La marea - Ana María Ordoñez - E-Book

La marea E-Book

Ana María Ordoñez

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Beschreibung

Con una prosa precisa, sensible y sin adornos innecesarios, Ana María Ordóñez entrega en "La marea" una novela que se instala en las grietas más íntimas de la experiencia femenina. La historia de Aura –una mujer joven que enfrenta un embarazo no planeado y decide enfrentar sola– se convierte en un retrato lúcido del cuerpo como campo de batalla, del miedo como herencia y del amor como posibilidad incierta. Lejos de idealizaciones, esta es una maternidad narrada desde la duda, el juicio propio, la historia familiar y el deseo de liberarse. "La marea" no es solo un relato sobre el embarazo o la maternidad, sino una exploración honda sobre lo que implica ser mujer en un mundo que exige certezas. Es también una novela sobre la ausencia del padre, la hermana vital, la madre dura, el silencio de los hombres y la fuerza que emerge cuando una mujer elige habitar su historia. Con esta novela, Ordóñez se consolida como una de las voces más prometedoras de la narrativa colombiana contemporánea.

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Seitenzahl: 272

Veröffentlichungsjahr: 2025

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©️2025 Ana María Ordóñez

Reservados todos los derechos

Calixta Editores S.A.S

Primera Edición Agosto 2025

Bogotá, Colombia

 

Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S 

E-mail: [email protected]

Teléfono: (571) 3476648

Web: www.calixtaeditores.com

ISBN: 978-628-7631-88-5

Director editorial: María Fernanda Medrano Prado 

Director proyectos editoriales: Luis E. Izquierdo

Director creativo: David A. Avendaño

Editor: María Fernanda Medrano

Corrección de estilo: Jimena Torres

Diseño y diagramación: David Avendaño @art.davidrolea

Impreso en Colombia – Printed in Colombia 

Primera edición: Colombia 2025

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

A Emma, Paula y Luz,

las mujeres que le han dado sentido a mi vida.

I

El gel untado en la parte baja del vientre me retuerce los nervios. El doctor pone la sonda del ultrasonido encima del líquido pegajoso esparcido en la piel de gallina y empieza a moverlo, como si buscara una huaca o un tesoro escondido en mis tripas. Tengo frío en todo el cuerpo; los consultorios son tan blancos, limpios y sin alma que ponen a cualquiera intranquilo. En mis brazos, la piel está erizada. El doctor mira la pantalla negra, el ecograma. Yo veo solo manchas monocromáticas, poco entiendo. Pero él está muy concentrado mientras analiza la imagen de mi vientre.

—Efectivamente —dice de repente.

—¿Qué cosa? —le pregunto con susto.

—El periodo no se le ha retrasado por ovarios poliquísticos, como usted piensa. Hay dos embriones, mire —Señala con sus dedos finos un punto gris en la pantalla.

—¿Esa mancha?

—Sí, señorita. Esa mancha, si usted la aprecia bien, está divida en dos.

—Yo solo veo una imagen en forma de uva pasa. ¿Cómo así dos embriones? Doctor, ¿está seguro? Mi periodo no es regular, es normal que pasen hasta cinco meses sin que me baje la regla —le digo con el corazón a punto de salir disparado de mi pecho.

—Es decir, dos bebés. Gemelos para ser más exactos. Sí, Aura. Estoy seguro, usted está embarazada.

—¿Niños o niñas?

—No lo podemos ver todavía. Aura, usted está en la semana nueve del embarazo, eso podemos revisarlo en la doce o trece: el sexo —me dice mientras observa la pantalla donde se ven las uvas pasas, luego me mira a mí y así se va repartiendo su atención.

Me quedo sin respirar varios segundos. Creo que el doctor sigue hablando con un ánimo decoroso, sonriendo sin detenerse, pero no escucho qué dice en realidad. Me sudan las manos y estoy pálida. Lo sé porque el doctor me dice:

—Aura, ¿se siente bien? Se puso blanca.

Estoy blanca. Mi cara blanca, mi mente blanca. Dos hijos. ¡Por Dios! No es una noticia fácil de digerir. No quiero tener hijos. Desde que estaba en el colegio lo había decidido. Tenía la firme convicción de que traer otro humano a este mundo sobrepoblado era una crueldad. Era como soltar a un romano en la boca de los leones, una lucha constante por sobrevivir, con el miedo de que a uno le claven unos colmillos en el cuello. El doctor Trujillo me lanza un: «felicidades, es una gran noticia».

