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La lactancia materna no es una cuestión exclusivamente biológica, sino que es también una práctica política. En este trabajo se pone de manifiesto la presión que el sistema patriarcal ha ejercido casi siempre sobre las madres para que den de mamar y la resistencia frente a esta obligatoriedad. Desde la segunda mitad del siglo XX la práctica de la lactancia se hace más complicada y se sitúa en el centro tanto de las políticas neoliberales que buscan acabar con los servicios públicos como de un sector del feminismo que busca resignificarla positivamente. Coincidiendo con esto, la lactancia se convierte también en el centro de una nueva identidad femenina confrontada con la posición de otras madres que no desean dar de mamar. El ecologismo, los intereses de las multinacionales, el neoliberalismo, el feminismo, la religión, la ética, el racismo y las clases sociales son cuestiones que inciden en la lactancia materna construyendo una práctica personal y política muy compleja.
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Seitenzahl: 512
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Beatriz Gimeno
La lactancia materna
Política e identidad
Para Fur, por el tiempo que nos queda
Los humanos manipulan la lactancia porque pueden.
B. HAUSMAN, Mothers’s Milk, 2003.
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO PRIMERO. La lactancia desde una perspectiva histórica
Antigüedad
Edad media
Renacimiento. Siglos XV y XVI
Nacimiento del capitalismo. Siglos XVI y XVII
El gran cambio: la exaltación de la madre. El siglo XVIII
EL siglo XIX
Nacimiento de la ideología maternalista
El nacimiento del instinto maternal
El poder médico y la profesión de madre
CAPÍTULO II. Hacia una reconstrucción de la maternidad
Elementos básicos de la reconstrucción maternal desde los años 50 del siglo XX
El apego y el vínculo
La Liga de la Leche
Una sociedad sin riesgo para los bebés
El papel de las políticas neoliberales en la reconstrucción de la maternidad basada en la lactancia
CAPÍTULO III. La lactancia como imperativo moral
Elementos retóricos en la defensa del lactivismo. Libre elección / consentimiento informado
Norma frente a transgresión
Control y gestión del cuerpo en la lactancia: la lactancia como management
CAPÍTULO IV. Construcción subjetiva de la identidad lactivista
Una identidad para la posmodernidad
¿Se puede hablar de «lactivismo»?
La mamasfera
Los blogs: género femenino
La mamasfera y los mamiblogs
Un caso español
CAPÍTULO V. Construcción natural / construcción científica
La maternidad natural
Los beneficios científicos de la lactancia. «El pecho es mejor»
Políticas de la lactancia
Mediados del siglo XX. La lactancia como base
La lactancia como norma
Siglo XXI: La leche de fórmula como riesgo
La lactancia como asunto de salud pública inaplazable
CAPÍTULO VI. Lactancia, clase social y raza
La lactancia como proyecto de la clase media blanca
Cuerpos privados / cuerpos públicos. Lactancia y sexualidad
La leche materna como producto, la lactancia como negocio
BIBLIOGRAFÍA
CRÉDITOS
Como muchas de las mujeres que escriben sobre lactancia, también en mi caso este interés tiene su origen en mi propia experiencia. Hace 30 años parí a mí hijo en un hospital público, decidí no amamantar y a partir de ahí se desató el infierno. No solo las enfermeras comenzaron a calificarme de egoísta y mala madre, sino que se negaban a proporcionarme los biberones necesarios para que mi hijo se alimentara y le dejaban llorar de hambre todos los días un buen rato; el objetivo era presionarme o castigarme. Se negaron también a proporcionarme las pastillas para retirarme la leche y me dejaban dolorida, hinchada y rezumando líquido, obligada a pasar todos los días varias veces por el sacaleches. Así, los primeros días de una maternidad primeriza y muy deseada se convirtieron en una auténtica pesadilla. Entonces yo era muy joven, asocié aquella experiencia a todo lo malo del parto y lo olvidé rápidamente. Años después, ya inmersa en el feminismo, comencé a escuchar a amigas de mi edad contar historias muy parecidas, e incluso peores, vividas ahora por sus hijas. Algunas no querían dar de mamar y sufrían auténticas presiones por parte del personal sanitario; pero también se daba el caso opuesto, hijas que querían dar de mamar a toda costa a pesar de no poder por diversas razones y a las que esa imposibilidad les generaba un enorme trauma, complejo de culpa e infelicidad sin límites, tal como me contaban esas madres feministas, que no entendían absolutamente nada de lo que les estaba pasando a unas hijas a las que también consideraban feministas. Recordé entonces mi propia experiencia, quise informarme más y comencé a leer libros sobre feminismo y lactancia materna. Lo que descubrí fue todo un continente ignorado por muchas personas que no tienen relación con la cuestión pero que está condicionando muchas políticas, muchas creencias y el propio feminismo. Descubrí que en la actualidad existe un claro mandato de lactancia que sufren las madres cuando paren; que la lactancia materna es ahora el centro de un conglomerado ideológico llamado maternidad intensiva que ha tenido profundas consecuencias en la manera en que las mujeres piensan hoy la maternidad y a sí mismas, incluido su papel en el mundo. Me di cuenta de que el camino desde el rechazo a la lactancia propio de los años 60 hasta hoy día, en que dicho rechazo es muy complicado de argumentar y mantener, es mucho más que una supuesta vuelta a modos de vida más naturales, y que tiene que ver con las políticas de género. Después de estudiar la cuestión me quedó claro que este es uno de esos temas con capacidad para condensar en sí una compleja madeja de significantes políticos e ideológicos que van desde la construcción de identidades propia de la posmodernidad hasta las políticas de género alentadas por una agenda conservadora, pasando por las políticas neoliberales de recortes en servicios públicos... y más cosas. En todo caso, me di cuenta de que estábamos ante una ortodoxia corporal muy parecida a otras que las mujeres padecemos y hemos padecido históricamente, pero con muchas ramificaciones; ante una muestra de biopolítica de género sobre la que el feminismo aún no ha reflexionado lo suficiente.
