La incredulidad del padre Brown - Gilbert K. Chesterton - E-Book

La incredulidad del padre Brown E-Book

Gilbert K. Chesterton

0,0

Beschreibung

Contiene los geniales relatos del padre Brown: La resurrección del Padre Brown, La saeta del cielo, El oráculo del perro, El milagro de "La Media Luna" y El puñal alado. El padre Brown es un personaje de ficción protagonista de unas cincuenta historias cortas. Para crear este personaje Chesterton se inspiró en su amígo el padre John O'Connor (1870-1952), cura párroco de Bradford, Yorkshire, quien estuvo relacionado con la conversión al catolicismo de Chesterton en 1922. De esta vinculación dejó constancia el propio O'Connor en su libro de 1937 Father Brown on Chesterton. El padre Brown es un cura católico de apariencia ingenua cuya agudeza psicológica lo convierte en un formidable detective. De aspecto rechoncho, lo envían de provincias a trabajar en Londres, va acompañado de un enorme paraguas y suele resolver los crímenes más enigmáticos, atroces e inexplicables gracias a su conocimiento de la naturaleza humana antes que por el razonamiento lógico.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 241

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



La incredulidad del padre Brown
Gilbert K. Chesterton
Century Carroggio
Derechos de autor © 2023 Century Publishers s.l.
Reservados todos los derechos.Introducción al autor y su obra: Juan LeitaTraducción: I. Abello
Contenido
Página del título
Derechos de autor
Introducción al autor, su época y su obra
La resurrección del padre Brown
La saeta del cielo
El oráculo del perro
El milagro de “La Media Luna”
El puñal alado
Introducción al autor, su época y su obra
        Por Juan Leita
​Hace ya algunos años Caroly Wells, autora americana de numerosas novelas policíacas y de misterio, escribía en una revista  quejándose  de la  mala crítica  que suele hacerse de este género literario. «Es evidente  -decía  la  escritora- que la tarea de hacer la crítica de las aventuras detectivescas se confía a personas a quienes no les gustan    las narraciones de esta índole. Afirmó que semejante proceder no es razonable. No se envía un libro de poesías a una persona que odia la poesía. Una novela de costumbres modernas no se somete  a  juicio de  un  moralista  severo que  considera   inmorales   todas las  novelas.  Si   se   someten a juicio crítico  las  novelas  policiales  y  de  misterio,  justo es que sean criticadas por aquellas personas que comprenden por qué se escribieron tales historias.» Incomprensiblemente, aún hoy persiste  esta irregularidad observada por Caroly Wells, al tiempo  que  no  se  comprenden  todavía las causas que han originado la creación de la novela policíaca. No hace mucho, por ejemplo, un psicólogo pretendía resumir en último análisis toda  la  esencia  e  historia del género en el complejo de Edipo. Cualquier narración policíaca se basa en el mismo esquema: el asesino es el hijo y la víctima es el padre, y al final el  castigo recae sobre él como una maldición. Especificando algo más la teoría, se afirma que la oposición asesino-víctima nos remite a una imagen más amplia: el malhechor se rebela contra la sociedad que representa aquí el  superego paterno. Desde este punto de vista se intenta explicar la evolución de la novela policíaca. Al principio nos hallamos en pleno patriarcado: domina la sociedad y el detective sirve para  proteger  a  sus «hijos»  y  preservarles  del  peligro.  Es la representación  del  padre  que  crea  los  investigadores  de la época clásica.  En  la  segunda  etapa, el  policía  llega  a estar tan corrompido como el criminal, oponiéndose con frecuencia al orden que debería defender: es la novela policíaca «negra» que expresa fundamentalmente una rebeldía general contra la dominación de la sociedad-padre. En la tercera etapa, calmada la rebeldía, el  hijo  acepta  nuevamente la protección paternal:  es  el  agente  de contraespionaje que pretende  proteger  al  ciudadano  y  a  toda  la  nación del peligro que se perfila a lo lejos.
