La heredera de los cinco soles - Natalia Moderc Wahlström - E-Book

La heredera de los cinco soles E-Book

Natalia Moderc Wahlström

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Beschreibung

Solo conociendo su pasado podrá encontrarse a si misma. El matrimonio inglés Parker vive con su única hija, Anya, en un próspero campo, en un haras, en la provincia de Buenos Aires. Se dedican a la crianza y exportación de caballos de polo. Cuando la niña tiene nueve años, un incendio durante la gran fiesta en la casona de huéspedes de la estancia acaba con la vida de su padre. Su madre desolada decide volver a Windsor, Inglaterra, su sitio natal con la pequeña . Solas tienen que reiniciar su vida con todo el dolor que supuso la pérdida del ser querido y del sitio donde habían vivido tiempos felices. Años más tarde, Anya, convertida en una bella joven, decide retornar a la estancia a reclamar su herencia pero sobre todo a reencontrarse con sus raíces. Allí reforma y reabre la casa, descubre secretos que nunca le habían sido contados y se embarca en la búsqueda de un tesoro que le había dejado su padre. Esta decisión la conduce a un mundo mágico, encuentra mucho más que sus tierras. Comprende que todo lo pasado forma parte de nuestras vidas, que a veces las despedidas son necesarias para marcar el comienzo de una nueva etapa y, en especial, que el amor verdadero es más fuerte que el tiempo y la distancia y que nos acompaña siempre. Vidas que se entrelazan, secretos desvelados, historias de amor y desamor. Una novela envolvente y apasionante sobre cómo el pasado puede cambiar el presente para siempre.

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Seitenzahl: 480

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Natalia Moderc Wahlström

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-491-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Esta novela está dedicada a mis padres Nora y Adalberto que siempre me han apoyado en todo y que me han incentivado a escribir.

Capítulo 1

Buenos Aires, septiembre de 2017

Amanecía y los primeros rayos de sol iluminaban a lo lejos, la casona. Allí me encontraba yo, al otro lado del mundo, de camino a mi estancia, a mi haras. Desde la ventana del coche observaba el paisaje. Paralizada. Tantas veces este momento y ahora, por fin, estaba aquí. Desandaba el camino que dieciséis años antes me había llevado a Inglaterra, junto con mi madre, quién luego de la muerte de papá decidió, con dolor, volver a su país natal.

Me faltaba el aire. Abrí la ventanilla del coche. La brisa me acarició el cabello y pude sentir el aroma de los eucaliptus y del césped recién cortado. Reconocí la humedad en el ambiente, lo cual hizo estallar un torrente de recuerdos, y comencé a navegar por las aguas de mi memoria. Me trasladé a mi feliz infancia, en aquellos campos de la provincia de Buenos Aires, en las llanuras planas y fértiles de la pampa argentina.

Desde el accidente en el año 2001, la vida parecía haberse detenido en aquellas tierras del sur. Sentí que los años no habían transcurrido.

El antiguo chofer de mis padres, que ahora trabajaba para Martina, conducía callado. Mi visita lo había tomado por sorpresa. En el asiento trasero del coche, a mi lado, estaba Martina, la vieja amiga de mi mamá. Ella sí sabía de mi llegada. Ambos me habían recogido en el aeropuerto el día anterior y también aquella mañana en el hotel del pueblo, cercano a mi estancia, para llevarme a la casa. A mi casa.

—¿Por qué no ha venido tu madre contigo? —preguntó Martina.

—Lo ha intentado varias veces, pero es difícil. Siempre tiene pretextos novedosos para no volver. Creo que ella quisiera hacerlo, pero teme enfrentarse con el pasado, con la pérdida. Pienso que hasta se siente culpable, pero no sé por qué —dije.

—Entiendo. Por eso has venido tú sola. Son las dos únicas herederas, nadie más.

—Quiero saber qué ocurrió —dije y bajé la mirada.

Yo quería conocer de cerca esa historia que había poblado de alegrías mi infancia y de dudas e incertidumbre mi presente. Caminar por las mismas calles que entonces había recorrido. Reencontrarme con la gente que había formado parte de nuestra vida. Descubrir qué sucedió aquella noche del incendio en la casa de huéspedes, la noche en la que mi padre murió, cuando yo tenía apenas nueve años.

Quería volver.

Pensé en mi madre. Había decidido casarse, justo ahora y después de un noviazgo tan corto, el primero desde que enviudó hacía tantos años. Cerré los ojos; aún no lo podía creer. Casarse otra vez. Además, irían a vivir a la misma casa en Windsor que aún compartía con ella. Debería buscarme otro sitio. No me echaba, pero yo no quería estar más allí.

—Madeleine debe de estar preparando su casamiento —dijo Martina.

—Va a ser sencillo, pero, de todos modos, es un cambio de vida —dije.

Era un nuevo giro para ella y para mí porque, coincidiendo con el cambio de vivienda, yo también buscaba un nuevo trabajo de veterinaria. Había enviado mi CV solicitando empleo a varios sitios.

El hospital donde trabajaba estaba cerrando y lo vi como una oportunidad para conseguir un buen empleo en Londres o, ¿por qué no?, abrir mi propio negocio: una clínica o un haras, que siempre había querido.

Pero para esta última opción necesitaba dinero y sabía que yo, junto con mi madre, éramos las herederas de estas tierras.

A su llegada al país, mi padre había comprado parte de los campos, incluyendo la casona y luego, gracias a las ganancias que le proporcionaba la crianza y venta de caballos de polo, logró incorporar más hectáreas, convirtiéndose así en el orgulloso propietario de uno de los haras más prominentes de la zona.

Volví a concentrarme en el olor a césped. Aquello me relajó, así como lo hacía en mi infancia. Estaba nerviosa por volver, uno siempre teme a lo nuevo, lo desconocido, pero me sentía feliz de haber tenido el valor para hacerlo. Ahora, tenía el tiempo, el incentivo y las ganas.

Mi madre y yo no vivíamos mal, con el negocio de arte de ella, mi trabajo y algunas propiedades alquiladas, que habíamos logrado comprar con el dinero traído de Buenos Aires después del accidente en 2001. En lo económico, estábamos bien.

Para abrir la clínica necesitaba mucho más. Pero no era solo eso lo que me movía a volver. Yo quería reencontrarme con mi pasado, con mi padre, que en cierta forma se había quedado aquí para siempre.

Si reacondicionaba la estancia y si a mamá le parecía bien, podríamos vender todos los campos y ser ricas para el resto de nuestras vidas. Tantas hectáreas fértiles tenían mucho valor. Además, siempre mi padre hablaba de un tesoro escondido en la estancia. Mi madre nunca lo había creído, pero yo sí.

El coche se desplazaba entre campos y yo pensé en mi madre, Madeleine, en Windsor. Como si la estuviese viendo. Recordé que al día siguiente, llegaban los huéspedes, los alumnos. Seguro que estaba tomando un té, después del almuerzo, y pensando en su trabajo.

Luego de quedar viuda, había empacado pocas cosas y con dolor había vuelto, conmigo, a su Inglaterra natal, a su casa de la infancia en Windsor, en las afueras de Londres. Esta residencia victoriana había sido de sus padres, pero tras la muerte de ambos, y siendo la única hija del matrimonio, ahora le pertenecía. A nuestro retorno, fue allí donde vivimos y mi madre instaló su negocio.

Era preciosa, con vistas al Long Walk, el Camino Largo, un sendero que era una de las entradas al castillo de Windsor.

La vuelta a Windsor, después del accidente, no fue fácil. No para mí y creo que tampoco para mamá. Habíamos dejado atrás demasiados recuerdos. Nuestra vida.

