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La crianza de los hijos e hijas sigue siendo el resultado de acciones realizadas mayoritariamente por las mujeres, pero gracias a la existencia de un número cada vez más significativo de hombres- pertenecientes a la manada de hombres buenos- constatemos que muchos padres se implican de una forma igualitaria en la crianza de sus hijos e hijas rebelándose del dominio de la ideología patriarcal y creando la esperanza que un cambio cultural es posible. Este libro contiene un manual para compartir nuestro programa, apoyar y promover las competencias maternales de las mujeres, especialmente de aquellas afectadas por experiencias de malos tratos en sus infancias y/o de la violencia de sus parejas, así como de diferentes formas de violencia: violencia organizada, guerras, genocidios, violaciones masivas, tortura y exilio.
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Seitenzahl: 225
Veröffentlichungsjahr: 2014
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© Jorge Barudy, Maryorie Dantagnan, Emília Comas, María Vergara, 2014
Ilustración de cubierta: Carmenluna Barudy Dantagnan
Primera edición: octubre de 2014, Barcelona
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. Tibidabo, 12, 3º
08022 Barcelona (España)
Tel. 93 253 09 04
www.gedisa.com
Preimpresión:
Editor Service S.L.
Diagonal 299, entresol 1ª – 08013 Barcelona
www.editorservice.net
eISBN: 978-84-9784-878-7
Depósito legal digital: B. 17896-2014
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.
Índice
Introducción
I Buenos tratos, apego y empatía: importancia de las capacidades parentales en la crianza y desarrollo de los niños y niñas
Los buenos tratos, el desarrollo del cerebro y la mente infantil
Buenos tratos y parentalidad
El cerebro de las madres
El cerebro maternal de los padres
La participación de los hijos e hijas en las interacciones maternantes
Las sociedades y familias maternantes o cuidadoras: el papel de los entornos socio-económicos y culturales
II Los talleres para promover y apoyar la marentalidad bien tratante. Manual de técnicas para apoyar las tareas marentales
Las competencias parentales: capacidades y habilidades
Las capacidades parentales básicas: el apego parental y la empatía
Las necesidades infantiles
El apoyo y la promoción de la resiliencia marental
El programa de apoyo y promoción de las competencias marentales de mujeres, especialmente de aquéllas afectadas por experiencias de malos tratos en su infancia y/o de la violencia de sus parejas, así como de otras formas, violencia organizada, guerras, genocidios, violaciones masivas, tortura y exilio
Los talleres para apoyar la marentalidad para mujeres afectadas por diferentes contextos de violencia
III La formación de las o los facilitadores y/o animadores de los talleres con madres: formación de formadores
Introducción
Primera fase: la formación y el acompañamiento de los facilitadores antes de comenzar el taller
Segunda fase: la formación y el acompañamiento de los facilitadores durante la realización del taller
Tercera fase: la formación y el acompañamiento de los facilitadores después de finalizar el taller
Anexos
Anexo 1. Cuestionario para facilitadores. ¿Qué se ha hecho hasta ahora?
Anexo 2
Anexo 3
Anexo 4. La rueda de las emociones y reacciones durante la facilitación de grupos
Bibliografía
Introducción
El ejercer de madre y padre es una de las tareas más importantes y a la vez más complejas de todas las actividades humanas. Se aprende a serlo sin que nadie lo enseñe formalmente. Sin embargo, las competencias parentales se adquieren de una manera implícita, de una forma vicariante, desde el momento mismo del nacimiento, sus cimientos se forman en la vida intrauterina y continúan construyéndose a lo largo de toda la infancia y la adolescencia. Es en la maravillosa experiencia de la impronta, el apego y el buen trato, donde emergen la capacidad de vincularse a las crías y la empatía, capacidades fundamentales para favorecer la crianza de los hijos/as (Barudy, Dantagnan, 2010). Es en el seno del funcionamiento de una familia, cualquiera que sea su estructura, donde se favorecen los aprendizajes de los modelos de crianza así como las habilidades para participar y colaborar en redes sociales. Desgraciadamente no todas las madres y padres han tenido la oportunidad de crecer en ambientes sociales y familiares que les han permitido el aprendizaje de buenos tratos a sus hijos e hijas. Por otra parte, nuestras experiencias y las de otras investigadoras, muestran la relación entre experiencias de malos tratos infantiles, incompetencias parentales, ausencia o deficiencia en los programas de protección infantil, déficits de factores resilientes y la ideología patriarcal.