Cuando estaba comenzando con el estudio de los múltiples significados asociados a la lactancia materna escribí un artículo de opinión en la revista Pikara en el que simplemente defendía la libertad de elección de las madres y ponía en duda que dicha libertad siguiese existiendo1. La sorpresa fue que dicho artículo se convirtió en el que más comentarios ha recibido de entre todos los publicados en Pikara; más comentarios que otros de temas en principio mucho más polémicos. Por mi parte, este artículo me generó una avalancha de cartas en las que recibí insultos y que relataban también historias personales de lactancia, historias que fueron en definitiva las que me impulsaron a investigar más profundamente y a escribir este libro. Recuerdo especialmente una historia que me impactó mucho. La firmante me contaba que ella era una mujer feminista que no había problematizado nunca la cuestión de amamantar, simplemente le parecía la manera más natural de alimentar a un bebé, como se lo parece a casi todo el mundo sin hacerse muchas más preguntas. Contaba esta mujer que cuando se quedó embarazada comenzó a leer libros sobre embarazo y parto, tal y como ahora hacen muchas embarazadas. Que de ahí pasó a acudir a un grupo preparatorio del parto y el posparto y que comenzó a asumir absolutamente todos los postulados de esa nueva identidad femenina ligada, entre otras cosas, a la lactancia. Todo esto le llevó a pedir, cuando llegó el momento, un parto sin anestesia. Comentaba esta mujer que no pudo soportar el dolor y que pidió finalmente anestesia, lo que le generó un terrible sentimiento de culpa y un dolor psíquico del que no se pudo librar en mucho tiempo. Pero el problema mayor apareció cuando no pudo dar de mamar. Al parecer, desarrolló una mastitis y el dolor le era insoportable. Contrató a una consultora de lactancia que la convenció de que todo provenía de no haber podido parir sin anestesia porque eso indicaba que, en realidad, rechazaba a ese hijo. Según esta consultora, los posteriores problemas con la lactancia se debían a ese mismo rechazo inconsciente a su propio hijo. La madre en cuestión intentaba en su carta convencerme de que era una mujer normal, que nunca había sentido tentación por las sectas, ni era practicante de ninguna teoría extrema. Sin embargo, al mismo tiempo, me explicaba cómo se adentró en un camino de locura en el que su obsesión era no caer en la tentación de dar a su hijo un solo biberón. Su marido, por su parte, intentaba por todos los medios acabar con la tortura que la situación les suponía tanto a ella como al bebé, y finalmente un día, harto, le dio un biberón para que dejara de llorar de hambre. La madre, la consultora de lactancia y el grupo de apoyo al que acudía interpretaron este gesto como un sabotaje a la lactancia materna y le convirtieron en culpable. Finalmente la pareja se separó cuando el bebé apenas tenía 4 meses de vida, y meses más tarde ella se intentó suicidar. Apartada entonces del bebé para su propia recuperación psicológica, me contaba que eso fue como si alguien, de repente, le quitara la venda de los ojos, y en poco tiempo volvió a ser la persona que era antes. Leyó mi artículo y decidió escribirme. Lo que más me sorprendió es que no fue la única historia del mismo tenor que recibí, aunque esta fuera la más dramática; y que la mujer que me escribía no pudiera explicarme a mí ni a ella misma qué le había pasado, a pesar de los esfuerzos que hacía por hacer inteligible su conducta. Soy muy consciente de que este es un caso muy extremo pero, como digo, me llegaron varias cartas de mujeres que habían pasado por situaciones de mucha desesperación y, sobre todo, de mucho dolor.
Ahora mismo, la presión que empuja a todas las mujeres a dar de mamar tras el parto, independientemente de sus circunstancias personales o sociales, es de tal envergadura que algunas mujeres populares y con presencia pública (y otras muchas no populares) están sosteniendo ya que debería obligarse a dar de mamar al menos 6 meses. En algunos países como Arabia Saudí o Qatar ya es obligatorio al menos 2 años, y en otros como Venezuela o Bolivia se ha intentado y se han llevado a sus respectivos parlamentos proyectos relacionados con esto. En aquellos países en los que las normas sociales en lo referente a las mujeres no aspiran ser prescriptivas en lo legal, esta nueva maternidad tiene que ser libremente asumida y defendida por las propias mujeres, por lo que la lactancia se ha convertido, casi por primera vez en la historia de Occidente, en un discurso generador de un determinado tipo de identidad personal femenina, algo que no ha sido nunca. Además, hay muchas maneras de convertir esta práctica en insoslayable, y eso es lo que está ocurriendo en la mayoría de los países ricos desde los años 80: desde convertirla en una cuestión moral que distingue a las buenas madres de las malas (y la mala madre es la peor imagen femenina de cualquier cultura) hasta construir un consenso científico (que es mucho menos abrumador de lo que nos hacen creer) que aparentemente demuestra que utilizar la leche de fórmula es peligroso para la salud del bebé (¿qué madre querría poner en riesgo a su hijo o hija?); desde construir un discurso de empoderamiento feminista con sus propias activistas hasta forjar un discurso ecologista para demostrar que la lactancia es lo que está más cerca de nuestro ser natural y lo más respetuoso con la naturaleza; desde construir una identidad femenina fuerte en un momento en que el neoliberalismo somete a la mayoría de las mujeres a condiciones de precariedad insoportables hasta permitir a las mujeres encontrar un espacio propio en un mundo que no nos deja tantas opciones como parece. La defensa de la lactancia materna permite a las mujeres presentarse como anticonsumistas y anticapitalistas de la misma manera que les permite presentarse como madres tradicionales y conservadoras; es una práctica completamente transversal que nadie, o poca gente, se atreve a desafiar. Y, por increíble que pueda parecer, no se presenta por lo general como una cuestión de políticas de género, lo que ha hecho que algunas teóricas se pregunten cómo es posible que desde el feminismo no se preste más atención a este proceso social, que tiene una historia, y una enorme capacidad para incidir en las vidas de las mujeres y en la posición social de estas (Wolf, 2011: xiii).
Puede que la lactancia no haya ocupado el espacio que le corresponde en el feminismo hasta este momento pero, desde luego, la maternidad sí lo ha hecho. Ninguna feminista debería olvidar que la lucha de las mujeres por conquistar la capacidad de decidir sobre sus propias vidas está históricamente muy vinculada a la posibilidad de cambiar las condiciones en las que se vive la maternidad, a la posibilidad de elegir qué tipo de maternidad vivir y, necesariamente también, a desarrollar modelos de feminidad no maternales. Desde una maternidad vaciada de sexualidad y vinculada al sacrificio y al sufrimiento, a la debilidad y a la impotencia, como es la maternidad en la Edad Media y el Renacimiento, cuyo ejemplo es la Virgen María, hasta la maternidad de la modernidad donde la madre, entregada a las funciones de crianza, se convierte en la educadora de sus hijos y en la formadora de ciudadanos, función esta que la excluirá a ella misma de la ciudadanía, el primer feminismo tendrá necesariamente que repensar la maternidad para poder pensar en otra forma de ser mujer. Harriet Taylor, cabeza visible del primer feminismo liberal, denunciará en su célebre frase: «Ser mujer no significa ser madre» la necesidad de encontrar definiciones de feminidad que no necesariamente estén ligadas a la maternidad. Pero será Simone de Beauvoir quien de manera más clara teorice sobre el concepto de «maternidad forzosa» como una situación resultado de las condiciones sociales a las que son sometidas las mujeres: «No es posible obligar directamente a la mujer a engendrar: todo lo que se puede hacer es encerrarla en situaciones en las que la maternidad es la única salida para ella» (Beauvoir, 2017: 114). Y desde esta posición, que abrió un camino de libertad inexplorado hasta ese momento, el feminismo de la Segunda Ola irá componiendo un corpus crítico con la maternidad entendida como sinónimo de lo que significa ser mujer por una parte y como espacio no siempre libremente elegido por la otra. Russo llamará «mandato maternal» a ese que no solo condiciona, sino que obliga a todas las mujeres a ser madres a través de sanciones sociales no reconocidas (Russo, 1976: 143-153); y Chodorow creará el concepto de «ejercicio de la maternidad» para definir la función maternal como hecho cultural que relega a las mujeres a la esfera de lo doméstico y que es un elemento fundamental de la subjetividad femenina. Este feminismo denunció la institución de la maternidad como instrumento de control y de refuerzo del rol femenino tradicional y pensó y teorizó otras maneras de ser madre, alejadas del estereotipo de la buena/mala madre patriarcal; en ese sentido, el feminismo de la Segunda Ola intentó despatriarcalizar lo que significa ser buena madre y denunció lo que tenía de coercitiva y compulsiva la definición tradicional. Del mismo modo también planteó como legítima, e incluso liberadora, la posibilidad de no ser madre, de no querer ser madre o incluso de arrepentirse de serlo, una formulación radical pocas veces visibilizada a lo largo de la historia pero que la teoría feminista comienza ahora a tener en cuenta (Bartlett, 1994; Donath, 2016). En general, el feminismo de los 60 y 70 cuestionó la institución de la maternidad, buscó la manera de socializar el trabajo reproductivo y reivindicó el reparto con los hombres de aquellos aspectos de la crianza que no fuera posible externalizar2. Sin embargo, en esa época de efervescencia feminista, los movimientos más conservadores, defensores de las maternidades más tradicionales, ya se estaban organizando para resistir primero el avance del feminismo y para pasar a la ofensiva finalmente a partir de los años 80, cuando se hicieron claramente visibles, y pronto hegemónicos, determinados discursos que supuestamente buscaban revalorizar la maternidad o determinadas prácticas asociadas a ella, como la lactancia.
