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Una serie de relatos que ahondan en las profundidades de la mente. Ese inquietante viaje a través de los horrores que muchas veces nos guardamos, convirtiéndonos en protagonistas de una pesadilla relacionada con la fragilidad. Una oscura sinfonía de trastornos, acaso una grieta por donde ingresarán tus propios miedos. Prepárate para ser transportado a una frontera donde el horror y la cordura se desdibujan, haciendo resonar ese algo incómodo que reside en tu interior. Un laberinto, una cicatriz que se niega a cerrar para mantenerte con vida. Esa herida que surge de la eterna fractura del alma.
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Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© La herida en el espejo
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Septiembre 2024
© Alison León
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Camilo Palma
Corrección de textos: Gonzalo León
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-13-1
ISBN digital: 978-956-6386-42-1
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Cada relato es un espejo reflejando las facetas más siniestras de nuestras almas, recordándonos que el verdadero horror a menudo surge de lo más cercano, de lo que conocemos, pero tememos enfrentar. Adéntrate en los temores más profundos de la mente humana, enfrenta los fantasmas que acechan en las sombras y descubre que, en última instancia, el mal reside en nosotros mismos.
En esta colección, no esperes un final feliz, pues en el reino del miedo, las resoluciones felices son tan ilusorias como las sombras que se desvanecen con la luz del día. Sin embargo, aunque estas historias pueden despertar tus peores pesadillas, también te desafiarán a mirar de frente tus propios demonios internos.
Así que atrévete a adentrarte en El Espejo del Miedo: Antologías de Horrores Internos, una experiencia literaria que te hará temblar y reflexionar sobre las oscuras verdades que todos llevamos en nuestro interior. Prepárate para confrontar tus propios terrores más profundos, porque una vez que cruces el umbral, no habrá vuelta atrás.
Estaba en mi casa, solo, una noche, trabajando en mi computadora, cuando escuché un ruido en la cocina. Me levanté para investigar, pero no vi nada. Pensé que era mi imaginación, así que volví a mi computadora. Unos minutos después escuché el ruido de nuevo. Esta vez era más fuerte. Me levanté de nuevo y fui a la cocina. La puerta estaba abierta, y pude ver una figura en la oscuridad. Me acerqué para ver mejor y me sorprendí al ver una mujer. Estaba vestida de blanco, y su cabello era largo y negro. Tenía los ojos cerrados y parecía estar dormida.
Me acerqué otro poco más y pude ver que tenía una herida en el pecho. La sangre estaba goteando por su vestido. Me asusté y me di vuelta para correr. Pero cuando estaba a punto de salir de la cocina, la mujer abrió los ojos. Sus ojos eran negros y estaban llenos de odio. Entonces me miró fijamente, y sentí que el miedo me paralizaba.
La mujer se levantó y empezó a caminar hacia mí. Intenté correr, pero no podía moverme. Estaba congelado de miedo. La mujer llegó a mí y puso sus manos en mis hombros, me miró a los ojos y me dijo “tú me mataste”. Estaba sudando y temblando. No sabía si había sido un sueño o no. Pero sabía que nunca olvidaría la cara de esa mujer.
Al día siguiente fui a la policía. Le conté lo que había visto, pero no me creyeron. Dijeron que había tenido una pesadilla. Sin embargo, yo sabía que no era una pesadilla, había visto a la mujer, y sabía que ella era real. No sé quién ni por qué me dijo que la había matado. Pero sé que no puedo olvidarla. La sigo viendo en mis sueños y siempre me dice los mismo: “tú me mataste”. No sé qué significa eso, pero sé que no es algo bueno.
Estoy asustado, pero sé qué hacer.
Encontré notas extrañas esparcidas por toda mi casa. Mensajes inquietantes escritos a mano, como “te estoy observando” o “no puedes escapar”. El miedo se apoderó de mí, pero cuando intenté contarles a mis amigos y familiares, nadie me tomó en serio. Todos pensaron que estaba paranoico y que todo eran meras coincidencias.
Sin embargo, yo sabía en lo más profundo de mi ser que algo no estaba bien. Sentía esa presencia a mi alrededor, y estaba convencido de que alguien me estaba acechando. La ansiedad me consumía día tras día, y esa figura vestida de negro con un sombrero, que vi en mi habitación aquella noche, no hacía más que confirmar mis temores.