Si ya en general se advierte  que  esta  visión  ha  sido forjada por alguien que solo ve y ama la psicología y el psicoanálisis,  en  concreto  el  simplismo   y  la  vaguedad   de la teoría se advierten en seguida al  abordar  la  obra  policíaca de G. K. Chesterton. En efecto, en  todas  sus  narraciones  aparece  un   leitmotiv   que  contradice   abiertamente el esquema  edipiano.  Lo  que  se  repite  y  se  desarrolla  en sus personajes  principales  y en  sus  peripecias  es el interés por el hombre, por el hombre no en sus cualidades más brillantes  y  excepcionales, sino  en  sus  cualidades  ordinarias y naturales.  Chesterton pone  al  hombre  delante  de  todo como una  realidad  única  e  indivisa,  el  hombre  que  cada uno de nosotros somos, en cuanto poseemos la misma naturaleza, en cuanto llevamos el mismo  destino y  somos capaces  de  los  mismos  goces,  de  los  mismos  sufrimientos, de las mismas sublimidades y  las  mismas  bajezas:  algo grande que hemos de reverenciar incluso en los más despreciados e ignorantes de una sociedad concreta. En sus narraciones,  Chesterton   concede   una  importancia   decisiva a las cualidades y nociones primeras, verdades  no  aprendidas, intuiciones naturales, comunes  a  todos  los  hombres, que se hallan al alcance de todos sin  distinción.  Por  esto confía más en el  sentido común de un  cualquiera, del hombre de la calle, que en la eficacia rectora de las minorías intelectualmente  selectas,  cuyo   juicio  suele  estar  deforma­do por el  hábito  de  la  simplificación abstracta  y la linealidad de la especialización. En una de sus múltiples discrepancias con Bernard Shaw afirmaba, por ejemplo: «Bernard  Shaw  no  puede  comprender  que  lo  valioso,  lo  estimable a nuestros ojos, es el hombre, el viejo bebedor de cerveza, forjador de credos, luchador,  frágil  y  sensual». Esto le lleva, lógicamente, a la idea  de  la igualdad  humana. En el fondo, no existen las oposiciones mayor-menor, superior-súbdito, padre-hijo. «Todos los hombres son iguales como todos los peniques  son iguales, ya que su único valor es el  de llevar la imagen del  rey.» «Todos los hombres pueden ser criminales si son tentados. Todos  los hombres pueden ser héroes si son inspirados.» «La verdad psicológica fundamental no  es que  ningún  hombre  puede ser un héroe para su ayuda de cámara. La verdad psicológica  fundamental  es  que ningún hombre  es un héroe  para sí mismo. Cromwell, según Carlyle, fue un hombre fuerte. Según Cromwell, fue un hombre  débil.»
Si  atendemos  ahora  al  personaje  principal  de  sus  narraciones policíacas: el padre Brown, veremos que estas ideas coinciden plenamente con su imagen. Su  aspecto  físico es anodino e insignificante. Brown es el apellido que acapara más páginas en la guía telefónica inglesa. En realidad, no se trata ni del hombre que se rebela contra la sociedad   ni  del   héroe  que   pretende   proteger  al  ciudadano y a toda la nación del peligro  que  les amenaza.  Se  trata más bien del hombre vulgar, del hombre común que no posee ninguna relevancia especial: Es el hombre de la calle. Ni siquiera su sotana le confiere un atributo  o una  dignidad particular. En la sociedad concreta en que  vive,  la sotana es un signo de desprecio  de postergación: el despreciable cura papista. De hecho, parece  como si Chesterton hubiera revestido a su  personaje  con este  atuendo  católico por este único motivo. El padre Brown nunca aparece cumpliendo los  deberes  estrictamente  sacerdotales.  Nunca le vemos diciendo misa ni atendiendo a los fieles en una parroquia. Ya Agatha Christie se admiraba de «este clérigo vagabundo que aparece en todas partes, incluso en los lugares más insospechados». En realidad, el  padre  Brown no es ninguna representación del padre. Lo que ha tipificado Chesterton con su personaje es lo más despreciable de su sociedad, para hacer ver que lo que interesa  es el  hombre con sus cualidades ordinarias y naturales, con su sentido común, con su instinto forjador de credos, con su  fragilidad.