Este libro habla de la función maternante, conjunto de emociones, conductas y representaciones que se traducen en prácticas de cuidados, estimulación, educación y socialización de las crías humanas y que garantizan el desarrollo infantil.
A partir de la constatación sociológica y de lo observado en nuestras propias prácticas, la crianza de los hijos e hijas sigue siendo una tarea atribuida fundamentalmente a las mujeres, específicamente a las madres, lo que es una manifestación de las tantas desigualdades que afectan aún a las mujeres. Ellas, asociadas a la existencia de un número significativo de hombres —que nos autodenominamos la manada de hombres buenos—, se implican de una forma igualitaria en la crianza de sus hijos como una forma de rebelarse al dominio de la ideología patriarcal, abren la esperanza de un cambio cultural.
La finalidad de este manual es compartir con profesionales comprometidos con la lucha contra las desigualdades de género, el contenido de nuestro programa «Apoyo y promoción de las competencias marentales de las mujeres, especialmente de aquellas afectadas por experiencias de malos tratos en sus infancias y/o de la violencia de sus parejas, así como de diferentes formas, violencia organizada, guerras, genocidios, violaciones masivas, tortura y exilio».
En este manual se muestra y argumenta que los buenos tratos a la infancia y las competencias de las madres y padres son parte de un mismo proceso. También cuando las historias de vida y los contextos sociales y culturales violentos no permiten que los progenitores adquieran o bloqueen esas competencias, existe el riesgo que reaccionen inadecuadamente con sus hijos o hijas y en los casos más graves, produzcan los diferentes tipos de malos tratos infantiles.
Las crías humanas son en el momento de su nacimiento, las más incompletas si se compara con las crías de otros mamíferos, por esta razón su dependencia de los cuidados de los adultos es absoluta para mantenerse con vida. Son totalmente dependientes de las competencias de sus madres, padres, u otros de sus cuidadores, para sobrevivir y desarrollarse sanamente. Por otra parte, gracias a los avances de la genética y la tecnología de imagen del cerebro, asistimos a una verdadera revolución en el conocimiento, sobre cómo se configura, se organiza y funciona el cerebro y por ende la mente infantil. Ya no hay duda que para que la mente infantil exista y se desarrolle adecuadamente no sólo necesita contar con un mapa genético sano, sino que participe de relaciones interpersonales con sus padres y/o cuidadores, que se le asegure los cuidados y la estimulación que necesita. Diferentes autores desde la investigación y la observación clínica insisten que los cuidados, la estimulación, la educación y la protección, es decir, los buenos tratos que los adultos dedican a los niños y niñas, juegan un papel fundamental en la organización, la maduración, el funcionamiento sano del cerebro y del sistema nervioso (Ainsworth, 1962; Cyrulnik, 1993; Barudy y Dantagnan, 2006; Siegel, 2007). Por lo tanto, el buen o mal funcionamiento del cerebro y, por ende, de la mente, depende en gran parte de la calidad de las relaciones interpersonales que los adultos son capaces de ofrecer a las crías. Afortunadamente para la infancia, un porcentaje aún significativo de la población adulta, hace lo posible para ofrecer estos buenos tratos. En este grupo destacamos sobre todo a las mujeres, madres, abuelas, hermanas, vecinas y tías que intentan criar y sacar adelante a sus hijos e hijas y/o a los niños y niñas de su comunidad, aun en contextos tan adversos como la precariedad social, los conflictos bélicos y/o las desigualdades sociales extremas (Barudy y Marquebreuq, 2006).
