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La industria del Holocausto, un libro vehemente, iconoclasta y polémico, es la denuncia de dolorida voz que alza el hijo de unos supervivientes contra la explotación del sufrimiento de las víctimas del Holocausto. En esta obra fundamental, el eminente politólogo Norman G. Finkelstein expone la tesis de que la memoria del Holocausto no comenzó a adquirir la importancia de la que goza hoy día hasta después de la guerra árabe-israelí de 1967. Esta guerra demostró la fuerza militar de Israel y consiguió que Estados Unidos lo considerara un importante aliado en Oriente Próximo. Esta nueva situación estratégica de Israel sirvió a los líderes de la comunidad judía estadounidense para explotar el Holocausto con el fin de promover su nueva situación privilegiada, y para inmunizar a la política de Israel contra toda crítica. Así, Finkelstein sostiene que uno de los mayores peligros para la memoria de las víctimas del nazismo procede precisamente de aquellos que se erigen en sus guardianes. Basándose en una gran cantidad de fuentes hasta ahora no estudiadas, Finkelstein descubre la doble extorsión a la que los grupos de presión judíos han sometido a Suiza y Alemania y a los legítimos reclamantes judíos del Holocausto y denuncia que los fondos de indemnización no han sido utilizados en su mayor parte para ayudar a los supervivientes del Holocausto, sino para mantener en funcionamiento "la industria del Holocausto". En esta nueva edición, considerablemente ampliada y revisada, el autor refuta las críticas que levantó la primera edición de la obra. "Yo presenté la primera de las demandas contra 105 bancos suizos para solicitar indemnización por el Holocausto. Es necesario que se diga la verdad con respecto a los fondos de indemnización. Las grandes organizaciones judías han estafado a los supervivientes del Holocausto, muchos de los cuales viven en la pobreza. Pero nadie se interesa por la documentación relacionada con este escándalo.
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Seitenzahl: 467
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Akal / Cuestiones de antagonismo / 73
Norman G. Finkelstein
La industria del Holocausto
Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío
Edición revisada y aumentada
Diseño de portada
RAG
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
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Título original
The Holocaust Industry. Reflections on the Exploitation of Jewish Suffering
Publicado originalmente en inglés por Verso, Londres / Nueva York
Primera edición en español, Siglo XXI de España Editores, S. A., 2002
© Norman G. Finkelstein, 2000, 2003
© Ediciones Akal, S. A., 2014
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-3929-7
«Me da la impresión de que, en lugar de dar clases sobre el Holocausto, lo que se hace es venderlo»
Rabino Arnold Jacob Wolf,
Director de la Fundación Académica Hillel de la Universidad de Yale1
1 Michael Berenbaum, After Tragedy and Triumph, Cambridge, 1990, p. 45.
Agradecimientos
Colin Robinson, de la editorial Verso, concibió la idea de escribir este libro. Roane Carey modeló mis reflexiones para convertirlas en una exposición coherente. Noam Chomsky y Shifra Stern me han proporcionado ayuda en todas las etapas de la creación de la obra. Jennifer Loewenstein y Eva Schweitzer leyeron y criticaron varios borradores. Rudolph Baldeo me alentó y me prestó su apoyo personal. Estoy en deuda con todos ellos. En estas páginas he tratado de reflejar el legado que me dejaron mis padres. Por eso, el libro va dedicado a mis dos hermanos, Richard y Henry, y a mi sobrino, David.
Prefacio a la primera edición en rústica
La publicación de La industria del Holocausto, en junio de 2000, suscitó una reacción internacional considerable. Dio lugar a debates de ámbito nacional y se situó a la cabeza de la lista de libros más vendidos en países muy diversos, incluidos Brasil, Bélgica, Holanda, Austria, Alemania y Suiza. Todas las publicaciones británicas de importancia le dedicaron al menos una página, en tanto que, en Francia, Le Monde le consagraba dos páginas enteras y un editorial. Fue el tema de numerosos programas radiofónicos y televisivos y de varios documentales. La reacción más intensa se produjo en Alemania. Casi doscientos periodistas atestaron la conferencia de prensa en la que se presentó la traducción alemana del ensayo y mil personas abarrotaron la sala berlinesa donde se celebró un caldeado debate sobre la obra (mientras otras quinientas se quedaban fuera por falta de espacio). La edición alemana vendió 130.000 ejemplares en unas semanas y en pocos meses se publicaron tres libros basados en ella1. Ahora mismo, La industria del Holocausto está pendiente de ser traducida a dieciséis idiomas.
En contraste con la estridente polémica internacional, en Estados Unidos, la reacción inicial fue un silencio sepulcral. Ninguno de los medios de comunicación de primera fila quiso saber nada del libro2. Los Estados Unidos son la sede central de la industria del Holocausto. Es de suponer que un estudio donde se explicara que el chocolate provoca cáncer suscitaría una reacción similar en Suiza. Cuando resultó imposible seguir haciendo oídos sordos al clamoreo internacional, una serie de comentarios histéricos lanzados en foros selectos sirvieron para sepultar eficazmente el ensayo. Dos de ellos merecen especial atención.
The New York Times hace las veces de principal vehículo publicitario de la industria del Holocausto. En su haber se incluye la promoción de figuras como Jerzy Kosinski, Daniel Goldhagen y Elie Wiesel. El volumen de información que se ofrece del Holocausto en sus páginas solo es superado por el de las previsiones meteorológicas. En el Índice del New York Times de 1999, las entradas correspondientes al Holocausto sumaban 273. En comparación, solo había 32 entradas relacionadas con el continente africano3. El suplemento literario del New York Times de 6 de agosto de 2000 publicaba una larga reseña de La industria del Holocausto («Historia de dos Holocaustos») escrita por Omer Bartov, un historiador militar israelí convertido en especialista en el Holocausto. Bartov ridiculizaba la idea de que existieran explotadores del Holocausto diciendo que se trataba de «una nueva versión de “Los protocolos de los ancianos de Sión”», y descargaba una andanada de invectivas: «extravagante», «absurdo», «paranoico», «chirriante», «estridente», «indecente», «juvenil», «condescendiente», «arrogante», «estúpido», «pagado de sí mismo», «fanático», etcétera4. Unos meses más tarde, en un artículo increíble, Bartov adoptó de pronto la posición contraria. Arremetió contra la «lista cada vez más nutrida de explotadores del Holocausto», y puso como ejemplo máximo «“La industria del Holocausto” de Norman Finkelstein»5.
En septiembre de 2000, el redactor de Commentary Gabriel Schoenfeld publicó un hiriente ataque titulado «Las indemnizaciones por el Holocausto. Un escándalo creciente». Rehaciendo el camino trazado en el tercer capítulo de este libro, Schoenfeld denunciaba a los explotadores del Holocausto, entre otras cosas, por «valerse sin escrúpulos de cualquier método, aunque sea indecoroso o incluso deshonroso», «arroparse en la retórica de la causa sagrada» y «avivar las llamas del antisemitismo». Pese a que en sus acusaciones se hacía eco de La industria del Holocausto, esto no impidió que Schoenfeld denigrase esta obra y a su autor en este artículo y en otro sobre el mismo tema, también publicado en Commentary6, utilizando adjetivos como «extremista», «lunático» y «grotesco». En un artículo posterior publicado en el Wall Street Journal, Schoenfeld condenaba a «Los nuevos explotadores del Holocausto» (11 de abril de 2001) y llegaba a la conclusión de que, «en estos tiempos, una de las peores agresiones contra la memoria es la que procede no de los negacionistas del Holocausto […], sino de quienes se suben al carro de los beneficios literarios y legales». Esta denuncia reflejaba asimismo lo expuesto en La industria del Holocausto. A modo de gentil agradecimiento, Schoenfeld me metió en el saco de los negacionistas del Holocausto tildándome de «chiflado manifiesto».
