La luz de Saint Etiel - Muriel V. Baldrich - E-Book

La luz de Saint Etiel E-Book

Muriel V. Baldrich

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Beschreibung

Nada podía hacer prever a Danae, estudiante de primer curso de Filosofía, que su vida iba a dar un giro inesperado con la visita de un viejo amigo de su difunto padre. Un secreto oculto durante años removerá su pasado y embarcará a la protagonista hacia la emblemática Universidad La luz de Saint Etiel. ¿Qué hechos velados se esconden tras los muros de La luz? ¿Será capaz Danae de armar el rompecabezas y enfrentarse a su pasado? ¿En quién podrá confiar para revelar el misterio que la rodea? Su instinto la guiará en una aventura donde nada es lo que parece. Sombras que solo La luz hará visibles.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Muriel V. Baldrich

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 9788418064852

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Muriel V. Baldrich es licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona, experta en Psicología de Emergencias y Catástrofes y certificada en Gestión del Transporte Sanitario por la Universidad Rey Juan Carlos. Atraída desde siempre por el arte en sus múltiples expresiones, en la actualidad compagina su trabajo como responsable de Calidad y RRHH en el sector privado del Transporte Sanitario con su entusiasmo por la narrativa de intriga y misterio que ahora plasma como autora en su primera novela.

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La brújula solo me marca una dirección: mi familia.

Capítulo 1: Sapere aude

En el centro de la plaza del campus, de pie, inánime, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente elevada hacia el sol. Sicodélicas figuras iridiscentes cabriolaban por mis párpados al ritmo de los versos de Linkin Park:

The cycle repeated

As explosions broke in the sky.

All that I needed

Was the one thing I couldn’t find.

Permanecía en ese estado, medio suspendido, sin importarme nada más. Deseaba que ese momento perdurase.

—¡Danae! ¡Danae! ¿Qué haces? —gritó Vanesa mientras tiraba de uno de mis auriculares para que la oyera. Me inspeccionaba tras los cristales de sus gafas de pasta negra. En combinación con su rostro pecoso y rojizo pelo en bucles, tenía un aire intelectual.

—¡Ay! Estaba tomando el sol —respondí medio aturdida y volviendo a conectar con el mundo que me envolvía.

—¿Aquí? ¿En medio de la nada?

Mis pobres argumentos no parecían convencer a una perspicaz Vanesa que se había dado cuenta de mi estado ausente.

—En fin… ¿has visto ya las notas? —prosiguió.

—Sí —contesté como si no supiera cuál era la respuesta correcta.

—¡Debes estar eufórica! ¡Has sacado la mejor puntuación global! Vamos a celebrarlo con los demás. Nos están esperando. —Tiró de mi brazo y el resto del cuerpo lo siguió.

Mientras caminábamos, pensaba en las largas noches de estudio, los intensivos en fin de semana y la peregrinación constante a la biblioteca. Hasta el momento, no había sido demasiado sacrificio. Escoger la licenciatura fue una decisión importante. Disfrutaba de la idea de adoptar el enfoque especial que me daba la filosofía. Un punto de inflexión que consiguió evadirme de algunos demonios internos.

Sin embargo, a pocos días de empezar el segundo semestre, algo había cambiado. Ya no sentía ningún apego hacia la filosofía. Se había desvanecido la ilusión, y eso que era el primer año. Tenía una desmotivación fuera de lo común. La sensación de vacío se había convertido en mi compañera desde hacía varios días y solo quería alejarme de todo.

Al llegar a la cafetería, una sombra fugaz entre los árboles me hizo voltear. Inspeccioné sin éxito. Mi mirada vagabundeó unos segundos más por los quietos jardines de la Universidad. Las flores, las plantas aromáticas, me encantaban desde siempre. Ellas habían sido objeto de estudio de pensadores presocráticos y filósofos naturistas en sus tratados de herbología. Sin embargo, hoy todo me parecía anodino. Desde luego, algo en mí estaba metamorfoseándose. O más bien se necrosaba.

—¡Por fin llegaron! —exclamó efusivamente Javier rodeándonos con sus brazos por el cuello.

—Felicidades, Danae. ¡Veo que te has propuesto ridiculizarnos a todos! —dijo Thomas.

—¡Vamos, panda de ignorantes! ¡Cómo si fuera tan difícil superaros! —cortó simpáticamente, Ava.

—Gracias. No es para tanto —noté que el rubor emergía en mis mejillas contra mi voluntad.

Era amiga de Vanesa desde el instituto y juntas planeamos estudiar filosofía. A los demás los conocí el primer día de clases, cuando estábamos perdidos como cachorros callejeros. Desde aquel momento, no nos separamos. Diferentes personalidades formando un grupo cohesionado, como las piezas de un puzle. Todas distintas, pero que encajan. Los miraba y veía en cada uno de ellos la fórmula definitiva para ser feliz. Y luego estaba yo. Como la pieza del borde: a medias, con solo dos puntos de ensamble.

«¡Qué extraña sensación se me apoderaba!», pensé. En cuerpo presente y, sin embargo, no sentía que estuviera allí. Al darme cuenta de esa distancia psíquica, un escalofrío me recorrió la espalda de abajo a arriba.

—¿Qué te pasa? —me preguntó en voz baja Vanesa—. ¿Otra vez tomando el sol en medio de la nada? —Esbozó una sonrisa jocosa e incrédula.

—Debo irme…

—¡No…! —exclamaron todos a la vez.

—¿Cómo te vas a ir ahora que la fiesta empieza? —dijo Thomas.

—No le hagas caso. Este no tiene nunca suficiente. —Ava me hizo una mueca cómplice.

Me despedí y los dejé disfrutando de esos momentos. No hubiese soportado ni un minuto más sintiéndome que ya no pertenecía al grupo. Me estaba ahogando. Ya había tenido estos pensamientos intrusivos con anterioridad, y siempre lograba huir de ellos. Pero hoy, persistían en mi mente como un martillo intentando moldear hierro frío.

Eran pasadas las ocho cuando llegué a casa. El giro de la llave en la cerradura sonó metálico y con eco. Nunca antes me había dado cuenta, pero era imposible intentar entrar a hurtadillas. Con toda seguridad, hasta lo podían oír los vecinos.

Salió al encuentro mi abuela.

—Danae, cariño, te estábamos esperando. Hay algo que debemos explicarte. —Había preocupación en sus palabras.

Desde los cuatro años vivía con mis abuelos maternos al fallecer mis padres en un accidente de tráfico. No sé mucho de lo que realmente sucedió, porque nunca he tenido el valor de preguntar abiertamente. Los recuerdos están confusos, a la par que mis sentimientos. En ocasiones, atribuyo mis volubles estados emocionales a este duelo mal resuelto.

A pesar de todo ello, no tengo derecho a quejarme. Siempre me he sentido muy afortunada. Mis abuelos han sido y son los padres que nunca tuve, y los mejores amigos que puedo tener.

Norah, mi abuela, tan cálida en el trato, sabe dar un buen abrazo cuando se necesita. Brian, mi abuelo, demuestra su apego con su practicidad y tiene un libro para recomendar en cada ocasión. En cierto modo, el hecho de que perdieran a su hija les hizo volcarse conmigo. Les llamo cariñosamente grandpa y grandma y sé que eso les hace sentirse los seres más dichosos del mundo. Intento no preocuparlos con mis inquietudes. No se merecen sufrir por nada.

En el salón nos esperaban mi abuelo y un hombre que no conocía. Debería de tener unos cincuenta años. Iba trajeado de color marengo con camisa blanca. Sus incipientes canas, aún no muy evidentes, combinaban con su corbata a rayas en tonos grises. La llevaba sujeta con un alfiler dorado donde se leían las iniciales VD grabadas. Su porte era elegante. Ambos se levantaron al vernos entrar en la sala.

—Pequeña, ya estás aquí. Te presento al letrado Víctor Delós —dijo grandpa.

—Encantada. —Intenté que no se me notara que ahora yo también estaba preocupada.

—Un placer conocerte, al fin, Danae —dijo el señor Delós.