Intenté buscar ayuda, pero nadie parecía dispuesto a creerme. La soledad de enfrentar esta situación aterradora me hacía cuestionar mi propia cordura. Pero no podía rendirme; tenía que encontrar una manera de protegerme.
El acoso del observador se intensificó con el tiempo. Me seguía a todas partes, acechándome en las sombras y dejando mensajes perturbadores en los espejos y ventanas. Sentía su mirada incluso en los momentos más íntimos, como cuando dormía o me bañaba. Su presencia era siniestra y omnipresente.
Una noche, mientras le comentaba a alguien sobre mi tormento, sentí esa incómoda sensación de que el observador estaba cerca, escuchando cada palabra que salía de mi boca. Inmediatamente me invadió el pánico, y mis palabras se entrecortaron. “¿Estás bien?”, preguntó la persona que me hacía compañía.
No podía responder. Sentía que el observador estaba allí, esperándonos a ambos, alimentándose de mi miedo y vulnerabilidad. Mi corazón latía con fuerza y mi mente se nublaba de paranoia.
Desde entonces he vivido con esta carga aplastante.
A veces, incluso me atrevo a pensar que tal vez no sea una entidad humana, sino algo sobrenatural, algo mucho más oscuro y aterrador.
A medida que el tiempo pasa, me doy cuenta de que debo encontrar respuestas y enfrentar a este ser, sea lo que sea. No puedo seguir viviendo con esta constante sensación de peligro y miedo. Sea una amenaza real o solo el resultado de una mente perturbada, debo liberarme de esta oscuridad que me persigue.
Si estás leyendo esto, ten cuidado. El observador podría estar más cerca de lo que te imaginas. No sé si lograré deshacerme de él, pero al menos, ahora, mi historia está documentada. Y si algo me sucede, si llego a desaparecer o si esta pesadilla me consume por completo, al menos alguien sabrá la verdad detrás de mi tormento.
Una noche, mientras trabajaba en mi laboratorio, me quedé dormido y tuve una pesadilla aterradora. En ese sueño, me encontraba rodeado de robots con sus ojos fríos y sin vida, y sabía que estaban a punto de atacarme. Desperté sudando y con el corazón latiendo con fuerza. No pude sacudirme esa pesadilla de mi mente y, poco a poco, el miedo comenzó a arraigarse en mi trabajo.
A medida que los días pasaban, mi ansiedad aumentaba. Cada vez me preocupaba más que los robots pudieran desprogramarse y atacarme. Durante mis jornadas laborales, no podía evitar mirarlos con sospecha, temiendo que algo terrible pudiera ocurrir en cualquier momento.
La tensión se hizo insostenible, y finalmente tomé la decisión de dejar mi trabajo y empezar de cero en un nuevo lugar. Me mudé entonces a una pequeña casa en las afueras de la ciudad, lejos de la tecnología que tanto me atemorizaba. Pensé que estar alejado de los robots y de la Inteligencia Artificial me haría sentir más seguro.
Al principio todo parecía ir bien. Hice amistades con mis vecinos y me sentí cómodo en mi nuevo hogar. Pero entonces empezaron a ocurrir cosas extrañas. Mi tostadora se encendía sola sin estar enchufada, el televisor se prendía y apagaba sin intervención, y mis luces titilaban erráticamente. El terror se apoderó de mí, cuando descubrí mi armario abierto con mi ropa esparcida por el suelo. Llamé a la policía, pero no pudieron encontrar nada fuera de lo normal. A medida que los fenómenos anormales continuaron, sentí que los objetos de mi casa me acechaban.
Una noche, mientras veía la televisión, una voz siniestra resonó desde mi teléfono celular, pronunciando palabras hostiles. Me quedé paralizado de miedo, incapaz de moverme o hablar. “No puedes escapar de nosotros”, dijo la voz.
Desesperado y sin nadie más a quien acudir, llamé a mi antiguo jefe y le pedí que me volviera a contratar. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para salir de esa casa aterradora. Mi jefe aceptó mi solicitud y me ofreció un departamento en la ciudad. Sin embargo, el temor a la tecnología persistía; era imposible vivir sin ella en el mundo moderno.
Ahora me encuentro en este nuevo departamento, tratando de retomar mi vida normalmente. No sé si es mi imaginación o si hay algo oscuro y siniestro en la tecnología que amenaza con destruirme. No puedo escapar de esta sensación constante de que algo está observando, esperando a atacar.