Apropiarse de los hallazgos de un libro y, a la vez, denigrarlos no es tarea sencilla. La actuación de Bartov y de Schoenfeld me trae a la memoria una sentencia pronunciada por mi difunta madre: «No es casualidad que sean los judíos quienes hayan inventado la palabra chutzpá7». En un terreno totalmente distinto, he tenido la buena fortuna de que el indiscutible decano de los estudiosos del holocausto nazi, Raul Hilberg, haya apoyado pública y reiteradamente diversas argumentaciones controvertidas de La industria del Holocausto8. La integridad de Hilberg tan solo es parangonable a su erudición. Tal vez tampoco sea una casualidad que los judíos hayan inventado la palabra mensch9.
Norman G. Finkelstein
Junio de 2001
Nueva York
1 Ernst Piper (ed.), Gibt es wirklich eine Holocaust-Industrie?, Múnich: 2001; Petra Steinberger (ed.), Die Finkelstein-Debatte, Múnich: 2001; Rolf Surmann (ed.), Das Finkelstein-Alibi, Colonia, 2001.
2 Véase Christopher Hitchens, «Dead Souls», The Nation, 18-25 de septiembre de 2000.
3 De acuerdo con una búsqueda Lexis Nexis correspondiente a 1999, más de la cuarta parte de las crónicas de Roger Cohen, corresponsal del Times en Alemania, versaban sobre el Holocausto. Raul Hilberg observó irónicamente: «Al escuchar Deutsche Welle [un programa de radio alemán], recibo una impresión de Alemania totalmente diferente de la que obtengo al leer el New York Times». (Berliner Zeitung, 4 de septiembre de 2000). Es de señalar que, mientras se desarrollaba el exterminio nazi, el Times apenas si le prestó atención (véase Deborah Lipstadt, Beyond Belief, Nueva York, 1993).
4 Incluso el autor de Mein Kampf salió mejor librado en el suplemento literario del Times. La crítica que en su momento se publicó de esta obra denunciaba el antisemitismo de Hitler, pero, a la vez, concedía un gran valor a «este hombre extraordinario» por «haber unificado a los alemanes, haber destruido el comunismo, haber adiestrado a la juventud, haber creado un Estado espartano animado por el patriotismo, haber puesto freno al gobierno parlamentario, muy poco adecuado al carácter alemán, y haber protegido el derecho a la propiedad privada». (James W. Gerard, «Hitler As He Explains Himself», The New York Times Book Review, 15 de octubre de 1933).
5 Omer Bartov, «Did Punch Cards Fuel the Holocaust?», Newsday, 25 de marzo de 2001.
6 «Holocaust Reparations: Gabriel Schoenfeld and Critics», enero de 2001.
7Chutzpá: descaro, desvergüenza. [N. de la T.]
8 Véanse las entrevistas a Hilberg incluidas en www.normanfinkelstein.com en el apartado «The Holocaust Industry».
9Mensch: persona honrada, íntegra. [N. de la T.]
Prefacio a la segunda edición en rústica
Estas páginas serán casi con plena seguridad lo último que diga sobre la industria del Holocausto. En las ediciones anteriores de esta obra dije prácticamente todo lo que quería decir desde hacía años y, disculpen la expresión trillada, no me dejaba dormir tranquilo. Por otra parte, a petición mía, mis editores convinieron generosamente en publicar una segunda edición en rústica centrada en el caso de los bancos suizos. Mi interés principal es dotar a los lectores y, en especial, a los investigadores futuros de una visión clara de lo que sucedió y de una guía que les oriente en su búsqueda entre las montañas y montañas de desinformación. Es de lamentar que el sumario del juicio no sea plenamente fiable. El juez que instruyó el proceso decidió –por motivos no divulgados pero muy fáciles de deducir– no incluir documentos cruciales en el registro del sumario. Y, para colmo, el Tribunal de Resolución de Reclamaciones (TRR), que podría haber proporcionado una valoración objetiva de las acusaciones contra los bancos suizos, ha dejado de ser una fuente fiable. Mediada su labor, ya encaminada a exculpar a los bancos suizos, el TRR fue reestructurado a fondo por figuras clave de la industria del Holocausto. Actualmente, su única función es proteger la reputación de los chantajistas. En el nuevo epílogo a esta edición se documentan copiosamente estos acontecimientos. Blandiendo el arma de una exposición bien fundada de la campaña en pro de la compensación por el Holocausto, presento en el nuevo apéndice una exhaustiva panorámica de esta «doble extorsión» de la que han sido víctimas los países europeos y los supervivientes del holocausto nazi. Sería francamente interesante leer una refutación de mis conclusiones salida de la pluma de algún miembro de la industria del Holocausto, pero sospecho –también en este caso, por motivos fáciles de conjeturar– que no se presentará la ocasión de hacerlo. Y, como decía mi difunta madre, el silencio también es una respuesta.
Sin contar con la profusión de calumnias ad hominem, la gran mayoría de las críticas a mi libro pueden subdividirse en dos categorías. Los críticos de la corriente de pensamiento dominante alegan que me he sacado de la manga una «teoría de la conspiración», mientras que los izquierdistas ridiculizan mi libro diciendo que es una defensa de «los bancos». Pero nadie, que yo sepa, ha puesto en cuestión mis conclusiones. El valor explicativo de las teorías de la conspiración es muy relativo, lo cual no significa que los individuos e instituciones del mundo real no urdan estrategias y maquinaciones. Quien opine lo contrario incurre en la misma ingenuidad que quien cree que una vasta conspiración manipula el funcionamiento de nuestro mundo. En La riqueza de las naciones, Adam Smith señala que los capitalistas «rara vez se reúnen, ni siquiera para solazarse y divertirse, pero la conversación concluye en una conspiración contra el pueblo o en algún ardid para subir los precios»1. ¿Convierte esto a la obra clásica de Smith en una «teoría de la conspiración»? En realidad, «teoría de la conspiración» ha llegado a ser poco más que un término peyorativo para desacreditar una forma políticamente incorrecta de presentar los hechos. Por lo tanto, sostener que poderosas organizaciones, instituciones e individuos judíos de Estados Unidos, aliados con la Administración Clinton, coordinaron un ataque contra los bancos suizos se considera a primera vista una teoría de la conspiración (y no digamos ya antisemita); mientras que mantener que los bancos suizos coordinaron un ataque contra las víctimas judías del holocausto nazi y sus herederos no puede incluirse entre las teorías de la conspiración.
Se han hecho muchas especulaciones sobre por qué una persona de izquierdas como yo defiende a los banqueros suizos. Lo cierto es que suscribo el credo de Bertolt Brecht: «¿Qué supone atracar un banco si se compara con tener un banco en propiedad?» Ahora bien, mi preocupación al escribir este libro no han sido los banqueros suizos, ni tampoco los empresarios alemanes. Lo que me interesa en realidad es restablecer la integridad del registro histórico y la inviolabilidad del martirio del pueblo judío. Lamento profundamente que la industria del Holocausto haya corrompido la historia y la memoria para ponerlas al servicio de una estafa. Los críticos izquierdistas aseguran que he hecho causa común con la Derecha. Por lo visto, no se han dado cuenta de con quiénes se asocian ellos: una banda repelente de rufianes y mercachifles forrados de pasta y de notorios apologistas de la violencia norteamericana e israelí. En lugar de contribuir a ponerlos en evidencia, mis críticos de la izquierda despotrican contra «los bancos» sin tomar en consideración los hechos. Es una muestra deplorable (y reveladora) de lo poco que cuenta en sus cálculos morales el respeto a la verdad y a los muertos.
