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Esta no es una novela romántica. O sí. ¿Será, acaso, una novela romántica antirromántica? A ver, vayamos al principio. Sol es una chica normal. Cumple con su trabajo, transporta de un lado a otro la mochila del gimnasio sin acabar de ir y devora novelas de amor y grasas saturadas. Sol, que no ha tenido novio durante más de un mes, es una romántica sin remedio y está dispuesta a todo para encontrar el amor, hasta es capaz de quedar con Saúl, un desconocido al que llamó por error. Y es que todo es tan romántico que tiene el presentimiento de que esta, al fin, puede ser su historia de amor definitiva… Aunque pronto descubrirá que nada que merezca la pena es fácil, y con Saúl todavía menos. Por suerte Sol dispone de la ayuda de Viviana, la protagonista de su novela favorita, esa incesante fuente de sabiduría romántica que la ayudará a guiar sus pasos y convertir a Saúl en el hombre de sus sueños.
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Seitenzahl: 446
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Primera edición en esta colección: abril de 2023
© Isabel Montero Bonilla, 2023
© de la presente edición: Agua Editorial, 2023
Agua Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-126509-7-6
Diseño de cubierta: Pablo Nanclares
Adaptación de cubierta y fotocomposición: Grafime Digital S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Pienso que las novelas «de amor» en serio solo pueden combatirse con las novelas «de amor» en broma. Exactamente igual que hizo Cervantes con los libros de caballerías.
ENRIQUE JARDIEL PONCELA,Amor se escribe sin hache.
Tiene pinta de extraterrestre. Peor aún: de loca peligrosa. Si hubieran sacado una instantánea en el metro, de estas que luego, tras las décadas, se exhiben en exposiciones de títulos rimbombantes que nos muestran cuánto hemos cambiado, es lo que cualquier espectador de la nueva era hubiera pensado. Esa tipa va medicada o algo, porque no es normal que en el metro de las 7:38, abarrotado hasta la obscenidad, todos luzcan unas caras de lechugas descongeladas menos ella, de pie, agarrada a una barra del techo, meciéndose entre los brazos, axilas o cuerpos de la gente como un diente de león que responde al viento.
Sí, estaba feliz. Es verdad que sentía demasiado calor. No había podido desembarazarse del abrigo, apenas consiguió bajar la cremallera poco más allá del cuello, y notaba focos de sudor que proliferaban por su cuerpo. Aun así, canturreaba por dentro. Sonreía a todos los que tenía al lado para pedir perdón si perdía el equilibrio por algún cambio brusco en el traqueteo habitual del metro y seguía a lo suyo.
La cita había sido un éxito. Si viviera en un musical, la habrían llevado a casa de mano en mano sin pisar el suelo. Sincrónicas plumas gigantescas emergerían de la nada para abrirle camino. Incluso se hubiera marcado un solo de claqué sobre unas dulces nubes de corderito. Tal había sido el triunfo. Recibió su ubicación en el móvil un par de horas después de que ella le escribiera para pedírsela: bar El Encuentro. Estaba en un barrio que no conocía, a las afueras de la ciudad. Ahora iba apretujada en su camino al trabajo, oliendo la mezcla de perfumes, champús y desodorantes (u odorantes) de la gente, pero el día anterior se recorrió la línea de inicio a fin para acudir al esperanzador encuentro mientras el vagón se iba despoblando hasta dejarla sola, sentada, clavando las uñas a una barra vertical y con los nervios como una red de pescador embrollada en el estómago. El miedo le susurraba que se diera la vuelta, ¿qué hacía yendo tan lejos por un desconocido?, ¿y si no le gustaba? Si era un tío raro ella no se iba a ir sin más, que ya se conocía, no creía que pudiera ser tan maleducada. A lo mejor Paula tenía razón, ¿y si resultaba ser un loco asesino? Pero no, no podía serlo. No con esas dulces palabras que le había dicho cuando ella, en la soledad de su cubículo en la planta 23, marcó su número por error, ¡qué tonta despistada! Tenía que llamar a Rodrigo Hernández, ese señor ocupado y desagradable, el cual había pasado más gastos que los que había justificado, ¡y le salió ese ángel! Es cierto que se pensó mucho si telefoneaba a don Rodrigo, tarea ingrata, pero era el último día para presentar las notas y bien sabía que Hernández, quien iba a todos lados como con prisa, no le iba a contestar al email hasta pasados dos días, y… ¡gracias al cielo que se decidió a llamarlo! En lugar de la voz ronca de fumador encontró esa tierna sensibilidad, la cálida comprensión de un ser bondadoso y el convencimiento de que solo Cupido podía haber movido sus dedos para llamar a su futuro. ¿Crees en el destino? Le preguntó él como si pudiera leerle el pensamiento a través de la línea telefónica. Y Paula le decía que si era peligroso… ¡imposible! Y así, recordándolo, yendo al encuentro que llevaba toda la vida esperando, se le despejaban las dudas y el cielo de su mente volvía a ser azul brillante y límpida su esperanza.
El metro chirrió con una exasperación consonante con el ambiente general de día laborable mañanero, sacándola bruscamente de sus recuerdos. Era el momento de bajar. Fue abriéndose paso entre la gente; estaban a punto de llegar a la estación y si no se apuraba se quedaría sin salir, como ya le había pasado alguna vez. La siguiente parada le quedaba mucho peor y tendría que andar bastante más, lo cual no era una opción deseable. A pesar de pedirlo con una educación exquisita, nadie le facilitaba la salida. Por suerte siguió la estela de una señora que se hizo camino con la boca cerrada y los codos fuera, lo que le recordó a la película que vio la noche anterior al llegar a casa —no se podía dormir de los nervios— sobre los colonos que limpiaban camino en la jungla a machetazos.
Una vez fuera del vagón se dirigió a las escaleras mecánicas y se dejó subir como una pluma mecida por un soplo de aire, pegada al lado derecho y la mano en esa barandilla de plástico negro como la cámara de aire de la bici que se le estalló cuando tenía ocho años y su padre nunca supo arreglar. Observaba un poco estupefacta a la gente saltando los peldaños a toda prisa. ¿Dónde estará el fuego? Hoy tenía tiempo de sobra. Se había levantado prontísimo de la emoción. Siempre le pasaba igual en los momentos importantes, como en las noches de Reyes, se despertaba tan temprano que tenía que ir varias veces al salón porque aún no habían dejado los regalos sus Majestades. Volvía a la cama entonces, rezando para quedarse dormida porque si no sabía que podían saltarse su casa y tener que esperar hasta el año siguiente… lo que la habría literalmente matado. «Esto debe de ser un regalo recibido ya de adulta, la compensación por todas las bicis y gatitos nunca traídos».