Luego de intentar mantenernos con algunos trabajos y un par de negocios, decidió dar clases de arte a turistas. Se hospedaban en la casa por unas semanas, se alojaban en un área separada con entrada independiente. La selección de la gente que nos visitaba era una parte importante del trabajo.

En el momento, no lo pensé, pero con el tiempo resultó ser una muy buena idea. Si bien estos cursos le dejaban una buena ganancia, luego de cubrir los costos de cocinera, limpieza, jardinero, etc., no le quedaba demasiado, pero vivíamos bien y ella hacía lo que más le gustaba y sabía hacer: arte. Además, creo que disfrutaba enormemente la constante visita de gente de todo el mundo con sus diversas historias y realidades. Tal vez porque la acompañaban en su soledad y la ayudaban a olvidar su propia historia, de la cual, entiendo que, si bien lo había intentado, no se había repuesto. Aún.

Cada mañana mi madre salía a correr con Nike, nuestra labrador color dorado. Yo le había puesto ese nombre en honor a la diosa griega Nike, diosa de la victoria.

Sabía que en septiembre, al salir, respiraba el aire tibio del inminente otoño. A veces caminaba, otras corría, pero siempre esta salida matutina le servía para pensar, organizar su vida o, al menos, esto decía.

Los cursos estaban muy bien organizados. Nada escapaba para que resultaran un éxito o, al menos, una experiencia positiva y placentera para sus huéspedes. Consistían en clases teóricas y prácticas de pintura que estaban a cargo de ella misma y de Alicia Barbieri, su ayudante de Uruguay. Hacía doce años que Alicia trabajaba con mamá. Era unos años mayor que yo y como una hermana para mí. Gracias a ella pudimos mantener el idioma español vivo y algunas costumbres y cultura de América del Sur, lo cual era importante para nosotras, para guardar el recuerdo de lo que habíamos dejado atrás.

Durante la estadía de los visitantes, no se impartían clases de inglés, pero los alumnos aprendían mucho del idioma y la cultura al estar expuestos. Creo que ayudaba estar en Windsor, donde se respira el estilo de vida británico en cada rincón.

Acudían en grupos de hasta ocho personas a la vez, de todas partes del mundo. El público era siempre acomodado, no solo en cuanto a recursos económicos; todos tenían en común intereses culturales. En otros aspectos de la vida, era de lo más variado. La edad mínima para hospedarse era de dieciocho años. Concurrían estudiantes de arte, solitarios en busca de pareja, de aventuras; otros venían recomendados como terapia. Pintaban, dibujaban. Mi madre organizaba visitas a eventos culturales, museos, galerías de arte, incluso teatros en Londres, y proporcionaba ideas para utilizar los grandes recursos que ofrecía esta ciudad como fuente de inspiración.

Miré hacia afuera. La vista me resultaba lejanamente familiar. Creo que estábamos cerca. Seguí pensando, recordando. Siempre había escuchado que el incendio fue en la cocina de la casona de huéspedes durante la gran fiesta. A unos cuantos metros de nuestra casa; por eso las llamas no alcanzaron a la residencia principal.

Tenía nuestra casa registrada en la retina desde el mismo día en que partí, desde el mismo instante en que la vi por última vez. Pero ahora, al divisarla a la distancia, mi corazón se aceleró. Sentí que el tiempo no había pasado. Era otra vez 2001 y los años transcurridos entre entonces y ahora desaparecieron en un abismo. Estaba inmóvil y con los ojos vidriosos tras los lentes de sol.

Pude ver el molino de viento con el cual extraían agua del subsuelo y el tanque de agua a su lado. ¿Funcionarían todavía?

El chofer no hablaba. Martina, tal como la recordaba, llenaba el espacio con comentarios.

El coche desaceleró al llegar al gran portón de hierro, enmarcado por antiguas columnas de piedra, sobre las cuales apenas se leía en un desdibujado letrero: «Haras Nuevos Comienzos».

Al verlo, me invadió la tristeza. El auto siguió su marcha entre dos filas de añosas tipas, que formaban una avenida y enmarcaban el desdibujado camino hacia la residencia.

—Hemos llegado.—dijo el chofer.

—Gracias —dije.

Se me encogió el corazón al ver el jardín enmarañado, donde algunas estatuas se erguían desnudas, sucias por el tiempo y por las aves. Todo el entorno parecía tragado por la maleza, envuelto en el olvido y la desgracia. Poco quedaba del antiguo esplendor.

Tan poco quedaba de nuestro pasado, tan distinto que en mis recuerdos.

—Le he comentado a Dora que vendrías. Te está esperando cerca de la puerta —dijo Martina.

La imagen de Dora, mi antigua niñera, desdibujada con el tiempo, comenzó a asomarse en mi mente. Al levantar la mirada, la vi. Sonriente como antes.

Estaba paralizada, con las manos húmedas. Martina se despidió hasta más tarde, cuando vendría a buscarme. Me dejó su número por si la necesitaba y un móvil para que yo usara.

Logré moverme, dejar el coche y comencé a avanzar por el otrora camino de inmaculadas piedras blancas, hacia la puerta de entrada. Me temblaban las piernas. Mi coraje disminuía al tiempo que el pórtico se agrandaba.

Por suerte, ahí estaba Dora, mirándome incrédula.

—Dora —solo pude decir.

—¡Cómo has crecido! —dijo con la mirada empañada. Por su actitud, pensé que quería expresar algo más, incluso se acercó unos pasos hacia mi y creí que me abrazaría pero luego retrocedió sin hacerlo y tras unos segundos, continuó—: Mira, aquí aún tengo la llave. La he guardado todos estos años. Nadie la ha reclamado; nadie ha entrado. Bueno, casi nadie. Mi esposo y yo hemos venido a menudo para hacer correr el agua, abrir las ventanas, limpiar. Y el jardinero también, para cortar un poco las plantas.

Hizo una pequeña pausa, durante la cual intenté decir algo o abrazarla como cuando era pequeña pero no conseguí moverme, ella continuó:

—De lo que sí nos ocupamos fue del molino de viento y del tanque de agua. Creo que funcionan bien —dijo mientras los señalaba a la distancia. No supe qué decirle—. La vieja capilla, al tener acceso desde fuera de la casa, la pudimos cuidar durante estos años. Yo tengo la llave.

La miré a lo lejos, pequeña como la recordaba. Había sido construida mucho tiempo antes de que mis padres compraran la estancia. Yo solo asentí, en silencio. Dora subió la pequeña escalinata hacia la entrada, con determinación. Yo la seguí y pude ver, a la distancia, entre la salvaje maleza, la casa de huéspedes o lo que quedaba de ella después del incendio.

Ella abrió la puerta y una gran polvareda nos envolvió. Esperamos unos instantes a que se disipara y luego entramos. Una vez adentro, permanecimos de pie. La situación me agobiaba. El recuerdo de mi padre, la presencia inesperada de Dora, el olor a encierro. Pero respiré hondo y solo pensé en averiguar lo que había sucedido y en reformar la casa. Restaurar nuestras vidas.

—Si te parece bien, abriré los ventanales —dijo Dora, en voz baja, como con miedo, como si la presencia de ambas pudiera despertar a los fantasmas.

—Claro, gracias.

Una vez abiertas algunas de las ventanas, reaccioné. La tímida luz del sol matutino parecía invitar la belleza exterior al interior de la sala. Pero, al volver mis ojos hacia adentro, vi que el deterioro de la casa era innegable e inexorable. Podía sentir un olor dulzón y nauseabundo. Abandono. Los muebles parecían blancos fantasmas de tiempos lejanos, cubiertos, que escondían historias.