—No hay nada que temer, yo estaré pendiente de sus bebés.

Cada cosa que dice es una punzada en el pecho y el estómago. Desearía que dejara de hablar, de escupir banalidades de amor por la vida.

—Tiene nueve semanas.

De un momento a otro, de la pantalla donde se ve el interior de mi panza, sale un sonido intenso, continuo, imparable, como una tormenta costera. Los latidos de dos corazones.

—¿No le parece maravilloso? —me pregunta.

No puedo hablar. El sonido me aturde, me hace temblar, me conmueve, me inquieta, me fascina, me revuelve los jugos gástricos, me marea, me confronta. No digo nada, pero una lágrima llega a mis labios; los humedece. Los lamo. La boca me sabe al mar y recuerdo entonces la vez que lo conocí. Tenía nueve años y estaba con mi hermana, mis primos, mis tías y mi mamá. Mi hermana y yo enterramos nuestros cuerpos en la arena del Caribe. Las cabezas quedaban visibles y sonrientes. Mirábamos el agua y el vaivén de su oleaje: tan místico, tan irreal, tan salado y espumoso. Nos mirábamos la una a la otra con el cabello mojado pegado al cráneo y a la frente. Reíamos y el mar nos observaba. Su sonido frenético acompañaba nuestras risitas pueriles. No existía nada más en el mundo que la sensación de la arena por todo el cuerpo, la humedad pegajosa, la risa de Pily, el canto del mar y el eco de un pájaro que sobrevolaba el cielo azul y caliente. Así me imagino a esas dos criaturas que se refugian ahora en mi ser y se deslumbran cálidamente como en los meses de verano. Una playa vacía para ellas dos, soleada, con la brisa perfecta, con la arena a la temperatura plácida; una playa que nunca recordarán y, sin embargo, buscarán durante todas sus vidas.

—Le puedo traer un vaso de agua si no se siente bien. Es lógico que esta noticia impacte —dice el doctor; su voz gruesa me saca de los recuerdos.

—No, doctor, tranquilo. Es que me cogió de sorpresa. No sabía ni que estaba embarazada.

—Entiendo, es normal. Le voy a dejar una orden para el próximo control y también unos exámenes. Por el momento todo en la ecografía está normal.

—Claro que sí.

—Al próximo control puede venir con el papá o con algún familiar. Aura, ánimo. Ser mamá es uno de los regalos más maravillosos de este mundo.

Le sonrío sin ánimo mientras me levanto de la camilla y limpio con papel de baño el vientre pegajoso. El doctor escribe en su computador y después de unos minutos me entrega unas hojas.

CENTRO CLÍNICO CAFAM DE LA FLORESTA

Estudio ecográfico

Fecha: 11 de mayo de 2018

Médico: Jaime Trujillo

Paciente: Aura Marcela Chávez

Edad: 27 años

Hallazgos: Embarazo gemelar de nueve semanas

Se trata de una paciente de 27 años de edad. G1.PO.AO.

Última menstruación: 10 de enero de 2018.

En el estudio se evidencia útero en anteflexión, sus contornos son regulares, su textura y ecogenicidad son normales.

Grávida, presenta saco embrionario de localización central en el fondo uterino, íntegro de forma y tamaño normal. Se evidencian dos embriones de tono normal; sus movimientos son fuertes, espontáneos, normales. La embriocardia es rítmica y normal. La biometría muestra un CRL de 18 mm, parámetro que corresponde a 9 semanas de gestación, con una variante de 4 días y fecha probable de parto para el 5 de diciembre de 2018.

La decidua es basal, se aparecía homogénea, de buen grosor, textura y ecogenicidad. El volumen del líquido amniótico en el saco es normal. Los orificios cervicales están cerrados.

Paciente dice sufrir de ovarios poliquísticos. Sin síntomas generales. Bajó de peso 2 kilos en los últimos cinco meses, como refiere paciente.

Peso 50 kg. Presión arterial 97/ 52.