Aparte de los agradecimientos expresados en las ediciones anteriores de este libro, quiero dar las gracias a Michael Álvarez, Camille Goodison, Maren Hackmann y Jason Coronel por la ayuda que me han prestado.
Norman G. Finkelstein
Abril de 2003
Chicago
1 Adam Smith, The Wealth of Nations, Nueva York, 2000, introd. por Robert Reich, p. 148.
Introducción
Este libro es tanto una anatomía como una denuncia de la industria del Holocausto. En las páginas que vienen a continuación, argumentaré que «el Holocausto» es una representación ideológica del holocausto nazi1. Como la mayoría de las ideologías, posee cierta relación con la realidad, aunque sea tenue. El Holocausto no es un constructo arbitrario, está dotado de coherencia interna. Sus dogmas fundamentales respaldan importantes intereses políticos y de clase. De hecho, el Holocausto ha demostrado ser un arma ideológica indispensable. El despliegue del Holocausto ha permitido que una de las potencias militares más temibles del mundo, con un espantoso historial en el campo de los derechos humanos, se haya convertido a sí misma en Estado «víctima», y que el grupo étnico más poderoso de los Estados Unidos también haya adquirido el estatus de víctima. Esta engañosa victimización produce considerables dividendos; en concreto, la inmunidad a la crítica, aun cuando esté más que justificada. Debo añadir que quienes disfrutan de dicha inmunidad no están libres de la corrupción moral que suele irle aparejada. Desde esta perspectiva, la actuación de Elie Wiesel como intérprete oficial del Holocausto no es casual. Es obvio que no fue encumbrado a esta posición por su compromiso humanitario ni por su talento literario2. La razón de que Wiesel desempeñe este papel es que enuncia con toda corrección los dogmas del Holocausto y, en consecuencia, fomenta los intereses que lo sustentan.
El estímulo inicial para escribir este libro me lo dio el estudio pionero de Peter Novick, The Holocaust in American Life, sobre el que publiqué una reseña en una revista literaria británica3. En estas páginas se amplía el diálogo crítico que entablé con Novick; de ahí las numerosas referencias a su estudio. La obra de Novick, más que una crítica fundada, es un conjunto de ideas provocadoras y pertenece a la venerable tradición estadounidense de la denuncia de escándalos. Mas, a semejanza de la mayoría de los denunciantes de escándalos, Novick se centra exclusivamente en los abusos más notorios. The Holocaust in American Life es, en general, una obra interesante y cáustica, pero no constituye una crítica radical. No pone en cuestión premisas básicas. Sin ser banal ni herético, el libro se sitúa en el extremo más crítico del espectro de las opiniones mayoritariamente aceptadas. Como era de prever, los medios de comunicación estadounidenses le concedieron gran atención y los elogios abundaron tanto como las críticas.
La categoría analítica básica de Novick es «la memoria». De los conceptos que están de moda en la torre de marfil del mundo académico, «memoria» es sin duda el más endeble que se ha generado en mucho tiempo. Sin olvidarse de la obligada mención a Maurice Halbwachs, Novick se propone demostrar cómo «la problemática actual» da forma a «la memoria del Holocausto». Hubo un tiempo en que los intelectuales disidentes esgrimían categorías políticas potentes tales como «poder» e «intereses», por un lado, e «ideología», por otro. Hoy día solo nos queda el lenguaje anodino y despolitizado de «la problemática» y «la memoria». Ahora bien, a la luz de los datos aportados por Novick, la memoria del Holocausto es un constructo ideológico de intereses concretos. Según Novick, la memoria del Holocausto, aun cuando se elija, es «a menudo» arbitraria. La elección, argumenta Novick, no se realiza en función de «un cálculo de ventajas e inconvenientes», sino más bien «sin pensar mucho […] en las consecuencias»4. Sin embargo, la evidencia parece indicar lo contrario.
Mi interés en el holocausto nazi fue en un principio personal. Mi padre y mi madre eran supervivientes del gueto de Varsovia y de los campos de concentración nazis. Aparte de mis padres, el resto de mis parientes por líneas tanto materna como paterna fueron exterminados por los nazis. Se podría decir que mi primer recuerdo del holocausto nazi es el de encontrarme a mi madre pegada a la televisión viendo el juicio de Adolf Eichmann (1961) cuando regresé una tarde del colegio. Aunque mis padres habían sido liberados de los campos de concentración tan solo dieciséis años antes del juicio, un abismo insalvable separó siempre en mi mente a los padres que yo conocía de eso. De la pared del cuarto de estar de nuestra casa colgaban fotografías de los parientes de mi madre. (Ningún miembro de la familia de mi padre sobrevivió a la guerra.) Nunca conseguí hacerme una idea clara de mi relación con ellos, y mucho menos imaginar lo que había sucedido. Para mí, eran las hermanas, el hermano y los padres de mi madre, y no mis tías, mi tío y mis abuelos. Recuerdo que de niño leí The Wall, de John Hersey, y Mila 18, de Leon Uris, ambos relatos novelados sobre el gueto de Varsovia. (Todavía recuerdo a mi madre quejándose de que, enfrascada en The Wall, se le pasó la estación de metro desde donde iba al trabajo.) Por mucho que lo intenté, nunca conseguí ni por un instante dar el salto imaginario que podría haber vinculado a mis padres, tan normales como los veía, con aquel pasado. Y, francamente, sigo sin conseguirlo.
Pero es en lo que diré a continuación donde quiero hacer hincapié. Aparte de la presencia fantasmal ya mencionada, no recuerdo que el holocausto nazi se inmiscuyera en absoluto en mi infancia. La razón principal fue que a nadie de fuera de mi familia parecía importarle lo que había sucedido. En mi círculo de amigos de aquella época se leía mucho y se debatían apasionadamente los asuntos del día. Pero he de decir con toda sinceridad que no recuerdo que un solo amigo (o el padre de algún amigo) me preguntara ni una sola vez sobre lo que habían soportado mi madre y mi padre. No era un silencio respetuoso. Era simple indiferencia. Teniendo esto en cuenta, resulta difícil no ver con escepticismo el derroche de angustia que empezó a hacerse decenios después, una vez que la industria del Holocausto estuvo firmemente establecida.
A veces pienso que habría sido mejor que la comunidad judía estadounidense hubiera seguido olvidándose del holocausto nazi en lugar de «descubrirlo». Cierto es que mis padres sufrían en la intimidad; los padecimientos que habían soportado no contaban con el menor reconocimiento público. Pero ¿no era eso preferible a la burda explotación del martirio judío que se hace hoy día? Antes de que el holocausto nazi se convirtiera en el Holocausto, se publicaron pocos estudios serios sobre el tema; podrían mencionarse The Destruction of the European Jews, de Raul Hilberg, y libros de memorias como Man’s Search for Meaning, de Viktor Frankl, y Prisoners of Fear, de Ella Lingens-Reiner5. Pero esta pequeña muestra de joyas es mejor que la bazofia que atesta actualmente los estantes de bibliotecas y librerías.
