado o atrapado en una guerra entre hermanos.
Pasen y lean.
PEDRO CORRAL
Siempre hemos creído que para entender la Guerra Civil es necesario acercarse a las historias individuales, que son las que nos permiten analizar lo que sucedió en aquellos años dramáticos que, todavía hoy, siguen doliendo en España. Nuestro libro no pretende hablar de generalidades del conflicto ni posicionarse ideológicamente hacia alguno de los dos bandos que combatieron entre 1936 y 1939, nada más lejos de su intención. Nos hemos dedicado a reconstruir, tras un arduo trabajo de investigación, una serie de sucesos totalmente desconocidos para el gran público que han permanecido ocultos durante casi noventa años.
La reconstrucción de estas historias inéditas de la guerra no ha sido una tarea sencilla. Además de investigar en Madrid, hemos tenido que viajar a Ferrol, Zaragoza, Salamanca, Barcelona, Ávila, Segovia, Sevilla o Las Palmas para adentrarnos en numerosos archivos civiles y militares en los que hemos rescatado hechos silenciados durante décadas. Pensamos que para intentar aproximarnos a la realidad no basta con consultar un único expediente en un archivo concreto, sino que es necesario corroborar esta información por medio de varias fuentes documentales y acercarnos lo máximo posible a los descendientes de los protagonistas. Esta, precisamente, es una de las grandes novedades de este libro. Tras un complejo trabajo periodístico, hemos podido localizar a casi todos los familiares de los personajes que aparecen en las páginas de esta obra, lo que nos ha otorgado una visión mucho más humana y certera de todos ellos. Además de obtener una versión de lo sucedido que, en ocasiones, difiere de lo que nos cuentan los archivos, hemos tenido la suerte de acceder a documentos privados, cartas familiares e imágenes completamente desconocidas que también disfrutará el lector.
La guerra encubierta se aproxima de una manera directa a las operaciones secretas más importantes y al mismo tiempo inéditas que realizaron los dos bandos en la guerra. Captación de agentes enemigos, espionaje en la retaguardia rival, sabotajes intencionados, evasiones imposibles y eliminación física de adversarios son algunas de las historias que aparecerán en las páginas de esta obra. Hemos intentado reconstruir de una manera equilibrada estas acciones clandestinas relatando con detalle los hechos, pero sin señalar a buenos y malos, como suelen hacer otros libros de historia. Esta no es nuestra misión. Para eso está el lector, que es soberano para sacar conclusiones.
El libro está dividido en cuatro bloques. El primero pone el foco en los instantes iniciales del conflicto, cuando cientos de militares permanecieron en el punto de mira tanto en una zona como en la otra. Las decisiones que tomaron estos oficiales y suboficiales en los primeros momentos de la lucha marcaron de manera indiscutible su trágico destino, aunque la versión que se contó en aquella época difiera de lo que ocurrió en realidad. Así, por ejemplo, en la sierra de Guadarrama, en Madrid, se produjeron en menos de diez días varios suicidios de lo más sospechosos, atentados contra personalidades del Ejército y fusilamientos por equivocación de compañeros que desestabilizaron a uno y otro bando.
En esta primera parte también reconstruimos minuto a minuto la muerte en el verano de 1936 de Juan Reus, uno de los mejores exploradores aéreos que ha tenido España a lo largo de la historia, al que mataron por negarse a bombardear a los sublevados en el cuartel de la Montaña. Viajaremos también hasta Vallehermoso, un pequeño pueblo de La Gomera donde un brigada de la Guardia Civil, con un puñado de agentes a su mando, desafió a Franco y se mantuvo leal a la República hasta las últimas consecuencias.
La segunda parte se centra en las evasiones más espectaculares que se llevaron a cabo en la Guerra Civil. Hombres y mujeres a los que la contienda sorprendió en el lugar equivocado y que decidieron pasarse al otro bando de manera muy poco convencional, en acciones con tintes novelescos e incluso cinematográficos. Fue el caso del sargento Félix Urtubi, que robó un caza nacional en Tetuán y, tras matar a su observador en pleno vuelo, se desplazó in extremis a zona republicana, casi sin combustible. O el del alférez de navío Óscar Scharfhausen, quien, como responsable del submarino gubernamental B-6, protagonizó un sabotaje en su interior que propició el hundimiento del buque y, posteriormente, la entrega a las fuerzas nacionales de toda la tripulación que estaba a sus órdenes. Mención especial merece el capítulo que dedicamos a Alejandro Goicoechea, futuro inventor del Talgo, que escapó del Bilbao republicano para unirse a los sublevados y entregarles los planos del Cinturón de Hierro que él mismo había diseñado; las defensas bilbaínas no eran tan inexpugnables como se decía, puesto que fueron proyectadas con infinidad de errores tácticos para facilitar la entrada del enemigo.
La huida de territorio republicano de destacados miembros de la Quinta Columna tiene un papel crucial en esta obra. Uno de sus agentes más representativos, al que consagramos todo un capítulo, llegó a ser vicepresidente del Gobierno de España, convirtiéndose en uno de los hombres más poderosos de nuestro país en los años setenta y ochenta. Nunca hasta la fecha se había realizado un estudio tan pormenorizado de la actuación en la guerra de Manuel Gutiérrez Mellado, un personaje muy cuestionado por sus antiguos compañeros quintacolumnistas, que tuvo un papel destacadísimo dentro de los servicios de información de Franco. Hemos conseguido analizar sus luces y sombras en el Madrid del Frente Popular, reconstruir su círculo de colaboradores y también su actuación posterior cuando, una vez en zona nacional, ocupó puestos de responsabilidad en el espionaje de los alzados.
