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"La melancolía es una enfermedad de la imaginación." La melancolía no es una dolencia que se disipe con fórmulas, sino un espejo opaco en el que la Modernidad observa sus fisuras. Este velo, lejos de ser un simple padecimiento emocional, ha moldeado el pensamiento, el arte y la identidad de Occidente; ha sido a la vez fuente de dolor, enfermedad y creación cautivadora. Roger Bartra recorre un cauce de imágenes que arrastran siglos de cultura. En sus márgenes aparecen Goya, Durero, Kierkegaard y Tocqueville; figuras que revelan un malestar persistente, una inquietud que atraviesa las estructuras del presente y se ha incrustado en el arte, la filosofía, la política y la vida cotidiana, como un sedimento que no deja de filtrarse. En esta nueva edición ampliada, que incluye el capítulo de "Antimelancolía", el autor enlaza la herencia del Romanticismo, la crítica existencial y las intuiciones modernas de Byung-Chul Han, Hans Ulrich Gumbrecht y David Runciman para desentrañar los afectos oscuros que circulan en la cultura contemporánea. Desde el spleen decimonónico hasta la sociedad del rendimiento, pasando por la iconografía religiosa y la política desencantada, este libro ofrece una reflexión tan rigurosa como deslumbrante sobre el lugar de la melancolía en nuestra época. En una sociedad hiperconectada pero solitaria, Bartra teje un análisis donde la tristeza no es solo un padecimiento, sino una lente privilegiada para entendernos en el presente y, quizá, reimaginarnos también hacia el futuro.
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Seitenzahl: 110
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Albrecht Dürer, El varón doliente,
grabado en madera, 1511.
filosofía
Bartra, Roger
La melancolía moderna / Roger Bartra. – México : Siglo XXI Editores, 2025
100 p. ; 14 x 21 cm. – (Colec. Filosofía)
ISBN: 978-607-03-1513-8
1. Melancolía 2. Melancolía (Filosofía) 3. Depresión mental I. Ser. II. t.
LC BF575.M44 B36m
Dewey 152.4 B133m
reservados todos los derechos. queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, distribuirla o transmitirla en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación u otros, sin la autorización previa y por escrito del autor o titular de los derechos. cualquier uso no autorizado constituye una infracción a las leyes de derechos de autor.
© 2025, siglo xxi editores, s. a. de c. v.
1ª edición en fondo de cultura económica, 2017
1ª edición en siglo veintiuno, 2025
© the trustees of the british museum, por la fotografía con pie
“iv. durero, el varón doliente, grabado en madera, british museum, 1511”.
© everett collection / bridgeman images, por la fotografía con pie “v. adalbert volck, lincoln writing the emancipation proclamation, national portrait gallery, washington, 1864”.
© paul delvaux foundation, sint-idesbald, bélgica, por la fotografía con pie “ix. paul delvaux, l’éloge de la mélancolie, óleo sobre panel, colección privada, 1948”.
© hirshhorn museum and sculpture garden, washington, d. c., por la fotografía con pie “xiii. ron mueck, sin título (big man), hirshhorn museum and sculpture garden, washington, 2000”.