El móvil, que llevaba con el volumen y vibración más escandalosa, se agitó en su bolsillo, dentro de la mano que lo tenía agarrado con fuerza. Quizá era él… Porque claro, cuando ella al fin llegó a su casa le envió un mensaje para agradecerle la cita y aún no había contestado. Puso un pie fuera de las escaleras mecánicas con dirección a los tornos de salida. A lo mejor no lo había leído hasta ese momento, o estaba pensando algo ingenioso que contestarle. Probablemente se hacía el duro, ¡ay, los hombres! La verdad es que, para lo poco que lo conocía, le había parecido un chico inteligente, capaz de hacer unos comentarios muy sagaces, ¿qué le habría escrito? Comprobó acelerada el mensaje, con el corazón como el martillo neumático de la obra de debajo de su casa. Era Maite. Se le arrugó la nariz con desilusión. Bueno, se recompuso, está bien poder contarle todo a alguien. Las dichas compartidas siempre se multiplican, o algo así decía la abuela. Seguro que lo suyo rimaba…
Comenzó a teclear como loca, pero eso le hacía ir demasiado despacio y la gente la empujaba, gruñía y ponía malas caras… así que siguió escribiendo, pero sin mirar la pantalla para poder acelerar, las consonantes sin sentido se le aglutinaban, el autocorrector en su infinita creatividad corregía sin ton ni son… pobre Maite, no va a entender nada… y subía por las escaleras al ritmo de todos los que tenía a su alrededor, que marchaban como muñecos de hojalata yendo a girar en los engranajes de una fábrica de Chaplin.
La cita fue genial, corazón, corazón, corazón, y estuvimos en un bar muy curioso de su barrio tomando algo. Es bastante guapete, muy alto, con el pelo rizado un poco largo y moreno, aunque con la piel clarita y unas pecas monísimas, guiño. Viste así informal, un poco casual comparado conmigo. Creo que nos veremos pronto. Me acompañó al metro e intentó besarme, pero no me dejé, ya sabes cómo soy, guiño y lengua fuera.
Se abandonó a la marea de gente que la llevó unos pasos fuera de la boca del metro y consiguió desviarse en la puerta de una pastelería que acababan de abrir. Habían abierto esa y muchas más ya que estaban teniendo un gran éxito y proliferaban como setas en el campo otoñal. Hoy, un homenaje. No debía pasarse, su máxima era cuidarse, pero… ¿a quién le amarga un dulce? Algunos celebran con champán, pero ella prefería un desayuno especial en una ocasión como esa: el primer día del resto de su vida.
Tomó asiento en una mesa redonda cerca del cristal que daba a la calle. Ahí hacía un poco más frío, pero quería disfrutar de ver pasar a la gente como abejitas zumbonas que van al panal a trabajar por el bien común. Ella hoy se sentía como la abeja reina, quizá en la hora de fundar una nueva colmena, un nuevo reinado, quién sabe. Se quitó las mangas del abrigo sin levantarse y se quedó sentada sobre él, con el bolso enredado entre su cuerpo y la capucha. Un camarero con un gorrito corporativo se acercó a despejarle la mesa llena de desayunos pretéritos y tomó la orden: un chocolate con nata y un cruasán relleno de crema con azúcar glas. Si vas a saltarte las normas, hay que hacerlo bien.
Miró a su alrededor. La mayoría de los clientes estaban solos, como ella, y ojeaban un periódico o el móvil. Algunos ejecutivos de traje a medida se tomaban el expreso de un trago, como si fuera un chupito, y salían a afrontar el día a ese ring de moqueta eléctrica donde todo valía. Otros jóvenes de americanas prestadas y pantalones demasiado largos leían periódicos gratuitos con interés y aplomo recién adquiridos, imitando la pose del papel que querían desempeñar. Ella se sentía ajena a todo eso. En otra ocasión a lo mejor lo hubiera observado con interés científico o con la mirada aburrida. Pero esa mañana solo celebraba su mundo interior lleno de eventos y próximos pasos. Estaba en las puertas de una buena historia romántica, algo se lo decía. Se encontraba en la primera casilla de la oca del amor, donde todo sería tiro porque me toca o de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente. En el caso de caer en la posada, solo sería para perder el turno por pasar lúbricas noches de pasión. Él se había interesado por ella como nadie antes, le hizo muchas preguntas para conocerla, lo que aprovechó para contarle su vida entera: sus estudios inconclusos en ADE, el trabajo que tenía desde que salió de la carrera como auxiliar contable, seguro que dentro de poco por fin subía a contable, con la buena racha que acababa de estrenar…
—Gracias.
Habló sin mirar al camarero, no pudo. No es que fuera maleducada, para nada, es que olía ese cruasán caliente, sí, caliente de microondas como decía Paula, pero aun así suculento, y veía la tremenda copa de chocolate coronada por una espiral malabarística de nata, y no podía sino dedicarles todos sus sentidos.
—Le dejo aquí la cuenta —contestó el camarero sin irse.
—¡Ah, perdona! —revolvió entre el abrigo para llegar al bolso y pagó el desayuno.
Una vez a solas, hundió la cuchara en la nata espolvoreada con cacao como arena en la nieve y abrió bien la boca para engullirla, voluminosa como su pelo en la playa. Sintió cómo se desinflaba contra el paladar y se transformaba en un líquido dulce y espeso. Este era su premio por todos los nervios que había pasado junto a la puerta del bar El Encuentro, de pie, en un barrio desconocido, esperando a alguien de quien no tenía ni una somera descripción, ¿cómo se iban a reconocer? Ni siquiera habían pactado un objeto de referencia: llevaré una pajarita roja o un libro de Romeo y Julieta. Y sí, claro que le cotilleó la foto de perfil, pero era de un grupo de música electropunk —por lo que pudo averiguar en internet— así que no le sirvió de mucho. Ella, en cambio, mantenía un selfi en la playa del verano anterior, un retrato tomado desde arriba, en un escorzo muy favorecedor, mostrando un poco de morritos y dejando intuir un escote más prominente, redondo y túrgido de lo que era. Y allí los minutos pasaron sin saber cómo meterse dentro de su cuerpo, dónde colocar las piernas y los brazos, ni qué actitud fingir. ¿Y si él la estaba viendo desde fuera, decidiendo si se acercaba o no? Bien se merecía este desayuno-homenaje con tantos nervios sufridos.