La crítica  ha  achacado  a las  narraciones  policíacas  de G. K. Chesterton el hecho de que nunca deje  pistas al lector. Nunca aparece un proceso lógico a través  del  cual pueda  deducirse la solución  del  misterio. El  padre  Brown o el investigador que protagoniza la historia intuye simplemente la clave del problema y su explicación. Esto obedece evidentemente a los principios chestertonianos indicados anteriormente. Se trata de poner de relieve la intuición natural, las cualidades y nociones  primeras, comunes a todos los hombres, que se hallan al alcance de todos sin distinción.  El  padre  Brown  se  imagina  simplemente  lo  que él podría haber hecho en el caso de ser  tentado,  ya  que también él podría haber sido el criminal. Su bondad y su inteligencia no son prerrogativas de una minoría o de un estamento social privilegiado, sino de la misma naturaleza humana, única e indivisa: algo grande que se encuentra en cualquiera de nosotros.
Un crítico  agnóstico  se  admiraba  de  encontrar  en  boca de  «este  sacerdote  dedicado  a  Dios»   frases  como  estas:«Todo me ata a  Inglaterra,  es  mi  cuna, mi  hogar,  y  lo más extraño es que de  esta Inglaterra, aunque  usted  la quiera y pase en ella su vida, no saca usted más  que la cabeza caliente y los pies fríos; siempre es para uno un enigma». De hecho, el error de este crítico  agnóstico, al estilo de muchos «no creyentes» que en casos semejantes dejan ver ingenuamente su formación y concepción ortodoxa, es creer que el padre Brown es «un sacerdote dedicado a Dios». No se trata de un hombre dominado enteramente por transcendentalismos y visiones apartadas del mundo. No se trata de un individuo que forzosamente deba adecuarse a los moldes  estereotipados de un  partido  o  de un sistema. Se trata simplemente del hombre  que ama la tierra que pisa, el mundo concreto en que vive, con la capacidad natural sin embargo de cuestionarlo  y de oponerte su  propia  insatisfacción. El  mismo  crítico  denunciaba  en el padre Brown la tendencia moralista de convertir a Flambeau. En realidad, según Chesterton, Flambeau no se convierte al  padre  Brown ni a ninguna iglesia, sino que los dos  se  convierten,  a  pesar  de  sus  diferencias  notables,  en un  mismo  hombre:  el  sano pensador  exento  de   prejuicios, el   simple  conocedor   de  la  naturaleza  humana,  el  defensor a ultranza de la  bondad,  el  buen  bebedor  de  whisky  escocés.
La crítica ha achacado también a G. K. Chesterton el introducir a Dios en la novela policíaca. El padre Brown sería, según esto. el representante terrenal  de  un  Dios­ padre que vela sobre  sus  hijos en  medio  de  la  maldad  y del crimen. El simplismo teórico y la incapacidad de desembarazarse de concepciones preestablecidas vuelven a aparecer incomprensiblemente en el  marco todavía  falseado de la crítica de la novela policíaca. Porque, si algo hay que observar ante todo, no es que Chesterton introduzca divinismo en el género, sino más bien humanismo. Hemos hablado ya de las características esenciales y de lo que significa este «pequeño cura papista». En su sociedad concreta, no puede aparecer como el representante terrenal  de un  Dios-padre, sino en todo caso como el representante de los desheredados y de los  despreciables  de  la  humanidad. El padre Brown no es un predicador de dogmas ni de mensajes ultramundanos, sino aquel que transmite  vívidamente las cualidades más íntimas y apreciables de la naturaleza humana. Esto es lo que capta  Flambeau.  Esto  es lo que capta cualquier lector sano. En el  fondo, a quien en rea­lidad está más allá de cualquier confesionalismo y de cual­quier sistema  dogmático, el  padre  Brown le ha de  suscitar la misma simpatía que  suscitaban al  payaso  de Heinrich Boll sus dos católicos: el papa Juan y sir Alee Guiness.