Procedimiento:

Análisis para detección de ADN fetal libre Amniocentesis

Test de Coombs indirecto

Hemograma (leucocitos, plaquetas, hematocrito/hemoglobina)

SEDIMENTO DE ORINA: Glucosuria. Proteinuria. Bacteriuria, leucocituria y/o nitritos +. Hematuria

Salgo del consultorio mareada. La noticia me activó todos los síntomas del embarazo, como se enciende la luz de un cuarto oscuro, en milésimas de segundos: negro, luz. Solo que, para mí, es: luz-negro. Todo está negro en este momento. La incertidumbre me alborota la sudoración.

Voy al baño que queda enfrente del consultorio, abro la llave del agua y mojo mi cara, como para reaccionar, para afrontar lo que está pasando. Me levanto el suéter y me quedo mirando esa nueva imagen en el espejo. Todavía tengo el abdomen plano, marcado sin exageración de fisicoculturista. Cuánto ejercicio hice para aplanar el estómago y en pocos meses estaré inflada como un borracho cervecero, solo que no estaré vomitando de la jinchera sino del padecimiento que se teje por dar vida.

Una señora de la misma edad de mi madre entra al baño y se queda mirando mi barriga descubierta. Luego sube a mis ojos acuosos y me brinda una mirada afable y tranquilizadora. No esperaba un hijo, menos dos, de un solo tiro. ¿Cómo se lo explicaré a mi madre? Qué pregunta tan tonta. ¿Cómo se explica un embarazo? Ella ya lo sabía. Pero me preguntaría por el padre. ¿Quién es el padre? ¿Quién es el padre? Eso es lo que más me asusta. No saber realmente quién es. Estar a la deriva, sin un hombre, como mi madre, criando a dos niñas.

Decir madre soltera me hace temblar. ¿Qué les diré a mis hijos cuándo me pregunten por su padre? ¿Qué me dirá mi mamá cuando se lo cuente? «Puta, por acostarse con uno y otro, eso le pasa». Ya me lo ha dicho varias veces, que cogía de relajo meterme a la cama con los hombres, que me hiciera respetar, que para ella eso era sagrado y solo había estado con dos hombres: el amor de su vida y mi padre, un error; pero yo soy diferente, mi hermana es diferente. Los tiempos han cambiado. Mi madre es devota a morir, católica practicante, va a misa todos los días y cuando no puede ir presencialmente, la mira por la televisión o por alguna transmisión en vivo por internet. Reza por la mañana y por la noche. Le gustan las decoraciones de ángeles, cristos y vírgenes. A pesar de su fuerte arraigo a las creencias católicas, ha abierto un poco su mente. No sé si le guste o no, pero lo acepta porque luchar y pelear contra las acciones de sus hijas es un despropósito. Las madres suponen que las hijas nunca crecen, que todavía pueden gobernar sobre ellas. Mi madre todavía nos dice –a mí y a mi hermana– las niñas; toda la familia nos dice ‘las niñas’. Niñas ya no somos, siempre pienso. Pero nos tratan como tal en muchas ocasiones. Mis tías preguntan «¿cómo están las niñas de Margarita?». A mis tías les encanta el chisme, a mi mamá también. Como a toda persona que gusta de las habladurías, se preocupa bastante por el qué dirán. La apariencia es salvación y azote. Es seguro que mi mamá va a preocuparse por lo que diga la gente –la familia– cuando sepa que estoy embarazada y que el papá es un fantasma o ‘el espíritu santo’; eso se acomoda más a las historias del libro sagrado.

