La hija del detective - Nadia Orenes Ruiz - E-Book

La hija del detective E-Book

Nadia Orenes Ruiz

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Beschreibung

Fregar suelos en una comisaría de la Policía Metropolitana no es precisamente lo que Elisabet soñaba de niña en el orfanato, pero como mujer pobre, sin familia y sin recursos, las alternativas que le ofrece el Londres victoriano no son muy alentadoras. Sin embargo, aprovechando que nadie le presta demasiada atención, y gracias a su ingenio, ha ideado multitud de tácticas para desarrollar su mayor pasión: las ciencias forenses. Un día, al llegar a su modesto apartamento, encuentra la oportunidad para convertir sus sueños en realidad en un misterioso paquete que la involucra en la investigación del asesinato de un teniente de la Marina Británica.  Con la ayuda de los amigos que conocerá por el camino, Elisabet deberá reunir el coraje necesario para reconciliarse con su pasado y enfrentarse a un asesino obsesionado con la venganza.

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Seitenzahl: 297

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Contenido

Parte I: Una melodía del pasado

Parte II: Rumbo a la verdad

Parte III: La hija del detective

Agradecimientos

Página de créditos

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Título original: La hija del detective

© 2025 Nadia Orenes Ruiz

Corrección: Rosa Sanmartín

Diseño de cubierta: Eva Olaya

1.ª edición: octubre 2025

Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:

© 2025: Ediciones Versátil S. L.

Calle Muntaner, 423, piso 2

08021 Barcelona

www.ed-versatil.com

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.

A mamá, a papá, a Josh, a Alberto.

Abril de 1887. Distrito de Bloomsbury, Londres

Rowan Linford levantó la maqueta de la goleta frente a sus ojos y la giró a un lado y a otro, examinando los detalles con esmero. Estaba lista para una buena capa de barniz. La dejó sobre el mostrador con cuidado y sonrió, orgulloso por haber capturado aunque fuera un ápice de la elegancia y la presteza de las embarcaciones de vela ligeras.

El cielo soltó un gruñido largo y contenido como el de una fiera advirtiendo de su inminente ataque. Linford levantó la mirada hacia los escaparates de la tienda. La lluvia caía a raudales en el exterior. Empapó el pincel en el barniz y comenzó a aplicarlo por la quilla del barco a toquecitos. Conforme se avivaba el color pálido de la madera, cobraron forma en su memoria los recuerdos de sus travesías. De los horizontes de mares desconocidos, de las guerras contra los piratas del Índico, de las victorias, de las derrotas, de las noches en vela en el Mar de Vizcaya, donde los vientos eran caprichosos y uno nunca sabía qué tormenta podría hacerlo naufragar; qué tormenta podría ser la última. Ajustó las diminutas velas en los mástiles con precisión. Rumbo al sur. Hacia el mar del Caribe, donde arrecia, donde se hallan la riqueza y la gloria.

Echó un vistazo a su alrededor, preguntándose dónde debería colocar la maqueta cuando estuviera acabada. Sobre las estanterías y en los rincones se amontonaban cofres, libros, cuadros, instrumentos de navegación, máscaras indígenas y globos terráqueos. Un compendio de objetos que había reunido en sus viajes a lo largo y ancho de los océanos, cuando el ansia de aventuras había sido su brújula.

Por supuesto, hacía ya mucho tiempo de aquello. Ahora la única ambición de Linford era entregarse a una vida de calma y recogimiento. Por eso había abierto aquel anticuario, donde podía rodearse de su colección de antiguallas sin la amenaza de ningún contratiempo. Cada noche, al cerrar la tienda, se acomodaba tras el mostrador a la luz de una lámpara de gas, y se dedicaba a restaurar nuevas adquisiciones o a montar y pintar sus propias maquetas. Como aquella pequeña goleta que había modelado similar a las que, en los buenos tiempos, a él le gustaba nave­gar: mástiles robustos, casco esbelto y constitución grácil; tan grácil que parecía que pudiera surcar el viento.

Dio unos toques de barniz sobre la madera y admiró su creación una última vez.

Toc, toc, toc.

Linford levantó la mirada hacia la puerta. Entrecerró los ojos tratando de vislumbrar algo a través de los escaparates, pero la calle estaba demasiado oscura. Tampoco se oía nada aparte del ruido amortiguado de la lluvia.

Se dirigió despacio hacia la puerta y encendió una lámpara de gas colgada de la pared. Sacó las llaves del bolsillo de su chaleco e introdujo una en la cerradura. Se quedó inmóvil un momento. La sombra de una duda, breve y remota, atravesó su mente, demasiado imprecisa para prestarle atención.

Abrió la puerta.

—Buenas noches, teniente Linford. Ha pasado una eternidad.

