La Ilíada (texto completo, con índice activo) - Homero - E-Book

La Ilíada (texto completo, con índice activo) E-Book

Homero

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Beschreibung

La Ilíada, atribuida a Homero, es una obra fundamental de la literatura clásica griega que narra los acontecimientos de la guerra de Troya, enfocándose principalmente en la ira del héroe Aquiles y las consecuencias de sus acciones. Este poema épico, que combina un estilo elevado con un lenguaje poético rico en metáforas y vívidas descripciones, se sitúa en el contexto de la tradición oral. La estructura del poema incluye un uso magistral del verso hexámetro, que resuena con el ritmo de las epopeyas antiguas, permitiendo un profundo análisis de la condición humana, el honor y la mortalidad. Homero, cuyo tiempo exacto y biografía permanecen envueltos en el misterio, es considerado el precursor de la épica griega. Su obra ha sido objeto de estudio e interpretación a lo largo de los siglos, y su influencia se extiende a múltiples disciplinas. Las tradiciones orales de su época, así como la interacción con diferentes culturas, contribuyeron a la complejidad y riqueza de La Ilíada, reflejando los valores y tensiones de la antigua sociedad micénica. Recomiendo encarecidamente La Ilíada a todo lector interesado en la literatura clásica y la psicología de los personajes humanos. La profundidad de su temática y la belleza de su lenguaje no solo ofrecen un deleite estético, sino que también invitan a la reflexión sobre las guerras y la naturaleza del heroísmo. Es, sin duda, una obra maestra atemporal que merece ser leída y estudiada. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Homero

La Ilíada (texto completo, con índice activo)

Edición enriquecida.
Introducción, estudios y comentarios de Néstor Garrido
EAN 8596547724988
Editado y publicado por DigiCat, 2023

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
La Iliada (texto completo, con índice activo)
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

Una cólera desbocada parte en dos a los aliados y oscurece el horizonte de una guerra interminable; en su estela, la gloria se confunde con el duelo y los dioses se asoman a los asuntos humanos. En ese filo tenso se sitúa La Ilíada, poema que abre la tradición épica de Occidente y que, desde sus primeros versos implícitos en la memoria cultural, plantea un conflicto tan íntimo como colectivo. La lucha no es solo entre ejércitos, sino entre valores, pasiones y límites. El campo de batalla es también un espejo moral donde cada decisión resuena más allá del golpe de la lanza.

La Ilíada tiene estatus de clásico porque su potencia verbal y su arquitectura narrativa han modelado la imaginación literaria durante milenios. Su lengua esplende en comparaciones audaces y escenas precisas; su ritmo sostiene una tensión que no decae; sus personajes, aun heroicos, palpitan con dudas y deseos reconocibles. El poema conserva una frescura extraña: al leerlo, percibimos el origen de motivos que se repetirán en tragedias, epopeyas y novelas. Su influencia se expande desde el teatro griego y la épica latina hasta la literatura moderna, confirmando que sus temas –honor, ira, destino y compasión– siguen alimentando nuevas formas de contar.

Atribuida a Homero, figura central de la Grecia arcaica, La Ilíada procede de una tradición oral que refinó durante generaciones la memoria de cantores y audiencias. Se suele situar su composición en el siglo VIII a. C., aunque la datación exacta es objeto de estudio. El poema está escrito en hexámetro dactílico, el metro de la épica griega, y se transmitió en actuaciones públicas de rapsodas antes de fijarse por escrito. La obra se conserva en veinticuatro cantos, una división que organiza la progresión del relato y que facilita la navegación por sus episodios, discursos y escenas corales y bélicas.

El marco argumental es la Guerra de Troya, pero el poema no abarca todo el conflicto: se concentra en unas semanas decisivas del último tramo. Su nudo es la disputa entre el mejor guerrero de los aqueos, Aquiles, y el comandante Agamenón. Esa ruptura personal desordena la estrategia militar y expone, en cadena, las consecuencias de la ira cuando choca con el poder y el orgullo. En ese intervalo, las fuerzas se mueven, los aliados vacilan y la intervención divina inclina momentos clave del combate, sin que el poema anticipe el desenlace final del asedio.

Más allá de la peripecia, La Ilíada indaga en la tensión entre el honor individual y las necesidades de la comunidad. Explora qué se sacrifica para alcanzar la gloria, qué pierde quien rehúsa ceder y cuál es el precio de la obstinación. Interroga la fragilidad de la fama frente al tiempo y la inevitabilidad de la muerte frente al deseo de perdurar. Muestra cómo el valor se nutre tanto de la fuerza como de la prudencia, y cómo la palabra puede construir o desbaratar alianzas. La ética del héroe, sometida a prueba, se revela en gestos de firmeza, de respeto y, a veces, de misericordia.

La forma de contar contribuye a esa hondura. El poema se despliega con símiles extensos que convierten la batalla en paisaje, la ciudad en organismo vivo y el gesto en metáfora de estaciones y oficios. Su dicción formulaica, propia de la oralidad, crea un tejido de epítetos y repeticiones que orienta la memoria y acelera el ritmo. Las asambleas, los duelos, las súplicas y las deliberaciones se alternan con catálogos y descripciones que dan amplitud a la narración. La estructura, lejos de ser rígida, equilibra la inmediatez del combate con pausas reflexivas que iluminan la condición humana.

En La Ilíada, los dioses no son una abstracción remota: participan, toman partido, discuten, protegen o estorban a los mortales. Esa presencia no invalida la responsabilidad humana; al contrario, subraya la tensión entre destino y elección. El poema sugiere que hay un marco de necesidad que nadie elude, pero dentro de él las decisiones cuentan y tienen consecuencias. La autoridad de lo divino, la fuerza de los juramentos y la fama prometida conviven con la duda, la prudencia y el temor. Esa compleja red de motivaciones crea un drama donde lo inevitable y lo deliberado se entrelazan.

En ese teatro de violencia, el poema no glorifica ciegamente la guerra: muestra su dureza con una lucidez que concede rostro y voz a amigos y adversarios. La compasión y el respeto aflorean incluso en los márgenes del conflicto, cuando los ritos, las súplicas o la hospitalidad abren brechas de humanidad. Los lamentos, las despedidas y los momentos de reconocimiento cruzado enseñan que la pérdida no distingue bandos. La empatía que se desprende de esas escenas ha conmovido a lectores de distintas épocas, porque tras la armadura late una experiencia compartida de miedo, valor, amor y memoria.

Como testimonio cultural, La Ilíada ofrece una visión poética de una edad heroica que la tradición griega imagina y reelabora. En sus versos aparecen armas, carros, banquetes, juramentos, premios, pactos y funerales que iluminan valores y prácticas, sin que el poema pretenda ser crónica histórica. Su mundo combina lo cotidiano con lo asombroso y asienta un sistema de normas donde el honor se negocia en público y la palabra pesa tanto como la espada. Esa mezcla de detalle concreto y mirada simbólica nutre la perdurabilidad del texto y su capacidad de interpelar a lectores distantes en el tiempo.