Mi imagen con los ojos brillantes me mira en el espejo, así como se ven los lagos cuando se filtran las trazas del sol en la superficie. Me veo frágil, vulnerable, delicada, muy inmadura para que mi cuerpo se adapte a la labor de darle vida a dos semillas que luego serán una planta, una planta con brazos y piernas, llanto y ganas de tomar leche de mis senos. Frente a ese espejo confirmo lo que siempre dicen mi mamá y mis tías: solo soy una niña. Nunca dejaré de serlo en el fondo. Se me viene un recuerdo de mi infancia muy particular y común en todas las niñas de seis o siete años. Mi hermana y yo jugando a la mamá con muñecas de trapo y de plástico. Pily se ponía los tacones de mamá para sentirse una mujer, envolvía a su muñeca en una cobija azul aguamarina que teníamos para arroparnos cuando veíamos películas en el sofá. Cuando la tenía envuelta, le hablaba. Imitaba el lamento de los bebés que no pueden dormir por cólico y luego me miraba y decía, muy metida en el personaje, «no he podido dormir estos días». «Ha llorado y llorado por una fiebre». Y mirando al bebé de mentiras: «Ya, ya, aquí está mamá». Luego mecía a la muñeca y entonaba una melodía sin letra, solo con el mmm, que producía su garganta con la boca cerrada. «Ummmmm, ummmummm». Yo hacía lo mismo con mi muñeca y la ponía en el cochecito que nos había regalado en la última Navidad la tía Caroline. En otras ocasiones, Pily se acomodaba en un bus imaginario que creaba en el dormitorio. El vehículo estaba lleno, por lo que se ponía de pie y en una mano llevaba a su muñeco envuelto en una cobija y con la otra mano cogía a otra muñeca que era grande y se podía poner en pie. Decía: «no hay puestos en el bus y me toca con las dos niñas así, menos mal la grandecita no se queja». Yo era el conductor y le decía: «ser mamá es un sacrificio».

Pienso, en este baño blanco y con olor a gel antibacterial, si ser mamá será lo mismo que un juego de niñas: un canto breve para dormir, un encanto de control sobre un cuerpo pequeño y endeble, una altivez por tener algo propio y tomarlo en las manos para que a nadie le quepa duda de que tiene dueño. «Mi muñeca es más linda que la tuya», se peleaban las niñas en el colegio. Con mi hermana nunca tuvimos esa discusión. Nos daban lo mismo a ambas. Las muñecas eran idénticas. Ella escogía el color rosa y yo el azul. Aunque jugaba a las muñecas, no era mi predilección, mi hermana me contagiaba el gusto por esa diversión maternal, pero cada vez que tenía la oportunidad o me aburría, tiraba la muñeca en donde cayera, no me importaba el lugar y tampoco si alguien se tropezaba y la pateaba por estar en un espacio que interrumpía y desacomodaba el orden de la casa. Así era, si algo me aburría, lo soltaba, lo abandonaba. ¿Podré hacer eso con mis dos bebés? ¿Soltarlos cuando los brazos se me entumezcan por tanto peso? ¿Dejarlos en una caja cuando mis senos estén llenos de tortura lechosa y no quieran que nadie succione? ¿Ir a un bar a tomarme una margarita y fumarme un cigarrillo para superar el estrés que producen sus lloriqueos incesantes durante toda la noche? Me hago esa clase de preguntas y concluyo que perderé mi libertad cuando lleguen a este mundo; de hecho, desde antes, ya no soy libre. Ya no viviré pensando en mí, sino pensando en ellas. Ya no seré Aura o señorita Aura, seré madre primeriza Aura, mamá Aura, mami Aura, mamá soltera, mamita, la mamá de: inserte dos nombres de niñas bonitos. Luna y Sol, Elena e Hipólita, Lizzy y Jane, Goneril y Regan, Bombón y Burbuja.

La noticia de ser mamá es como una pesadilla que se repite. Sin embargo, esta vez le hago frente, la tomo por el cuello y la amanso. No es ningún sueño horrible, es la realidad. Mi útero es la esperanza de esos dos embriones que se desarrollan ahora en mí y un día llegarán a ser humanos como yo. Una inminente y tenue luz se agudiza en mis entrañas, una sensación de vitalidad, de artista, de protectora, de pertenecer a algo, de cuidar algo, de cuidarlas a ellas o ellos, de diosa creadora.