Las madres más dañadas, son a menudo mujeres que acumulan las consecuencias de ambas violencias y entre éstas se encuentra la afectación de sus competencias como madres. Algunas de ellas además viven las consecuencias de la violencia organizada. El concepto de violencia organizada fue establecido en 1986 por la Organización Mundial de la Salud. Se refiere a aquellas situaciones en las que personas pertenecientes a un grupo agreden a personas pertenecientes a otro grupo, basándose en un sistema de creencias que legitima o mitifica el gesto de la violencia. Toda forma de represión política, religiosa, sexual, étnica... están incluidas en esta definición. Las consecuencias de esta violencia son, entre otras, los genocidios, la «limpieza étnica», la violación, la tortura, la mutilación sexual de las mujeres, la desaparición de personas... todas ellas manifestaciones extremas de la violación de los derechos humanos. El haber tenido el privilegio de acompañar a cientos de estas madres víctimas de violencia extrema, nos ha permitido admirar sus capacidades de resistir, que se expresan a través de formas muy diferentes, pero donde prevalece el permanecer vivas, para proteger y cuidar a sus crías (Barudy y Marquebreuq, 2007). Por esta razón, apoyar las competencias de crianza y la resiliencia de las madres afectadas por contextos de malos tratos en su infancia y/o por la violencia conyugal en el presente, así como por la violencia organizada, resulta esencial a la hora de prevenir las consecuencias de sus traumas no resueltos, para sus hijos e hijas. Para nosotros como profesionales, es una forma de beneficiarnos del valor terapéutico y resiliente que nos aporta, el sumarnos a la lucha por la igualdad de las mujeres y el aportarles nuestros conocimientos y prácticas para la reparación del daño provocado por estas diversas formas de violencia. Todo esto está lejos de ser fácil y supone, bien al contrario, una acumulación de desafíos que implican una enorme cantidad de estrés. Las estrategias para sobrevivir y reconstruirse es lo que más nos ha producido admiración, los diferentes comportamientos de las madres no sólo para salvar y proteger a sus hijos en situaciones extremas, sino también para proporcionarles los cuidados adecuados.
Lo anterior explica que el pilar fundamental del programa desarrollado por las profesionales del Centro Exil sea el apoyar y promover los recursos naturales de resistencia y de curación de las madres. Esto, sustentándose en los recursos de su sistema de pertenencia familiar, comunitaria y cultural. La misión de los y las profesionales es la de ser animadores de actividades que faciliten procesos de aprendizaje para la crianza bien tratante, reparar las heridas traumáticas de sus infancias como las provocadas por su condición de mujer, y sobre todo, aportar recursos y competencias profesionales para facilitar procesos grupales que apoyen y promuevan una resiliencia individual y colectiva.
Este manual es uno de los productos del trabajo de investigación-acción realizado por profesionales de nuestra ONG, EXIL(Centro médico psicosocial para víctimas de violaciones de los derechos humanos con sedes en Bélgica, España y Chile) primero en Bélgica y luego en España y Chile, sumado a las intervenciones realizadas en el curso de diferentes misiones en Asia (India, Camboya y Nepal) en colaboración con el BICE (Oficina Internacional Católica de la Infancia).
Los contenidos de este manual pueden también considerarse como complementarios a lo expuesto en el libro publicado en 2010 por Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan, Los desafíos invisibles de ser madre o padre: Manual de evaluación de las competencias y de la resiliencia parental.
Nuestras investigaciones clínicas nos han permitido contribuir a la conceptualización y aplicación del paradigma de los buenos tratos infantiles relacionándola con el ejercicio de una «parentalidad suficientemente sana», usando a menudo la palabra marentalidad para reconocer que mientras la cultura patriarcal domine, es gracias mayoritariamente a las mujeres que los cuidados de la infancia estén garantizados, y por ende, la supervivencia de la especie humana.