Divisé la cocina, llena de tarros vacíos y hollín. Dora me sonrió, creo que para que me tranquilizara. Permanecimos de pie, mirándonos. No aguanté esta situación y propuse subir, para hacer algo diferente.

Al seguir a Dora escaleras arriba, noté que había envejecido; estaba diferente de cómo la recordaba. Su piel estaba surcada por arrugas, parecía aún más baja y definitivamente más pesada, pero aún era la misma. La seguí, sin decir palabra, con un nudo en el estómago.

Anhelaba ver mi antigua habitación, pero acepté recorrer otros cuartos antes, para ganar tiempo para el gran encuentro con mi pasado, con mis cosas.

Anduvimos por la casa en silencio, entre persianas desprendidas, cortinas en el suelo y humedad en las paredes. El sol ya estaba fuerte y se colaba por todos los rincones, pero aun así, yo solo percibía una oscuridad macabra.

Por fin llegamos a mi antigua habitación. Dora intentó entrar primero, pero la detuve. Quería hacerlo sola. Abrí la puerta despacio. Primero asomé la cabeza; mi cuerpo siguió en forma mecánica. Al entrar, me trasladé al pasado. Todo estaba intacto. Polvoriento pero inalterado. Mi mirada se volvió hacia un objeto redondo con la forma de un sol que decoraba la pared. No lo recordaba, pero lo reconocí. Mi madre tenía uno parecido en Windsor y una fugaz imagen se cruzó por mi mente; lo había visto también en otro sitio.

Con la vista seguí recorriendo la habitación. Aún mis perfumes y cepillos estaban en el mismo sitio donde solían hacerlo. Con mi mano temblorosa abrí el armario; mi ropa pequeña todavía estaba allí. No tuve fuerzas para ver más y cerré la puerta del armario.

Sentí que solo el viejo almanaque delataba el paso del tiempo y dictaba sin piedad: 24-03-2001. Veinticuatro de marzo, sábado. El día en el que murió mi padre, James Parker, en el edificio de las visitas donde se celebraba la fiesta. ¿Fue el incendio provocado? La eterna pregunta.

Al darme vuelta, me vi reflejada en un enorme espejo en la pared. Una sensación extraña. Uno espera una imagen familiar al mirarse en el espejo. Pero esta vez no lo era. La última vez que me había reflejado allí era una niña y papá estaba aún vivo. Me pareció verlo desdibujado en el cristal. Extendí mi mano para tocarlo. Pero no fue posible: él ya no estaba. Me faltaba el aire. Bajé corriendo y me detuve frente a la puerta. Quería huir de la casa. Dora me siguió sin decir nada; no hacía falta. Temblando, llamé al chofer para que viniese a recogerme en la puerta de la estancia, junto a las columnas de piedra. Yo caminaría hasta allí.

Al salir de la casa, miré a Dora, quien permanecía a mi lado. A pesar de los años transcurridos, la sentía muy cercana, con esa extraña conexión que dan los afectos, lazos que el tiempo no puede destruir. Me puso la mano en el hombro y sin hablar cerró la puerta. Creo que ambas sabíamos que volveríamos al día siguiente.

—¿Quieres quedarte en casa? Estoy sola. Mis dos hijos se han casado y mi marido está trabajando en campos cercanos. Es época de nacimiento de potrillos y, además, de torneos de polo.

Recordé vagamente a los hijos de Dora. Eran unos pocos años mayores que yo y también me acordé del esposo. Sentí curiosidad por preguntarle sobre sus vidas, pero no era el momento: estaba cansada y quería estar sola. Entonces, solo dije:

—Gracias, Dora, pero estoy parando en el hotel El ombú blanco, en el pueblo, a pocos minutos de aquí.

—¿Pero vas a estar allí sola todo el tiempo?

—No, solo lo haré por pocos días. Mi intención es reacondicionar la casona y vivir en ella durante mi estadía. La podemos alcanzar a su casa antes de ir a mi hotel.

—Por favor, tutéame. Me siento aún más vieja de lo que soy.

Yo estaba agradecida por el comentario; en realidad, no sabía muy bien cómo tratarla.

—Gracias por el ofrecimiento de llevarme a casa. Sigo viviendo aquí cerca, en el mismo sitio que logramos comprar, como otros trabajadores de la estancia, luego del incendio.

—Qué bueno que el dinero que pudo enviar mamá desde Windsor les ayudó a rehacer sus vidas.

—Seguimos con nuestras vidas, pero nada fue igual desde entonces —dijo Dora y su mirada se perdió en el verdor infinito.

Aún parada en el portal, cerré los ojos, respiré el aire fresco. Necesitaba unos instantes para pensar. Acomodar, si era posible, mis emociones. Creo que Dora se dio cuenta de que necesitaba unos minutos para estar sola porque se alejó unos metros y se sentó en el tronco de un árbol caído.

Preguntas sobre el accidente rondaban en mi cabeza, siempre. ¿Qué habría pasado con todo el personal y con los caballos del haras después de nuestra partida a Windsor?

Llamaradas naranjas cruzaron mi mente; todavía recordaba el fuego. Lo podía oír, sentir su calor. Era una fiesta en honor a mi padre. Esa noche, la residencia de huéspedes estaba lindísima. Todo brillaba. Estaba decorada con una mezcla del típico mueblaje del campo argentino de 1900, pero con una gran influencia europea. Las tres lámparas doradas de cristal desparramaban luz sobre el salón y lo exponían en toda su opulencia. Las mesas vestidas con manteles blancos de hilo, vajilla francesa, cubiertos de plata que habían pertenecido por décadas a la familia de mamá, traídos de Windsor para el casamiento. Apreté mis párpados aún más y oí a la gente hablar en forma animada y, a través de los ventanales abiertos, podía observar, oler el jardín, ver la hilera de cipreses que marcaban el camino a la casona, rodeados de flores colocadas en forma simétrica. Me estremecí al poder visualizar, en mis pensamientos, el instante preciso en el que noté el fuego. Supe, después, que solo unas gotas de aceite derramadas sobre la hornalla encendida bastaron para que la pequeña llama enfureciera y creciera hasta proporciones insospechadas y se extendiera con dolorosas e irreversibles consecuencias. Fue sin dar aviso o, tal vez, con un suave sollozo. Una bola de fuego atravesó las arcadas de la cocina para instalarse en el comedor lleno de gente. El color de la esfera era vívido, rojizo. Parecía tener vida, voluntad propia. Con violencia y sin permiso, comenzó a trepar por las cortinas, saltaba de una a otra hasta alcanzar el techo para luego dejar caer retazos de tela quemada y continuar su despiadado camino, devorándolo todo. Desviaba nuestros destinos para siempre. Cambiaba nuestra historia. Abrí los ojos. Me senté en el escalón superior de la entrada. Seguí recordando.

Las puertas de la cocina y los grandes ventanales del salón estaban abiertos al exterior y toda la gente pudo escapar. Incluso quienes estaban en los pisos superiores, alertados por los gritos desesperados, también tuvieron tiempo de huir. En realidad, no todos. Mi padre, como el capitán de un barco, permaneció en la casa hasta que la última persona hubo salido. Pero, a diferencia del capitán de un navío, él sí intentó huir, pero fue demasiado tarde.

Recordé que afuera, la noche acunaba a las víctimas, pero adentro, el fuego continuaba su camino destructor, se arrastraba por las alfombras y se llevaba a su paso lámparas, muebles, cristales, recuerdos y una vida irremplazable, sin la cual, la existencia en la estancia «Nuevos Comienzos» no volvería a ser igual.

Aquella noche, desde el jardín, lo último que vi fue un ejército de llamaradas, latigazos que se extendían por la planta superior. Mi madre y Dora me abrazaban. Nos abrazábamos las tres y oí a mi madre llorar.

