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El glotón es víctima y culpable. La glotonería ha pasado de ser una ofensa a Dios a ser un pecado social. Salvo en los días señalados en los que la comilona y el descontrol son de recibo, y aparte de los que tienen bula por cargo o por oficio, la glotonería despendolada suele considerarse de mal gusto. La gula ha mutado en enfermedad: ha pasado de vicio voluntario a infortunio hereditario, de pecado de ricos a pecado de todos, de depravación individual a tendencia social. Hemos socializado las virtudes, pero también las taras. Con una prosa de gran riqueza expresiva, Adrià Pujol ofrece un recorrido muy singular por la tradición literaria, cinematográfica, artística e iconográfica de Occidente en torno a la gula. La serie «Pecados capitales» pretende ofrecer una visión fresca y rigurosa de cada «pecado» de la mano de nuevas voces del ensayo.
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Seitenzahl: 61
Veröffentlichungsjahr: 2020
Adrià Pujol Cruells
LA GULA
Traducción del catalán rubén martín giráldez
FRAGMENTA EDITORIAL
Publicado por
fragmenta editorial
Plaça del Nord, 4, pral. 1.ª08024 [email protected]
Colección
fragmentos
, 58
Serie
pecados capitales
Primera edición
enero del 2020
Primera edición ePub
junio del 2024
Dirección editorial
ignasi moreta
Producción gráfica
aina brugué
Diseño de la cubierta
elisenda sevilla i altés
Imagen de la cubierta
Letra capitular procedente de Cervantes,
Don Quixot de la Manxa
, Octavi Viader, Sant Feliu de Guíxols, 1936.
Composición digital
pablo barrio
© 2020
adrià pujol cruells
por el texto
© 2020
rubén martín giráldez
por la traducción del catalán
© 2020
fragmenta editorial, s. l. u.
por esta edición
ISBN
978-84-10188-22-8
Con el apoyo del Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya
reservados todos los derechos
Glotonia procura ladronici, e descortesia,
e luxúria, e vergonya.
Ramon llull, Llibre dels mil proverbis
Introducción
I. ¿Pecado, enfermedad o sistema?
II. Origen del pecado de la gula
III. Gula y mujer
IV. Verborrea y gula, para acabar
Bibliografía
Sobre este libro
Biografía
Cubierta
Portada
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Epígrafe
Índice
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Bibliografía
Antes de encenderse los humanos en la Tierra, el mal no existía. Y mientras no nos apaguemos, el mal no dejará de palpitar. Pero esto no quiere decir que lo implantásemos nosotros. Quiere decir que nuestros ancestros lo sintieron. Porque todo lo que no se percibe, es decir, todo lo que no se puede representar, fijaos, tampoco se puede impugnar, enaltecer ni conjurar, soportar. Otra cosa es si nos crearon para lidiar con el mal o si fuimos el huevo. Ya lo averiguaremos: nos halaga pensar que no nos activamos por ningún motivo de peso; como mucho, para dejar testimonios efímeros sobre la belleza, sobre el dolor y sobre cosas de este calibre.
Nos despertamos. Decidimos que éramos el centro del universo, o un boleto premiado, y captamos el mal. Poco a poco lo fuimos pensando, lo sufríamos o lo reproducíamos. Más de una lumbrera intentaba atarlo en corto con rituales cutres y pinturas esquemáticas, pero hasta la aparición del lenguaje mínimamente articulado, hace unos 70 000 años, no le pusimos un nombre al mal. Con este ir tirando estipulábamos una jerarquía, una especie de termómetro de la malignidad. Y con la aparición de la escritura, hace tan solo 6 500 años, acabamos de perfilar sus características. De cómputos y leyes, de rosarios de faltas y virtudes, cada tierra y cada época, cada sacerdote, cada pensadorzuelo y cada caudillo se han hecho una lista a medida. Y ahí andamos todavía. Paganismos embutidos en las fosquedades del cerebro, antiguas religiones agonizantes o nuevos dogmas seculares, profetas de los medios y desgraciados en la cuerda floja, continuamos todos pontificando sobre el mal. A golpe de denuncias o aplausos, el guirigay es considerable. El bien y el mal, todo un tema.
