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Para Alda Merini, la loca de la puerta de al lado era la vecina. Para todos los demás, era ella. Alda lo sabía y, en vez de renegar de sí misma o esforzarse por encajar en la norma, reivindicó su locura como un elemento purificador, un arma poética. «La locura es también un vínculo mágico con la realidad, es una forma de sacar las púas para enfrentarse a un enemigo que tal vez no existe», escribe. Así, la loca parece menos demente y termina por convertirse en una suerte de profeta que, desde las puertas del infierno, relata la sacralidad de la vida a quien quiera escucharla. En La loca de la puerta de al lado los recuerdos fluyen sin orden. Este libro, compuesto de cuatro partes —«El amor», «El secuestro», «La familia» y «El dolor»— es una bella confesión en la que la autora deja que sus ojos recorran un pasado lleno de lugares, amigos, amantes y sentimientos. Merini, inocente provocadora, nos ofrece una autobiografía lúcida y fantasiosa de grandes componentes líricos. «Es un libro especial; creo que alguien de los que nos esté viendo va a descubrir y enamorarse de esta persona (algunos otros a lo mejor no lo van a terminar de pillar, pero yo lo recomiendo): La loca de la puerta de al lado, de Alda Merini […]. Es una autobiografía… imposible de definir cómo es. De una calidad, de una belleza tan especial; tan luminoso, desordenado, poético…». Iñaki Gabilondo, Hoy por Hoy, Cadena SER Fragmentos del libro: La locura es también un vínculo mágico con la realidad, es una forma de sacar las púas para enfrentarse a un enemigo que tal vez no existe, pero que sin duda ha preparado el terreno en la intimidad de su escondite secreto. *** Siempre me he sentido cerca de la muerte. La he considerado una hermana desde que era una niña, porque sentía que era compañera del amor. He dialogado con ella, he retrasado su llegada, incluso la he amado. *** No, la poesía no me importa demasiado: la poesía es una de las muchas manifestaciones de la vida. Es una forma de hablar y puede ser mala, buena, violenta o inútil. Es una forma de hacer teatro, una forma de disfrazarse. La poesía puede ser una máscara griega, un carnaval. Puede ser una dignidad que no se tiene, una dignidad que se sufre. Son tantas las definiciones de la poesía. Digamos que la literatura también puede ser una forma de sentir que se está loco. «Especial, luminoso, desordenado, poético». —Iñaki Gabilondo, Cadena SER «Un prodigio de narración poética». —Merceedes Monmany, ABC
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Seitenzahl: 179
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Primera edición, abril de 2021
Tercera edición, febrero de 2022
Título original: La pazza della porta accanto
© Alda Merini Estate, 1995
Publicado mediante acuerdo con The Italian Literary Agency, Milano y Ute Körner Literary Agent.
© de esta edición, Editorial Tránsito, 2021
© de la traducción, Raquel Vicedo, 2021
© del texto «Un rosario hecho de palabras», Raquel Vicedo, 2021
DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama
DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama
FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Giuliano Grittini
IMPRESIÓN: KADMOS
Impreso en España – Printed in Spain
IBIC: FA
ISBN: 978-84-123036-0-5
eISBN: 978-84-125122-2-9
DEPÓSITO LEGAL: M-6610-2021
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alda merini
traducido por Raquel Vicedo
«Un rosario hecho de palabras», de Raquel Vicedo
La loca de la puerta de al lado
El amor
El secuestro
La familia
El dolor
Nota biográfica
Algunos personajes mencionados en esta obra
Querida Alda:
No sé cómo dirigirme a ti. Te encontré en una librería de Catania una sobremesa sofocante de junio y el señor que regentaba el lugar me preguntó: ¿Conoce usted a Alda Merini? Y yo le respondí: Sí, pero nunca he leído su prosa, sólo su poesía, y él me dijo: Claro, porque la Merini sólo escribe poesía, la palabra de la Merini es la palabra del poeta, ¿no sabe usted que ella es la poeta maldita por excelencia?, la poesía fue su maldición y también su agua de vida. Yo, dudosa, en un murmullo: Pensaba que su maldición había sido la locura y él, paciente, sólo dijo: Ecco, signorina! Y salí contigo bajo el brazo a tomarme un seltz.