—Isadore Grey. Sabía que tarde o temprano aparecería por aquí.

Rowan Linford escudriñó el rostro del hombre que tenía frente a sí. Recordaba los párpados caídos, la nariz ancha, el rostro amplio y de barbilla angulosa. Pero había algo más... algo que no había visto antes y que no era capaz de discernir.

—Me quedaría toda la noche tomando el fresco, pero el tiempo no acompaña —dijo Isadore Grey, interrumpiendo sus pensamientos, y señaló el cielo con la mirada—. ¿Le importaría?

La lluvia repiqueteaba con intensidad sobre su chistera, y había convertido la capa Inverness que cubría su cuerpo en una envoltura flácida y pesada. A pesar de su postura encogida, se notaba que era un hombre de gran corpulencia.

—Oh, disculpe —dijo Linford, como despertando de un sueño.

—Gracias. —Isadore hizo una ligera reverencia, y ambos accedieron al interior del anticuario.

Rowan cerró la puerta. El fragor de la tormenta se convirtió de nuevo en un estrépito lejano.

Isadore se quitó la chistera y la volteó en el aire como si vaciara un vaso, de modo que el agua acumulada en la visera se derramó sobre el suelo. Linford hizo una mueca de dolor al ver cómo se formaba un charco en las tablas de madera de roble.

—Esto está mucho mejor —continuó Isadore.

—Le traeré una toalla. —Linford forzó una sonrisa y desapareció en una pequeña trastienda que había al fondo de la habitación.

Isadore Grey se acercó despacio al mostrador, donde la luz de la lámpara iluminaba la maqueta del barco. Se echó la capa tras los hombros con un movimiento seco, dejando al descubierto los brazos. En la mano izquierda sostenía un bastón con el mango esculpido en forma de cabeza de águila. Se quitó unos guantes de piel y levantó la goleta para estudiarla. Al sentir la viscosidad del barniz en la piel, se frotó las yemas de los dedos con un gesto de repugnancia y la devolvió a la mesa tan solo un instante antes de que Linford apareciera de nuevo. Este se detuvo bajo el umbral de la puerta, escrutando el aire con recelo.

—De modo que esto es lo que ha estado haciendo todos estos años… —dijo Isadore.

—Podría decirse que sí. —Linford le tendió la toalla.

Isadore sofocó una carcajada y susurró algunas palabras para sí mismo mientras se pasaba la toalla por el rostro.

Linford dirigió la mirada hacia su pierna derecha. Había percibido un sutil cojeo en la manera de caminar del hombre, y al observar el pie que asomaba por el camal del pantalón, se dio cuenta de que era una prótesis.

—Me la regaló un tipo de Leeds —comentó Isadore—. Lo condenaron a muerte, así que a él ya no le hacía falta. Es admirable lo bien que las hacen hoy en día. —Pateó el suelo un par de veces y rompió a reír.

El otro se sobresaltó, asustado no tanto por el golpe como por el inquietante tono que había percibido en aquella risa. Estudió la expresión de Isadore y creyó ver pasar, en las profundidades de sus ojos, la sombra de un barco que navegaba errático. Entonces se preguntó si no habría cometido un error de cálculo. Había pensado que Isadore estaría feliz tras abandonar la prisión, que con los años se habría reformado y pacificado aquella naturaleza suya tan... ¿cómo decirlo? ¿Retorcida? Rowan Linford se dio cuenta de que sus pensamientos se dirigían hacia derroteros oscuros. Se rio de sí mismo. ¿Por qué se preocupaba tanto? Él no había hecho nada que Isadore pudiera reprocharle, después de todo.

Aunque pensándolo mejor... estaba aquel asunto...

¿Quizás debía explicarle las razones por las que había dejado de visitarlo en prisión? Asociarse con él después de la sentencia habría comprometido su posición en la Marina, más aún cuando acababan de ascenderlo. Y aquella última vez que lo visitó... Ese día ni siquiera había sido capaz de sostenerle la mirada. Al verlo de aquel modo, hacinado en la celda, Isadore le había inspirado tanta lástima como desprecio. Linford dio por supuesto que no viviría mucho tiempo. Y ahora que lo tenía de nuevo frente a él, sentía una punzada de culpabilidad. ¿Pero qué necesidad había de invocar fantasmas del pasado? Decidió que lo mejor sería no hacer referencia al tema. Además, tenía planeado algo que lo pondría en una buena posición a ojos de Isadore.

—Antes de que se me olvide, tengo algo para usted.

Se dirigió hacia la parte posterior del mostrador. En la pared había un pequeño mueble con cajones. Abrió un compartimento camuflado en un lateral, del que sacó un tubo de madera. Isadore frunció los labios y una llamita se encendió en sus ojos conforme los dedos de Linford abrían el tubo y extraían un pergamino.