Junto a esto, buscamos sustentar cómo las situaciones de violencia, a veces extremas, pueden perturbar la función parental. Pero, nuestras investigaciones no se han quedado sólo en constatar y describir este daño, sino que además ponen en evidencia las fuentes de resistencia y resiliencia que las madres movilizan para sobrevivir y preservar a sus hijos e hijas del impacto de la violencia. El relato de las madres y las observaciones de las profesionales que las acompañan, nos han permitido establecer los ejes principales de las acciones que se proponen en este manual, por esto, su escritura es el resultado de un trabajo realizado por un equipo de profesionales reconocidos por sus prácticas de apoyo terapéutico a niños, niñas, madres y padres —cuando estos últimos lo permitieron— afectados por contextos de violencia y de violación de sus derechos humanos.
El programa que se propone en este manual tiene como primer objetivo apoyar, promover y rehabilitar tanto las capacidades, como las habilidades de las madres, es decir, sus competencias marentales. Esto, a través del desarrollo de sesiones grupales animadas por facilitadores, tutores y tutoras de resiliencia capaces de promover un ambiente afectivo y estructurado. La finalidad del programa que presentamos en este manual está dirigido preferentemente a apoyar, promover y rehabilitar las competencias de las madres, preferentemente, de aquéllas afectadas por diferentes contextos de diversos tipos de violencia en su infancia y adolescencia, como en su vida adulta, a saber, la violencia conyugal o las diferentes formas de violencia organizada: guerras, persecución, encarcelamiento, tortura o exilio. Éste accionar nos parece fundamental por dos razones: la primera, es que ofreciéndoles apoyo y asistencia terapéutica estamos brindando oportunidades para reparar sus heridas, y en segundo lugar, estamos promoviendo que el pilar en la crianza de los hijos, tenga el apoyo social, educativo y terapéutico indispensable para poder asegurar una marentalidad bien tratante.
La finalidad que este programa quiere alcanzar correspondería a crear una dinámica de «marentalidad comunitaria o tribal».Por último, este manual lo hemos concebido como una guía para permitir la formación y el acompañamiento de diferentes personas —profesionales y/o voluntarias/os— que quieran transformarse en animadoras y replicar un programa de este tipo en las localidades y en las instituciones donde trabajan. El hecho que sea un manual con programa para apoyar a las madres es una opción ético política puesto que se prioriza a las mujeres en tanto grupo social históricamente oprimido, y aún actualmente, víctimas de desigualdades a diferentes niveles. El desafío pendiente es diseñar un programa que permita movilizar a los hombres para que se dejen ayudar y apoyar en el desafío de ser padres, que participen de una manera igualitaria, competente y comprometida en la crianza de sus hijos e hijas.
Las autoras y el autor
I Buenos tratos, apego y empatía: importancia de las capacidades parentales en la crianza y desarrollo de los niños y niñas
En este capítulo recordaremos los puntos más relevantes del paradigma de los buenos tratos para permitir a profesionales y animadores comprender más fácilmente el sentido de este programa.
Gracias a los avances tecnológicos, asistimos a una verdadera revolución en el conocimiento, no solamente sobre los determinantes genéticos que determinan las singularidades de cada niño y niña, sino también sobre el cómo se configura, se organiza y funciona el cerebro y, por ende, la mente infantil. Las investigaciones en el terreno de la neurociencia no dejan ninguna duda que la mente infantil y, por ende, su personalidad, emerge de la estructura y el funcionamiento del cerebro determinado por la genética y la calidad de las relaciones interpersonales que le ofrecen sus progenitores, incluso desde su vida intrauterina (Siegel, 2007). En otras palabras, la mente infantil emerge de la actividad cerebral, cuya estructura y función están directamente moduladas por la experiencia interpersonal. Estas investigaciones, han demostrado que los cuidados, la estimulación, la educación y la protección, es decir, los buenos tratos que los adultos dedican a los hijos e hijas, juegan un papel fundamental en la organización, la maduración, el funcionamiento sano del cerebro y del sistema nervioso. Por lo tanto, el buen o mal funcionamiento del cerebro y, por ende, de la mente, depende en gran parte de la calidad de las relaciones interpersonales.