El influjo de La Ilíada se siente en la tragedia griega, que hereda sus dilemas morales y su sentido del conflicto, y en la épica latina, cuyo máximo ejemplo, La Eneida de Virgilio, dialoga con sus episodios y valores. Más tarde, la tradición medieval reimagina la materia troyana, y la modernidad vuelve una y otra vez a Homero para repensar el heroísmo, la memoria y el relato. Poetas, novelistas, dramaturgos, pintores y compositores han encontrado en este poema un repertorio de imágenes y problemas que siguen generando obras nuevas y lecturas innovadoras.

Leer hoy La Ilíada es entrar en un poema que respira oralidad y se sostiene en una música narrativa intensa. Conviene atender a sus comparaciones, a sus discursos y a la forma en que repite para hacer recordar, no por redundancia sino por diseño. La traducción mediará el ritmo, pero el impulso épico permanece. En esta edición de texto completo, el índice activo facilita la consulta de los veinticuatro cantos y permite orientarse entre episodios y personajes, favoreciendo una lectura atenta y flexible que acompase el movimiento del combate con los respiros de la reflexión.

Su vigencia nace de la claridad con que expone conflictos que no han perdido fuerza: la ira y su gestión, la legitimidad del mando, la presión del grupo sobre el individuo, el costo civil de la guerra y la necesidad de reconocer humanidad en el adversario. La Ilíada invita a medir la grandeza con la vara de la responsabilidad y el respeto, a interrogar el valor más allá del éxito y a sospechar de la gloria sin duelo. Por eso, más que reliquia, es espejo: un poema que sigue diciendo algo esencial cada vez que lo abrimos.

Sinopsis

Índice

La Ilíada, atribuida a Homero y compuesta probablemente en la Grecia arcaica, narra un episodio del décimo año de la guerra de Troya, no la contienda entera. Su eje es la cólera de Aquiles y el daño que causa tanto a aliados como a enemigos. El poema abre con una invocación a la Musa y sitúa el conflicto en un tejido donde dioses y mortales interactúan, cada cual con impulsos, límites y honra. La acción se concentra en el campo troyano y junto a las naves aqueas, donde decisiones individuales, favores divinos y presagios inclinan la balanza de la fortuna bélica.

Un sacerdote de Apolo implora la devolución de su hija, cautiva de Agamenón. La negativa desata una peste que diezma a los aqueos hasta que el caudillo cede, pero compensa su pérdida arrebatando a Briseida, botín de Aquiles. Herido en su honor, Aquiles se retira del combate y pide a su madre, la nereida Tetis, que implore a Zeus. El dios promete inclinar la guerra a favor de los troyanos para que los aqueos sientan la falta del mejor de sus guerreros. Esta retirada, más que un capricho, plantea el conflicto entre prestigio personal, obediencia al mando y bien común.

Con los ejércitos desplegados, el canto ofrece un amplio panorama de fuerzas y líderes, desde la enumeración de contingentes hasta duelos de linajes. Héctor propone zanjar el conflicto con un combate singular entre Menelao y Paris, cuyo desenlace podría restituir un orden quebrado. Sin embargo, la frágil tregua se rompe por intrigas divinas y humanas, y la batalla se reanuda con furia. El poema alterna escenas íntimas y masivas, traza genealogías, y exhibe bravura y fragilidad. En ese vaivén, queda patente que la gloria requiere testigos, pero también que el azar y la intervención de los dioses pesan sobre cada lance.

Destaca la aristeia de Diomedes, impulsado por Atenea hasta herir incluso a deidades como Afrodita y Ares, episodio que evidencia la porosidad entre lo humano y lo divino. En lo alto, Zeus impone su plan y limita la injerencia de otros dioses, mientras examina la suerte de bandos y héroes. Héctor gana centralidad como baluarte de Troya, animando a los suyos a empujar a los aqueos hacia sus naves. Una muralla improvisada protege el campamento griego, pero el empuje troyano y los presagios adversos estrechan el cerco. La tensión crece a medida que se aproxima la amenaza de incendio.

Ante la crisis, Néstor aconseja a Agamenón enmendar la afrenta. Se organiza una embajada con Odiseo, Fénix y Áyax para suplicar a Aquiles su regreso, con abundantes dones y promesas de reparación. El héroe escucha y argumenta su postura, cifrada en el valor del honor y el sentido de la vida corta pero gloriosa. Rechaza por el momento regresar, dejando al ejército sin su paladín. La escena profundiza en la psicología de los personajes y en la tensión entre la autoridad colectiva y el prestigio del individuo, mientras la presión troyana aumenta y los defensores se desgastan en las empalizadas.

En la noche, una audaz expedición de Odiseo y Diomedes desarticula parte de los refuerzos enemigos y aporta información clave. Con el alba, la balanza vuelve a oscilar. En una jornada especialmente áspera, resultan heridos comandantes cruciales del lado aqueo y los troyanos ganan terreno. La figura de Áyax se yergue como dique en las naves, soportando el embate. Se multiplican rezos, augurios y debates sobre destino y mérito, mientras los sanadores atienden a los caídos. Bajo el mandato severo de Zeus, los demás dioses se contienen o intervienen con cautela, y el combate deriva hacia los barcos.

Con el peligro a las puertas, cuando la amenaza de incendiar las naves se materializa en parte, Patroclo suplica a Aquiles que le permita entrar en liza llevando su armadura. Aquiles, aún firme en su agravio, accede con condiciones para conjurar el desastre sin desoír su propia decisión. La aparición de esa figura, semejante al héroe ausente, altera de inmediato el ánimo de ambos ejércitos y reordena el campo. El empuje inicial produce alivio, pero su ímpetu lo conduce más allá de lo prudente, y un choque con campeones troyanos desencadena pérdidas irreparables que reorientan la trayectoria de la guerra.

El golpe precipita la metamorfosis de Aquiles, que abandona su retraimiento movido por dolor y furia. Tetis obtiene de Hefesto nuevas armas, cuyo escudo, descrito minuciosamente, encierra imágenes del mundo humano en paz y conflicto, como un espejo del poema. Reconciliado con el mando, Aquiles vuelve al combate con resolución implacable. Los dioses ya se enfrentan abiertamente, y hasta el río Escamandro se erige como antagonista ante la devastación. La acción conduce hacia una persecución y un duelo emblemático en torno a las murallas de Troya, en el que pesan el honor, la fama y la sombra del destino.

El cierre, más contemplativo que triunfal, recoloca la violencia bajo el signo de la mortalidad, la compasión y los ritos que otorgan sentido a la pérdida. Sin resolver la guerra en su conjunto, el poema culmina subrayando la dignidad de amigos y adversarios y la ambigüedad de la gloria conquistada. La Ilíada interroga el precio del honor, la agencia frente al hado y el papel de los dioses en los asuntos humanos. Su vigencia radica en esa mirada lúcida sobre la ira, el dolor y la empatía posible incluso entre enemigos, preguntas que atraviesan culturas y tiempos más allá de Troya.

Contexto Histórico

Índice

La Ilíada se sitúa literariamente en la guerra de Troya, un escenario mítico que evoca el mundo del Bronce Final en el Egeo, pero su composición se asocia al período arcaico griego, probablemente en la costa jónica de Asia Menor hacia fines del siglo VIII a. C. El poema emerge entre dos marcos institucionales: la burocracia palacial micénica del segundo milenio a. C., hoy conocida por tablillas en lineal B, y la sociedad de jefaturas y comunidades en formación que precede a la polis. La obra, así, refleja y reinterpreta prácticas e instituciones de ambos horizontes, ofreciendo un espejo complejo de jerarquías, asambleas y rituales aristocráticos.