—Pensé que le gustaría tener esto. —Lo dejó sobre el mostrador.

—Si me permite. —Isadore sacó unas gafas del bolsillo de su chaleco, se las puso y se colgó el bastón del antebrazo sin dejar de mirar a Linford. Luego desenrolló el pergamino con cuidado revelando un mapa en el que había algunas anotaciones.

—Lo confeccioné yo mismo a partir de las notas de Íñigo de Palos —le explicó Linford, orgulloso.

Isadore le dedicó una sobria sonrisa que aceptó como una invitación para continuar hablando.

—Estaba todo en su diario naval, el de la última travesía que organizó antes de que lo enviaran a prisión. Preparó el viaje con mucha discreción, pero al parecer, la Marina española tenía oídos en el puerto de Londres, y acabaron descubriendo cuándo y cómo se iba a hacer a la mar.

»Íñigo partió de Londres en una embarcación ligera y no tardó mucho en descubrir que lo estaban persiguiendo. Sabía que no tenía escapatoria, pero al menos guardaba suficiente ventaja como para esconder la cruz en cualquier isla del camino, con la esperanza de volver a por ella algún día. Además, confiaba en que si no la encontraban en su barco, quizás lo indultarían. Al final lo ejecutaron por alta traición, de modo que el tesoro se quedó allí.

»Por fortuna, dejó notas en su diario naval detallando la localización del escondite. Necesité un tiempo para corregir las coordenadas de acuerdo a las cartas del almirantazgo, y para asegurarme, también presté atención a sus descripciones de la isla. Decía que estaba prácticamente desierta, con acantilados muy bajos en oriente y toda cubierta de verde hasta la misma orilla de la playa.

Isadore tenía la mirada fija en el mapa. Sus ojos recorrían las líneas de las costas como si tratara de encontrar el lugar descrito por Linford.

—Descubrí que se trata de la Isla Maravilla, en el Canal de la Mancha, un trozo de tierra de poco más de una milla en un archipiélago al suroeste de Guernsey. Casi con toda seguridad sigue desierta. Íñigo de Palos escribió en su diario que había enterrado la cruz junto a un faro, pero es posible que esté en ruinas, igual que el muelle; si es que algún día hubo un muelle como tal. En cualquier caso, debería ser posible atracar una embarcación ligera a una distancia conveniente de la costa.

Hizo una pausa para comprobar el efecto que sus palabras habían causado en Isadore.

—Fascinante —murmuró este—. ¿Entonces el tesoro sigue allí?

—La Cruz de Caravaca sigue en paradero desconocido —Linford se encogió de hombros—, al menos, según los documentos oficiales. Diría que la posibilidad es real, o en todo caso, suficiente para justificar una pequeña expedición de reconocimiento. Estas notas —señaló con el dedo un punto en el mapa— indican las coordenadas y describen bien el entorno. Le deberían bastar para identificar el lugar.

Grey arqueó las cejas.

—¿Me deberían bastar?

Linford desvió la mirada hacia el escaparate. En la oscuridad del exterior se adivinaba la forma oscilante de la cortina de lluvia, que seguía precipitándose con insistencia.

—Yo ya he vivido suficientes aventuras, señor Grey —suspiró—. Ahora quiero dedicarme al estudio y a la apreciación del arte.

—Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. —Isadore se guardó las gafas en el bolsillo mientras estudiaba la expresión de Linford. Al cabo de un momento, una inmensa sonrisa se abrió en su rostro—. Pero teniente —continuó—, ¿no irá a decirme que tiene remordimientos por lo que hizo en sus viajes por las colonias? Los expolios y demás, ya sabe.

Linford abrió la boca, pero no supo qué decir. El tono acusador de Isadore lo cogió desprevenido. ¿Por qué intentaba provocarlo?

Visualizó su pistola, que guardaba tras el mostrador, y trató de recordar si el arma estaba cargada y lista para disparar. Luchó contra la fuerza irreprimible que atraía su mirada hacia el arma oculta.

—Oh, le pido disculpas —Isadore se llevó la mano al pecho con afectación—. ¿Dónde están mis modales? Supongo que uno no puede pasar una década encerrado en la cárcel sin que eso le afecte de un modo u otro. En realidad, no pretendía acusarlo de nada, era más bien una reflexión personal. Como podrá imaginar, estos últimos años he experimentado todo tipo de sentimientos y emociones, y la culpa ha sido uno de los más recurrentes. Al final, aprendí a discernir qué voces debía escuchar y cuáles no. Pero no quiero aburrirlo con divagaciones; ya le he robado suficiente tiempo. Entiendo que haya decidido tomar un camino diferente en la vida, y aunque he de reconocer que tenía grandes expectativas puestas en nuestra reunión, tendré que buscarme otro socio.