Este cambio vivido en la maternidad en el siglo XX y principios del XXI es muy complejo, no es unidireccional, tiene luces y sombras desde el punto de vista feminista, y está relacionado con muchos factores. Por una parte, se normalizan o aparecen múltiples maneras de ser madre, hasta el punto de que hay que empezar a hablar de maternidades, en plural. Ahora se puede ser madre por adopción, mediante donación, por inseminación pactada o mediante donante desconocido, diferida, lesbiana, sola... mediante fecundación en laboratorio, sin necesidad de coito... Parecería que en los países ricos las mujeres pueden por fin tener control sobre su maternidad. La maternidad ha adquirido autonomía con respecto a la familia tradicional, o incluso respecto a las relaciones sexuales o afectivas con los hombres, para pasar a depender únicamente, en teoría, de la voluntad de las mujeres. Pero al mismo tiempo que se ha producido ese cambio que parece ir en la dirección de otorgar más autonomía a las mujeres, se ha producido otro que se da en el sentido contrario, que no niega explícitamente lo anterior, que no niega la libertad y la autonomía conquistada por las mujeres, pero que construye, desde esa libertad de elección insoslayable, una maternidad que, en realidad, vuelve a poner a las mujeres a su servicio. Es a partir de los años 80, con el advenimiento del neoliberalismo político y económico, cuando comienza a observarse claramente una tendencia que, desde todos los ámbitos (mediáticos, políticos, sociales, científicos), preconiza, incluso dentro del feminismo y desde luego fuera del mismo, la supuesta vuelta a un modelo de maternidad que se caracteriza, idealmente, por reivindicar como deseable todo aquello que ha caracterizado siempre a la maternidad, aunque enunciado ahora con un lenguaje feminista y liberador y por las propias mujeres, las mismas que, unas décadas antes, sostenían lo contrario (Douglas y Michaels, 2004; Morgan, 2007; Peskowitz, 2005). Esta maternidad no es una vuelta a las antiguas prácticas maternales tal y como reivindican algunas de sus practicantes, sino que se trata de la reinvención de un nuevo tipo de maternidad, de una auténtica revolución ideológica con enormes consecuencias3. Se trata de una maternidad que exige que la madre sea siempre la cuidadora principal, y que defiende que una de las cuestiones que de manera más profunda pueden determinar el futuro del niño o niña es la lactancia materna prolongada, sobre la que pivotan gran parte de las definiciones y prácticas maternales desde los 80, pero también las políticas públicas de la infancia y de la familia, así como las recomendaciones de los organismos de Salud Pública. Es una maternidad que recibe el nombre de maternidad total (Wolf, 2007) o maternidad intensiva (Hays, 1996), y verdaderamente, el nombre la define bien, ya que, según las prescripciones actuales de las instituciones médicas y pediátricas, los bebés deben tener en la leche materna su único alimento al menos durante los primeros 6 meses de vida, y seguir lactando al menos durante los primeros 2 años (o más). Barbara Rothman sostiene (quizá de manera exagerada) que este tipo de maternidad se caracteriza por lo que ella llama «proletarización de las madres», en la que estas son equiparadas metafóricamente a los mineros que buscan metales preciosos a costa de sus propias vidas (Rothman, 1994). Además, la defensa y promoción de este tipo de lactancia ha generado un tipo de activismo prolactancia, el llamado lactivismo4, que ha contribuido decisivamente a construir este tipo de identidad maternal contemporánea basada en el amamantamiento pero también en cuestiones como el colecho, el porteo, el apego, el parto natural...5. Este cambio se produce envuelto en una apariencia de empoderamiento maternal que no oculta evidentes paradojas, como la recuperación del lenguaje de la naturaleza femenina, el poder de las hormonas o del instinto maternal, así como la renuncia, supuestamente voluntaria, a muchos de los espacios conquistados por las mujeres en las últimas décadas. Hay que explicar que la novedad en el discurso a favor de la lactancia, que se convierte en científica y políticamente hegemónico desde los 80, no es que declare la superioridad de esta práctica sobre cualquier tipo de alimentación infantil, porque esto mismo se venía declarando desde todas las instancias políticas, científicas, filosóficas, religiosas, etc., desde el comienzo de la historia. La novedad es que la lactancia se convierte en mucho más que en una manera sana de alimentar al bebé, se transforma en una práctica biosocial que incluye, entre otras cosas, una determinada relación entre madre y bebé que solo puede construirse de esta manera.
En todo caso, la razón por la que desde los años 80, coincidiendo con la aparición del neoliberalismo, se va imponiendo una nueva definición hegemónica de la maternidad que supone una transformación radical de las definiciones y prácticas por las que lucharon las feministas requiere un análisis feminista. Es necesario preguntarse por qué las mujeres escogen unas opciones, o unas ideas, y no otras, y por qué desde la cada vez mayor libertad conquistada para poder elegir entre una extensa variedad de prácticas y comportamientos maternales, muchas mujeres escogen (y utilizando en ocasiones discursos políticos antagónicos) una maternidad con más responsabilidades no delegables que nunca. La maternidad total extiende sus obligaciones de manera que no solo el bienestar del bebé, sino su futuro como adulto o adulta, dependen ahora de las decisiones que la madre tome, no ya en los primeros años, sino en los primeros meses e incluso en la etapa del embarazo. Y es necesario preguntarse por qué se produce este cambio en un sistema que sabemos que, en realidad, valora muy poco el bienestar de los niños y niñas, lo que nos permite sospechar del trasfondo político que se esconde detrás de los cánticos maternales.