Un abanico de mariposas encendidas y luminosas caía desde lo alto al suelo, extinguiéndose en su camino descendente, apagando con ellas nuestras historia. No quise pensar más. Y comencé a bajar la escalinata. Dora se puso de pie y vino a mi encuentro. Me tomó de la mano y me ayudó a secarme las lágrimas. Y así, de la mano, a paso lento, fuimos hacia la entrada donde nos esperaba el coche para recogernos.

Aquella noche volví a la pensión, confundida y triste. Cené muy poco y me refugié en mi habitación. Pensé en llamar a Michael, mi fiel amigo, y contarle sobre mi llegada, pero en Inglaterra eran varias horas más y estaba en el trabajo. Entonces, llamé a Alicia. En el fondo, pude escuchar la voz de mi madre:

—Gracias, Alicia. ¿Qué haría sin ti? ¡Hace frío! He prendido la calefacción, pero creo que no funciona en todos los cuartos. Tal vez sea porque es la primera vez que la enciendo después del verano. Cuando llegue Jason, le preguntaré. Mientras terminas de preparar todo, iré por las habitaciones a ver en cuáles no funciona.

—Perdón, Anya, estamos chequeando los radiadores de toda la casa. Mañana llegan los alumnos. Madeleine comenzará por la parte de los huéspedes. Ha desaparecido por la cocina —dijo Alicia.

—Me imagino —dije. Siempre hacía la misma rutina: salía por la cocina, que era la única habitación que conectaba ambas áreas de la casa: nuestra casa y la de los alumnos.

Me la imaginaba como si la estuviera viendo. Con paso apurado, su delgada figura se movería con agilidad. Seguro que comenzó a chequear por el sótano. Observaría cada detalle del sitio.

Los caballetes preparados, los cuadernos, las pinturas. Su vista se detendría, como siempre, en los ventanales, perdiéndose en el verdor del Long Walk, como si esto le recordara a algo: ¿a la estancia? Pero sus pensamientos volverían en forma rápida a sus obligaciones.

Apurada, mientras ataba su pelo castaño en una coleta, subiría a las habitaciones de las dos plantas superiores donde dormirían los alumnos. Caminaría nerviosa y, con los apuntes en la mano, trataría de aprender lo más posible sobre las personas que llegaban.

Me había contado Alicia sobre los huéspedes. Eran seis y ahondarían en los pintores John Constable y William Turner. Una señora de Milán, que se acababa de divorciar, con solo treinta y cinco años, y su amiga española, que la acompañaba en el viaje. Otro huésped era inglés: un ejecutivo asiduo a las galerías de arte, que vivía en Londres, recientemente viudo, interesado en pasar unos días en Windsor para visitar parte de su familia. Le pareció una forma diferente de hacerlo. Un joven que estudiaba dibujo en París, otro joven de Suecia y una doctora pediatra, de la India, de mediana edad.

Al abandonar el área de las visitas, mi madre volvería a pasar por la cocina, donde estaría la cocinera preparando algunas cosas para el desayuno del día siguiente para recibir a los huéspedes. La saludaría de forma cordial y seguiría su camino.

Seguro que estaba todo perfecto. Así era mi madre: estructurada, organizada. No le gustaba tomar riesgos. Mientras pensaba en ella, yo seguía hablando por teléfono con Alicia, pero pude escuchar su voz en el fondo.

—Los radiadores funcionan en todos los sitios menos en el salón —dijo aliviada.

—Bueno, Jason seguro que podrá arreglarlos —comentó Alicia.

—¡Qué haríamos sin Jason! Además de conducir el coche, arregla todo. ¡Ah, perdón, estás hablando por teléfono! —dijo mamá.

—Con Anya.

—Mándale un beso y dile que se porte bien. En un ratito la llamo.

—¿Hola, Anya, escuchaste a tu mamá? Estamos preparando todo. Mañana llegan muy temprano. ¿Y qué tal todo por ahí?

—Bien. Estos días me quedo en un hotel hasta poder vivir en la casa de la estancia. Ya te iré contando. Dile a mamá que estoy bien. Creo que está nerviosa por mi viaje. Tal vez piensa que voy a descubrir algún secreto oculto —dije con ironía.

—Tal vez; uno nunca sabe —concluyó Alicia.

Después de mi conversación con Alicia, me sentí un poco mejor. Me acosté en la cama y en el silencio de la noche pensé en la estancia. Me remonté a mi infancia o a lo que recordaba de ella. Hasta el momento del accidente había sido feliz.

Luego, sin ser invitado, el momento en que nos trasladamos a Windsor se instaló en mi mente. Pensé en nuestra rutina allí. En mi madre, en su vida, en nuestras vidas. Ella hizo todo lo posible para darme estabilidad. En cierto modo lo consiguió, pero lo que nunca logró fue superar el dolor que nos había dejado el accidente. Los recuerdos estaban dormidos, pero aún vivos bajo un manto de silencio.

En Windsor, ella solía pasearse por la casa a diario, comprobando que todo estuviese en orden. Adoraba esta vivienda que había sido construida alrededor de 1870. Estaba situada en una esquina y al lado de otras casas adosadas muy similares, en hilera. El diseño del jardín exterior era hermoso, simétrico, con grandes canteros ubicados sobre el suelo de baldosas color terracota, beige y blanco, que formaban figuras simples pero geométricas. En la entrada, detrás de este jardín, había un porche que definía la entrada principal de la casa, enmarcada por dos columnas y un pequeño techo en bóveda que mamá había pintado, decorado ella misma. Aunque el jardinero acudía una vez por semana, también se ocupaba ella de los jardines; esto le relajaba. Además, al regresar cuando enviudó, estaba tan triste que se dedicó con exagerado entusiasmo a la decoración. Había renovado lentamente y con esfuerzo toda la casa. Reemplazó las pesadas cortinas por otras modernas, livianas, de telas. Quitó todos los empapelados de grandes flores oscuras y cubrió las paredes con un suave color pastel. También sacó las alfombras de las plantas inferiores y acondicionó el costoso piso de madera que había debajo. Y luego, siempre mantuvo la casa impecable. Renovaba muebles, cortinas o lo que fuese necesario. Me gustaba el salón: amplio, con vistas desde un lado al Long Walk, el cual se podía observar a través de las ventanas de guillotina, y desde el otro extremo se veía el jardín interno de la casa, el cual tenía una parte cerrada con cristales, que llamábamos conservatory. Ahí tomábamos el té, nos relajábamos.

El jardín era mi sitio favorito, con su suelo de ladrillos, muchas plantas y una pequeña fuente con el agua siempre circulando. Ahí había instalado «mi veterinaria» cuando volví de Buenos Aires. Yo jugaba a ser veterinaria desde pequeña. Además, en esta planta de la casa se encontraba la cocina, separada solo por muebles bajos de un family room y de un comedor, por los cuales también se accedía al jardín. Este era el corazón de la vivienda. Sobre todo, cuando lo compartíamos con los huéspedes, quienes tenían acceso solo en ciertos horarios. La cocina contaba con dos ingresos: uno desde el área de la casa donde vivían los alumnos, la cual permanecía cerrada la mayor parte del tiempo, y otro por la zona donde residíamos nosotras. El área de las visitas había sido otrora donde se ubicaban los sirvientes. Con el característico basement o sótano que ahora, totalmente reciclado, incluidas las ventanas y la pequeña cocina, servía de taller de arte con acceso a los dos estrechos pisos superiores donde estaban las habitaciones.