Sin lugar a duda, esa impresión de poder, de alegría tímida, está matizada con un miedo astuto, muy astuto, el hermano mayor mandón que domina todo a su alrededor. El pánico me consume en dudas e inseguridades. Analizo los posibles pasos a seguir. Solo dos: abortar o tenerlos. Pensar en la palabra aborto me hace avergonzar de mí misma, como si fuera un pecado, como si yo fuera una exprisionera que vuelve a reincidir en el delito. No. Abortar, no. No quiero otro aborto, no porque sienta remordimiento o porque sienta que soy una hija infractora de la ley de Dios a la que se castigará. A Dios no le temo. Le temo al mundo y a los hombres y mujeres que lo consumen, que lo despedazan de a poco. No me arrepiento en absoluto de los hechos del pasado. No miro con despotismo a las mujeres que deciden interrumpir su embarazo, yo fui una de esas. Al contrario, las observo con asombro, apoyo y compasión por tener que esconderse. No es fácil sentir la mirada sofocante y sentenciosa de los que se enteran por bocas ajenas y comentan entre dientes: «esta abortó. ¿Cómo pudo? No tiene corazón, la asesina». Todos aman juzgar sin fundamento. ¿Quiénes son para opinar sobre la vida y las actuaciones de los demás sin saber bajo qué circunstancias hacen lo que hacen? La religión, las costumbres machistas y misóginas, que se impregnan no solo en los testículos, sino también en las vaginas, han considerado que una mujer no puede tomar sus propias decisiones, que su cuerpo no es completamente suyo, que tiene unos fines, el de degustar los ojos y el paladar de los hombres y traer hijos a este mundo para proseguir con la vanidosa estirpe humana. Entendí esto desde muy pequeña y lo taché, aunque muchas veces me dejé llevar por la idea de sentirme atractiva para gustarle a los chicos, para que me miraran y me dieran un poco del amor que nunca me dio mi padre.

Me digo, mirándome al espejo con el suéter todavía levantado: ya no puedo abortar. Estoy acobardada por ser mamá, sí; aun así, esta vez, mi libre albedrío me encamina a seguir con el embarazo por voluntad, porque así lo deseo, aunque experimente muchas contradicciones. En mis oídos está la melodía liviana y vigorosa de los latidos del corazón de los embriones que dejaron de ser un sonido extraño y ahora son un rugido que me dice algo, que tiene un lenguaje propio, que traduzco y comprendo: ese también es mi corazón, esa también es mi vida. Ellas son. Ellos son. Para mí son féminas. Me conmuevo frente al espejo del baño sin pensar que detrás de mí hay un mundo que entra y sale, hasta que siento la mirada y el carraspeo crepitante de una mujer rubia que entra con su hija y necesita jabón líquido. Estoy paradota al lado del único dispensador, estorbando el paso de las señoras que tienen el único propósito de limpiarse las manos. Me corro del rinconcito y me bajo el suéter para ocultar la barriga. La niña me mira el ombligo y, cuando lo oculto, sube su mirada hacia mi cara y sonríe con la dulzura e ingenuidad con la que ven el mundo los infantes. Todo para ellos es muy sorprendente o muy aterrador. En este caso, le debo parecer sorprendente porque su sonrisa es amplia y confiada, como si le estuviera sonriendo a las niñas que llevo adentro, como si supiera que yo soy dos niñas en un huevito que se está calentando. Le devuelvo la sonrisa juguetona.

—Tienes unos ojos muy bonitos, como los de tu mamá.

Miro a la rubia que tiene los ojos color mar. Salgo del baño, sintiendo que el mar es mi vientre, mi bolsa amniótica, y que el resto de mi cuerpo y mi mente son el viento. Si deseo que no se ahoguen, tendré que dirigir la marea, mecerla, calmarla, arrullarla. Las madres tienen algo que las otras mujeres no: un espíritu de confianza en que todo será mejor.

No soy yo, una mujer de la cual resalte como cualidad el positivismo, la alegría por vivir y enfrentar los problemas con la mente en calma y con una sonrisa colgando de la boca. Soy todo lo contrario: escéptica, realista, prefiero fijarme en la nube que tapa el sol y no en la estrella misma, aguafiestas, densa, desesperada, histérica, pero silenciosa, sumida en un agujero que nunca llega al fondo del abismo.