La técnica de las narraciones  policíacas  de G.  K. Chesterton sigue fielmente los principios enunciados por él como base necesaria para una buena historia del género. La primera característica es que la clave  sea  simple.  Durante toda la narración debe existir la expectación  del  momento de la sorpresa, pero esta sorpresa debe durar tan solo un momento. Los escritores  de  cuarta categoría  piensan  que su cometido  es desentrañar  detenidamente  una complicada e improbable serie de acontecimientos. El resultado  puede ser lógico, pero no sensacional. Para comprobarlo, nos dice Chesterton, imaginémonos  un   jardín  oscuro  a  la  hora  del crepúsculo. Una voz terrible se  va  acercando  hacia  nosotros. Es un grito dado por uno de  los  personajes  de  la historia,  un   personaje   desconocido   y  siniestro  o  tal  vez uno ya  familiar.  Es  evidente  que  el  grito  que  tal  personaje deje escapar ha de ser algo breve y sencillo, como:
« ¡El asesino es el mayordomo!». Pero el personaje no  puede quebrar el  silencio del oscuro  jardín  gritando  en voz alta: «El emperador se cortó la garganta en las siguientes circunstancias: su majestad  imperial estaba afeitándose, y, en medio de la operación, se quedó dormido,  fatigado  por los quehaceres del estado. El arcediano pretendió, en un principio con espíritu cristiano, acabar de afeitar al monarca dormido, cuando repentinamente se sintió tentado a cometer el asesinato, al recordar la ley de separación entre iglesia  y estado. Pero  se arrepintió, después  de ocasionar un simple rasguño, y arrojó la navaja al suelo. El fiel mayordomo, al oír el alboroto, entró de improviso y arrebató  el  arma. Más  en  la  confusión  del  momento,  en vez de cortarle la garganta al arcediano, se la cortó al emperador. Así todo termina satisfactoriamente, y el joven y la chica pueden  dejar  de  sospechar  el  uno  del  otro  de  ser el autor del asesinato, y se casan». «Esta explicación -nos dice Chesterton-, aunque razonable  y completa, no puede ser emitida convenientemente en forma de exclamación, ni puede resonar de repente en el oscuro jardín a manera de sentencia. Cualquiera que haga la  prueba  de  gritar  fuerte el párrafo mencionado, en su propio jardín a la hora del crepúsculo, se dará cuenta de la dificultad a que me refiero.»
La segunda característica de una buena historia policíaca es, según él, que por su extensión debería parecerse más a la narración corta que a la novela. La principal dificultad  de una narración larga de este género estriba en que, después de todo, la novela policial es un drama de caretas y no de caras. Cuenta más bien con los seudodistintivos del personaje que con los reales. Hasta llegar al último capítulo, el autor no puede contar ninguna de las cosas más interesantes de los personajes principales. El drama  se basa  precisamente en  el simple  falso concepto de la realidad. «Es un baile de máscaras, en donde todos  se  disfrazan  de  otra   persona   diferente  a  sí  mismos, y no  existe  el  verdadero  interés  personal  hasta  que  el  reloj da las doce.» No podemos penetrar en la psicología y filosofía de los personajes, hasta  que  hayamos  leído  el  último capítulo. «Por  esto opino  que  lo  mejor  de  todo  es  que el primer capítulo sea también el último.»