diseño de cubierta: donovan garcía
ilustración de portada: artemisia gentileschi
isbn: 978-607-03-1513-8
isbn-e: 978-607-03-1514-5
Índice
Viaje por un río negro
Los objetos perdidos
El cerebro negro
Melancolía existencial
Tristeza democrática
Las depresiones de Lincoln
El cuervo y la muerte
Pragmatismo pesimista
La pérdida del objeto amado
Soledades urbanas
Elogio de la melancolía
La piedra en el pozo
El perro negro
Oscuridad absurda
Antimelancolía
Bibliografía
Créditos de las imágenes
Viaje por un río negro
Al terminar mi recorrido por las melancolías alemanas, publicado en El duelo de los ángeles (2004), se abrió ante mí un canal que comunicaba con otros territorios culturales. No resistí la tentación de continuar el viaje, aunque en forma entrecortada, por ese antiguo río negro que se interna en los territorios de la modernidad. El resultado fue un conjunto de fragmentos que exploran ficciones e imaginaciones que emanan de la sociedad moderna cuando es inundada por humores sombríos y tristes. El periplo pasa, un poco al azar, por diversos puertos fluviales donde artistas, escritores y pensadores me acogen con sus ideas y sus imágenes. El viaje aprovecha la corriente río abajo como guía para reflexionar sobre la manera en que la modernidad recibe y absorbe a la vieja melancolía, un malestar antiguo que no cesa de fluir. El caudal de este río oscuro a veces se ensancha y escurre con tranquilidad; pero en ocasiones el cauce se estrecha y las aguas se precipitan a borbotones y con violencia. Ocurre a veces que la corriente llega a depresiones donde el agua se estanca. Es el río del humor negro, de la melancolía hipocrática, del spleen y de la acedia. Sus aguas impregnan la sociedad moderna de flujos intrigantes. Es un misterio la presencia generalizada de tristezas, tedios, melancolías y locuras, todas ellas expresiones que contradicen las fuerzas dominantes de la modernidad, que tienden a establecer la hegemonía de la eficiencia, la claridad y la racionalidad. Por supuesto, las tendencias irracionales son muchas veces una expresión del sufrimiento que provoca la llegada de lo nuevo y la pérdida de lo viejo. Anuncian un mundo plagado por la incomunicación. Pero hay algo más. Las melancolías y tristezas son también expresiones del dolor que provoca vivir en un mundo fracturado e incoherente. La melancolía envuelve con su aura negra los fragmentos, los ilumina a todos con una luz saturnina y, con ello, les da una apariencia de unidad. Son flujos que humedecen los rincones de la modernidad e impregnan a la sociedad de aromas extraños. La corriente del río nos trae, después de atravesar por tiempos pasados, a nuestra situación actual, a comienzos del siglo xxi.
Son una señal de que el mundo está entrando en una nueva época, dominada por un extraño capitalismo tardío cuyos signos apenas estamos comenzando a descifrar. A los filósofos con frecuencia les gusta reflexionar sobre la circunstancia que los envuelve. Quieren definir los parámetros de la época en que viven y para ello se apoyan en los estudios de aquellos sociólogos que también están interesados en explicar la mecánica oculta que mueve al mundo. Así, la sociedad actual ha sido definida como posmoderna o líquida. Muchos quieren entender el funcionamiento de la cultura actual y buscan darle un sentido al presente. ¿Qué significa vivir a comienzos del siglo xxi? ¿Dónde estamos? ¿Cómo se entiende nuestra época?
Para contestar estas preguntas podemos tratar de comprender los procesos y las estructuras que le dan coherencia o legitimidad al poder y a la cultura política de nuestra época. Es lo que intenté hace años, en 1981, cuando publiqué la primera versión de Las redes imaginarias del poder político, donde desarrollé la idea de que la legitimidad del sistema de dominación no provenía principalmente del engaño y la imposición, sino más bien de un conjunto de mediaciones generadas por mecanismos inmunológicos, de manera similar a la forma en que una vacuna (enemigo falso o debilitado) crea anticuerpos. Así, la inmunización fomenta guerras limitadas o batallas imaginarias con enemigos artificiales. Hace poco, en un libro muy estimulante, el filósofo Byung-Chul Han afirmó que “el siglo pasado fue una época inmunológica mediada por una clara división entre el adentro y el afuera, el amigo y el enemigo o entre lo propio y lo extraño” (Han, 2012, p. 12). Este filósofo coreano-alemán, que ha escrito varios ensayos dedicados a entender nuestra época, sostiene que el comienzo del siglo xxi no es viral ni bacterial, sino neuronal, y que hoy nos aquejan malestares como la depresión, el desgaste ocupacional o el déficit de atención. Vivimos, dice Han, una época de violencia neuronal en la que ya no nos afecta el otro inmunológico, pues ya han desaparecido la extrañeza y la otredad. Estamos inmersos en la sociedad del rendimiento, donde domina la autoexplotación. Ya no nos enfrentamos a la trascendencia del otro, de la que hablaba Emmanuel Levinas, sino a la inmanencia de lo igual, en la que domina la transparencia pornográfica y desaparece la opacidad que oculta a lo extraño. La sociedad venidera, cree Han, podría definirse como una sociedad del cansancio, entregada a la hipervisibilidad.