Tomo un taxi para volver a casa. El conductor tiene la radio prendida y pasan una canción que me recuerda mi niñez: procura coquetearme más y no reparo de lo que te haré. Increíblemente, estoy calmada, tarareando la canción y pasando la mano por mi vientre en un acto involuntario hasta que me fijo en la acción. Saco el resultado de la ecografía y veo las tres imágenes a blanco y negro, la mancha blanca, ahí está la vida; el primer retrato de la existencia. ¿Debería contarle a mi mamá o mejor esperar un poco? Lo pienso y solo hallo contradicciones. Por un lado, sí, porque es mi mamá, merece saberlo; me ayudaría a sobrellevar los síntomas, me acompañaría a los controles médicos y me cuidaría; además, estaría feliz, le gustan los niños. Por otro lado, no, porque no quiero aguantar sus preguntas que no sabré cómo evadir, no quiero ser tratada como una niña y, seguro, con la noticia del embarazo, volvería a ser como una pieza de porcelana para ella. A mis veintisiete años pensé en la idea de abandonar la casa. Irme, independizarme, dejar de estar tras las naguas de mi madre, aprender a vivir sola, arreglármelas para sobrevivir, tener responsabilidades, alcanzar la libertad, dejar de ser una niña. Pero aún sigo en casa bajo las reglas de mamá, todavía revisa mis bolsillos al lavar la ropa y mis cajones. Una vez encontró la caja de una prueba de embarazo y me molestó tanto sentir que no tenía privacidad. Ahora, con un embarazo de dos, sin pareja, veo lejos la posibilidad de irme de casa. ¿En quién más me podría refugiar sino en mi madre?

II

Apesar de que mi madre, mi hermana y yo somos tan diferentes, la convivencia se ha moldeado según los límites que cada una ha erigido con el paso del tiempo. Pily es rebelde, su fin en la vida es el disfrute, el placer y el amor. Es dicharachera, le gusta hacer reír a la gente, hacerla sentir cómoda. Fiestera, borracha, compradora impulsiva, coqueta, risueña y amiguera. Le gusta vestirse bien, andar a la moda, pintarse las uñas y el pelo. Familiar y tierna, disfruta comprar regalos para todo el mundo en Navidad. Es sensible hasta los huesos y llora por todo. Es como un arcoíris, para mí ella se parece a una bandada de mariposas que uno no puede dejar de mirar, es una canción que se escucha en las calles del centro histórico de Cartagena, es un coco loco, una cascada en un día soleado, un arbusto de uchuvas que huele a tierra mojada. Tiene 25 años y anda perdida por el mundo. No le gusta su trabajo, no encuentra un amor estable, todos corrosivos; es celosa y desconfiada. Se queja porque no tiene la suerte de otras, porque no tiene un hobby o un talento especial. Tampoco es que se esmere mucho en buscarlo. Pily, mi hermana, es la persona que yo más quiero en este mundo. Es mi confidente y mi mejor amiga. Además, hay una ventaja, su sangre y la mía son la misma y eso nos une más; pero lo que realmente nos empalmó de verdad fue la corta diferencia de edad. Crecimos muy juntas, compartimos la misma habitación durante muchos años, íbamos al mismo colegio, jugábamos hasta el agotamiento, hasta quedarnos dormidas, chocando cabezas. En la adolescencia nos distanciamos un poco; quizás porque Pily no tenía la confianza para contarme ciertas cosas: que empezaba su vida sexual, que le gustaba algún chico, que se iba a ir de fiesta, que había probado la marihuana. Claro que –aunque tratara de ocultarlo– yo me daba cuenta. Era imposible no ver los mensajes, las notas en los cuadernos, las llamadas que iban revelando ciertas pistas de las experiencias juveniles. No es que yo fuera metida y quisiera controlar la vida de mi hermana y entrometerme en su intimidad; pero cuando se comparte techo y habitación, quedan al descubierto muchas cosas sutiles por mera casualidad, no por curiosidad. Y es que la casualidad da paso a la curiosidad, después de pescar algo, uno quiere jalar y sacar al pez gordo: la verdad. Cuando supe muchas de esas cosas que mi hermana no se atrevía a compartir conmigo, tal vez por miedo, respeto o vergüenza, sentí que no quería ser ese tipo de hermana, de amiga, de madre, de profesora, de guía. De esas mujeres que juzgan lo que hacen las otras. ¿Acaso no eran la imagen y semejanza de mi propio ser?