Tú, Alda, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, sí, pero ¿cuál de todos? ¿Alda? ¿Giuseppina? ¿Angela? Tus padres te dieron tres nombres ante Dios sin saber que, para reconocerte, él no necesitaría ninguno, que con tu voz bastaría. Y para el resto, ¿quién era Alda Merini, la poetessa dei Navigli? Para los vecinos de Ripa Ticinese, tal vez fueras la loca de la puerta de al lado, esa mujer que recogía en su casa a los sintecho, que paría hijas para darlas luego en acogida, que vivía rodeada de basura y cargaba su mole por el barrio mendigando un resarcimiento, un reconocimiento que, grande o pequeño, nunca le alcanzaba.
Era junio y una gata correteaba bajo los pinos buscando algo de comer. En esos días, yo era una mujer ociosa que miraba el mar y lamentaba el paso del tiempo, y tus palabras me decían que era posible acercarse a Dios a través de la carne, que el alma y el cuerpo no eran lo que yo siempre había creído. Que el cuerpo está hecho de alma, que el alma está hecha de cuerpo. Que la locura es una de las cosas más sagradas que existen en el mundo, que la locura se transforma en dolor, pero también en poesía, que el manicomio fue tu mejor escuela.
Alda, la loca de la puerta de al lado, figura pobre y romántica que acumulaba papeles y colillas en los cajones y las mesas de su casa, tus estantes repletos de poesía me llenan los ojos, las manos no me bastan para sostenerlos todos, son tan pesados, este sueño es tan pesado que no puedo abrir los ojos, por suerte estás tú para aligerar con tu canto la carga de este mundo. Quiero despertarme para escuchar tu voz, bendíceme como bendito es el fruto de tu letanía, muéstrame el camino a seguir.
Qué importantes fueron los hombres en tu vida, esos que encendieron tu carne, alimentaron tu literatura o incitaron tu delirio, Montale, Quasimodo, Ettore, Manganelli, el padre Richard, tu propio padre, Titán, incluso el portero; yo me pregunto qué espacio ocupan en la mía, de qué forma soy mujer, me represento y me materializo. ¿Dónde está mi lugar, cuáles son mis fetiches? Y sobre todo, ¿cuántas máscaras necesito para mantener a raya la locura? Dices que la locura es un capital enorme, pero que únicamente el poeta puede administrarlo. Y yo no soy más que una mujer sola, una mujer que mira el mar, exiliada de sí misma, sin el don de la palabra. Un cuerpo exangüe, abandonado, que transita sin rumbo por una tierra estéril.
Tú, Alda, me hablas con las palabras justas. Me hablas de dinero, de amor, me hablas de Dios, de la crueldad del mundo, me hablas de un sufrimiento extremo, de la otra verdad. Intentaron acabar una y otra vez con el pájaro de fuego de tu locura, borrar tus recuerdos y ocultar tus huellas, pero tú inventaste un lenguaje nuevo que está más allá de todos, más allá de ti y de mí, más allá de Dios, para sentir el abrazo del mundo. ¡Qué milagro operaste para que sea justo al contrario! Leyéndote es el mundo quien siente tu abrazo, quien siente el consuelo que brinda hundir el rostro en el seno caliente y fecundo de la madre.
Es julio, es noviembre, es febrero, y tengo tu sarta de perlas, esa que no te quitabas jamás, entre las manos. Paso mis dedos por las cuentas de nácar mientras recito tus misterios y, desde el monte de Venus de tu palabra, atisbo la tierra prometida.