Junto con el Guti, como conocían a Gutiérrez Mellado en aquella época, también profundizamos en la historia de Manuel Manzano Monís, un joven estudiante de arquitectura que se convirtió en el hombre más buscado por la República después de crear una red clandestina de espionaje en el corazón de la Junta de Compras del Ministerio de la Guerra. Su agónica huida de la capital, la traición a la que fue sometido por el guía que debía pasarle a la otra zona y su llegada a las primeras posiciones sublevadas en la serranía de Guadalajara a buen seguro atraparán al lector. Creemos que también se enganchará con las fugas que realizaron desde Barcelona y hasta Francia unos pocos quintacolumnistas de Barcelona como Luis Canosa, Emilio Pouget o José Antonio Batlle. El primero se convertiría en una de las piezas angulares del espionaje nacional en el país vecino, pero los otros dos tuvieron un sinfín de problemas tanto con el Gobierno francés como con algunas personalidades franquistas que incomprensiblemente dudaban de su lealtad. En cualquier caso, ellos pudieron escapar de Cataluña mientras varios de sus compañeros y amigos fueron ejecutados a sangre fría en las costas del Garraf, en una brutal operación de eliminación del SIM (Servicio de Información Militar) republicano, justo el día después de que Lérida cayese en manos del enemigo.
El tercer bloque se fija en las operaciones encubiertas que los dos bandos llevaron a cabo durante los tres años de guerra, unas acciones que se inscribieron en el más estricto de los secretos por la manera en que se desarrollaron y por los procedimientos utilizados. Una de ellas fue ejecutada por la élite de los Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra de la República, que hicieron desaparecer a un diplomático belga de Madrid del que sospechaban que espiaba para Franco. Por el contrario, la inteligencia franquista también actuó de manera contundente para desarticular las redes republicanas que operaban en su retaguardia, lo que permitió la captura de docenas de agentes emboscados en Toledo, Guadalajara, Cuenca y Teruel, muchos de los cuales terminarían delante de un pelotón de fusilamiento. En esta última provincia fueron detenidas dos importantísimas «espías» republicanas cuya historia hemos podido reconstruir con detalle gracias a la información que hemos hallado en los archivos y al testimonio que nos han proporcionado sus descendientes.
Entre las operaciones encubiertas que hemos sacado a la luz, hay dos que sobresalen por la importancia que tuvieron en dos batallas concretas. La primera fue ejecutada por el SIM gubernamental y consistió en intoxicar al enemigo con informaciones falsas lanzadas desde una emisora clandestina de Barcelona, con motivo de la Batalla del Ebro. Aquellas fake news eran transmitidas por un espía republicano que se hacía pasar por Leblond, un agente nacional que en realidad había sido capturado a su llegada a la Ciudad Condal. La segunda operación en la que nos detenemos fue realizada por la aviación sublevada en el frente de Aragón. Un solo bombardero alemán, con mayoría de tripulación española, atacó en plena noche y sin escolta el aeródromo de Sariñena, uno de los lugares más vigilados por el bando republicano. Esta acción arriesgadísima tuvo un final inesperado.
La última parte de este libro se centra en el final de la Guerra Civil y pone la lupa en determinados personajes que, a pesar de ser completos desconocidos para la gran mayoría, tuvieron un papel trascendental o muy destacado. Fue el caso del comandante Lloro Regales, un militar nacional bregado en la Casa de Campo y Ciudad Universitaria que incomprensiblemente se pasó al enemigo cuando la contienda estaba a punto de terminar. O el teniente coronel Antonio Garijo Hernández, un alto oficial republicano que en realidad simpatizaba con los alzados y lideró las negociaciones secretas que ambos bandos mantuvieron en el aeródromo de Gamonal. También le dedicamos un capítulo al piloto que salvó la vida a Miaja: se llamaba José Corrochano y consiguió evacuar a Argelia al prestigioso general republicano unas horas antes de que los sublevados entraran en Valencia.
Por último, hemos reconstruido cronológicamente las últimas setenta y dos horas de la Guerra Civil en Madrid centrándonos en la actuación de algunos personajes que han pasado por completo desapercibidos para otros investigadores. Uno de ellos fue Antonio Luna, el quintacolumnista que había influido en Julián Besteiro durante los meses finales del conflicto y al que protegió hasta el fin en su refugio del Ministerio de Hacienda. También los hijos del coronel Prada, el alto mando del Ejército de la República que rindió Madrid a los nacionales, que permanecieron en todo momento a su lado, como el médico militar Diego Medina Garijo, que en realidad trabajaba para la Quinta Columna.
Los personajes que hemos citado en esta introducción aparecerán a lo largo de las páginas de este libro y, en muchos casos, se irán entremezclando, porque la guerra estaba repleta de matices. Hombres y mujeres cuyas historias hemos conseguido sacar a la luz tras dos años de intensa investigación que empezó solo unos días después de venir al mundo nuestro primer hijo. Él ha sido nuestro principal apoyo y fuente de inspiración, ya que la idea surgió durante aquellas horas de desvelo en las que la Guerra Civil se abrió paso mientras el pequeño Diego intentaba conciliar el sueño.
CDMH (Centro Documental de la Memoria Histórica)
AGMAV (Archivo General Militar de Ávila)
AGMS (Archivo General Militar de Segovia)
AGMG (Archivo General Militar de Guadalajara)
AHEA (Archivo Histórico del Ejército del Aire)
AGHD (Archivo General e Histórico de la Defensa)
AGA (Archivo General de la Administración)
AHN (Archivo Histórico Nacional)
ANF (Archivo Naval de Ferrol)
AGMAB (Archivo General Militar Álvaro Bazán)
ACCGA (Archivo Central del Cuartel General de la Armada)
AMN (Archivo del Museo Naval)
BNE (Biblioteca Nacional de España)
CNT (Confederación Nacional del Trabajo)
FAI (Federación Anarquista Ibérica)
DEDIDE (Departamento Especial de Información del Estado)
SIM (Servicio de Información Militar, perteneciente al bando republicano)
SIPM (Servicio de Información y Policía Militar, perteneciente al bando sublevado)
SIFNE (Servicio de Información de la Frontera Nordeste de España)
GNE (Guardia Nacional Republicana)
DGS (Dirección General de Seguridad)
NKVD (Naródny Komissariat Vnútrennij Del. Servicio de inteligencia soviético)
POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista)
No hay enemigo más peligroso que los soldados de tu propio bando. Eso tuvieron que pensar los integrantes de la familia Del Castillo al estallar la Guerra Civil. Una extraña nebulosa rodea los hechos que vivieron un padre y dos de sus hijos en el verano de 1936 durante los combates del Alto del León. Un supuesto suicidio sin apenas testigos, un fusilamiento a manos de milicianos leales a la República o una evasión a territorio enemigo fueron los acontecimientos que soportó una familia que sin duda estuvo tocada por la desgracia.