Entendí que Pily tenía la necesidad y el derecho a la privacidad, a tener un secreto, a no contar cosas, a la intimidad, a lucir misteriosa en ciertos momentos, a mentir. Pily produce en mí el instinto de proteger, de guiar, de corregir, de apoyar. Creo que eso mismo sentiré cuando lleguen mis hijas. Suena extraño decir que ya tengo hijas porque todavía las siento lejanas. ‘Cuando lleguen’ suena como si hubiera ordenado un par de paquetes de pago contraentrega. Una cigüeña es quien las trae y el método de pago es que ellas me aumenten el peso, me rasguen con sus uñas y me formen estrías en la panza, en los senos, en las piernas y se lleven mi libertad. Digo niñas, porque creo firmemente que son féminas. Pily me enseñó a los catorce años cómo saber si iba a tener un niño o una niña solo con una aguja. Hicimos el experimento. Abrí la palma de la mano, Pily tenía agarrado el hilo que había pasado por el ojo de la aguja y me explicó.

—Si se mueve en círculos es niña, si se mueve en línea recta es niño, si no se mueve no vas a tener nada.

Encima de mi palma, la aguja en el aire se movió en círculos. Lo volvimos a intentar. Círculos de nuevo. Le dije que cambiáramos de mano. Intentamos con la izquierda. Más círculos.

—Vas a tener una niña.

—Ni quiero ser mamá —le respondí.

No sé en qué punto de nuestras vidas, Pily y yo rompimos ese liviano vinipel que no nos permitía unirnos del todo, pero fue que las tijeras hicieran clac y ella pudo confiar en mí y yo en ella, nos mezclamos por completo. He aprendido a interpretar sus gestos, su humor, la forma de poner su boca y sus ojos. Cuando le pasa algo, sé por dónde puede ir la cosa. Cuando está triste, sé por quién es. Cuando miente no le hago ningún tipo de pregunta, días después me cuenta la verdad.

Voy a ir a una fiesta esta noche con Pily. Ayer que volví del médico no dije nada. Mi mamá me preguntó cómo me había ido.

—¿Qué te salió en la ecografía?

—Ovarios poliquísticos —contesté.

—Eso es hereditario. Acuérdate que te dije que tu tía Claudia también tuvo cuando joven y que le daban unos cólicos de padre santo que la botaban a la cama por días.

—Sí, me acuerdo.

—¿Qué te dijo el doctor?, ¿qué te recomendó?

—Tomar pastillas para planificar o ponerme la inyección para regular el periodo.

—¿Y le dijiste al doctor que tú no puedes planificar con eso porque es mucha carga hormonal y te enfermas como la vez pasada?

—Sí, mami. Yo le dije.

—¿Entonces?

—Entonces nada, seguiré igual.

No dijo más y se quedó viendo la novela con cara de preocupación.

Hace un tiempo intenté planificar con pastillas y mi cuerpo reaccionó fatal. La carga hormonal aumentó el cortisol y eso descontroló mi sistema inmunológico.

Me pongo un vestido negro enterizo que resalta mis senos pequeños y las pecas del pecho. El cabello suelto. Lo corté hace dos semanas hasta encima de los hombros. Me pongo la chamarra y las botas de cuero. Para no verme tan sombría como un cura franciscano, pinto mis labios con un labial rojo mate que los hace ver más carnosos y seductores, luzco como Morticia Adams. A nadie le he dicho aún del embarazo, porque siento que estoy en un estanque de aceite que no me deja mover; lucho por sacudir las extremidades y, cada vez que hago el intento de ir a la orilla, el estanque me succiona, me quiere sumergir toda, ahogarme, dejarme sin palabras, sin aliento. Por eso no puedo hablar, porque estoy estancada, paralizada, mis pensamientos solo enfocan un acontecimiento: darle la noticia a mi madre. Preparo el discurso, reparo en las palabras que usaré, en el tono, en las pausas. Lo imagino. Mi perorata que se entrecorta y tropieza con su mirada. Veo la reacción de mi madre: su cara de angustia, de sorpresa, de molestia, sus preguntas, sus lágrimas conmovidas, su alegría disimulada, su preocupación inquieta y su frase: «sabes que sacaremos adelante a esos bebés, tranquila». Porque seguramente me verá lloriqueando, temblando de miedo.

—Aura, te estoy esperando. Vámonos —grita Pily desde el baño.

Me revuelvo el cabello y respiro hondo, ritual que se realiza, como darse la bendición, para sobrellevar lo que se viene.

