Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Durante mucho tiempo en la civilización occidental predominó la cultura de la guerra en cuanto a las normas, hechos y representaciones. El autor de este libro defiende, sin embargo, que en Occidente ha ido prevaleciendo desde hace un siglo la cultura de la paz. Hoy, muy pocos argumentan que la mejor forma de solventar un conflicto internacional sea a través de la guerra, pero no ocurría así en otros tiempos: no solo era esta una vía de solución, sino la mejor de las posibles, la más admirada social y culturalmente. Este inmenso cambio se ha debido a muchos factores, pero uno de los más importantes es la experiencia cultural acumulada de siglos que nos ha hecho ver que la guerra es esencialmente destructiva y cruel, independientemente de las razones que se pudieran tener para llegar a ella. Este libro expone los acontecimientos más importantes que han hecho posible este decisivo acercamiento progresivo y todavía incompleto a la paz, incidiendo en las herramientas culturales que lo han motivado, y, sobre todo, con el ánimo de intentar mantener alejado el fantasma de la guerra.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 579
Veröffentlichungsjahr: 2019
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
David García Hernán
La guerra y la paz
Una historia cultural
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO PRIMERO. Un siglo de supremacía de la cultura de la paz
Terrible involución: la Segunda Guerra Mundial
La Guerra Fría, el horizonte nuclear y los referentes de Vietnam e Iraq
Sublimación de la cultura de la paz, y la política que amenaza
CAPÍTULO 2. Guerra y paz del mundo antiguo al Medievo
Los antecedentes
Grecia y la representación del modelo occidental de la guerra
La cultura de la guerra en Roma
La paz en el mundo antiguo
El caballero medieval. Mitos y realidades
El espacio medieval para la paz
CAPÍTULO 3. Monarquías nacionales y cultura de la guerra
Guerra y cultura de la guerra en la Alta Edad Moderna. La tratadística
El influyente mundo de la literatura de ficción
CAPÍTULO 4. La paz en el humanismo cristiano renacentista
Principales posiciones
La maldad de la guerra
Paz y Cristiandad
La realidad se impone
CAPÍTULO 5. Literatura en la Europa dividida: espacios para la paz
Los desmanes de la guerra
El sueño de la paz
La paz impuesta
Decreciente espacio para la paz
La guerra inevitable
La paz por agotamiento
CAPÍTULO 6. El imperialismo y la paz
La cultura de la guerra bajo la idea imperial
El concepto de guerra justa y la conquista de América
La conquista de tierras de ultramar y la paz en la literatura del Siglo de oro
CAPÍTULO 7. Guerra y paz en el Siglo de la Razón
Nuevos métodos, misma crueldad
La cultura de la paz en «Las Luces»
CAPÍTULO 8. Nacionalismo, neoimperialismo y... pacifismo
Las guerras revolucionarias y la maduración de los métodos bélicos
La teoría de la guerra. Jomini y, sobre todo, Clausewitz
Persistencia de la cultura de la guerra
Reclutamiento y antimilitarismo en el siglo xix
Los desastres y excesos de la guerra
Debate sobre la guerra y la paz en la literatura decimonónica
CAPÍTULO 9. La Gran Guerra y la proyección de la cultura de la paz
La época de la Paz armada
El significado histórico de la Gran Guerra
Condicionantes y precipitantes
Trincheras y gases
Las nuevas armas y las tácticas
La exaltación de la cultura de la paz
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFÍA
CRÉDITOS
A Nico. Bienvenido a nuestra gran familia, que te quiere muy próximo,para siempre
Napoleón Bonaparte, según cuenta el conde Las Cases en su Memorial, se quedó profundamente extrañado cuando un habitante de Santa Elena le informó de que no muy lejos de allí había unas islas en las que no existían las armas; a lo que preguntó de una forma casi automática: ¿cómo se baten entonces? Y es que el «gran corso» —en aquellos momentos no tan grande— no podía concebir, como la inmensa mayoría de los hombres y mujeres de su tiempo, una sociedad sin guerra.
Es casi un tópico decir que la guerra ha acompañado al ser humano desde los tiempos más remotos, hasta el punto de que no pocos científicos sociales han afirmado que está en la propia naturaleza y condición humana. Nosotros pensamos que el fenómeno, por muy extendido que esté en el espacio y en el tiempo, tiene una dimensión cultural mucho más grande de lo que habitualmente se ha venido considerando. Es cierto que hubo un tiempo (en realidad, desde siempre, y hasta hace muy poco) en que la historia se entendía esencialmente como el estudio de los hechos militares del pasado. Pero esto ha cambiado mucho ya en los últimos decenios; y, aunque quede bastante por hacer, el panorama de estos estudios nos muestra múltiples vertientes (económicas, sociales, demográficas...) mucho más allá de la narración del desarrollo de los combates. Y entre esas vertientes, la cultural no es precisamente la de menor importancia, sino todo lo contrario.
La crueldad y el sufrimiento es el denominador común de todas las guerras (se hagan con los métodos y técnicas con los que se hagan), y la cuestión tiene mucho de filosófico. Pero este es esencialmente un libro de Historia y, como tal, busca lo más importante de la ciencia historiográfica: el conocimiento de nuestro presente a través del pasado, con vistas a estar en la mejor disposición posible para encarar el futuro. No es por tanto un ensayo sobre la cultura de la paz, o de la guerra de nuestros días, sino una explicación de qué es lo que nos ha llevado a esta dialéctica tan recurrente en la historia de la humanidad en lo que se refiere esencialmente a Occidente, y cómo se ha reflejado en nuestros días, para tener un poco más claro el camino que hay que seguir en este más que trascendental asunto.
Así, este libro refleja un proceso que consideramos importante. El de una paulatina transformación de la superioridad de la cultura de la guerra en una mayor primacía de cultura de la paz, que se va a dar en los largos siglos de la Edad Moderna y hasta la Gran Guerra, a partir de la cual impera ya de una forma definitiva —esperamos— la cultura de la paz. De esta manera, el libro quiere resaltar que el pacifismo de nuestros días no viene solo del siglo XX, sino de todo un proceso largo y complicado anterior en el que se han llegado a conquistar grandes logros en favor de la paz en medio de un contexto en el que la cultura de la guerra tenía mucha más presencia. Lo que ha costado, como se puede suponer, un gigantesco esfuerzo conjunto con no pocas fases de regresión.
El horizonte de este libro es, pues, cultural, entendiendo la cultura en su sentido más amplio, como el conjunto de prácticas y representaciones que denotan un estilo de vida determinado por unas específicas formas de pensar, sentir y actuar, y que operan en una dirección, en este caso, de la guerra o de la paz. Como se puede suponer, no es ni mucho menos fácil penetrar en el universo mental en las distintas épocas con respecto a estos temas, y las fuentes utilizadas no pueden basarse en series estadísticas o elementos exclusivamente cuantitativos. Para lograr esos objetivos de definición de toda una cultura, nos hemos basado esencialmente en el sentido de las representaciones culturales de las que disponemos; y, de ellas, las que reflejan mejor (mucho más que las «historias oficiales» nacionales que están lejos de expresar la difícilmente explicable realidad de un fenómeno irracional) la crueldad de la guerra. Dada la trascendencia del tema, son muchísimas, ingentes, y la mayor parte muy elocuentes, pero por cuestiones elementales de espacio y de imperativos editoriales hemos elegido las que nos han parecido más significativas, admitiendo el hecho de que otras muchas también podrían haber tenido cabida. Se podría aplicar aquí, entonces, esa vieja idea de que no están todas las que son, pero sí son todas las que están. Y entre estas fuentes hemos tenido predilección por aquellas que tuvieran mayor difusión, en cuanto a representaciones culturales, en sus respectivas épocas. Aunque aquí también ha habido que tomar las decisiones desagradables de restringir campos de estudio, limitándonos en este libro a la literatura, el cine y, en ocasiones, a la música, esencialmente. Siendo conscientes de que el arte (como están demostrando grandes especialistas como Víctor Mínguez) hubiera sido también una referencia importante para desvelarnos interesantes interpretaciones.