Pedreguer, febrero de 2021
Para Ferruccio CajaniPara Manuel Serantes Cristal
La loca: «Soy una silla, una silla en la que no se sienta nunca nadie. No sé si está hecha de azulejos o de linóleo, o si está recién barnizada. ¿Quién me ha barnizado las manos? Un celador, supongo, aunque ayer tuve una visita. Una palabra, pa-la-bra, palabra, palabra, me besa los labios, pronuncio la palabra».
Íncipit
No sabes la de veces que beso la cancela de mi casa, que sólo se abre si llamo al telefonillo de la loca de la puerta de al lado. Y ella me deja fuera como a una mendiga. Pero yo soy sierva de su desnudez, de su avaricia y de su evangelio asesino.
Tu recuerdo es un pétalo
que se posa en el corazón
y lo alborota.
Adiós, como cada noche,
más allá de las fracturas hay un cadáver
erigido con voces,
parece un fragmento de eutanasia,
pero tú me matas como siempre, amor,
y vuelves a abrir mis yacimientos inagotables.
Los sepulcros de Foscolo, los adioses
de ciertas manos que no están enterradas
y emergen en vano de la nada
pidiendo justicia para las palabras.
Si no estuvieras presente, no te querría; pero sea como fuere, estás ausente de mis sueños.
Para encontrarte, amante mío desde hace tanto tiempo, tengo que buscarte en los brazos de otra o en lo alto de Via Archimede. Una nunca sabe qué tren coger para verte partir. Hasta te confundí con el cartero, que reparte misivas llenas de decepciones y siempre se asoma para ver a la portera. Así, de puerta en puerta, de cartero en cartero, te olvidaste de poner entre mis labios el primer beso de amor.
Amarte fue como clavar una estrella en el cristal de una ventana.
Nada más frío que las cuentas y nada como los cuentos para calentarse los pies.
Nos pasamos noches enteras soñando cómo arreglar un fregadero que goteaba.
Una obsesión para los dos, una cuenta del Estado.
Tu piel es blanca como el suero de un corazón, tu piel es cimbreante como una víbora. Contra tu piel, lloro mi juventud. Tú, que ya no eres joven. Tu piel hace que me compadezca de los adolescentes, tu piel está viva y es lisa como la tierra. Contra tu piel, le sonrío a la vida. Tu piel no tiene nada de prisión y sin embargo es prisionera del cuerpo, y su futuro estaría hecho de lágrimas si perteneciera al cielo. Tu piel es un brote de senescencia. Tu piel está viva. Derramo lágrimas por tu pasado, que no vio tu piel desnuda junto a mi cuerpo joven.
Si te mido por tu rostro, puedo decir que eres primitivo como las piedras. Y como las piedras, dulcísimo. Hiciste que me sangraran las caderas y la conciencia de la infancia, por correr tras un muro variable que era un viento incomprensible, como el encuentro de un violín.
No sé por qué Casiraghi se ha tomado tan a pecho esta disputa, él, el menos suspicaz y el más tranquilo.
Casi me obligaste a venir a verte todos los días, encogida de frío, mientras con las manos enfermas me preguntaba dónde estaba mi piano.
Puede que sólo tocara en tu alma un contrapunto que, debido al miedo, corrompía el corazón y a los grandes bachilleres.1
Ese no querer ver el papeleo y pensar que eras hermoso, demasiado hermoso para trabajar en un banco.
Anna Karenina se puso un sombrero nuevo antes de marcharse.
En aquella época no había metro, sólo un tren que partía, pero la matriz incendiaria necesitaba un estruendo para tapar los gritos de la pasión.
Quien se mata comete un crimen, pero como el más frío de los verdugos, antes procura borrar bien las huellas.
Oh, qué despistada soy, sólo después de mil noches de amor recuerdo que estás vivo.
El crucifijo de nácar se lo di a Lucio Dalla.
Porque lo amaba, ¿sabes? Todo un espectáculo de vida desordenada con un circo ecuestre dentro: un perfume de flores, la rosa del jardín, los parterres del convento.