Se lanzó a por el cruasán, cortando con cuchillo y tenedor un pedacito más pequeño que lo que le habría gustado. Hay que comportarse siempre como lo que se es, y ella era una mujer refinada. Lamentó que este trozo, ansiado como primero que era, estuviese vacío, manco de crema. No se desilusionó demasiado porque, sin acabar de masticar el anterior, se cortó el siguiente cachito de señorita donde ya sí tocó relleno y, rebosante, se lo llevó a la boca como el día anterior se llevara las uñas en infinitos espasmos nerviosos. Cuando estaba ya casi convencida de que su cita se había dado la vuelta al verla y se ahogaba en la incertidumbre más pastosa, me voy, me quedo, lo llamo… se le acercó un chico alto que vestía un chándal negro apretado con rayas blancas en los laterales y una bomber enorme que oscilaba como una cortina tras una ventana abierta en su renco caminar. En un ímpetu, se agarró el bolso.
—¿Eres Sol?
Ella afirmó moviendo la cabeza, súper cortada, soltando el bolso y, para evitar la bronca que se pudiera echar a sí misma cuando estuviera sola, se lanzó a darle dos besos. Puso su mano en el cuello, haciéndose la mujer resuelta. Para ello tuvo que colocarse de puntillas, tambaleándose ligeramente al aterrizar sobre suelo firme. A priori no era su tipo. Pero una mirada más detenida la llevó a percibir unas pequitas graciosísimas sobre la nariz, como las motitas de cacao sobre la nata, corona de su copa de chocolate, y que acababa de rebañar diligente. Tenía las pestañas largas, sí, unos ojos bonitos y oscuros que contrastaban con su piel pálida. «Es mono, ¡qué digo mono! En realidad, es un chico guapo-guapo», y barría animada el azúcar glas del plato con el dedo para llevárselo a la boca. Uno de esos hombres que sabes que te van a meter en problemas, pero no puedes evitar zambullirte en el caos. Un rebelde que no tenía causa, pero ni falta que le hacía.
Está de muerte el cruasán. Ya iba por el tercer trozo y solo quedaban dos como máximo. Miró el nuevo pedazo recién trinchado por el tenedor. ¿Cómo sabrán sus labios carnosos de melocotón veraniego? Sí, le hubiera besado con gusto. Solo apartó la cara al verlo venir por vergüenza, y bueno, porque siempre había pensado que los hombres no valoran lo que se les pone fácil. Son cazadores, necesitan estar al acecho, medir, planificar las tácticas y finalmente atrapar a su víctima de manera irremediable. Movió la cabeza con positividad. Acababa de tener una brillante idea. Sumergió el bollo en el chocolate caliente, quedándose cubierto por una capa oscura que se mantuvo uniforme unos segundos, hasta que una gota con la densidad de la lava cayó dentro de la taza y desapareció como tragada por un agujero negro. Bueno, luego encontraría la crema como una recompensa en forma de perla. Pues eso, él debía tener verdaderas ganas, currárselo un poquito al menos.
—Vivo aquí al lado. Sube y te enseño a Uma.
La invitó con una media sonrisa pícara que contradecía su cándida proposición. Por supuesto, rechazó la oferta. Es cierto que tenía mucho interés en conocer la mascota de su hermana, un travieso hurón, pero no se podía permitir eso en la primera cita. Sintió tales cosquillas en el estómago al recordarlo que casi se le quita el hambre. Madre mía, me deseaba. Sintió que le faltaba el suelo firme. A lo mejor… hasta quería acostarse conmigo. ¿O solo pretendía enseñarme al animalillo? Era tan mono… Cogió la cuchara suspirando y tomó la capa superior del chocolate para no quemarse. Sin duda lo de ayer había sido algo especial. Una química recíproca y evidente entre dos adultos. Pero ya habrá tiempo de hacer esas cosas… Empezó a dar los sorbos con cuidado; la taza humeaba, pero el tomárselo a cucharadas se le quedaba corto y necesitaba más que esas comedidas dosis. Además, tenía que ir a trabajar, ¡no podía estar ahí toda la mañana! Y de pronto se le puso un ladrillo en el estómago, que bien podría haber sido una amalgama de cruasán y chocolate, al recordar la promesa que le hizo antes de despedirse de él con dos besos, esquivando con firmeza y algo de pesar sus intentos de que cayera en sus labios.
—La próxima vez que quedemos te invito a cenar a mi casa.
Guiñó un ojo, orgullosa de su fuerza, y se dio la vuelta consciente de que seguramente le estaría mirando el culo, devorándola libidinoso al irse, derritiéndose por las ganas de estar con ella. Aunque… ¡en menudo lío se había metido! ¿Qué le prepararía en la cena?, ¿qué le gustaría? En su cita solo se tomó unos tercios de cerveza y la tapa de queso sobre pan chicloso. Bueno, ya lo pensaré. Seguro que podía encontrar un buen consejo en alguna revista o en Vídeosx1Tubo. «Menú para las primeras citas», o algo así.
Empezó a dar grandes tragos al chocolate caliente, acostumbrada ya a su temperatura. Dulce y amargo a la vez, espeso, bajaba por su garganta en grandes borbotones. Necesitaba un vaso de agua, pero no tenía tiempo. Debía partir a la oficina con esa sed que te deja el azúcar, muy acorde para la ocasión, ya que se pasaría todo el día recordando la conversación con él, o imaginando nuevos escenarios, con un sabor dulce en la boca y ansia de beber. Y repasando su cara, esos ojos oscuros y su cuerpo alto. Todos los detalles de su misterioso James Dean. Adorablemente tímido. Al principio ella contaba y contaba para evitar los silencios incómodos. Y él bebía un tercio tras otro, con vergüenza de mirarla a los ojos en ese bar con servilletas y palillos en el suelo donde todos le conocían.
—Yo he tenido dos parejas serias, pero no fueron bien. Soy muy romántica y creo en el destino como tú me dijiste. Eso sí, tengo mis líneas rojas.
Aclaró eso haciendo una pausa dramática y esperó a que él levantara los ojos de las pelotillas de servilleta que estaba agrupando para comenzar la enumeración: nunca con ex o novios de amigas, nunca con compañeros de trabajo, que si va mal todo se sabe…
—Y tercera: nunca con alguien con pareja. Tú… ¿tú tienes pareja?
Él negó con su característica sonrisa de medio lado y la miró callado para que siguiera hablando. Nadie se había interesado tanto por ella, por conocerla y escucharla, en una cita. Normalmente la gente va a exhibirse, a mostrar un reflejo irreconocible de sí mismo, pero él no. Saúl era distinto a todos, definitivamente.