En el Bronce Reciente (aprox. 1600–1200 a. C.), los centros micénicos —Micenas, Tirinto, Pilos— articularon economías redistributivas dirigidas por un wanax y un aparato administrativo especializado. La correspondencia y hallazgos arqueológicos documentan contactos con el ámbito hitita, chipriota, egipcio y levantino. En ese contexto, la región de Troya —el yacimiento de Hisarlik— controlaba pasos estratégicos del Helesponto. Muchos rasgos del poema —banquetes de élite, obsequios prestigiosos, cascos de colmillos de jabalí— remiten a ese repertorio palacial, preservado por la memoria poética incluso cuando las instituciones originales se habían desmoronado.

Las fuentes hititas del siglo XIII a. C. mencionan Wilusa y a veces Taruisa, topónimos que muchos estudiosos relacionan con Ilión/Troya, y aluden a un poder llamado Ahhiyawa, frecuentemente identificado con los aqueos micénicos. Estos textos describen tensiones diplomáticas y conflictos en Anatolia noroccidental. Aunque no prueban los episodios específicos cantados por Homero, sí delimitan un trasfondo geopolítico verosímil de fricción entre potencias egeas y anatolias. La Ilíada, con su mosaico de alianzas y enemistades, parece destilar, en clave épica, recuerdos de ese paisaje internacional tenso y entrelazado.

Hacia 1200 a. C. se produjo una amplia desarticulación de sistemas palaciales en el Egeo y el Mediterráneo oriental. Las causas fueron múltiples y aún se debaten —conflictos, movimientos poblacionales, crisis de redes comerciales—, pero sus efectos fueron claros: pérdida de escritura lineal B, reducción de asentamientos y cambios en la organización económica. En ese contexto, la tradición épica habría sobrevivido como patrimonio oral de aristocracias guerreras locales. La Ilíada, al conservar terminología y objetos del Bronce, testimonia esa transmisión intergeneracional de memoria, filtrada por siglos de recomposición performativa.

Entre ca. 1100 y 800 a. C., durante la llamada Edad Oscura y el período Geométrico, las comunidades griegas experimentaron transformaciones: uso extendido del hierro, nuevas pautas funerarias (incluida la cremación en algunos contextos) y reconfiguración de redes de intercambio. Surgieron jefaturas locales y vínculos comunitarios en torno al oikos. La Ilíada exhibe una mezcla de elementos: armamento y rituales heredados del Bronce, junto con valores aristocráticos y prácticas deliberativas que ganaban forma en la Grecia arcaica, evidenciando una poética que amalgama tiempos históricos distintos en una narrativa coherente.

La composición de la Ilíada suele situarse entre ca. 750 y 700 a. C., en un griego poético que combina rasgos jónicos y eólicos. La autoría atribuida a Homero forma parte de una tradición antigua; la identidad histórica del poeta, su lugar preciso y la unidad de composición siguen siendo temas debatidos. Lo verificable es el sistema métrico —hexámetro dactílico— y la presencia de convenciones que delatan una génesis en la performance oral. Así, más que un texto aislado, la Ilíada fue, en origen, un acto de canto que articulaba memoria, técnica formularia y expectativas de audiencias aristocráticas.

Los estudios de Milman Parry y Albert Lord mostraron cómo fórmulas y escenas tipo sostienen la composición tradicional oral: epítetos, esquemas para armas, banquetes, combates y suplicantes. Tales recursos permiten improvisación controlada y estabilidad temática. En el mundo homérico, el aoidós es un especialista que transmite historias compartidas. Más tarde, ya en ambientes urbanos y festivales, los rapsodas profesionalizaron la recitación. Este arco performativo explica la coexistencia de arcaísmos y actualizaciones, y refuerza que la Ilíada sea tanto archivo de memoria social como producto de contextos de interpretación cambiantes.

La adopción del alfabeto griego, a partir de modelos fenicios en el siglo VIII a. C., transformó la fijación textual. Las primeras inscripciones conocidas son breves y cerámicas; no hay pruebas de un manuscrito autógrafo de la Ilíada. Es plausible que versiones extensas comenzaran a escribirse en ese siglo o poco después, mientras la transmisión seguía siendo primordialmente oral. Una hipótesis antigua sobre una edición ateniense bajo los Pisístrátidas en el siglo VI a. C. ha sido discutida por la crítica moderna, que prefiere hablar de procesos graduales de estandarización.

Las instituciones políticas que sugiere el poema combinan la figura del basileus con consejos de ancianos y asambleas guerreras. Esa tríada dialoga con la experiencia arcaica de comunidades donde el liderazgo se legitima por carisma, herencia y persuasión pública. Los debates ante la asamblea, las críticas al mando y la negociación de prestigio mediante dones y honores (timé) muestran tensiones reales en sociedades de jefes múltiples. La Ilíada no prescribe un modelo estatal, pero ofrece un repertorio de prácticas deliberativas y de conflicto de autoridad reconocibles en el mundo anterior a la polis madura.

La guerra homérica exhibe valores heroicos centrados en el combate singular y el honor, con armamento predominantemente de bronce, grandes escudos y lanzas. Los carros aparecen más como transporte de élites que como plataformas de tiro masivo, probablemente un eco desfasado del uso micénico. El poema menciona cascos de colmillos de jabalí, documentados arqueológicamente en tumbas del Bronce. Al mismo tiempo, no refleja aún la formación hoplítica plenamente desarrollada del siglo VII a. C. Esta mezcla sugiere una memoria militar estratificada, enriquecida por convenciones poéticas y experiencias posteriores a la caída palacial.

La economía social del poema se articula en torno al oikos, el botín, los dones y la hospitalidad (xenia). La distribución de premios, la compensación por agravios y el intercambio de objetos de prestigio remiten a una lógica de reciprocidad que asegura alianzas y jerarquías. Se alude a artesanos especializados, carros, tejidos finos y metales valiosos, lo que refleja redes amplias de abastecimiento. La presencia de cautivos y la amenaza de esclavización, en un contexto de guerra, recuerdan prácticas antiguas documentadas en múltiples culturas mediterráneas, y anclan la épica en realidades duras de poder, riqueza y vulnerabilidad.

La religión de la Ilíada presenta dioses antropomorfos, con cultos que incluyen sacrificios, votos y señales interpretadas como auspicios. Ese universo compartido se nutre de tradiciones griegas y de contactos con el Oriente mediterráneo, visibles en algunos motivos y tipologías divinas. Los consejos de dioses y sus disputas reflejan, en clave narrativa, problemas humanos de autoridad y favoritismo. Al enmarcar ritual y destino, la épica ofrece a su audiencia un lenguaje común para pensar fortuna, culpa y reparación, en un período en que santuarios panhelénicos comenzaban a consolidar prácticas intercomunitarias.

La dimensión panhelénica de la Ilíada es clave para su contexto arcaico. Al enumerar contingentes de múltiples regiones y trazar genealogías compartidas, la obra modela una memoria común que supera particularismos locales. En un tiempo de movilidad y rivalidad entre comunidades, el repertorio épico reforzó la idea de una herencia cultural griega, articulada por lengua, cultos y héroes. Las reuniones festivas, que más tarde serían el marco de recitaciones regulares, facilitaron esa circulación. La épica se volvió, así, un recurso para negociar identidad en un mapa de alianzas, migraciones y fundaciones.