Ahora me doy cuenta de que he perdido mucho tiempo desempolvando niños, mitos, mis pasatiempos, las flores del eucalipto, lo que está escrito y lo que no.
Ahora me gustaría saber qué pasó para que me encerraran en un convento de la noche a la mañana y para perder a Titán, que sí, era muy extraño, pero a veces vestía chaquetas con unas solapas de lo más elegante.
En el día de la furia, lo dejé todo de lado.
Y ayer me ocurrió algo tan extraño, tan dulce, tan inesperado. Un joven, un empleado del banco, bizco pero perfumado, me cogió y me besó apasionadamente delante de todo el mundo. El banco entero aplaudió y yo me quedé conmocionada. De regreso a casa se lo conté a M., y entonces fue cuando comprendí qué había significado aquel arrebato. Con apenas veintitrés años, él, a quien yo llamaba Tom Ponzi, había querido transmitirme este mensaje: que Roberto no había sido una ilusión y que a mí no deberían haberme dado electrochoques.
El hombre por el cual el deseo se transformaba en hielo se había alejado tres metros. Su silueta, su sombra, era menor que su estatura y yo me había dado cuenta. Si lo mirabas de frente veías un rostro horrible, pero si analizabas su sombra veías amor. Lo que hacía que aquel hombre y su sombra fueran odiosos era que no se parecían en nada. Todos mis hombres han tenido siempre un cuerpo y una sombra tan distintos que pocas veces he sido capaz de asociar el uno con la otra. Tal vez porque las sombras no tienen deseos.
Sabes perfectamente que mi cuerpo me hace sufrir.
Sabes perfectamente que lloro por tanta expectativa y por tanta espera.
Soy una súbdita inexplicable de la dulce violencia, de la pauta a seguir.
Le he confesado a Gerardo mi amor por ti.
¿Sabes?, aquí en Milán, para bien o para mal, se hacen confesiones hasta dentro de las librerías, que destilan tanto los amores de los poetas como los dictados de las piedras.
Cuando una mujer puede representarse a sí misma, canto la mejor música que guardo en el corazón.
Y cualquier música es sin duda una trama de amor.
¿Qué otra cosa se puede descubrir, aparte de una telaraña hecha de tiempo, esperanzas y engaños?
Y sí, cuando sueño me veo en altamar, como si pasaran muchas barcas, barcas similares, barcas que se dirigen a puerto.
Pero el poeta no tiene puerto y Homero no tenía cueva, ni tampoco la tiene la Sibila.
Un día conocí a la Sibila y le pregunté cuál era mi destino. Aunque sé cuál es mi destino. Porque no es más que la continuación de mi presente, un presente amargo, pero un presente hecho de música.
Estos años son maravillosos, son años en los que nadie me lleva la contraria.
Sin embargo, para el poeta llevar la contraria es inevitable; esta gran obsesión por las palabras se ha convertido en su camino.
La música es para mí un largo peregrinar en busca de cumbres, cruces y mujeres magníficas.
Ningún hombre puede decir que no ha sido crucificado al menos una vez en esa rama de olivo que es la mujer.
Pero la mujer ¿es una rama, o más bien una gran prensa bajo los pies de la cual el hombre es trágicamente desmembrado? No tengo miedo de haberme inventado a esa mujer, pero no quiero que se convierta en mi infortunio. Por eso le he dado la espalda. Sin embargo, no puedo evitar buscarla.
El hombre es un ser maleable plagado de abandonos.
El hombre debe abogar en su favor mientras pueda. El hombre debe traducirse en música y saber perdonar aquello que no conoce.
Igual que la Venus Calipigia, que aplasta la serpiente desnuda con el pie de gracia, tú haces que el mundo tiemble con tus ojos de color almendra.
Pillé esta tos seca en la librería por culpa del aire acondicionado.
Nadie te recoge en Milán. Llamas un taxi, tal vez recordando que Quasimodo te llevaba en uno, donde se sentaba a hablar de amor sin fin.