Salió de la pastelería con el abrigo y bolso engurruñados en su cuerpo y comprobó si tenía mensajes en el móvil. De momento no. Eran las 8:24, más le valía darse una carrera para llegar a tiempo a fichar. Bueno, una carrera tampoco, que le entraría flato. Respiró hondo y aceleró sus pasitos cortos, sintiendo el frescor de la mañana en el rostro y la confianza en la espalda de estar caminando, al fin y como él predijo, en dirección inequívoca a su destino, transitando sobre baldosines amarillos hacia su sino más dulce y esperado. ¿Sería acaso esta seguridad el amor?
Si los pies son los encargados de llevarte por las sorpresas de la vida, más te vale tenerlos contentos en unos buenos zapatos. Esta era una de las máximas de Viviana. Por supuesto, aquel día no fue distinto. Los llevaba envueltos como un exquisito regalo en sus botines rojo charol, los favoritos de este mes, que dejaban asomar sus dedos como divertidas bailarinas de Las Vegas saliendo del techo de una limusina.
Sus pasos alegres la condujeron al bar donde había quedado con Sonia y Abbie, el lugar más cool del momento: el Quirimbas, y con ellas nunca se sabía qué aventuras le podían deparar. Nada más llegar, una agradable brisa de aire fresco la recibió besando, con delicadeza, toda la piel que dejaba al desnudo su ligero vestido negro de gasa, consiguiendo así quitarle la molesta capa de calor veraniego que traía de la calle. Ahora ya estaba en casa.
Las vio sentadas en la acolchada barra del bar, justo donde a Abbie y Sonia les gustaba situarse. Para ellas, este lugar era estratégico; les permitía tener todo controlado y constatar si había alguna presa a la que mereciera la pena poner ojos de gatita. Además, en caso de que viniera algún ser poco deseable, la escapatoria era más sencilla que si estaban atrapadas en una mesa. La barra de un bar era exactamente como las almenas de un castillo, decían. Ante estos comentarios Viviana las reñía por tan bélica comparación, no sin antes celebrar los divertidos y frescos ingenios de Sonia y Abbie, proclamando siempre que la barra constituía más bien el escaparate de una deliciosa pastelería y ellas, sus esplendorosas amigas, conformaban los dulces más suculentos y deseados. Y era así hasta el punto de que todo transeúnte que pasara por delante tendría que luchar por no pararse, plantar sus manos y nariz en el vidrio protector y sorber alguna que otra babita.
—¡Vi! ¡Vi! Estamos aquí.
Abbie comenzó a gritar su nombre en cuanto la vio, poniéndose de pie sobre el apoyo del taburete y moviendo el brazo de un lado a otro, consiguiendo un tintineo de hada con las alegres pulseras de plata. Las dos juntas formaban tal crisol cultural, Abbie la pícara pelirroja y Sonia una exótica mestiza, que, unido a su finura y gracia, atraían las miradas de hombres y mujeres como un imán. Son incorregibles, pero es imposible no quererlas, se sonrió.
Le gustaba mucho ir a Quirimbas tras la reforma. Se había convertido por derecho propio en el lugar de moda y, sin duda, ofrecía los mejores cócteles de la ciudad, además de proporcionar el mood más adecuado para cada momento gracias a sus cristaleras de día y benévola iluminación de noche. El local estaba espolvoreado con mesas altas y bajas sobre un suelo de baldosines eclécticos y, en el centro mismo, lucía con orgullo su divertido reclamo: una enorme mesa de madera, larga como un barco vikingo, a compartir entre quieres quisieran sentarse. Su experiencia le dictaba que siempre salía alguna historia graciosa de allí.
Apenas había llegado a la barra, cuando Sonia y Abbie la estaban informando atropelladas de que no había ningún buen pez en ese mar, se preguntaban cómo había tardado tanto y lamentaban que trabajara hasta tan tarde un viernes…
—Dejad primero que me pida algo. —Viviana las intentó calmar como si fueran dos niñas en el parque de atracciones.
Llamó al camarero con su sonrisa y al instante tenía preparado su French 75, la bebida que necesitaba en un día como ese, en el que el calor caía a plomo. La esbelta copa lucía un color amarillo granizado tan exquisito que tan solo podía presagiar su seguro frescor intenso. Las gotas de rocío nacidas de la condensación otorgaron a las yemas de sus dedos el alivio de un césped recién regado en verano. Apartó la pajita negra que contrastaba con el fulgor de la bebida como las rayas de una cebra y, finalmente, cuando se la acercó a los labios y pudo sentir cómo bajaba aquel delicioso cóctel, enfriando desde dentro todo su cuerpo, estaba ya preparada para atender todas las locuras que le quisieran compartir sus queridas amigas.
—Entonces, ¿no habéis visto nada interesante? —retomó Viviana divertida.
Y justo al terminar de pronunciar la inocente pregunta, la vida le ofreció una de sus mágicas intersecciones. La palabra que sale y se cruza con el chico que entra por la puerta. Un apuesto neogalán que vestía unos vaqueros Rodolphe Boulanger ceñidos justo cómo y dónde debían. La camiseta blanca engañosamente holgada que lucía se abría en un pico, permitiendo intuir unos pectorales hercúleos. Su pelo castaño claro estaba encofrado en un tupé estrictamente delimitado con una raya, lo que le otorgaba un aspecto de rebelde que había madurado una causa. Viviana se quedó como hipnotizada, sin poder atender a sus amigas mientras le daban el parte de lo ocurrido en sus treinta minutos de ausencia.
—Vaya, vaya. Pero parece que tú tienes más suerte y has encontrado el primer pasatiempo de la noche —interrumpió Sonia a Abbie, dirigiendo sus ojos al nuevo espécimen que tenía a Viviana absorbida.
—Bah, no está mal, pero parece un poco chulo —apuntó Viviana dándose la vuelta y quedándose de espaldas a la puerta.
—Algún día tendrás que volver a… —se aventuró a decir Sonia con el cuidado de quien deambula por un campo de minas.
—Bueno, ese día no ha llegado aún —cortó Viviana con brusquedad.
Sabiendo que solo ella podía encaminar ese incómodo momento, Abbie continuó con su parloteo alegre, al que todas se sumaron con cierto alivio y, en un reflejo no consciente, Viviana comenzó a frotar la breve línea no bronceada de su dedo como si quisiera hacerla desaparecer. Era una persona de carácter apacible, eso todos lo sabían, pero también reconocía que el dolor que cargaba en el alma a veces la hacía comportarse como un animal herido, el cual, si te acercabas demasiado, podía sentirse en peligro y atacar.