El peso del cerebro de un recién nacido es más o menos de unos 350 gramos, peso que se triplicará al llegar a los tres años de vida (Acarín, 2001), por lo que este órgano crece remarcablemente desde el nacimiento hasta su maduración completa en la edad adulta. Este aumento, resultado del crecimiento de los axones y de las dendritas de las neuronas, así como de las sinapsis entre ellas y su mielinización en ambas, es estimulado por los cuidados y los buenos tratos que los adultos cuidadores son capaces de proporcionar a sus crías. Este proceso biológico no ocurre de igual modo cuando las crías humanas crecen en un ambiente humano que no les proporciona alimentación, estimulación, afectividad y protección.
Para garantizar el proceso de maduración cerebral, este órgano produce sustancias conocidas como neurotrofinas. La producción de neurotrofinas depende del estímulo de las experiencias interpersonales, siendo el apego seguro una de las más fundamentales. Hay suficientes investigaciones desde los primeros trabajos de Bowlby (1998), que demuestran la importancia del apego seguro para garantizar el desarrollo sano de la mente infantil. A partir de esto, afirmamos que este apego seguro es la base de la resiliencia infantil primaria (Barudy y Dantagnan, 2011).
Los buenos tratos, el desarrollo del cerebro y la mente infantil
Es fundamental para los niños y las niñas desde su vida intrauterina, que sus necesidades sean satisfechas por sus cuidadores en un ambiente relacional afectuoso, para modular así el estrés de la excitación provocada por sus estados de desregulación, provocados entre otros, por la manifestación somática de sus necesidades, alimentación, afectos, contacto físico, regulación de la temperatura, sueño, etcétera.
Los estudios sobre el cerebro han demostrado que tan importante es aportarles a los niños una alimentación adecuada y equilibrada, como acariciarles con la voz y con las manos, así como mecerles, no sólo porque esto les calma, sino porque además les produce una estimulación vestibular que favorece la formación de redes neuronales que rodeándose de mielina, garantizan «el milagro» del desarrollo infantil (Rygaard, 2008).
Cuando los bebés están bien tratados y estimulados correctamente por sus padres y por otros adultos del entorno familiar, es maravilloso observar la progresión de sus aprendizajes. Cada nuevo día los bebés bien tratados logran nuevas capacidades. Esto también es posible en el caso de niños y niñas adoptados o acogidos, pero según las experiencias tempranas adversas, los cambios son más lentos y a veces la reparación no es total.
Un recién nacido tiene durante las primeras semanas de vida, capacidades muy limitadas. Puede, por ejemplo, comunicar a través del llanto sus estados internos y sus necesidades, mamar del pecho de su madre o de un biberón y responder a contados estímulos del entorno. Si este recién nacido es bien cuidado y estimulado a los tres o seis meses o un año este bebé habrá experimentado una transformación espectacular. Cada vez más el bebé puede comunicarse activamente, explorar con curiosidad su entorno y desplazarse a medida que pasan los meses ganando progresivamente más autonomía. Este proceso alcanza su apogeo cuando alrededor de los 18 meses de vida empieza gradualmente a expresar su mundo interno y lo que observa utilizando palabras. A través de estas palabras, el niño o la niña entrarán en este maravilloso pero complejo mundo de la representación simbólica, de su experiencia y de la realidad que lo rodea. Esta posibilidad emerge también, gracias a los estímulos del entorno, especialmente de los padres, si tienen la competencia necesaria para reconocer a sus hijos como sujetos de comunicación, hablándoles regularmente. El logro de la capacidad de hablar es mucho más que el resultado de un proceso de mimetismo, por esto los niños y las niñas queridos y tratados como personas, reconocidos en sus capacidades para conversar y comprender, hablarán mucho antes y mejor que aquéllos que no reciban afecto o consideración de sus capacidades.
Los cuidados, el afecto y la estimulación son los estímulos más importantes para el proceso de auto-organización cerebral, que entre otros es lo que permitirá a los niños y niñas el desarrollo de diferentes modos de procesamiento de la información, como resultado de las experiencias positivas o negativas que se derivan de las relaciones interpersonales significativas, en particular con sus progenitores u otros cuidadores (Siegel, 2012).