—¿Al fin? —pregunté instantáneamente, dirigiendo la mirada a mis abuelos. «¿Qué me he perdido?», pensé entre mí.

—Tomemos asiento —ofreció grandpa y prosiguió—. Mi pequeña, lo que suceda hoy espero que no cambie la relación que tenemos. Tú lo eres todo para nosotros. Deseo que entiendas nuestra falta de honestidad.

Las caras de mis abuelos estaban desencajadas. «¿Falta de honestidad? ¿Un abogado por medio? ¡Dios mío! El asunto pinta mal». Cogió la palabra el señor Delós y, a partir de aquel momento, la conversación se volvió un diálogo entre él y yo.

—Danae, estoy aquí porque tu padre ha fallecido.

—¿Perdón? ¿Ha venido para decirme algo que ya sabía? ¡Menos mal! Ya me estaba asustando.

—No. Deja que me explique. Ha sido declarado fallecido hace tres días.

—¿Qué? Está usted equivocado. Perdí a mis padres cuando era pequeña. Por favor, grandma, explícaselo —repliqué dirigiéndome a ella.

Por unos segundos, el silencio invadió el espacio y un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo. Dos en un día, que dejaban en mí la peor de las sensaciones.

—Eso es lo que se acordó que supieras —prosiguió el señor Delós—. La realidad es que Gillian, tu madre, sí falleció cuando tenías cuatro años. Se creyó oportuno que crecieras con la idea de que ambos habían perecido en el accidente. Era lo menos confuso y seguro.

—Un momento, pare. Confuso… seguro… discúlpeme, pero ¿de qué estamos hablando? —pregunté bastante inquisidora.

—Todo a su momento. Son demasiadas cosas a digerir. Tienes dudas, como es lógico —dijo el señor Delós con un forzado tono condescendiente—. Podré contestar a la mayoría de tus preguntas, pero no será hoy. En realidad, mi visita es para comunicarte que eres la única heredera de los bienes de tu padre. Está todo dispuesto para que pasen a tu nombre. Me voy esta misma noche, pero me gustaría que nos viéramos lo antes posible para que procedamos con los trámites burocráticos. Podemos reunirnos en mi despacho donde tengo toda la documentación.

Hacía rato que mi espalda se había encorvado, y a mis extremidades les faltaba tono muscular. Toda la energía estaba en el cerebro y había olvidado la postura corporal. Revolucionada internamente, buscaba una explicación a lo que estaba sucediendo. Quería preguntar tantas cosas, pero mis ideas se atropellaban unas con otras.

—Señor Delós, ¿por qué nadie me avisó antes? Quiero decir, cuando mi padre murió.

—Fue su deseo expreso. Incluso lo dejó por escrito. Él te quería mucho, pero consideraba que si no te había hecho partícipe de su vida, tampoco te iba a comprometer en su muerte. Al fin de cuentas, para ti era un desconocido.

—Quizás deberíamos dejarlo por hoy —dijo grandpa.

—Sí, cómo no. Danae, te dejo mi tarjeta. En el dorso está mi número personal. Llámame cuando desees que nos veamos. Puedo enviarte al chófer —añadió el señor Delós levantándose.

—Gracias —respondí.

Me acercó su mano para despedirse. Noté firmeza en su encajada. Mis abuelos lo acompañaron a la puerta mientras yo permanecía inmóvil en el salón. Al volver, los miré fijamente y les pregunté:

—¿Qué es esto? Es que no lo entiendo.

—Todo fue muy complejo con la muerte de Gillian —contestó grandpa.

Mis abuelos me explicaron que mi padre les pidió, el mismo día del funeral de mi madre, que se hicieran cargo de mí. Les rogó que ocultaran su existencia para evitar que creciera pensando que me rechazaba. Ellos aceptaron porque tampoco había muchas más opciones ya que mis abuelos paternos también habían fallecido.

—Es complicado —prosiguió grandpa—. Recuerdo que tenía pánico en su mirada. Nos dijo que no era seguro que te quedases con él. En aquel momento, también queríamos saber más, pero nos dio a entender que lo correcto era no preguntar.

—Para nosotros ha sido difícil. No era nuestra intención que las cosas se dieran de esta manera —replicó entristecida grandma—. Perdimos a nuestra hija, pero nos consoló poder cuidarte.

Sospesando todas las variables, entendía que la muerte de mi madre pudo ser un duro golpe. Pero era incomprensible que mi padre me abandonase en presencia y esencia. La complicidad de mis abuelos era lo que más me chocaba. Ellos siempre me habían enseñado a ser honestos cuando, en realidad, ocultaban una gran farsa.

Seguía preguntando sin apenas escuchar las explicaciones que me daban. Sus vagas respuestas me estaban sacando de quicio. No obstante, no parecían mentir.

—¿Habéis mantenido contacto con él durante estos años? —quise saber.

—No. Ni llamadas, ni cartas. Nada —respondió con seguridad grandpa.

La decepción se unió al desconcierto. Seguidamente, el agotamiento me conmocionó totalmente.

—Necesito descansar —les dije—. Una cosa más: ¿el señor Delós es de confianza?

—Tus padres y él han sido amigos desde la Universidad —dijo grandma.

Había desprogramado a conciencia la alarma del móvil, porque teníamos dos semanas libres, pero la rutina me hizo abrir los ojos sobre las siete.

Me quedé acurrucada en la cama hasta que la luz solar se apoderó de la habitación. Cuando abrí los ojos, vi la tarjeta del señor Delós sobre la mesita de noche. Era sencilla, con tacto rugoso, de color ocre y con letras negras. La cogí y la sostuve en el aire, sobre mi cabeza, mientras aún estaba estirada en la cama. Decía:

Víctor DelósAbogadoC/ Immanuel Kant, nº 8.Saint Etiel.

Me dio por pensar: «Immanuel Kant,sapere aude… atrévete a saber». Tal vez, esa mera coincidencia era una provocación sin intención.

Capítulo 2: La luz de Saint Etiel

Habían pasado dos días y aún no tenía las ideas claras. Mis abuelos me habían preguntado en varias ocasiones cómo estaba y, como es costumbre en mí, les decía que bien con una sonrisa y no soltaba prenda. Me encontraba desilusionada y triste, pero no quería que ellos se sintieran culpables. No sería justo. Les debía demasiado.

Esperé a estar sola para llamar al señor Delós. No podía evitar el tema de por vida, así que cuanto antes lo pasara, mejor. Dentro del maremagnum que tenía, me podía la curiosidad y el deseo de saber más. Marqué el teléfono del dorso de la tarjeta.

—Dígame —contestó el señor Delós.

Me quedé muda.

—Danae, eres tú, ¿verdad?

—¡Sí! —respondí apresurada. «¿Qué demonios me pasa? ¡Parezco tarada!». El corazón me iba demasiado rápido.

—Esperaba tu llamada. Creí que lo harías antes.

—Bueno… he estado pensando. No sé muy bien… pero parece que usted es el que sabe más… ¡Vaya elocuencia la mía! ¡No enlazo ni dos frases con sentido!

—Eres graciosa —dijo riendo con desenfado—. Bien, ¿cuándo quieres que nos veamos? Si te parece, mañana puede recogerte Alan, el chófer. El trayecto a Saint Etiel es de una hora y veinte minutos. El papeleo nos puede llevar un par de días. Tres a lo más tardar. Para no tener que ir y venir, te puedes quedar en la casa de tu padre. Está en frente de la mía y…

—¿En casa de mi padre? —corté su monólogo abruptamente. «¡Era el colmo! Se ríe de mí; me pregunta retóricamente cuándo quiero que nos veamos y, en realidad, lo tiene todo organizado y, como colofón final, me dice que duerma en la casa de mi padre fallecido, del que solo sé que me ha mentido toda mi vida».

—Sí. Te la ha dejado en herencia. Puedes disponer de ella cuando te plazca. Aunque, si te es incómodo, puedo arreglar el alojamiento en un hotel. Eso no es problema.

—No. Está bien —contesté, sin sonar decisiva.

—Perfecto, pues. Nos vemos mañana. Saluda a Norah y Brian de mi parte.