El coronel Enrique del Castillo Miguel estaba al frente del cuartel de Ingenieros de Ferrocarriles de Leganés, en Madrid. Mandaba a más de trescientos efectivos que estaban divididos en dos regimientos (1 y 2) y en varios destacamentos situados en la capital y sus alrededores. Su segundo de a bordo era el coronel Manuel Aspiazu, un militar un poco más joven que él, con un carácter apocado e introvertido que moriría asesinado en las sacas de Paracuellos en noviembre de 1936.
Al igual que otros mandos del Ejército, el coronel Del Castillo se había curtido en la guerra del Rif, donde había organizado las fortificaciones españolas en Tetuán, Ceuta y Melilla. A su regreso a España difundió sus conocimientos bélicos publicando algunos artículos científicos de índole militar, como el que escribió en 1926 con el título «Los zapadores de África». En los años treinta se instaló definitivamente en Madrid, la ciudad que le había visto nacer en 1877 en el seno de una familia liberal. Su padre era el periodista y político José del Castillo Soriano, gobernador civil de Albacete a principios del siglo XX.
En julio de 1936 el coronel Del Castillo llevaba dos años dirigiendo el citado cuartel de Ingenieros de Ferrocarriles de Leganés. Allí también estaban destinados dos de sus hijos, los capitanes Enrique y José del Castillo Bravo, que, siguiendo los pasos de su padre, se habían incorporado a la vida castrense. Enrique, que tenía ideas republicanas, mandaba una compañía del primer regimiento mientras que José, aunque dependía oficialmente de Leganés, trabajaba por lo general en un destacamento situado en la Estación del Mediodía (Atocha). Los dos habían participado en las campañas militares de África, donde lograron el ascenso a capitanes por méritos de guerra y obtuvieron varias condecoraciones. En la hoja de servicios de ambos figura que actuaron con gran valor levantando blocaos y construyendo a contrarreloj posiciones para los soldados españoles mientras recibían fuego hostil del enemigo.
En la antesala de la sublevación militar, el coronel Del Castillo acuarteló a todos sus efectivos en Leganés tras escuchar que las guarniciones de Marruecos se habían levantado. Muchos de sus oficiales, incluidos sus hijos, se encontraban de vacaciones, pero acudieron a la llamada la noche del 17 de julio en camionetas del Ejército —una de las cuales tuvo problemas con dos serenos que increparon a los militares por estar realizando movimientos sin justificación en plena noche— o en coches particulares.
El Cuartel de Ingenieros de Ferrocarriles era un hervidero la mañana del 18 de julio de 1936. La mayoría de los efectivos se enteraron allí de la sublevación contra la República. El coronel Del Castillo y sus dos hijos no estaban al tanto de lo que Mola y Franco llevaban meses gestando, al contrario que algunos de su compañeros. Ese era el caso de los capitanes Alfredo Malibrán Escassi y Santos Isasa Yarza, ambos vinculados a Falange, que tenían contactos con otros cuarteles madrileños cuya participación en el alzamiento estaba prevista. Su papel en la sublevación le costaría la vida al primero de los mencionados, que resultó muerto de un disparo por la espalda unos días después.
Existen varias versiones sobre la ideología del coronel Del Castillo en vísperas de la Guerra Civil. Algunas, como la de su hijo José, defienden que era afecto al movimiento, que lo estaba esperando a pesar de no conocer los pormenores. Otras sostienen lo contrario; un subordinado suyo, el capitán José Ignacio Herráiz, aseguraba que era «izquierdista y que fomentaba las tendencias socialistas y de apoyo al Frente Popular» dentro de su regimiento.
Más allá de estas opiniones, desde que se produjo el alzamiento militar Del Castillo tuvo una actitud de cierta ambigüedad. El día después de la sublevación mantuvo una serie de contactos con el alcalde republicano de Leganés, Pedro González, a quien manifestó en reiteradas ocasiones su «lealtad» y «adhesión» al Gobierno de la República. En todo momento intentó dar sensación de tranquilidad, asegurando que sus hombres no saldrían a la calle sin un salvoconducto facilitado por las autoridades civiles y recalcando que dentro del cuartel la situación estaba calmada. Pero la realidad era bien distinta. Entre los muros del recinto la tensión se palpaba en todos los rincones. Era un polvorín listo para estallar. Muchos de los capitanes y tenientes eran partidarios del alzamiento, aunque unos pocos oficiales y casi todos los suboficiales se oponían rotundamente. Los capitanes Del Castillo Bravo, los hijos del coronel, por el contrario, no mostraron en ningún momento su apoyo a la sublevación, aunque tampoco dieron muestras de una adhesión muy firme hacia la República. Quizá para no perjudicar la posición de su padre, que estaba al frente del cuartel, tuvieron un comportamiento un tanto esquivo.
Los partidarios del levantamiento intentaron influir en el coronel para que sumara el acuartelamiento a las fuerzas sublevadas, cosa que no hizo pese a las presiones. Sí es cierto que preparó el cuartel para el combate por si los civiles que se agolpaban en el exterior decidían asaltarlo. Mandó colocar dos grandes reflectores junto a la entrada y dobló el personal de guardia.
Del Castillo mantuvo un contacto telefónico el 20 de julio con el general García de la Herranz, que había sublevado las guarniciones de Campamento y se encontraba en ese instante en el cuartel de Zapadores. La conversación se produjo por mediación del capitán Malibrán, que sí había participado en la preparación del alzamiento. En esa charla, el general aseguraba que todo estaba yendo muy bien y que solo necesitaría una compañía de Ingenieros de Ferrocarriles para participar en la toma de Cuatro Vientos. Esa misma tarde, Del Castillo autorizó ese envío de una compañía a dicho aeródromo con la excusa de reforzar el destacamento de Ferrocarriles que allí existía. Los efectivos, mandados por el capitán Isasa, tuvieron que regresar a las pocas horas a Leganés tras comprobar, antes de entrar en el acuartelamiento, que la República ya controlaba la situación.