La auto-organización del cerebro y en consecuencia la de la mente, es el objetivo central del desarrollo psíquico infantil integral y las competencias de los padres y las madres, su motor. Sin los cuidados de un adulto competente el cerebro de un niño corre el riesgo de atrofiarse, tal como lo revelan las imágenes del escáner del cerebro de niños privados de alimentos, de afecto y estimulación. Por otra parte, los niños y las niñas que gracias a los aportes mencionados tienen un cerebro maduro y bien organizado pueden ser educados más fácilmente sobre todo cuando los adultos les tratan con respeto y empatía, lo que no es incompatible con la autoridad. Además llegan a construir una identidad individual y social si el entorno humano les proporciona relatos coherentes, verídicos y respetuosos de los derechos humanos.
De una manera general, los buenos tratos infantiles son el resultado de las competencias que las madres y los padres tienen para responder a las necesidades del niño, y también de los recursos que la comunidad ofrece a las familias para apoyar esta tarea. En esta óptica los buenos tratos a un niño o a una niña no son nunca un regalo o una casualidad producto de la suerte. Al contrario, es una producción humana, nunca puramente individual ni únicamente familiar, sino resultado del esfuerzo del conjunto de una sociedad.
Las capacidades que las madres y también los padres poseen son el resultado de sus experiencias de cuidado, protección y educación que ellos como hijas e hijos recibieron de sus padres o cuidadores. Las experiencias positivas con sus madres y padres cuando fueron niños, son la principal fuente de recursos necesarios para ofrecer buenos tratos a sus hijos e hijas en el presente. Esto explica que un gran número de padres y madres puedan incluso cumplir su papel en situaciones tan difíciles como los contextos de pobreza, guerra, exclusión social o persecuciones por diferentes causas. Las tareas de una madre o de un padre se facilitan cuando encuentran en su familia extensa, así como en su barrio y/o comunidad fuentes de apoyo social. Por otra parte, las características singulares de cada hijo o hija orientan sus necesidades y marcan la relación con sus padres, influenciando a su vez el proceso en su conjunto.
Nuestro modelo de buen trato, intenta poner el acento en los recursos y competencias de las madres y de los padres, más allá de los fallos y carencias de una familia o de una sociedad. Pero insistiendo que, cualesquiera sean las circunstancias de una familia o de una sociedad, los buenos tratos a los niños y niñas es un derecho fundamental de éstos y un deber de la sociedad adulta de procurárselos. En nuestro modelo, los cuatro elementos que componen los procesos sociales donde emergen los buenos tratos son: los recursos y capacidades de las madres y de los padres, las necesidades de los niños y niñas, las fuentes de resiliencia de todas las personas implicadas en el proceso y los recursos aportados por la sociedad. Éstos se relacionan dinámicamente entre sí: de tal manera que cuando las necesidades del niño o de la niña aumentan o se modifican, las competencias parentales y los recursos comunitarios deben adaptarse para responder a estos cambios. Por ejemplo, cuando la violencia de las desigualdades sociales y de la guerra, o la violencia intrafamiliar, están presentes, aumentan o crean nuevas necesidades para los niños y las niñas, es fundamental aportarles recursos sociales, educativos y terapéuticos para reparar el daño provocado por estas situaciones.
Las tareas de la madre y del padre cuando se cumplen, son fundamentales para asegurar los cuidados, la protección y la socialización de las crías que nacen inmaduras y dependientes de los adultos, hasta alcanzar su madurez. En general, son las madres las que en las diferentes culturas desarrollan esta tarea. Existen diferentes explicaciones, pero la más probable puede que tenga que ver con el predominio en todas las culturas de la ideología patriarcal, que designa esta tarea de la crianza a la madres. Para poder cumplir la tarea de madre se requiere, por un lado, disponer de las competencias adecuadas, y por otro lado, que el entorno humano sea nutritivo. El concepto de «competencias parentales o marentales» es una forma semántica de referirse a los recursos de los que disponen las madres y los padres para criar y educar a sus hijos o hijas.
Las competencias parentales forman parte de lo que hemos llamado la parentalidad social, para diferenciarla de la parentalidad biológica, que es la capacidad de procrear o dar la vida a un hijo o hija.