Entre los siglos VIII y VI a. C., el mundo griego vivió movimientos de colonización hacia el Mediterráneo occidental y el mar Negro. La experiencia marítima, el encuentro con otras potencias y la búsqueda de recursos enmarcan la recepción de la Ilíada. Los modelos heroicos de liderazgo, hospitalidad y reputación funcionaron como lenguajes de legitimación para elites móviles. La costa jónica —probable matriz de la composición— era, además, frontera permeable con reinos anatolios, un entorno que hacía verosímiles paisajes y tensiones que la obra dramatiza, sin por ello ofrecer crónica literal de colonización.

El poema ofrece destellos de normativas y resolución de disputas que interesan al historiador de lo arcaico. Las escenas de juramentos, compensaciones y desafíos públicos muestran una cultura que equilibra venganza, mediación y prestigio. La representación de pleitos, donde la palabra y los testigos cuentan, sugiere la creciente importancia de procedimientos que, con el tiempo, cristalizaron en leyes escritas de las poleis. Aunque no prescribe códigos, la Ilíada ilustra cómo la publicidad del juicio y la apelación a símbolos sagrados sostienen la cohesión social en contextos sin burocracias complejas.

La condición de las mujeres y de los dependientes aparece en la obra desde la perspectiva de las élites guerreras. Se perciben matrimonios estratégicos, lamentos rituales y el riesgo de captura en guerra. Las figuras femeninas articulan redes domésticas y alianzas, y la poesía les confiere voz en momentos de pérdida. Al mismo tiempo, la existencia de esclavos y de reparto de cautivos refleja prácticas de dominación comunes en el Mediterráneo antiguo. Leída históricamente, la Ilíada revela cómo la guerra reorganizaba hogares y linajes, y cómo el honor masculino implicaba responsabilidades y costos para toda la casa.

La arqueología de Hisarlik ha identificado múltiples estratos de ocupación. Los niveles VI y VII, datados entre los siglos XIII y XII a. C., muestran fortificaciones y evidencias de destrucciones. Ninguno de estos hallazgos confirma episodios concretos del poema, pero sitúan una ciudad importante en el lugar y época en que la tradición imagina el conflicto. Excavaciones desde el siglo XIX, seguidas por campañas más rigurosas en el XX y XXI, han corregido excesos interpretativos iniciales y afinado cronologías, ilustrando el diálogo —necesariamente prudente— entre relato épico y registro material del Egeo y Anatolia noroccidental. La Ilíada ocupa un lugar singular en la cultura material y literaria del Egeo. Como archivo de memoria, compendia herencias micénicas, experiencias del tránsito pospalacial y sensibilidades arcaicas. Su representación de asambleas, guerras, rituales y redes de dones permite comprender las continuidades y rupturas entre el Bronce y la edad de la formación de la polis. Al mismo tiempo, su alcance panhelénico ayudó a estabilizar un imaginario común que, sin borrar diferencias locales, ofreció a los griegos un espejo amplio para pensarse colectivamente y debatir sobre poder y justicia. Al final, la Ilíada actúa como espejo y crítica de su época. Eleva el honor guerrero y, a la vez, subraya el costo humano de la violencia, otorgando voz a derrotados y dolientes. Sostiene ideales de prestigio y reciprocidad, pero exhibe tensiones de mando, arbitrariedad y fragilidad de las alianzas. Con su tejido de memorias del Bronce y preocupaciones arcaicas, ofrece una reflexión sobre el liderazgo, la responsabilidad y la mortalidad. Esa ambivalencia —gloria y pérdida— explica su perdurable potencia como documento cultural e histórico.

Biografía del Autor

Índice

Introducción

Homero es el nombre con que la Antigüedad identificó al poeta épico asociado a la Ilíada y la Odisea, dos poemas que han modelado la literatura griega y, por extensión, la cultura occidental. Poco puede afirmarse con certeza sobre su vida; la mayoría de las tradiciones lo sitúan, de forma aproximada, en el siglo VIII a. C., en el ámbito jónico del Egeo. Más allá de la biografía, su importancia radica en la magnitud artística de esos cantos y en su transmisión continua a través de lectores, oyentes y escuelas. Bajo su nombre se conserva el núcleo del llamado corpus homérico.

La Ilíada narra un episodio acotado de la guerra de Troya y la Odisea sigue el arduo retorno de Odiseo a Ítaca; ambas obras, de gran complejidad formal, articulan un universo donde conviven héroes, dioses y comunidades humanas. Sin agotar la tradición mítica, fijaron una versión canónica de historias ya circulantes y ofrecieron un repertorio de arquetipos narrativos que perduraría siglos. Su lengua, su ritmo y su arquitectura dramática establecieron estándares de excelencia y proporcionaron un horizonte común para poetas, filósofos e historiadores antiguos, convirtiéndose en punto de partida y de disputa para la educación y el pensamiento griegos.

Formación e influencias literarias

Nada sabemos con seguridad de su formación, ni siquiera si existió como individuo único. Los poemas muestran, sin embargo, la huella de una prolongada tradición oral de canto épico en hexámetro dactílico, practicada por aoidos y, más tarde, por rapsodas. En ese medio se empleaban fórmulas y epítetos reutilizables, esquemas narrativos recurrentes y una técnica de composición en performance que favorecía la memoria y la improvisación. La mezcla de rasgos jónicos y eólicos en la lengua poética sugiere un horizonte egeo oriental, donde la poesía se transmitía de maestro a discípulo y circulaba en banquetes, santuarios y festivales cívicos.

Las influencias identificables provienen menos de una escuela concreta que de un acervo panhelénico de mitos, leyendas y prácticas rituales, enriquecido por restos de la memoria micénica. La erudición moderna ha señalado paralelos temáticos y formales con tradiciones del Cercano Oriente, sin que ello implique dependencia directa demostrable. Entre esos paralelos se cuentan recursos narrativos, motivos de viaje y pruebas del héroe, y una visión de los dioses involucrados en asuntos humanos. En conjunto, el trasfondo cultural de los poemas reúne materiales de diversa procedencia y los integra en una forma estable y altamente elaborada de relato épico.

Carrera literaria

La llamada “cuestión homérica” interroga la autoría y el modo de composición de la Ilíada y la Odisea: ¿obra de un poeta singular, de varios poetas, o de una tradición ensamblada? Las fuentes antiguas atribuyen ambos poemas a Homero, y así han sido recibidos desde la Antigüedad; la crítica moderna, pese a matices, reconoce en cada uno una fuerte unidad artística. Lo seguro es que esos textos, nacidos de un entorno oral, alcanzaron una forma relativamente estable que permitió su transmisión, primero por recitación y, más tarde, por copias escritas que dieron base a la labor filológica posterior.

La Ilíada destaca por su concentración temporal y temática: sitúa la acción en un breve lapso del conflicto troyano y explora las consecuencias de la cólera de su principal héroe sobre el ejército aqueo y sus adversarios. La economía narrativa, la amplitud de los símiles y la intensidad de los discursos confieren al poema un ritmo ceremonial y, a la vez, dinámico. La representación de la guerra incluye tanto la gloria como el sufrimiento, y concede profundidad a protagonistas y secundarios, enmarcados por un orden divino que interviene sin anular la responsabilidad humana ni el peso del destino.