Mientras se producían estos acontecimientos, nuestro coronel mantenía infinidad de reuniones en su despacho de Leganés, donde recibía tanto a los oficiales partidarios del alzamiento como a aquellos que se oponían a él. El mismo 20 de julio se vio con el comandante Fernández Lerena, cuya relación con los elementos izquierdistas del cuartel era muy estrecha. Este le entregó un listado elaborado por el comité antifascista donde aparecían los nombres de los supuestos oficiales del regimiento que había que liquidar por oponerse al Frente Popular. Entre ellos no figuraban los del coronel ni sus dos hijos.
El 21 de julio, Del Castillo fue convocado a una reunión urgente en el Ministerio de la Guerra. Allí relató cuál era la situación en su unidad y mostró su preocupación por algunos de sus oficiales, que estaban amenazados de muerte. El militar consiguió que sus superiores exigiesen a los tenientes y capitanes perseguidos presentarse esa misma noche en el ministerio para prestar declaración, algo que sin duda les salvó la vida; de haber permanecido mucho tiempo más en Leganés, casi con total seguridad habrían sido ejecutados. A las nueve de la noche, un ómnibus del cuartel transportó a esa docena de oficiales hasta Madrid. La mayoría de ellos fueron trasladados a la Dirección General de Seguridad y posteriormente a alguna de las cárceles madrileñas como San Antón o Porlier.
Pero la visita del coronel al Ministerio de la Guerra tenía otro motivo más importante. Con la intención de frenar el avance sublevado hacia Madrid, el Estado Mayor republicano pretendía organizar columnas para controlar los pasos naturales de Guadarrama y Somosierra. A Del Castillo le ordenaron preparar de inmediato dos compañías de su regimiento para que se desplazaran hasta el Alto del León; el coronel mandaría una columna de unos dos mil hombres, demasiado heterogénea, pues no solo estaría al mando de sus soldados del Regimiento de Ferrocarriles, sino que también se haría cargo de grupos de milicianos voluntarios, paisanos de la zona, carabineros, cuatro compañías de la Guardia Civil, efectivos de la Guardia de Asalto y seis piezas de Artillería.
Según la versión de su hijo José, Del Castillo acató la orden de traslado a la sierra porque una vez allí tendría más posibilidades de pasarse a los sublevados. La unidad estaría comandada por él y por su segundo, el teniente coronel Moriones, al que le unía una estrecha relación de amistad. El otro hijo del coronel, Enrique, se situaría al frente de una de las compañías del regimiento cuyo objetivo prioritario era tomar el Alto del León. Enrique, que siempre siguió las órdenes de su padre, simpatizaba con la izquierda, como se ha apuntado, aunque no pertenecía a ningún partido político. En 1934 tuvo que firmar una declaración jurada donde aseguraba «no haber pertenecido o pertenecer a ningún partido o agrupación sindical». Por su parte, José del Castillo, el otro hijo, permanecería en Leganés a la espera de nuevas órdenes.
Cientos de personas se echaron a la calle en Leganés durante la noche del 21 de julio para despedir a los efectivos del Regimiento de Ferrocarriles que marchaban a Guadarrama «a luchar por la libertad y contra el fascismo». Al frente del cuartel se quedó el coronel Aspiazu junto con los capitanes José del Castillo y Alfredo Malibrán, a la espera de incorporarse más adelante a la sierra. Al día siguiente, el 22 de julio, Malibrán sería asesinado en la cantina del cuartel por un brigada apellidado Paniagua, bajo la acusación de haber colaborado en la preparación del golpe. A José, que en principio no había participado, le dejaron tranquilo y su vida no corrió peligro durante esos primeros días de la Guerra Civil.
Las dos compañías de Ingenieros mandadas por Del Castillo llegaron a Guadarrama pasadas las seis de la mañana del 22 de julio. La marcha resultó más lenta de lo habitual debido a múltiples controles de carretera, establecidos a partir de Torrelodones por grupos de milicianos y guardias de asalto para evitar deserciones masivas, como la que había tenido lugar unas horas antes por parte del Regimiento de Transmisiones de El Pardo, que se había evadido al completo a zona sublevada.
El coronel estableció su cuartel general en la localidad de Guadarrama. Allí mantuvo una breve reunión con su alcalde, que le explicó que grupos de milicianos ya controlaban el Alto del León y Navacerrada. Nuestro protagonista envió a su segundo, el citado teniente coronel Moriones, a estos dos puntos para comprobar in situ la situación de las milicias, su armamento y el número de efectivos, y a su hijo Enrique, al mando de una compañía, hasta el Alto del León para unirse a las milicias, al conocer que varios grupos de falangistas y militares sublevados avanzaban hacia la zona. Aquellos «enemigos» estaban dirigidos por el coronel Ricardo Serrador, uno de los máximos responsables del triunfo del alzamiento en Valladolid. A la una de la tarde del 22 de julio empezaron los combates en el Alto del León, una lucha encarnizada que se prolongó durante más de seis horas. Las tropas sublevadas contaban con el respaldo de su Artillería, mientras que los republicanos recibieron apoyo aéreo para la defensa de sus posiciones.
Según el historiador Couceiro Tovar, las fuerzas republicanas que se habían anticipado ocupando el puerto lo defendían «sin moral, aunque bien armadas en la natural posición dominante». A pesar de que la aviación leal, solicitada por el coronel Del Castillo, bombardeó a los sublevados, los defensores del Alto del León no supieron o no pudieron proteger la posición pese a estar bien parapetados. Sobre las seis de la tarde se llegó al cuerpo a cuerpo en la explanada del Alto, el lugar donde se encuentra la escultura del león. Destacaron por su valor y disciplina los soldados del Regimiento de Ferrocarriles, que, a diferencia de los grupos de milicianos, permanecieron en su sitio hasta casi agotar la munición.
Bajo la dirección de su padre, que estaba en su puesto de mando, Enrique coordinó la defensa republicana del Alto del León, sin embargo, pasadas las siete y media tuvo que ordenar el repliegue de sus hombres y la retirada en dirección a Guadarrama. Mientras abandonaba la zona, un enlace motorizado le pedía que regresara hasta el puesto de mando a toda prisa: a su padre le «había sucedido algo».
Una hora antes de aquel misterioso mensaje, mientras las fuerzas republicanas se batían en retirada, se produjo un hecho dramático en el puesto de mando de la República en Guadarrama. Un episodio que todavía hoy está sumido en la nebulosa, fruto de narraciones contradictorias sobre lo sucedido aquella tarde-noche del 22 de julio. El coronel Del Castillo moría en extrañas circunstancias como consecuencia de uno o varios disparos, poco después de que se confirmaran los peores augurios: los sublevados ya estaban controlando el Alto del León.