Buenos tratos y parentalidad
La biología nos enseña que una de las finalidades de los seres vivos es de ser autopoiéticos (Maturana y Varela, 1984) es decir, mantenerse vivos. Los seres humanos mantienen esta finalidad produciendo y participando en redes interpersonales que producen cuidados mutuos. Para esto existe en el cerebro una serie de zonas neuronales que participan en el complejo pero esencial proceso de cuidar y recibir cuidados. De estas redes emergen los fenómenos esencialmente humanos como las relaciones de apego entre hijos e hijas, madres y padres, la crianza y la educación, que a su vez serán la base de una familiaridad, conyugalidad, y parentalidad sana y adecuada, así como las relaciones de amistad u otras formas de relaciones interpersonales.
En nuestro libro Los buenos tratos a la infancia (Barudy y Dantagnan, 2006) y siguiendo los trabajos de Shelley Taylor (2002), mostramos que existen suficientes evidencias de la existencia de circuitos neurológicos y fisiológicos que gobiernan procesos sensoriales, emocionales conductuales y cognitivos no sólo para solicitar cuidados, sino también para proporcionarlos.
Lo más relevante es que no cabe ninguna duda que el propio desarrollo cerebral depende de los cuidados y los buenos tratos que cada persona ha recibido cuando era niño o niña y sigue recibiendo como adulto. Diferentes investigaciones sobre el impacto de la negligencia y los malos tratos físicos en bebés y en niños pequeños han demostrado diferentes formas de atrofia y daño cerebral (Bonnier, 1995).
Nuestro cerebro nos permite enfrentar los múltiples desafíos de la existencia, no sólo por su complejidad, sino también por su plasticidad. Esto es lo que nos permite planificar, tomar decisiones y elegir las respuestas entre las más adecuadas para enfrentar los desafíos de la vida.
El cerebro y el sistema nervioso, que a su vez es una verdadera red de intercomunicación, nos permiten crear innumerables conexiones, ya sean internas, que aseguran el funcionamiento de nuestro cuerpo de una forma coordinada, o externas, es decir, con otros organismos y, sobre todo, con otras personas.
De esta capacidad de crear relaciones y vinculaciones interpersonales emergen fenómenos tan fundamentales como el apego de los hijos a sus padres y viceversa. Esto es el fundamento de los vínculos familiares, que cuando son sanos y nutritivos garantizan los cuidados mutuos y el buen trato, tal como lo hemos descrito en otros trabajos (Barudy, 1998).
Por otra parte, gracias a nuestro cerebro somos la especie que tiene más recursos biológicos para enfrentarnos a los cambios del entorno. Esto sin duda nos ha permitido ser uno de los animales más adaptativos del planeta y, por lo tanto, capaces de conservarnos como especie a lo largo del tiempo y evolucionar favorablemente en muchos aspectos. Muchos otros animales con una mayor corporalidad, por ejemplo los dinosaurios, no fueron capaces de sobrevivir a los cambios del medio ambiente. La capacidad de construir contextos sociales de buen trato que permitan el acceso a los cuidados a todos los seres humanos y, particularmente, a todos los niños, es parte de estos recursos adaptativos y fuente de nuestras esperanzas de una mejora constante de la humanidad.
Nuestra plasticidad cerebral nos permite entre otras cosas, desempeñar casi cualquier papel que elijamos, por ejemplo, nuestras capacidades cognitivas permiten la producción de representaciones, creencias y sistemas ideológicos. Pero, estos mismos recursos cognitivos permiten cuestionarlas y crear formas alternativas de pensamiento. Por esta razón, los cambios culturales son siempre posibles. Esto explica que gracias a la lucha de las mujeres, éstas han demostrado que son capaces de asumir papeles que tradicionalmente se habían atribuido a los hombres. Por otra parte, los hombres pueden adoptar aquéllos que tradicionalmente se creían papeles exclusivos de las mujeres.
A partir de lo enunciado, es evidente que ambos géneros tienen la capacidad de producir cuidados y buenos tratos.
El cerebro de las madres