La lactancia materna es hoy una práctica que se apoya fundamentalmente en tres instituciones: la ciencia, un nuevo concepto de maternidad (basada en la naturaleza) y las políticas públicas basadas en la salud; por eso no podemos considerar la lactancia como una posibilidad más entre las que existen para la crianza, sino como una práctica fuertemente condicionada y difícilmente soslayable para las madres. Los medios científicos, expertos, y las políticas puestas en los últimos 50 años al servicio de la promoción e imposición de la lactancia materna son enormes. La clase científica lleva décadas publicando trabajos que demostrarían la necesidad de que la madre se dedique al cuidado del bebé durante los primeros años; y especialmente las bondades de la leche materna, creando un corpus científico inabarcable que caracteriza a esta como lo que se ha llamado «el líquido de oro», esto es, un alimento cuyas propiedades son incontables y cuya falta puede derivar en un desastre que repercutirá negativamente en la salud del bebé, pero también en el cuerpo social en su conjunto. Lo mismo podemos decir de las campañas mediáticas y propagandísticas que han terminado por imponer la idea de que la lactancia materna es lo único que garantiza una buena salud para el bebé y lo que minimiza los riesgos para el futuro adulto. Un análisis en profundidad permitirá poner en duda esta asunción casi universal y asumir que la debilidad de las evidencias científicas no justifica esta obsesión lactante (Wolf, 2011: xiii). Además, en todo caso, la verdad científica no es un artefacto objetivo, sino un producto que tiene que ver con el poder y el saber (androcéntrico) de cada época, tal y como ha demostrado la teoría crítica feminista (entre otras aproximaciones a la filosofía de la ciencia); es decir, que la ciencia, más que descubrir o además de descubrir, también construye verdades o conocimientos que pretenden ser verdaderos6. Finalmente, si las evidencias científicas son débiles pero hay tanto interés en hacerlas pasar por incontestables, entonces hay que preguntarse qué intereses existen detrás de esta obsesión lactante de nuestro tiempo. Que una sociedad decida abandonar masivamente la lactancia materna, como ocurrió, por ejemplo, en Islandia durante 200 años (Hastrup, 1995); que la desanime, como en muchos países occidentales desde los 50, o que la promocione, son decisiones relacionadas con importantes aspectos culturales y políticos acerca de la relación de esa sociedad con la naturaleza, de las prioridades sociales, las relaciones entre los géneros, el poder y el papel de las mujeres, las relaciones con los niños, las políticas públicas hospitalarias o los subsidios a las madres pobres, entre otras muchas cuestiones.
El cambio sufrido en las últimas décadas en la concepción de la maternidad está relacionado con cambios culturales y sociales que le sirven de acelerador o de apoyo: la sociedad del riesgo, las identidades neoliberales y las políticas públicas marcadas por los recortes y la privatización de todos los ámbitos de la vida. Muchos factores complejos que se combinan de maneras diferentes en cada caso y cuya influencia en la construcción de la lactancia obligatoria y de las nuevas maternidades es difícil de aislar. Y como no puede ser de otra manera, a ello hay que añadir los factores relacionados con el patriarcado, ya que esta nueva maternidad, que se presenta como tradicional sin serlo, se produce en un tiempo histórico en el que las mujeres estaban ocupando posiciones de control sobre sus propios cuerpos y sobre sus vidas nunca conocidas históricamente. Es difícil no vincular esta situación de retorno de la madre natural, aunque modernizada según las pautas posmodernas y neoliberales, con una reacción patriarcal que reaparece casi de la misma manera y seguramente por los mismos motivos que reapareció La Madre de la mano de Rousseau en el siglo XVIII.
La leche tiene una gran importancia simbólica para los seres humanos, que son los únicos mamíferos que la siguen tomando después del destete. La leche es símbolo de vida y, tradicionalmente, así aparece en todas las culturas, en el arte, en la literatura, en la mitología. Pocas cosas son consideradas tan dependientes de la naturaleza como la lactancia, con todo lo que el marchamo de «natural» implica; hay pocos asuntos en los que los discursos acerca de la naturaleza y el instinto maternal estén tan vigentes como en este. En la mayoría de la literatura (científica, demográfica, nutricional) que tiene que ver con la gestación, el parto y la crianza, la reproducción es tratada como sujeta a leyes naturales más que a elecciones humanas o a presiones culturales, y esto es así incluso en las sociedades industrializadas donde la mayoría de las mujeres no dan de mamar más allá de 3 o 4 meses (Maher, 1992: 151). Hay pocas instituciones o prácticas que socialmente se piensen tan dependientes de la naturaleza y que estén sin embargo y al mismo tiempo tan fuertemente culturizadas. Como ha puesto de manifiesto la historiografía y la antropología feministas, la lactancia está muy lejos de ser un hecho exclusivamente natural. Los factores culturales, como la distinta configuración de las relaciones de género, los roles conyugales o de parentesco, la importancia de la reproducción como estrategia política, etc., no aparecen nunca en toda esta literatura en la que la lactancia es tratada en el vacío, casi como un imperativo biológico (Maher, 1992: 151). Y eso es porque todos los discursos culturales acerca de la lactancia y de la maternidad tienen algo en común: buscan autoborrarse, desaparecer, de manera que todo lo relativo tanto a la maternidad como a la lactancia parezca siempre completamente natural (Sáez Buenaventura, 1999: 1-22). Si la lactancia fuera para las madres simplemente una pulsión biológica, un instinto, no requeriría de tantos esfuerzos culturales (no solo en este momento histórico, sino a lo largo de toda la historia de la maternidad) destinados a inducir a estas a practicarla (Martin, 1987; Oakley, 1979: 607-631; Balsamo, De Mari, Maher y Serini, 1992). Asimismo, si fuera una pulsión biológica, no nos encontraríamos con que la historia de la lactancia es, entre otras muchas cosas, la historia de las resistencias empleadas por parte de las mujeres para escapar de dicho mandato (Thurer, 1994). La lactancia no es exclusivamente un hecho natural, sino que, además, es un hecho social que ha sufrido enormes variaciones a lo largo de la historia, siempre en relación directa con esa otra institución también definida socialmente como es la maternidad. La lactancia es una institución clave en la reproducción de la sociedad, de la cultura y de la hegemonía (Lagarde, 2011: 390), sin ella la humanidad no hubiera sobrevivido; pero la lactancia es también una institución que ha dado origen a diferencias de clase, a diversos rituales domésticos y/o sociales, y forma parte de la condición histórica y social de las mujeres. El tipo de maternidad que se practique o que sea socialmente dominante en cada momento es lo que va a determinar qué lactancia, cómo se practica, cuándo y cuánto, y ambas cosas van a estar a su vez relacionadas con la situación de las mujeres en cada sociedad.
Es necesario aclarar que cuando en este trabajo nos referimos a la lactancia materna no estamos aludiendo a la práctica de la alimentación de los bebés a través del pecho materno, a la lactancia como alimentación, a una práctica que puede ser gozosa, agradable, que puede preferirse al biberón por muchas razones... o no preferirse. Este no es un libro contra la lactancia (aunque me temo que se leerá así) ni tampoco contra ninguna manera concreta de ejercer la maternidad, sino que es un trabajo que pretende analizar críticamente lo que considero que es una práctica biosocial (Hausman, 2003: 28), una ideología (Hays, 1996: 10-15), una potente ortodoxia basada en el dogma «el pecho es mejor» a toda costa, una normatividad moral que afecta a todas las mujeres, den de mamar o no, y que construye buenas madres en detrimento de la posibilidad de elegir sin culpa y de construir otras maternidades posibles igualmente legítimas e igualmente cuidadoras; que construye también una muy específica normatividad ligada a un momento muy concreto de la historia del capitalismo y del patriarcado. No analizo aquí la lactancia materna como una de las posibilidades de alimentación infantil, no me refiero a una práctica individual sino a un dispositivo social alrededor del cual se ha configurado un nuevo tipo de maternidad y de identidad femenina a la que el feminismo tiene que atender. Me refiero al mandato de lactancia que se inserta en un determinado orden simbólico, en un sistema sexo/género concreto, y que se ha terminado convirtiendo en un repositorio para numerosas ansiedades sociales acerca del riesgo, la salud, la maternidad y, fundamentalmente, el feminismo y la posición social de las mujeres. Preguntarse hoy por la lactancia es hacerlo sobre los significados contemporáneos y sobre las prácticas morales de la maternidad; es hacerlo sobre la feminidad y el cuidado, los cuerpos maternales y sexuales y sobre las obligaciones públicas y privadas de las mujeres. Es reflexionar también acerca de la raza y la clase, porque las ideologías acerca de la maternidad se tienen que leer sobre las relaciones sociales existentes, de poder y desigualdad. Y si bien la maternidad, el mandato reproductivo, los derechos reproductivos son temas de los que el feminismo se ha ocupado ampliamente, del mandato de lactancia no lo ha hecho tanto a pesar de los miles y miles de blogs, de literatura popular sobre el tema, de las prácticas ambivalentes de millones de mujeres y de los miles de artículos científicos —pocos de ellos feministas— que existen.
