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Sentenciado por el oráculo de Delfos a cometer crímenes atroces contra su propia sangre, Edipo es abandonado por sus padres y criado por los reyes de Corinto. Ignorante de su origen, huye para escapar a la profecía, pero en su camino deberá enfrentarse a la temible esfinge que asola Tebas, ciudad de la que acabará siendo rey. Su decisión desencadena una cadena de acontecimientos fatales que pondrán a prueba la capacidad humana para desafiar el destino. Descubre la historia que convirtió a Edipo en uno de los mitos más célebres de la literatura clásica, un relato sobre poder, tragedia y la inexorable fuerza del destino.
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Seitenzahl: 128
Veröffentlichungsjahr: 2025
Índice
Dramatis personae
Genealogía de la familia real de tebas
1. La profecía del oráculo
2. En busca de los orígenes
3. La derrota de la esfinge
4. La maldición se cierne sobre Tebas
5. La asunción de la verdad
La pervivencia del mito
La maldición de Edipo
© Joaquín Arias por el texto de la novela.
© Juan Carlos Moreno por el texto de la pervivencia del mito.
© 2023, RBA Coleccionables, S.A.U.
Realización: Editec Ediciones
Diseño cubierta: Llorenç Martí
Diseño interior: tactilestudio
Ilustraciones: Javier Rubín Grassa
Fotografías: archivo RBA
Asesoría en mitología clásica: Laura Lucas
Asesoría narrativa y coordinación: Marcos Jaén Sánchez y Sandra Oñate
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OBDO741
ISBN: 978-84-1098-635-0
Composición digital: www.acatia.es
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Después de hacer perecer a la doncella de corvas garras cantora de enigmas, te alzaste como un baluarte contra la muerte en [...] la próspera Tebas. Y ahora, ¿de quién se puede oír que es más desgraciado?
EDIPO REY, SÓFOCLES
EDIPO – príncipe de Tebas, víctima de la maldición.
LAYO – rey de Tebas, padre biológico de Edipo.
YOCASTA – reina de Tebas, madre biológica y esposa de Edipo.
CREONTE – noble, hermano de Yocasta y regente del trono de Tebas.
ETEOCLES – primogénito de Edipo y Yocasta, que rechaza defender a su padre.
POLINICES – hijo segundo de Edipo, disputará con su hermano el trono de Tebas.
ISMENE – primera de las hijas de Edipo y Yocasta, permanece a la sombra de sus hermanos varones.
ANTÍGONA – hija menor de Edipo y Yocasta, de carácter fuerte y decidido.
MENETES – pastor tebano al que Layo encarga abandonar a Edipo en el bosque.
ALEXIOS – arquero tebano.
HERENIO – pastor que salva a Edipo llevándolo a Corinto y entregándolo a Pólibo y Peribea.
PÓLIBO – rey de Corinto, padre adoptivo de Edipo.
PERIBEA – reina de Corinto, esposa de Pólibo, madre adoptiva de Edipo.
COREBO – atleta corintio que compite con Edipo.
PITIA – oráculo de Apolo en Delfos.
ESFINGE – monstruo alado con cabeza de mujer y cuerpo de león.
APOLO – dios de la luz, patrón del oráculo de Delfos.
TIRESIAS – adivino ciego dedicado al culto de Apolo.
Cuando Menetes llegó apoyándose con una sola mano en su cayado, exhausto, hasta aquella recóndita explanada de hierba en mitad de las montañas del Citerón, creyó que jamás recuperaría el aliento. En otras ocasiones le había resultado más fácil subir la pedregosa cañada para alcanzar el prado oculto donde habitaban las musas y donde el vino corría en honor a Dioniso, pero ese día, cargando el cesto en un solo brazo, conducir hasta allí su rebaño había sido un trabajo digno de un héroe. Así se hubiera sentido, como un vencedor a punto de colgarse los laureles de la victoria, si la causa de su trayecto no hubiera conllevado una obligación tan innoble.
Mientras enjugaba el sudor que le corría por la mejilla, el joven pastor respiró el aire profundo y seco propio de la montaña y, sin soltar aún el capazo, que por fin había dejado de agitarse, observó el paisaje dominado por la inmensidad del cielo que se abría entre las rocas calizas. Aquel era el lugar elegido, un paraje inaccesible para la mayoría de los mortales donde, pensaba para consolarse, le sería menos duro llevar a cabo la misión encomendada. Tal vez allí, más cerca de donde habitaban los dioses, alguno se apiadaría de él y lo libraría de aquella carga que, de eso estaba seguro, lo acompañaría de por vida.
Miró su rebaño y se fijó en la oveja a la que hacía apenas unos minutos, en un alto en el camino, había ordeñado para calmar el llanto que aguijoneaba sus oídos. Un corderito de pocos días de vida ocupaba su lugar, indefenso, bajo el vientre hinchado de su madre. Instintivamente, Menetes sujetó con firmeza el capazo, tensando una vez más los músculos del brazo, y oteó el bosque que se abría más allá de la cañada adonde su perro, fiel guardián, se había dirigido para comprobar que no les acechara ningún peligro. No había nada que temer. Aún era pronto. Las fieras atacan de noche.
Pendiendo de su puño, como si una mano maternal y divina la meciera, la cesta que había subido montaña arriba se balanceó con delicadeza. En su interior, el recién nacido emitió un ligero bostezo. Eran apenas tres kilos, como cualquier bebé venido al mundo días antes, pero el peso que aguantaba aquel brazo se acrecentaba poco a poco en la conciencia del pastor hasta hacerse insoportable.
—Cruel futuro nos aguarda a los dos —murmuró mientras posaba con sumo cuidado el capazo sobre la hierba y se sentaba a esperar a la sombra del único árbol que crecía, por designio de los dioses, en medio de aquella explanada.
El sol brillaba alto. Consciente de que aún le quedaban unas horas hasta el anochecer, Menetes apartó un poco la manta para ver el rostro del pequeño que, calmado por un poco de leche, dormía plácidamente sin ser consciente de su destino. No tenía aún nombre, y según los deseos de sus padres jamás lo tendría, pero, a pesar de ese detalle indigno, nadie podía negar que sus pequeñas facciones reflejaban la nobleza de ser hijo de reyes. Abandonarlo allí para que muriera no sería fácil.
Layo, rey de Tebas, señor de las tierras donde pastoreaba Menetes, había sido tajante: aquel niño, hijo de su sangre, no debía hacerse adulto. Pero ¿qué motivo podía tener un padre para ordenar la muerte de su primogénito recién nacido?
Había transcurrido cierto tiempo desde que Layo tomó por reina a Yocasta, hija de Meneceo, pero, a pesar de quedar ya muy lejos la noche de bodas, meses después, la pareja no había sido aún bendecida con la descendencia. Intrigado por los designios de los dioses que lo alejaban de engendrar un heredero para su reino, Layo ordenó que preparasen todo lo necesario para viajar a Delfos, a consultar al oráculo de Apolo. El trayecto resultó agotador, pero aun así, poco antes de llegar al santuario que resplandecía como una nube blanca a los pies del Parnaso, el rey bajó del carro y pidió a su heraldo que lo esperase allí, en un alto del camino que se abría paso entre el bosque de abetos donde, según estaba escrito, habitaban las musas. Caminó con el paso firme de aquellos que no temen el futuro junto a los manantiales que brotaban entre las rocas como fuentes de vida. Se detuvo un instante para lavarse pies y manos, ya que así lo ordenaban los rituales, y respiró el intenso aroma especiado de los laureles que crecían en semicírculo, como una corona ceñida en las sienes de Apolo. A pesar de la tranquilidad del murmurio del agua y la sinfonía de cantos de ruiseñor que llegaba hasta sus oídos, no detuvo su andar hasta alcanzar las columnas del templo. Allí, tras la tenue llama que refulgía, eterna, en su pebetero, vislumbró la figura de la vieja sacerdotisa envuelta en un manto blanco, agitado y etéreo, tembloroso ante sus ojos por el efecto óptico de quien mira a través del fuego. Parecía hermosa ante el fulgor y el humo que emergía de pequeñas grietas que, como atajos hacia el abismo, se abrían en el suelo. «No te dejes engañar —se repitió—. No es más que una mujer anciana que los dioses plantan ante los mortales con cuerpo de joven, no permitas que su rostro te distraiga del motivo de tu visita.»
El pequeño, calmado por un poco de leche, dormía sin ser consciente de su destino.
Sin mirarla a los ojos, dejó el saco con la ofrenda sobre una ménsula y se arrodilló frente al ara.
—¡Oh, pitia, voz de Apolo, permite que el dios hable por tu sabia boca y revélame por qué no puedo tener un heredero!
Layo agachó la cabeza en señal de respeto mientras la sacerdotisa sacaba del saco un ave, que emitió un último graznido antes de ser degollada sobre la mesa de piedra. Las vísceras calientes siguieron palpitando bajo la hoja del cuchillo hasta que, tras unos segundos, solo se oyó la respiración de los vivos. Expectante, el rey levantó ligeramente los ojos y observó la piel cuarteada de la vieja que, sin el efecto traicionero de la llama, se arrugaba como un mapa en los pliegues de la sandalia que le ceñía el tobillo. Una gota roja resbalaba con lentitud por su pierna. Cuando la sangre golpeó el suelo, la sacerdotisa habló con una voz salida de las profundidades de la Tierra, sin dejar duda de su naturaleza divina:
—Layo, hijo de Lábdaco, nieto de Polidoro y biznieto de Cadmo, los dioses han sido benévolos contigo al alargar tu vida negándote la paternidad. Una maldición se cierne sobre tu linaje y a pesar de que nada te imposibilita tener descendencia, no deberías tenerla jamás, pues está escrito que morirás a manos de un hijo varón, parido por la desgracia, que será la destrucción de toda tu gente.
Cuando Layo levantó la vista para volver a preguntar, la pitia había desaparecido.
Yocasta se preguntaba por qué su marido rehusaba sus besos desde el viaje a Delfos. A su regreso del oráculo, durante meses, Layo se había mostrado distante, había ordenado trasladar su cámara hasta la otra ala del palacio y había dispuesto una guardia especial que custodiase su puerta por las noches. ¿A qué se debía tal afrenta para la que hasta entonces había sido su amada esposa? Sin mediar palabra, la había desterrado en su propia corte, como si el simple hecho de verla fuera a acabar con su vida. Así transcurrieron varios meses en los que, a pesar de la distancia que desde entonces separaba sus lechos, Yocasta lo oyó gritar, fustigado por las pesadillas que lo alejaban cada madrugada del dulce abrazo de Morfeo. Sin embargo, la reina no tenía dudas de que aún la amaba, pues todavía veía el fuego crepitando en las pupilas de su marido cada vez que, por descuido de la guardia en las calurosas horas de verano, se cruzaban a medianoche en busca del frescor de la brisa nocturna que corría en el patio, donde los lirios exudaban su melosa fragancia. En una de esas madrugadas de insomnio en las que solían coincidir bajo las estrellas, se miraron a los ojos y, cada uno desde una esquina del atrio, ordenó a un sirviente que le trajera vino. Brindaron y hablaron en la distancia, que se fue haciendo más cercana a cada copa, hasta que Dioniso terminó por hacer suyos a ambos amantes que, nublados por el deseo, acabaron juntos en el lecho, embriagados el uno del otro. Así, bajo el efluvio del vino, se engendró el hijo y con él, la desgracia.
Pasaron solo unos meses hasta que una tarde, de camino a su cámara, Layo se detuvo en el corredor que comunicaba con el ala sur del palacio. Como si fuera un ser vivo, al otro lado del patio, en la puerta del dormitorio de la reina, una cortina translúcida que ondeaba por capricho de alguna corriente de aire llamó su atención. Se acercó hasta la alcoba, apartó con ligereza la tela y, desde el quicio, descubrió a Yocasta tumbada bocarriba en la cama. Como tantas otras veces en los últimos días, su esposa no había bajado a comer, pues se encontraba indispuesta, y el rey empezaba a sentirse preocupado. Layo la observó bajo la tenue luz que penetraba a través de los tablones de madera que los sirvientes colocaban en las ventanas a la hora de la siesta para mantener alejado el calor. Se fijó en sus facciones, cinceladas por un rayo de sol que iluminaba su perfil desde atrás, haciendo que solo se percibiera su silueta. La frente lisa, aún ajena al paso del tiempo; la nariz perfilada con la perfección de un busto de Afrodita; los labios entreabiertos que, en el duermevela, dejaban huir los temblores de un leve suspiro. Seguía siendo tan bella como el día en que la conoció y decidió, sin dudarlo, que sería su esposa. Obnubilado, su vista resbaló como una gota de sudor por el cuello de su esposa hasta detenerse en sus senos que, por el efecto de la luz, excitados por el contacto de los rayos del sol, parecían hinchados. Layo la habría tomado una vez más allí mismo si no hubiera sido porque, de repente, la angustia se hizo presa en su pecho: su vista había recorrido un poco más la silueta hasta descubrir la creciente curva que se dibujaba sobre el vientre de Yocasta.
—¡Malditos los dioses y malditos nosotros por haber caído en la tentación de una noche!
Yocasta se despertó de golpe entre gritos y solo atinó a ver un destello de terror en los ojos de su marido, que huyó de ella, retrocediendo con pequeños pasos, como si en lugar de un motivo de dicha aquel vientre hinchado trajera la peor de las desgracias.
Ese primogénito no debía nacer y durante semanas, azotado por la ilusión de su esposa, Layo deseó en lo más recóndito de su alma que los dioses intervinieran y pusieran fin a aquel embarazo. Pero eso no sucedió. Para mantenerse alejado de Yocasta y del trágico destino que esta custodiaba en sus entrañas, el rey de Tebas ordenó encerrarla en su cámara. En vano resultaron los ruegos de la futura madre por convencer a los centinelas que custodiaban su puerta día y noche para que la dejaran salir dispuesta a compartir con su esposo la alegría que crecía en su interior. Un hijo, por fin... Pero ¿por qué después de tantos meses tratando de darle un heredero, ahora Layo la repudiaba? ¿Por qué, bajo la excusa de que debía cuidarse, la había privado de libertad como a la peor de las esclavas? La angustia crecía al mismo tiempo que el niño en su interior, hasta que Yocasta decidió poner fin a su cautiverio. Cumplido el sexto mes, aprovechó un descuido de los guardias que la custodiaban y corrió a la habitación de su marido.
—Layo, esposo desalmado, ¿qué hay en mí para que trates con tanta ingratitud a la madre de tu hijo?
La imagen de Yocasta, con el pelo enmarañado y sujetándose el vientre ante sus ojos, tembló en sus pupilas, humedecidas por las lágrimas. Así, embarazada de seis meses, era aún más bella de lo que recordaba.
—Esposa mía, ¡cuán injustos podemos ser a veces con aquellos quienes queremos! Pero no somos nosotros los que elegimos cómo vivir, sino los dioses que nos gobiernan... Tienes razón... me siento cansado de intentar apaciguar el secreto que me carcome por dentro como un perverso gusano.