Alicia me había dicho en un e-mail que mi madre estaba nerviosa. No creo que haya sido por las próximas visitas; estaba acostumbrada. Tal vez era porque en pocos meses se iba a casar con Alex, un médico con quien salía desde hacía solo diez meses. Mamá nunca había podido mantener relaciones estables desde que enviudó. Hasta ahora, que se casaba. Sabía que no era correcto juzgar a los demás ni cuestionar acciones o sentimientos ajenos, pero no podía evitar pensar que mi madre estaba con Alex por estabilidad más que por amor verdadero, pero si ella se sentía feliz o al menos tranquila, yo no era quién para opinar. De lo que sí estaba segura es de que ella estaba inquieta por mi viaje a Argentina. Sospechaba que tenía que ver con mi visita a la estancia. No era para menos, revivir el pasado para mí también era movilizador, pero yo era pequeña entonces. Ella, en cambio, había dejado gran parte de la historia de su vida aquí. Siempre me quedó la sensación de que huyó luego del incendio, pero ¿de qué, de quién? Y luego, en Windsor, la constante sensación de culpa y de pérdida que la acompañaban. Yo no sentía culpa. Pero sí, vacío por la pérdida, por la ausencia repentina e inexplicable de mi padre, por la distancia del sitio donde había crecido. Esa era la razón principal por la cual había retornado a Buenos Aires: para reencontrarme con mi infancia, con mis raíces. No podía cambiar el pasado, pero sí la forma con la que lo vería por el resto de mi vida. No quise pensar más. Era mejor dormir, reponer fuerzas. Al día siguiente, volvería a la estancia a comenzar la reconstrucción del sitio y de nuestras vidas.

Capítulo 2

Desperté temprano en el hotel. No deseaba dormir; necesitaba pensar. Bajé las escaleras de madera y me senté frente al gran ventanal a desayunar. En mi móvil había varios mensajes y llamadas de Michael, mi gran amigo de la infancia. Siempre estaba pendiente de mí. Habíamos sido novios por un año; ahora nuestra relación no estaba definida. Yo creo que era un «amigovio». Salíamos, pero sin mucho compromiso. De lo que estaba segura era de su lealtad y cariño. Le devolvería los mensajes más tarde.

El hotel, en realidad, la posada, era confortable, decorada con elementos del campo argentino: alfombras de oveja, cuadros con paisajes de haras, dibujos gauchescos, fotos de polo. Con sus muebles de madera oscura, la encontraba muy acogedora, auténtica, parecida a nada. Me recordaba a mi infancia, el olor del campo, olor a limpio. Recorrí el sitio con la mirada.

Alguna gente aún vestía como paisanos, descendientes de los gauchos. Luego supe que lo hacían porque estaban preparando una fiesta local, un desfile. Años atrás, íbamos a ver estos desfiles con mi padre. Lo tomaba fuerte del brazo para no perderme entre la multitud.

La ausencia de mi padre estaba presente. Siempre. No quise pensar y seguí observando las costumbres, los colores. Para estas ocasiones, los hombres se visten con los trajes típicos, los pantalones anchos con una faja en la cintura, las botas altas no acordonadas para montar o trabajar en el campo, la boina.

Cuando era niña, también me llamaba la atención esta vestimenta. La usaban los gauchos que trabajaban en nuestra estancia. Algunos vivían en nuestros campos. Nos ayudaban con todo, especialmente con los caballos. Llevaban la tradicional rastra y tirador de cuero, una especie de cinturón ancho con una gran hebilla de plata con figuras talladas que contaban historias. Algunos grabados eran típicos del campo, otros tenían iconografía europea como ángeles, anclas o incluso el águila bicéfala. Los primeros gauchos veían estas figuras en los barcos europeos que llegaban a Buenos Aires.

Sí, aún recuerdo verlos con los pantalones anchos, las botas, la boina, las alpargatas. Volví a pensar en las fiestas tradicionales, en el vestido que usaba para estas ocasiones, similar al de casi todas las mujeres, con la falda de algodón estampado. El mío era celeste y blanco. Recordé las trenzas que me hacía Dora mientras me contaba historias. Ella jugaba con mi pelo dorado y relataba leyendas del campo que aún recuerdo. Historias de las estancias del lugar. Epopeyas de conquistadores, caudillos, indios, gauchos, millonarios e inmigrantes.

A través del cristal, vi el mismo campo de mi infancia. Aún me resultaba extraña la gran extensión de tierra, verdor hasta donde se perdía el horizonte. Era difícil decir dónde terminaba el campo y empezaba el cielo. Tan diferente a Europa, donde parecía que el espacio no alcanzaba. Al ver los caballos, pensé en el mío, Thames, y en las cabalgatas al atardecer. ¿Estaría vivo aún? La dueña de la posada se acercó a mi mesa, sonriente. Traía una bandeja y no dejaba de mirarme.

—Señorita, perdone, pero ¿nos conocemos?

Creo que pudo ver en mis ojos claros los de mi madre. Decían que eran parecidos, solo que los míos celestes y los de ella de un raro color verde esmeralda, pero ambos de forma y expresión similares. Eso pensaba la gente.

Estuve a punto de saludarla y presentarme, pero no lo hice; en cambio, negué con la cabeza, esperé a que se alejara y volví a mis pensamientos.

Trataba de hacer un plan mental para organizar mi estadía. Necesitaba dinero para acondicionar la casa. Tenía algo para comenzar, pero me pareció que era una buena idea vender algunos de los objetos. Lo consultaría con mamá, pero estaba segura de que no tendría problema. Vendería o regalaría todo aquello que no recordaba. No habría sido tan importante y sería una buena manera de ir organizando la casa. Pero con aquello no iba a ser suficiente. Le pediría una transferencia de dinero a mi madre. Necesitaba bastante para reformar la casa. Ya lo había hablado con ella y estaba más que de acuerdo en invertir en la reforma.

Llamé a Martina. Era prácticamente la única persona que conocía. Me había ofrecido ayuda incondicional. Además, ella era conocedora de arte, de piezas valiosas, y sabría qué era bueno y dónde venderlo. Me atendió servicial, como siempre, y me recomendó un sitio local para vender mis muebles. También me ofreció una camioneta.

—Si quieres, te paso a buscar en veinte minutos y vamos directo a la mueblería, la de don Fernando, así hablas con él.

—Sí, perfecto. Muchas gracias. Te espero en la puerta de la posada.

El dueño de la mueblería me reconoció. Había sido amigo de mis padres. Me pareció que estaba emocionado de verme. Ofreció comprar él mismo algunas cosas e irlas a buscar a la casa.

—Piensa bien lo que quieres vender, tómate tu tiempo. Puedo ir en un par de días. Aquí tienes mi contacto —dijo mientras me extendía su tarjeta.

Martina y yo salimos satisfechas y fuimos a buscar la camioneta a su casa.

Ella me invitó a pasar, pero le dije que lo haría en otro momento porque Dora me esperaba.

—Gracias por todo, Martina. Nos vemos.

—En un rato, después de yoga, paso por tu casa y te ayudo a seleccionar las cosas para vender.

Acepté agradecida. Estaba segura de que ella sabría lo que tenía valor económico. Junto con Dora, quien supuse sabría lo que fue importante para mis padres, decidiríamos de qué deshacernos.

Conduje despacio, acostumbrándome al vehículo que me había prestado Martina. Me resultó extraño el volante del lado izquierdo. Intenté memorizar el camino hacia mi casa, donde Dora me estaba esperando con las ventanas abiertas. Salió a mi encuentro:

—Espero que no te moleste que haya llegado antes. Abrí la casa.

—No, claro que no me molesta; al contrario, gracias por venir antes —dije.

—Si te parece, quisiera ayudarte estos días. Como te conté, estoy sola. Te puedo hacer compañía y darte una mano con lo que quieras.