Quasimodo desperdiciaba las palabras y yo desperdicio mi vida amándote, pero tú no vienes, intuyes que alguien podría cortarte el paso aquí delante.
Culpo a todos de tu presencia, los culpo de que estés lejos de mí.
Y a ratos me encuentro llorando sola, desesperada, sobre la almohada.
Sigo esperando a que me devuelvas ese depósito en garantía que habíamos dispuesto juntos. La ley de los amantes, tan oscura, maneja una contabilidad diferente, sin compromisos. ¡Devuélveme mi ataúd junto con un sepulturero!
La escritura puede convertirse en un vicio patológico si ocupa el lugar de una presencia esencial, cuando es tan bella y feliz que sólo encuentra satisfacción en una poesía anómala y anormal, casi peregrina, que busca su propia morada en la caridad de aquel que la escucha. Y entonces tendremos la oración silenciosa del que escucha y del que murmura a su oído su canto de amor y humano desdén.
Pero por tus cabellos rubios, en los que toqué mi último grito, por tu mejilla redonda y sonrosada, por tus hermosas lágrimas, tan juveniles, vi pasar la oscuridad de mis anales de viejo poeta. Bebí vino del verde de tu boca. Llevé incensarios y figuras balsámicas conmigo.
Pero en tu hermosa boca vi la geografía del amado.
Tú eras la tierra prometida, la tierra de mi gracia.
Reía y río hoy, que es Viernes Santo.
No, no he vuelto a franquear el número que adorna la fachada de la iglesia.
Si supieras, Silvano, que te utilizo para encontrar una justificación, para recomponer un amor perdido.
Torpe y casi universal, pasaba, disfrazado de salvaje infame, un gusano inmundo que no me escuchaba.
Pero él, Ricardo Corazón de León, con su hermosa mesa redonda, buscaba a su dama favorita.
El rey Arturo, más viejo, que no lo quería, mandó que me dijeran que me fuera para no volver a cerrar aquel monasterio abierto y a la deriva.
Busco convencerme de mi muerte.
Tal vez fuera Otelo, que me preguntaba. Me estranguló en el lecho donde Casio había depositado su dolor, el dolor de la duda. Ese maldito Yago todavía vive en casa. El enigma que nunca se resuelve me matará lentamente.
El empleado del banco está sentado en la silla que tiene reservada, igual que reservada es su existencia. Nunca ha tenido una conversación y no vive en ningún sitio, rara vez suelta su auricular. El empleado del banco siente, prevé y vaticina sin conocer el mundo. La primera vez que ve al poeta piensa que es una perla rarísima, pero sin valor. Ya vio al poeta en todas las revistas y se enamora.
El poeta tiene alma de empleado de banco: está obsesionado con su cuenta corriente, tiene miedo de perderla, se preocupa por ella como si de un hijo se tratara, el hijo que tiene reservado. Y el empleado del banco siente la cuenta suya, tan suya, que la administra a su antojo.
El poeta también tiene alma de banquero y le gustaría administrar patrimonios inmensos, parecerse a ese financiero que ha previsto y salvado todos los obstáculos.
El empleado del banco destila aburrimiento, recibe con amabilidad al anciano que le cuenta sus penas, sus sueños, sus pecados ocultos. El poeta le habla de amor al empleado del banco y de repente nace la llama de un extraño deseo, que para el poeta es deseo de dinero y para el empleado del banco una pérdida de tiempo. Por eso el empleado del banco, que no tiene palabra y sólo percibe, varía de sílaba en sílaba, cultiva un gerundio sin fin.
En el banco no se pueden conjugar los verbos, sólo se puede hablar de materia cifrada, de cosas restadas, de cosas sumadas. El banco acumula, esculpe, ensalza la palabra «fuerza». Y no comprende que la fuerza del poeta es su debilidad.