Mis padres revivieron día a día ese pasado hasta el momento de su muerte, y, sin embargo, hacia el final de sus vidas perdieron todo interés en el espectáculo público del Holocausto. Mi padre tenía un amigo de toda la vida que había sido prisionero con él en Auschwitz, un idealista de izquierdas aparentemente incorruptible que, por cuestión de principios, rechazó una indemnización alemana después de la guerra. Con el tiempo se convirtió en director del Yad Vashem, el museo israelí del Holocausto. Con auténtico desengaño y muy a su pesar, mi padre hubo de reconocer finalmente que incluso este hombre se había dejado corromper por la industria del Holocausto y había adaptado sus creencias al poder y al beneficio. A medida que las interpretaciones del Holocausto se volvían más y más absurdas, mi madre se aficionó a citar (con intencionada ironía) esta frase de Henry Ford: «La historia es pura palabrería». Los relatos de «los supervivientes del Holocausto» –todos habían estado presos en los campos de concentración y habían sido héroes de la resistencia– eran especial motivo de guasa en mi familia. Hace ya mucho tiempo, John Stuart Mill señaló que las verdades que no se someten a una revisión continua terminan por «dejar de tener el efecto de la verdad al convertirse en falsedades a través de la exageración».
A mis padres les extrañaba que me enfurecieran tanto la falsificación y la explotación del genocidio nazi. El motivo más evidente de mi ira es que esta manipulación se haya empleado para justificar la política criminal del Estado de Israel y el apoyo estadounidense a la misma. Pero también tengo un motivo personal. El recuerdo de la persecución de mi familia no me es en absoluto indiferente. La actual campaña lanzada por la industria del Holocausto para obtener dinero de Europa mediante un chantaje realizado en nombre de «las víctimas del Holocausto necesitadas» ha rebajado la categoría moral del martirio de mis padres a la de un casino de Monte Carlo. Preocupaciones aparte, estoy convencido de que es importante conservar la exactitud del registro histórico y luchar por ella. En las últimas páginas de este libro indicaré que el estudio del holocausto nazi no solo puede enseñarnos mucho sobre «los alemanes» o «los gentiles», sino sobre todos nosotros. Ahora bien, creo que para que eso sea posible, para que realmente podamos aprender del holocausto nazi, es necesario reducir su dimensión física y aumentar su dimensión moral. Se han invertido demasiados recursos públicos y privados en recordar el genocidio nazi. Y, en general, estos esfuerzos han sido inútiles, pues, en lugar de ser un tributo al sufrimiento judío, lo han sido al engrandecimiento de los judíos. Ya va siendo hora de que abramos nuestros corazones al sufrimiento del resto de la humanidad. Esta fue la lección principal que me enseñó mi madre. Ni una sola vez le oí decir: «No comparéis». Mi madre siempre comparaba. Hay que establecer distinciones históricas, de eso no cabe duda. Pero crear distinciones morales entre «nuestro» sufrimiento y «su» sufrimiento es una parodia moral. «No se puede comparar a dos pueblos desgraciados –señalaba humanamente Platón– y decir que uno es más feliz que el otro.» A la vista de los sufrimientos de los afroamericanos, los vietnamitas y los palestinos, el credo de mi madre siempre fue: «Todos somos víctimas del holocausto».
Norman G. Finkelstein
Abril de 2000
Nueva York
1 En este texto, la expresión holocausto nazi se emplea para designar el hecho histórico real y Holocausto, para referirse a su representación ideológica.
2 Con respecto al vergonzoso historial de Wiesel en el terreno de la apología de Israel, véase Norman G. Finkelstein y Ruth Bettina Birn, A Nation on Trial: The Goldhagen Thesis and Historical Truth, Nueva York, 1998, p. 91 n. 83 y p. 96 n. 90. Los antecedentes de Wiesel no son mejores en otros campos. En sus nuevas memorias, And the Sea Is Never Full, Nueva York, 1999, Wiesel ofrece esta increíble explicación de su silencio en relación con el sufrimiento palestino: «Pese a haber recibido considerables presiones, me he negado a adoptar postura pública en el conflicto árabe-israelí» (125). En su bien detallado estudio de la literatura del Holocausto, el crítico literario Irving Howe despacha la extensa obra de Wiesel en un solo párrafo, y le concede este moderado elogio: «El primer libro de Elie Wiesel, Night, [está] escrito con sencillez y sin caprichos retóricos». «No ha escrito nada que merezca la pena leerse desde Night –opina asimismo el crítico literario Alfred Kazin–. Ahora Elie es todo teatralidad. Me dijo personalmente que era un “conferenciante angustiado”.» (Irving Howe, «Writing and the Holocaust», New Republic, 27 de octubre de 1986; Alfred Kazin, A Lifetime Burning in Every Moment, Nueva York, 1996, p. 179.)
3 Nueva York: 1999. Norman Finkelstein, «Uses of the Holocaust», London Review of Books, 6 de enero de 2000.
4 Novick, The Holocaust, pp. 3-6.
5 Raul Hilberg, The Destruction of the European Jews, Nueva York, 1961 [ed. cast.: La destrucción de los judíos europeos, Madrid, Akal, 2005]. Viktor Frankl, Man’s Search for Meaning, Nueva York, 1959 [ed. cast.: El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder, 22004]. Ella Lingens-Reiner, Prisoners of Fear, Londres, 1948.
I. Holocausto empieza a escribirse con mayúsculas
Hace unos años, en un memorable debate, Gore Vidal acusó a Norman Podhoretz, a la sazón editor de la publicación Commentary, del Comité Judío Americano, de ser antiestadounidense1. Las pruebas que aportaba en contra de él eran que Podhoretz concedía menor importancia a la guerra de secesión –«el único gran acontecimiento trágico que continúa dando resonancia a nuestra República»– que a los problemas judíos. Y, sin embargo, tal vez Podhoretz fuera más genuinamente estadounidense que su acusador. Pues, en aquel entonces, la «guerra contra los judíos» ocupaba un lugar más destacado en la vida cultural de los Estados Unidos que la «guerra entre los Estados». Muchos profesores universitarios podrán dar testimonio de que abundan mucho más los estudiantes que ubican el holocausto nazi en el siglo correcto y citan el saldo de víctimas que dejó que quienes hacen lo propio con respecto a la guerra de secesión. Las encuestas demuestran que el porcentaje de estadounidenses que identifican el Holocausto es mucho mayor que el correspondiente a quienes identifican Pearl Harbor o el bombardeo atómico del Japón.
Ahora bien, hasta hace poco, el holocausto nazi apenas si ocupaba un lugar en la vida estadounidense. En el periodo que medió entre la conclusión de la Segunda Guerra Mundial y el final de la década de los sesenta, tan solo un puñado de libros y películas abordaron este tema. En todo Estados Unidos se ofrecía un único curso universitario sobre el holocausto2. Cuando, en 1963, Hannah Arendt publicó Eichmann in Jerusalem, solo encontró dos estudios académicos en lengua inglesa en los que apoyarse: The Final Solution, de Gerald Reitlinger, y The Destruction of the European Jews, de Raul Hilberg3. Y esta obra maestra de Hilberg llegó a ver la luz con grandes dificultades. El teórico social judeo-alemán Franz Neumann, que fue su director de tesis en la Universidad de Columbia, trató de disuadirle por todos los medios de que investigase ese asunto («Será enterrarte en vida.»), y ninguna universidad o editor bien establecido estuvieron dispuestos a tocar el manuscrito. Cuando al fin se publicó, The Destruction of the European Jews recabó muy escasa atención, y la mayoría de las reseñas fueron críticas4.