—Parecemos gallinas en un palo sobre estas banquetas. Vamos al barco vikingo, a ver dónde nos lleva —propuso Abbie traviesa.
—Perfecto, chicas. Id abordándolo mientras voy al aseo —anunció sonriente Viviana.
Sabía que no había ninguna mala intención por parte de sus amigas, pero, no obstante, tras lo ocurrido, necesitaba un minuto a solas para recomponerse. Se dirigió al fondo del bar; lo mejor sería refrescarse, calmar ese corazón loco y roto para disfrutar de la noche. ¡Las pobres Abbie y Sonia! Pensaban que todo era una cuestión de tiempo, que antes o después volvería a confiar en alguien y enamorarse. Pero ella bien sabía que lo que se le había fracturado dentro era irreparable. Por eso no suponía una cuestión de tiempo, sino de mecánica. Ahora mismo ella era como un teléfono móvil averiado que salía más caro arreglar que comprarse uno nuevo.
Llegó un poco más tranquila al particular aseo. Coronado por un enorme espejo sostenido por los rústicos lavabos de piedra, el tocador conformaba una estancia unisex antes de su bifurcación: a la derecha, la puerta de caballeros, y a la izquierda, la de las damas. A pesar de la tenue luz, nada más entrar distinguió unas espaldas fuertes, como de gladiador, de un hombre que se estaba lavando las manos. Es él, supo cuando perdió la percepción del latido de su corazón. No podía comprender por qué se ponía tan nerviosa con aquel desconocido que solo había visto entrar en el bar. Sin levantar los ojos del suelo, intentó abrir la puerta del baño mientras él cogía unos papeles para secarse las manos, dándose la vuelta hacia ella con la confianza del animal que se encuentra en la cúspide de la pirámide. No recordaba haber visto nada semejante en nadie.
—Creo que está ocupado —la avisó complaciente.
Cerró los ojos antes de aceptar su destino. Sabía que ahora tendría que subir la mirada, pero lo que no lograba averiguar era qué consecuencias podría tener eso. Quería esfumarse como la ayudante de un mago al caer la cortina y dejar de parecer una tonta que no sabe estar con el hombre más atractivo del mundo en un espacio tan reducido. Ella no era así. Era una mujer decidida, segura, fuerte. ¿Por qué no podía articular una frase coherente? Derrotada, alzó la vista y giró el rostro hacia él. Y en ese instante, le llegó un olor como debía de ser el de los bosques de cuentos de princesas, aturdiéndose más aún al hundirse en el intenso verano de sus ojos. Todo esto rematado por una sonrisa canalla de lo más cautivadora. Mientras, él, quizá ajeno a su influjo, se pasaba el papel de una mano a otra con tal naturalidad, que una vaga sensación de intimidad la incomodó. Parecían una vieja pareja en el aseo de su casa antes de salir a cenar.
—Gracias —alcanzó a decir Viviana.
No le podían pedir más que eso. Se refugió bajando los ojos al suelo, al fin y al cabo, los zapatos bonitos también sirven para tener algo interesante que mirar cuando te mueres de vergüenza. Otro punto más para sus Emma Rouault.
—Hasta luego —dijo amablemente el robusto desconocido antes de salir.
—Ciao.
Fue lo único que consiguió murmurar, «hasta luego» parecían demasiadas sílabas para ella. Encendió el grifo de agua fría y se llevó las manos mojadas a la nuca. ¿Ciao? Parezco boba… Ella no era así. ¿Qué acaba de ocurrir? Nunca se había sentido intimidada por nadie. Era como si percibiera en él una seguridad tal que la hacía empequeñecer y dejar de ser la mujer que pisa fuerte para convertirse en la adolescente que ha cogido la ropa a su madre y juega a ser mayor. Nada de esto tenía ningún sentido. Lo mejor será irse cuando terminemos la copa, decidió mirándose fijamente al espejo mientras se bajaba el rojo remolacha que había alcanzado su cara.
Un poco más recompuesta, volvió con Sonia y Abbie, ya instaladas en la mesa vikinga, quienes le hacían de nuevo señales con los brazos, con el entusiasmo de dos náufragas que esperaran ser salvadas. Al llegar tomó su copa y, aún sin sentarse, dio un necesario sorbo. Venga, tú a lo tuyo. Estaba ya lista para concentrarse en sus amigas y empezar a pasárselo bien. Tomó asiento, felizmente embargada por las sensaciones de frescor del French 75, y no pudo más que reírse al escuchar la historia sobre la bizarra primera cita de Sonia con la última escultora loca que exponía en su galería de arte. Esa mujer de flequillo recto estuvo toda la noche hablando de sí misma y su grandiosa obra —que no tenía rivales contemporáneos, tendrías que irte unas décadas o siglos atrás para encontrar algo pintiparado—, y la pobre intentaba cambiar de tema sin éxito.
—¡Y encima dice que no le gusto porque soy muy callada!
Animada por el tácito envite, Abbie compartió su peor primera cita reciente; la lista de anécdotas de estas mujeres que se lanzaban a la vida a provocar que las cosas pasasen era larga, muchos sapos, ranas y troles habían encontrado en el camino, e incluso besado, sin perder la esperanza ni el humor. En cambio, ella…, no es que ella hubiera perdido la ilusión, sino más bien que se reservaba del riesgo de toparse con un apuesto lobo que la llevara con hábiles tretas al claro del bosque y la dejara ahí, abandonada, mientras él se iba a buscar otras diversiones.
Miró por la cristalera, sin saber cómo sacar el tema y mucho menos conseguir convencer a sus pletóricas amigas de irse. Fuera ya empezaba a oscurecer en una de esas tardes de verano que parecen no querer acabar nunca. Dentro, el local se iba animando. Todas las mesas bajas, butacas y sofás estaban ya ocupados por jóvenes empresarios o competentes mujeres de negocios que necesitaban una tregua con su día a día, aflojarse un poco la corbata o soltarse el prieto moño. Viviana deslizó una discreta mirada por el local mientras jugaba con la pajita de su copa, ¿estaba ya a salvo? Sus ojos, como la diana del más preciso avión militar, lo detectaron de nuevo. En la puerta como la primera vez, fumando un cigarrillo con otros dos amigos, vestido de esa respetuosa seguridad que tanto la mermaba, estaba él. Consiguió mantener la compostura y no derramarse todo el cóctel cuando se encontró con sus persistentes pupilas, y supo, como si le hubiera enviado un mensaje telepáticamente, que su siguiente movimiento iba a ser sentarse con ellas en la mesa.