Cuando Titán se fue, yo también me fui. «Me voy para siempre», le dije a aquella casa tan cantarina y al mismo tiempo tan triste, y cerré para siempre la jaula de mi vida. A decir verdad, me encontraba en una especie de Babel: cada vez que intentaba hablar, se me enredaba la lengua, no dejaba de repetir las mismas palabras y la más grande era «miedo». Miedo del amor infame. No del amor divino que incita a cantar, sino del amor de los callejones lúgubres, del amor de la prostitución.
Ella se ha ido, pero volverá. O, al menos, creo que volverá. Nunca ha estado fuera de casa más de dos días. Lo que no entiendo es por qué ha robado, pero sobre todo a quién le ha robado. Soy un hombre tan sencillo, tan fácil. Cuántas veces se lamentaba de noche y me decía: «Titán, ¿sabe usted que en mi casa nunca han robado nada?». Le pregunté si eso la hacía sentir pobre, si necesitaba a un ladrón de verdad, pero no tenía ganas de robarle sus humildes pertenencias. Eran papeles acumulados en un cajón con colillas de cigarrillos y algunos zapatos desparejados. Se enfadaba conmigo porque yo no usaba zapatos ligeros y porque siempre le ensuciaba el suelo. Yo lo hacía a propósito, así ella tenía que pasarse el día limpiando la casa y yo estaba seguro de que no me engañaba. A veces le tocaba al telefonillo. Siempre aprovechaba la lluvia para poner una excusa y decirle que tenía que subir a por un paraguas. En realidad quería verla, pero ella me despachaba con malas formas, alegando que tenía cosas que hacer. Yo odiaba a sus editores, odiaba a Costanzo, la noche de la emisión había vuelto cansada y febril. También sus vecinos me miraban mal. Aquel invierno hacía un frío cortante. Yo trataba de calentarla entre mis brazos, pero la fiebre no le bajaba. Debido al asma del portero, habían apagado todos los radiadores, o casi. Le decía que tuviera paciencia. Entonces, de repente, aquella fiebre tan alta, y el médico que no venía… De su paso por el San Paolo volvió desolada. En casa hacía mucho frío. Por la mañana me fui. La dejé dormir. Se había pasado toda la noche hablando, y yo la miraba y le decía: «Alda, pero ¿cómo es posible que te tomen por loca?». Me había contado la historia de siempre, que iban a venir sus hijas. Todos los domingos se ilusionaba y ningún domingo venía nadie. Puede que aquel día no pudiera soportarlo más: había ganado el premio Montale y se había dado cuenta de que era un bluf. Hizo las maletas y desapareció. Fui a buscarla, pero me echaron del hotel en el que se había refugiado. Se había ido para no verme nunca más. Yo sé que huyó para no verme morir.
Todo niño cuenta con un terreno sólido para vivir, pero dónde nace un poeta es algo que nadie sabe. Nadie sabe en qué valle del Edén crece. El poeta es un ángel y rota de forma angelical, nunca consulta los astros, pues el poeta es un centro de vida, conoce todos los astros del mundo y todas las lunas le parecen malévolas.
El poeta no es un sortilegio, es un hada que quiere que su Pinocho se vuelva de carne y hueso. Pero mientras tanto es el hada quien muere, quien acaba en una tumba en un cementerio escabroso, quien respira el aire de la tierra y se convierte en limón. Mientras tanto, el títere juega, juega y arde, y acaba convertido en leña.
El seis de enero Titán se fue, tal y como había llegado, para morir en un banco. Dijo que el verde de los bancos era el verde de los valles, el verde de las fuentes. Yo lo abracé, le quité las llaves de la mano y me fui. Me recibió la habitación de un hotel. Cinco meses después, he preguntado a sus amigos si lo han vuelto a ver. Pero sé perfectamente que Titán ha muerto.
En un invierno arduo que tengo muy presente, me encontré con Titán cargado de rosas y, para que yo pasara, él extendió un manto en el camino.
Era un invierno lleno de dolor, donde la soledad hambrienta parecía vendimiar el pasado.
Un hombre maldito, pero no tanto como para no tener palabras de quietud y bancales de deseo.