Aunque la versión más extendida de aquella muerte es que fue un suicidio, algunos autores aseguran que murió asesinado por sus propios hombres, que lo consideraron responsable máximo de la pérdida del Alto del León. El escritor y periodista falangista Valentín Fernández Cuevas dio su particular visión de los hechos:
La desbandada del ejército rojo fue grande. Al llegar los primeros huidos al pueblo de Guadarrama expresan a los cabecillas del Frente Popular que preside el alcalde Diosdado Martínez que la culpa del fracaso es de los jefes militares. De esa forma cubren los milicianos su fracaso. Y señalan como principal traidor al coronel Castillo. Uno de los milicianos, barbudo, con el rostro de fiera se presta a traer al reo para que el pueblo le sentencie. Al poco tiempo, el coronel Castillo, empujado a culatazos por la chusma, es llevado al paredón para ser fusilado. «Traedme también al hijo, que es otro traidor», dice otro miliciano refiriéndose al capitán de Ferrocarriles don Enrique del Castillo que mandaba esas fuerzas en el Alto del León. Y al poco tiempo, un par de docenas de fusiles y escopetas segaban la vida de estos dos militares que así pagaban el fracaso y la cobardía de sus gentes.
Obviamente, la versión de los hechos de Fernández Cuevas no se ajusta a la realidad, pues no menciona que el hijo del coronel sobrevivió a la Guerra Civil y terminó echando raíces en México, donde falleció en los años setenta. El historiador Hugh Thomas asegura también que al coronel Del Castillo lo mataron como represalia por la pérdida del Alto del León.
La versión del asesinato se contrapone con la que ofrecieron varios líderes comunistas en sus memorias. En su libro Guerra y Revolución en España, Dolores Ibárruri sostiene que el coronel se había suicidado tras conocer la muerte de su hijo, algo que, como hemos visto, no era cierto: «El jefe del Regimiento de Ferrocarriles, el coronel Del Castillo, abrumado por esa derrota y por la muerte de su hijo, capitán de una de las compañías, se suicidó».
Juan Modesto, en su libro de memorias Soy del Quinto Regimiento, aporta más detalles de lo que pudo haber ocurrido:
Al responderle que había caído su hijo en los combates (el capitán Enrique del Castillo), dio unos pasos atrás, sacó su pistola y se suicidó sin dar tiempo para impedirlo al teniente coronel Domingo Moriones y Enrique Líster, que estaban con él.
Tenemos que poner en tela de juicio la versión de Modesto, ya que no coincide ni mucho menos con la que ofreció tras la Guerra Civil el propio coronel Moriones, supuesto testigo del suicidio. En su consejo de guerra ante las autoridades franquistas, Moriones explicó que no se encontraba presente cuando Del Castillo murió, ya que le habían enviado junto con el alcalde de Guadarrama a realizar unas gestiones; aseguró haber sido informado del «suicidio del coronel» poco después de coger un coche del Ayuntamiento para desplazarse hasta una localidad próxima. El alcalde de Guadarrama, en su consejo de guerra, tampoco confirmó la versión del suicidio aportada por Modesto en sus memorias. El otro supuesto testigo de los hechos, Enrique Líster, difiere igualmente de Modesto: Líster se limitó a afirmar que el coronel «murió en combate», algo que tampoco es cierto.
El coronel enemigo, Ricardo Serrador, mostraba sus dudas sobre lo que le había ocurrido a su rival tras la pérdida del Alto del León. En su diario de operaciones anotó que Del Castillo, «al perder la posición que defendía con sus fuerzas, se suicidó en las inmediaciones del pueblo de Guadarrama, según parece, o le fusilaron los milicianos».
Algunos descendientes del coronel se muestran en la actualidad a favor de la versión del suicidio, aunque tampoco descartan que fuera asesinado. Sin embargo, creemos muy interesante la visión que ofreció José del Castillo Bravo (su otro hijo) ante las autoridades franquistas después de cambiar de bando en septiembre de 1936. José explicó que la República le envió el día 23 de julio a Guadarrama al mando de otra compañía de Ingenieros y que allí se enteró de lo que le había ocurrido a su familia:
Camino de la sierra, después de pasar por el pueblo de Villalba, vi venir a los milicianos huyendo del pueblo de Guadarrama. Allí me enteré del suicidio de mi padre… Al llegar a Guadarrama pregunté a un guardia de asalto por la situación y me dijo que era tan mala que hasta el coronel había tenido que suicidarse. Me llevaron hasta el jefe que estaba al mando, el comandante Guillermo Domínguez Olarte, que me explicó que la muerte de mi padre se debía a la imposibilidad de lograr sus deseos. Me dijo que mi hermano Enrique se había ido a Madrid porque estaba muy nervioso y para calmar a mi familia.
Más adelante, José del Castillo aportó algunos detalles sobre lo ocurrido con Enrique cuando se trasladaba a la capital para comunicar a los suyos la muerte de su progenitor:
Al pasar por el pueblo de Las Rozas, unos milicianos le hicieron apearse del coche en el que viajaba e intentaron fusilarle, dejándole gravemente herido con tres disparos. Estuvo ingresado en el Hospital Provincial de Madrid.
En esa misma declaración, José explicaba que su hermano había salvado milagrosamente la vida «al dejarle por muerto» los milicianos que le agredieron en Las Rozas. Los nietos de Enrique dicen que sobrevivió de puro milagro, pues recibió al menos dos disparos en la cabeza: uno le perforó el ojo y otro le destrozó la cara dejándole una enorme cicatriz en su rostro. Otras versiones familiares indican que el fusilamiento fue «exclusivamente con perdigones» y que en realidad Enrique había perdido el ojo en Marruecos en los años veinte como consecuencia de una bala perdida.
Más allá de esto, sigue siendo un misterio el motivo por el que aquellos milicianos intentaron acabar con la vida del joven capitán de Ingenieros. ¿Le acusaban, al igual que a su padre, de haber sido el responsable de la debacle del Alto del León? ¿Le confundieron con un militar enemigo? ¿El fusilamiento fue tal o se trató de un simple tiroteo?