El hábito de prestar escasa atención al holocausto nazi no era exclusivo de los estadounidenses en general, ya que también lo compartían los judíos estadounidenses, incluidos los intelectuales. En una bien fundada investigación llevada a cabo en 1957, el sociólogo Nathan Glazer concluía que la solución final nazi «tuvo unos efectos asombrosamente leves en la vida interna de la comunidad judía estadounidense» (tan leves como los de Israel). En un simposio organizado por Commentary en 1961 sobre «La condición judía y los jóvenes intelectuales», solo dos de los 31 ponentes hicieron hincapié en las consecuencias del Holocausto. Del mismo modo, en una mesa redonda sobre «La afirmación de mi ser judío» convocada por el periódico Judaism, en la que participaron veintiún judíos estadounidenses practicantes, ni siquiera se aludió al tema5. Ni monumentos ni homenajes rememoraban en los Estados Unidos el holocausto nazi. Muy al contrario, las grandes organizaciones judías se opusieron a que se conmemorase ese acontecimiento. Y hay que preguntarse por qué.
La explicación que suele aducirse es que los judíos estaban traumatizados por el holocausto nazi y reprimían su recuerdo. Mas lo cierto es que no hay pruebas que respalden esta conclusión. Sin duda, algunos de los supervivientes no querían entonces, ni quieren hoy, hablar de lo sucedido. Ahora bien, otros muchos tenían un vivísimo deseo de comentarlo y, cuando se les presentaba la ocasión de hacerlo, no había quién les hiciese callar6. El problema era que los estadounidenses no querían escucharles.
Los verdaderos motivos del silencio público con respecto al exterminio nazi fueron la política conformista de los líderes judíos estadounidenses y el clima político de los Estados Unidos de posguerra. Las elites judías de Estados Unidos7 se atuvieron estrictamente a la política oficial de EEUU. Con tal proceder facilitaban su tradicional objetivo de promover la asimilación y el acceso al poder. Al iniciarse la guerra fría, las grandes organizaciones judías se lanzaron al combate. Las elites judeo-estadounidenses «olvidaron» el holocausto nazi porque Alemania –República Federal Alemana a partir de 1949– se convirtió en un aliado clave de Estados Unidos en la confrontación de posguerra contra la Unión Soviética. Remover el pasado no cumplía ningún objetivo práctico; de hecho, solo valía para complicar la situación.
Con escasas reservas (que no tardaron en descartarse), las principales organizaciones judías de EEUU se apresuraron a expresar su conformidad con el apoyo prestado por los Estados Unidos a una Alemania donde, tras una superficial depuración del nazismo, se reiniciaba el rearme. El Comité Judío Americano (CJA), temeroso de que «cualquier tipo de oposición organizada de los judíos estadounidenses a la política internacional y el enfoque estratégico nuevos pudiera aislarlos ante la mayoría no judía y poner en peligro los avances logrados en la escena nacional durante la posguerra», fue el primero en cantar las alabanzas de la nueva alineación de fuerzas. El prosionista Congreso Judío Mundial (CJM) y su filial estadounidense renunciaron a ejercer cualquier oposición una vez suscritos los acuerdos de indemnización con Alemania a comienzos de los años cincuenta, en tanto que la Liga Anti-Difamación (LAD) fue la primera de las grandes organizaciones judías que envió una delegación oficial a Alemania (1954). Todas estas organizaciones colaboraron con el gobierno de Bonn para contener la «oleada antialemana» que agitaba el sentir popular judío8.
Aún había otra razón que daba cuenta de que la solución final era un asunto tabú para las elites judeo-estadounidenses: que era uno de los temas favoritos de los judíos izquierdistas, que se oponían a la alineación de posguerra con Alemania y en contra de la Unión Soviética. Así pues, el afán de recordar el holocausto nazi se tildó de causa comunista. Amordazadas por el estereotipo que asociaba a los judíos con la izquierda –de hecho, los votos judíos sumaron un tercio de los conseguidos en 1948 por el candidato presidencial progresista Henry Wallace–, las elites judeo-estadounidenses no vacilaron a la hora de sacrificar a compañeros judíos en el altar del anticomunismo. El CJA y la LAD colaboraron activamente en la caza de brujas de la era de McCarthy ofreciendo a los organismos gubernamentales sus archivos sobre los presuntos elementos subversivos judíos. El CJA dio el visto bueno a la condena a muerte de los Rosenberg, en tanto que su publicación mensual, Commentary, argumentaba en un editorial que no eran verdaderos judíos.
Temerosas de que se las relacionara con la izquierda política extranjera o del país, las principales organizaciones judías se opusieron a la cooperación con los socialdemócratas alemanes antinazis, así como al boicot a los productos alemanes y a las manifestaciones contra los antiguos nazis de viaje por Estados Unidos. Por otro lado, los disidentes alemanes de renombre que visitaban el país, como el pastor protestante Martin Niemöller, quien, tras ocho años pasados en campos de concentración nazis, adoptó postura en contra de la cruzada anticomunista, eran escarnecidos por los líderes judeo-estadounidenses. Deseosas de dar lustre a sus credenciales anticomunistas, las elites judías llegaron incluso a respaldar económicamente y a alistarse en organizaciones de extrema derecha como la Conferencia Panamericana para Combatir el Comunismo, y hacían la vista gorda cuando los veteranos de las SS nacionalsocialistas entraban en los Estados Unidos9.
Siempre anhelando congraciarse con las elites dominantes de EEUU y distanciarse de la izquierda judía, la comunidad judía estadounidense organizada sí hacía referencia al holocausto nazi en un contexto determinado: cuando se trataba de denunciar a la URSS. «La política soviética [antijudía] crea nuevas y nada desdeñables oportunidades –señalaba con optimismo un memorándum interno del CJA citado por Novick– de reforzar determinados aspectos del programa interior del CJA.» Lo que, como ya era habitual, significaba meter en el mismo saco la solución final nazi y el antisemitismo ruso. «Stalin vencerá donde Hitler fracasó –auguraba siniestramente Commentary–. Acabará por eliminar a los judíos de Europa Central y del Este […]. El paralelismo con la política de exterminio nazi es casi absoluto.» Las principales organizaciones judías de EEUU denunciaron en 1956 la invasión soviética de Hungría porque laconsideraban «el primer paso en el camino hacia un Auschwitz ruso»10.
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La guerra árabe-israelí de junio de 1967 modificó radicalmente el panorama. Todas las fuentes coinciden en señalar que el Holocausto no se incorporó a la vida judía estadounidense hasta después de este conflicto11. La explicación que suele darse a este cambio es que la vulnerabilidad y el aislamiento extremos de Israel durante la guerra de los Seis Días reavivaron el recuerdo del exterminio nazi. Mas lo cierto es que este análisis falsea tanto la realidad del equilibrio de poderes existente a la sazón en Oriente Medio, como la manera en que evolucionó la relación entre las elites judeo-estadounidenses e Israel.