Dejando por un momento aparte la aplicación de esta técnica a sus propias narraciones, no  hay duda  de que  estos principios de Chesterton enunciados ocasionalmente a comienzos de siglo constituyen  unos  elementos  de  juicio muy precisos por  lo que  se refiere  a las obras  del  género en su totalidad. Con el tiempo, tanto los hechos como la crítica le han dado la razón en este  punto. Por  lo  que atañe a la primera característica, resulta muy fácil ahora reconocer en ella la misma esencia del suspense.  Lo que  importa es saber mantener con maestría la expectación del momento de la sorpresa, del  punto crucial  y rápido en  que se resuelve casi intuitivamente el problema. Alfred  Hitchcock ha insistido repetidas veces en que poco importa la lógica. Poco importa la explicación detallada del hilo interno que enlaza  la variada  y compleja  gama  de  sucesos. Lo que interesa es saber  mantener, aunque  sea con la  punta  de un  simple bastón o el mero hecho de  fregar  el  suelo, el ansia del  espectador  por algo que  finalmente  le asombre y le sorprenda. Por lo que se refiere a la segunda característica, la mayoría de los críticos ha reconocido que las mejores  historias  policiales  o  de crímenes  se  encuentran en breves narraciones que apenas alcanzan las veinte páginas. Desde  Poe  hasta William Irish, el  género  policíaco ha condensado lo  mejor  de sus  frutos  en  peripecias  que no  pasaban del  primer capítulo. Los asesinatos de la calle Morgue  y La ventana indiscreta  son  ya dos exponentes extremos  de esta verdad. Con todo, es imposible  soslayar el hecho de que, como lo recuerda  también Chesterton, «nunca han existido mejores novelas policiales que la antigua serie de Sherlock  Holmes». Sir  Arthur Conan  Doyle abordó en poquísimas ocasiones la narración auténticamente extensa. Sus numerosas historias son breves y concisas. El baile de máscaras ha de tener un límite más bien próximo. El lector avezado al género habrá podido comprobarlo  ya  por sí mismo. En múltiples  novelas basta leer el primer capítulo, que constituye el planteamiento de la historia, y el último, que es el desenlace, para conocer perfectamente todo lo que ha ocurrido.
Si pasamos ahora a considerar la aplicación de estos principios chestertonianos a sus propias narraciones, observaremos ante todo que la segunda característica técnica fue siempre seguida fielmente por el creador del padre Brown. Descartando  su obra  El hombre que fue  jueves, que algún crítico ha calificado de novela policíaca «metafísica», aun cuando nosotros pensamos que se trata de un juicio demasiado vago y alambicado, las historias  policíacas de G. K. Chesterton  corresponden  siempre  al  género del cuento o de la novela corta. La crítica le ha acusado de que no atiende al rasgo  psicológico  del  personaje.  Pero ello obedece, evidentemente, a su concepción del relato policíaco. No puede haber tiempo para la descripción de las auténticas cualidades personales de los personajes. Las máscaras aparecen furtivamente en función del único capítulo que en verdad interesa. En cuanto a la primera característica, el suspense de las narraciones de Chesterton posee la peculiaridad de ser un suspense intelectual y especulativo. La expectación del  momento  de la sorpresa  no se mantiene, por lo general, a base de peripecias anecdóticas ni de trucos secundarios, sino predominantemente  por el desarrollo de la reflexión ideológica  y  por la exposición de los contenidos conceptuales que implica la situación concreta. Esta peculiaridad puede resultar, sin duda, chocante e incluso molesta para el lector común de novelas policíacas, dado más  bien a la  evasión  de  tipo imaginativo y poco acostumbrado a la especulación de carácter ideológico. Se trata de la misma incomodidad que suele sentirse ante la magistral introducción de Edgar Allan Poe a Los asesinatos de  la  calle  Morgue.  En  el  caso  de  Chesterton, sin embargo, hay que reconocer quela dificultad se agudiza. En  el  fondo, solo  aquel  que  está  familiarizado  con su rápido y  agudo  proceso  intelectual,  característico  de sus obras de ensayo, puede seguir con pasión sus relatos policíacos. Únicamente aquel que es capaz  de seguir por menudo al autor de Herejes, Ortodoxia y El hombre perdurable, de quien Gilson dijo que «fue una de las inteligencias más poderosas que ha producido Europa», puede disfrutar por entero de sus intrigas  criminales  urdidas  a base de razonamientos y de disquisiciones ideológicas.