Somos firmes partidarios de la utilización de la literatura, con los suficientes filtros y contrastes, como fuente histórica. Y porque pensamos que cada autor se somete (lo decía ya Lope de Vega) a la dictadura del público, creemos que se pueden extraer conclusiones —científicas— muy interesantes a partir de los mensajes lanzados en sus obras, de ficción o no, por parte de los creadores, partiendo de la base de que quieren conectar lo mejor posible con sus lectores o, en el caso del teatro o el cine, espectadores. Es decir, para penetrar en esos universos mentales, la literatura, al estar casi obligados los escritores a escribir sobre lo «socioculturalmente» correcto, nos transmite una serie de inclinaciones sobre la psicología colectiva que, analizadas con el mayor rigor metodológico posible, nos acercan a modos de pensar muy diferentes a los nuestros. Y este es un tema, como ninguno, en el que las representaciones culturales son buenos reflejos de muchos aspectos (cómo calibrar en su justa dimensión, por ejemplo, el miedo del soldado cuando se acerca la batalla, o la angustia de una madre por su hijo que ha marchado al frente) que son imposibles de medir.
Y, de esta forma, somos también firmemente partidarios de que tan importante es el estudio directo de los hechos de la guerra o de la paz como el de sus respectivas representaciones culturales. Ahora bien, siempre teniendo en cuenta que la realidad histórica tiene ritmos distintos al de las representaciones culturales, por mucho que haya, constantemente en la historia de Occidente, una relación dialéctica y concomitante entre ambas dimensiones.
Siendo entonces la historia de Occidente el objeto espacial de este estudio, hemos pretendido dar un equilibrado protagonismo a las distintas regiones o países de este amplio campo geográfico y cultural. El hecho de que, en algunos momentos, el caso español pase a tener un sensible protagonismo es debido, en un primer lugar, a la trascendencia que tienen el Siglo de Oro español y la Monarquía Hispánica en estos temas dentro de la llamada Edad Moderna (espacio cronológico fundamental en esta obra); y, en segundo, a la emblemática figura de Galdós, con una bellísima literatura que, en su estilo realista, nos transmite una gran cantidad de ideas y de emociones de una forma personalísima y creemos que muy didáctica. Estas mismas razones referidas a Galdós nos han movido también a dar una gran cabida a las obras de los escritores franceses Erckmann y Chatrian; o también al inglés, nacido en la India, Thackeray.
Asimismo, hemos querido dar un especial protagonismo a la cultura de la paz derivada de los escritos de los grandes humanistas del Renacimiento, por considerar que abrieron, de una forma tremendamente elocuente, innumerables caminos que han servido de referencia en los siglos posteriores.
Como podrá comprobar el lector, «no están todos los que son», pero sí hay una gran cantidad de obras literarias que son examinadas para extraer de ellas la que creemos que es la mejor interpretación historiográfica. Nos ha parecido fundamental poner no solo la edición que consideramos más asequible para el gran público, sino también (entre corchetes) la fecha de publicación original, y, cuando lo requería el caso, la fecha de escritura, más que la de primera publicación.
Solo nos queda, antes de someternos al juicio inapelable del lector, agradecer vivamente a quienes nos han ayudado a que este tenga ahora entre sus manos estas páginas. A la editorial Cátedra y especialmente a Raúl García Bravo, que no solo ha esperado pacientemente el original ante los retrasos (inevitables), sino que me ha dado importantes consejos. Cariñosamente, a Ricardo García Cárcel, que siempre ha confiado en mi buen hacer y al que espero no defraudar. También me han dado muchas indicaciones y han leído diversas partes del manuscrito Enrique Martínez Ruiz (mi maestro), Eduardo González Calleja, Miguel Ángel Prieto Martín, Félix García Hernán y mi mujer, Raquel García Marrero. Mi reconocimiento también para el profesor Rudy Chaulet, de la Université de Franche-Comté, que ha traducido muchos textos franceses de los que no había versión española, especialmente los de Erckmann-Chatrian. A todos ellos muchas gracias, como también a los compañeros y amigos de la Universidad Carlos III de Madrid, a mis amigos y, por supuesto, a Raquel y a toda mi familia (solo ellos saben las horas que les he robado por la dedicación a esta obra); incluida la última incorporación, Nico, a quien está dedicado este libro.
Convendrá con nosotros el lector en que estamos viviendo tiempos ciertamente convulsos por muchos motivos, pero, especialmente, por el desarrollo de las relaciones internacionales, con el fantasma de una guerra global —¿quién lo iba a decir hace tan solo unos años?— en el horizonte. Y quién le iba a decir a un ciudadano estadounidense de cultura media que escucharía de su presidente decir en un tono amenazante que dispone de misiles «nuevos, bonitos e inteligentes» (si el presidente Wilson o el propio Abraham Lincoln levantaran la cabeza...). Parece que el mundo se ha vuelto loco...; o, por lo menos, que ha dejado de tener un rumbo con fundamento, como queda de manifiesto, por ejemplo, en el «ahora sí, ahora no...» de una posible entrevista entre el presidente Trump y el presidente de Corea del Norte Kim Jong-un entre mayo y junio de 2018. No en vano, el día 8 de este último mes, en los prolegómenos de las conversaciones de la cumbre del G7 en Canadá, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, afirmaba que esa cumbre sería la más complicada de las que se habían dado en muchos años, dado que, según su parecer, Donald Trump quería cambiar el orden internacional. Desde luego, entre sus muchas medidas discutibles y discutidas por los analistas internacionales, la progresiva política de proteccionismo económico «militante» que pone en práctica no es precisamente un acicate para la solidaridad y, en definitiva, la paz del mundo. La cumbre terminó con un sonoro fracaso.
En el año 2000 se celebraba, algunos lo recordarán, la conmemoración del nacimiento del emperador Carlos V, y tuvimos ocasión entonces de impartir una conferencia sobre este personaje tan «político» en la ciudad de Zaragoza. Comenzamos la misma diciendo que el mundo actual —aquel, porque parece que ha pasado toda una era histórica— no se parecía en nada al del césar hispano porque la política internacional —léase las relaciones de poder— era prácticamente la esencia de sus decisiones de gobierno, mientras que, en el tránsito del segundo al tercer milenio, lo económico había desbancado —parecía que definitivamente— a lo político, y que las decisiones de gobierno estaban orientadas hacia las cuotas de producción, las estrategias de fiscalidad, la complementariedad de mercados, etc.