Rowan Linford pestañeó. El tono de voz de Isadore había sido ligero, casi candoroso, lo que lo tensó aún más.

—La verdad es que sí: tengo remordimientos por lo que hice en el pasado para obtener mis reliquias. Por eso ahora me dedico a comerciar con estas piezas de manera honrada. Y también por eso prefiero que se quede con el mapa.

El rostro de Grey se ensombreció. Tras vacilar un momento, enrolló el pergamino y lo guardó en el interior de su capa. Luego se puso los guantes con movimientos articulados.

—En ese caso, ha sido un placer volver a verlo —dijo—. Pero ahora, si me permite, he de ponerme manos a la obra con los preparativos de la expedición. Quizás el próximo día, si el tiempo es más favorable, podamos organizar una excursión al aire libre usted y yo.

—Es una lástima que tenga que irse ya. Vuelva cuando quiera —respondió Linford. Sus palabras reflejaban calma, pero en su mirada había desconfianza.

Isadore Grey tomó el bastón por el mango e hizo una reverencia antes de encaminarse hacia la puerta. Linford se refugió tras el mostrador. Sentía alivio por haberse deshecho de aquel mapa; el último vestigio de un pasado que todavía atormentaba su corazón. Tomó la goleta en las manos y examinó extrañado los manchones que el barniz había dejado en la quilla al correrse.

La luz de un relámpago palpitó en el interior del anticuario, y Linford mantuvo la respiración de manera inconsciente. En el mar, el tiempo que separa el relámpago del trueno se hace eterno, ya que pronostica cómo de cerca está la tormenta y si hay peligro de naufragio. A veces, una sola fracción de segundo puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

El trueno rugió sobre sus cabezas, largo y furibundo, e Isadore Grey se detuvo frente a la puerta. Tras un momento, chasqueó la lengua con fastidio.

—Casi olvido algo. —Se volvió de nuevo hacia Linford—. Hay una cosa que me gustaría preguntarle.

Rowan Linford visualizó de nuevo su pistola, que ahora tenía a la altura de las rodillas. Esta vez le fue mucho más difícil evitar mover los ojos hacia allí. Isadore se acercó despacio, un paso golpeando el suelo con el bastón, otro con la prótesis. Toc, tac; toc, tac. Se detuvo frente al mostrador.

—¿Por casualidad no sabrá dónde puedo encontrar a la hija de Howsham Pendleton?

—¿Una hija? —susurró Linford—. Yo… No sabía que Howsham tuviera una hija.

Isadore Grey estudió su expresión antes de intervenir de nuevo.

—Dado que usted y Howsham eran tan cercanos, pensé que quizás tendría contacto con ella. Bueno, qué se le va a hacer —añadió—. En cierto modo, no me extraña. Parece que el viejo hizo todo lo posible para esconderla. —Hizo una pausa—. Aunque cometió un error.

«¿Un error?». «Esconderla, ¿de qué?, ¿de quién?». Linford nunca llegó a darle las gracias a Howsham antes de que falleciera por todo lo que había hecho por él; por todas las veces en las que lo había ayudado cuando su inexperiencia y su ambición lo habían llevado por el camino incorrecto. Pero si era verdad que tenía una hija… Se imaginó a sí mismo encontrándose con esa mujer y explicándole lo mucho que había querido a su padre y lo mucho que lamentaba haberlo desoído.

—¿Y qué asuntos lo llevan a buscar a la hija de Howsham, si me permite la indiscreción? —preguntó mientras tomaba su pincel para reparar los daños en el barniz de la maqueta.

—No es una indiscreción en absoluto. Se trata de un asunto pendiente. Lo cierto es que… —Isadore suspiró—. Ya que se ha interesado, le contaré más. Cuando todavía vivía, el señor Pendleton contrajo una deuda conmigo de considerable importancia; una deuda que quiero cobrar. Dado que ahora está criando malvas, lo justo es que su hija cargue con dicha deuda, ¿no le parece?

Linford levantó la mirada de la maqueta y echó un vistazo rápido a la cinturilla de los pantalones de Isadore. Recordaba que, años atrás, cuando estuvo a su mando en la Marina, solía llevar un arma atada al cinturón. Ahora, sin embargo, parecía que iba desarmado. Quizás no tenía nada de lo que preocuparse. Pero entonces, ¿por qué su corazón palpitaba tan rápido?

—Lo cierto es que no lo veo justo —dijo al fin—, ya que ella no es la que contrajo la deuda.

Isadore Grey entornó los ojos.

