La marca en la pared - Virginia Woolf - E-Book

La marca en la pared E-Book

Virginia Woolf

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«A Virginia Woolf le gustaba fumar puros, jugar a los bolos y escribir a máquina. Era feminista y era pacifista, y una vez que le ofrecieron un doctorado honoris causa lo rechazó con tajante elegancia. Comparaba la felicidad de escribir impulsada por el entusiasmo de la inspiración y la perseverancia del trabajo con el ronquido de un Rolls Royce lanzado a cien kilómetros por hora; con la fuerza de las hélices de un avión». Así comienza el texto de Antonio Muñoz Molina que prologa esta edición en la que reunimos parte de la narrativa breve de Virginia Woolf a lo largo de treinta y dos años, desde sus primeros escritos hasta los textos que darían lugar a su célebre novela La señora Dalloway. En estos preciosos textos, personajes y acciones quedan supeditados a imágenes poéticas, alejadas de las banalidades de la vida.

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Seitenzahl: 103

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Virginia Woolf

LA MARCA EN LA PARED

y otros cuentos (1892-1924)

Traducción de

Magdalena Palmer Ainize Salaberri Colectivo Woolf BdL

PRÓLOGO

por Antonio Muñoz Molina

A Virginia Woolf le gustaba fumar puros, jugar a los bolos y escribir a máquina. Era feminista y era pacifista, y una vez que le ofrecieron un doctorado honoris causa lo rechazó con tajante elegancia. Comparaba la felicidad de escribir impulsada por el entusiasmo de la inspiración y la perseverancia del trabajo con el ronquido de un Rolls Royce lanzado a cien kilómetros por hora; con la fuerza de las hélices de un avión. Un día estaba escribiendo en su diario y al levantar la cabeza vio por la ventana de su casa de campo un zepelín que navegaba silenciosamente en la noche, con una guirnalda de luces en la barquilla; paseando por el campo con su marido, Leonard Woolf, una mañana de primavera, vio en un prado, entre ovejas y vacas, un aeroplano de fuselaje plateado y alas azules.

Cuando la abatía la negrura de la depresión podía pasarse semanas encerrada en su dormitorio, mirando al techo, deseando morir; pero muchas más veces disfrutaba golosamente de la vida, del amor conyugal y tal vez del amor de aquella mujer a la que estaba tan unida, Vita Sackville-West, de la cercanía de sus amigos, de los paseos entre las multitudes de Londres o las caminatas solitarias por el campo; de verlo todo y apreciarlo todo; y sobre todo de la literatura, de escribir y leer, de recibir la intuición, la primera imagen de una novela y dejarse llevar por ella hasta encontrar su forma; y de escribir en su diario sobre la felicidad y la obsesión y la incertidumbre de escribir y sobre cualquier cosa que se le pasara por la imaginación y sobre cada impresión que le alertara los sentidos, sobre una visita a Thomas Hardy o un encuentro a la orilla del Támesis con George Bernard Shaw o sobre un perro que la miraba mientras trabajaba o sobre aquel aeroplano que ella y Leonard vieron un día brillando al sol en medio del campo como una prodigiosa libélula.

Escribía el diario en volúmenes de páginas en blanco encuadernados por su marido en la editorial que habían fundado los dos, la Hogarth Press. Cada año empezaba un tomo distinto. Había llenado veintisiete cuando se quitó la vida el 28 de marzo de 1941, internándose en un río con los bolsillos llenos de piedras para que su cuerpo no flotara. En los últimos tiempos sus anotaciones se habían ido haciendo más secas, mucho más cortas. El miedo a la locura se correspondía con el colapso del mundo. Hitler se había apoderado de Europa entera y cada noche las bombas de la aviación alemana asolaban uno tras otro los barrios de Londres. La casa en la que Leonard y ella vivían estaba en ruinas. Virginia Woolf volvía a Londres desde su refugio en el campo y encontraba reducidas a escombros las calles que hasta hacía muy poco tiempo fueron los lugares usuales por los que se movía. Leonard era judío: si como era probable los alemanes invadían Inglaterra Virginia y él se matarían juntos.

Un síntoma de la depresión es que la realidad exterior parece confirmar las impresiones más sombrías de quien sufre su influjo. En los últimos años, según los síntomas de la guerra inminente se hacían más visibles, según caían Checoslovaquia y Austria y se hundía la República española, Virginia Woolf había sentido cada vez con más frecuencia la mordedura del trastorno mental, y cada vez le era menos útil el remedio que siempre le había ayudado a salvarse de él: el trabajo, la escritura constante, la entrega a aquella adicción que un amigo suyo comparaba con la adicción al opio. Su prosa es una tentativa constante de crear un estilo que fluyera como el curso del tiempo, que atrapara la fugacidad y la velocidad de las cosas, la simultaneidad armónica de las palabras, los estados de conciencia, las sensaciones, los sentimientos: pero ese estilo tiene en el fondo la urgencia de una huida, la falta de sosiego de alguien que sabe que si baja la guardia o se queda inmóvil será atrapado por la bestia oscura que le viene a la zaga.