La prensa de la época se hizo eco de un incidente sucedido en Las Rozas justo por estas fechas que pudo estar relacionado con el intento de fusilamiento de Enrique del Castillo. El periódico La Libertad publicó el 24 de julio la siguiente noticia:
A primeras horas de la noche pasada, por las cercanías de Las Rozas, marchaba un automóvil a bastante velocidad. Las milicias emplazadas en las cercanías de la estación le dieron el alto al vehículo, y los ocupantes de este contestaron con una carga. Entonces los milicianos repelieron la agresión matando a uno de los ocupantes del coche e hiriendo a otros tres. Se ocupó al muerto un carné de la CNT a nombre de Agustín Gómez. De los heridos, uno de ellos vestía uniforme de capitán del Ejército y los otros dos de sargentos. Ninguno de ellos llevaba carné ni documentación. Interviene el juzgado.
Al mencionar que en el coche viajaba un hombre con el uniforme de capitán, el lector puede intuir que podría tratarse del propio Enrique del Castillo Bravo, pero no existe la certeza absoluta. Al día siguiente, este mismo periódico realizaba una rectificación después de conocer algunos detalles por mediación de la CNT:
La CNT del Centro nos envía la siguiente nota. La prensa de anoche y de esta mañana daba la noticia de que cerca de Las Rozas, desde un coche se disparó sobre las milicias, las cuales repelieron matando a uno e hiriendo a tres. Debe rectificarse el suelto diciendo que los ocupantes del coche eran compañeros de nuestras organizaciones proletarias los cuales pararon a la primera indicación; no obstante, se hizo fuego contra ellos matando a Agustín Gómez, hiriendo a dos y librándose casualmente Vicente Fernández. Las víctimas volvían de luchar en Navacerrada a las órdenes del teniente Carbó. La nota de prensa de que eran fascistas los del coche no es cierta, ya que son hombres dignos que luchan por la libertad, tomando parte en todos los actos y encuentros habidos contra la reacción.
Enrique del Castillo, a pesar de haber sido fusilado por miembros de su propio bando, siguió luchando en favor de la República hasta el final de la Guerra Civil. Estuvo varias semanas en el Hospital Provincial de Madrid recuperándose de las heridas hasta que pudo volver al combate. En diciembre de 1936 decidió pasarse al Cuerpo de Carabineros tras ascender a comandante, pero en pocos meses alcanzaría el grado de teniente coronel. En marzo de 1937 dirigía la recién creada 8.ª Brigada Mixta, conocida con el nombre de Brigada M, que combatió en el frente de Madrid aunque por poco tiempo. Su papel al mando de la jefatura se circunscribió al periodo de instrucción.
A finales de mayo fue destinado como jefe de la Comandancia de Carabineros de Figueras, aunque solo permaneció allí cuatro meses. En octubre lo designaron jefe de las Fuerzas de Carabineros de Valencia, Alicante y Castellón, donde se quedó hasta la ofensiva franquista en Cataluña. En enero de 1939 combatió en Barcelona y Gerona hasta que las últimas fuerzas republicanas tuvieron que replegarse a la frontera con Francia.
José, el otro hijo del coronel Del Castillo, tuvo claro que quería pasarse al bando sublevado tras enterarse de la muerte de su padre y del fusilamiento de su hermano. Se negó a luchar en el Alto del León y justificó su decisión ante las autoridades republicanas porque no se encontraba bien psíquicamente. A finales de agosto de 1936 le ordenaron incorporarse al Regimiento de Ingenieros Ferroviarios y desplazarse a los frentes de Toledo y Extremadura. Estuvo al mando de una compañía que se encargaría de fortificar las posiciones de la República en la zona para frenar el avance sublevado. José salió el 23 de agosto de Leganés y llegó esa misma tarde a Talavera de la Reina. Su compañía contaba con menos efectivos de lo normal, ya que una de las secciones no pudo partir porque los soldados carecían de armamento.
El 29 de agosto recibió la orden de incorporarse a la localidad de Puente del Arzobispo, a unos 30 kilómetros de Talavera, para intentar contener de manera urgente el avance sublevado, que parecía imparable. Un comandante de milicias apellidado Pastor le ordenó fortificar las lomas que hay en la entrada del pueblo por la carretera de Oropesa y volar el puente sobre el Tajo, en caso de una gran ofensiva enemiga. Durante toda la tarde supervisó la colocación de explosivos en los puntos clave de este lugar por si fuera necesario hacerlo saltar por los aires.
Al día siguiente, después de distribuir las fuerzas de trabajo para seguir fortificando, se produjo un intensísimo ataque de los alzados que comenzó con un gran bombardeo aéreo y de Artillería. José del Castillo vio en ese momento su gran oportunidad. Logró escabullirse de los soldados republicanos que iban a defender el pueblo y, en compañía del corneta de su compañía, se escondió en la zona donde había estado trabajando el día anterior. La operación dirigida por el teniente coronel Asensio Cabanillas fue rápida y eficaz. En unas horas los sublevados entraron victoriosos en el Puente del Arzobispo, donde capturaron una veintena de prisioneros. Otros tantos evadidos se presentaron ante ellos, incluido el capitán José del Castillo, que había alcanzado las primeras fuerzas de vanguardia de Regulares que entraban en la localidad al grito de «¡Me paso!».
Un comandante de Regulares apellidado Serrano fue el primero en someterlo a interrogatorio. A él le entregó su pistola, que no había sacado ni montado, al tiempo que le advertía para que sus hombres tuvieran mucho cuidado al cruzar el puente sobre el Tajo, pues estaba repleto de explosivos. Según explicó, «sus jefes rojos» le habían mandado volarlo, pero él se había negado rotundamente, escondiéndose junto con su corneta cuando empezó la ofensiva. El comandante le ordenó que retirara las cargas, operación que realizó con extremo cuidado y asistido por un teniente. Al día siguiente fue trasladado hasta Cáceres, donde permaneció recluido unos días en el Cuartel del Regimiento de Infantería número 21, pendiente de que se abriera su proceso de depuración. Lo superó sin demasiados problemas y se incorporó al ejército sublevado, donde ascendería muy pronto a comandante. Mandó una unidad de requetés riojanos en el frente de Palencia hasta que fue destinado a Miranda de Ebro y Bilbao, donde lo designaron miembro de la comisión para la creación de «campos de concentración de prisioneros». Un nombramiento que quedaría sin efecto, ya que sería enviado a los frentes de Talavera y Teruel para dirigir en persona los trabajos de fortificación que allí realizaba el bando sublevado.