La Odisea, por su parte, despliega una estructura más abierta, combinando aventuras de viaje, relatos enmarcados y escenas domésticas. Su héroe se define por la astucia y la perseverancia, cualidades que sostienen el regreso a la patria y la recuperación del orden social. El poema alterna episodios maravillosos con observaciones sobre hospitalidad, justicia y prudencia, y maneja con sutileza el manejo del tiempo narrativo, la identidad y el reconocimiento. La voz épica otorga a personajes femeninos, servidores y antagonistas momentos de agencia y caracterización, integrados en una composición que equilibra pericia técnica y emoción contenida.

Entre los rasgos estilísticos sobresalen el hexámetro dactílico, los epítetos formularios y las comparaciones extensas que relacionan la experiencia humana con la naturaleza y la vida cotidiana. La construcción de escenas tipo —banquete, arenga, armamento, sacrificio— organiza el flujo narrativo y facilita la memoria. La lengua poética combina arcaísmos y recursos métricos con un léxico amplio que abarca lo heroico y lo doméstico. La mirada hacia dioses y mortales evita la caricatura: aun en su grandeza, los héroes fallan, negocian y aprenden, mientras los dioses exhiben preferencias y límites, creando un tejido dramático de notable ambivalencia.

Desde época arcaica, los poemas circularon en competiciones y festivales, recitados por rapsodas que preservaban y difundían su forma. En la educación clásica fueron texto fundamental: se memorizaban pasajes y se comentaban motivos éticos y lingüísticos. Autores como Aristóteles valoraron su arte narrativo; Platón lo sometió a escrutinio, sin por ello negar su centralidad cultural. En el período helenístico, filólogos de Alejandría —entre ellos Zenódoto y Aristarco— establecieron ediciones críticas, anotaron variantes y fijaron criterios interpretativos. Ese trabajo, continuado por escolios y comentaristas, consolidó la base textual que conocemos a través de manuscritos medievales y ediciones modernas.

Convicciones y activismo

No se conocen posturas personales de Homero sobre religión o política; cualquier afirmación al respecto sería conjetural. Lo que sí puede observarse es el horizonte axiológico que los poemas articulan: honor, fama, hospitalidad, prudencia y respeto por suplicantes y dioses. La intervención divina nunca cancela la agencia humana, y los cantos escenifican la tensión entre destino, elección y responsabilidad. También formulan advertencias contra la hybris y atienden a las consecuencias del conflicto para víctimas y combatientes. Estas dimensiones, más que un programa doctrinal, constituyen una meditación poética sobre la fragilidad y la grandeza de la experiencia humana.

Últimos años y legado

Los “últimos años” de Homero, como su nacimiento y muerte, se pierden en la penumbra de la tradición. Antiguas biografías, no corroborables, lo ubicaron en distintas ciudades jónicas y difundieron motivos como su ceguera o su vínculo con Quíos; tales relatos carecen de base verificable. Es plausible que la fijación escrita de los poemas haya progresado entre los siglos VIII y VI a. C., mientras su recitación seguía activa. Versiones antiguas atribuyeron a Atenas, bajo Pisístrato, una organización de los cantos; la investigación moderna discute alcance y realidad de esa noticia, que permanece sin confirmación definitiva.

El legado homérico es vasto. Sus poemas orientaron la tragedia ática, inspiraron a poetas latinos como Virgilio y, a través de traducciones, influyeron en tradiciones europeas y globales. Han alimentado debates filológicos, filosóficos y estéticos, y suscitaron investigaciones arqueológicas sobre el mundo micénico y la memoria de Troya. En el siglo XX, los estudios orales de Milman Parry y Albert Lord iluminaron su técnica de composición, articulando una comprensión más precisa del arte épico. Hoy la Ilíada y la Odisea siguen leyéndose y reinterpretándose, sostenidas por una transmisión milenaria que las mantiene vivas en aulas, escena y lectores.

La Iliada (texto completo, con índice activo)

Tabla de Contenidos Principal
CANTO I
CANTO II
CANTO III
CANTO IV
CANTO V
CANTO VI
CANTO VII
CANTO VIII
CANTO IX
CANTO X
CANTO XI
CANTO XII
CANTO XIII
CANTO XIV
CANTO XV
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CANTO XVIII
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CANTO XXI
CANTO XXII
CANTO XXIII
CANTO XXIV

LA ILIADA

HOMERO

CANTO I

Índice

PESTE — CÓLERA

DESPUÉS DE UNA CORTA INVOCACIÓN A LA DIVINIDAD PARA QUE CANTE "LA PERNICIOSA IRA DE AQUILES", NOS REFIERE EL POETA QUE CRISES, SACERDOTE DE APOLO, VA AL CAMPAMENTO AQUEO PARA RESCATAR A SU HIJA, QUE HABÍA SIDO HECHA CAUTIVA Y ADJUDICADA COMO ESCLAVA A AGAMENÓN; ÉSTE DESPRECIA AL SACERDOTE, SE NIEGA A DARLE LA HIJA Y LO DESPIDE CON AMENAZADORAS PALABRAS; APOLO, INDIGNADO, SUSCITA UNA TERRIBLE PESTE EN EL CAMPAMENTO; AQUILES REÚNE A LOS GUERREROS EN EL ÁGORA POR INSPIRACIÓN DE LA DIOSA HERA, Y, HABIENDO DICHO AL ADIVINO CALCANTE QUE HABLARA SIN MIEDO, AUNQUE TUVIERA QUE REFERIRSE A AGAMENÓN, SE SABE POR FIN QUE EL COMPORTAMIENTO DE AGAMENÓN CON EL SACERDOTE CRISES HA SIDO LA CAUSA DEL ENOJO DEL DIOS. ESTA DECLARACIÓN IRRITA AL REY, QUE PIDE QUE, SI HA DE DEVOLVER LA ESCLAVA, SE LE PREPARE OTRA RECOMPENSA; Y AQUILES LE RESPONDE QUE YA SE LA DARÁN CUANDO TOMEN TROYA. ASÍ, DE UN MODO TAN NATURAL, SE ORIGINA LA DISCORDIA ENTRE EL CAUDILLO SUPREMO DEL EJÉRCITO Y EL HÉROE MÁS VALIENTE. LA RIÑA LLEGA A TAL PUNTO QUE AQUILES DESENVAINA LA ESPADA Y HABRÍA MATADO A AGAMENÓN SI NO SE LO HUBIESE IMPEDIDO LA DIOSA ATENEA; ENTONCES AQUILES INSULTA A AGAMENÓN, ÉSTE SE IRRITA Y AMENAZA A AQUILES CON QUITARLE LA ESCLAVA BRISEIDA, A PESAR DE LA PRUDENTE AMONESTACIÓN QUE LE DIRIGE NÉSTOR; SE DISUELVE EL ÁGORA Y AGAMENÓN ENVÍA A DOS HERALDOS A LA TIENDA DE AQUILES QUE SE LLEVAN A BRISEIDE; ULISES Y OTROS GRIEGOS SE EMBARCAN CON CRISEIDA Y LA DEVUELVEN A SU PADRE; Y, MIENTRAS TANTO, AQUILES PIDE A SU MADRE TETIS[3] QUE SUBA AL OLIMPO A IMPETRE DE ZEUS QUE CONCEDA LA VICTORIA A LOS TROYANOS PARA QUE AGAMENÓN COMPRENDA LA FALTA QUE HA COMETIDO; TETIS CUMPLE EL DESEO DE SU HIJO, ZEUS ACCEDE, Y ESTE HECHO PRODUCE UNA VIOLENTA DISPUTA ENTRE ZEUS Y HERA, A QUIENES APACIGUA SU HIJO HEFESTO; LA CONCORDIA VUELVE A REINAR EN EL OLIMPO Y LOS DIOSES CELEBRAN UN FESTÍN ESPLÉNDIDO HASTA LA PUESTA DEL SOL, EN QUE SE RECOGEN EN SUS PALACIOS.