—¿Sabe qué? No podría estar más en desacuerdo con usted. Creo que lo injusto sería que la deuda quedara sin pagar.

Isadore guardó silencio y Linford quedó inmóvil, sin atreverse a hablar, ni siquiera a moverse. Durante un momento solo se oyó el sonido de la lluvia en el exterior.

—Pero no se preocupe. Tanto con su ayuda como sin ella, encontraré a la hija del detective. ¿Y sabe cuál es la parte más bonita de todo esto? —concluyó Isadore—. La parte más bonita es que esta vez no va a haber nadie para protegerla.

Las palabras se quedaron suspendidas en el aire mientras Linford se agachaba con rapidez. El revólver estaba cargado y listo para disparar, pero cuando él lo empuñó y levantó la mirada de nuevo, ya era demasiado tarde.

Nunca se sabe qué tormenta va a ser la última.

Parte I: Una melodía del pasado

—«El teniente retirado de la marina británica, el señor Rowan Linford, que ofreció servicio en el navío de Su Majestad, Speedy III, ha sido asesinado a sangre fría en el anticuario que regentaba en la calle Wald, en Bloomsbury.

»El cuerpo fue hallado sin vida la noche del domingo por su ayudante, el señor Brown, cuando este se presentó en la escena del... car... men…».

—Crimen.

El hombre que había estado leyendo el periódico frunció el ceño. Luego entrecerró los ojos y se acercó la página a la cara.

—«En la escena del crimen —corrigió—, dispuesto a realizar algunos trabajos de mantenimiento con el señor Linford, de cara al inicio de la nueva semana laboral. El señor Brown se topó con el cadáver, para entonces ya en pleno ri… rugor mortis…»

—Rigor mortis.

El hombre apartó el periódico con un movimiento exasperado y se giró buscando en el corrillo que había a sus espaldas a la propietaria de la voz que había osado interrumpirlo.

—Rigor mortis —repitió la voz—. Es el fenómeno por el cual las articulaciones y los músculos de un cadáver se vuelven rígidos a partir de las dos horas tras el fallecimiento.

Los presentes se apartaron como gotas de aceite repelidas por el agua, para exponer a una joven que había en la última fila subida en el bordillo de la acera. Sus ojos almendrados y despiertos estaban fijos en el periódico.

—Perdón, no quería interrumpir —dijo con timidez cuando las miradas se clavaron en ella.

Tras observarla de arriba abajo, el hombre soltó una carcajada.

—Para no querer interrumpir, hablas demasiado para mi gusto, niña —le espetó.

—Si no leyeras tan despacio, esta joven no tendría que corregirte —soltó una mujer que estaba junto al hombre.

—¿Eh? —Él hizo una mueca—. ¿Y por qué no lees tú la próxima vez, analfabeta?

La mujer soltó una carcajada histriónica y se inclinó sobre el hombre, al que sacaba una cabeza de altura, hasta que sus labios casi le rozaron la oreja.

—Cállate y sigue leyendo —dijo escupiendo cada palabra.

Él apartó a la mujer con un movimiento brusco.

—«En pleno rigor mortis… —continuó—, y fue de inmediato a buscar a un representante de las autoridades, que encontró patrullando en la calle Adler.

»El señor Brown ha descrito, en exclusiva para esta gaceta, algunos detalles de la espantosa escena con la que se encontró en el anticuario y que le revolvió las tripas, a pesar de que aquella mañana todavía no había probado bocado. Pero no fue la sangre que encharcaba el suelo lo que más impresión le causó, sino el rostro desencajado de su estimado patrón, que yacía en el suelo con ojos aterrorizados; unos ojos que le habían visto la cara al mismísimo diablo justo antes de que este ejecutara la maléfica fechoría.

»Y seguro que estas palabras resultarán inquietantes a nuestros queridos lectores, pero ¿de qué otra manera podemos interpretar este suceso? El mismo señor Brown ha declarado que la cerradura de la puerta no estaba forzada, y que, al hacer inventario tras el crimen, no echó en falta ninguna mercancía, por lo que el robo no pudo haber sido la causa del crimen.

—Válgame Dios —se oyó.

—¡Qué horror! —dijeron otros.

El hombre continuó leyendo.

—«La Gaceta Ilustrada ha conversado con los vecinos de las inmediaciones de St. George’s Gardens, que están aterrorizados por la atrocidad del asesinato. El señor Rowan Linford, soltero y sin hijos, era un respetado y tranquilo ciudadano del barrio de Bloomsbury, y aunque estaba retirado del servicio militar desde hacía siete años, todavía hoy continuaba promoviendo entre la comunidad los valores patrióticos y hegemónicos del Reino Unido.