Los planteamientos de Han señalan, con agudeza el surgimiento de un nuevo espacio y critican acerbamente la cultura propia de la globalización capitalista. A veces su crítica suena como una especie de añoranza filosófica por los tiempos antiguos que son sepultados por la sociedad del cansancio. Hay un aspecto de su análisis que me parece desacertado: su idea de la desaparición de la otredad lo lleva a decir que los inmigrantes no son hoy en día “ningún otro inmunológico, ningún extraño en sentido empático, del que se derive un peligro real, o a quien se tenga miedo. Los inmigrantes o refugiados se consideran como una carga antes que como una amenaza” (Han, 2012, p. 16). Los mortíferos actos terroristas en París en 2015 nos revelaron cómo la otredad que crece en el interior de las sociedades actuales sigue siendo una amenaza real que, magnificada por la imaginería política, sigue produciendo efectos legitimadores y cohesionadores.
Creo que estamos ante una sociedad fragmentada en la que conviven las violencias virales con las neuronales: la sociedad todavía busca efectos inmunológicos y teje redes imaginarias de poder político, pero al mismo tiempo ya se han extendido los síntomas señalados por Han característicos de un sistema basado en la autoexplotación, en el retroceso de los mecanismos políticos de representación y la expansión de la masa social como enjambre digital. No creo que podamos llegar a una condición totalmente basada en la autoexplotación sin mediación alguna. Un mundo constituido como lo describe Han llegaría muy pronto al colapso. Pero sin duda una parte del mundo actual está afectada por una grave descomposición de la política, se encuentra ahogada en la hiperinformación y en el aburrimiento profundo. Si al panorama de la sociedad de la transparencia y del cansancio dibujado por Han agregamos la situación de grandes porciones del mundo como China, Rusia y América Latina o África, veremos un paisaje muy fragmentado y roto en pedazos incoherentes. Es imposible reunir los trozos en una sola explicación.
Las reflexiones de Han, que hunden sus raíces en Heidegger y Nietzsche, son una crítica al pensamiento contemporáneo y a pensadores como Agamben, Arendt, Baudrillard, Foucault o Deleuze. Sus ideas son, al mismo tiempo, un síntoma y una explicación de los males que aquejan a las sociedades actuales más ricas. Son la queja filosófica de quienes viven en la precariedad del capitalismo tardío y el intento por descifrar las señales de una nueva época.
Los nuevos tiempos han traído también desesperación y tristeza por el mal funcionamiento de la democracia. Ello ha ocasionado que surjan y se fortalezcan alternativas populistas de derecha y de izquierda. También estimula el marginamiento de muchos, que rechazan en bloque la política por considerarla esencialmente corrupta o maligna. La democracia parece estar siempre acosada por la crisis. Es despreciada por ser incapaz de solucionar los grandes problemas que nos aquejan, por carecer en sí misma de propósitos a largo plazo, por estar sujeta a los vaivenes de una opinión pública inestable, por cobijar escándalos y por ser incapaz de escapar de los efectos perversos que generan políticos volubles con escasos méritos. Así, ciertamente, podemos observar que las sociedades democráticas parecen estar sometidas a una crónica inestabilidad, dominadas por la confusión. Predominan el inmediatismo y las acciones precipitadas, y se vive una constante alternancia entre momentos críticos y parálisis, entre la excitación y la inercia. Los medios masivos de comunicación e información, arropados por la libertad de expresión, contribuyen a desorientar o a manipular a la ciudadanía.