—Sí, por supuesto. Hasta mañana y gracias —dije sumisa.

A cinco minutos de las nueve, un Jaguar Sovereign negro, con la luneta y los cristales traseros tintados, aparcó enfrente del portal. La vecina del tercero, que volvía de la panadería, se quedó embobada mirando cómo bajaba el conductor. Rondaba los treinta y cinco años. Era atractivo. Vestía con un traje completamente negro, camisa blanca impoluta, corbata oscura y zapatos negros muy lustrosos. Toda la puesta en escena era bastante impactante. Debía de ser mi transporte. «Si lo llego a saber, me hubiese arreglado mejor», pensé.

Desde el confort del rellano de la entrada, observando sin ser vista a través de los cristales de la puerta, inspiré enérgicamente, y decidí salir fingiendo seguridad. Cuando estaba a punto de presentarme, el conductor se dirigió a mí:

—Buenos días, señorita Sorolla. Soy Alan. Por encargo del licenciado Delós he venido a recogerla. Deseo no haberla hecho esperar —dijo educadamente mientras abría la puerta trasera y hacía un gesto para coger mi ridícula maleta para dos días.

Solo atiné a decir un «gracias» y me escurrí apresuradamente dentro del coche. «¡Al carajo mi fingida seguridad!». Tras la ventana opaca, pude ver el rostro atónito de la vecina. Una maliciosa sonrisa se dibujó en mi cara.

Habíamos salido de la ciudad en dirección a Saint Etiel. No había estado nunca allí. Conocía que era Patrimonio de la Humanidad debido a que se conservaban la mayoría de edificaciones antiguas, y que su elitista Universidad, que llevaba el mismo nombre de Saint Etiel, era considerada una de las mejores del mundo.

Ya no aguantaba el silencio. Más bien era una especie de ansiedad por obtener respuestas. Pensé unos segundos cómo empezar la conversación: «¿Le pregunto sobre trivialidades o voy directamente al quid de la cuestión? Mejor sin rodeos».

—¿Conocías a mi padre? —«¡Menuda obviedad acababa de preguntar!».

—Sí, señorita Sorolla. He trabajado para él los últimos siete años y, si lo desea, trabajaré también para usted.

«Tipo listo. Asegurándose el trabajo», me dije. Nuestras miradas se cruzaron a través del retrovisor central, y aparté la mía pudorosamente. Supongo que se percató de mi incomodidad, y decidió seguir hablando.

—La mayor parte del tiempo he sido su chófer. Pero en ocasiones hacía otras funciones. Me encargo del mantenimiento de los dos vehículos y de algunas de las reparaciones de la casa. Soy un manitas. ¿Le gusta este coche? —me preguntó.

—Sí, claro. ¿Y a quién no?

—Era el favorito de su padre. Decía que «cualquiera ve las virtudes de un automóvil último modelo, pero pocos tienen la capacidad de apreciar la calidad». El vehículo tiene sus años y requiere un mayor cuidado, pero merece la pena. El motor no es como los que fabrican ahora. Los acabados son excepcionales. La línea, el diseño, no hay nada comparable. Es un clásico.

Mi conocimiento e interés es limitado cuando se habla de automóviles, pero en esos momentos lo relacionado con mi padre tenía toda mi atención. El coche era extraordinario. La piel ocre de los asientos contrastaba con la madera caoba de los acabados. Si se miraba a través de la luneta delantera se podía ver en el centro del capó la figura plateada de un jaguar, como si fuera la aguja de una brújula indicándote el camino a seguir. La conducción era suave, pero con potencia, como los movimientos del felino. Supongo que la explicación está en el cambio de marchas automático.

Al salir de la autopista, recorrimos unos diez kilómetros por una carretera secundaria hacia Saint Etiel. Era sorprendente cómo la vegetación había cambiado. Árboles de hoja perenne cercaban el asfalto. El pueblo se dibujó inesperadamente entre la vegetación.

—Estamos llegando. Saint Etiel recibe el nombre de la contracción de los dos nombres de sus patrones y fundadores: Étienne y Ezéchiel.

No dije nada, pero arqueé las cejas asegurándome que lo viera a través del retrovisor para que prosiguiera en su explicación.

—La historia cuenta que en el siglo XIII dos monjes, Étienne y Ezéchiel, se establecieron en el monasterio de la región. Lo que hoy en día es el museo de Saint Etiel. Ambos se desvivían por ayudar al prójimo y todo el mundo los tenía en gran estima. Los consideraban, por lo menos, santos. Pero la verdadera peculiaridad de ellos venía dada porque eran gemelos.

—¿Gemelos?

—Sí. Y eran tan semejantes en apariencia y en carácter gentil, que los lugareños afirmaban que nunca sabían quién era quién. De ahí que empezase a extenderse la idea de que, al ver a uno de los monjes, en realidad podías estar viendo a los dos a la vez. De repente, se acuñó el término Etiel para dirigirse a ambos.

—Interesante historia —dije sinceramente.

—En la actualidad —prosiguió Alan—, Saint Etiel tiene una población de casi cien mil habitantes. Exactamente 97.586, según el censo del año pasado. Abarca una superficie de poco más de 39 km2. Por lo tanto, hay una densidad de población de 2.484 habitantes por metro cuadrado. Posee varios monumentos destacables, como la catedral de estilo gótico con sus dos emblemáticas torres acabadas en aguja, que representan una a Étienne y la otra a Ezéchiel. Además, su color gris oscuro es debido a que la piedra utilizada en la construcción es volcánica. La podrá apreciar en otros de los edificios emblemáticos de la ciudad.

—¡Ni una enciclopedia me lo explicaría mejor! —exclamé sin percatarme de que lo decía en voz alta.

—Disculpe si la molesto, señorita.

—¡No, no quería parecer grosera! Es que me sorprendió… —ralenticé la velocidad de mis palabras, porque no sabía cómo continuar la frase.

—¿Que un chófer pudiera explicarle algo que no tiene que ver con automóviles? —añadió—. Su padre siempre me decía: «Es importante conocer las cosas que nos rodean. La gente acostumbra, erróneamente, a preocuparse más de aquello que no les pertenece».

Me quedé callada, pensando en los consejos que daba mi padre. Me había imaginado un ser horrible para justificar mi abandono. Ahora sentía rabia porque parecía un hombre sensato. ¿Cuántas personas más habían podido disfrutar de su buen juicio? Personas, al fin y al cabo, extrañas. Y yo, su propia hija, no tenía nada de él.

Por una carretera rodeada de plataneros, bordeamos la ciudad desde el extremo este hasta llegar a una zona residencial tranquila, a unos veinte minutos a pie del centro. Había casas a ambos lados de las calles por las que pasábamos, guardadas por altos muros que las escondían. De repente, el coche aminoró la marcha. Un leve giro a la derecha y atravesamos una verja de hierro forjado pintada de blanco. Un jardín despejado mostraba una construcción estilo palacete de color blanco roto. El edificio neoclásico era de planta cuadrada de dos pisos. Una escalinata de cinco peldaños conducía a la puerta principal flanqueada por dos columnas dóricas formando un pórtico adintelado. Grandes ventanas, decoradas con frontones rectos y curvos alternados, se distribuían uniformemente por las dos plantas de la fachada. Me sentía orgullosa de reconocer la arquitectura. No habían sido inútiles las clases de historia del arte impartidas en el instituto.

—¡No! Deténgase, por favor. Es mi trabajo —dijo Alan al ver que ponía mi mano sobre la maneta de la puerta para abrirla. Me detuve al instante.

—Bienvenida a tu nuevo hogar, Danae. —Apareció el señor Delós desde las entrañas de la casa.

—Mi hogar. Suena extraño.

—No te preocupes. Ya te acostumbrarás. Espero que en el viaje no te hayas mareado. Necesito que estés concentrada. —Miró cómplicemente a Alan—. Pasemos dentro.

Tras el umbral, el vestíbulo se dibujó amplio, diáfano y luminoso. Puertas a los laterales conducían a otras estancias y, enfrente, la majestuosa escalera.