Con todo, es indudable que cualquier lector captará algo de la variada gama de valores que  se  presenta  en esta  serie de narraciones. Las situaciones ingeniosas abundan por doquier, e incluso el catador de buena literatura se dará cuenta de  que  se  halla  ante  un  maestro. La  muestra  de la espada  rota,  por  ejemplo,  constituye  un  bello  exponente de narración literaria, aun prescindiendo de su ingeniosidad y de su carácter específicamente policíaco. Pero de hecho, si  dejamos  a  un  lado  el  juicio  crítico  de  aquellos a quienes no les gustan las historias  policiales  y  de misterio y atendemos al criterio de aquellas personas que comprenden por qué se  escribieron  tales  historias, tendremos que reconocer que la obra policíaca de G. K. Chesterton contiene valores decisivos dentro del género. Ellery Queen, por ejemplo, cree que El candor del padre Brown es  el mejor libro de narraciones detectivescas después de Las aventuras de Sherlock Holmes de Sir  Arthur  Conan  Doyle. El género policíaco,  considerado  siempre  como  un  género literario de escasa categoría, ha sido denigrado además, especialmente por parte de los sectores más intelectuales, con la observación de que es un producto de pura evasión y de imaginaciones infantiles. El mismo Chestertonse hizo eco de este reproche en su autobiografía: «gente frívola piensa que es caer muy bajo ponerse a escribir cuentos, incluso cuentos  de  crímenes,  como  yo; que  para algunos es equivalente  a  formar  parte de las clases criminales». Con la selección de narraciones que aquí presentamos, sin embargo, creemos aportar precisamente un testimonio singular de la frivolidad de tales afirmaciones, ya que constituye una muestra clara de la altura a que puede llegar el género en manos de un gran escritor y de un gran  pensador.
La resurrección del padre Brown
Hubo un corto período en la vida del  padre  Brown durante el  cual este  disfrutó  o,  mejor  dicho,  no  disfrutó de algo semejante a la fama. Anduvo, por espacio de unos días, convertido en la sensación periodística: fue el tópico usual de las controversias de semanario; sus hazañas se comentaron con fruición e inexactitud en el  mundillo  de cafés y salones, especialmente  en América. Y, aunque pueda parecer extraño a las personas que lo conocieron, sus detectivescas  aventuras  llegaron  incluso  a  dar  materia  a las breves historias de los «magazines».
Por extraña coincidencia, todo aquel brillo pasajero recayó en su persona mientras esta permanecía en el  más oscuro, o cuando  menos  el  más  apartado,  de  sus  lugares de residencia. Pues se le había enviado a desempeñar un papel, entre misionero y párroco, en  uno  de  aquellos  países septentrionales de la América del Sur, donde existen sectores que soportan inquietos la férula de las potencias europeas, o que amenazan de continuo con alzarse en repúblicas independientes bajo la gigantesca sombra del presidente Monroe. La población de estas regiones es de raza cobriza, morena y  con  pintas  rosadas: quiero  decir,  que está integrada por hispanoamericanos y,  en  grado  mayor aún, por criollos, a pesar de la infiltración continua y creciente de norteamericanos, ingleses, alemanes y demás.
La cosa parece haber  empezado  a  raíz  de  la  llegada  de uno de tales advenedizos. Este, una vez en tierra, sumido en la honda preocupación por la pérdida de una de sus maletas, se acercó  al  primer  edificio  que  le  vino  a  mano, el cual resultó ser nada menos que la casa-misión con su capilla anexa. Recorría la fachada de dicho edificio una larga terraza, así como también  una  larga  hilera  de estacas por las que trepaban oscuras y retorcidas lianas de hojas achatadas y enrojecidas por el otoño. En el interior del recinto  se  apreciaba  asimismo,  en   hilera,  cierto   número de seres humanos, tan rígidos como las estacas, cuyo color recordaba de algún modo el  de las  lianas.  Pues  mientras sus sombreros  de  ala  ancha  eran  tan  negros  como  sus ojos, abiertos sin la más leve  sombra  de  pestañeo, la  tez de casi todos ellos  parecía modelada  en  la  oscura  madera de aquellos bosques  transatlánticos.  