Una noche me encontraba solo en casa cuando escuché una voz que me llevó a la cocina. En la ventana había una figura de ojos rojos y una sonrisa malvada mirándome. Sabía que era una de mis personalidades, pero desconocía qué tenía planeado. Me acerqué a la figura y comenzó a gritar, así que corrí hacia la puerta, pero estaba cerrada. La figura empezó a perseguirme por la casa. Estaba en problemas.
Busqué una salida, pero la figura me perseguía. Finalmente, llegué a mi habitación y me encerré. La figura golpeó la puerta, pero yo tenía miedo de abrir. No sabía qué hacer; estaba atrapado en mi habitación con una de mis personalidades peligrosas, sin saber si iba a matarme a mí, u obligarme a matar a otros.
Me senté en la cama y cerré los ojos, respirando profundamente para tratar de calmarme. Sabía que tenía que pensar en algo, pero en realidad no sabía en qué. De repente, escuché un sonido. La figura estaba parada en la puerta, me miró y sonrió: No tienes a dónde ir, dijo con una voz demoníaca, vamos a asesinar juntos. Entonces cerré los ojos, entregándome para que la figura me poseyera. Pero luego, escuché otra voz más. ¡No!, gritó la voz, ¡No lo hagas!
Abrí los ojos y vi a una de mis personalidades parada frente a mí. Esta personalidad era amable y cariñosa, protegiéndome de la agresiva figura. No permitiré que lo hagas, no otra vez, dijo la personalidad amable, y volví a la realidad. Siempre pasaba de un psiquiatra a otro, me medicaba y todo estaba bien por un tiempo, pero luego todo volvía con más fuerza. Intentaba llevar una vida normal, como todos, tomando el transporte público y trabajando. Sin embargo, mis personalidades emergían cuando me encontraba solo, dominándome, y no podría decir cuántas eran.
La personalidad agresiva miró a la personalidad amable y luego se dio la vuelta y salió. La personalidad amable se volvió hacia mí y me sonrió. Estás a salvo, dijo, no te va a lastimar. Me sentí aliviado, estaba a salvo, pero otra personalidad presenció aquella pelea y nos miró a ambos diciendo: A salvo por ahora...
No sé quién soy. Lo único bueno de todo es que, si un día te cruzas con lo peor de mí, en algún momento una de mis personalidades te pedirá perdón.
Un día me encontraba solo en mi departamento, cuando las obsesiones me invadieron de nuevo. Pensé en fantasmas, imaginando que podrían estar escondidos en cualquier parte, esperando asustarme. La ansiedad creció hasta tal punto que sentí la necesidad de huir de casa. Corrí a la calle sin rumbo fijo. No sabía hacia dónde me dirigía, pero estaba seguro de que no podía volver a casa.
Caminé durante horas y, con la caída del sol, el miedo se apoderó de mí. Temía perderme en la oscuridad y ser atacado por monstruos. Corrí sin detenerme hasta llegar a un parque, donde me senté en un banco y me eché a llorar. Estaba agotado y aterrado. Sentía que iba a perder la razón.
De repente oí una voz que me hablaba. Levanté la vista y vi a un hombre mayor parado frente a mí. Tenía el cabello y la barba blancos, vestía una bata negra y un sombrero de copa.
“¿Qué pasa?”, preguntó el hombre.
Estoy asustado, respondí.
“¿De qué estás asustado?”, inquirió él.
De los fantasmas, dije con incredulidad, secándome las lágrimas.
El hombre sonrió y me dijo: “No hay que tener miedo a los fantasmas”.
No entiendo, respondí, yo los he visto.
“Lo que has visto son tus propios miedos”, explicó el hombre. “Los miedos son parte de nosotros, pero son solo una ilusión, no son reales”.
Quedé en silencio.
“Tienes que dejar de tener miedo”, continuó el hombre, mirándome a los ojos. Respiré profundamente y le prometí que lo iba a intentar. El hombre entonces sonrió satisfecho y me alentó a volver a casa y a descansar bien. Me levanté y me fui caminando despacio hacia mi departamento. Esa noche me acosté en la cama y, para mi sorpresa, no tuve pesadillas.
Al día siguiente, me desperté sintiéndome mejor. Aún tenía miedo, pero no tanto como antes. Reflexioné sobre las palabras del hombre y me di cuenta de que tenía razón: los miedos son solo una ilusión, no son reales.