En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, las principales organizaciones judías de EEUU restaron importancia al holocausto nazi con objeto de adaptarse a las prioridades señaladas para la guerra fría por el gobierno estadounidense, y también su actitud hacia Israel estuvo a tono con la política de EEUU. Las elites judías de EEUU albergaban desde tiempo atrás profundos recelos con respecto a la existencia de un Estado judío. Esto se debía, por encima de todo, al miedo a que dicho Estado prestara credibilidad a la acusación que se les hacía de mantener una «doble lealtad». Estas inquietudes fueron cobrando mayor peso a medida que se intensificaba la guerra fría. Ya antes de que se fundara el Estado de Israel, los líderes judeo-estadounidenses dieron voz a la preocupación de que los dirigentes, mayoritariamente izquierdistas y originarios de Europa del Este, que regirían los destinos de Israel sumaran fuerzas con el bando soviético. Las organizaciones judías de EEUU acabaron por apoyar la campaña en pro de la creación de un Estado judío dirigida por el sionismo, pero no dejaron de prestar atención a las señales emitidas desde Washington para amoldarse a ellas. De hecho, el CJA respaldó la fundación de Israel movido sobre todo por el miedo a que sobreviniera un movimiento de reacción en contra de los judíos estadounidenses si los judíos apátridas que había en Europa no lograban establecerse definitivamente en un plazo breve12. Israel se alineó con Occidente poco después de empezar a existir como Estado, pero muchos israelíes, con cargos políticos o sin ellos, conservaron una gran estima por la Unión Soviética; y, como era de prever, los líderes judeo-estadounidenses marcaron sus distancias con respecto a Israel.
Desde su fundación, en 1948, hasta la guerra de junio de 1967, Israel no fue un interés prioritario en la planificación estratégica de Estados Unidos. Mientras los líderes judíos de Palestina se preparaban para la proclamación del Estado, el presidente Truman vacilaba al sopesar los intereses de su política interior (el voto judío) y las inquietudes del Departamento de Estado (el respaldo a un Estado judío distanciaría a EEUU del mundo árabe). Alentada por el propósito de asegurar los intereses estadounidenses en Oriente Medio, la Administración Eisenhower trató de equilibrar el apoyo a Israel y a los países árabes, aunque favoreciendo a estos últimos.
Una serie de conflictos intermitentes entre Israel y Estados Unidos en torno a diversas cuestiones políticas culminó con la crisis de Suez de 1956, cuando Israel, en connivencia con Gran Bretaña y Francia, atacó al dirigente nacionalista de Egipto, Gamal Abdel Nasser. Aunque la meteórica victoria de Israel y la conquista de la península del Sinaí pusieron de manifiesto ante el mundo su gran potencial estratégico, para los Estados Unidos continuó siendo tan solo uno más de los países que le interesaban en la región. Por consiguiente, el presidente Eisenhower forzó a Israel a hacer una retirada absoluta y prácticamente incondicional del Sinaí. Durante la crisis, los líderes judeo-estadounidenses respaldaron brevemente los esfuerzos israelíes por arrancar concesiones a Estados Unidos, pero a la hora de la verdad, como señala Arthur Hertzberg, «prefirieron aconsejar a Israel que se aviniera [a las pretensiones de Eisenhower] en lugar de oponerse a los deseos del dirigente de los Estados Unidos»13.
Poco después de su proclamación como Estado, Israel prácticamente dejó de suscitar la atención de la comunidad judía estadounidense, salvo como ocasional objeto de ayudas benéficas. Israel no era importante para los judíos de Estados Unidos. En su investigación de 1957, Nathan Glazer concluía que Israel tenía «un efecto asombrosamente leve en la vida interna de la comunidad judía estadounidense»14. Los afiliados a la Organización Sionista de América pasaron de ser centenares de miles en 1948 a ser solo decenas de miles en los años sesenta. Antes de junio de 1967, solo uno de cada veinte judíos estadounidenses se molestó en visitar Israel. El ya de por sí considerable apoyo judío a Eisenhower se hizo aún mayor en su reelección de 1956, que tuvo lugar inmediatamente después de que forzara la humillante retirada israelí del Sinaí. A comienzos de la década de 1960, Israel hubo de soportar un varapalo de algunas secciones de la elite de la opinión judía con respecto al secuestro de Eichmann; entre las voces críticas figuraron Joseph Proskauer, expresidente del CJA, el historiador de Harvard Oscar Handlin y el Washington Post, rotativo que estaba en manos judías. «El secuestro de Eichmann –opinaba Erich Fromm– es un acto ilegal del mismo tipo que aquellos de los que son culpables los nazis»15.
Los intelectuales judeo-estadounidenses de todo el espectro político demostraron una notoria indiferencia por el destino de Israel. En exhaustivos estudios sobre la escena intelectual judía neoyorquina de tendencia liberal-izquierdista durante los años sesenta apenas si se menciona a Israel16. Justo antes de que estallara la guerra de junio, el CJA patrocinó un simposio sobre «La identidad judía aquí y ahora». Solo tres de los 31 «mejores cerebros de la comunidad judía» aludieron a Israel; y dos de ellos lo hicieron con objeto de negarle toda importancia17. Una paradoja reveladora: Hannah Arendt y Noam Chomsky fueron prácticamente los dos únicos intelectuales judíos de renombre que forjaron un vínculo con Israel antes de junio de 196718.
Luego estalló la guerra de junio. Impresionados por la apabullante demostración de fuerza de Israel, los Estados Unidos decidieron incorporarla como valor estratégico. (Estados Unidos había iniciado una cauta aproximación a Israel desde antes de la guerra de junio, cuando, a mediados de los sesenta, los regímenes egipcio y sirio empezaron a trazarse un curso cada vez más independiente.) Sobre Israel comenzó a volcarse todo tipo de ayuda militar y económica, a la vez que se iba convirtiendo en delegada del poder estadounidense en Oriente Medio.
La subordinación de Israel al poderío estadounidense fue un regalo caído del cielo para las elites judías de EEUU. El sionismo había surgido de la premisa de que pensar en la asimilación era levantar castillos en el aire, y de que los judíos siempre serían percibidos como extranjeros potencialmente desleales. Para resolver este dilema, los sionistas aspiraban a crear una patria judía. Sin embargo, la proclamación del Estado de Israel vino a exacerbar el problema, al menos para los judíos de la diáspora, pues dio expresión institucional a la acusación de la doble lealtad. Paradójicamente, a partir de junio de 1967, Israel facilitó la asimilación en Estados Unidos: desde entonces, los judíos pasaron a formar parte de la vanguardia defensiva de EEUU –e incluso de la «civilización Occidental»– en contra de las retrógradas hordas árabes. Así como antes de 1967 hablar de Israel era invocar al fantasma de la doble lealtad, después de la guerra de los Seis Días, Israel pasó a significar lealtad máxima. A fin de cuentas, eran los israelíes, y no los estadounidenses, quienes combatían y morían para proteger los intereses de EEUU. Y, a diferencia de los reclutas de la guerra de Vietnam, los combatientes israelíes no fueron humillados por advenedizos tercermundistas19.
Por todo esto, las elites judeo-estadounidenses descubrieron repentinamente a Israel. Después de la guerra de los Seis Días, ya se podía celebrar la pujanza militar de Israel, pues sus armas apuntaban en la dirección correcta, es decir, en contra de los enemigos de EEUU. Tal vez, la destreza marcial israelí podría incluso facilitar el acceso a los sanctasanctora del poderío estadounidense. Hasta entonces, la única baza de las elites judías había sido ofrecer listas de judíos subversivos; ahora podían presentarse como el interlocutor natural del valor estratégico más recientemente adquirido por Estados Unidos. Quienes fueran actores de segunda fila habían saltado a la letra grande de las carteleras del drama de la guerra fría. Así pues, Israel se convirtió en un valor estratégico no solo para Estados Unidos, sino también para la comunidad judía estadounidense.