Y nos equivocamos. No es que estuviéramos demasiado condicionados por la obra aparecida unos años antes de Francis Fukuyama (1992) sobre el fin de la Historia basándose en un pretendido carácter definitivo de la victoria de la democracia liberal frente al comunismo (más bien todo lo contrario), pero nada hacía pensar en el retorno de la política, de la gran política internacional, con todos sus condicionantes sobre la lógica del poder, a la primera línea del discurrir histórico. El año siguiente lo cambió todo. Los atentados terroristas (aunque no solo) de septiembre de 2001 (con las imágenes repetidas una y otra vez de aquellos aviones estrellándose en el World Trade Center de Nueva York y asesinando a miles de personas) pronosticaban un cambio, a peor, en las relaciones internacionales; y aquellos pronósticos se cumplieron. Lo que ha venido después ha sido un rosario de tribulaciones y pasos inciertos —con ese amenazante «choque de civilizaciones» (Huntington, 2005 [1996]) en no pocos discursos de todo tipo— que nos han traído a la situación actual de incertidumbre y verdadera encrucijada en la evolución de la cultura de la paz, la cual parecía estar asentada entre nosotros de manera definitiva.
Las provocaciones de los últimos meses entre distintos países, la mayoría de ellos incluso con armamento nuclear (como las que se produjeron en el verano de 2017 entre, precisamente, Estados Unidos y Corea del Norte, cuando la diplomacia americana había pasado de la diplomacia a las advertencias de «fuego y furia»), han entrado en un lenguaje bélico que, seguramente en otros tiempos donde la cultura de la paz no tuviera tanta importancia, hubieran hecho efectivo aquel ya clásico aforismo de Daniel Pick en el sentido de que los conflictos militares no empiezan con el primer tiro, sino con las palabras, las imágenes y las ideas, que constituyen la base discursiva del conflicto militar. Pero, felizmente, como veremos a partir de las páginas que siguen, la cultura de la paz (las formas de pensar, sentir y actuar de una forma pacífica y antimilitarista) se ha ido asentando en la mayor parte del planeta como para que las cosas no pasen —de momento— a mayores. Lo que no impide esa zozobra generalizada en la que nos movemos cuando pensamos en el futuro más inmediato de las relaciones internacionales. ¿Seguirá siendo un futuro de paz sobre la base de aquellas todavía mucho más clásicas palabras del gran Cicerón de que había que preferir la paz más injusta a la más justa de las guerras?
No lo sabemos. Bien es conocido que al historiador no le corresponde adivinarlo, pero sí explicar por qué hemos llegado hasta esta situación, tanto en la perspectiva de plazo corto como —es el objeto de este libro— en el largo.
Una situación en la que dudamos de lo que hasta hace poco era una realidad incontestable. Incluso el proceso pacífico, desde nuestro punto de vista, más importante de toda la historia moderna del Viejo Continente, como es el proceso de construcción de la Unión Europea, no está exento hoy de dudas y espacios oscuros; sobre todo a partir de las respuestas a la gravísima crisis económica y el Brexit.
Después de siglos de enfrentamientos que hasta llegaron a definir la superioridad tecnológica de Occidente y sus consecuencias en todos los ámbitos, lo que no se había conseguido con las guerras, la unión pacífica de todos los pueblos europeos, se estaba —creemos pensar que todavía se está— consiguiendo con la paz. Frente a los problemas —que veremos— de enajenación de soberanía para constituir un espacio de convivencia pacífica y solidaria que han jalonado la historia del mundo en siglos anteriores, la Unión Europea, sin embargo, es un ejemplo de lenta (a veces casi imperceptible) pero progresiva enajenación de soberanía, absolutamente histórica (se echan de menos ensayos valorativos de este tipo), a lo largo de estos últimos años. No hay que irse muy lejos para comprobarlo. El caso más reciente puede ser el de la obligación de todos los países miembros de considerar residentes a los cónyuges de los homosexuales de un país miembro, aunque en este país no esté permitido el matrimonio homosexual (5 de junio de 2018). Somos testigos de excepción de un proceso pacífico de esta magnitud que va contra el discurrir violento de los siglos europeos, pero las amenazas a esta prometedora situación hoy están ahí, con esos negros nubarrones (además de los mencionados, el ascenso de los populismos antieuropeístas no es asunto menor) que no nos dejan claro el horizonte.
Tampoco tenemos mucha certidumbre sobre si todas las guerras son condenables o no. Los crímenes espeluznantes del ISIS, o de los señores de la guerra de Somalia del año 92, con su genocidio cruel, parece que vienen a señalarnos la idoneidad de la guerra en determinados casos. Pero ¿no es esto una clara posición de justificación de la violencia para solucionar un conflicto? ¿Dónde están exactamente los límites de las amenazas para que sea justa o no la utilización de la fuerza bruta a través de la guerra? ¿Cómo poner realmente a todos los países de acuerdo, con las consiguientes respuestas? Y otra cuestión: ¿reflexionamos lo suficiente sobre el gravísimo peligro de la indiferencia ante la guerra que cantaba León Gieco en 1978?: «Solo le pido a Dios / que la guerra no me sea indiferente / es un monstruo grande y pisa fuerte / toda la pobre inocencia de la gente». La actitud occidental ante la Guerra de Siria parece que contradice esa extensión de la cultura de la paz dominadora de nuestro tiempo.
Y la gran pregunta: ¿estamos suficientemente vacunados contra la guerra?
Son interrogantes que ahondan en esta zozobra. Hasta hace poco nadie en su sano juicio defendía en una reunión de amigos que la mejor forma de solucionar un problema internacional es recurrir al ejército y el conflicto militar. Pero las nuevas amenazas, como las mencionadas, por lo menos parece que han instalado la duda.
Desde nuestro punto de vista, el estudio de las culturas de la guerra y de la paz que han acompañado a Occidente durante siglos nos puede arrojar luz sobre estas cavilaciones.
Es claro el avance de la cultura de la paz durante el último siglo y su pervivencia en la sociedad actual. La Gran Guerra, con su carácter descomunalmente destructivo, sobrepasaba las dimensiones humanas de asimilación de la guerra. Y la proyección del ingente número de víctimas y de las representaciones tan próximas del sufrimiento hasta límites desconocidos harán que se dé un punto de inflexión importantísimo que llevará, en esa dialéctica entre la guerra y la paz que ha acompañado siempre a Occidente, a que la cultura de la no violencia entre los estados se imponga a la hasta entonces dominadora cultura de la guerra.
Se podrá decir que la fecha de la Primera Guerra Mundial no es precisamente un buen punto de partida para tal afirmación, puesto que la seis veces más destructiva (en el aspecto de las bajas humanas, no digamos en el material) Segunda Guerra Mundial demostraba cuán inconsistente era aquella cultura pacifista. Pero, desde el punto de vista cultural, este último conflicto fue en realidad una excepción —infinitamente sangrienta en el plano de los hechos históricos— a la línea progresiva pacifista que se imponía sobre el horizonte bélico desde la finalización de la Gran Guerra. En realidad, fueron una serie de circunstancias —terriblemente fatales— que coincidieron en el tiempo las que hicieron que el mundo contemplara otro desastre de una magnitud todavía mucho mayor. Era difícil que se dieran esas circunstancias al mismo tiempo, pero se dieron, y el planeta entero caminó hacia el abismo.
En el año 2019 deberíamos celebrar un acontecimiento tan beneficioso para la humanidad como una paz general después del mayor conflicto bélico que había vivido el mundo hasta aquel fatídico verano de 1914. Pero —una vez más, excepcionalmente— no será así. Como mucho, aprovechando la efeméride, algunos historiadores e intelectuales en general dirigirán exposiciones, impartirán conferencias o escribirán artículos o monografías, pero para analizar el tema desde el punto de vista científico, no conmemorativo ni, mucho menos, con tintes de celebración o festivo. Sería una tremenda irresponsabilidad. Aquella Paz de París de 1919, especialmente en lo que se refiere al Tratado de Versalles, fue, en definitiva, uno de los mayores fracasos que se hayan dado nunca de que prevaleciera, en el fondo de las negociaciones, la paz, la verdadera paz. Se ha dicho con respecto a aquella gran cita diplomática que en ella se ganó la guerra, pero se perdió la paz.