Fumaban  en  su mayor parte cigarros largos, delgados y negros; y bien pudiera haberse  dicho  que  en  aquel  grupo  de fumadores  era el humo lo único que se  movía.  Probablemente, el  posadero los habría clasificado a todos entre los tipos de raza indígena,  aun  cuando  algunos  parecían  enorgullecerse  de su sangre española. Sin embargo, no  era  él  persona  indicada   para   establecer   sutiles  distinciones   entre  españoles y cobrizos, y sí, más bien, para dejar de lado, una vez percibidas las características que adjudicaba a los  naturales del lugar, a quien hubiese clasificado como indígena. Era nuestro  personaje  un  periodista  de  la  ciudad  de Kansas, hombre  de  cuerpo  larguirucho,  cabellos  claros  y lo que Meredith habría llamado una «nariz intrépida»; casi se podía  suponer  de  ella  que  se  abría  camino  tanteando los objetos y que se movía cual la trompa de un oso hormiguero. Se llamaba Snaith y sus padres, tras abstrusa meditación, debieron de haberle puesto por nombre de pila Saúl,  hecho  que,  con  muy  buen  tino,  ocultaba  él  cuando le era posible.  Por  cierto  que había  acabado  por  adoptar el nombre de Paul, aunque  por  una  razón  que  nada  tenía que ver con la que indujera a hacerlo  al Apóstol de los Gentiles. Por el contrario, de haber sido mayor su conocimiento de la materia, se habría dado cuenta de que el nombre que mejor le cuadraba era  el  de perseguidor;  ya que consideraba a las religiones sistemáticas con una arbitraria prevención, más fácil de aprenderse en Ingersoll que en Voltaire. Y el caso es que, vestido con  tal  característica secundaria de su  personalidad,  se  enfrentó  con  la misión  y   los  grupos  estacionados  ante  la  terraza.  Algo,  en su indiferencia y desvergonzada compostura, inflamó su deseo ferviente de actuar; y,  al  no  obtener  respuesta  adecuada a sus primeras preguntas, empezó a preguntarse y responderse por su propia cuenta.
Inmóvil en su lugar bajo el ardiente sol, figura irreprochable con su  panamá  y aseados  vestidos,  y  aguantando con puño de hierro por el asa su  saco  de  mano,  comenzó a vociferar dirigiéndose a  la  pacífica  concurrencia que permanecía a la sombra. Empezó a explicarles, en voz muy alta, la razón porque eran perezosos, marranos, brutalmente ignorantes y más rebajados que los animales inmundos, en el supuesto de que tal problema  hubiese podido alguna  vez  ocupar  sus  mentes.  En  su  opinión,  todo se debía a la deletérea influencia del clero, la casta que tan miserablemente pobres les había  hecho  y  tan  sin  esperanza les había oprimido, hasta hacer posible que se sentaran como lo estaban en la sombra, fumando  y sin ocuparse en cosa alguna.
-¡Y que seáis una multitud poderosa y dúctil solo para esto  -decía-:  para  ser  embaucados  por  semejantes  ídolos  vanidosos, con solo ir  de acá para allá con  sus  mitras, sus tiaras, sus capas pluviales y demás vistosos andrajos, mirándolo todo por encima  del hombro como si fuese basura, embaucados, sí, por coronas,  palios  y  paraguas  santos, cual cabritillos de saltimbanquis; solo porque un pomposo y viejo Sumo Sacerdote del Mundo Jumbo parece el dueño  absoluto  de  la  tierra!  ¿Cuál  es  vuestra  opinión? ¿Qué tenéis que añadir por vuestra cuenta, pobres simplones? Yo os digo que  por  esta  razón  quedáis  rezagados en la barbarie y no sabéis ni leer, ni escribir, ni...
En aquel preciso instante el Sumo Sacerdote de Mundo Jumbo aparecía con  aturdimiento  carente  de  toda  gravedad por la  puerta  de la  casa-misión,  no  bajo  la  forma del  verdadero  señor  de la  tierra, sino  más  bien  como  lío de oscuros trapos  viejos abrochados alrededor  de un  mojón de escasa altura con aires de mamarracho. En el  supuesto de que la tuviese, no llevaba entonces su tiara, sino en todo  caso  un  sombrero  ancho,  que  apenas  difería  de los que llevaban aquellos  hispanoindios, echado para atrás con ademán de fastidio. Parecía disponerse a  dirigir  la palabra a los inconmovibles indígenas cuando vio al extranjero y dijo sin tardanza:
-¡Oh! ¿Puedo servirle a usted en algo? ¿Es que desea usted entrar?