En esa pulsación rítmica y entrecortada de la escritura Virginia Woolf no se parece a nadie. Aprendió de Proust la ambición de atrapar como un flujo de ondas y partículas la textura del tiempo, la simultaneidad del presente y de la memoria; y aunque Joyce le provocaba mucho recelo y bastante desagrado aprendió de Ulises la manera en la que la conciencia observadora, la yuxtaposición de las perspectivas y el caos visual y sonoro de la ciudad moderna pueden entretejerse casi musicalmente en un solo relato. Pero en ella hay un ansia peculiar, una inmediatez física, y además un coraje personal que los escritores varones no necesitaban. No imaginamos a Joyce ni a Proust confesando tan abiertamente las propias debilidades en un diario; reconociendo que los hieren y los humillan las críticas negativas y que no son insensibles a ningún elogio; llevando la cuenta de los ejemplares vendidos de una novela. Virginia Woolf tenía miedo de no ser tomada en serio y anotaba siempre con incredulidad las señales del éxito. Se reprochaba a sí misma el daño que le hacía una reseña cruel y vencía el pudor para copiar palabra por palabra el elogio que le había hecho alguien.

No descansaba nunca. Lo que más asombra del diario es su laboriosidad incesante. Anota con alivio el final de la primera escritura de una novela y a continuación la pasa a máquina y la corrige y se la da a leer a Leonard, la presencia benéfica que apuntala su vida. Al empezar a escribir se había dejado llevar por su propio entusiasmo, por la embriaguez de inventar y escribir: apenas publicado el libro ya se aleja de él y no es capaz de recordarlo sin remordimiento. Quiere lograr una forma fluida y abierta que contenga la vida sin falsificarla. Quiere el despojamiento de la poesía y la eliminación de lo premioso o lo superfluo. Aspira a que la novela terminada conserve la libertad de un borrador. Cada libro empieza siendo una promesa y termina parcialmente en una claudicación. Así que en seguida hay que empezar otro, no porque ella se lo proponga, sino porque surge una imagen, un hilo que habrá que seguir, y porque la inactividad desemboca rápidamente en abatimiento.

De modo que no hay más remedio que escribir siempre. Cada año empieza con un tomo encuadernado y en blanco y concluye con él lleno hasta el final de escritura. El de 1941 queda inconcluso, más de la tercera parte de las hojas en blanco. Años después, Leonard Woolf repasa los 27 cuadernos y va extrayendo de ellos los pasajes relacionados con el oficio de la literatura. Uno de los mejores libros de Virginia Woolf ha llegado a existir cuando ella ya estaba muerta. Leonard Woolf, tan atento en la muerte como en la vida, lo tituló A Writer’s Diary. No conozco otro testimonio mejor sobre la felicidad y la incertidumbre de escribir. No hay confesión de un escritor en la que haya tanta verdad como en este diario de Virginia Woolf.[1]

LAS AVENTURAS AGRÍCOLAS DE UN

COCKNEY[2]

(1892)

En este número comenzaremos una historia titulada «Las aventuras agrícolas de un cockney», escrito por la señorita Adeline Virginia Stephen y el señorito Julian Thoby Stephen.

CAPÍTULO PRIMERO

Soy cockney[3] de nacimiento, al igual que mi mujer, pero cuando nos casamos decidimos comprar una pequeña granja en Buckinghamshire y cultivarla nosotros mismos. Fue un paso muy imprudente, ya que no sabíamos nada de agricultura, pero estábamos recién casados y nos sentíamos fuertes y esperanzados. El día siguiente a nuestra llegada a la granja mi mujer me envió a ordeñar la vaca. Después de media hora de duro trabajo me las había arreglado para conseguir llenar media pulgada del fondo de la jarra que había llevado conmigo para tal propósito. Volví a casa pensando que eso era todo lo que daba una vaca normalmente. Harriet se rio de mí con bastante malicia. Volví a salir y tras darle media corona a un granjero le persuadí para que ordeñase la vaca. Después tomamos el desayuno y Harriet había hervido dos huevos que estaban tan duros como ladrillos y el mío era un huevo de nido pero tuve que comérmelo porque no había nada más, aunque me arrepentí más tarde de haberlo hecho. Soporté después una bronca de Harriet durante media hora por haber carbonizado la tostada. Más tarde fui a echar un vistazo a las vacas y me di cuenta de que se me había olvidado darles comida y agua así que volví a casa y saqué la tostada quemada que ya estaba untada con mantequilla y mermelada y se la di a la vaca pero se negó a comerla. Fui al pueblo a investigar y pregunté a unos jóvenes campesinos que lo único que me dijeron fue: «No sabe lo que come su madre». Sin dignarme contestar continué hasta la estafeta de correos donde obtuve la información que necesitaba.

CAPÍTULO SEGUNDO

A la mañana siguiente me encontré a la vaca en un estado de inmovilidad absoluta y mientras estaba en la carretera de camino al veterinario tuvo un ataque y se negó a moverse. (Muchos chicos, por cierto, se rieron de mí por llevar a la vaca por la calle principal). Poco después del ataque la vaca abandonó la vida y la dejé en mitad de la carretera y fui al pueblo a pedir a un carretero que la retirase pero se me olvidó y fui citado al día siguiente por la Consejería de Sanidad y me multaron con diez chelines. Harriet me echó una bronca tremenda y al final me marché de casa molesto por su incesante parloteo. Proseguí mi camino hacia el río cuando vi un toro (o eso creía) con la cola erguida, los orificios nasales dilatados y ojos fieros viniendo directamente hacia mí. Corrí hacia delante pero me caí al río. Entonces, como despertándome de mis miedos, vi que solo era un ternero, que estaba mucho más asustado que yo, corriendo hacia el río para beber. Hui a casa y subí a mi habitación por la parte trasera y me cambié de ropa. Estuve allí hasta la hora de cenar ya que no deseaba que Harriet me viera y se riese de mí por tener miedo de una vaca.

CAPÍTULO TERCERO