En este libro asumo que una gran parte del movimiento prolactancia es regresivo por mucho que haya aspectos que no lo sean o defensoras del mismo que no lo sean. Pienso con Adrienne Rich que un movimiento acerca de la maternidad cuyo principal interés es el embarazo, el parto y la crianza individual aunque se perciba como alternativo o progresista solo puede existir como una contradicción dentro de una sociedad en la que la mayoría de los niños crecen en la pobreza o en la que la mayoría de las madres no pueden elegir qué tipo de mujer y/o madre ser (Rich, 1986: 15); un movimiento que ignora las necesidades y las voces de muchas madres que muestran incomodidad, malestar o sufrimiento, y que no tiene en cuenta sus necesidades, no puede considerarse feminista. Y asumo también, como afirma Wolf, que al poner la salud del bebé bajo la responsabilidad exclusiva de la madre, además de eximir de responsabilidad a las políticas públicas y a la sociedad en su conjunto, se consigue también un activismo feminista inocuo para el sistema.
Aunque ciertamente una parte del discurso contemporáneo sobre la lactancia materna puede enmarcarse en una reacción patriarcal que se vive a todos los niveles, eso no explicaría el éxito de este discurso entre las propias mujeres y, especialmente, entre las feministas inmunes a otros discursos patriarcales; no explicaría la adhesión de tantas mujeres al mismo ni la intensidad de esta adhesión, hasta el punto de haberlo convertido en una nueva militancia feminista. En pocos años ha conseguido modificar completamente los hábitos y la manera de pensar de las mujeres, de los hospitales, profesionales, matronas, pediatras..., las instituciones internacionales (la ONU, la OMS...), los partidos políticos, las leyes. Todos y todas, políticos de izquierdas y de derechas, militantes cristianos y ecologistas, defienden la lactancia materna hasta el punto de estigmatizar la leche de fórmula, que en su día supuso un enorme avance para el derecho de las mujeres a elegir su modelo de crianza. Se han logrado enormes éxitos contra multinacionales poderosas y eso no lo ha conseguido un ejército de mujeres, por lo general desempoderadas políticamente, sino un sistema al que le debe compensar política y económicamente promocionar esta maternidad aun cuando esto suponga renunciar a pingües beneficios empresariales. ¿Cómo se ha conseguido que, como dice Adrianne Rich, una parte del feminismo haya asumido postulados contrarios a los que desde los años 70 supusieron la liberación social y personal de millones de mujeres? ¿Cómo se ha conseguido hegemonizar ese discurso entre actores tan dispares como una parte del feminismo, las instituciones internacionales, los medios de comunicación y los colegios médicos? Está claro que una parte del mismo surge de un malestar en las vidas de las mujeres, pero tampoco hay que dejar de tener en cuenta la aparición de otros discursos sociales y políticos que desde fuera del feminismo presionan en contra de este. Todo eso es lo que este libro pretende abordar.
1http://www.pikaramagazine.com/2011/10/estoy-en-contra-de-la-lactancia-materna/.
2 Hay que decir también que muy pronto surgieron voces, ligadas al feminismo de la diferencia francés e italiano, que reivindicaban la maternidad como elemento fundamental de la identidad y del empoderamiento femenino. Estos feminismos, que se llamaron de la diferencia, y fueron minoritarios entonces, llamaban a recuperar una madre ancestral, poderosa y fecunda, frente a una maternidad sometida a los dictámenes del patriarcado. Una parte de ese feminismo se ha recuperado ahora en su reivindicación maternal.
3 Se trata de una maternidad con unas características completamente nuevas en la historia y que ha sido identificada plenamente por muchas autoras (Arendell, 2000; Avishai, 2007; Bell, 2004; Douglas y Michaels, 2004; Duncan et al., 2003; Hays, 1996; Lee, 2007a, 2007b, 2008; Maher y Saugeres, 2007; Milkie, 2004; Pugh, 2005; Shaw, 2003; Tronto, 2002; Warner, 2006, y otros muchos).
4 Entendemos por lactivismo o activismo prolactancia, por una parte, el activismo particular de madres que amamantan y que no dejan de expresar públicamente su defensa de esa maternidad basada en la lactancia; y que lo hacen a través de la escritura de blogs, de su actividad en las redes, de su asociacionismo en grupos prolactancia, que escriben cartas a los periódicos cuando se publica cualquier artículo que no les gusta, o un libro, etc. Y, por otra, a las investigadoras y escritoras que escriben libros y publican estudios defendiendo este tipo de maternidad como superior a cualquier otra.
5 Colecho: o cama familiar es una práctica en la que bebés o niños pequeños duermen con uno o los dos progenitores en la misma cama hasta que terminan su lactancia o incluso más. Porteo: manera recomendada por las seguidoras de la lactancia, el colecho, etc., de transportar a los niños y niñas. Consiste en llevarlos en un portabebés, en vez de en carricoche, sillita u otro medio. Sostienen sus partidarios que el bebé siente así el calor de la madre o el padre, el latido, etc., que es más natural y mejor para él/ella. Sobre el apego hablaremos ampliamente más adelante, y cuando nos referimos al parto natural hablamos del parto sin anestesia, muy demandado por las practicantes de esta maternidad.
6 Sigue siendo imprescindible el artículo considerado fundacional de Donna Haraway, «Situated Knowledges: The Science Question in Feminist and the Privilege of Partial Perspective», Feminist Studies, 14, núm. 3 (1988), págs. 575-599, y el trabajo de S. Harding (1986).