Mis ojos se fijaron en la consola y espejo situados a la derecha. Me recordaban al estilo sueco de principios del siglo XIX. Ambos eran dorados. La pata central de la consola era una lira que ocupaba todo el espacio a lo alto y ancho de la mesa y servía al mismo tiempo de decoración. El espejo rectangular tenía un marco con forma de abanico en la parte superior. Sobre la mesa y reflejándose en el espejo, un ramo en forma de cono de medio metro con base de rosas blancas, margaritas gerberas fucsias y amarillas, sustentadas por follaje verde. Lirios asiáticos, casablancas y orquídeas bordeaban el eje formado por dos aves del paraíso que subían verticales junto a ramas puestas estratégicamente para embellecer la composición. Las flores habían perdido el brillo y su rigidez acartonada desprendía un penetrante olor a naturaleza seca. Había algo hipnótico en aquel ramo que, pese a su decrepitud, seguía tan bello como lo debió de ser el primer día.

—Le diré a Matilde que retire el ramo. Debe de llevar unas dos semanas aquí. A tu padre siempre le gustaba llevar al límite las flores y al parecer Matilde sigue su estela. Decía que su aroma se potenciaba tras el paso de los días —empezó a explicar el señor Delós—. Mañana te presentaré a Matilde. Se encarga de la casa, pero solo viene los lunes, miércoles y viernes.

—Prefiero que el ramo se quede donde está —dije.

—¿Cómo? —preguntó el señor Delós.

—Pues… si a mí padre le gustaba así, mejor respetar su voluntad. No será por mí que se alteren las cosas.

—Interesante —dijo analizando mi respuesta—. Vamos, te enseñaré el resto de la casa. Debes saber que pertenece a tu familia desde hace tres generaciones.

El vestíbulo hacía de distribuidor de la casa. La puerta de la derecha daba al comedor y, desde este, se pasaba a la cocina. A la izquierda, la puerta del salón y otra para el despacho, que albergaba una impresionante biblioteca. Enfrente, la escalera que conducía a las habitaciones y, tras ella, un aseo y una galería de invierno que daba al jardín posterior.

En el comedor, la mesa rectangular para veinte comensales engalanaba toda la estancia. Vestía un mantel bordado blanco y dos lámparas de araña la coronaban. Armarios vitrina que guardaban, en sus cajas torácicas acristaladas, vajillas, copas, platerías y servicios de té, e imaginé que la cubertería estaba en los cajones de la parte inferior. Dobles juegos de cortinas caían pesadas desde el techo en cada una de las ventanas.

La cocina, totalmente renovada, tenía electrodomésticos modernos. La nevera de acero de dos puertas estaba llena. El señor Delós había pedido a Matilde que comprase un poco de todo al no saber cuáles eran mis preferencias. Creo que se habían excedido.

Al otro lado del vestíbulo, el salón vestía las mismas cortinas que el comedor y los muebles combinaban el estilo clásico con el art nouveau. La estancia giraba en torno a una impresionante chimenea de dos metros de altura esculpida con molduras palidecidas y detalles florales, lazos y guirnaldas.

En el despacho, la mesa de roble, nogal y ébano, con cajones a ambos laterales, tenía un aspecto robusto y antiguo. Según el señor Delós, era diseño del ebanista Abraham Roentgen. En dos de las paredes, estanterías desde el suelo prolongaban los libros hasta la segunda planta, a la cual se podía acceder por una escalera de caracol. Era imposible estimar a simple vista cuántos libros había, pero sí se distinguían una gran variedad de géneros, creando una biblioteca bastante completa para ser particular. Varios diplomas cubrían la pared que quedaba libre de las estanterías y las ventanas. El gramófono antiguo y la colección de discos de vinilo tenían un espacio preferente en una mesita al lado de la ventana, junto a un hermoso diván de terciopelo rojo y madera pintada en pan de oro. Un estilo muy barroco que daba ganas de estirarse en él. En el gramófono había puesto, como si alguien lo hubiese olvidado allí, un disco. Leí intrigada el nombre de la cantante: Eylem Aktaş. No tenía ni idea de quién era.

Subimos a la segunda planta por la escalera del vestíbulo. De roble, las capas de barniz la habían teñido de marrón oscuro. El primer tramo se situaba centralmente desplegándose hacia la derecha y la izquierda en un doble tiro, que se retorcía trescientos sesenta grados para unificarse nuevamente en un solo tramo, sobre el primero, hasta llegar al segundo piso. Una barandilla en la segunda planta recorría el agujero cuadrado central de la escalera.

La primera habitación, que daba a la entrada de la casa, era el dormitorio de mi padre. Muy amplio, con baño y vestidor propios. La cama, el escritorio, el sillón de tres plazas y el espejo de pie basculante rectangular no llenaban todo el espacio. El cabezal de la cama era un lienzo de Leonid Afremov. Representaba un bosque donde el sol se filtraba entre los árboles de hojas irisadas a modo de calidoscopio.

Recorrimos el pasillo derecho hasta el lado opuesto al desembarco de la escalera donde habían ubicado mi dormitorio. En el camino, pasamos por otra habitación doble y un baño, y enfrente de ellas, al otro lado de la barandilla y del agujero de la escalera, se mostraban dos puertas más: una habitación individual y la parte superior de la biblioteca.

—He elegido esta habitación para ti. Da al jardín trasero de la casa. Es una de las estancias más tranquilas y creo que podrás sentirte cómoda —dijo el señor Delós cediéndome el paso para que entrase primero.

El amarillo pastel era el color que predominaba en las paredes decoradas con cuadros de planos que mostraban la elevación frontal de varios edificios históricos de Saint Etiel: la catedral, el Ayuntamiento, el teatro y la Universidad. Eran inquietantes. En el espacio coexistían una cama matrimonial con cabezal de madera blanco, a juego con el escritorio, y el armario de doble puerta. El espejo de pie basculante de marco dorado y dos butacas de estilo colonial de tapiz beige con flores bordadas en oro, parecían las parejas sueltas del espejo y sillón de la habitación de mi padre. La estancia era agradable, pero no había ningún detalle personalizado. Era como la habitación de un hotel: confortable y replicable.

De vuelta, nuevamente, a la planta inferior, nos dirigimos hacia la galería de invierno. Acristalada y con un bonito balancín, invitaba a permanecer horas allí. Salimos fuera. Me giré para ver la casa. Todo en ella daba sensación de coherencia y paz a pesar de tener un aire ecléctico y un poco ostentoso. El jardín estaba cuidado. Entre la variedad de plantas, ocupaba un sitio central una higuera. Sus ramas despobladas se retorcían entre sí de manera perturbadora. En un extremo había una pequeña casa donde antiguamente se quedaba el servicio. A día de hoy, permanecía vacía y se guardaban cajas de cosas antiguas. Adosado, estaba el garaje. Al acercarnos vimos a Alan, limpiando con un trapo seco el Jaguar que estaba aparcado al lado de un Ford Mondeo.

—Danae, ¿te parece que nos acerquemos al despacho para empezar a tratar los asuntos?

—Sí, por supuesto, señor Delós. Estoy interesada en revisarlo todo.

—Por favor, a partir de ahora, llámame Víctor.

—De acuerdo —contesté.

Alan nos acercó hasta el despacho y se acordó que nos recogiera a las seis. Estaba ubicado en la zona moderna de la ciudad, en un edificio acristalado de veinte pisos. Un panel indicaba la planta correspondiente a cada entidad, y Delós & Miles ocupaba la decimotercera. Subimos por uno de los tres ascensores y, al abrirse las puertas, la recepción apareció inesperadamente. Karen, la recepcionista, nos dio la bienvenida cortésmente. Estaba, sin duda, entrenada para su cometido. Tras ella, puestos de trabajo delimitados por separadores, despachos y salas dedicadas a varios usos. Los que allí trabajaban se veían concentrados en sus obligaciones, pero al pasar por su lado, saludaban sonrientes.

La sala de reuniones tenía bonitas vistas a la ciudad. En una de las paredes aparecían los nombres de sus clientes a modo de mural. Entre ellos estaban la Universidad y el Ayuntamiento de Saint Etiel.