Una paz en la que los vencidos no participan, algo que hasta ese momento no era normal en la historia europea. En los acuerdos de París, como también se ha dicho, se abusa del modelo de «humillación al vencido» para llevar a cabo una intolerable imposición de paz.
Sobre la base del intento de acabar con las hostilidades y establecer un nuevo marco internacional en el que prevaleciera la paz, los conocidos 14 puntos que el presidente Wilson presentó ante el Congreso de los Estados Unidos, una parte de los vencedores pretendieron apoyar su trabajo en la Paz de París en la ideología democrática y nacional (entendidos como una instancia moral), además de la voluntad —¿utópica?— de un orden pacífico. Ese documento programático aparece en el significativo momento en que empiezan a caer las primeras víctimas americanas. Wilson consideraba que había llegado el momento de llevar a la práctica esas formas racionales de organización mundial, haciéndose valedor de esa idea, presente en Occidente desde los tiempos de Vitoria, Suárez y Domingo de Soto, de «a la paz por el derecho». Una idea que será persistente, con desigual resultado, hasta nuestros días, y que creemos que se debe complementar, especialmente ante la incertidumbre de nuestro tiempo, con la de «a la paz por la cultura», como se pretende muy modestamente impulsar a través de las páginas de esta obra.
La posición ideológica de los Estados Unidos contra la guerra había sido muy diferente de la que habían tenido los contendientes de esa Primera Guerra Mundial. Defendían con evidente elocuencia los valores de la democracia. Por supuesto, intervinieron en el conflicto en defensa de sus intereses —no cabe la menor duda—, pero desde el punto de vista ideológico no contaron como un contendiente más, sino como una instancia moral (para defender la democracia), convirtiendo la guerra en una cruzada del sistema representativo, en la que el adversario es satanizado desde el punto de vista ideológico como contrario a los grandes ideales humanos. La guerra en Europa no había caminado, ni mucho menos, por esos derroteros, sino por la nacional política descarnada de la que, como pocos, habló Maquiavelo y que ejecutó Bismarck. Y esa ideología se fundamentaba en la propia imagen que los Estados Unidos habían tenido de Europa hasta ese momento, en la que contaba mucho la también extendida idea de los inmigrantes que encontraban, desde hacía siglos (durante la época contemporánea e incluso desde mediados de la Edad Moderna), en América una «tierra de libertad». Los norteamericanos consideraban Europa caduca y llena de conflictos (no hace mucho, algún político estadounidense todavía se expresaba abiertamente en estos términos), frente a la tierra de libertad americana. Y va a ser un mensaje muy extendido y eficaz.
Y tenía que serlo, porque no iba a ser fácil convencer a la opinión pública americana para la entrada en la guerra sobre esta base, habida cuenta de la también extendida posición de no injerencia en los problemas europeos. Sin embargo, la propaganda va a ir representando al enemigo como la encarnación del mal. Con un nuevo y poderoso instrumento: las películas de Hollywood que representaban lo que está pasando en Europa.
Pero también hay que tener en cuenta que por debajo de esta ideología hay unos intereses evidentes. Por un lado, los Estados Unidos estaban muy preocupados por el expansionismo, con tintes hegemónicos, alemán, asumiendo así el peligro que representaba para sus intereses europeos. Por otro lado, también mostraban preocupación, como el Reino Unido, por el desequilibrio de poder en el continente; y asimismo, cuestión todavía más importante —y, a la postre, decisiva—, por la libertad de los mares, que se va viendo cada vez más puesta en riesgo como consecuencia de la guerra en el mar. Aunque hay una cuestión más concreta y crematística: el interés de Estados Unidos por cobrar los créditos y todo el material que había vendido a la Entente. No se podía permitir la victoria del bloque alemán.
Comoquiera que los submarinos alemanes, para romper el bloqueo al que estaba siendo sometido el país, tienen que utilizar el arma del sumergible a distancia, llegan a hundir barcos con ciudadanos americanos; lo que sí va a afectar de una manera clara a la opinión pública de aquel país. A partir de entonces —y, cuestión fundamental, solo a partir de entonces—, primero con el beneplácito de la presidencia de Wilson, y después del Congreso y de las instituciones americanas, se decide la entrada en la guerra.
A pesar de que por la parte rusa había alguna coincidencia por su consideración de nación perteneciente a un mundo joven (el del naciente comunismo que ya se estaba poniendo en práctica a partir de 1917), frente a los egoístas y caducos intereses que tradicionalmente habían llevado a las naciones europeas a la guerra, en realidad sus planteamientos políticos para la consecución de la paz eran muy diferentes. Es cierto que Lenin y Wilson van a estar en contacto a partir de aquella —frágil— base común. Y, en este sentido, el dirigente bolchevique va a escribir al norteamericano para acabar con la guerra bajo estas premisas, pero este último —cuestión también muy significativa— le responde que necesita algún documento que deje claro a la opinión pública norteamericana el porqué de la entrada en la guerra.
El caso es que, ante la consideración de los bolcheviques de los excesos de un mundo burgués que habían llevado a la guerra, estos quieren conseguir una paz justa sobre la base de la idea global de la Internacional obrera, haciéndose un llamamiento para ella por parte del Sóviet de Petrogrado. Esa paz unilateral (prescindiendo de los intereses de los aliados en su enfrentamiento común con el bloque alemán) se hace efectiva en Brest-Litovsk (en marzo de 1918), aun con importantes pérdidas territoriales rusas en aras de la ansiada y «justa» paz.
Una vez acabada la guerra, hay un intento generalizado de construir una paz duradera a partir del pacto de la Sociedad de Naciones que va incluido en todos los tratados de la Paz de París. Es muy significativo el hecho de que este pacto se va a constituir a partir de los efectos tan devastadores de la guerra, ya que, de otra manera, si la guerra no hubiera existido, es muy probable que sus ideas fundamentales se hubieran quedado, siguiendo la línea tradicional de siglos en la política internacional, tan solo en el relativamente estrecho margen de la mente de los pensadores e ideólogos de la guerra y la paz.
Una de las cuestiones fundamentales al terminar la guerra era el debate sobre si el derecho internacional debía limitar la guerra o proscribirla. Antes de 1914, el derecho internacional nunca había pensado en poner fuera de la ley a la guerra, sino todo lo contrario: regularla. Por tanto, los juristas pensaban que la guerra podía ser justa. Es decir, un determinado conjunto de guerras, por ejemplo, las que se ponían en acción contra los planteamientos hegemónicos. Ahora bien, el derecho internacional se apoyaba en las obligaciones adquiridas por los estados con respecto a otros. Pero los estados no enajenaban soberanía, lo que hacía que se pudieran llevar a cabo las guerras, también desde el punto de vista del derecho.
Todas estas ideas siempre les resultaban insatisfactorias a los pensadores y teóricos de la paz por una razón fundamental: por la razón de que existiese un derecho que no obligase. Esa insatisfacción que sintieron antes muchos filósofos se hizo general en la Primera Guerra Mundial. Y ante sus efectos tan terriblemente destructivos, se pensó que había llegado el momento de un riguroso cambio en el sistema de derecho internacional.