Los cinco minutos que tardaron los tres amigos en acabarse sus cigarrillos, apagarlos en la arena del cenicero gigante como si los atornillaran y dirigirse hacia ellas, se le pasaron con los nervios de quien espera que le caiga un meteorito y casi prefiere que ocurra ya para quitarse la incertidumbre de encima, ¿será capaz? Por fortuna, sus amigas no se percataron de nada, si no, la hubieran puesto más nerviosa. Cuando estos tres hombres se acercaron a ellas, como salidos de un catálogo de Primavera-Verano del AUGE, los ojillos de Sonia y Abbie no reflejaban el pavor de ver acercarse un pedruño interestelar, sino el destello de Cenicienta al ser escogida por el príncipe.
Se sentaron justo a su lado, buenas noches, con permiso. Él se situó a un palmo de Viviana, tomando asiento casi sin mirar, apenas una leve sonrisa, y se mantuvieron centrados en su conversación. De los tres era el único que iba perfectamente afeitado. Uno de sus amigos lucía una espesa barba rubia que te transportaba directamente a los bosques de Noruega, mientras que el otro la llevaba de tres días, perfectamente medida, y seguro que suave como el terciopelo.
El juego había empezado y se les veía muy profesionales. No iban a ir detrás de ellas como vulgares babosos de discoteca, no. Eso, de hecho, lo hubiera puesto muy fácil. Ojalá fuera así, ¡que sea un torpe, por Dios! De esa manera se hubieran podido reír de ellos, llevarlos donde quisieran como a cachorritos que se les enseña una golosina. Y fin del problema. Pero la realidad era que le temblaban tibiamente las piernas solo con tenerlo tan cerca que, en cualquier momento, con un mero giro de cabeza, podría mirarla e iniciar una conversación. Y ella seguro que se encogería como una mema sin pronunciar más que monosílabos. ¡No, que no me hable, por favor! Pero entonces se le puso la piel de gallina al imaginar cómo sería rozarlo, tan cerca como estaba. Tentar ese brazo fuerte y esa piel morena solo con las yemas de los dedos, por un instante. Y sin saber cómo, también pensó en su olor, ¿podría, desde allí, captarlo? Si el aire acondicionado enviara una ráfaga a su favor, ¿le llegaría su fragancia? Pero no su perfume industrial impersonal, sino su esencia única e íntima, como ocurrió en el aseo. Seguro que su olor era adictivo, magnético, primigenio. Esta idea le despertó un lado animal que había tenido latente hasta ese preciso momento. Y tierno a la vez. Quiso acercar la nariz a su cuello, acariciarlo suavemente, captar ese olor exclusivo, y encontrarse con ese lado salvaje que acababa de emerger como lo hace la pubertad en un cuerpo adolescente.
Tomó aire e intentó concentrarse en la conversación ficticia sobre el trabajo que mantenían sus amigas. Fingida total, porque sufrían por parecer ocupadas mientras había un claro subtexto de exclamaciones y reparto de maromos. Sonia se había agenciado al moreno de barbita corta mientras que Abbie asumió con orgullo al hipster rubio. Por supuesto, a Viviana le habían asignado a él entre controladas risitas.
Ciertamente, este extraño le parecía demasiado engreído, aunque, en realidad, lo que la incomodaba es que le hacía sentirse pequeña. Aun así, volvía una y otra vez con la mente a él, ¡pero si no es mi tipo! Se intentaba convencer. Pero lo cierto es que solo podía pensar en el tacto de esos pectorales que anunciaba su camiseta, ¿cómo había llegado a esos pensamientos, por Dios? Ella no quería nada con nadie desde entonces… y mucho menos, problemas.
—Acabamos esto y nos vamos, ¿verdad? —propuso entre dientes como si le fuera la vida en ello.
Necesitaba una amiga que le lanzara un salvavidas al que agarrarse, pero ni Sonia ni Abbie estaban disponibles en ese momento para protegerla de sí misma.
—¿Y dónde íbamos a estar mejor que aquí? —susurraron las dos al unísono.
Los ojos de Abbie tradujeron con elocuencia un «ni loca». Y sin saber cómo, ocurrió. No lo había pensado, pero la posibilidad había estado ahí todo el tiempo.
—Disculpa.
Dijo él con los ojos más verdes, verdes selva, que Viviana había visto cuando rozó con su rodilla las piernas desnudas de ella en un inocente cambio de postura.
No pudo articular palabra. Con la huella de su tacto aún en la piel, ese chispazo eléctrico, cogió su copa con ambas manos y se llevó la pajita a los labios para justificar su mutismo. Lo miró fijamente asintiendo para dejarle ver que no pasaba nada. Pero pasaba. Tenía la absoluta certeza de que estaba perdida.
Delante del cursor parpadeante, con los puños a la altura de los mofletes, era incapaz de concentrarse en los balances que tenía que hacer. Para ella, los activos y pasivos se habían convertido en inalcanzables ecualizadores bailongos sobre los cuales no podía posar la atención. Lo único que miraba hipnotizada eran los minutos pasar en su móvil, recostado en su hamaca como un turista de un todo incluido gracias a un nuevo artilugio que se procuró en un bazar y donde lo apoyaba como si de un marajá se tratase. Albergaba la secreta superstición de que, si se portaba bien con el teléfono, este sería bueno y le llegarían más mensajes. En especial los de él. Es por esta razón que ahora lo llevaba siempre con el timbre a tope, uno de esos bocinazos molestísimos que se oía desde lejos, acompañado de una vibración sandunguera. Antes, en su discreción absoluta, durante las horas laborales el aparato permanecía en silencio y guardado en el bolso, y solo lo miraba cuando iba al baño, que en aquella oficina con hileras de puestos hasta donde alcanzaba la vista nunca sabías quién te podía estar vigilando. Y como mucho, en los días más osados, hacía un ejercicio de contorsionismo, se retorcía sobre sí misma y echaba un ojo dentro del bolso, con la ilusión de ser cauta, creyendo no ser vista, para comprobar si le había llegado algún mensaje importante.