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves -cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Leto y de Zeus. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir a su hija, se había presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

-¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria! Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, a Apolo, el que hiere de lejos.

Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetara al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le despidió de mal modo y con altaneras voces:

-No dé yo contigo, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque ahora demores tu partida, ya porque vuelvas luego, pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y aderezando mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte más sano y salvo.

Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Fuese en silencio por la orilla del estruendoso mar; y, mientras se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera:

-¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, a imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!

Así dijo rogando. Oyóle Febo Apolo e, irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche[1q]. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus amargas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquiles convocó al pueblo al ágora: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

-¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues, si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños -pues también el sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto o hecatombe[1], y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá libramos de la peste.

Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el mejor de los augures -conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilio por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo-, y benévolo los arengó diciendo:

¡Oh Aquiles, caro a Zeus! Mándasme explicar la cólera de Apolo, del dios que hiere de lejos. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se enoja; y, si bien en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Dime, pues, si me salvarás.

Y contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

-Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues ¡por Apolo, caro a Zeus; a quien tú, Calcante, invocas siempre que revelas oráculos a los dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, cerca de las cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente se jacta de ser en mucho el más poderoso de todos los aqueos.

Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate:

-No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.

Dichas estas palabras, se sentó. Levantóse al punto el poderoso héroe Agamenón Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego; y, encarando a Calcante la torva vista, exclamó:

-¡Adivino de males! jamás me has anunciado nada grato. Siempre te complaces en profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste nada bueno. Y ahora, vaticinando ante los dánaos, afirmas que el que hiere de lejos les envía calamidades, porque no quise admitir el espléndido rescate de la joven Criseide, a quien anhelaba tener en mi casa. La prefiero, ciertamente, a Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no le es inferior ni en el talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en destreza. Pero, aun así y todo, consiento en devolverla, si esto es lo mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero preparadme pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que sin ella se quede; lo cual no parecería decoroso. Ved todos que se va a otra parte la que me había correspondido.

Replicóle en seguida el celerípede divino Aquiles:

-¡Atrida gloriosísimo, el más codicioso de todos! ¿Cómo pueden darte otra recompensa los magnánimos aqueos? No sabemos que existan en parte alguna cosas de la comunidad, pues las del saqueo de las ciudades están repartidas, y no es conveniente obligar a los hombres a que nuevamente las junten. Entrega ahora esa joven al dios, y los aqueos te pagaremos el triple o el cuádruple, si Zeus nos permite algún día tomar la bien murada ciudad de Troya.

Y, contestándole, el rey Agamenón le dijo:

Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no ocultes así tu pensamiento, pues no podrás burlarme ni persuadirme. ¿Acaso quieres, para conservar tu recompensa, que me quede sin la mía, y por esto me aconsejas que la devuelva? Pues, si los magnánimos aqueos me dan otra conforme a mi deseo para que sea equivalente... Y si no me la dieren, yo mismo me apoderaré de la tuya o de la de Ayante, o me llevaré la de Ulises, y montará en cólera aquél a quien me llegue. Mas sobre esto deliberaremos otro día. Ahora, ea, echemos una negra nave al mar divino, reunamos los convenientes remeros, embarquemos víctimas para una hecatombe y a la misma Criseide, la de hermosas mejillas, y sea capitán cualquiera de los jefes: Ayante, Idomeneo, el divino Ulises o tú, Pelida, el más portentoso de todos los hombres, para que nos aplaques con sacrificios al que hiere de lejos.

Mirándolo con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros:

-¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto a obedecer tus órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha o para combatir valerosamente con otros hombres? No he venido a pelear obligado por los belicosos troyanos, pues en nada se me hicieron culpables -no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la cosecha en la fértil Ftía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el ruidoso mar nos separan-, sino que te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. No fijás en esto la atención, ni por ello te tomas ningún cuidado, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran a saco una populosa ciudad de los troyanos: aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo a mis naves, teniéndola pequeña, aunque grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré a Ftía, pues lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para procurarte ganancia y riqueza.

Contestó en seguida el rey de hombres, Agamenón:

-Huye, pues, si tu ánimo a ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay a mi lado que me honrarán, y especialmente el próvido Zeus. Me eres más odioso que ningún otro de los reyes, alumnos de Zeus, porque siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dio. Vete a la patria, llevándote las naves y los compañeros, y reina sobre los mirmidones, no me importa que estés irritado, ni por ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita a Criseide, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome yo mismo a tu tienda, me llevaré a Briseide, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas bien cuánto más poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo.

Así dijo. Acongojóse el Pelida, y dentro del velludo pecho su corazón discurrió dos cosas: o, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, abrirse paso y matar al Atrida, o calmar su cólera y reprimir su furor. Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón y sacaba de la vaina la gran espada, vino Atenea del cielo: envióla Hera, la diosa de los níveos brazos, que amaba cordialmente a entrambos y por ellos se interesaba. Púsose detrás del Pelida y le tiró de la blonda cabellera, apareciéndose a él tan sólo; de los demás, ninguno la veía. Aquiles, sorprendido, volvióse y al instante conoció a Palas Atenea, cuyos ojos centelleaban de un modo terrible. Y hablando con ella, pronunció estas aladas palabras:

-¿Por qué nuevamente, oh hija de Zeus, que lleva la égida[2], has venido? ¿Acaso para presenciar el ultraje que me infiere Agamenón Atrida? Pues te diré lo que me figuro que va a ocurrir: Por su insolencia perderá pronto la vida.

Díjole a su vez Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

-Vengo del cielo para apaciguar tu cólera, si obedecieres; y me envía Hera, la diosa de los níveos brazos, que os ama cordialmente a entrambos y por vosotros se interesa. Ea, cesa de disputar, no desenvaines la espada a injúrialo de palabra como te parezca. Lo que voy a decir se cumplirá: Por este ultraje se te ofrecerán un día triples y espléndidos presentes. Domínate y obedécenos.

Y, contestándole, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:

-Preciso es, oh diosa, hacer lo que mandáis, aunque el corazón esté muy irritado. Proceder así es lo mejor. Quien a los dioses obedece es por ellos muy atendido.

Dijo; y puesta la robusta mano en el argénteo puño, envainó la enorme espada y no desobedeció la orden de Atenea. La diosa regresó al Olimpo, al palacio en que mora Zeus, que lleva la égida, entre las demás deidades.