En unas memorias publicadas justo antes de la guerra de los Seis Días, Norman Podhoretz rememoraba frívolamente su asistencia a una cena oficial en la Casa Blanca donde «no había una sola persona que no estuviera visible y absolutamente loca de contenta por estar allí»20. En esas memorias tan solo hay una fugaz alusión a Israel, pese a que Podhoretz ya era el director de la publicación judeo-americana de mayor prestigio, Commentary. ¿Qué podía ofrecer Israel a un ambicioso judío estadounidense? En unas memorias posteriores, Podhoretz comenta que, tras la guerra de los Seis Días, Israel devino en «la religión de los judíos estadounidenses»21. Convertido en ilustre adalid de Israel, Podhoretz ya no solo podía alardear de haber asistido a una cena en la Casa Blanca, sino también de haber tenido un tête-à-tête con el presidente para deliberar sobre los Intereses de la Nación.
A partir de la guerra de los Seis Días, las principales organizaciones judías de EEUU se consagraron en cuerpo y alma a consolidar la alianza estadounidense-israelí. Para la LAD esto supuso poner en marcha una amplia operación de vigilancia interna vinculada a los Servicios de Inteligencia de Israel y de Sudáfrica22. El espacio informativo concedido a Israel en The New York Times aumentó espectacularmente a partir de junio de 1967. En el índice de este periódico se ve que en 1955 y 1965 los asuntos israelíes ocuparon columnas de 60 pulgadas. En 1975, ese espacio había aumentado a 260 pulgadas. «Cuando quiero sentirme mejor –reflexionaba Wiesel en 1973–, leo las noticias sobre Israel en The New York Times»23. Al igual que Podhoretz, muchos intelectuales judeo-estadounidenses destacados se «convirtieron» súbitamente tras la guerra de los Seis Días. Novick nos indica que Lucy Dawidowicz, decana de literatura sobre el Holocausto, fue en su día «una mordaz crítica de Israel». En 1953, Dawidowicz denostaba a Israel diciendo que no podía exigir una indemnización a Alemania a la vez que evadía toda responsabilidad con respecto a los palestinos desplazados: «La moralidad no puede ser tan flexible». Sin embargo, inmediatamente después de la guerra de los Seis Días, Dawidowicz se convirtió en «ferviente defensora de Israel» y aclamó su existencia como «paradigma colectivo de la imagen ideal del judío en el mundo moderno»24.
La postura que tendían a adoptar los sionistas renacidos después de 1967 era contraponer tácitamente su explícito apoyo a una Israel presuntamente acosada a la cobardía demostrada por la comunidad judía estadounidense durante el Holocausto. En realidad, con esa postura no hacían sino repetir el comportamiento que siempre habían tenido las elites judías de EEUU: marchar al paso que les marcaban los dirigentes estadounidenses. Los estamentos cultos mostraron una particular afición a adoptar poses heroicas. Pensemos en el célebre crítico social Irving Howe, de ideología liberal izquierdista. En 1956, la revista Dissent, dirigida por Howe, condenaba el «ataque conjunto a Egipto» por considerarlo «inmoral». Y, aunque lo cierto era que Israel estaba aislada, también se la censuraba por su «chovinismo cultural», su «concepción casi mesiánica de un destino manifiesto» y su «expansionismo encubierto»25. Después del conflicto bélico de junio de 1973, momento en que el apoyo estadounidense a Israel alcanzó su punto álgido, Howe publicó un manifiesto personal, «cargado de intensa inquietud», en defensa de la aislada Israel. El mundo gentil, como se lamentaba Howe haciendo una parodia al estilo de Woody Allen, estaba a merced del antisemitismo. Y se quejaba de que Israel había dejado de considerarse «chic» incluso en el alto Manhattan; todos, salvo él, habían sido supuestamente esclavizados por Mao, Fanon y Guevara26.
Israel era el gran valor estratégico de EEUU, pero también suscitaba críticas. Su negativa a negociar los asentamientos territoriales con los árabes, de acuerdo con las resoluciones adoptadas por la ONU, y su truculento apoyo a las ambiciones imperialistas estadounidenses habían generado una censura internacional creciente27, y, además, Israel debía soportar las críticas de los disidentes estadounidenses. En los círculos gobernantes de EEUU, los llamados «arabistas» sostenían que apostarlo todo por Israel y volver la espalda a las elites árabes iba en contra de los intereses nacionales estadounidenses.
Había quien argumentaba que la subordinación de Israel al gobierno estadounidense y la ocupación de los Estados árabes vecinos no solo eran negativas en sí mismas, sino también perjudiciales para sus propios intereses. Israel se militarizaría cada vez más y aumentaría gradualmente su distanciamiento del mundo árabe. Para los nuevos «defensores» judeo-estadounidenses de Israel, estos argumentos rayaban en la herejía: una Israel independiente en paz con sus vecinos no tendría ningún valor; y una Israel alineada con las corrientes del mundo árabe que pugnaban por la independencia con respecto a Estados Unidos sería un desastre. Solo les parecía interesante una Esparta israelí en deuda con sus benefactores estadounidenses, pues solo esa modalidad permitía a los líderes judíos de EEUU actuar como portavoces de las ambiciones imperialistas estadounidenses. Noam Chomsky ha sugerido que a estos «defensores de Israel» sería más adecuado llamarlos «defensores de la degeneración moral y la destrucción definitiva de Israel»28.
Las elites judeo-estadounidenses «recordaron» el Holocausto con objeto de proteger el nuevo valor estratégico de Israel29. Convencionalmente, suele decirse que obraron así porque, en la época de la guerra de los Seis Días, creían que Israel se encontraba en peligro mortal y tenían muchísimo miedo a que se produjera un «segundo Holocausto». Pero basta analizar mínimamente esta explicación para desmontarla.
Pensemos en la primera guerra árabe-israelí. Corría el año 1948 y la amenaza que se cernía entonces sobre los judíos palestinos, en vísperas de su independencia, parecía mucho más ominosa. David Ben Gurion declaró que «700.000» judíos debían «medir sus fuerzas con 27 millones de árabes, uno contra cuarenta». Estados Unidos se sumó al embargo armamentístico al que la ONU decidió someter a la región, y consolidó la clara ventaja de la que disfrutaban los ejércitos árabes en ese terreno. El miedo a otra solución final nazi obsesionaba a la comunidad judía de EEUU. El CJA deploraba que los Estados árabes estuvieran «armando al secuaz de Hitler, el Muftí, a la vez que Estados Unidos obligaba a que se cumpliera el embargo de armamento» y preveía un «suicidio en masa y un holocausto absoluto en Palestina». Incluso George Marshall, a la sazón Secretario de Estado, y la CIA predijeron explícitamente que Israel sería con toda certeza derrotada en caso de que se produjera una guerra30. Aunque, «de hecho, venció el bando más poderoso» (en palabras del historiador Benny Morris), para Israel no fue un desfile triunfal. Durante los primeros meses del conflicto, a principios de 1948, y, sobre todo, cuando se declaró la independencia, en mayo, el jefe de operaciones de la Haganá, Yigael Yadin, estimaba que las posibilidades de supervivencia de Israel eran de un «cincuenta por ciento». Si no hubiera sido por un pacto secreto para recibir armas de los checos, Israel probablemente no habría sobrevivido31. Transcurrido un año, la guerra dejó un saldo de 6.000 israelíes muertos, un uno por ciento de la población. ¿Por qué, entonces, el Holocausto no se convirtió en foco de la vida judeo-estadounidense después de la guerra de 1948?