Pero ni el cursor engendraba números como si de una titilante puerta mágica se tratase, ni el móvil vibraba. Su pantalla se mantenía negro brillante, superficie yerma y resbaladiza que le hacía de espejo reflejando su cara deformada en una lánguida interrogación. Y no nos vamos a engañar, ese móvil nunca había sido una fiesta. No es que no recibiera mensajes, sus amigas hablaban mucho por los grupos e, incluso, le reenviaban chistes en cadena o presentaciones lacrimosas: historias de superación humana, reveladoras frases filosóficas como las de las galletas de la suerte que comían en las películas que tanto le gustaban, o fotos de gatitos, vídeos guarretes y hasta planes y quedadas. Pero ahora vivía esperando la llamada. O el mensaje. Cualquiera lo podría entender, no es que fuera desagradecida con sus amigas. Esto, simplemente, era otra cosa. Y muy importante, además. Casi sentía que la vida le iba en ello, que un mal paso haría que todo se fuera al garete y la devolviera a la casilla de salida. Es por esto por lo que se le pinchaban las esperanzas cada vez que le llegaban todas estas falsas alarmas, como si fuera víctima de una cruel broma.
Mientras tanto, el capuchón de su bolígrafo parecía estar pagando las consecuencias de sus nervios desde que lo conociera aquella tarde. Azul y retorcido, le hacía de mordedor antiestrés. Primero intentó meter las esquinas de sus dientes en el agujero que tenía arriba del todo, como el de los delfines, pero no consiguió más que ablandar un poco el borde y sacarle un mínimo volante de plástico. Así que pronto se dejó de tapujos y cogió el capuchón solo para llevarse a la boca esa patita cóncava y dúctil, luciéndolo entre los labios como un puro en el lejano Oeste. Y al fin, esa mañana en la que se cumplía justo una semana, siete días con sus largas noches en las cuales, a veces, también le parecía escuchar entre sueños el tintineo de un mensaje y lanzaba el brazo como un rehilete para comprobar que no había nada, aquella mañana, tras ciento sesenta y ocho horas y más de cinco mil miradas al móvil, la patita del boli se rompió como se rompe el hilillo de un chicle estirado hasta el límite de sus células. Y con el capuchón partido en dos, mirando trabajar a las infinitas cabezas que se perdían en el horizonte, le entraron unas grotescas ganas de llorar.
No lo comprendía bien, la verdad. Ensimismada en su puesto y protegida de las posibles miradas indiscretas de Pablo de Recursos Humanos por la tabla azul pálido que les separaba, rehacía el camino de la memoria para ver si es que se le había pasado algo por alto. Las frases positivas que se intercalaban en su lado del separador, no te rindas nunca, llenas de colores pastel, los errores son los ensayos del éxito, y tipografías con tamaños diversos, soy la persona más importante de mi vida, en ese momento no le decían nada. Miraba sin ver a su alrededor: su bote de bolis con una adorable muñequita dibujada bailando bajo una lluvia de corazones, la piruleta gigante que le regalaron por su cumpleaños las compañeras de departamento (las Finanfieras, como se llamaban), por lo que llevó sus ojos de nuevo al móvil y abrió su conversación con Saúl por enésima vez. Sabía que nada podía haber cambiado, el móvil llevaba mudo toda la mañana, pero quizá se le había pasado algo por alto. Releía el escueto diálogo sin lograr comprender. La última en escribir seguía siendo ella, ¿Cómo estás hoy? Te mando un beso. Carita sonriente. Eso fue la noche anterior, y ya no sonreía. A decir verdad, tampoco tenía una expresión muy contenta cuando lo envió, pero pensó que quedaba mejor así. Al fin y al cabo, él no tenía por qué saber que se moría por volver a verlo. Y hubiera sido un poco de loca mostrarse enfadada por algo que él no podría entender. ¡Si es que todo fue de fábula en la cita!, eso era así. Y, además, habían quedado otro día para cenar en su casa. Después de una semana ella ya tenía claro cuál sería el menú: hamburguesas caseras con nachos, una apuesta segura, ¿no? Amplió la foto que él tenía en su usuario, ¡qué no daría por poder contemplar su dulce rostro, en lugar de aquel horroroso grupo de música! La próxima vez que se vieran, tendría que conseguir una foto de él como fuera, ya que su cara se le empezaba a descomponer en fragmentos como un señor Patata: pecas y pestañas oscuras, cabello ondulado, labios gruesos y rojos…, pero no conseguía ver su rostro completo.
Bloqueó el móvil, lo posó en su hamaca con la delicadeza de un desactivador de bombas y se llevó la patita del capuchón a la boca, ¿sería ese el menú más correcto? Sí, no dudes ahora… había sido el ganador entre al menos doce menús sacados de internet. En su momento se decidió por esa cena al ser algo que le gustaba a todo el mundo, y más a los hombres. Le pondría algún toque especial, cebolla frita o incluso un huevo, y quedaría delicioso. Todo esto acompañado de cerveza, vino, ron o whisky, compraría de todo para que pudiera elegir. No es que aquello fuera a ser una fiesta Erasmus, ni que pretendiera emborracharlo, ¡qué tontería!, es que aún no sabía bien cuáles eran sus gustos. ¡Ah, y gin-tonics! Que ahora estaban muy de moda, según decían Marta y Laura, las comerciales, que parecían pertenecer al selecto club de quienes dictaban qué era lo último, lo más, lo total. Contaban tales planes los lunes por la mañana que se diría que vivían en Nueva York, ¿cómo encontrarían todos esos lugares glamurosos? ¿O es que salían de debajo de la tierra al escuchar sus exclusivos tacones? Y, bueno, luego podrían ver una peli acurrucados en el sofá y… ya se vería qué pasaba…
Pero… ¿dónde la había escrito? Comenzó a pasar las hojas garabateadas de su libreta de Unicorn Power como una niña en el patio del colegio buscado un cromo. En algún lugar había hecho la lista de la compra, y era fundamental volver a revisarla, ¿y si se le había olvidado anotar algo?
De repente, tuvo una revelación. Miró hacia el fondo de la oficina, la hilera de puestos idénticos al suyo repetidos en filas y columnas como el cortapega de un decorador perezoso, e intentó concentrarse. ¿Dónde lo había leído? Puso las manos sobre los reposabrazos de la silla, conteniéndose para no levantarse del todo. Sí, fue en el pasado especial de verano. Especial Sirenas encantadoras: cómo echar hechizos infalibles. Eso era, ese artículo que hablaba de psicología y venía a explicar cómo los hombres muchas veces tienen una percepción del tiempo distinta. Las mujeres somos más ansiosas en ese sentido y pensamos que tenemos que escribir al momento. También porque somos más comunicativas, desde niñas. En cambio, ellos piensan que es mejor dejar un espacio, no agobiar, y de esta manera se va, pasito a pasito, apuntalando los cimientos de la relación.