Entró un asistente con dos carpetas y tres archivadores. «¡Cuánta documentación!», pensé con algo de acaloramiento.

—Lo más importante está en las carpetas. Tenemos la copia del testamento, escritura de la casa, datos de las cuentas bancarias, disponemos de todos los movimientos bancarios de los últimos diez años, en los archivadores está el histórico de las últimas transacciones —dijo Delós, y prosiguió—. En estos momentos las cuentas bancarias están bloqueadas. He concertado visita mañana a las 10:30 horas con el director del banco. En el momento que comprueben tus datos, no habrá problema para que accedas al dinero.

—¿Cuentas? ¿En plural?

—Sí. Tu padre tenía su cuenta propia y, en este último año, abrió también una a tu nombre.

Empecé a leer los documentos que me iba mostrando el señor Delós. Quería demostrar que era una persona instruida, pero muchos de los textos formaban un galimatías indescifrable para mí. Tenía la certeza absoluta de dos cosas: el asunto me venía grande y que hubiera deseado conocer a mi padre antes que recibir esta herencia.

Eran casi las tres de la tarde cuando el señor Delós propuso ir a comer algo. Fuimos a un puesto ambulante de comida rápida que había en el parque contiguo al edificio, donde uno de sus platos estrella era el Fish & Chips. Muy british. Una amalgama de pescado rebozado y diferentes salsas de acompañamiento me hicieron dudar por unos instantes qué combinación escoger. Básicamente, era el mismo plato declinado varias veces. Nos sentamos en unas mesas de picnic del mismo parque, y el señor Delós inició la conversación.

—Cuando nos reuníamos con tu padre siempre veníamos aquí. Le encantaba disfrutar de las cosas sencillas de la vida.

El silencio entre ambos se hizo confortable, amenizado por el trino de los pájaros de fondo. Sin embargo, ya no podía reprimirme por más tiempo. Con cierto pudor inicié una batería de preguntas.

—Señor Delós ¿usted sabe por qué se ocultó de mí?

—¿En qué habíamos quedado? Llámame Víctor.

—Sí. Lo siento, es que me tengo que acostumbrar…

—En referencia a tu pregunta, hay cosas que no son fáciles de explicar. Él creía que no serías libre estando a su lado. Debes saber que tu padre era una persona relevante en ciertos círculos de la ciudad. Era profesor de Filología Hispánica en la Universidad de Saint Etiel, y eso no es cualquier cosa.

—Con tanto misterio, me ilusionaba pensar que, tal vez, era un agente secreto. Ya veo que ni eso puede ser —intenté parecer locuaz.

—Debes saber que para ser profesor de la Universidad de Saint Etiel, como mínimo, se deben haber cursado dos licenciaturas en la misma institución, a la cual no puedes acceder a menos que seas recomendado por cinco personas del Consejo. Por lo tanto, no es una cuestión simplemente de conocimiento, linaje o dinero. Las plazas son muy limitadas y no se excede de los treinta alumnos por clase. Posee una gran oferta de estudios, relacionados con humanidades, bellas artes, ciencias, ciencias sociales y jurídicas. En el mundo académico, se conoce a la Universidad como La luz de Saint Etiel, y aquel que haya estudiado en ella no necesita carta de presentación ni recomendación. Es tan internacional que acuden alumnos de muchos más países que en cualquier otra.

—Las naciones unidas de las universidades —volví a intentar ser locuaz—. Parece un sitio peculiar. ¿Qué estudios había cursado mi padre?

—Filología y su correspondiente doctorado, Humanidades, Filosofía y Ciencias de la Actividad Física y el Deporte.

—¿Qué? ¿Cuatro carreras? ¡Así no me extraña que no pudiera cuidar de mí! ¡Se ha pasado toda la vida entre libros!

—Más o menos fue así. Cuando acabó Filología, cursó Humanidades y Ciencias del Deporte simultáneamente y compaginó su trabajo de profesor con la licenciatura de Filosofía. Se podría decir que era eficazmente polifacético en cada una de las áreas, desarrollando con éxito cualquiera. Más de lo que pueden decir la mayoría de profesores que solo han cursado dos carreras. Pero eso es otra historia.

Me agradó la coincidencia de que yo estuviera estudiando filosofía como mi padre hizo en su momento. Aunque dado su currículo, quizás solo la estudió para agrandarlo y no porque le apasionase. Empezaba a entender que, quizás, yo nunca hubiese sido su prioridad.

Tras la comida, retornamos al despacho. Llevábamos un par de horas entre el papeleo agotador, y aunque intenté que no se notara, Delós se percató de mi apuro.

—Danae, no tienes que esforzarte tanto. En resumen: ya hemos visto el testamento, has firmado los impresos precisos… Por hoy podemos finalizar.

—¿Cuánto queda por hacer?

—Aparte de la visita al banco mañana, hay que ir a varios registros, y luego me gustaría presentarte al fiscalista. Toda herencia recibida tiene su impuesto de sucesión, así que hay que proceder a tales efectos. Entre unas cosas y otras, nos puede llevar unas semanas que todo pase a tu nombre…

«¡Unas semanas!», exclamé en silencio. Solo pensaba que tenía que volver a casa, con mis abuelos, a la facultad, a mi vida, en definitiva.

—Señor… ¡Víctor!, quiero decir. —Delós asintió en señal de aprobación. Era gracioso: estaba acostumbrándome a tratarlo de tú, pero en mi mente pensaba en él de usted—. No me puedo quedar tanto tiempo. Es que tengo cosas que hacer. Creía que solo serían los tres días…

—No te preocupes. Puedes venir exclusivamente para hacer las gestiones. En realidad, no te ocupará muchas horas, pero sí espaciadas en el tiempo. O, si lo deseas, podemos hacer un poder notarial para que yo actúe en tu nombre. Es así como lo teníamos establecido con tu padre.

La idea de tener que ir y volver a Saint Etiel me cansaba solo de pensarlo. Hacer un poder notarial… Aunque Víctor parecía de confianza, no sabía qué pensar.

—No tienes que decidirlo ahora. Tómate tu tiempo —dijo mientras guardaba los documentos en las carpetas.

Alan nos vino a recoger como se había acordado. El trayecto de retorno a la casa se me hizo más largo. Llegamos cuando la tarde ya se apagaba. Al despedirse, Víctor me recordó que vivía justo en la casa de enfrente por si necesitaba algo. Alan se encargó de cerrar la verja de entrada al marcharse. Esperé en la escalinata de la entrada, entre las dos columnas, a que ambos se fueran. Cuando desaparecieron de mi campo visual, entré en casa.

Me quedé paralizada y mi vista se centró en el ramo marchito. Pensé que a él también lo habían abandonado, como a mí. Las piernas me flaquearon y me dejé caer sobre las rodillas. Unas lágrimas brotaron de mis ojos abriéndose paso por mis mejillas. Al ver que algunas cayeron en el suelo, traté de secarlas con la manga de la camiseta por miedo de que alguien se diera cuenta de que había manchado las baldosas. ¡Qué tonta! No simplemente estaba sola, sino que se suponía que ahora esa casa era de mi propiedad. ¿Quién me reprocharía algo? Mi cuerpo se deslizó lentamente para acomodarse en el suelo. Me quedé acurrucada en posición fetal y sin parar de llorar.

Capítulo 3: D.S.

Una sensación cálida acariciaba mi cara. Abrí los ojos y la luz solar que entraba por la ventana me obligó a cerrarlos nuevamente. Hice rodar mi cuerpo, que seguía en posición embrionaria, para quedarme boca arriba. Puse el antebrazo derecho sobre mi cara para darme tiempo a acostumbrarme a la claridad. «¡Fantástico, me he quedado dormida en el suelo del vestíbulo!», ironicé conmigo misma.

Sonó el timbre y me levanté rápidamente del sobresalto. No quise abrir de inmediato por miedo a lo desconocido. Volvió a sonar, esta vez acompañado de una voz.

—Señorita Sorolla, ¿está usted aquí? Soy Matilde.