En 1967, Israel demostró rápidamente que ya era mucho menos vulnerable que durante su guerra de independencia. Los dirigentes israelíes y estadounidenses sabían de antemano que Israel lograría imponerse con facilidad en un conflicto armado con los Estados árabes. Lo cual se hizo patente cuando, en pocos días, Israel puso en desbandada a sus vecinos árabes. Tal como dice Novick, «durante la movilización de los judíos estadounidenses para apoyar a Israel antes de la guerra, las referencias al Holocausto fueron sorprendentemente escasas»32. La industria del Holocausto brotó después de la apabullante exhibición del predominio militar de Israel y floreció en una época de extremo triunfalismo israelí33. El marco interpretativo convencional no sirve para dar cuenta de estas anomalías.
Las explicaciones al uso sostienen que los terribles reveses iniciales sufridos por Israel en la guerra árabe-israelí de octubre de 1973, el gran número de víctimas que esta dejó y el creciente aislamiento internacional de Israel en la posguerra exacerbaron los miedos que la vulnerabilidad israelí inspiraba a los judíos estadounidenses. En consecuencia, el recuerdo del Holocausto pasó a un primer plano. En esta línea argumentativa, Novick afirma: «Los judíos estadounidenses […] empezaron a considerar que la situación de una Israel vulnerable y aislada era terroríficamente similar a la de la comunidad judía europea treinta años atrás […]. Los comentarios sobre el Holocausto «despegaron» en EEUU y, no solo eso, se fueron institucionalizando»34. Y, sin embargo, Israel se había aproximado mucho más al precipicio y había tenido más víctimas de guerra, en términos tanto relativos como absolutos, en el conflicto de 1948 que en el de 1973.
Cierto es que, con la salvedad de su alianza con EEUU, Israel cayó en desgracia internacionalmente después de la guerra de octubre de 1973. Ahora bien, comparemos la situación con la que se produjo a raíz de la guerra del Canal de Suez. Israel y la comunidad judeo-estadounidense organizada alegaban que, en vísperas de la invasión del Sinaí, Egipto amenazaba la existencia misma de Israel y que una retirada completa del Sinaí socavaría fatalmente «los intereses vitales de Israel: su supervivencia como Estado»35. A pesar de todo, la comunidad internacional se mantuvo firme. Al recordar su brillante actuación ante la Asamblea General de la ONU, Abba Eban se lamentaba, no obstante, de que, «después de aclamar el discurso con un prolongado y vigoroso aplauso, la Asamblea pasó a votar en contra de nosotros por una aplastante mayoría»36. Los Estados Unidos figuraron destacadamente en ese consenso. Eisenhower forzó la retirada israelí y, además, el apoyo público a Israel sufrió un «alarmante bajón» en EEUU (en palabras del historiador Peter Grose)37. Por el contrario, justo después de la guerra de 1973, Estados Unidos proporcionó a Israel una ayuda militar enorme, mucho mayor que toda la que le había prestado durante los cuatro años previos, y la opinión pública estadounidense tomó firme partido en favor de Israel38. Y fue en estas circunstancias cuando «los comentarios sobre el Holocausto “despegaron” en Estados Unidos», en un momento en que Israel estaba menos aislada de lo que lo había estado en 1956.
De hecho, la industria del Holocausto no pasó a desempeñar un papel estelar porque los inesperados reveses de Israel en el conflicto bélico de octubre de 1973, y la posición desventajosa en que quedara después, despertaran el recuerdo de la solución final. Más bien, habría que decir que el impresionante despliegue militar de Sadat en la guerra de octubre convenció a las elites políticas de EEUU y de Israel de que no se podía seguir eludiendo un acuerdo diplomático con Egipto que incluyera la devolución de los territorios egipcios arrebatados en junio de 1967. Así pues, la industria del Holocausto redobló su actividad productiva con objeto de aumentar la fuerza negociadora de Israel. El hecho crucial es que Israel no quedó aislada de los Estados Unidos después de la guerra de 1973: todos estos sucesos se desarrollaron en el marco de la alianza estadounidense-israelí, que permaneció intacta39. Del registro histórico se desprende que, si Israel se hubiera quedado realmente aislada después de la guerra de octubre, las elites judeo-estadounidenses no habrían tenido mayor interés en recordar el holocausto nazi del que ya habían demostrado tras los conflictos bélicos de 1948 y de 1956.
Novick da una serie de explicaciones complementarias que distan mucho de ser convincentes. Citando a estudiosos judíos religiosos, sugiere, por ejemplo, que «la guerra de los Seis Días ofrecía una teología popular del “Holocausto y la Redención”». La «luz» de la victoria de junio de 1967 redimió la «oscuridad» del genocidio nazi: «Dio una segunda oportunidad a Dios». El Holocausto solo pudo llegar a aflorar en la vida estadounidense después de junio de 1967 porque «el exterminio de la comunidad judía europea alcanzó un final, si no feliz, al menos viable». Sin embargo, las explicaciones judías al uso no señalan la guerra de junio como el momento de la redención judía, sino que lo sitúan en la fundación del Estado de Israel. ¿Por qué el Holocausto hubo de esperar a que se produjera una segunda redención? Novick sostiene que la «imagen de los judíos como héroes militares» en la guerra de junio «sirvió para borrar el estereotipo que los representaba como víctimas débiles y pasivas y que […] previamente había inhibido a los judíos para hablar del Holocausto»40. Mas, si se trataba de demostrar valor, los israelíes lo demostraron como nunca en la guerra de 1948. Y la «osada» y «brillante» campaña del Sinaí de cien horas lanzada por Moshe Dayan en 1956 fue un anticipo de la meteórica victoria de junio de 1967. Así pues, ¿por qué la comunidad judía estadounidense necesitaba que la guerra de junio «borrara el estereotipo»?
La descripción de Novick de cómo las elites judeo-estadounidenses llegaron a instrumentalizar el holocausto nazi no es muy persuasiva. Veamos algunos pasajes:
Los líderes judíos de EEUU trataban de comprender los motivos del aislamiento y la vulnerabilidad de Israel –motivos que pudieran indicar un remedio–, y la explicación que suscitó mayores apoyos fue que la difuminación del recuerdo de los crímenes nazis contra los judíos y la entrada en escena de una generación desconocedora del Holocausto habían tenido como consecuencia que Israel perdiera los respaldos de los que disfrutara antaño.
Si bien las organizaciones judías estadounidenses nada podían hacer por alterar el pasado reciente de Oriente Medio, y bien poco por influir sobre su futuro, sí podían trabajar para reavivar el recuerdo del Holocausto. La explicación de «la difuminación del recuerdo» ofrecía un programa de acción [cursiva en el original]41.
¿Por qué la explicación de «la difuminación del recuerdo» fue la que «suscitó mayores apoyos» para la apurada situación de Israel después de la guerra de 1967? Ciertamente, no parece una explicación muy bien fundada. Como el propio Novick documenta copiosamente, el respaldo que Israel consiguió en un primer momento poco tenía que ver con «el recuerdo de los crímenes nazis»42, y, por otra parte, ese recuerdo se había difuminado mucho antes de que Israel perdiera el apoyo internacional. ¿Por qué era «bien poco» lo que las elites judías podían hacer por «influir» sobre el futuro de Israel? El hecho es que controlaban una red organizativa formidable. ¿Por qué «reavivar el recuerdo del Holocausto» era el único posible programa de acción? ¿Por qué no sumarse, en cambio, al consenso internacional que exigía la retirada de Israel de los territorios ocupados en la guerra de los Seis Días, además de «una paz justa y duradera» entre Israel y sus vecinos árabes (Resolución 242 de la ONU)?