—Gracias. Me encantaría. Quisiera venir a vivir aquí a la casa lo más pronto posible. Para eso, estoy pensando en vender objetos; es una buena forma de ir organizando y ganar dinero para empezar a reacondicionar. Bueno, no solo eso: mamá está de acuerdo en ayudar económicamente a levantar la estancia. Estoy segura de que si le pido, me enviará dinero.

—Qué suerte que Madeleine te vaya a ayudar. Se va a necesitar bastante para poner todo al día, pero vale la pena.

—Si puedes ahora mismo, vamos a recorrer la casa. Buscaremos objetos y en un par de días, don Fernando, el dueño de la mueblería, se los llevará para vender.

—Además, puedo organizar para que vengan a limpiar la casa y llamar al jardinero —dijo Dora, mientras se acomodaba el flequillo—. Cuéntame algo más sobre Madeleine. Solo me has dicho que está bien. Las extrañamos tanto cuando se fueron.

—Nosotras también sentimos un gran vacío. Yo era pequeña, pero creo que mi madre sintió que lo había perdido todo. —Me quedé pensando en la palabra «todo», pero continué—: Ella está bien, en Windsor, trabajando, dando clases de arte.

—Ahí es donde tiene un castillo la reina; la he visto en la tele, en la boda de…

—Sí, sí, Dora, allí mismo. Luego te contaré todo sobre mi madre y sobre le reina; ahora subamos y empecemos.

Y así, juntas, entre historias y recuerdos, fuimos juntando muebles viejos, lámparas, alfombras, objetos para revender o regalar. Lo que sobraba.

La idea de tirar cosas me llenaba de pánico y de nostalgia. En momentos como aquel, pensaba si había valido la pena venir. Pero el deseo, la necesidad de reencontrarme con mi pasado, con mi padre, me impulsaban a seguir adelante.

Escuché un coche que se acercaba. Me asomé a la ventana. Era Martina. Entró sin dar aviso, saludó, comenzó a recorrer el salón con la mirada y dijo:

—¡Qué lindos estos candelabros y aquellas arañas! ¿Estás segura de que los quieres vender?

—Sí, creo que mamá está de acuerdo. Le mandaré las fotos para que dé su aprobación final.

Yo no estaba del todo segura de qué sentía mi madre con todo esto, pero creía que ella, en el fondo, esperaba este momento. Ambas lo habíamos esperado durante años. Yo había soñado varias veces con despertar en la estancia. En esta casa, ahora pálida, que en su momento había sido rosa intenso. La voz de Martina me volvió a la realidad.

—¿Estás segura de que necesitas vender tantas cosas? Perdón que pregunte; tú tienes dinero que ha dejado tu padre.

—No es por el dinero. Mi madre me enviará lo suficiente para las reformas. Pero deshacerme de objetos me parece una buena forma de comenzar a limpiar la casa. Además, dispongo de las tierras, pero ignoro si hay dinero u otra cosa de valor —dije confundida.

Martina me miró resignada y dijo:

—Estas dos alfombras también valen mucho; por la etiqueta, son originales de Estambul. Si tú quieres, yo sé dónde revenderlas. Las puedo llevar. —Y mientras recorría la habitación continuó—: Si logras vender estas cosas y las dos mesas grandes redondas de caoba, ya tienes más que suficiente para comenzar y refaccionar por un buen tiempo.

Las miré con pena. No a las mesas, sino a los portarretratos sobre ellas. Estaban amarillentos, olvidados, esperando. Quitaría en cuanto antes las viejas fotos y las llevaría conmigo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y Martina debió de darse cuenta porque me abrazó y me dijo:

—Todo va a estar bien. Hay que pasar por todo esto para volver a empezar. Estoy segura de que tu padre estaría muy orgulloso. —Luego, cambiando de tema, dijo—: En cuanto tengas la cocina más arreglada, avísame. Te ayudaré con las compras del supermercado. —Minutos más tarde, se marchó, dejándonos a Dora y a mí rodeadas de objetos, recuerdos y silencio.

Sin saber qué hacer, comencé a recorrer el salón y me detuve frente al que había sido el despacho de mi padre. Quise entrar, pero no tuve el valor. Abrir la puerta sería como destapar un baúl de recuerdos.

—Lo puedo limpiar y cuando esté bien bonito, podemos entrar juntas —dijo Dora.

Se tocaba nerviosa el delantal a cuadros azul y blanco. Creo que también estaba emocionada, pero me propuso ir a la cocina para romper con la nostalgia.

Esta parecía haberse congelado años atrás. No pudimos hacer funcionar nada. Dora prometió conseguir para el día siguiente alguien que reparase el horno y chequeara el gas. Por ahora, no era un problema porque empezaba la primavera, pero debería tener todo el sistema de calefacción instalado, tal vez renovado, para el futuro. Compraría una nueva nevera y otros artefactos básicos. Elhorno a leña sí funcionaba. Lo recordaba bien. Me acerqué a él y pude rememorar las innumerables tardes que había ayudado a hacer pan. El calor, el olor de aquellas tardes y hasta la voz de mi padre que me llamaba a la distancia.

Había sido un largo día. La noche caía y yo estaba agotada física, pero, sobre todo, emocionalmente. Me despedí de Dora, la dejé en su casa y yo me dirigí a la posada para cenar y dormir.

Al entrar al pequeño hotel, sentí el mismo aroma familiar a pan recién horneado. Cené sola, envuelta en mis pensamientos. Tendría que averiguar, si existía, dónde estaba el tesoro del que hablaba mi padre. No sabía por dónde empezar. Podría llamar a mamá, pero estaba ocupada con su trabajo. Además, las pocas veces que habíamos hablado del tema, me dio a entender que ella no creía que hubiese un tesoro.

Al día siguiente, venía Bastian, el arquitecto que me había recomendado Martina. No había tenido tiempo de averiguar nada sobre él. Esperaba que conectáramos bien ya que la reforma iba a ser grande. Había mucho por construir.

Al tercer día, ya tenía mi pequeña rutina: desayunaba, escuchaba las noticias y me iba directo a la casa; a la casa rosa, como solía llamarla cuando era pequeña. Quise llamar a Michael, pero pensé que, tal vez, estaba en reuniones laborales, entonces le escribí un mensaje. Le contaría todo más tarde. Dora ya estaba trabajando, acompañada por dos chicas que habían venido con ella para ayudarnos.

—Empezaremos por la planta baja. Lo que se pueda tirar, regalar, reciclar o vender, dime, Anya, así hacemos más rápido. Por ejemplo, ¿las cortinas?

—¿Las cortinas?

Las miré con tristeza; no había reparado antes. Ya no eran más cortinas, sino trapos que colgaban. Otra vez me invadió la nostalgia. Parecían retazos viejos castigados por el tiempo, como todo lo demás. Recordé el día en que mi madre las compró. Todavía podía ver su mirada orgullosa mientras nos las mostraba. El tiempo no había respetado mis recuerdos, mi casa. Las quise quitar. Por un momento, pensé en quedarme con un pedazo de ellas, como guardando un trozo de mi infancia, pero en su lugar, dije:

—Puedes tirar las cortinas, Dora. Todas. Cerraremos las ventanas con las persianas, si aún funcionan, o con las puertas de madera hasta comprar otras nuevas. Mejor así, deshacerme de ellas.