No tenemos aquí la intención de hacer una historia exhaustiva de la lactancia, ni siquiera una historia general de la misma. Se trata únicamente de hacer una breve aproximación histórica a algunos aspectos concretos: a aquellos elementos que consideramos pueden ayudar a prefigurar el discurso actual acerca de la lactancia y a señalar los elementos comunes y aquellos otros diferenciadores entre esta época y las precedentes. La historia de la lactancia o, mejor aún, la historia de la alimentación infantil es una historia fascinante y desconocida en su mayor parte, como casi todo lo que se refiere a la historia de las mujeres. Es una historia, sobre todo, llena de presunciones que no son ciertas. Al ser la historia de las mujeres muy desconocida, cada vez que se produce un cambio cultural o social es fácil decir que «siempre se ha hecho así». Es fácil decir ahora o creer, por ejemplo, que todas las madres han dado de mamar desde siempre, lo cual no es cierto. La realidad es que en la mayoría de los periodos históricos muchas madres no lo han hecho. La historia de la lactancia permite conocer no solo la manera en la que las mujeres se han relacionado con sus cuerpos, sino también conocer o descubrir ocupaciones, empleos o instituciones femeninas ahora muy olvidadas pero fundamentales a lo largo de la historia humana, como las nodrizas, por ejemplo, uno de los empleos más antiguos que han tenido las mujeres y del cual han vivido millones de ellas; también permite saber qué relación tenían las madres con sus hijos e hijas, cómo vivían el ser, necesariamente, mujeres para la maternidad; cómo organizaban su vida sabiendo que gran parte de la misma estaría ocupada por ese empeño (o que morirían a costa del mismo). Estudiar la historia de la lactancia implica necesariamente hacer un acercamiento desde fuera en cuanto que no son ellas mismas, las madres del pasado, las que nos hablan. Las mujeres no han dejado escrito mucho acerca de sus vidas y las que lo han hecho no han escrito precisamente de algo tan personal, íntimo, y considerado tan poco importante, como amamantar. Aun así, es posible acercarse a la historia de esta práctica a través de lo que los médicos prohibían hacer, de lo que recomendaban hacer, de los modelos de virtud que se ofrecían a las madres, de lo que han dicho los hombres acerca de ellas, de lo que han dicho los filósofos, de lo que ha mostrado el arte, etc.
Para poder comprender que la lactancia es una institución social, o biosocial, es necesario hacer una aproximación histórica, aunque sea superficial, porque dicha aproximación nos permitirá darnos cuenta de que la lactancia se ha construido y practicado a lo largo de la historia de muy diferentes maneras; que la lactancia es una práctica generadora de relaciones sociales y familiares muy diversas, y que cumple también con distintos objetivos que han ido siempre más allá del puro hecho alimenticio. Estudiando la lactancia desde una perspectiva histórica es posible asegurar que esta ha sido, muy a menudo, un instrumento de control social de las mujeres independientemente de lo que estas piensen que es (Carter, 1995; Blum, 1999; Wolf, 2011: 12); veremos cómo es incentivada o desincentivada según los intereses políticos de cada momento (especialmente incentivada siempre que los roles de género se desdibujan) y según el papel que desempeñe en cada momento la política sexual. Escribir sobre la historia de la lactancia implica también, necesariamente, escribir sobre la maternidad, aunque ambas cosas no sean lo mismo. Maternidad y lactancia han ido muy unidas o muy separadas según los momentos históricos concretos. Pero en un sentido u otro, aunque sea como falta, como crítica, o como huida, resulta muy complicado hacer un acercamiento histórico a la lactancia sin hacerlo al mismo tiempo a la maternidad, que no constituye el argumento de este libro y que inevitablemente va a quedar pendiente, oculto y presente al mismo tiempo.
Respecto a la historia de la lactancia, hay algunas cuestiones llamativas ya desde una primera lectura y que podemos adelantar. Una primera cuestión es que resulta innecesaria la discusión acerca de si es o no una práctica instintiva, ya que ha cambiado mucho a lo largo de la historia y sus cambios están siempre relacionados con el papel que representan las mujeres en sus respectivas sociedades y épocas (Martin, 1987; Oakley, 1979; Balsamo et al., 1992). No sabemos si las mujeres querían o no amamantar, pero lo que sí sabemos es que los hombres preferían que lo hicieran. Ellas no han dejado prueba escrita de sus preferencias, pero de lo que sí tenemos constancia es de las permanentes llamadas que se les han hecho, y desde todos los campos de la cultura, la ciencia, desde los expertos hasta los moralistas o los filósofos, para conducirlas a la lactancia (excepto en momentos históricos muy puntuales). Las llamadas y advertencias a favor de la lactancia materna arrecian especialmente después de momentos caracterizados por lo que podemos definir como deserción materna de las obligaciones lactantes (muy frecuentes). Aunque las razones por las que las mujeres desertan de la lactancia son muy variadas y no siempre responden a decisiones de ellas mismas, sí que se observa que históricamente los periodos en los que un menor número de mujeres dan de mamar suelen coincidir con periodos de mayor libertad femenina; y al contrario, las conminaciones a la lactancia suelen coincidir con reacciones patriarcales a esos momentos de mayor libertad. En todo caso, la cuestión se puede resumir afirmando que dar de mamar u ocuparse de la crianza no ha sido considerado nunca un privilegio ni algo deseable por las propias mujeres excepto en momentos históricos muy concretos, como el actual, o en el periodo que siguió a la Revolución francesa.
Otra cuestión muy llamativa que surge al acercarse a la historia de la lactancia en Occidente es que una parte importante de esta historia es susceptible de ser interpretada, tentativamente, como la historia de la resistencia a la misma por parte de las mujeres (Wolf, 2011: 1; Law, 2000: 407; Hausman, 2003). Muy a menudo las mujeres que la han podido evitar lo han hecho; así, las mujeres más privilegiadas han evitado amamantar en la mayor parte de las épocas históricas. Teniendo en cuenta que hasta hace relativamente poco tiempo mamar era imprescindible para que los bebés sobrevivieran y considerando también las pocas alternativas que existían a la lactancia, resulta cuando menos llamativo el número de mujeres que en cada época no han querido amamantar a sus hijos o han tratado de evitarlo por todos los medios a su alcance; y lo han tratado de hacer, y esto es importante, contrahegemónicamente, es decir, contra los mandatos culturales, religiosos o familiares7. Aunque sin duda había más problemas físicos que ahora para poder dar de mamar (morían muchas mujeres durante el parto y muchas otras quedaban demasiado enfermas o debilitadas para acometer la lactancia en los primeros días), la persistencia histórica de un alto porcentaje de madres que han elegido no hacerlo, incluso cuando todo las empujaba a ello, sugiere que la resistencia a esta práctica no es ni patológica ni rara, sino que entra dentro de lo normal (Thurer, 1994: 75).
Conviene también tener en cuenta que la lactancia ha sido muy a menudo para las mujeres una marca de clase, en un sentido u otro. Históricamente la manera en la que algunas mujeres privilegiadas han podido librarse de ella ha sido la de poner a otras mujeres más pobres en su lugar. Aunque hoy han desaparecido de nuestro horizonte, las nodrizas8 han sido una figura que ha atravesado los siglos hasta prácticamente ayer mismo9, vendiendo su leche materna10. Una historia de la lactancia con pretensiones de exhaustividad implicaría también hacer una historia de las nodrizas, una de las figuras femeninas más desconocidas, más ocultas y olvidadas, y sin embargo absolutamente imprescindibles en la historia de la maternidad y por tanto también en la historia de las mujeres. En la actualidad, la lactancia sigue siendo en las sociedades ricas una marca de clase pero al revés: ahora son las mujeres más privilegiadas las que dan de mamar. También podemos percibir que la leche materna siempre ha sido considerada un líquido especial al que se le han atribuido todo tipo de propiedades cuasi mágicas. Dada la importancia simbólica de la leche, estas atribuciones eran esperables: desde sanar casi cualquier enfermedad hasta prevenir otras, forjar caracteres, transmitir el lenguaje o determinar la inteligencia. Resulta también llamativo que las que en los siglos pasados eran creencias basadas en la superstición pasen casi intactas a los siglos XX y XXI para adquirir el marchamo de científicas. En algunas cuestiones que atañen a las mujeres no estamos tan lejos del pensamiento de Aristóteles como podríamos creer.