»Esta gaceta ha tenido la oportunidad de hablar con el representante de la Oficina del Gran Almirante de la Marina Británica, que ha ratificado que el señor Rowan Linford sirvió con integridad durante sus años de servicio y ha elevado a petición pública que Scotland Yard encuentre al culpable del delito a la mayor brevedad, pues es un deber común garantizar respeto y justicia a aquellos que han servido a Su Majestad la Reina.

»La responsabilidad recae ahora sobre la división E de la Policía Metropolitana, que está siendo supervisada por el inspector del Departamento de Investigación Criminal Clement Winston, un hombre que ostenta un prolífico historial de fracasos y ne­gligencias, como en el caso del asaltador del Támesis, cuando el inspector resolvió liberar al principal sospechoso, lo que dejó a las mujeres que habitan la ciudad de Londres desprotegidas de la violencia y de la injusticia. La Gaceta Ilustrada invita a sus avispados y exigentes lectores a considerar si un inspector que ha hecho gala de semejante falta de criterio está capacitado para hacerse cargo de un caso de estas dimensiones.¿Cómo podemos estar seguros de que el asesino no volverá a matar? ¿Cómo sabemos que no está ahí fuera ahora mismo, entre nosotros, eligiendo a su próxima víctima? Quizás usted sea capaz de dormir esta noche, ahora que es consciente del peligro que acecha, pero servidora no».

—Dios mío, tiene razón, ¡puede estar en cualquier parte! —exclamó una mujer, horrorizada.

—Eh, ¿qué demonios? —protestó el hombre que leía—. A mí no me mire, yo no he matado a nadie.

La mujer comenzó a sollozar. Los otros que habían formado el corrillo le dirigieron palabras de consuelo, y luego comenzaron a discutir, de manera apasionada, iniciativas encaminadas a encontrar al asesino. Un hombre incluso señaló a su vecino como principal sospechoso, porque «válgame Dios, siempre supe que tramaba algo».

—Señora. —Una voz se elevó sobre el agitado rumor de las discusiones—. ¡Señora!

Las cabezas se voltearon de nuevo hacia la joven de ojos almendrados, que continuaba en la retaguardia observándolo todo con actitud curiosa.

—Eso de que el asesino está entre nosotros eligiendo a su próxima víctima… —proclamó, escéptica—. Parte de lo que han leído ahí son especulaciones. No hay evidencia alguna que indique que volverá a matar.

La otra mujer, que parecía haber encontrado consuelo en el apoyo unánime del grupo, le dirigió una mirada acusadora.

—¿De qué está hablando? —El hombre sostuvo el periódico en alto—. No hay duda de que ese tipo anda suelto y de que volverá a cometer un crimen. Lo dice el periódico.

—Sí —suspiró la joven—. Eso es lo que dice el periódico…

—Que Dios se apiade de su alma —dijo la mujer dibujando una cruz en el aire con la mano.

Tras una última ronda de protestas y presagios calamitosos, el grupo comenzó a disolverse de manera que quedó a la vista una niña de unos seis años que vestía un camisón de tela raída e iba descalza. Había estado callada todo el rato, tratando de seguir la contienda con su mirada candorosa.

—Ya te puedes llevar esto. —El hombre le tendió el periódico sin apenas mirarla.

—Disculpe, señor —respondió ella, con voz tímida—, es un penique.

Él bajó la mirada, su rostro transformándose en una mueca de disgusto.

—¿Un penique? —Soltó una carcajada—. Si eso es lo que cuesta un periódico nuevo. Y este está descolorido y no se puede leer. ¿Es que quieres engañarme, renacuajo? —Lo dejó caer sobre la acera y se marchó musitando palabras de desprecio.

La niña se abalanzó sobre el suelo para evitar que las páginas se humedeciesen, pero una mano rescató el periódico de un tirón.

La joven de los ojos almendrados y despiertos, la que había corregido dos veces al hombre que leía en voz alta palabras cuyo significado no conocía, sostuvo el periódico en el aire mientras lo limpiaba con el dorso de la mano. Luego lo dobló con cuidado, tratando de devolverlo a su estado original y buscó la noticia del asesinato en la portada. Pasó la yema del dedo índice por las columnas hasta que se topó con el retrato de un hombre de pelo rubio, ojos pequeños y mentón prominente. Vestía un uniforme de un blanco impoluto con una ristra de condecoraciones en la pechera. La pose era firme y orgullosa, pero más allá del tono formal y de la parafernalia militar, se adivinaba una cálida sonrisa. Bajo la fotografía, en letra pequeña, decía: «Rowan Linford, fallecido a la edad de treinta y siete años». Por último, la joven buscó quién firmaba la noticia.