Continuaba ensimismada en mis pensamientos cuando, otra vez, el sonido de un coche en la distancia me distrajo. Me asomé a la ventana. Se acercaba un Land Rover verde envuelto en una nube de polvo. Cuando se detuvo y el polvo se asentó, vi salir de su interior a un joven apuesto de cabello castaño. Deduje que sería Bastian, el arquitecto; me quedé mirando el camino como petrificada. Esperaba a un señor mayor. Me sentí desarreglada, como que no estaba preparada para la visita. Lo observé acercarse a la casa, sin moverme, hasta que estuvo en la puerta y, sonriente, se presentó:

—Soy Bastian Dupont, el arquitecto. —Antes de que pudiera responder, siguió—: Perdón, que he llegado unos minutos tarde. Vengo desde Buenos Aires.

Le extendí la mano y me presenté. Me devolvió el saludo y dijo:

—Qué linda casa. Gracias por proponerme el trabajo.

—De nada. Es tan grande, tan abandonada que no sé por dónde comenzar —dije.

Me tranquilizó. Dijo que lo más importante eran las ganas de empezar, de reformarla; todo lo demás se iba a ir dando. Pensé que Bastian no tenía idea de «todo lo demás», pero me resultó optimista. Minutos más tarde, recorríamos la mansión. Bastian observaba con curiosidad cada detalle, cada moldura, la construcción. Creo que le pareció bonita. Para mí era bonita: la más linda de todas.

—Esta casa debe de haber sido construida alrededor de 1850 con materiales excelentes. Estilo inglés con toques de la típica estancia argentina. Conozco este tipo de construcción. Se podría hacer mucho —dijo.

—En realidad, cuando mi padre la compró ya estaba construida y la capilla, los establos, también. Pero él la renovó. Recuerdo que siempre había gente trabajando —dije.

—Creo que después de tantos años sin usar habrá que cambiar algunos caños de agua, de gas y remplazar casi todas las conexiones eléctricas.

—Agua hay solo en la planta de abajo, el gas por ahora no funciona y la electricidad solo en algunos sectores de la casa.

Bastian se quedó pensando un rato y luego dijo:

—¿Tú vas a vivir aquí mientras duren las obras?

—Quisiera, pero veré si se puede. Podemos cocinar en el horno a leña y en el eléctrico.

—¿La electricidad funciona bien?

—Hemos pagado el mantenimiento durante todos estos años. No sé si bien, pero funciona en algunos sitios. De todas formas, habrá que renovar todos los cables.

—Hay que chequear todo. Mañana puedo venir con los técnicos Y en base a su opinión, te paso un presupuesto —dijo y me miró con sus ojos negros llenos de pestañas.

—Perfecto. ¿Cuánto tiempo llevaría todo?

—Para dejarla como nueva, bastante, como seis meses. Depende si quieres tirar muros para cambiar la estructura o no. Pero podemos trabajar por zonas así puedes vivir aquí en la parte que no estamos reformando.

—No te preocupes por eso; nos vamos arreglando. Puedo ir unos días a la posada, si es necesario —dije.

Bastian parecía motivado con el proyecto. Pensé que estaba acostumbrado a hacer este tipo de reformas integrales porque mencionó un par de casos parecidos en los que había trabajado.

—Vamos a tomarle muchas fotos antes de empezar. Nadie va a creer «el antes y el después» —dijo.

—Muy bien. Espero tu correo —dije entusiasmada.

No supe qué más decir. Guardé silencio. Él, creo que incómodo, lo rompió:

—Hasta pronto. Te escribo.

Mis ojos quedaron clavados en él hasta que desapareció por la puerta de entrada.

—Interesante... el proyecto, digo —aclaró Dora.

Me sentía confundida.

—¿Te parece que hablo bien español? —fue lo único que le pude preguntar.

—Sí, muy bien. No sé por qué me haces esa pregunta. Tu madre siempre se preguntaba lo mismo hasta que decidió tomar clases de español en la escuela local. La misma a la que ibas tú y en la cual, poco después, ella misma fue la profesora de Inglés de varios niños.

—Sí, me acuerdo. ¿Me podrías contactar con alguien que me ayude a mejorar mi español, por favor?

—Con el Sr. Pérez, el mismo que le enseñó a su madre. Aún da clases en la escuela. Puedes ir a visitarlo. Se va a alegrar de verte —dijo Dora.

—Podría ir pronto, a la escuela —dije.

—Claro, te acompaño mañana.

—No hace falta, puedo ir sola. Gracias. Ahora comamos algo de lo que hemos traído. ¡Estoy muerta de hambre!

Deseaba hablar con mi madre desde el día anterior. Estaba en constante contacto con ella por WhatsApp o e-mail, pero a veces no podíamos hablar por la diferencia horaria y las obligaciones laborales.

Serían alrededor de las dos de la tarde en Windsor. Mamá debería de estar en el descanso entre las clases de la mañana y las de la tarde. Tenía tantas cosas que contarle, que preguntarle. Su voz sonaba temblorosa. Presumí que ella estaba contenta de que yo estuviese aquí, pero, al mismo tiempo, ansiosa por saberlo todo. Era entendible; yo también lo estaría.

Mi viaje era como abrir un baúl lleno de recuerdos ¿secretos? Revivir el pasado. Era complicado hablar con ella del tema.

—La casa está igual, ma. Bueno, casi igual. Dora y Martina me ayudan mucho. —Como se mantenía en silencio, continué con mi monólogo—. He vendido los candelabros de plata, esos grandes, los tres, y también las dos arañas que estaban en la recepción. Espero que te parezca bien. Te he enviado las fotos, pero no me contestaste nada; entonces, asumí que estabas de acuerdo. —Sabía que le daba lo mismo; ella estaba pensando en otra cosa. Me lo confirmó al hablar por fin.

—Está bien que vendas o regales cosas que no son necesarias para agilizar la limpieza. Pero no te preocupes por el dinero; yo te puedo mandar. Además, si luego vendemos la casa y los campos, recuperaríamos todo e incluso tendríamos ganancias. Sé que tienen un gran valor comercial por la ubicación, son muy fértiles.Como te mencioné algunas veces, tu padre decía que había un tesoro escondido para ti, que tú lo encontrarías. No sé si será cierto; de todas maneras, podemos vender parte de las tierras.

—El tesoro, si está, es para las dos, ma.

—No, Anya. Si está, si existe, es solo tuyo. James lo ha dejado solo para ti. Nosotros dos…Si tú crees que está, búscalo, pero si no los encuentras, no importa; podemos vender los campos y vivir cómodas por el resto de nuestras vidas.

No quise hablar más del tema.

—¿Qué están haciendo los alumnos? —le pregunté.

—Hoy vamos a hablar brevemente de Constable y Turner, y les voy a mostrar las pinturas más conocidas, así pueden elegir una y comenzar a pintarla. Además, les presenté a Nike y todos estuvieron de acuerdo en que se podía quedar con nosotros en el taller.

—¿Van a ir a Londres?

—Sí, claro. Voy a organizar para ir al Tate Britain. Después, a cenar en la ciudad.

—¿Alex va a ir con ustedes?

Hizo un silencio que mucho no me extrañó porque no era muy propensa a hablar de su futuro esposo.

—Pensé en decirle a Alex que nos acompañase, pero no quise mezclar a mi pareja con mi trabajo.

No le pregunté por qué. Mi madre siempre parecía sentirse culpable por todo. A veces, pensaba que era porque si bien no me había mentido nunca, a veces no me contaba toda la verdad de los hechos. ¿Habría cosas que yo no sabía? Tal vez eso no estaba mal; yo no tenía por qué saberlo todo de su vida. ¿Dónde estaba el límite entre la honestidad y el resguardo de su intimidad? ¿Para qué darme detalles que me podrían lastimar si eran irrelevantes, pasados?

—No te conté: el otro día vi en mi habitación un sol igual que el que tienes en Windsor. Ese que es como una escultura chata, circular, tallada en una piedra con brillo o un material similar. De unos veinticinco cm de diámetro.