La política internacional había sido —y todavía sigue siendo, en última instancia— reconocida por todos como política de poder. En aquel contexto se pensó en cuáles podrían ser las soluciones para que las relaciones entre los estados no fueran así, y que, de ese modo, la historia no fuese, como lo había sido hasta ese momento, un proceso jalonado de guerras. De esta manera, se entraba en una de las corrientes del pacifismo: la de «a la paz por la ley» (el llamado pacifismo jurídico o de derecho). Los orígenes de esta corriente se hallan en la moderna doctrina del derecho natural, y de la aplicación de este al derecho de gentes. Destacan en esta línea de pensamiento, como tendremos ocasión de comprobar con más detenimiento, el abate de Saint-Pierre y Kant en el siglo XVIII, pero también importantes nombres antes de este periodo. En el siglo XIX destacó la corriente, entre otras muchas afines a estos planteamientos, de los socialistas utópicos, que preconizaban que el ser humano debía vivir en paz, armonía e igualdad.
El elemento fundamental que definía al pacifismo jurídico es el que tenía como objetivo el desarme y la sustitución de la última decisión de los estados por la creación de un tribunal superior que diera solución a todos los conflictos, mediante una decisión jurídica conforme a un sistema legal riguroso. Cuestión ya esbozada por algunos pensadores como Vives o literatos como Erckmann-Chatrian.
Pero la cuestión era complicada porque esa ley se tenía que apoyar en el derecho internacional, y este se fundamentaba a su vez en los tratados internacionales que los estados firman entre sí. Aunque la clave de la cuestión es que estos, en muchas ocasiones, no estaban firmados con absoluta libertad por ambas partes. Y es aquí donde se observa con mayor claridad la oposición al clásico principio de las relaciones internacionales pacta sunt servanda. Una oposición que era toda una muestra de la realidad del poder: eso es así mientras no se alteren las circunstancias fundamentales en las que esos pactos han sido realizados (rebus sic stantibus). Lo que, en el plano de los hechos, significa en el concierto internacional la continuación de la puesta en práctica de la recurrente idea de Maquiavelo en El Príncipe de que este debía cambiar su palabra en función de las circunstancias bajo el fin supremo de conservar el Estado. De esta forma, el respeto al derecho internacional significaba el acatamiento de unas relaciones que no tenían por qué ser justas. Mientras los estados se reservaran la última decisión, ¿quién decidía que la situación realmente había cambiado?, y ¿de qué manera sustancial? (cuestiones que, como puede observar claramente el lector, pese a los intentos de las Naciones Unidas, todavía continúan sin resolverse de una forma evidente y definitiva). Una de las ventajas que tenía la utopía —hasta el momento— de este pacifismo es que si fuera posible la creación de este tribunal superior, este sí estaría en condiciones de revisar los tratados. Pero la cuestión estaba —está— en su unánime reconocimiento como tribunal superior y, sobre todo, en el acatamiento unánime, y sin plazo en el tiempo de su soberanía, también de todas sus decisiones. La guerra seguiría siendo, entonces, el horizonte.
El pacto de la Sociedad de Naciones respondía esencialmente a estos planteamientos. No trataba todavía de colocar a la guerra fuera de la ley. Aunque esta intención vendría un poco más tarde, en 1928, con el pacto Briand-Kellogg, por el que, a partir de este acuerdo entre los ministros de asuntos exteriores de Francia y Estados Unidos, los 15 estados firmantes del pacto se comprometían a no utilizar la guerra como forma de resolver los conflictos internaciones (lo que se ha considerado el precedente más directo e inmediato de la carta fundacional de la ONU). La cruda realidad demostraría que era mucho más fuerte el argumento arbitrario del rebus sic stantibus...
El pacto de la Sociedad de Naciones lo que hacía, pues, era regular los conflictos de manera pacífica. Solo en el caso de que hubiera que responder a una agresión que no se pudiera parar con otros procedimientos, se recurriría a la guerra. Pero no había una cesión de una parte de la soberanía de los estados a un organismo superior que regulara los conflictos internacionales; por lo que la guerra, al estar la última decisión de los mantenimientos de los tratados en la soberanía de los estados, todavía era «legal»; por mucho que el pacto de la Sociedad de Naciones fuera también una garantía de ayuda mutua de carácter defensivo.
En el artículo 8 de ese pacto constitutivo de la Sociedad de Naciones, incorporado al Tratado de Versalles, se disponía: «Los miembros de la Sociedad de Naciones reconocen que el mantenimiento de la paz exige la reducción de armamentos al mínimo compatible con la seguridad nacional y con la ejecución de las obligaciones internacionales, impuestos por una acción común».
La cuestión estaba, «como siempre», en quién juzgaba cuál era la verdadera amplitud de una agresión contra la seguridad nacional. Con el tiempo, Kissinger afirmaría, ante una pregunta de la prensa, que se bombardeaba con napalm a las aldeas vietnamitas en función de los intereses superiores de seguridad de los Estados Unidos.
No sabemos si en ese momento el famoso secretario de Estado norteamericano estaba pensando en la exclusión de los Estados Unidos de la Sociedad de Naciones porque, contradictoriamente a la iniciativa de Wilson, el senado de este país se negó a ratificar el Tratado de Versalles en aras de su política aislacionista. Lo que sí está claro es que, a pesar de nuevas incorporaciones, como Alemania, que un principio fue vetada, la Sociedad de Naciones perdía con ello muchísima fuerza.
Con el tiempo, hasta la propia Alemania, en un contexto político diferente, abandonaría la institución. Si bien en principio Hitler aceptó en 1933 el proyecto inglés de Mac Donald de la reducción concreta de armamento en las diferentes modalidades, la opinión pública de Francia, Reino Unido y Estados Unidos, por los relatos de los judíos, especialmente los de Silesia, de las atrocidades de los nazis perpetradas contra ellos, acabaría endureciendo los términos de aquel plan Mac Donald, dejando servido el encontronazo de franceses y alemanes, que querían, cada uno por su parte, que comenzase a desarmarse el otro. El enfrentamiento fue tan evidente que el Führer ganaría de una forma aplastante (con el 95 por 100 de los votos) un plebiscito convocado por él mismo para la salida de Alemania de la Sociedad de Naciones (Eymar, 2001, 107-108); lo que era una evidente muestra de hasta qué punto la opinión pública alemana estaba condicionada por su ardor nacionalista. Al final, tan solo quedaron de la Sociedad de Naciones cuestiones de método en cuanto a los procedimientos de desarme.
Algunos teóricos habían mostrado ya su preocupación por lo que Keynes llamaba una abusiva paz cartaginesa, la del Tratado de Versalles. En el propio año de 1919 se publica su libro Las consecuencias económicas de la paz, que causó una muy profunda impresión porque llegaba a decir que el tratado iba a ser desastroso para todas las urdimbres económicas, y que las consecuencias de las reparaciones iban a ser gravísimas para todos (Keynes, 2002 [1919]). La tensión entre Francia y Alemania se reactivaba casi como en tiempos de la guerra, paralelamente al hecho de que el Reino Unido no quería perder el mercado alemán. Y por todo ello, la opinión pública británica se mostraba muy en contra de la acción dura francesa.
En las representaciones culturales se manifiesta esta inquietud ante la tensión producida por una paz que se quería, pero que no se veía, como se puede comprobar en la novela francesa de entreguerras (Escribano Bernal, 2017).