Regresemos al cuartel general del ejército republicano en la localidad de Guadarrama, donde el coronel Del Castillo había perdido la vida en extrañas circunstancias el 22 de julio de 1936. Solo un día después de su muerte, el Ministerio de la Guerra nombró al coronel José Puig (Holguín, Cuba 1879) como su sucesor. Se trataba de un militar de reconocido prestigio que no generaba dudas dentro del bando gubernamental. A sus 56 años, era un personaje con una vitalidad fuera de lo común y un estratega brillante, fruto de su experiencia en combate. Se había curtido en la guerra contra Estados Unidos en 1898, en Puerto Rico, donde, siendo un jovencísimo teniente, estuvo a las órdenes de su padre en el Batallón de Cazadores de la Patria. Años después, una vez instalado en España, hizo carrera en el Ejército participando sobre todo en las guerras de Marruecos. Estuvo al mando de la 5.ª Bandera de la Legión en 1923, donde resultó herido varias veces, y actuó en numerosas operaciones militares que le otorgaron bastante fama debido a su valentía e inteligencia.
Durante su estancia en África coincidió con los hermanos Franco, con los que tuvo una buena relación de amistad. Según sus descendientes, con Francisco se llevaba bien, de hecho, ambos fueron fotografiados juntos unos años antes, en 1922. El fondo histórico de la agencia EFE conserva una imagen de los dos después de haber participado en las operaciones militares contra los rifeños en Tizzi Azza. Sin embargo, su vínculo con Ramón Franco fue más estrecho por cuestiones políticas e ideológicas. De hecho, ambos participaron en conspiraciones antimonárquicas, como la sublevación de Cuatro Vientos en 1930, en la que también estuvo implicado Queipo de Llano.
A diferencia de Ramón Franco y de Queipo de Llano, que huyeron de España en avión tras fracasar el golpe, Puig tuvo que ocultarse durante semanas en Madrid mientras la policía le pisaba los talones, por ser uno de los jefes conspiradores de la intentona golpista. Escondido en una pensión de la Gran Vía y disfrazado de sacerdote, pudo eludir la detención hasta que por fin salió de España desde Valencia, haciéndose pasar por fogonero en un barco francés.
Permaneció en París varios meses, y en la capital francesa se enteró de que en España le habían expulsado del Ejército y de que se había abierto una causa judicial contra él y otros treinta militares por los sucesos de Cuatro Vientos. El fiscal pedía para todos ellos la pena de muerte o la cadena perpetua. En una entrevista que concedió a un periodista del periódico La Rambla, el coronel aseguró que el golpe de Cuatro Vientos había fracasado porque «no fuimos secundados como debimos serlo». Se mostraba en contra de una amnistía y aseguraba que regresaría a España «cuando tengamos que ir dignamente a cumplir nuestro deber de patriotas».
Puig regresó a España unos días después de instaurarse el régimen republicano el 14 de abril de 1931. Tras las reformas de Manuel Azaña en el Ministerio de la Guerra, decidió retirarse definitivamente, aunque un decreto presidencial lo destinó a Tánger como inspector general de Seguridad. Desde su llegada a Marruecos empezó a coquetear con la masonería. Su amigo y compañero Cristóbal de Lora fue quien le introdujo en la organización, a la que llegó por medio de la Logia Oriente 451 y bajo el nombre de Rizal.
El ascenso al poder de la República de las derechas y la llegada de Gil Robles al Ministerio de la Guerra precipitaron su regreso a Madrid en 1935. Una vez en la capital, instalado en su domicilio de la calle Lope de Rueda, 24, optó por desvincularse definitivamente de la vida castrense para dedicarse de nuevo a la pintura y acercarse de una manera clara al partido Izquierda Republicana.
Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, el teniente coronel Puig siguió llevando una vida normal en Madrid, alejado en la medida de lo posible del tenso ambiente que se respiraba en la calle. Sin embargo, la sublevación militar de julio le hizo cambiar de actitud. Tras los enfrentamientos de los cuarteles de la Montaña y Campamento, decidió ponerse unilateralmente al servicio de la República. Tras mantener una breve conversación telefónica con José Giral, se incorporó de nuevo al Ejército para hacerse cargo de una columna de milicianos y guardias civiles que tratarían de parar al enemigo en Somosierra.
El 21 de julio se encontraba en El Molar organizando esta columna formada por unos mil quinientos hombres que habían llegado a la localidad dispuestos a cortar el paso del enemigo en la sierra. Ese mismo día nuestro coronel concedió una entrevista al diario El Liberal, en la que hizo las siguientes declaraciones:
No tiene usted idea de la serie de dificultades con que tropezamos. La principal no poder mantener una relación directa con todos y cada uno de los combatientes. Pero el gran espíritu de las tropas lo suple todo. Es tal el entusiasmo que ponen estos ciudadanos en la defensa de los ideales que supera al de cualquiera de las fuerzas militares. Quizá resulte excesivo este entusiasmo y a veces se lleguen a cometer pequeños errores tácticos que son hijos del ardor que ponen en la lucha. Con hombres como estos, la República no tiene más remedio que triunfar.
Sin embargo, la presencia de Puig en el frente de Somosierra fue efímera y prácticamente no tuvo tiempo de dirigir los combates. Tras la muerte del coronel Del Castillo en Guadarrama, le ordenaron hacerse cargo de las fuerzas republicanas que deberían recuperar el Alto del León, por lo que se incorporó al sector el 23 de julio al mediodía. Su llegada fue bastante accidentada, pues tuvo que enfrentarse con el coronel de Artillería Gaspar Carrasco Morales para ver quién de los dos asumía el mando de las operaciones. Mantuvieron una fuerte confrontación pública en la plaza del Ayuntamiento de Guadarrama, donde dos días atrás había muerto tras un bombardeo el periodista del Heraldo de Madrid, Manuel Alvar.