—¿En serio? Eran muy importantes para James. Creo que hay cinco en total. Él siempre hablaba de cinco.

—¿Cinco? ¿Dónde están? ¿Quién los puso?

—Cosas de tu padre. Él los hizo. Son soles. No recuerdo dónde están los cinco. Bueno, al menos ya sabes dónde hay dos de ellos. Ahora, Anya, me tengo que ir; me están esperando. Hablamos.

—Espera, ma. ¿Cómo esta Nike? Este lugar le encantaría; debí haberla traído conmigo.

—Está bien, pero te extraña. Te anda buscando por la casa y se sienta a esperarte en la puerta de entrada o pasa horas en tu habitación.

—Mándame fotos de ella. Hablamos pronto.

El resto del día me dediqué a limpiar, a organizar la casa y, sobre todo, a pensar en la reforma.

Me desperté temprano. A esa hora era la única persona que desayunaba. El silencio y la paz que experimenté me ayudaron a pensar, a analizar los hechos recientes.

¿Por qué dudaba mi madre de la existencia de un tesoro? ¿Por qué papá me lo dejaba solo a mí? No era dinero; habría perdido el valor con los años. Hubiera querido quedarme en la posada un rato más, pero había planeado ir a la escuela. No tenía que ir a la vieja escuela a aprender español. Podría llamar a un profesor para que viniese a casa, pero quería ir.

Deseaba estar lo más cerca posible de la gente, andar por las calles que mis padres habían andado, reconstruir la vida de aquella época. Deseaba ser parte del lugar.

Frente a la escuela, me quedé sentada en el coche, observando. Estaba rodeada de álamos y algunos pinos. Era rural, sencilla. El contraste con el costoso y estricto colegio inglés al que yo había ido era inmenso. A mí me gustaban los dos. Ambos, así tal cual eran, tan diferentes, tan lejanos uno del otro, pero también tan unidos entre sí, unidos en mí, en mi destino, en mi vida.

Todos los niños que estaban en el recreo llevaban un delantal blanco y recordé que aquí, en los colegios públicos, no usan un uniforme, sino este delantal. Tan ensimismada estaba en mis pensamientos que no me di cuenta de que el señor Pérez, el profe de español, estaba parado en el patio. Lo recordaba vagamente. Me acerqué a paso lento. Al verme, vino hacia mí; no parecía sorprendido de mi presencia. Dora le habría comentado que yo iría. Me dio la bienvenida y creo que se emocionó.

—¡Cómo te pareces a tu madre, Anya!

En realidad, teníamos un lejano parecido. Ella tenía el cabello más oscuro y corto, lo llevaba por los hombros, castaño, y era un poco más alta que yo. De estructura delgada. En esto último sí coincidíamos. Hablamos cosas de poca importancia hasta que el sugirió:

—Te podría enseñar una vez por semana acá mismo, en la oficina. Aunque, por lo que oigo, hablas muy bien español.

—Gracias, no tan bien. Me encantaría tomar clases de forma regular.

—Perfecto, vamos acomodando los horarios según tus actividades y las mías.

—Es mejor así que tener un horario fijo. No tengo mucha idea de lo que voy a hacer estos días —dije.

Asintió y me llevó a recorrer el cole. Era pequeño, solo hasta niños de once años. Me conmovió pensar que mi madre había estado aquí mismo muchas veces estudiando español, pero también dando clases de inglés a los chicos.

Ya cerca del mediodía, me despedí del profesor y de algunos niños que se habían acercado, y me dirigí a la casa.

En el camino, me detuve a comprar algo de comer y de beber para mí, Dora y las chicas que estaban trabajando en la casa. Al entrar, me sorprendí: todo parecía más ordenado. La vida iba pareciendo más clara.

—He hecho instalar una garrafa de gas. Hoy temprano vino el técnico. Es solo provisorio para tener gas en la cocina y calentar agua en la planta inferior, hasta que arreglen todos los caños —dijo Dora.

Le agradecí y, con mi almuerzo, salí al porche, a la galería externa. El mismo porche de antes, pero invadido por las plantas. El jardinero había trabajado bastante, pero faltaba mucho por hacer. Me acomodé en la hamaca; necesitaba estar sola. Era la misma hamaca en la cual me pasaba horas de pequeña leyendo, sobre todo cuando llovía.

Abrí mi correo. No había ninguno de Bastian. Me pareció extraño. ¿Le habría caído mal? Tal vez no me entendía cuando hablaba en español. Justo en ese instante, me llamó. Decidí hablarle en inglés; me resultaba más fácil cuando estaba nerviosa.

—Soy Bastian —dijo.

Ya sabía quién era; le conocí la voz. Me gustó cómo hablaba inglés con acento local. Me pareció que él también estaba nervioso; sería por el cambio de idioma. Habló sobre su idea general de la reforma, los materiales que usaría. Pero no entró en detalles. Lo hablaríamos personalmente. De todas maneras, me acababa de enviar el e-mail con un presupuesto.

—El presupuesto es solo en líneas muy generales; habría que ver los materiales. Además, al comenzar las obras uno se encuentra con sorpresas —dijo.

—Me imagino.

—Si te parece, mañana voy a tu casa con el fontanero, el electricista y el gasista así decidimos qué hacer.

—Perfecto. ¿A qué hora?

—¿Sobre las nueve te queda bien? Vamos a estar varias horas: la casa es grande.

—Los espero.

Al cortar, sentí alegría y tranquilidad. Pero no me detuve demasiado a pensar por qué. Sería porque el proyecto ya estaba en marcha. Tomé un té mientras hacía una lista con las cosas para hacer. Estaba aún sentada en el porche, en la hamaca, cuando alcé la mirada y vi que en el techo había grabado un sol igual al de mi habitación y al que tenía mi madre en Windsor. Tenía un rostro con una expresión apacible, rodeado de rallos que emanaban de él. Por la distancia, era difícil precisar el tamaño, pero calculé que sería similar a los otros, de poco más de veinticinco cm de diámetro.

Me estremecí. ¿Estos soles serían meramente decorativos o tendrían algún significado? Mi madre había dicho que papá había colocado o hecho grabar cinco. Ya había localizado tres y los otros dos, ¿dónde estarían?

Estaba inquieta. Algo me decía que estos soles significaban algo importante. No supe qué hacer. No me podía quedar sentada; entonces, decidí recorrer la casa otra vez. Esta vez comenzaría por la planta alta. Me temblaban las piernas, me sentía vulnerable. En varias ocasiones yo había soñado con esta casa, la había imaginado tantas veces que creía que tenía un aire especial, místico. Mágico.

Antes de subir, pasé por el despacho de mi padre. Entraría más adelante. Aún no me sentía preparada. Quería observar el aspecto real de la vivienda. En mi camino hacia la planta superior, noté que la decoloración ocasionada por el tiempo era grande; esto le daba un aire sombrío, pero en realidad, no tenía un gran deterioro. Este color sería debido a los hongos que se habían formado sobre las paredes, pero no había roturas en la mampostería. Era una contradicción tanto abandono por un lado y la entereza de las partes por otro.

Todo lo que me rodeaba me resultaba familiar: los cuadros en las paredes, los tapices en las escaleras. Sentí una oleada de angustia en el estómago, aquella opresión que ya conocía. El dolor de la pérdida que me invadía, ocupando todos los rincones de mi ser. Y luego, la impotencia, la ira. En ese momento, el pasado y el presente se unían. Mi padre estaba presente; yo lo podía sentir.

Respiré hondo y me calmé al escuchar que una de las chicas estaba arriba, trabajando; no estaría sola.