—¡Matilde! Claro, hoy es viernes —contesté abriendo la puerta.

—Buenos días, señorita. Encantada de conocerla.

—Igualmente.

—¡Qué linda es usted! Hija de sus padres, sin duda alguna.

Me incomodan las atenciones a mi persona. Nunca he sabido si debo contestar con otro cumplido o, simplemente, dar las gracias. En estos casos me acuerdo de Freud: «Cuando alguien abusa de mí, puedo defenderme, pero contra la adulación estoy indefenso». Antes de poder decir nada, Matilde se deslizó rauda por el vestíbulo.

—Le he traído unos croissants. ¿Ya ha desayunado?

—Pues… no. Pero los croissants me parecen buena opción.

—¿Qué prefiere, café, zumo, té…? Si lo desea, puedo preparar unos huevos revueltos con beicon.

—Café con leche y los croissants será suficiente. Si me dice dónde están las cosas, yo…

—¡De ninguna manera! Ese es mi trabajo. Manos a la obra. Si desea acabar de arreglarse, en diez minutos estará servido en la mesa —dijo entrando por la puerta del comedor.

«¿Arreglarme?». Forcejeé con el ramo y su reflejo para poder verme en el espejo de la consola. El moño que había recogido con una aguja de madera estaba un poco enmarañado y varios mechones de pelo colgaban desordenadamente. Necesitaba urgentemente un lavado de cara. Utilicé el baño de la segunda planta para darme una ducha rápida. El jabón de Marsella se impregnó en mi piel dándole un olor y textura muy agradables. Me recogí nuevamente el pelo y me cambié de ropa. Desearía haber traído algo más formal, mi estilo sencillo no combinaba con nada de lo que estaba viviendo.

Para el desayuno, Matilde había dispuesto un servicio en la parte central de la mesa. Cuidadosamente distribuidos en una bandeja, los croissants compartían espacio con la mantequilla, la mermelada de naranja amarga y la crema de avellanas y cacao. Todo tenía un aspecto de hotel de lujo.

—Siéntese, señorita, y le serviré el café —dijo Matilde apareciendo por la puerta de la cocina con una jarra de café en una mano y en la otra la leche.

—Gracias —dije tímidamente, y ocupé el lugar preparado para mí. Matilde volvió a la cocina con cara de satisfacción.

El desayuno es uno de mis momentos favoritos del día y, a solas, me sentía libre para saborear el momento. Los croissants estaban horneados de tal manera que la corteza era crujiente pero su interior, no demasiado hueco, era de textura suave. Acerqué la taza, cerré los ojos e inspiré. El aroma del café daba sensación de hogar, como los domingos por la mañana en casa de mis abuelos. «¡Ah, tengo que llamarlos!», pensé.

A pesar de que era la única comensal en una mesa para veinte, me agradaba la tranquilidad. Podía recrearme en los sabores, olores, colores y texturas. De repente, el sonido distante de la verja al abrirse me devolvió a la tierra. Me asomé a una de las ventanas. Era Alan y se dirigía al garaje. Tener chófer y ama de llaves me resultaba una excentricidad no demasiado llevable para mi carácter. Pese a eso, no se me ocurría prescindir de sus servicios. No tenía autoridad moral para ello y me preocupaba poderlos dejar en una posición difícil.

No tardó mucho en aparecer Víctor con su costumbre de organizarlo todo.

—Buenos días, Danae. ¿Cómo has dormido?

—Bien. —«Todo lo bien que se puede dormir en el suelo», me dije. Empezaba a notar un leve dolor de cervicales, posiblemente por la mala postura adquirida.

—¡Estupendo! Porque tenemos un día intenso. Deberíamos irnos cuando estés lista.

De camino al banco envié un escueto mensaje a mis abuelos, para después perderme en el paisaje urbano a través de la ventanilla. Me daba paz estar en silencio, acompañada de personas focalizadas en sus quehaceres y que no me prestaban atención directa. Alan se había concentrado en la conducción y Víctor revisaba su agenda del móvil, haciendo nuevas anotaciones. Cuando ahorrase dinero debía jubilar mi móvil y comprarme un Samsung como el suyo: lo de llevar un lápiz incorporado era lo más cómodo que había visto nunca.

No tardamos en ser atendidos por el director del banco, Friedrich Bauer. Víctor había preparado lo necesario y Bauer revisaba que todo estuviera en orden. El señor Bauer era una persona parca en palabras, pero se le veía concienzudo en su trabajo. Fueron unos minutos tensos mientras comprobaba mi documento de identificación. Finalmente, se rompió el silencio:

—Todo es correcto.

—Bien. Entonces, ¿Danae podrá disponer del dinero? —añadió Víctor.

—De la compartida no hay ningún problema. De la otra, cuestión de días. Aquí tiene los datos de la cuenta y le facilito también una tarjeta de crédito.

Ojeé por encima el saldo: 1.618.033 euros. Era una cantidad sumamente importante. Me sorprendí tanto que solté en voz alta un «¡caramba!» que hizo que Bauer y Víctor se mirasen simpáticamente.

—Su padre traspasó fondos de la cuenta principal a esta. Resultó curioso que me pidiera un importe tan exacto —dijo Bauer remarcando la peculiaridad de la cifra.

No me resultaba del todo rara esa consecución de números. En historia de arte también habíamos estudiado la razón áurea. Cuánto provecho le estaba sacando a esas clases. Por casualidad o no, el saldo correspondía a los siete primeros dígitos del número irracional.

—Cuando tenga acceso a la segunda cuenta, si lo desea, podremos unificarlas en una sola. No tiene mucho sentido disponer de dos si al fin y al cabo son del mismo titular —continuó explicando Bauer.

—Sí, claro. Por saberlo, ¿cuánto dinero hay en la otra? —No era simple curiosidad mi pregunta. Recordé lo que dijo Víctor acerca de los impuestos al recibir una herencia y me preocupé pensando que igual no tendría suficiente para pagarlos.

—Un poco más de dos millones y medio de euros —dijo Bauer.

Oír aquella cifra me colapsó. Realmente mi padre había amasado una fortuna. Mi primer pensamiento fue que los puestos de trabajo de Matilde y Alan estarían asegurados por años. Y yo, absurda de mí, minutos antes meditaba cómo ahorrar unos euros para comprarme un móvil como el de Víctor… pero no pensaba gastar nada para caprichos.

La visita al banco fue mejor de lo esperado, y aunque debía sentirme dichosa, mi estado era más bien de preocupación. Administrar los bienes de mi padre no era una nimiedad. Tomé la decisión de hacer el poder notarial y así se lo comuniqué a Víctor.

Después de una segunda jornada intensa, al despedirnos, Víctor me planteó si quería volver con Norah y Brian o quedarme el fin de semana. El lunes teníamos visita con el notario para firmar el poder y parecía un poco absurdo irme para regresar a los dos días. A regañadientes, decidí quedarme.

Una vez sola en casa, empecé a pensar en el lugar en el que me encontraba. Recorrí a mi antojo cada estancia de la planta baja. Recreándome en los detalles de manera más profunda. Otros palacetes o mansiones serían más grandes, más lujosos, pero este era, a mi juicio, perfecto. Me gustaba todo. Jamás se cansaría nadie de una casa así.

Subí a la planta de arriba por la escalera de caracol del despacho. Una vez en el pasillo pensé en continuar mi periplo por el resto de espacios, pero di de frente con la puerta de la habitación de mi padre. El pudor me obligó a retroceder y me retiré a mi dormitorio.

Matilde me había dejado sobre el escritorio un tentempié consistente en trozos de fruta variada y una nota que me animaba a probarlo. Me lo tomé sentada en la cama y me acosté enseguida. Esta vez estaba dispuesta a descansar en un colchón como es debido, y era mejor no distraerse del objetivo.

El tenue fulgor de la luna se reflejaba con mayor intensidad sobre el cuadro de la Universidad de Saint Etiel. Me quedé dormida pensando en su apelativo: «La luz de Saint Etiel. Luz: el agente físico que hace visibles los objetos…».

En el móvil marcaban las 8:12 horas y ningún mensaje nuevo. Durante unos instantes pensé en qué mataría las horas del sábado.

Había algo que me quedó pendiente. Me dirigí hacia la habitación de mi padre y entré cuidadosamente. Todo estaba intacto. Un pálpito me invadió al percatarme de que, a simple vista, no había ningún objeto personal. Abrí los cajones del escritorio y, a excepción de un bloc de notas en blanco, un bolígrafo y el mando de la televisión que colgaba de una de las paredes, estaban vacíos. Lo mismo en las mesitas contiguas a la cama. Fui apresuradamente al vestidor. «¡Por fin!». Ropa, zapatos, carteras, relojes, gemelos, corbatas… Todo estaba en su sitio, ordenado, ocupando la mitad del espacio del vestidor. En un lado, yacía sobre un galán de noche un traje negro. Sobresalía como si de un objeto preferente se tratase. El pantalón era recto. La americana tenía una forma curiosa, pero, sin duda, de diseño. Parecían dos chaquetas superpuestas, ambas con botones, pero solo se alcanzaba a cerrarse la que quedaba por debajo. La solapa nacía en la capa interior y cubría la exterior levemente. Dos bolsillos laterales y uno en el pecho izquierdo eran de estilo ojal. En este último, estaba bordado un blasón. En el pecho derecho, también bordadas en hilo dorado, las iniciales D.S. Por un impulso me la puse. Sentí la suavidad del tejido. Era una prenda cómoda.

Salí del vestidor para mirarme en el espejo de pie basculante. La chaqueta me quedaba grande, pero, aun así, era favorecedora, si se obviaba el hecho de que la estaba combinando con leggins de estampado tribal que utilizaba como pijama. Repasé con los dedos las iniciales. «¿Qué deberían significar?».

Sonó el timbre. Desde la habitación de mi padre se veía la entrada: una chica esperaba a ser atendida. Bajé rápidamente.

Alan me dijo que la verja se podía abrir a distancia, pero con tanto para procesar, no me acordaba de cómo. Así que crucé el jardín para abrirla a mano.

A medida que me acercaba, los rasgos de la visitante se iban definiendo. De complexión delgada, no debía de medir más de metro sesenta, pero al llevar zapatos con algo tacón, parecía de mi misma altura. Su pelo corto, ondulado, de color castaño tenía un corte asimétrico, cayendo, ligeramente, más largo por uno de los lados. La heterocromía central de sus ojos pasaba del color miel que bordeaba la pupila a tonalidades verdes hacia el exterior. Cuando le incidía la luz, incluso se podían apreciar un par de pequeñas manchas avellana nadando por sus iris. Los realzaba con una sombra de ojos dorada en el párpado móvil y un burdeos que hacía el efecto ahumado. Sus labios carnosos llevaban un labial nude. Tanto por el maquillaje, como por la ropa, parecía una chica que cuidaba su imagen. Y, de eso, me daba cuenta a escasos metros, sin poder arreglar mi miscelánea de americana varonil dos tallas más grande y leggins por pijama.

—Hola, buenos días —dijo con voz delicada pero segura—. Soy Marion Delós. Mi padre me ha comentado que vas a pasar aquí el fin de semana y he venido por si necesitas algo.

—¡Ah! Hola, pasa, por favor —«¡La hija de Víctor Delós, nada menos!», me dije.

—Veo que no te has podido resistir a su encanto.

—¿Cómo? —pregunté mientras le indicaba que me siguiera hacia la casa.

—Me refiero a la chaqueta. No conozco a nadie que al verla no sienta deseos de ponérsela. Supongo que es por su carácter exclusivo. Cuando yo tuve por primera vez la mía, iba a todos sitios con ella. Pero ya lo he superado.

—¿Tu tienes una como esta?

—Sí. Estoy en el primer año de Bellas Artes en la Universidad de Saint Etiel. Solo los alumnos pueden llevar el uniforme de la Universidad. De hecho, cada prenda se hace a medida y por encargo a un taller de costura de la ciudad. Deduzco que la tuya debió de ser de la época de tu padre o ¿tal vez vas a estudiar en Saint Etiel?

—¿Estudiar aquí? No, no. Es la de mi padre —dije con cierto nerviosismo y como si quisiera desvincularme totalmente.

—Pues no sería tan extraño. Nuestra Universidad es de las mejores y teniendo en cuenta de quién eres hija...

—Oye, ¿y qué representan las letras doradas? —pregunté rápidamente para obviar temas más profundos.

—¿En serio no sabes qué significan? —Frunció el ceño y prosiguió—. D.S., Didier Sorolla. Las iniciales del nombre de tu padre. Es algo común de la uniformidad, y marca la diferencia con otras instituciones.

—Vaya... no tenía ni idea. Me resulta curioso. ¿No es algo extraño que se lleve uniforme?

—Evita distracciones innecesarias y se deja de lado el aspecto físico. —Notó incredulidad en mi expresión, y añadió—: Da seriedad. No pienses cosas raras, como si somos una secta o algo así. Lo que importa es la capacidad intelectual de cada alumno. El físico y la condición social que se pueda transmitir con la ropa son aspectos secundarios. El uniforme crea la idea de que todos somos iguales.

Ya habíamos entrado en casa cuando Marion me propuso ir a desayunar. Se autoproclamó guía oficial de Saint Etiel. No me interesaba lo más mínimo hacer de turista, pero, tal vez, podía sacar algo de información sobre mi padre. Si este era el precio, no suponía gran sacrificio.

Me cambié y cogí el monedero incluyendo mi nueva tarjeta de crédito. No quería utilizarla, pero tampoco tenía mucho dinero en efectivo.

Fuimos caminando hacia el centro de la ciudad. El paseo resultaba muy ameno, contemplando las texturas urbanas. Cerca de la catedral la oferta variada de cafeterías era tentadora, aunque no tuvieras hambre. Aromas de pan y bollería recién horneada alimentaban el apetito. Marion escogió un lugar llamado Kaiserbrief. Era una confitería espectacular con los aparadores de cristal llenos a rebosar. Las tartas lucían para ser fotografiadas. En una de las paredes de color negro, un texto pintado en contraste blanco explicaba su historia:

En el siglo XVIII, un caballero de tierras extranjeras se extravió en los bosques de Saint Etiel. Agotado y desfallecido, fue encontrado por un pastor, quien lo llevó a su cabaña. Tardó cinco días en recuperar sus fuerzas, durante los cuales, la esposa del pastor cocinaba ricos dulces. Habiendo pasado dos meses de la partida del caballero, el pastor y su señora recibieron una carta firmada por el Kaiser. El emperador les daba las gracias por atender a su hombre de confianza y mencionaba el deseo expreso de probar algún día sus dulces. Adjunto con la carta había una recompensa, que el pastor y su señora utilizaron para abrir una pequeña confitería. Desde entonces hasta ahora, Kaiserbrief es un referente en Saint Etiel.

Marion pidió un trozo de tarta Red Velvet y un café solo. Yo opté por un croissant de chocolate y un café con leche. Acerté llevándome la tarjeta y, así, poder invitar a Marion con tranquilidad.

Durante el desayuno, me comentó que quería llevarme a callejear por el centro de la ciudad para que conociera la historia. Según ella, todo lugar en Saint Etiel tenía una leyenda. Esperé pacientemente a que acabase de hablarme de las maravillas de la ciudad. Cuando vi la oportunidad inicié mi interrogatorio.

—¿Conocías a mi padre?

—Sí, claro. Era el mejor amigo del mío. —Hizo una pausa breve, suspiró y me dijo—: ¿Qué quieres saber? Deduzco que mi padre no te ha contado mucho.

—La verdad es que no.

—Ignoro todos los detalles que te conciernen. Lo que sí te puedo decir es que el profesor Didier era una persona excepcional. La mayor parte de la gente lo conocía solo en su faceta profesional. Lo admiraban por sus logros. En realidad, no acostumbraba a relacionarse socialmente. En mi caso, gracias a la relación con mi padre, llegué a ver su parte más humana. Era de una moral rigurosa. Para él, dar la mano era como firmar un contrato. Siempre decía que se podía medir a cualquier persona en función de lo que valía su palabra. No toleraba las dobles caras, la falta de compromiso y la cobardía.