Por otro lado, la característica fundamental de la aguda (sobre todo porque no había precedentes en los que poder reflejarse) crisis del 29 es el fenómeno del contagio o la generalización: se contagia a todos los países y a todos los niveles. La crisis coge muy desprevenidos a los estados. Frente a ella, nadie piensa en buscar soluciones internacionales. Las medidas son muy poco efectivas —al ser nacionales— y el desorden se extiende por todas partes. En junio del 33 tiene lugar una conferencia económica internacional en Londres, pero esta fracasa y pierde toda esperanza de solucionar la crisis conjuntamente. A partir del 29, los estados se lanzan a soluciones fuertemente nacionalistas (especialmente, el proteccionismo económico). En tres naciones se buscó la solución a través de fórmulas más especiales (a base del armamento, de la autarquía y de la búsqueda de un «espacio vital» para conseguir alimentos y materias primas, es decir, colonias). Esta determinada forma de nacionalismo económico es la que va a incidir más gravemente en la vida internacional. Estos tres países fueron Alemania, Italia y Japón.
La historiografía ha tenido siempre problemas para decidir hasta qué punto las cuestiones económicas (la crisis del 29) tuvieron que ver en el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. Según Renouvin, el 29 afectó a todos los países, pero no todos eligieron la política económica del nacionalismo económico agresivo (Renouvin, 1990). Entonces hay que colocar el problema en el aspecto político, ya que el fascismo y el militarismo fueron los desencadenantes por sus métodos, pero, por otro lado, no se puede entender la expansión de esta ideología política y la crisis del 29 como una de las causas (aumento vertiginoso de votos). Obviamente, serían fenómenos concomitantes.
Y lo que también es obvio es el fracaso de los mecanismos antibélicos desde el año 29 al 39. En 1929, el sistema internacional estaba intacto, mientras que en el año 39 este sistema había sido destruido sin que los mecanismos de seguridad funcionasen; sobre todo porque Inglaterra y Francia no se «arriesgaban» a utilizar esos mecanismos para no provocar un conflicto. Una prueba más de que la tendencia generalizada, aparte de la excepción (por muy poderosa que fuera) de aquella tríada, era de inclinación hacia la paz. Tanto como para que, como es sabido, Chamberlain, a su vuelta de la Conferencia de Múnich de 1938, proclamara a los cuatro vientos que había salvado al mundo de una espantosa guerra después de las concesiones hechas a Hitler ante su política a toda luces agresiva.
A partir de enero del 33 (llegada de Hitler a la cancillería), la política exterior alemana se había lanzado a la consecución de los planes expuestos por Hitler en Mein Kampf. Allí estaba expuesto el camino hacia la hegemonía continental con dos etapas: desligamiento de Versalles y superioridad de Alemania.
La política internacional de Hitler, que había dado muestras de una extraordinaria —excepcional— capacidad de liderazgo (que incluía la destrucción de sus enemigos por el método que fuera, sin ningún miramiento), era también muy hábil. Iba quemando etapas lentamente esperando tener la fortaleza militar suficiente para arriesgarse. En este programa exterior contó con el apoyo de la gran mayoría del pueblo alemán: Hitler supo poner al alcance de todos, de manera muy sugestiva, ideas que responden a aspiraciones antiguas de los alemanes. El nacionalismo exaltado que hablaba de una raza superior, alimentado además con la persecución de los judíos, los comunistas y los «enemigos del pueblo alemán», había calado hondo en una población que aspiraba a abandonar la postración a la que se veía sometida y la penuria económica que la había llevado a la desesperación. En el verano de 1923, la crisis económica alemana ya había alcanzado unos niveles asfixiantes. Una inflación que inundaba todos los rincones de la sociedad, a los que azotaba con dureza, y que ha sido reflejada muy elocuentemente en la novela de Solmssen Una princesa en Berlín (1994). Una dura situación en la que los nazis aparecen como los salvadores de la patria y que prometen un futuro (la paz, impuesta por ellos, claro, de los «mil años»), y cuyo mensaje cala hondo en el alma de los alemanes, incluso independientemente de la clase social. En pocas representaciones culturales se pueden ver estos sentimientos a la vez como en la escena de la canción, iniciada por un miembro (rubio y ario, por supuesto) de las juventudes hitlerianas, a la que se van uniendo todos los presentes (o casi) en un albergue campestre de los años treinta, con el significativo título «Tomorrow belongs to me» del film Cabaret (Bob Fosse, 1972). Como igualmente significativo es el comentario del protagonista masculino —inglés— a su amigo alemán: «¿Sigues creyendo que les pararéis los pies?». Lo demás: las antorchas, las banderas, las filas interminables de soldados impecablemente formados, las alocuciones enardecidas del Führer..., es bien conocido, especialmente porque Hitler es uno de los personajes más estudiados (recientemente se ha subrayado mucho en el mundo editorial su dimensión de drogadicto) de la historia (Kershaw, 2001).
Con respecto al otro país que caminaba por la «excepcional» senda cultural de la guerra, a mediados de los años treinta la política exterior italiana se va a modificar en parte. El gobierno fascista, liderado por el extremista Mussolini, con claros tintes nacionalistas, controla la península desde 1922, y en política exterior tiene tres claros objetivos: política del gobierno de conservación del statu quo; política hacia el Mediterráneo de hacerse un hueco a costa de Inglaterra, y política colonial en África. A partir del año 35 en Abisinia y el 36 en España, la política italiana va a tener que optar entre chocar con Alemania o chocar con Inglaterra. Elegirá esta última opción.
Por último, en los años veinte la política japonesa había sido muy prudente. Sin embargo, la crisis del 29 afectó muchísimo también al País del Sol Naciente y los círculos militares nipones llaman a lanzar una política muy ambiciosa con respecto a China. El gobierno autoritario del emperador exalta igualmente las aspiraciones nacionalistas —con unos límites tan deshumanizados que llevaban, como es sabido, al suicidio por el Imperio— hasta hacer convincente el expansionismo bélico.
Pero estas, desde el punto de vista cultural, eran las excepciones en cuanto a la valoración de la guerra y la paz; insistimos, por mucho que fueran muy intensas e importantes. La gran mayoría de la opinión pública internacional ya había estado inclinada, con los ecos de la Gran Guerra como referentes, hacia la causa de la paz. El gran éxito de la magnífica novela antibelicista Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque (2003 [1929]), mostrando los horrores de la guerra a partir de la experiencia de un joven soldado, es una importante muestra. Así como la magistral Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway (publicada en 1940), que comienza con su alegato en favor de la vida y contra la destrucción de la muerte que provoca la guerra (casi todos los personajes de la novela reflexionan sobre su propio destino, la muerte), citando al poeta metafísico John Donne, quien en 1624 escribió en su Meditación XVII de Devotions Upon Emergent Occasions:
Ningún hombre es en sí equiparable a una isla; todo hombre es un pedazo del continente, una parte de tierra firme; si el mar llevara lejos un terrón, Europa perdería como si fuera un promontorio... como si se llevara una casa solariega de tus amigos o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la humanidad. Por eso no quieras saber nunca por quién doblan las campanas; ¡están doblando por ti...! (Hemingway, 1991 [1940]).