—«Agatha Thornton, para LaGaceta Ilustrada» —leyó, y tras sofocar una carcajada, añadió—: Hace gala usted de una vívida imaginación, señora Thornton.

Tendió el periódico a la niña, que la observaba con expectación.

—Gracias, señora.

—Puedes llamarme Elisabet.

—Yo soy Alicia —dijo la niña, sonriendo con timidez.

Elisabet se acuclilló frente a ella de modo que ambas quedaron cara a cara.

—¿Tienes a dónde ir, Alicia?

—Suelo dormir en el workhouse*deHanover Square…

Elisabet suspiró descorazonada. Se llevó la mano a la cintura, de donde pendía un bolsito riñonera confeccionado con retales de tela de algodón. Desabrochó los dos botones y rebuscó en su interior ante la atenta mirada de la pequeña Alicia, que levantaba la barbilla tratando de vislumbrar algo. Luego colocó un par de peniques en la palma de la mano de la niña.

—Elisabet —titubeó—, el periódico solo cuesta un penique.

—¿Por qué no pones esas monedas en el bolsillo de tu delantal y te aseguras de que nadie las vea? —dijo Elisabet, y cerró su manita con delicadeza—. ¿Te gusta el pescado frito?

—No lo sé. Creo que nunca lo he probado.

—En Wide Market hay un puesto ambulante de pescado frito y patatas asadas. Lo reconocerás porque lo atiende una señora de pelo blanco y piel morena. Cuando tengas hambre, ve a verla y dile que vas de mi parte.

—Gracias. —Alicia esbozó una sonrisa.

Elisabet asintió, se puso de pie y cerró el bolsito.

—Señora, ¿es verdad que estaremos a salvo?

—¿A salvo?

—Del diablo, como dice el periódico.

Elisabet vaciló un momento antes de acuclillarse de nuevo frente a la niña.

—Claro que es verdad. Verás… Yo trabajo para la policía, ¿sabes? Nosotros nos encargaremos de atrapar al criminal y de meterlo en la cárcel.

—¿De verdad hará usted eso?

—Sí. —Elisabet asintió con firmeza—. No hay ningún diablo al que temer. Quienquiera que haya cometido ese crimen es una persona de carne y hueso. Como tú y como yo.

Pero aquellas palabras entusiastas no animaron a la pequeña Alicia, que se limitó a bajar la mirada con expresión triste. Elisabet abrió y cerró la boca un par de veces. Quería decirle algo para reconfortarla, pero fue incapaz de encontrar la frase correcta. Al final estrechó sus hombros con afecto.

—Cuídate, Alicia — dijo, a modo de despedida.

Las dos echaron a andar en direcciones opuestas, y cuando Elisabet se giró, vio a la niña mostrando el periódico a transeúntes que pasaban de largo sin mirarla. Pronto desapareció entre la muchedumbre.

¡Ding! ¡Dong ¡Ding! ¡Dong!

Los tañidos de la torre del Big Ben fueron secundados por los de otros campanarios que se unieron desde un lado y otro del río Támesis produciendo un fragor vibrante.

—¡Maldición! —exclamó—. ¡Otra vez llego tarde al trabajo!

***

Elisabet voló por la calle Farringdon sorteando a los transeúntes, vendedores ambulantes y mozos de carga que iban arriba y abajo concentrados en sus asuntos. Nada comparable con lo que la esperaba en el transitado cruce de la calle Charterhouse. Omnibuses, carrozas tiradas por caballos, hansom cabs** y bicicletas circulaban de manera imprevisible y agresiva, como animales que actúan por instinto tratando de sobrevivir en la selva del tráfico. Por si fuera poco, los excrementos y orines de caballo se amontonaban por el suelo ofreciendo multitud de oportunidades para resbalar, tropezar o, simplemente, llevarse un desagradable regalo a casa.

Tan pronto como se remangó la falda y se lanzó a cruzar la calle, Elisabet fue testigo del primer altercado del día. Un tranvía se había detenido en pleno cruce y los vehículos comenzaban a apelotonarse detrás, en caravana. El conductor del tranvía asomó la cabeza por la ventana de la cabina y explicó a voces que uno de los caballos se negaba a avanzar, y que hasta que no decidiera moverse, no había nada que hacer, porque ni los caballos ni los tranvías habían sido diseñados para ir marcha atrás.

—¡Fustíguelo más fuerte! —recomendó un hombre que viajaba en el techo de un ómnibus; una posición privilegiada desde la que observar la función.

Los conductores de los vehículos que esperaban en caravana no podían oír al conductor, así que comenzaron a tocar las bocinas de manera impulsiva, exacerbando el alboroto con sus gritos y aspavientos.

—¡Disculpen! —exclamó Elisabet con una sonrisa forzada, metiendo barriga para deslizarse entre los vehículos.