Las cabezas de los compañeros que estaban en la oficina sobresalían como pequeños brotes de primavera sobre la rectitud de los separadores azules. Todo parecía tranquilo menos su cabeza, entusiasmada por sus nuevas conclusiones. Ellos, los hombres, son más sosegados, se lo toman con más calma. Sí, eso era. Las mujeres somos ímpetu y pasión, ¡pareciera que se va a acabar el mundo, cuando no es así! Esta era la única explicación factible. Se llevó el pulgar a la boca y, sin darse cuenta, comenzó a roer el esmalte rojo. Estaba claro que ella no se había imaginado todos esos sentimientos. Es que él lo había dejado meridiano. Objetivamente tenía varias evidencias: le dijo que lo había pasado muy bien, o que tenían que repetir, por ejemplo. Sin mencionar que intentó besarla con suavidad muy cerca de los labios, esas cosas una mujer las advierte. ¡Ah, y el concierto! Le había dicho que podían ir a un concierto de electro nosequé y que sería divertido, lanzándole esa sonrisita suya tan irresistiblemente canalla que la dejaba ingrávida. Eso es una clara invitación. Se descubrió la mano en la boca y se la quitó tan rápido como si su madre la hubiera visto y fuera a regañarla. Resopló airada ante el desaguisado que se había hecho en el pulgar, luego en casa debía retocárselo. Lo miró de nuevo, valorando si sería necesaria una tirita para tapar la calva que se había hecho. Odiaba llevar la manicura mal, le parecía de un descuido imperdonable, equivalente a no peinarse o no maquillarse. Si creía que no iba a poder mantenerla bien, se hacía la manicura francesa que era mucho más discreta en caso de desportillado.
Pero entonces… ¿debía escribirle o llamarlo? Los hombres son de tiempos más dilatados, de tomarse las cosas con tranquilidad. Menos dependientes. Se mordía atacada los carrillos por dentro mientras pensaba. Bueno, hoy hace una semana. Puedo esperar a salir del trabajo, que a lo mejor entonces él ya me ha mandado un mensaje para quedar esta tarde… ¡claro! Seguro que aguardaba a que saliera del trabajo para no interrumpir, ¡qué mono! Cogió el móvil y abrió el WhatsApp de nuevo. Su conversación continuaba como la había dejado hacía unos minutos; ahí estaba su frase de la noche anterior, espachurrada en el suelo del chat, pudriéndose sin réplica, como todas las cosas monas que le fue escribiendo cada día.
El móvil al fin vibró entre sus manos, aunque, estando como estaba con el chat de su amor abierto, sabía que no era la señal que la iba a sacar de sus miserias. Salió de la conversación con Saúl y comprobó que era Mariaje en el grupo mandando un meme algo subidito de tono, como le gustaba a ella.
Vaya cosas que nos mandas, Mariaje. ¿Cómo estáis?
En nivel de desesperación 7 sobre 10 todavía tienes la calma suficiente como para mantener el estándar de educación básico, preguntar qué tal están, y aguardar paciente a que alguien te lo pregunte a ti para soltarlo todo.
¡Deseando que llegue el viernes! A ver si consigo quedar con Mateo antes y que me dé un buen meneo para pasar este hastío.
De verdad esta Mariaje, casi la sonrojaba con las cosas que decía. Pero ¿cómo podía escribir esto a un grupo de cuatro personas y quedarse tan ancha? Aunque fuéramos sus amigas…
Bueno, espérate a ver si el meneo es un meneíllo como el que te dio Carlos y tienes que subirte más de una vez a la atracción.
Aquí venía Paula a coger la cuchara y meterla en la conversación. A veces de verdad que no sabía qué era lo que las unían a todas como amigas, ¿que se conocían desde el instituto?, ¿que habían pasado buenos tiempos juntas? Pues sí, todo esto era importante y hacía que fueran amigas, a pesar de las diferencias.
Es verdad, vaya jartá. Parece que te dan un orgasmo a plazos, se deben pensar que es algo acumulativo. Sigue intentándolo a ver si llenamos el tanque y te llevas premio.
Buf, ya ves, nadie me lo hace como mi Manolito. ¿Crees que estamos poniendo los estándares demasiado altos con estos electrodomésticos?
Bueno, bueno, lo de Manolito ya era lo más para ella. Sustituir el amor por un aparato a pilas, una maquinita manejable que te cabía en la mano… ¿Te iba Manolito a decir te quiero o a mirarte a los ojos acariciándote el pelo después de que te diera lo que buscas?
Pues yo…
Comenzó a teclear dudosa, necesitaba la ayuda de las amigas, la clarividencia de quien lo ve desde fuera y te dice: te estás liando, querida, no te desesperes. Todo va bien, Saúl te escribirá, es que eres un poco ansiosa y nueva en esto del amor, pero él se está guardando las ganas para no parecer dependiente, que ya se sabe que los hombres son así. Pero lo pensó mejor y borró cada una de las letras. En este público no creía que fuera a encontrar consuelo, solo, si acaso, con Maite. ¿Cómo iban a consolarla después de hablar de Manolito? Como mucho, le dirían que se comprara uno ella también.
Sol, ¿qué tal tú con tu maromo?
Como si estuvieran escuchando sus pensamientos, Mariaje envió la pregunta. Bueno, un poco de interés, eso era toda una novedad. Volvió a teclear como una loca, soltando toda la angustia que llevaba dentro.
Hace una semana que lo vi y no he vuelto a saber de él. La verdad es que no entiendo nada, todo fue de maravilla; él quería quedar otra vez, me invitó a subir a su casa y todo, pero le dije que no, claro, que le invitaba yo a cenar a mi casa otro día. Ya tengo todo el menú pensado, pero no me contesta. Esto es desesperante.
Releyó el mensaje, ¿estaba sacando todo de contexto? Al fin y al cabo, había pasado solo una semana. Sí, solo una semana, pero sin saber nada, N-A-D-A de él, ¿era esto a lo que se tenía que acostumbrar? Vio en el chat que Paula estaba escribiendo, pero a los segundos dejó de escribir. Luego apareció que Mariaje estaba escribiendo. Y al poco también dejó de escribir. Por fin aquella conversación alumbró un mensaje:
Sol, los tíos son así, no debes poner toda tu ilusión en un chico que acabas de conocer.
Sí, por muy bien que parezca que ha ido todo, nunca puedes estar segura. La gente es amable, sabe jugar sus cartas y son cosas que se dicen en el momento y luego, a otra cosa.