«¿Están doblando por ti...?», ¡qué forma tan extremadamente bella de reflejar el estímulo para la asimilación de la cultura de la paz! La propia participación del gran novelista americano en la Guerra Civil española y su genialidad literaria le hacían ser uno de los más eximios representantes de la asunción generalizada del carácter destructivo e inhumano de la guerra. Incluso en la película más taquillera de 1941, en el contexto de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, El sargento York, el mensaje que se lanza es el de la necesidad de destruir al enemigo, obviamente; pero, a la vez, sin olvidar la esencia pacifista de su protagonista. Y ello por muy héroe militar que se llegue a convertir para salvar a sus compañeros (según la trayectoria real del sargento norteamericano Alvin York). El personaje fue, muy significativamente, interpretado por Gary Cooper, el mismo del también muy aplaudido film de Frank Borzage, Adiós a las armas, basado, precisamente, en la novela del mismo título del propio Hemingway, publicada en 1929.
Como hemos dicho, no era fácil convencer a la opinión pública norteamericana (siempre ha sido mucho más fácil el reclutamiento cuando hay que defenderse de una invasión que cuando la guerra está lejos) de la entrada en la Segunda Guerra Mundial; toda vez que todavía estaban bien presentes las secuelas —terribles— de la Gran Guerra. Pero contaban con un arma cultural inigualable: el cine (por cierto, se dice que después de ver en los cines la película El sargento York, que se benefició para su rotundo éxito del ataque japonés a Pearl Harbor, muchos espectadores salían corriendo a alistarse). Grandes —históricos, se podría decir— directores de Hollywood, como John Ford, William Wilder, George Stevens, John Houston y Frank Capra, dedicaron voluntariamente, y también por indicación del gobierno de Estados Unidos, su gigantesco talento a instrumentalizar el cine como propaganda de guerra, e hicieron unos documentales extraordinarios, convincentes; muy convincentes, dadas las circunstancias. Y así, los documentales Why we fight estuvieron dirigidos, con la extraordinaria arma del cine, particularmente en Estados Unidos, y en Hollywood, para adoctrinar al soldado sobre los motivos de su sacrificio.
El contexto político mandaba en aquellos años, y se superponía al cultural. Inmediatamente antes de la entrada de los Estados Unidos en la guerra, George Stevens quería llevar a la pantalla la gran novela de Humphrey Cobb Senderos de gloria (escrita en 1935), pero la gran productora RKO le dijo que no era momento para hacer una película pacifista. La guerra era inminente. Él contestó que ¡qué mejor momento para hacer una película antibélica!, pero la productora le encaminó al final a que dirigiera Gunga Din. Una película en la que, al contrario que en Senderos de gloria, se expone un panorama en el que la guerra aparece, incluso, divertida. El propio Stevens afirmaría, también muy significativamente para la línea argumental que venimos manteniendo, que Gunga Din «celebra el redoble de tambores y el agitar de las banderas. Un año más y habría sido demasiado inteligente para hacerla». Como es bien sabido, al final sería Stanley Kubrick quien rodaría Senderos de gloria, de una manera absolutamente magistral, con una interpretación también soberbia de Kirk Douglas, pero en 1957.
La cultura de la paz se sobreponía, pues, a la de la guerra desde el final de la Gran Guerra, aunque, como hemos visto, no en todos los países. El hecho de que estallara la Segunda Guerra Mundial se debió a una serie de circunstancias, a cuál más desafortunada, que llevaron al espanto nazi y a la hecatombe. Fue muy difícil y, en gran medida, azaroso que se dieran todas esas circunstancias juntas, y, de hecho, el que no se hayan vuelto a dar es una de las razones de los más de 70 años de paz general que han transcurrido desde entonces. Y, aunque dominadora todavía la cultura de la paz, es preciso no perder de vista que nada está escrito en el discurrir histórico que ha de seguir el género humano —la cultura juega en ello un papel fundamental— para que no se vuelva a dar aquella terrible y cruel «excepción histórica».
El final de la Segunda Guerra Mundial (con la destrucción atómica como espantoso telón final, que dejó al mundo conteniendo la respiración) dio origen a la creación, en 1945 y según la carta fundacional de San Francisco, de la ONU, un organismo que, aunque basado en la antigua Sociedad de Naciones, se quiso instituir como enteramente nuevo, con la intención de no caer en los errores del pasado. Como es sabido, es la institución de paz con un mayor carácter oficial y más extendida en el mundo, y no ha dejado de crecer desde entonces. Aunque, como se ha demostrado en muchos momentos, tampoco los países han enajenado soberanía en su favor ante los respectivos intereses nacionales; además de la presencia de ese derecho de veto en el Consejo de Seguridad (órgano ejecutivo fundamental de la institución) mantenido por los países vencedores de la Segunda Guerra Mundial.
Después de esta, Estados Unidos quedaba como la primera potencia militar mundial, siendo además la única en hacer efectiva el arma nuclear en los terribles episodios de Hiroshima y Nagasaki que acabaron con el conflicto en el Pacífico. El presidente Truman diría poco después, en un discurso ante el Congreso, que el objetivo de la política internacional a partir de entonces habría de consistir en la protección de la libertad institucional de los países democráticos ante las amenazas de los regímenes totalitarios, especialmente los poderosos, como la URSS, que quedaban en el mundo. Para los norteamericanos, estos regímenes eran los que podrían poner en peligro la paz mundial, y, por ello, la propia seguridad de los Estados Unidos; lo que implicaba esa conexión entre paz y seguridad que será el norte de la política exterior del gigante militar americano. Por ello, cualquier injerencia o agresión en países democráticos por parte de los regímenes comunistas sería considerada como un ataque a la paz mundial, al nuevo orden global establecido después de la Segunda Guerra Mundial, e implicaría una respuesta armada a partir de sus infraestructuras militares.
La bomba atómica será solo el principio de un «avance» nuclear verdaderamente escalofriante, y en un tiempo realmente rápido. Le seguirán los misiles balísticos equipados con cabezas nucleares, que podían alcanzar enormes distancias por el sistema de propulsión, y, además, tenían también las enormes ventajas logísticas de poder utilizar los submarinos como plataforma de lanzamiento; lo que, obviamente, les daba una movilidad para el disparo que aportaba inmensas posibilidades. La potencia destructiva de estas armas se iba multiplicando en progresión prácticamente geométrica.
Por otro lado, la creación de la OTAN en 1949 significaba una forma de hacer explícito un bloque (también militar), el de los «pueblos libres» frente al bloque soviético. La guerra se desencadenaría ante una agresión intolerable por uno de los bloques, pero con unos métodos y escenarios muy diferentes a los vividos por la humanidad hasta ese momento: lanzamiento de una cantidad ingente de misiles nucleares sobre los objetivos enemigos, con efectos destructivos literalmente incalculables.
Ante este panorama, y ante la mirada de la evolución de los siglos pasados en cuanto a los enfrentamientos entre los pueblos, todo el mundo era consciente del inmenso peligro que se cernía sobre sus cabezas, incluso entre los ciudadanos de las mayores superpotencias militares. De esta forma, a la dialéctica verbal del enfrentamiento se añadía el valor generalizado del miedo, puesto que el conocimiento de esa realidad destructiva no estaba solo en manos de los especialistas. Todo el mundo sabía de las consecuencias físicas a partir de la reacción de fisión del uranio enriquecido. Esta situación de tensión fue bautizada con un término que ha hecho tanta fortuna como para que hoy se siga aplicando para resumir la situación de los bloques enfrentados desde el punto de vista militar durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX: la Guerra Fría (García Hernán y Catalá Martínez, 2012)1.