Sin embargo, esa noche volví a sumirme en mis pensamientos. Estaba en la casa de mi infancia, completamente solo, y oía ruidos extraños desde afuera. Los sonidos eran inquietantes y nunca los había escuchado antes. Me levanté y fui a la ventana para tratar de identificarlos, pero eso sólo aumentó mi ansiedad.
Regresé a la cama, pero no podía dormir, los ruidos persistían. Finalmente, me levanté, tomé un cuchillo de la cocina y me dirigí hacia el pasillo hasta llegar a la puerta de la bodega, que estaba cerrada. Los ruidos continuaron con mayor intensidad, lo que me asustó aún más. Levanté el cuchillo y golpeé la puerta. Para mi horror, la puerta se abrió, y lo que vi dentro fue más aterrador de lo que jamás hubiera imaginado.
Era el hombre mayor, pero en esta ocasión estaba comiéndose mi propio cuerpo.
Un día, mientras estaba en casa solo viendo la televisión, escuché un extraño ruido proveniente de la cocina. Intrigado y nervioso, me levanté para investigar. Al entrar, me encontré con un ratón corriendo por la encimera. La vista del pequeño roedor me hizo dar un grito desgarrador, y reaccioné con pánico, corriendo en dirección opuesta, mientras el ratón se desvanecía por una grieta en la pared.
Estaba asustado, no podía respirar. Me encerré en el baño y llamé a mi esposa, quien acudió rápidamente a casa y logró atrapar al ratón. Aunque el problema se resolvió, mi miedo persistía.
Esa noche no pude conciliar el sueño. Mi mente se llenaba de pensamientos sobre el ratón e imaginaba que había muchos más escondidos en diversos rincones de la casa, esperando para atacarme. Al día siguiente decidí contratar a un exterminador para que revisara minuciosamente toda la casa.
El exterminador no encontró indicios de más ratones, pero mi miedo no disminuyó. No podía creer que hubo un ratón en mi casa y me sentía indefenso ante la idea de encontrarme con otro. Pensé en mudarme, pero no era una solución viable. Me sentía atrapado en esta casa, junto con mi fobia a los ratones.
A medida que pasaban los días mi ansiedad aumentaba. Estaba alerta a cualquier ruido, y constantemente me preocupaba la posibilidad de encontrar otro ratón. Mi miedo afectaba mi vida diaria, limitando mi capacidad para disfrutar de mi hogar, mi tiempo libre e incluso a mi mujer.
Un día, al regresar del trabajo, me encontré con una devastadora escena: mi esposa estaba muerta. Había resbalado en el baño, pegándose en la nuca y quedando inconsciente. Pero eso no era lo peor, había sido mordida y devorada por ratones. Desesperado, llamé a la policía, pero no pudieron hacer nada. Me explicaron que los ratones, por alguna razón desconocida, se habían vuelto carnívoros y que los hechos que habían ocurrido habían sido un accidente lamentable. La pérdida de mi esposa aumentó mi temor hacia estos animales.
Después de ese día no regresé jamás, tomé mis cosas y arrendé un nuevo lugar. Pero todas las noches escucho a sus chillidos, así que vivo escapando de casa en casa. Siento que me están persiguiendo y al próximo que van a devorar será a mí. Todos me creen loco, pero la posibilidad de que un ratón ataque es de un 1%, aunque nunca 0.
Después de un rato, comencé a calmarme. Intenté pensar con claridad. Tenía que encontrar una manera de escapar. Probé mover los brazos y las piernas. Procuré romper las cuerdas. Busqué todo lo que tenía a mano, a pesar de que no podía escapar. Empecé a perder la esperanza. Me encontraba sin aire y me sentía mareado. Sabía que no iba a durar mucho más. De repente, escuché un ruido. Era un sonido de tierra que se movía. Imaginé entonces que alguien podía estar cavando. Grité y grité. Pero el ruido de la excavación se estaba haciendo más fuerte.
Por fin alguien llegó a mi ataúd y lo levantó. Me sacaron de la tierra y me llevaron a la luz. Todavía estaba atado y amordazado. Me habían salvado. No sabía quién me había salvado o cómo me habían encontrado, pero estaba agradecido. Me llevaron a un hospital y me trataron mis heridas. Me dieron de alta al día siguiente y volví a casa.
Estaba traumatizado por la experiencia, pero feliz de estar vivo. Sin embargo, el alivio de haber sido rescatado se desvaneció rápidamente. Desde aquel fatídico suceso cada vez