Podemos identificar una última cuestión general que es la de que la lactancia ha sido siempre una práctica alrededor de la cual se pueden señalar muchos intereses que poco tienen que ver con las mujeres: intereses de poder, intereses científicos, profesionales, económicos y, por supuesto, intereses patriarcales. La importancia de hacer una aproximación a la historia cultural de la lactancia es que nos permite darnos cuenta de que, si bien las mujeres de cada época histórica tienen disponibles ciertas ideas hegemónicas acerca de la maternidad y la lactancia, estas se hallan lejos de ser unívocas y la insistencia en las mismas demuestra que una cosa era lo que se consideraba adecuado hacer y otra muy diferente lo que finalmente las madres hacían. Esta disonancia entre lo que era correcto hacer y lo que las mujeres han hecho se ha mantenido desde la antigüedad hasta nuestros días. Lo cierto es que los humanos han descubierto cómo manipular la lactancia materna después de cientos, de miles de años de prueba y error y lo han hecho con una enorme variedad de sustancias y arreglos de cuidado. Sugerir que el hecho de que la leche materna sea biológicamente adecuada para los bebés tiene que determinar las acciones de las mujeres dejando de lado todos los demás constreñimientos en las vidas de estas es ignorar la historia, así como todos los procesos humanos evolutivos de adaptación al medio.
Desde el principio de los tiempos hasta el año 500 a.C. (los últimos templos de la diosa), Dios no era Él, sino Ella. Y Ella era, sobre todo, una madre. Las evidencias arqueológicas parecen demostrar que el papel de las madres en esta época fue, seguramente, más relevante y valorado que nunca después. La adoración por la capacidad reproductiva de las mujeres debió de ser uno de los primeros pensamientos sagrados y a ella están dedicados los primeros rituales humanos que tienen que ver con la divinidad (Thurer, 1994; Ariès y Duby, 1987; Yalom, 1997; Hernaiz y Saiz, 2015). Seguramente no estaban las mujeres limitadas por modelos de buena o mala maternidad, simplemente parían, y eso era suficiente. Parir no es lo mismo que cuidar ni que amamantar, pero es fácil asociar el cuidado con la lactancia que aseguraría la supervivencia de los bebés, y por tanto amamantar y cuidar deben estar asociados desde muy pronto. Muchas autoras encuentran que es el amamantamiento (y no el embarazo y el parto) la explicación de la primera división del trabajo, ya que una mujer lactante tiene más dificultades para cazar o para moverse durante horas sin el bebé (Thurer, 1994; Hernando, 2000). Es hacia el 10000 a.C., en el momento en que los nómadas prehistóricos se hacen sedentarios, cuando los hijos dejan de ser un hándicap para pasar a convertirse en una ventaja competitiva, además de en una necesidad. En las sociedades agrícolas, los hijos y las hijas son un par de manos más para el trabajo y para el cuidado en la vejez, y ya no alguien a quien hay que alimentar y trasladar, con peligro para el grupo, de un sitio a otro. Significativamente, en las sociedades agrícolas primitivas los niños muertos tempranamente eran enterrados solos o con sus madres, pero nunca con sus padres (Gadon, 1989, cit. en Thurer, 1994: 16). Estos entierros infantiles, nunca descuidados, nos sugieren además que los niños eran queridos y cuidados.
Con seguridad las mujeres neolíticas amamantaban a sus hijos e hijas, ya que solo de esta manera estos sobrevivían, pero no sabemos si había madres que amamantaban a bebés que no eran suyos, ni sabemos tampoco si los alimentaban a todos o a todos por igual. Seguramente los humanos harían entonces como los animales: cuidar solo a aquellos con más posibilidades de sobrevivir (Clark y Clark, 1976; Hrdy, 1999). Existen evidencias de que los hijos con enfermedades o discapacidades, así como aquellos más débiles, eran abandonados o no cuidados (Thurer, 1994: 6, 23 y ss.; Boulding, 1976, cit. en Thurer, 1994: 23; Hrdy, 1999). Esto sin más, desde el principio de los tiempos, sería ya una demostración de que el llamado instinto maternal ha estado siempre supeditado a la razón y a la necesidad del grupo, así como a las propias necesidades individuales de cada mujer. Las mujeres han luchado siempre por no tener más hijos que los que podían cuidar o querían tener y por ello el aborto, así como el infanticidio, han sido una constante en la historia de la humanidad. A pesar de las evidencias de que las madres han practicado el infanticidio cuando ha sido necesario para la supervivencia del grupo o para su propia supervivencia, el mito del instinto maternal y el del amor incondicional siguen latiendo bajo prácticamente todos los discursos favorables a la lactancia (y bajo todos los discursos apologéticos de la maternidad en general). Pocos mitos existen tan persistentes, tan incuestionados y tan extendidos entre la población general como este del instinto maternal. Y, sin embargo, como veremos a lo largo de este trabajo, pocos mitos resultan más fácilmente desmontables que este: el amor maternal ha coexistido siempre con la indiferencia maternal por las criaturas no deseadas. Desde el comienzo de la historia, el único instinto femenino (y masculino) comprobable es el de la supervivencia, tanto la propia como la del grupo11 (algo que, en el caso de las mujeres, siempre queda oculto tras el supuesto amor maternal). En aras de esa supervivencia, el asesinato de los propios hijos ha sido una constante que se ha dado en tanto aquella estaba en juego. El infanticidio y el abandono son tan universales como el amor materno y el cuidado. Además, la historia está también llena de culturas que practicaban el infanticidio no solo por razones de necesidad, sino por razones culturales. Podríamos hablar de los miles de niños y niñas, de entre 1 y 3 años, sacrificados por los fenicios en Cartago; al menos 20.000 que sepamos entre el 400 y el 200 a.C. (Soren et al., 1990: 25-115). Sabemos que en Palestina los niños eran sacrificados al dios Moloch y en la misma Biblia aparece alguno de estos sacrificios —el de Isaac es el más conocido— que pueden hacer referencia a prácticas cananeas habituales. No sabemos si estas madres sufrían o se adherían tranquilas a estos ritos; lo que sí sabemos es que las madres pueden llegar a desentenderse sin gran dolor de sus hijos si la cultura lo prescribe o si ellas mismas lo necesitan, como veremos luego en la Edad Media, época de la que tenemos mucha más información. Todo esto implica que el lazo madre-hijo también tiene una historia muy cambiante. A pesar de la mitología oficial sobre el amor maternal, lo cierto es que esta clase de amor, tal como lo entendemos hoy día, tiene su propia historia, igual que el amor romántico. El concepto de amor maternal que hoy día manejamos casi como universal e intemporal es, en realidad, una creación de los dos últimos siglos. Esto no quiere decir que antes de estos siglos las mujeres no quisieran a sus hijos e hijas, pero sí es cierto que este amor coexistía con maternidades no tan amorosas y ambas, así como otras formas de ser madre, podían darse en la misma mujer en diferentes momentos de su vida. Las madres no siempre se han ocupado de los hijos de la misma manera, no los han querido de la misma manera, no a todos, y se han relacionado con ellos de forma muy diferente. Una historia de las relaciones maternofiliales se supone que estaría toda ella repleta de historias de amor y dedicación; y lo está, y esas ya las conocemos; pero también de indiferencia hacia la suerte de los propios hijos, y esa historia está por escribirse. El llamado instinto maternal, siempre traído a colación cuando se habla de maternidad, se ha usado como un mantra que choca permanentemente con la realidad.