Esa misma noche, Puig dirigiría sobre el terreno un contraataque para envolver al enemigo en sus posiciones más avanzadas. Su idea era que las mejores fuerzas republicanas avanzaran de madrugada en el más absoluto silencio hasta coronar los crestones de Cuelgamuros, situado a pocos kilómetros del Alto del León. Después caerían por sorpresa desde Cabeza de Lijar hacia el sector derecho de los sublevados, una posición conocida con el nombre de El Copo, que estaba defendida por un grupo de Falange.
Puig designó al capitán Benito Sánchez del regimiento Wad Ras n.º 1 y al comunista Enrique Líster para que lideraran la operación sobre el terreno, dos jefes de inquebrantable fidelidad a la República, con una gran capacidad de mando, que imponían mucho respeto entre sus subordinados. Lo cierto es que el contraataque durante la madrugada fue al principio un éxito para el bando republicano. Todos los falangistas y guardias civiles que guarecían la posición de El Copo fueron sorprendidos por los hombres de Puig, que acabaron con ellos en pocos minutos. El factor sorpresa fue clave en esta acción, aunque también la reacción de los sublevados. Otra unidad de Falange y una compañía de Transmisiones que estaban en una loma próxima pudieron recuperar la posición perdida a las dos horas tras un durísimo combate donde los efectivos de uno y otro bando lucharon con fiereza cuerpo a cuerpo y lanzando bombas de mano a muy poca distancia. En esa acción murieron unos ochenta soldados y milicianos republicanos, y otros tantos fueron capturados como prisioneros.
Puig instaló su cuartel general en la Casa de Telégrafos de Guadarrama y más tarde en Collado Mediano. Durante estos días de julio recorría en su coche oficial los puestos avanzados de sus tropas estudiando las opciones para recuperar el Alto del León. Una de las acciones más ambiciosas que sus efectivos llevaron a cabo consistió en volar un depósito de municiones cercano a las posiciones de Cabeza de Lijar. Un primo suyo, el capitán de Asalto Antonio Puig Petrolani, dirigió la operación con apenas quince hombres el 27 de julio. Los participantes fueron felicitados por el director general de Seguridad.
Durante los días siguientes, los contraataques republicanos para recuperar el Alto del León habían fracasado a pesar de pequeños avances tácticos que desde el punto de vista militar no tenían demasiada importancia. Los sublevados, al mismo tiempo, intentaron romper las líneas enemigas y descender hasta el sanatorio de Tablada con el fin de llegar a Guadarrama, pero fueron frenados en seco. Sí alcanzaron la casilla de peones camineros situada en el kilómetro 51 de la antigua carretera de La Coruña.
Ante este panorama, el 29 de julio se produjo una reunión de gran importancia a la que creemos que Puig no estuvo invitado. Varios pesos pesados del Partido Comunista como Líster, Pasionaria o Pedro Checa analizaron la situación del Alto del León con el objetivo de organizar un batallón militarizado que fuera más efectivo en su lucha contra los sublevados. Nuestro hombre, mientras tanto, seguía organizando las defensas de sus posiciones y preparando golpes de mano como el que días atrás había protagonizado su primo.
Durante aquellas jornadas recorría la línea de frente en un coche ligero acompañado por su chófer y su ayudante de campo, que eran miembros de la Guardia Civil. El conductor se llamaba Gustavo Villapalos, era de origen valenciano y antes de la guerra estaba destinado como radiotelegrafista en el cuartel de las Cuarenta Fanegas. Vinculado con elementos falangistas desde antes de la sublevación militar, le habían acusado sin pruebas de haber participado en un atentado contra cuatro socialistas del sindicato de lecheros, por lo que fue procesado en junio de 1936. Una vez en libertad y tras producirse el alzamiento, Villapalos fue enviado a la sierra de Madrid, donde le designaron chófer oficial de Puig porque era un conductor excelente y además tenía conocimientos de mecánica.
El ayudante del coronel era el teniente de la Benemérita José Jarillo de la Reguera, que al igual que Villapalos simpatizaba con los sublevados. De hecho, había sido detenido durante los primeros días del alzamiento acusado de hacer proclamas delante de su compañía en favor de los rebeldes en el interior del cuartel de Guzmán el Bueno. Estuvo a punto de ser trasladado a la prisión militar de Guadalajara, pero los combates que se libraban en los alrededores de la cárcel impidieron su llegada. Pese a su más que probable desafección, la República le puso en libertad y le movilizó junto con varias compañías de la Guardia Civil para combatir a los sublevados, primero en Buitrago y luego en la sierra de Guadarrama. Desde el 23 de julio de 1936 Jarillo actuaba, muy a su pesar, como enlace de Puig, que unos días antes le había amenazado con fusilarle si no acataba sus órdenes. Jarillo y Villapalos se conocían de antes de la guerra y, tras coincidir en la sierra, ambos intentaron evadirse junto con otros guardias en una acción que fue desbaratada por error por la artillería franquista. Los mandos republicanos, con Puig a la cabeza, nunca se enteraron de ese intento de deserción.
El 1 de agosto había amanecido espléndido en la sierra de Madrid. La temperatura a primera hora de la mañana era mucho más suave de lo normal y, como hacía de manera rutinaria, el coronel Puig se trasladó junto con su chófer y su ayudante a la primera línea del frente. Justo antes de empezar su tour por las trincheras y posiciones republicanas se hizo una fotografía que ha llegado a nuestras manos gracias a uno de sus descendientes. La visita del militar hasta los puestos avanzados se desarrolló con total normalidad dentro del entorno bélico en el que se encontraba. Sin embargo, cuando regresaba hacia su cuartel general se produjo un hecho fatídico que todavía hoy sigue rodeado de un gran misterio. De repente, su coche se salió de la carretera y volcó tras caer por la ladera de la montaña. El coronel murió y su ayudante resultó herido leve, con cortes en la cara, al igual que el conductor. Era el segundo jefe del Ejército de la República que perdía la vida en menos de ocho días en este sector.
Gustavo Villapalos, el chófer, aseguró después de la Guerra Civil ante las autoridades franquistas que tanto él como José Jarillo de la Reguera habían «atentado» contra el coronel Puig provocando su muerte aquella mañana de agosto. Aseguraba que había hecho creer a todo el mundo que el jefe militar había muerto como consecuencia del disparo de «una ametralladora nacional» que había provocado también que su vehículo volcara.