Cuando llegó a la altura de los jardines de Russell Square, el fragor del tráfico comenzó a quedar atrás. Los robles y sicomoros, que ya habían echado casi todas las hojas, habían transformado el parque en un lugar muy diferente al de unas semanas atrás, cuando la escarcha y la oscuridad gobernaban la naturaleza. Ahora el aire era templado y el cielo estaba gloriosamente despejado para ser principios de abril.

Esto quería decir que había llegado el tiempo de pasear por los parques y estudiar la naturaleza. Solo necesitaba entornar un poco los ojos para distinguir las primeras abejas volando errantes sobre la hierba, o los caracoles que salían de debajo de las piedras buscando la luz del sol. Y, por supuesto, las mariposas. La Melanargia galathea, con su elegante marmolado negro y blanco. La Apatura iris, una de las especies más comunes, pero no por ello menos fascinantes (los ejemplares macho producen una delicadísima iridiscencia al contactar con la luz), y también la Vanessa cardui, de aspecto tan aterciopelado que se puede confundir con una flor. Ah, pero visto así, ¿no son todas las mariposas como flores? Coloreadas y efímeras, oscilando en el viento con enigmática delicadeza. ¿Y qué es eso de ahí? ¡Ah! Nunca había visto algo igual. Sin duda debe de ser una Nymphalidae. ¿Pero qué tipo? ¡Si tuviera solo un rato para sentarse en el parque y tomar notas en su cuaderno!

Así de embelesada se quedaba Elisabet al observar a las criaturas que nacían tras el largo invierno para abocarse a la aventura y poblar un mundo desconocido. ¿Qué le tendría reservado a ella la primavera? Se apartó el chal de los hombros y sintió cómo el contacto de la luz del sol daba vigor a sus ideas.

Durante el tiempo que llevaba trabajando en la división de policía de Holborn, no recordaba ningún caso de asesinato que hubiera supuesto un misterio real. La mayoría eran crímenes cometidos de manera descuidada que la Policía resolvía sin mayores dolores de cabeza. Por lo demás, el día a día en la comisaría lo ocupaban casos de robos, estafas, escándalo público y prostitución.

El caso Linford tenía tantos aspectos que lo hacían extraordinario… Un hombre joven, de cierto calibre social y con preparación militar, asesinado a sangre fría en el negocio que regentaba… Un asesinato como aquel no podía haber sido accidental, sino meticulosamente deliberado. Así lo creía ella, y no había mentido a aquella niña cuando le había dicho que no tenía de qué preocuparse. Dudaba mucho de que aquel asesino se dedicara a matar de manera indiscriminada.

Elisabet atravesó el parque volando, impulsada por una energía que le cosquilleaba en el estómago, hasta que llegó a su destino: el edificio de la Policía Metropolitana de la división de Holborn.

***

El recibidor de la comisaría consistía en un espacio compacto y diáfano de techos altos, en el que un largo mostrador de madera cruzaba la sala de extremo a extremo separando la recepción de la zona de trabajo de los agentes. El aire olía a tabaco y al papel viejo de los grandes tomos encuadernados en cuero que se apilaban en las estanterías al fondo de la estancia.

Al entrar por la puerta, Elisabet vio que estaban registrando a un detenido. El agente Potter, sentado tras el mostrador de recepción, tomaba notas en el libro de incidencias. Frente a él, el agente Baker daba parte mientras echaba un ojo al hombre esposado y con postura alicaída que había a su lado.

Elisabet pasó frente a una pequeña zona de espera, donde una mujer y un hombre se cubrían la boca con un pañuelo mientras manifestaban su repugnancia. Ella también había notado el espantoso olor a alcohol nada más entrar.

—Buenos días —dijo cuando llegó frente al mostrador.

El agente Potter le dirigió una mirada fugaz por encima de los cristales de sus gafas.

—Buenos días, señorita Dodgett —contestó, y devolvió la atención al libro de registros y al agente Baker.

En un extremo del mostrador había una portezuela que permitía el paso de un lado al otro. Tras atravesarla, se giró un momento para echar un vistazo al detenido. Era Albert McAlister, una cara conocida, lo que no era de extrañar. Algunos criminales prácticamente vivían en los calabozos de la Policía.

Recordaba a Albert porque una vez este se pasó la noche cantando Oh! Susanna a pleno pulmón. El superintendente había ordenado que lo soltaran solo para no tener que oírlo más. Tenía un aspecto deplorable, el pobre McAlister. La ropa, raída; el rostro, huesudo y sucio. Parecía que llevaba una eternidad sin dormir y era obvio que estaba borracho. Además, tenía una expresión confusa, como si todo aquello lo hubiera cogido por sorpresa.