Por otro lado, como no hay nada que dure para siempre, ni las playas ni las doctrinas son estáticas. A guisa de ejemplo, la evolución (esto es, la percepción) de los pecados ha cambiado bastante. Lo comentaremos más abajo, pero el concepto de los siete pecados capitales no se fosiliza en la Biblia. Se conoce la clasificación del monje y asceta Evagrio Póntico (siglo iv) sobre las tentaciones o malos pensamientos, en la cual recogía la gula junto con la ebriedad, la fornicación, la avaricia, el dolor o la tristeza, la ira, la pereza, la vanagloria y la soberbia. Casi en paralelo tenemos las reflexiones del sacerdote y padre de la Iglesia Juan Casiano (entre los siglos iv y v), según el cual la pareja formada por la gula y la fornicación serviría de origen de todos los otros males.
Clasificados por orden decreciente de gravedad, los pecados se consideraron las transgresiones más innobles del alma. Además, algunos se incluían en el vientre de los otros, el examen teológico manejaba un batiburrillo de términos similares, y por ello la lista culebreó durante varios siglos más. Encasillar el mal es difícil. Fue el papa Gregorio Magno (siglos vi-vii) quien fijó los pecados tradicionales disolviendo el dolor y la tristeza en la pereza, la vanagloria en la soberbia, intercambiando la fornicación por la lujuria a la vez que añadía la envidia. Y se constituyeron los siete pecados capitales, que hoy ya no se puede afirmar que todo el mundo conozca, ordenados de la siguiente manera: lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza, y la gula en último lugar. Pero no hay ningún orden que perdure. Tomás de Aquino (siglo xiii) puso patas arriba este orden. La gula pasó al tercer puesto del podio, al lado de la soberbia, en primer lugar, y de la avaricia, en el segundo. Más allá de esto, dado que somos proclives a las clasificaciones tristemente pendulares, los teólogos se sacaron de la manga siete virtudes, verbigracia, las virtudes cardinales o de origen humano (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y las virtudes teologales o de origen divino (fe, esperanza y caridad).
En función de la época y del clima social, hay pecados más o menos mal vistos. Hoy por hoy, la escala de la gravedad no es la misma que en la época, a la que acabamos de aludir, del cristianismo a cascoporro. Por ejemplo, a diferencia de en la Alta Edad Media, hoy el pecado de la gula goza de salud y representantes para dar y vender y, no obstante, desde el punto de vista de la malignidad se considera una falta bastante leve, un vicio tolerable. Esto sucede por diversos motivos. El principal es que hemos democratizado el ocio, la voracidad y el acceso a las prestaciones sociales, en los medios de comunicación y en la energía que intercambiamos por confort, y como resultado hemos engordado. Y pasa que, de los siete pecados, el único que se percibe a primera vista es el de la gula, siempre que se trate de glotones. La filósofa Francesca Rigotti (2008) explica que la primera vez que fue a Estados Unidos se quedó pasmada al ver a tanta gente entrada en carnes, tantas tiendas de ropa gigante. También dice que años más tarde el fenómeno se extendió por todo el mundo: lorzas y desparpajo en el espacio público y una afición creciente por la desmesura colectivizada. El consumo de bebidas azucaradas se exacerba como si no hubiese de volver a salir el sol. La Coca-Cola y el Papá Noel rojo llegan a Europa con el Plan Marshall.
Rigotti diferencia en este sentido la gula del resto de pecados, porque se puede intuir. El resto no son tan obvios, tanto si somos víctimas de ellos como si somos sus agentes. Paseamos y no sabemos si un conciudadano es tacaño o iracundo. No contamos con ninguna evidencia de que el vecino suela caer en la soberbia o en la envidia. Y quizás la vecina pone cara de mandrilona o de lujuriosa, pero en cualquier caso el juicio será un prejuicio. Ni mirándonos por dentro somos lo bastante valientes como para aceptar que tenemos esos defectos y, en general, hacemos la vista gorda. La capacidad humana para la autoindulgencia es formidable. En cambio, el pecado de la gula, que se registra en el alma y, por lo tanto, bien podría ocultarse como los demás, también se hace carne. Tomando prestado el concepto de un informe de la oms, Rigotti habla de una obesidad global o globesity.
Una vez arrancado el siglo xxi