Pily lleva un jean bota campana, tenis Nike, una blusa negra que le resalta el busto y le alarga el cuello. Se ve radiante, como de costumbre. La he visto muchas veces prenda por el alcohol y también borracha. Pily es divertida normalmente y cuando bebe se pone o más feliz de lo normal o muy triste. Siempre he dicho que las personas que se muestran muy felices por fuera deben tener, en lo recóndito de su cueva, un dolor con forma de gusano que se arrastra y busca hacerse un huequito para no salir de ahí porque tiene miedo. Las sonrisas, a veces, son la máscara de la miseria. No siempre, claro. Distinguir una sonrisa real, cristalina, sincera, llena de luz, es fácil. Hay que mirar a los ojos.

El alcohol desinhibe el alma, el lívido y, en un punto, se logra sentir en las manos, escurriéndose entre las separaciones de los dedos, la libertad. Se siente, lo juro. Es como la plastilina, produce placer palparla. Prendida o borracha, todo es más fácil, pareciese que el cerebro se despejara; y el cuerpo y la mente perdieran la cobardía habitual que suspende los impulsos y el actuar sin pretensiones. El alcohol libera por un momento a las féminas, a los hombres también, pero soy mujer hablando de la experiencia femenina. Se danza con movimientos descontrolados, movimientos que emergen de un oasis interno que necesitan ser remolinos. Se habla sin pensar en las formas y las maneras, la lengua se acomoda, como los turistas que toman el sol en la playa, y se explaya en ideas, en groserías, en sentimentalismos, en verdades incómodas y confrontantes, en rabietas de infante, en confesiones y deseos sexuales, en risas que despiertan a los ángeles y a los pájaros y disgustan a ciertos varones y mojigatas. Se abren los ojos ante la belleza escondida, por eso se besan tantas bocas y se tocan con osadía otros cuerpos, otras curvas y otras espumas. Se rasga el corazón y por eso es más sencillo decirle a los que uno ama, que los ama y se llora por los que ya no están y han dejado un vacío entre teta y teta. Yo, prenda, hago todo eso: bailo, río, beso, cojo, maldigo, amo, lloro y duermo, en el mejor de los casos.

Estar borracha es otra cosa, la mente se disuelve en una niebla oscura que aprisiona el alma y la deja a la merced de un lobo atrevido. A la mañana siguiente no se recuerda nada, lo que pasó, lo que se hizo fue controlado por alguien ajeno a uno, un titiritero, un ventrílocuo que puso palabras nunca codificadas por la propia mente. Estar borracha es quedar al mísero estado de ser un costal de papas o mazorcas, que pesan menos, y dejarse manejar por quien lo carga. Además, no tener consciencia de la propia existencia es una condición vulnerable, perjudicial si se encuentra uno en un lugar que se preste para bajezas y actos inescrupulosos. Es decir, una manada de hombres que no piensan, que no ven más allá de la carne, que solo buscan saciar sus deseos más primitivos y sucumben a quebrantar sus garras en los cuerpos delicados e inermes de las mujeres que ya no tienen discernimiento alguno de lo que ocurre en el planeta, del oxígeno que respiran, del brutal lobo que las acecha para violarlas.

¿Cómo le explicaré eso a mi progenie si nace con sexo femenino? ¿Viviré con el miedo de que alguno de esos perversos abusadores se cruce en sus caminos y las maltrate? ¿Les diré, como me dijo mamá cuando empezaba mi adolescencia, que tienen que velar la una por la otra y nunca dejarse desprotegidas para evitar que hombres extraños las acosen y las rapten? Porque ser mujer es eso: luchar toda la vida para poder caminar sin recibir agravios. ¿De quiénes?, de los hombres. Ya lo dijo Virginia Woolf: «Cuántas mujeres olvidadas, porque ni siquiera ellas mismas pudieron, pueden o podrán decir “esta boca es mía”, “este cuerpo es mío”, “esto es lo que yo pienso”».

Mis hijas tendrán que tomar clases de defensa personal. Les enseñaré a golpear a un hombre si ponen una mano donde nadie los ha autorizado. A decir groserías e insultar a quien se esté sobrepasando con ellas. También a gritar ‘NO’ sin miedo, a decir «esto es lo que yo pienso y punto», a modular la voz temblorosa a la hora de opinar, a decir la verdad, a no traicionar el propio instinto ni la esencia agreste.