El Pelida, no amainando en su cólera, denostó nuevamente al Atrida con injuriosas voces:

-¡Ebrioso, que tienes ojos de perro y corazón de ciervo! Jamás te atreviste a tomar las armas con la gente del pueblo para combatir, ni a ponerte en emboscada con los más valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los aqueos, a quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, porque mandas a hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu último ultraje. Otra cosa voy a decirte y sobre ella prestaré un gran juramento: Sí, por este cetro que ya no producirá hojas ni ramos, pues dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá, porque el bronce lo despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos que administran justicia y guardan las leyes de Zeus (grande será para ti este juramento): algún día los aqueos todos echarán de menos a Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás socorrerlos cuando muchos sucumban y perezcan a manos de Héctor, matador de hombres. Entonces desgarrarás tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.

Así dijo el Pelida; y, tirando a tierra el cetro tachonado con clavos de oro, tomó asiento. El Atrida, en el opuesto lado, iba enfureciéndose. Pero levantóse Néstor, suave en el hablar, elocuente orador de los pilios, de cuya boca las palabras fluían más dulces que la miel -había visto perecer dos generaciones de hombres de voz articulada que nacieron y se criaron con él en la divina Pilos y reinaba sobre la tercera-, y benévolo los arengó diciendo:

-¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea! Alegrananse Príamo y sus hijos, y regocijaríanse los demás troyanos en su corazón, si oyeran las palabras con que disputáis vosotros, los primeros de los dánaos así en el consejo como en el combate. Pero dejaos convencer, ya que ambos sois más jóvenes que yo. En otro tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante, pastor de pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual a un dios, y Teseo Egeida, que parecía un inmortal. Criáronse éstos los más fuertes de los hombres; muy fuertes eran y con otros muy fuertes combatieron: con los montaraces centauros, a quienes exterminaron de un modo estupendo. Y yo estuve en su compañía -habiendo acudido desde Pilos, desde lejos, desde esa apartada tierra, porque ellos mismos me llamaron- y combatí según mis fuerzas. Con tales hombres no pelearía ninguno de los mortales que hoy pueblan la tierra; no obstante lo cual, seguían mis consejos y escuchaban mis palabras. Prestadme también vosotros obediencia, que es lo mejor que podéis hacer. Ni tú, aunque seas valiente, le quites la joven, sino déjasela, puesto que se la dieron en recompensa los magnánimos aqueos; ni tú, Pelida, quieras altercar de igual a igual con el rey, pues jamás obtuvo honra como la suya ningún otro soberano que usara cetro y a quien Zeus diera gloria. Si tú eres más esforzado, es porque una diosa te dio a luz; pero éste es más poderoso, porque reina sobre mayor número de hombres. Atrida, apacigua tu cólera; yo te suplico que depongas la ira contra Aquiles, que es para todos los aqueos un fuerte antemural en el pernicioso combate.

Y, contestándole, el rey Agamenón le dijo:

-Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero este hombre quiere sobreponerse a todos los demás; a todos quiere dominar, a todos gobernar, a todos dar órdenes que alguien, creo, se negará a obedecer. Si los sempiternos dioses le hicieron belicoso, ¿le permiten por esto proferir injurias?

Interrumpiéndole, exclamó el divino Aquiles:

-Cobarde y vil podría llamárseme si cediera en todo lo que dices; manda a otros, no me des órdenes, pues yo no pienso ya obedecerte. Otra cosa te diré que fijarás en la memoria: No he de combatir con estas manos por la joven ni contigo, ni con otro alguno, pues al fin me quitáis lo que me disteis; pero, de lo demás que tengo junto a mi negra y veloz embarcación, nada podrías llevarte tomándolo contra mi voluntad. Y si no, ea, inténtalo, para que éstos se enteren también; y presto tu negruzca sangre brotará en torno de mi lanza.

Después de altercar así con encontradas razones, se levantaron y disolvieron el ágora que cerca de las naves aqueas se celebraba. Fuese el Pelida hacia sus tiendas y sus bien proporcionados bajeles con el Menecíada y otros amigos; y el Atrida echó al mar una velera nave, escogió veinte remeros, cargó las víctimas de la hecatombe para el dios, y, conduciendo a Criseide, la de hermosas mejillas, la embarcó también; fue capitán el ingenioso Ulises.

Así que se hubieron embarcado, empezaron a navegar por líquidos caminos. El Atrida mandó que los hombres se purificaran, y ellos hicieron lustraciones, echando al mar las impurezas, y sacrificaron junto a la orilla del estéril mar hecatombes perfectas de toros y de cabras en honor de Apolo. El vapor de la grasa llegaba al cielo, enroscándose alrededor del humo.

En tales cosas ocupábanse éstos en el ejército. Agamenón no olvidó la amenaza que en la contienda había hecho a Aquiles, y dijo a Taltibio y Euríbates, sus heraldos y diligentes servidores:

-Id a la tienda del Pelida Aquiles, y asiendo de la mano a Briseide, la de hermosas mejillas, traedla acá, y, si no os la diere, ire yo mismo a quitársela, con más gente, y todavía le será más duro.

Hablándoles de tal suerte y con altaneras voces, los despidió. Contra su voluntad fuéronse los heraldos por la orilla del estéril mar, llegaron a las tiendas y naves de los mirmidones, y hallaron al rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no se alegró. Ellos se turbaron, y, habiendo hecho una reverencia, paráronse sin decir ni preguntar nada. Pero el héroe lo comprendió todo y dijo:

-¡Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres! Acercaos; pues para mí no sois vosotros los culpables sino Agamenón, que os envía por la joven Briseide. ¡Ea, Pa- troclo, del linaje de Zeus! Saca la joven y entrégasela para que se la lleven. Sed ambos testigos ante los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey cruel, si alguna vez tienen los demás necesidad de mí para librarse de funestas calamidades porque él tiene el corazón poseído de furor y no sabe pensar a la vez en lo futuro y en lo pasado, a fin de que los aqueos se salven combatiendo junto a las naves.

Así dijo. Patroclo, obedeciendo a su amigo, sacó de la tienda a Briseide, la de hermosas mejillas, y la entregó para que se la llevaran. Partieron los heraldos hacia las naves aqueas, y la mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompió en llanto, alejóse de los compañeros, y, sentándose a orillas del blanquecino mar con los ojos clavados en el ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió a su madre muchos ruegos:

-¡Madre! Ya que me pariste de corta vida, el olímpico Zeus altitonante debía honrarme y no lo hace en modo alguno. El poderoso Agamenón Atrida me ha ultrajado, pues tiene mi recompensa, que él mismo me arrebató.

Así dijo derramando lágrimas. Oyóle la veneranda madre desde el fondo del mar, donde se hallaba junto al padre anciano, a inmediatamente emergió de las blanquecinas ondas como niebla, sentóse delante de aquél, que derramaba lágrimas, acariciólo con la mano y le habló de esta manera:

-¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.

Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros:

-Lo sabes. ¿A qué referirte lo que ya conoces? Fuimos a Teba, la sagrada ciudad de Eetión; la saqueamos, y el botín que trajimos se lo distribuyeron equitativamente los aqueos, separando para el Atrida a Criseide, la de hermosas mejillas. Luego Crises, sacerdote de Apolo, el que hiere de lejos, deseando redimir a su hija, se presentó en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos, que pendían de áureo cetro, en la mano; y suplicó a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos. Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, lo despidió de mal modo y con altaneras voces. El anciano se fue irritado; y Apolo, accediendo a sus ruegos, pues le era muy querido, tiró a los argivos funesta saeta: morían los hombres unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por todas partes en el vasto campamento de los aqueos. Un adivino bien enterado nos explicó el vaticinio del que hiere de lejos, y yo fui el primero en aconsejar que se aplacara al dios. El Atrida encendióse en ira; y, levantándose, me dirigió una amenaza que ya se ha cumplido. A aquélla los aqueos de ojos vivos la conducen a Crisa en velera nave con presentes para el dios; y a la hija de Briseo, que los aqueos me dieron, unos heraldos se la han llevado ahora mismo de mi tienda. Tú, si puedes, socorre a tu buen hijo; ve al Olimpo y ruega a Zeus, si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras. Muchas veces, hallándonos en el palacio de mi padre, oí que te gloriabas de haber evitado, tú sola entre los inmortales, una afrentosa desgracia al Cronida, el de las sombrías pubes, cuando quisieron atarlo otros dioses olímpicos, Hera, Posidón y Palas Atenea. Tú, oh diosa, acudiste y lo libraste de las ataduras, llamando en seguida al espacioso Olimpo al centímano a quien los dioses nombran Briareo y todos los hombres Egeón, el cual es superior en fuerza a su mismo padre, y se sentó entonces al lado de Zeus, ufano de su gloria; temiéronlo los bienaventurados dioses y desistieron del atamiento. Recuérdaselo, siéntate a su lado y abraza sus rodillas: quizás decida favorecer a los troyanos y acorralar a los aqueos, que serán muertos entre las popas, cerca del mar; para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso Agamenón Atrida la falta que ha cometido no honrando al mejor de los aqueos.

Respondióle en seguida Tetis, derramando lágrimas:

-¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te he criado, si en hora aciaga te di a luz? ¡Ojalá estuvieras en las naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, de no larga duración! Ahora eres juntamente de breve vida y el más infortunado de todos. Con hado funesto te parí en el palacio. Yo misma iré al nevado Olimpo y hablaré a Zeus, que se complace en lanzar rayos, por si se deja convencer. Tú quédate en las naves de ligero andar, conserva la cólera contra los aqueos y abstente por entero de combatir. Ayer se marchó Zeus al Océano, al país de los probos etíopes, para asistir a un banquete, y todos los dioses lo siguieron. De aquí a doce días volverá al Olimpo. Entonces acudiré a la morada de Zeus, sustentada en bronce; le abrazaré las rodillas, y espero que lograré persuadirlo.

Dichas estas palabras partió, dejando a Aquiles con el corazón irritado a causa de la mujer de bella cintura que violentamente y contra su voluntad le habían arrebatado.

En tanto, Ulises llegaba a Crisa con las víctimas para la sagrada hecatombe. Cuando arribaron al profundo puerto, amainaron las velas, guardándolas en la negra nave; abatieron rápidamente por medio de cuerdas el mástil hasta la crujía, y llevaron la nave, a fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron a la playa, desembarcaron las víctimas de la hecatombe para Apolo, el que hiere de lejos, y Criseide salió de la nave surcadora del ponto. El ingenioso Ulises llevó la doncella al altar y, poniéndola en manos de su padre, dijo:

-¡Oh Crises! Envíame al rey de hombres, Agamenón, a traerte la hija y ofrecer en favor de los dánaos una sagrada hecatombe a Febo, para que aplaquemos a este dios que tan deplorables males ha causado a los argivos.

Habiendo hablado así, puso en sus manos la hija amada, que aquél recibió con alegría. Acto continuo, ordenaron la sagrada hecatombe en torno del bien construido altar, laváronse las manos y tomaron la mola. Y Crises oró en alta voz y con las manos levantadas:

-¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila a imperas en Ténedos poderosamente! Me escuchaste cuando te supliqué, y, para honrarme, oprimiste duramente al ejército aqueo; pues ahora cúmpleme este voto: ¡Aleja ya de los dánaos la abominable peste!

Así dijo rogando, y Febo Apolo lo oyó. Hecha la rogativa y esparcida la mola, cogieron las víctimas por la cabeza, que tiraron hacia atrás, y las degollaron y desollaron; en seguida cortaron los muslos, y, después de pringarlos con gordura por uno y otro lado y de cubrirlos con trozos de carne, el anciano los puso sobre la leña encendida y los roció de vino tinto. Cerca de él, unos jóvenes tenían en las manos asadores de cinco puntas. Quemados los muslos, probaron las entrañas, y, dividiendo lo restante en pedazos muy pequeños, lo atravesaron con pinchos, lo asaron cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto el banquete, comieron, y nadie careció de su respectiva porción. Cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, los mancebos coronaron de vino las crateras y lo distribuyeron a todos los presentes después de haber ofrecido en copas las primicias. Y durante todo el día los aqueos aplacaron al dios con el canto, entonando un hermoso peán a Apolo, el que hiere de lejos, que los oía con el corazón complacido.

Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, durmieron cerca de las amarras de la nave. Mas, así que apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosados dedos, hiciéronse a la mar para volver al espacioso campamento aqueo, y Apolo, el que hiere de lejos, les envió próspero viento. Izaron el mástil, descogieron las velas, que hinchó el viento, y las purpúreas olas resonaban en torno de la quilla mientras la nave corría siguiendo su rumbo. Una vez llegados al vasto campamento de los aqueos, sacaron la negra nave a sierra firme y la pusieron en alto sobre la arena, sosteniéndola con grandes maderos. Y luego se dispersaron por las tiendas y los bajeles.

El hijo de Peleo y descendiente de Zeus, Aquiles, el de los pies ligeros, seguía irritado en las veleras naves, y ni frecuentaba el ágora donde los varones cobran fama, ni cooperaba a la guerra; sino que consumía su corazón, permaneciendo en las naves, y echaba de menos la gritería y el combate.

Cuando, después de aquel día, apareció la duodécima aurora, los sempiternos dioses volvieron al Olimpo con Zeus a la cabeza. Tetis no olvidó entonces el encargo de su hijo: saliendo de entre las olas del mar, subió muy de mañana al gran cielo y al Olimpo, y halló al largovidente Cronida sentado aparte de los demás dioses en la más alta de las muchas cumbres del monte. Acomodóse ante él, abrazó sus rodillas con la mano izquierda, tocóle la barba con la derecha y dirigió esta súplica al soberano Zeus Cronión:

-¡Padre Zeus! Si alguna vez te fui útil entre los inmortales con palabras a obras, cúmpleme este voto: Honra a mi hijo, el héroe de más breve vida, pues el rey de hombres, Agamenón, lo ha ultrajado, arrebatándole la recompensa que todavía retiene. Véngalo tú, próvido Zeus Olímpico, concediendo la victoria a los troyanos hasta que los aqueos den satisfacción a mi hijo y lo colmen de honores.

Así dijo. Zeus, que amontona las nubes, nada contestó guardando silencio un buen rato. Pero Tetis, que seguía como cuando abrazó sus rodillas, le suplicó de nuevo:

-Prométemelo claramente, asintiendo, o niégamelo -pues en ti no cabe el temor- para que sepa cuán despreciada soy entre todas las deidades.

Zeus, que amontona las nubes, díjole afligidísimo: