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Mondana sueña con vivir las historias de hadas y duendes que su abuela le contaba de pequeña, sin ser consciente de que ha sido elegida para que el mundo de las hadas tenga una nueva reina. Guiada por el libro mágico heredado de su abuela, se adentrará en el mundo paralelo donde la fantasía reina en todos los rincones. Allí conocerá la misión a la que ha sido encomendada y a la que se entregará en cuerpo y alma. Sin embargo, un joven del pueblo, escondido entre la maleza, será testigo de lo que está a punto de ocurrir. Sin ser consciente de los perjuicios que ocasionará, alertará a la hermana de Mondana para que detenga el rito que está sucediendo ante sus ojos, provocando así que la maldición del hada oscura reine en los dos mundos…
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Seitenzahl: 244
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Primera edición: julio de 2022© Copyright de la obra: Ada de Goln© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-125198-6-0Código ISBN digital: 978-84-125198-7-7Depósito legal: B 9804-2022Corrección: Belén BajoDiseño y maquetación: Cristina Lamata
Ilustraciones: Ada de GolnEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»
La maldición del hada oscura
Ada de Goln
A mi hija, musa de mis creaciones desde antes de que naciera.
A mis padres y hermano, por apoyarme siempre en mi aventura.
A mi marido, por la confianza y paciencia para conmigo.
Y a mi compañera de letras, Soledad Oriola, por alentarme desde siempre a ilustrar mis libros.
A todos ellos, gracias siempre.
Necesito pensar que la diferencia entre el bien y el mal, la belleza o la monstruosidad, es mínima. Que si la naturaleza no nos es fiel alguna vez, no es una venganza, sino un paso atrás o adelante, según se mire, a la ciencia de esos locos, la cual no para de prosperar. Por otra parte, si nacemos diferentes, si nuestro cuerpo no está hecho a la semejanza de Dios, debe de ser por alguna razón importante. Siempre ha de haber algún motivo importante que nos explique por qué ese Dios ha decidido tan cruelmente sobre nosotros, porque él se guía por nuestros pecados, eso sí lo sé. Pero quizá ni siquiera él forma parte de esa broma de la naturaleza y a estas alturas me está observando desde su trono celestial, perplejo, preguntándose: «¿Por qué me culpas a mí de lo que tú eres responsable?», espantado de mis pensamientos. No sé hasta qué punto puedo llegar a engañarme con esas conjeturas. El tiempo pasa y en mi cabeza surgen dudas, miedos, que se confunden entre mis pensamientos más profundos. Hice mal, lo estropeé todo, ocurrió algo y ahora sufrimos las dos las consecuencias. Estamos malditas, ha caído sobre nosotras el peor de los castigos, pero soy yo la que debe asumir el error.
Triste es el sino de quien nace diferente, aquel que ve pasar los días bajo ese manto de angustia mientras recibe las más bárbaras ofensas, ¿y por qué sus injurias? Porque solo es un poquito diferente a los demás. Y en verdad es triste ser perseguido, y cierto también resignarse a sus diferencias, y más triste aún, Señor, es tener que esconderse en los recodos más perdidos del bosque más profundo, allá donde las entrañas no son tales, sino oscuridad, soledad y aislamiento. Ésa es su casa, la casa del olvido, donde ese pobre ser desgraciado puede moverse en libertad y donde, si el azar lo cree preciso, puede serle permitida la compañía de alguien también especial. Ése es mi caso, Señor, y el de esta dulce compañera que a estas alturas está sentada frente a mí y da la espalda a la ventana, esperando la noche. La ventana es parte de su vida. Ahora tiene los dedillos cruzados sobre su regazo y la cabeza se le ha puesto gacha. ¡Tan triste, la pobrecita! Tan lánguida y débil como una flor de otoño, impregnada en esa tristeza que atraviesa su alma como un haz de luz, con los ojillos brillándole allá donde mira, quizá a causa de las lágrimas que los recorren angustiadas. Ahora ha girado su silla y ha fijado su atención en la ventana, como ya es norma. Parece que no haya nada más importante en el mundo que lo de ahí afuera, pero desde aquí dentro se ve tras el cristal como quien mira tras un vaso empañado. La lluvia tenue que hace poco tiempo cae ha formado una espesa cortina de humedad que apenas permite ver el exterior, pero en cambio ella, muy pacientemente, ha dibujado un círculo con su dedo en el cristal y ha acercado la carita, ha entornado los ojos y sin querer ha dejado impresa su naricilla. Ay, mi dulce Ada, a buen seguro sé que tratas de aguantar tu llanto en silencio, como todos los días a la misma hora. Dime por qué estás tan triste, o mejor no me lo digas, que bien lo sé. Tonta de mí que te lo pregunto, aunque lo hago mentalmente, son mis pensamientos quienes te hablan, princesa.
¿A dónde vas? ¿Ya ha dejado de llover? Ve, Ada, princesa, ve y disfruta. Dame un beso ahora y otro cuando vengas, aunque esté dormida. Abrígate bien, ten mucho cuidado, y que la fuerza de Dios y de la naturaleza te acompañe.
Salisbury, otoño de 1825
Al noroeste de Salisbury, un viernes nublado y con vientos tormentosos, Mondana Crewsley soñaba despierta junto a Edwin Carlton, su amigo del alma. Caminaban lentos con sus libros bajo el brazo, disfrutando del agradable aire en sus caras y observando gozosos que allá a lo lejos, donde el bosque de Lakeville ya se empezaba a dibujar, las nubes tomaban formas de algodones violáceos. Se avecinaba tormenta, pronto iba a empezar a llover, pero los dos jóvenes caminantes no aceleraban el paso. Edwin Carlton miraba a su compañera con aire distraído, dando pataditas de vez en cuando a los guijarros del camino, y suspiraba resignado viéndola caminar como en sueños, porque andaba tan ausente que le parecía estar solo, sin la compañía de nadie. Apenas sí quedaban unos metros para llegar a su casa de tejado rojo mucho más cercana que la de Mondana y, cansado del silencio y ya notando las primeras gotas de lluvia en su rostro, le pareció coherente despertar a su amiga del trance en el que se hallaba, tarea que no le fue demasiado fácil.
—¿Quieres dejar de soñar despierta y acelerar un poco el paso? Está empezando a llover. ¿Es que no puedes pensar en otra cosa?
La muchacha, que al principio pareció no hacerle ni el más mínimo caso, de pronto dejó de caminar y de mirar a la lejanía, y con la misma expresión de encantamiento de todo el camino, giró su cabeza hacia él y le sonrió levemente.
—Hoy es día de duendes, Edwin —le dijo a media voz, como si no hubiera querido ser escuchada por otros—, va a llover, las hadas mandan lluvia en sus algarabías, eso lo pone en mis libros. Seguro que en una noche así se dejan ver. Deberíamos ir a Lakeville esta noche, ¿por qué no nos encontramos a las once en el viejo roble? Llevaré conmigo los libros, como siempre. ¿Vendrás conmigo, Edwin? Di, ¿vendrás?
Edwin aceleró su paso con las manos en los bolsillos, pensativo y cabizbajo, con los libros bajo el brazo y su largo flequillo bailándole en la cara a causa del viento. Sin mirarla dijo:
—Es inútil, no tienes ningún remedio. Ya no puedo ayudarte…
Y en verdad ya no había remedio para ayudarla. Se habían arriesgado en múltiples ocasiones a que alguien los sorprendiese, cargados ambos de libros de exageradas dimensiones que Mondana guardaba con recelo en el baúl de sus ropas. Libros, según ella, mágicos y encantados. Pero Edwin Carlton, el muchacho pelirrojo y de ojos verdes que caminaba junto a la sílfide infantil, ya empezaba a estar harto de aquellas historias de niños. Habían acudido al lugar mágico infinidad de noches de luna llena y esperado a que cantaran los búhos a la hora de las brujas, junto al viejo roble del bosque, sin suerte alguna. Incluso habían llegado a bañarse desnudos varias noches de lluvia como aquella. Por eso a Edwin Carlton ya le empezaban a cansar ese tipo de escapadas furtivas. Tanto él como ella ya habían crecido, no eran tan niños como antes, y aunque Mondana había perdido toda vergüenza por su parte, Edwin comenzaba a tener el pudor de los muchachos de su edad. A sus catorce años su cuerpo estaba cambiando y el mostrarse sin ropas ante su compañera le causaba la más grande de las vergüenzas. En cambio, extrañamente el cuerpo de la muchacha no había perdido el virginal aspecto de niña, a pesar de tener su misma edad, y su comportamiento también seguía siendo aún el de una niña.
—No creo que sea buena idea... —le respondió—. Nos arriesgamos demasiado, un día nos pillarán y ese día tendremos serios problemas.
—Sigues teniendo miedo a que nos sorprendan, ¿verdad? Nunca lo harán, las hadas nos protegen. Di que vendrás conmigo a Lakeville esta noche, Edwin —replicó Mondana, pero ahora era Edwin Carlton quien no le prestaba demasiada atención.
El joven seguía caminando y dando pataditas a los guijarros del camino, pensando en cómo lograr cambiar a su amiga encantada. Tan solitaria siempre, tan soñadora, tan sin amigos. Solo Edwin Carlton, que vivía en una humilde casa junto a sus padres, se preocupó de ella desde siempre. Un ser tan angelical, una imaginación tan maravillosa, no podían pasarle desapercibidos; a él no, al menos. Como sus padres no pudieron tener más hijos, Mondana Crewsley logró ocupar el puesto de hija y hermana en muy poco tiempo, y a la muchacha, entre el amor de su propia familia y el de la de Edwin, no le faltaba cariño. Pero los niños y las gentes huían de ella, quizá porque no la veían demasiado centrada y asustaba a los infantes con extrañas historias de hadas y diablos. La llamaban «la niña bruja» porque según las gentes caminaba como embrujada y a veces la escuchaban conversar a solas de una forma muy extraña. En las clases se quedaba mirando al vacío y no escuchaba los comentarios de la maestra, que rendida seguía sus enseñanzas sin tomarla en cuenta. «Imaginemos que no está», decía, «porque yo diría que no está». Y en nada se equivocaba, porque en esos momentos Mondana Crewsley estaba soñando despierta.
Una de las dos maestras que daban clases en la escuela era su propia hermana, Lillian Elizabeth Crewsley, cuatro años mayor que ella. Enseñaba a los más pequeños, y al contrario que Mondana era querida y respetada por todo el mundo. Sin embargo, Lillian no podía hacer oídos sordos cuando escuchaba los comentarios sobre su peculiar hermana. Trató miles de veces de quitarle esas historias de la cabeza, pero cuando algunas mañanas paseaban juntas y la veía caminar como en sueños, se daba cuenta de que por mucho que la quisiera, tenía que asumir que su hermana no tenía remedio.
Y eso también lo sabía Edwin Carlton, quien ahora, camino de su casa, todavía seguía mirando al suelo y pensando quizá en sus baños prohibidos, con sus libros bajo el brazo y acelerando el paso. Comenzaba a llover fuerte.
—Esto no puede seguir. Te quedas como embrujada durante las clases y los demás compañeros te tienen por bruja. ¿Es que no ves que te estás perjudicando? Lo siento, lo siento de veras —dijo apesadumbrado y levantando al fin su mirada hacia la de la muchacha—, pero no pienso ir más a Lakeville.
Mondana pareció despertar de repente. Se había quedado atrás escuchando la respuesta de su amigo, que tardó en hablar, y de pronto también aceleró el paso. Edwin pudo notar en su voz y en sus gestos un tono algo disgustado, porque la vio correr a su lado muy enérgicamente, agarrándose con una mano las largas faldas para no tropezar y utilizando la otra para sostener la cuerda que ataba sus libros de lectura, que le bailaban de un lado a otro mientras se acercaba a grandes zancadas. La lluvia le había calado la cofia y ahora presentaba un aspecto gracioso, con los cabellos pegados al rostro.
—¿Vas a echarte atrás ahora que estamos tan cerca de conseguirlo? ¡Eres un maldito gallina, Edwin Carlton! —exclamó alterada—. No me importa lo que digan de mí si no es cierto. ¿Acaso tú también piensas que soy una bruja?
La muchacha comenzó a reír mientras seguía el paso rápido de su amigo, haciéndole muecas como para asustarle, con sus faldas recogidas para no caerse y disfrutando ahora mucho más del temporal cercano, porque las nubes violáceas se aproximaban cada vez más al punto donde ellos se encontraban. Edwin seguía no obstante con las manos en los bolsillos, pero miró tímidamente a su compañera de caminos y, retirando con un gesto de su cabeza el flequillo de los ojos, le habló nervioso.
—Pues... —el muchacho titubeó antes de salir corriendo y dejarla atrás— lo siento, Mondana, pero no tengo ganas de mojarme. Quédate tú con tus duendes, yo me voy a casa. ¡Adiós!
Mondana vio asombrada cómo su amigo del alma corría a grandes zancadas hacia su casa a través de la arboleda, pero ella no tuvo pensamientos de seguirlo. Solo se quedó quieta viéndole entrar por la puerta y cerrarla de golpe a su paso. Como la tela de su cofia se había adherido a su frente y apenas le permitía ver, porque le tapaba los ojos, se la quitó con un gesto brusco y siguió caminando. Los rizos dorados de la muchacha no tardaron en estirarse con la lluvia torrencial, y de pronto una sensación de tremenda decepción la invadió por completo. Solo la llamada a gritos del señor Carlton, el padre de Edwin, le hizo salir de sus cavilaciones.
—¡Mondana, criatura! —gritaba el hombre desde la puerta de su casa—. ¡Entra con nosotros y caliéntate en la chimenea! —Pero la muchacha negó con la cabeza y volvió a acelerar el paso.
—¡Será mejor que no, señor Carlton! —exclamó caminando con paso rápido—. Mi madre estará preocupada por mí, así que prefiero irme a casa. ¡Gracias!
El señor Carlton insistió en su propuesta incluso viéndola correr por el sendero que conducía a su casa, no muy lejana ya, pero cuando Mondana se le fue de la vista, no tuvo otro remedio que cerrar la puerta y meterse dentro. En muy poco tiempo la niña pudo ver, allá a lo lejos, emerger la difusa figura de su casa. «Eres un gallina, Edwin Carlton», se dijo a sí misma mientras corría con sus libros abrazados a su pecho. «Contigo o sin ti encontraré el camino hacia su mundo. Estoy cerca de conseguirlo, lo sé, y no voy a dejar pasar una oportunidad como esta. Ni siquiera me importa que no vengas. ¡No te necesito!». Las copas de la arboleda del camino se cerraron en torno a ella, y lo poco que podía verse del cielo se convirtió, de repente, en un oscuro color malva que muy pronto estalló en una tormenta sonora. Cuando Mondana escuchó los primeros truenos volvió a agarrar sus faldas y se puso a correr tan aprisa, que en pocos minutos pudo llegar a su casa. Llevaba la cofia arrugada en la mano que sujetaba los libros y una expresión de disgusto que poco pudo disimular. Al entrar en la casa, su madre y su hermana la esperaban sentadas en la mesa, junto a la chimenea. La madre estaba cosiendo, con sus lentes puestas, y Lillian, la hermana, corregía nerviosa los exámenes de sus alumnos infantes. Cuando la vieron entrar, tan mojada y maltrecha, se levantaron preocupadas.
—Oh, Dios, Mondana... ¡Cómo te has puesto! —dijo su madre cogiéndole los libros mojados y la cofia—. Anda, quítate esas ropas y ponte unas secas si no quieres coger una pulmonía.
—Si se hubiese dado más prisa en llegar no le habría pillado la tormenta —exclamó Lillian, malhumorada—. Seguro que se ha dormido por el camino, como siempre.
Mondana no contestó. Solo se acercó a la chimenea y se desnudó junto al fuego. Lillian, en cambio, se volvió a sentar en la silla y siguió con sus correcciones, aunque en realidad estuviese observando a su hermana por el rabillo del ojo. Pero rompió sus pensamientos al escuchar la voz de su madre, que había subido a la habitación donde ambas hermanas dormían y ahora traía un camisón limpio para la hija pequeña.
—Toma hija —dijo la madre—, póntelo y siéntate a la mesa. Es hora de cenar...
—Gracias madre —añadió Mondana, tiritando de frío y poniéndose el camisón—, me irá bien comer algo caliente. Tengo mucho frío...
—Seguro que sí —dijo Lillian, que ahora se acababa de levantar y había retirado sus cosas de la mesa—. Y yo aprovecharé la ocasión para comentarte algo que verdaderamente me inquieta...
Mondana la miró ausente, como casi siempre, pero apartó la vista de su hermana cuando se sentó en la silla. El plato humeante de la sopa formó sombras en su rostro de niña, y esperó a que su madre se sentara para poder empezar a comer. Lillian, sin embargo, todavía seguía en pie, con sus exámenes en la mano y su mirada acusadora.
—Hija, ¿quieres hacer el favor de sentarte y cenar con nosotras? —le dijo su madre, que ya había servido los otros dos platos de sopa y se empezaba a impacientar—. ¿Es tan importante eso que le has de decir? ¿Vas a permitir que se enfríe la sopa? Anda, siéntate y cena.
—No, madre —negó la hija mayor—, no importa si se enfría la sopa, no importa si esta noche me quedo sin cenar, porque lo que tengo que decir es mucho más importante que todo eso. Y lo digo por ti, Mondana, y más te vale no bajar la cabeza y escucharme con atención. Te advierto que no estoy de demasiado buen humor últimamente contigo.
—¿Qué tratas de decir, Lillian? —le preguntó su madre con cierta preocupación—. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Qué es eso que ni siquiera me has contado?
Lillian se acercó sigilosamente a su hermana, que había plantado la mirada en el plato de la sopa, y arrodillándose a su lado, y sin hacer caso de la preocupación de su madre, la miró muy fijamente y le habló.
—Alguien me ha dicho que te vio no hace mucho en Lakeville a altas horas de la noche, cuando se supone que duermes profundamente a mi lado. ¿Puedes decirme algo a eso?
—No —dijo Mondana, manteniendo todavía su mirada en el plato humeante de la sopa—, no he ido a Lakeville desde la excursión que hicimos en junio con los demás niños.
—Trata de hacer memoria, hermana —le dijo levantándole la cara con un toque en el mentón—, ese alguien me informó de que no estabas sola, de que te divertías con otra persona en una especie de juego alrededor de los árboles, aleteando los brazos como si bailaras alguna melodía que no escuchabas. Permíteme tomarme el gusto de preguntarte qué hacías con Edwin Carlton a esas horas de la noche en medio del bosque, concretamente el día en que el cielo se puso rojo y todos en la escuela nos asustamos.
—¿Quién te ha dicho eso? —exclamó Mondana—. ¡Miente, madre, miente! —volvió a exclamar dirigiéndose a su madre, que la observaba sin hablar desde el otro extremo de la mesa, sorprendida ante tales noticias de las que ella no tenía conocimiento.
—¿Miento? ¿Estás llamando mentiroso a alguien que te ha visto con sus propios ojos? Me decepcionas, hermana. Bailabas, bailabas como poseída por el peor de los demonios, ¿quieres que nos quemen por brujas? ¿Es eso lo que pretendes? Nuestra madre y yo no nos merecemos que nos hagas esto. ¡Oh, Dios! ¡Cuánto echo de menos la presencia de nuestro padre! Con él en casa las cosas serían diferentes, estoy segura. No caería sobre mí toda la responsabilidad de esta casa y sobre todo la responsabilidad de vigilar todos tus movimientos. Escúchame, de hoy en adelante en esta casa se cerrarán puertas y ventanas todas las noches y yo misma me encargaré de vigilar tus andanzas, aunque me cueste no dormir, y en cuanto a la escuela... lo siento, lo siento de veras, pero tendrás que sufrir la humillación de venir a mis clases, con los más pequeños. Traerás contigo tus cuadernos y seguirás con tus deberes, pero los harás en mis clases. Yo me encargaré de que tu maestra me pase tus lecciones.
—¡Pero no puedes hacerme esto! —replicó Mondana, con lágrimas en los ojos—. ¿Qué dirán de mí mis compañeros? ¿Qué dirá Edwin cuando se entere? Yo solo quiero ver a los duendes, como la abuela Martha, no me puedes castigar por eso. Ella me prometió que algún día los vería, que los duendes se dejan ver si realmente crees en ellos. ¿Es que ya has olvidado sus cuentos, las historias vividas por ella misma mientras fue pequeña? ¡Ella llegó a verlos! ¡Convivió muchos años con un duende en su propia casa!
—La abuela Martha se inventaba esas historias para complacernos y mantenernos entretenidas. Por eso nos dejó sus libros, para que alimentásemos nuestra fantasía y transmitiéramos esas leyendas a nuestros futuros hijos. Provisionalmente, y hasta que entres en razón sobre que los cuentos de hadas son solo cuentos, madrugarás conmigo todas las mañanas y asistirás a mis clases. Todo dependerá de ti, y en cuanto a Edwin Carlton... —pensó durante un instante—supongo que algún día tendré ocasión de decirle unas palabras a él también.
—¡No metas a Edwin en esto, te lo ruego! Prefiero sufrir yo sola el castigo. Si él ha venido alguna vez conmigo ha sido porque yo le he obligado a hacerlo —dijo—. Por favor te lo pido, hermana, no le digas nada a Edwin. Te aseguro —hubo un silencio de algunos segundos— que hace tiempo que Edwin Carlton dejó de creer en cuentos de hadas...
Mondana volvió a bajar la mirada y siguió gimoteando. No escuchó ninguna contestación de su hermana, solo el ir y venir del aire y el sonido de la lluvia en la celosía de la ventana.
—¿Cuántas veces? —preguntó entonces Lillian, inquisidoramente—. ¿Cuántas veces os habéis escapado los dos juntos? Necesito que me digas la verdad.
—Pocas, y cada una de las pocas veces que nos hemos escapado juntos he sido yo la que le ha incitado a hacerlo. Toda la culpa es mía, así que te ruego, Lillian, que no le digas nada a Edwin Carlton, y menos a sus padres. Está profundamente avergonzado por lo que hemos hecho. Creo que ha perdido la inocencia...
Hubo un nuevo silencio. Lillian siguió arrodillada a los pies de su hermana durante unos minutos más, con su mirada inquisidora y sus nervios alborotándole las entrañas, intentando poner en orden sus pensamientos y tratando de inventar un nuevo método para que la pequeña de la casa madurara de una vez por todas, pero sus cavilaciones fueron rotas por un «¡Basta!» desesperado de la madre que paciente y asombrada escuchaba aquella discusión entre sus dos hijas. Después soltó un suspiro de resignación y ordenó a Lillian sentarse con ellas y terminar con aquella conversación. Luego bendijo la mesa.
—Cenemos —les dijo—. Cenemos en paz.

La mañana del siguiente domingo cantaron como nunca los ruiseñores. Fueron ellos los que al rozar el alba despertaron a Mondana quien, con la intención de seguir durmiendo y hacerlos callar, se acercó a la ventana cerrada y dio una palmadita en una de las vetustas hojas de madera. Mas el canto de los pájaros no cesó. Entonces, con la almohada tapándole los oídos, muy apretujada sobre su cabeza, comenzaron los dolores de su primera menstruación, y tras las punzadas un olor extraño y una cierta humedad dentro de su ropa interior. No tuvo otro remedio que levantarse y fijar su vista en su camisón, descubriendo en la penumbra que le había llegado la hora de la sangre de las niñas. Sigilosa y con lágrimas en los ojos trató de despertar a su hermana, que por accidente y por primera vez desde que cumpliera su promesa de vigilar sus sueños, se había dormido y ahora descansaba plácidamente en una cama compañera a la suya, pero Lillian tenía tanto sueño que no podía ni siquiera moverse.
—Lillian, hermana, tengo sangre entre mis piernas —le dijo susurrante, con temor a que despertara y gritara aterrorizada al descubrirle la hemorragia.
—¿De qué hablas, tonta? Déjame dormir... —dijo entre sueños.
Pero los sollozos y quejidos fueron ahora más fuertes y Lillian se incorporó enérgicamente en la cama, impresionada por haberse dormido. «¡Dios Santo, me he dormido!». Para entonces las enaguas de la pobre Mondana eran de un intenso color rojo y sus dolores tan fuertes que tuvo que arrodillarse en el suelo y curvar su cuerpo para así calmar los retortijones.
—¡Sangre! —exclamó la hermana mayor—. ¡Es la sangre de las niñas!
Lillian, que se había levantado de un salto de la cama, como por inercia, se fue a su cómoda y cogió un pañito blanco que le tendió a su hermana, un pañito impregnado de un intenso olor a naftalinas.
—Esto es para que te lo pongas —le dijo—. Anda, levántate y cámbiate de ropas, ¡y sonríe! Hoy es un gran día para ti.
Mondana hizo caso a su hermana y tras colocarse ropas limpias y el pañito se volvió a la cama con ánimos de no volver a levantarse nunca más, porque sabía que la sangre de las niñas era un poco la pérdida de la inocencia y eso significaba, además, que ahora era más que imposible poder ver a sus tan ansiados duendes. «¿Qué le puedo pedir ya a la vida?», pensaba mientras sufría en silencio sus dolores menstruales. «Ellos solo se dejan ver si conservas la inocencia. Es entonces cuando más facultades tienes para verlos, pero ahora soy una jovencita que crecerá sin remisión y cambiará sus formas y sus hábitos como le pasó a mi hermana. Estará contento el mundo, ahora que he dejado de ser una niña, ahora que no puedo leer cuentos de hadas ni menos contarlos. Llora, mundo, llora, porque Mondana Crewsley ha muerto».
No tardó Lillian en correr a avisar a su madre, que a esas tempranas horas ya preparaba medio dormida el desayuno y ahora se limpiaba las manos manchadas de harina en el delantal. Bajaba la muchacha por las viejas escaleras dando voces, y poco le faltó para caerse y derramar la tinaja de la leche, que por costumbre siempre se colocaba cerca de las escaleras.
—¡Madre, madre, Mondana tiene la sangre de las niñas! —exclamó.
—Oh, Dios mío, ¿cómo se lo ha tomado? —dijo la madre soltando lo que tenía entre las manos y elevando la mirada hacia las escaleras, como quien mira a los cielos.
—Creo que peor que las demás niñas. Se ha asustado bastante y se ha metido otra vez en la cama. No creo que quiera venir a la iglesia, madre, y ya sabe que el padre Remisch siempre dice que Mondana no debe faltar ningún domingo del año a escuchar la palabra de Dios. Él piensa que es una oveja descarriada, bueno, en realidad todo el mundo lo piensa...
—Le dirás que está enferma —dijo la madre—, ya conocemos su sensibilidad, así que avisa a los Carlton de que no iremos nosotras. Ve tú con ellos en su carro.
Y así la hija mayor acudió a su fiel cita con Dios y la madre quedó en la cocina preparando la comida del día, dispuesta a subir aquellas escaleras ante cualquier quejido o llamada de la más joven de sus hijas. Arriba, mientras tanto, Mondana se recluyó en la soledad de su habitación durante toda la mañana, pendiente, muy pendiente de su desgracia, hablando sola, pensando en Edwin Carlton, en sus notables cambios a hombre adolescente, cavilando que ahora le tocaba a ella la cruel metamorfosis. «Dejémosla, madre. Que se vaya acostumbrando a su nueva condición, porque se le acabaron sus fantasías», había oído decir a su hermana desde la cocina, poco antes de marcharse a la iglesia, y la notaba tan contenta en sus palabras que su pena logró ser inmensa y sus ojos no dejaron de manar lágrimas. Se le fueron calmando los dolores y decidió destapar su cabeza para poder respirar mejor, y fue al tornar su vista a la penumbra de la habitación cuando de pronto descubrió una luz cegadora que invadió de repente su baúl, el baúl donde guardaba sus libros mágicos, situado al otro lado del camastro de su hermana. «¿Qué significa…?», se dijo entre sollozos, y con desconfianza se dirigió hacia él con cierto miedo. Se arrodilló curiosa y, aunque tardó en decidirse, lo abrió lentamente, observando c