Míster   Paul  Snaith  entró,  en  efecto,  y  fue  su  entrada la fuente de donde comenzó  a  manar inagotable  información periodística  sobre  distintas  materias.  Es  de  suponer que su instinto periodístico fuera más poderoso que sus prejuicios, como acontece en realidad a todo periodista inteligente; así es que propuso una cantidad enorme de preguntas, cuyas respuestas le sorprendieron, a la par que despertaron  su  interés.  Descubrió  que  los  indios  sabían leer  y  escribir  por  la  sencilla  razón  de  que  el  sacerdote les había enseñado, y que, no  obstante,  se  limitaban  a hacerlo en las ocasiones precisas, puesto que preferían a cualquier otro procedimiento el de comunicarse  directamente. Aprendió también que aquellas extrañas gentes, acostumbradas a sentarse  en  las  terrazas  sin  mover  uno solo de sus cabellos, podían trabajar con ahínco la tierra, especialmente aquellos en que predominaba la sangre española; e incluso llegó a informarse, con mayor asombro todavía,  de  que  todos  ellos  poseían  parcelas  de  tierra  de su propiedad. Era esta una tradición  de  última  hora  que había  arraigado  profundamente  entre   los  naturales   del país.  También  el  sacerdote  había  tenido  parte  en  ella;   y al hacerlo se había  adjudicado  el primero  y decisivo  papel en la política local, si es  que  podía  considerarse  únicamente como política local. Acababa de atravesar  como huracán por todo  el  país  una  de  esas  epidemias  anárquicas y ateas  que irrumpen  de vez en  cuando  en  las  naciones de  cultura  latina, una de esas epidemias  que  arrancan, por  lo general,  de una  sociedad  secreta  y acaban  en  guerra civil, cuando menos. El cabecilla local del partido iconoclasta era un individuo llamado Álvarez, aventurero pintoresco de nacionalidad portuguesa y, al decir de sus enemigos, de origen negro. El jefe de innumerables logias y templos de iniciación, que disfrazaban el ateísmo con místico ropaje. El jefe del partido conservador  era una persona mucho más vulgar, un rico propietario llamado Mendoza, cuyos bienes consistían  especialmente  en fábricas y a quien se respetaba sobremanera, a pesar  de ser  muy poco atractivo. Era opinión muy extendida la de que la ley y el orden se habrían perdido totalmente de no haberse  adoptado  medidas más populares y adjudicado a todos los campesinos algún lote de tierra en propiedad; dicho movimiento había partido, desde su misma  base, de la  pequeña  casa  en  donde residía el padre Brown.
Mientras este dirigía la palabra al periodista, el cabecilla conservador, Mendoza, penetró en el recinto. Se trataba de un hombre  grueso, moreno, cabeza calva  de melón y cuerpo redondo, asimismo como un melón; fumaba un aromático cigarro, que arrojó con gesto tal vez algo  teatral al encontrarse en presencia del sacerdote, cual si hubiese entrado en una iglesia;  saludó  con una  inclinación tan pronunciada que maravillaba en sujeto tan recio. Era extremadamente grave en sus modales, y de modo especialísimo cuando se enfrentaba con instituciones religiosas. Era uno de esos seglares que son más clericales que los mismos clérigos. Todo este comportamiento, en especial cuando era llevado a la vida privada, molestaba al padre Brown.
-Me parece que yo soy bastante  anticlerical -solía  decir el curita  sonriendo-;  estoy seguro de que no habría  ni la mitad de clericalismo si lo dejaran en manos de los clérigos.
-¿Y bien, señor Mendoza? -exclamó el periodista, más animado-.  Me parece que usted  y yo  tenemos  ya el  gusto de conocernos. ¿No estaba usted, el año pasado, en  el congreso mercantil de Méjico?
Los pesados párpados  del señor  Mendoza  se  movieron un poco en señal de aquiescencia, mientras sonreía perezosamente, diciendo:
-Ya  recuerdo.
-¡Buen trabajo el que se hizo allí en una o dos horas! -exclamó Snaith con  fruición-.  Todo  cambió,  y  supongo que también para usted. ¿No es cierto?