Sería una etapa dominante en las relaciones internacionales marcada por la política mundial dual de bloques. De hecho, las cosas habían cambiado tanto en la evolución político-militar de dichas relaciones que la lucha por ser considerado país preponderante en el concierto internacional estaría caracterizada precisamente por lo contrario de lo que había sucedido hasta ese momento: la no confrontación directa entre los aspirantes, en este caso, la URSS y los Estados Unidos. Existía plena consciencia del potencial destructivo enemigo en el seno de una posible nueva guerra mundial librada bajo la sombra del amanecer atómico. Por ello, la época de la Guerra Fría lo fue también de relativa paz, si bien con presupuestos militares impropios de tiempos de ausencia de conflictos armados. La lucha existió, pero de manera indirecta, disuadidos mutuamente de ejecutar ataques contra el enemigo que llevasen la situación demasiado lejos.
Los conflictos que surgieron durante la Guerra Fría fueron limitados en el espacio, en el armamento (habida cuenta de las posibilidades reales con las que se contaba) y, relativamente, en el tiempo. Uno de los más significativos para nuestro estudio es el de Vietnam. Allí se utilizaron nuevas armas que van a representar al militarismo de nuestros días: los fusiles de asalto americanos M-16 (claro protagonista en el cine militar de Hollywood) y los rusos AK-47 (el kalashnikov, todo un símbolo político-militar de llevar el conflicto armado sobre una base ideológica hasta sus últimas consecuencias). Las nuevas bombas, el fósforo blanco, el napalm y el agente naranja como uno de los nuevos elementos de la guerra química (se pretendía socavar el apoyo del campesinado al Vietcong con este compuesto que envenenaba el ecosistema), y armas tan efectivas como el bombardero B-52, demostraron que se podía aumentar la capacidad de matar sin llegar a los límites nucleares, pero haciendo sufrir, como siempre, inhumanamente a la población.
El Tratado de No Proliferación promovido en 1968 tampoco permitirá albergar demasiadas esperanzas sobre si los políticos habían estado a la altura de las circunstancias. Pues, si bien es cierto que el tratado tenía la ventaja, siempre apreciable, de restringir relativamente la posesión de arsenal atómico, no deja de ser verdad que su aplicación sujeta a condiciones presenta la contrapartida de la creación de un círculo nuclear. En este tratado solo se permitía a cinco estados la posesión de armas nucleares: los Estados Unidos (firmante en 1968), el Reino Unido (1968), Francia (1992), la Unión Soviética (1968, sustituida en la actualidad por Rusia) y la República Popular China (1992). A estos países se les llamaría Estados Nuclearmente Armados (NWS o Nuclear Weapons States) y la condición especial que era denominador común a ellos es que a la altura de 1967 habían realizado un ensayo nuclear. Esta esencial disposición militar se añadía a la política de que son, precisamente, estos países los que figuran como los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Un círculo de países que, en realidad, supone un auténtico «club nuclear» reservado a un pequeño número de naciones selectas; las cuales, de manera explícita o no, podrían seguir utilizando, según sus preferencias, la bomba atómica como un activo en los asuntos internacionales. Una cuestión especialmente preocupante en el contexto de conflictos de cierta relevancia. En cualquier caso, hay un hecho que parece innegable: durante los 45 años que duró la Guerra Fría, las mismas armas nucleares parece que fueron las principales artífices para que se pusiera coto a la guerra.
La amenaza atómica había planeado sobre todas las disputas surgidas después de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, los conflictos bélicos ya no tendrían el mismo carácter que los vividos antes del espanto de la última gran conflagración; sobre todo porque el horizonte nuclear había impuesto unos condicionantes que moldeaban las nuevas formas de hacer la guerra. Ya no se tratará de conseguir el máximo poder militar para emplearlo, sino para amedrentar a los posibles contendientes. No es que esto no ocurriera antes (lo veremos en múltiples ocasiones a partir de estas páginas), sino que desde 1945 el poder destructivo máximo se ha limitado, por las terriblemente definitivas consecuencias que traería su empleo. La guerra en la época nuclear, con sus posibilidades casi infinitas de destrucción, ya supera lo humano, y entra en el terreno de lo más absolutamente desconocido; haciendo más válida que nunca aquella célebre frase de Platón de que «solo los muertos conocen el final de la guerra». Por ello, el referente del armamento atómico estará siempre presente en cualquier política de defensa de cada Estado, haciendo inválidos para nuestra época los tradicionales tratados para la guerra que, hasta aquella fecha, la consideraban como un poder destructor terrible pero, al fin y al cabo, limitado.
En pocas representaciones culturales se ve esta nueva realidad más claramente que en la conversación en el comedor de oficiales de un submarino nuclear entre el segundo de a bordo y el comandante de la nave, interpretados respectivamente por Denzel Washington y Gene Hackman, en Marea roja, de Tony Scott (1995). El comandante, hablando sobre la guerra, cita a Clausewitz (sobre el que tendremos ocasión de profundizar en estas páginas) y su célebre: «La guerra es la continuación de la política por otros medios», sobre lo que no está de acuerdo el segundo, quien, delante de los demás oficiales, sentencia: «En la era nuclear el principal enemigo en la guerra es la guerra misma».
Esta dinámica del enfrentamiento de bloques sin llegar a la confrontación bélica directa se mantuvo hasta la caída del telón de acero en 1991. La clave a partir de entonces estaba en adivinar si la clase política había evolucionado al mismo ritmo que la tecnología armamentística; o si, por el contrario, lo habían hecho desacompasadamente. Lo más posible es que toda afirmación categórica en cualquiera de los dos sentidos esté, de hecho, fuera de lugar. Porque es cierto que no se ha repetido lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki en 1945, así como que el número de cabezas nucleares operativas se ha reducido en los últimos tiempos en términos absolutos. No obstante, en ciertos escenarios de tensión todavía podrán vislumbrarse ciertas reminiscencias de la incertidumbre que rodeó al episodio de la crisis de los misiles en Cuba en 1962.
En la llamada Guerra del Golfo de 1990 contra la invasión ilegítima de Kuwait por el Iraq de Saddam Hussein, se puso en escena esa «autolimitación nuclear» y se demostró la importancia de la guerra aérea (por primera vez con mayor protagonismo que la terrestre) y la extraordinaria brevedad que podría tener el conflicto: la operación, denominada Tormenta del Desierto, conseguía los máximos objetivos en el mínimo tiempo a partir de una tecnología muy sofisticada. Una tecnología que tenía dos máximos exponentes. El primero de ellos, los misiles Patriot (misiles tierra-aire concebidos como antiaéreos que experimentaron un desarrollo que los convirtió en un potente efectivo antibalístico, y a los que también se agregarían los misiles Tomahwak, que serían lanzados masivamente), no pueden entenderse sin su antagonista, los Scud. Estos últimos eran unos misiles balísticos proporcionados por la URSS a Iraq cuyo alcance rozaba los 300 kilómetros. La superioridad tecnológica de Occidente también quedaba reflejada en los sofisticados helicópteros Apache y los cazas A-10, que igualmente contribuyeron a que la guerra durara cien simbólicas horas.
Ahora bien, el peligro nuclear nunca se ha desvanecido del todo, pese a que en los años subsiguientes a la caída del Muro se proclamará con solemnidad la absoluta preocupación por parte de los gobiernos de la mayoría de las naciones del globo sobre el problema y su voluntad de solucionarlo. Por el contrario, desde el punto de vista armamentístico, en un estudio de 2010 elaborado por la Federation of American Scientists, se estimaban en alrededor de 5.500 el número de cabezas nucleares operativas en posesión de los 8 países considerados oficialmente como potencias provistas de arsenal atómico: Estados Unidos, Federación Rusa, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán y Corea del Norte.