Ante esta condición, al parecer inherente a los sistemas democráticos, los regímenes dictatoriales les parecen a muchos una solución adecuada. Una autocracia parece más eficiente, ya que puede mantener en forma estable a tecnocracias y burocracias entrenadas para dirigir las finanzas y la economía por buen camino. Además, son capaces de controlar los medios de comunicación. El hecho de que los experimentos comunistas hayan fracasado no parece desanimar a quienes apoyan las soluciones china y rusa o aprecian los autoritarismos populistas al estilo venezolano, que supuestamente se encaminan hacia una “verdadera democracia”.
La confusión que parece extenderse en las sociedades democráticas es estudiada por David Runciman, profesor de ciencia política en la Universidad de Cambridge, en un libro dedicado a analizar el comportamiento errático y crítico de las democracias en los países desarrollados durante el siglo xx y lo que llevamos del xxi (Runciman, 2013). Runciman reconoce todos los defectos del sistema democrático. Analiza siete momentos críticos en la historia de las democracias occidentales: hace una disección de los errores y desconciertos que caracterizaron la época en que Alemania es derrotada en la Gran Guerra (1918), la crisis económica y el auge del fascismo (1933), la terrible posguerra (1947), la amenaza de los misiles soviéticos en Cuba (1962), la desilusión masiva (1974), la caída del mundo bipolar (1989) y los desastres económicos (2008). ¿Cómo logra escapar la democracia de las crisis que permanentemente la acosan? La respuesta de Runciman es sencilla: la democracia en realidad no escapa de las crisis. Pero no se trata de una tragedia en la que el modo de vida democrático esté condenado a enfrentar dilemas irresolubles con la certeza de que no habrá un final feliz. Incluso observa que la situación tiene visos cómicos. En realidad, dice, estamos en una trampa; no estamos condenados, estamos encerrados: “La gente debe creer en la democracia para que esta funcione. Cuanto mejor funcione, más se cree en ella. Pero cuanto más se cree en ella, es menos probable que la gente se dé cuenta cuando algo está mal” (Runciman, 2013, p. 324).1
Para escapar de esta jaula se ha dicho que es necesario dar un contenido ideológico a la democracia. Desde luego, es al ideario liberal al que más se le suele asociar. Pero hay que advertir que los valores liberales y los derechos que los protegen, que se relacionan con la economía capitalista, no son inherentes al sistema democrático. Tampoco lo que hoy llamamos neoliberalismo es un ingrediente indispensable de un régimen democrático. Las ideas socialdemócratas que se expandieron después de la Segunda Guerra Mundial tampoco forman parte indisoluble de la democracia. Y mucho menos los regímenes despóticos poscomunistas, sean en su versión cleptocrática (Rusia) o como capitalismo de Estado (China), logran convertirse en encarnaciones válidas de una democracia ideologizada de nuevo tipo.
Los contenidos ideológicos de los sistemas democráticos corresponden a los idearios de los partidos políticos. La democracia deja de operar cuando uno de ellos se establece como única opción. Runciman observa que parece haber un umbral más allá del cual las democracias ya no recaen a una condición autocrática. Pero es solo una constatación empírica: ningún país con un pib per cápita de más de 7 000 dólares ha sufrido una reversión (México atravesó este umbral apenas en 2004). Hay que agregar otro hecho: las democracias no se hacen la guerra entre ellas, pero parecen requerir de rivales o de amenazas para legitimarse.
Acaso la democracia está encerrada, como cree Runciman, pero la puerta de la jaula se halla abierta: es la esperanza de poder escapar, aunque también está el peligro de que entren nuevas amenazas... La jaula se puede inundar de humores negros.
1 La traducción al español es mía.