—Por lo que dices, parece que era una persona respetable. Lamento que su moral acabase donde empezó el rechazo a su propia hija.

—No seas tan dura. Todos poseemos secretos que es mejor tener callados. No me cabe la menor duda de que fuertes motivos lo impulsaron a alejarte de él. Tal vez, si te quedases aquí lo podrías descubrir.

—No, gracias —repliqué.

—¿Y por qué no? Parece que tienes muchas preguntas en el aire y estoy segura de que el único sitio donde puedes encontrar respuestas es en Saint Etiel. —Ladeó un poco la cabeza, se encogió de hombros y su rostro dibujó una dulce sonrisa haciendo que el tiempo se detuviera—. Además, podríamos ser amigas, como una vez lo fueron tu madre y la mía.

Me agradó la forma que tuvo de abordar el tema: serena y simpática. Marion tenía una extroversión embriagadora. Normalmente, cuando se utiliza el término «extroversión» la gente alude a aspectos como habla compulsiva, la búsqueda de ser el centro de atención y las ganas de festejo. En el caso de Marion, era más bien un ser camaleónico, adaptándose rápidamente a los contextos, transmitiendo las ideas claramente y sin miedo a ser juzgada. No era excesiva y cuando hablaba era imposible rebatirle, pues confiaba en que la razón estaba de su lado. Sin embargo, no se mostraba engreída y hablaba con humildad. Y luego estaban sus hipnóticos ojos. Si no te convencían sus palabras, acababas perdiéndote en su mirada, y el efecto era el mismo.

Marion había programado la caminata por la ciudad inteligentemente, enseñándome todos los lugares que me podían interesar. La catedral y el museo de historia; la zona comercial, que prácticamente eran dos calles que convergían, donde convivían puerta con puerta las tiendas populares y las exclusivas; los jardines; la zona de pubs y bares nocturnos. En cada explicación que me daba, le brillaban los ojos. Se notaba que se sentía orgullosa del lugar al que pertenecía y, en cierto modo, ese entusiasmo me lo contagiaba. «¡Cuán cierto es que el conocimiento modifica de alguna manera al sujeto que conoce!». Empecé a apreciar la belleza de Saint Etiel, aunque no era muy difícil puesto que poseía un encanto mágico.

Al caer la noche nos despedimos. Fue divertido ver cómo el último adiós nos lo dábamos cada una detrás de la verja de nuestras respectivas casas.

Me desperté a punto de alcanzar el cenit del domingo. El paseo por Saint Etiel me dejó exhausta. Recordándolo, una pequeña sonrisa involuntaria se esbozó en mi rostro.

Sonó el teléfono. Era Marion haciendo gala de anfitriona. Me preguntó si quería ir a comer a su casa para estar acompañada. Rechacé amablemente la invitación porque, desde que había llegado a Saint Etiel, no había tenido tiempo para mí. Todo estaba organizado para que no pudiera respirar si no estaba marcado en el calendario de quehaceres. Tenía ganas de seguir hurgando entre las cosas de mi padre y así poder sentenciarlo o redimirlo definitivamente.

Empecé por la mesa de escritorio de la biblioteca. Era impresionante. Parecía una matrioska. Al abrir un cajón aparecían otros tres. Cada parte se desdoblaba, y lo que aparentaba una mesa común, acababa desplegándose con la misma magnificencia que lo hace la cola de un pavo real. Todos los detalles estaban cuidadosamente elaborados. Cada pieza se había construido con diferentes tipos de madera, creando dibujos de figuras geométricas que daban aún más profundidad al mueble. La única pega que pude encontrar era que la mayoría de cajones estaban vacíos y, en aquellos en que había algo, trivialidades sin importancia: facturas, algún catálogo, un pequeño libro de Gustavo Adolfo Bécquer… Un total fracaso.

Llevaba horas revisando la casa principal, estancia por estancia, y no salía de mi asombro. No era capaz de encontrar ni una sola fotografía. No había ni marcos ni álbumes. No esperaba encontrar un retrato mío, pero, tal vez, sí alguno de mi padre e incluso de mi madre.

Tampoco había ningún ordenador. Muy extraño teniendo en cuenta que es una herramienta casi indispensable para un profesor. Todo parecía sacado de una revista: ambientes idílicos fingiendo calidez, y al tocar cualquier motivo decorativo, te topas con esa realidad ficticia. «¿Dónde estaban las cosas que verdaderamente importan? ¿Cómo voy a comprender a mi padre sin esos detalles? ¿Cómo voy a entenderme a mí misma?».

Me dejé caer un par de horas en el sofá del salón en una postura poco decorosa. Cerré los ojos intentando poner la mente en blanco sin gran éxito. De repente, recordé que la casa del jardín se usaba como almacén. Me dirigí apresuradamente hacia ella.

La casa constaba de un salón con cocina office, una habitación, un baño y un trastero. Las tres primeras estancias estaban cuidadamente conservadas y listas para entrar a vivir, pero el trastero era caótico.

Empecé a abrir las cajas almacenadas, una por una. Libros y más libros. «¡Qué novedad!». Seguro que los había guardado, porque ya no cabían en la biblioteca. Cogí una caja del suelo y al levantarla sonó metálica. En su interior había varios trofeos. Cada uno de ellos llevaba una placa que conmemoraba el éxito. Todos eran de competiciones de remo otorgadas al equipo de la Universidad.

Rápidamente, empezaron a multiplicarse al abrir las tres cajas siguientes. Hasta donde pude contar, treinta y cuatro premios entre trofeos y medallas. Era extraño ver tantos honores relegados a un destino de olvido. Más teniendo en cuenta que algunos estaban fechados de hacía menos de un año.

No volví a poner los objetos en las cajas. Aún no sabía qué hacer con ellos, pero quería liberarlos de su prisión de oscuridad y cartón.

Cuando ya estaba por irme, vi un baúl de madera. Estaba cubierto de polvo y sin duda era lo más antiguo del lugar. Parecía hermético, pero con un suave giro en la llave, que aún permanecía en la cerradura, el interior fue revelado. Ropa de mujer. De mi madre, tal vez. Blusas, faldas, fulares… y, al fondo, una bolsa portatrajes. Al abrirla había un vestido largo, negro, con pedrería que recorría los bordes, desde el cuello cerrado hasta la gran apertura de la espalda. Las mangas también llevaban esa pedrería y emulaban unos grandes brazaletes. Estaba intacto, como recién sacado de la lavandería. Me pareció muy elegante. En la etiqueta ponía Zuhair Murad. No conocía mucho de moda, pero estaba segura de que ese nombre era de alta costura. Al sacarlo, me di cuenta de que algo por debajo del forro del baúl se movía.

Palpé la tela y encontré una fisura. Introduje la mano y llegué a alcanzar un objeto. Reconocí la forma de un pequeño joyero. Atesoraba dos alianzas con la inscripción Semper Fidelis, un par de pendientes a juego con la pedrería del vestido y una fotografía de mis padres. «¡Gracias a Dios o al demonio!». Repasé cada detalle de ella. Mi madre llevaba el vestido negro y los pendientes del baúl y mi padre iba trajeado. No se apreciaba con claridad, pero parecía que cada uno llevaba puesta su respectiva alianza. Debería de tener unos quince años como mínimo, pero era difícil saberlo porque no estaba fechada. Se veían muy elegantes vestidos de gala. Me reconocía a mí misma en la figura de mi madre. Me alegró ver que me parecía a ella y pensé que realmente hubiese querido conocerlos.

Capítulo 4: Admitida

El lunes amaneció esplendoroso. En la silla yacía el vestido de mi madre, sobre la mesita de noche, el joyero que había encontrado en el baúl, y, en el ambiente, el aroma a café recién preparado por Matilde.

Hoy firmaría los poderes notariales y tenía una ambivalencia de sentimientos: por un lado, la liberación de unos trámites; por el otro, la certeza absoluta de que no era correcto desentenderme.