Por supuesto que esta historia de terror tiene otra cara, aquella en la que la mayoría de las madres querían y amamantaban a sus hijos. En Israel, sobre el año 2000 a.C., a pesar de la práctica de algunos sacrificios humanos, no propiamente israelitas, los hijos eran considerados una bendición y amamantarlos era una obligación religiosa y marital que no siempre era posible debido a fallos en la lactancia o a la muerte de la madre (Wickes, 1953a: 154). Los médicos, en estos casos, recomendaban la contratación de nodrizas (Osborn, 1979a). Si bien siempre ha habido mujeres que han donado su leche o que han amamantado al hijo de otra mujer por las razones que fuera, la venta del trabajo de lactancia y de la misma leche como mercancía se convirtió pronto en uno de los pocos trabajos femeninos permitidos, un trabajo que ha atravesado la historia y que ha existido en todas las civilizaciones hasta prácticamente el siglo XX (Fildes, 1988: 1). Aunque la necesidad de las nodrizas se hace evidente, dada la alta mortalidad de las mujeres durante los embarazos y los partos, los factores sociales, políticos y religiosos han desempeñado un importante papel en este trabajo que ha sido desde una ocupación puramente casual (parientes que tenían leche de sobra, vecinas que perdían a sus propios hijos) hasta un trabajo sujeto a estrictas leyes religiosas y/o normas sociales. Puesto que era un servicio pagado en la mayoría de los casos (aun así son muy frecuentes los casos en los que la nodriza era una esclava), son desde el principio las mujeres privilegiadas de clase alta las que más fácilmente pueden recurrir a él. Los bebés solían mamar de 2 a 3 años y este era el tiempo para el que eran contratadas las nodrizas. En Egipto, las nodrizas de pago eran muy utilizadas, junto con las esclavas. Cuanto más alta era la clase social, más importancia tenía la nodriza, hasta el punto de que los bebés de las reinas se ponían directamente al pecho de la nodriza en el momento mismo del nacimiento y esta se convertía en una figura importante en la corte (Fildes, 1986: 7; 1988: 3). Es aquí, en el antiguo Egipto, donde surge una noción cultural que nos acompaña desde entonces y que aparece y desaparece en el relato maternal hasta hoy mismo: que la leche crea vínculos (por entonces se pensaba que era la leche, la calidad de la misma, y no el acto de mamar). Por eso se establecía un vínculo entre la nodriza y el bebé que crea la figura de la madre de leche o los hermanos de leche que persistirá hasta el siglo XIX y que hoy también se ha borrado de la memoria europea. Algunas culturas, como la islámica entre las más cercanas, reconocen legalmente el parentesco por la leche y debido a esto llegan incluso a considerar incesto el matrimonio entre hermanos de leche12.
En esta época aparecen también las primeras leyes escritas, como es el caso del Talmud, que obligan a las mujeres a la lactancia, considerándola un deber marital, es decir, de la esposa para con su esposo y no para con los recién nacidos (Fildes, 1986: 8). En sentido contrario también aparece en la ley talmúdica que los maridos no pueden prohibirle a la madre dar de mamar. Es decir, si ella no quiere dar de mamar puede ser obligada a hacerlo, pero no se la puede obligar a no hacerlo. ¿Podía la madre elegir no hacerlo? Parece que no, y el hecho de que en los códigos patriarcales se pretenda obligar a las madres a cumplir con este deber marital y se impida también a los padres alejar a la madre de la lactancia da cuenta de que ambas cosas ocurrían; y da cuenta asimismo de que los códigos legislativos apuestan por la obligatoriedad de la lactancia materna desde el principio, así como de que las decisiones o los deseos de las mujeres no siempre estaban de ese lado. Sabemos también que desde tiempos inmemoriales se ha intentado que los bebés mamaran de los animales, aun cuando la leche de estos no es adecuada para los humanos recién nacidos y provoca graves problemas digestivos que pueden llegar a ocasionar la muerte. Tradicionalmente, al menos en Europa, se creía que la leche de las cabras y las burras era más adecuada que la de vaca por ser aquellas menos grasas y producir menos nata (Weinberg, 1993). Poner a los bebés a la teta de cabras o burras es algo que nunca ha dejado de hacerse a pesar del riesgo que suponía, probablemente porque han existido muchas ocasiones en las que no había otra cosa que darles. Además de ponerles a mamar de la teta de animales, se conservan también desde muy antiguo vasijas usadas como biberones que se rellenaban con la leche de estos animales (Fildes, 1988: 10-11).
La cultura griega es de sobra conocida por su misoginia. En Grecia, la maternidad no era un valor porque nada proveniente de las mujeres lo era. Por eso, la cultura griega se esfuerza incluso por borrar el papel de las mujeres en la reproducción y eran los padres los que tenían hijos, no las madres. En los mitos griegos, los hijos nacen en muchas ocasiones de los cuerpos masculinos, y el matricidio es para los griegos clásicos casi una obsesión. Sabemos que en Grecia el abandono de bebés recién nacidos era muy frecuente y estaba culturalmente aceptado. Tampoco conocemos lo que sentían estas madres griegas, pero, como en el caso de los sacrificios infantiles, sabemos que lo más habitual es que la mayoría de las mujeres se adhiera con mayor o menor fidelidad a sus respectivas culturas y que los valores propios de la cultura sean también los suyos13. Respecto al abandono de bebés o al infanticidio, las investigadoras no se ponen de acuerdo en la explicación para esta costumbre, ya que los griegos que los practicaban no eran necesariamente pobres, ni la costumbre aumentaba en épocas de hambre, ni en momentos en que la supervivencia de unos niños ponía en peligro la de otros. Simplemente el amor maternal o paternal era de otro tipo. Se quería mucho a los hijos, como se demuestra en el cuidado que ponían en sus sepulturas y en las palabras que allí les dedicaban, pero querían a los hijos queridos, a los que se decidía querer (Golden, 1996; Pomeroy, 1990). Los hijos no queridos por la razón que fuera: ser niñas, discapacitados, sobrantes..., se abandonaban o se mataban sin remordimientos. El amor a los hijos estaba claramente condicionado por multitud de factores culturales y simbólicos que se superponen. La «exposición» de los hijos era una forma más de planificación familiar, una especie de aborto tardío, y así se vivía emocionalmente; no se abandonaba a un hijo sino a una especie de niño malogrado, un feto. Para casi ninguna mujer es lo mismo la pérdida de un hijo recién nacido que la pérdida de un niño de más edad. En algunas culturas, los recién nacidos son considerados casi fetos durante un tiempo después del parto. Estos bebés abandonados no siempre morían sino que eran recogidos por gente que buscaba esclavos, y para que sobrevivieran eran muy necesarias las nodrizas. De manera que cuanto más aceptada era la costumbre de «exponer» a los bebés, más nodrizas se necesitaban.
