4,99 €
¿Has sentido alguna vez que nunca haces suficiente para lograr el equilibrio que buscas? ¿Has llegado a pensar que las premisas de las que partes, quizás son erróneas? ¿Sientes que debe haber otro camino para mejorar? La mirada intierna nos presenta un nuevo concepto del autocuidado. De forma sencilla y cercana, expone procesos biológicos relacionados con la salud para acabar proponiendo una visión íntima de cómo tratarse, una herramienta que permite bajar el nivel de sufrimiento y ansiedad. A través del texto, nos propone dudas sobre la validez del modo en el que usamos las herramientas de salud que todos conocemos e incluso nos plantea si el objetivo de vida que buscamos es acertado o es, tan solo, otra trampa que nos acerca a la infelicidad. Una amplia comprensión de la salud y una manera directa de presentarla, vuelven a este libro de lectura obligada para el que busca entender más allá de las dietas, el ejercicio o las terapias que prometen resultados milagrosos.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 390
Veröffentlichungsjahr: 2024
LA MIRADA INTIERNA. Conectando cuerpo, mente y emociones
F. Javier Valera
© LA MIRADA INTIERNA. Conectando cuerpo, mente y emociones
© F. Javier Valera
ISBN:
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Ilustración de portada: Tregolam Literatura S.L.
Diseño de portada: Tregolam Literatura S.L.
1ª edición: 2023
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
A Marijo por abrir la caja de Pandora.
A Ainhoa, mi compañera, cómplice y confesora,
madre de mis dos hijos, sin la cual mi desarrollo
habría sido absolutamente diferente.
A mis hijos, June y Asier, que me han permitido
reaprender tantas cosas olvidadas.
A todas esas personas con grandes títulos y currículums. Científicos, filósofos, pensadores,
divulgadores… que nos permiten ampliar conocimientos.
También a aquellos estudiosos, investigadores y otras personas con grandes acreditaciones, a los que su propio conocimiento, quizás, no les permite ver más allá del papel.
Pero, sobre todo, dedicado a todo aquel que, sin títulos, ni honores de ningún tipo, lleva toda su vida buscando un sentido a su dolor, a sus emociones o simplemente… a la vida.
PRESENTACIÓN
A todo hombre le es concedido conocerse
a sí mismo y meditar sabiamente.
Heráclito de Éfeso
Después de muchos años de disconfort emocional, de búsqueda de entendimiento y de dar muchos tumbos en la vida, ahora tengo claro que mi proyecto y objetivo de vida es ayudar, y, más específicamente, intentar poner mi granito de arena para que otras personas no pasen un sufrimiento físico-emocional como lo he podido pasar yo.
No he dudado, ni por un momento, que merece la pena escribir este libro si con ello consigo ayudar a una sola persona a abrir los ojos y vivir mejor, con menos sufrimiento. Siento que, si puedo ayudar a alguien desde aquí, es algo que debo hacer.
Así nace la idea de plasmar está visión, superando los miedos a no conseguir trazar claramente la idea global que presento o a dar lugar a ideas confusas, distintas, o incluso contrarias, a lo que realmente pretendo describir. Venciendo los temores a las críticas por parte de expertos, en cuanto a lo poca rigurosidad a nivel científico, a no dar la talla, o a meterme donde no me llaman.
Quizás, como terapia misma, decido escribir superando así algunos de dichos miedos, algunos de los protocolos de indecisión, de duda, de juzgarme o de sentirme juzgado por los demás, protocolos que construí durante mi desarrollo.
Por otro lado, escribir me consiente un pequeño punto de rebeldía hacia todos esos clásicos cánones que se repiten en esta sociedad, en los que se penaliza la expresión de sentimientos o incluso se adoctrina para no permitirse sentir la emoción, y en la que se nos «adiestra» para ser dóciles y productivos. Esa sociedad que niega lo que la ciencia no describe (porque aún no puede o no le interesa) y donde todo está absolutamente disociado. Una escisión entre cuerpo, mente y emociones.
De hecho, cuando se trata de la salud del propio cuerpo (si pudiéramos hablar solo de él como si fuera un ente a parte de la mente, de las emociones, de su pasado…) se divide, de nuevo, para poder explicar, entender y tratar. Se disocia cuando el especialista en intestino o el endocrino no tienen nada que ver con el traumatólogo, el ginecólogo o el alergólogo y, mucho menos, con el psicólogo (¿¡qué tendría que ver el psicólogo con la salud física!?).
Soy consciente de lo sesgado de mi visión y de que puede dar lugar a una imagen poco clara o, por lo menos, parcial de la globalidad del ser (valga la paradoja).
También entiendo que presento la parte energética o vital del individuo relacionada, por supuesto, con su propio cuerpo y, a su vez, muestro a ese mismo cuerpo entrelazado con factores puramente fisiológicos que están expuestos, de nuevo, a emociones y sentimientos dependientes de nuestra propia historia de vida, de nuestra cultura, de nuestros aprendizajes… Y es que, todo ello puede ser un concepto nuevo para algún lector y, por supuesto, algo difícil de aceptar con los años de férrea disciplina en esta sociedad, pero no hay que olvidar que nuestra «sesgada» ciencia ya está llegando a conocer estas conexiones.
Realmente, el razonamiento que presento, esta versión instintiva de la propia naturaleza humana no excluye a otras partes, otras teorías y otras visiones que podrían complementar el total del individuo.
Cierto es que presento una visión parcial de la persona centrándome, quizás un poco más, en aquellas con caracteres determinados por una vivencia más o menos fantasiosa de su propia vida. Una vida que les cuesta ver, si no es a través de su propio filtro personal y distorsionado.
Me centro en esos individuos que mantienen una vida caracterizada por el dolor y/o la ansiedad y que, muy a menudo, sufren aún más por no entender el origen de dicho dolor.
Me baso en la premisa de que todos buscamos un estado de equilibrio similar al descrito en la literatura científica bajo el término homeostasis, pero con uno diferencia: asumo que el ser global que somos cada uno de nosotros, reconoce dicho estado.
Es recalcable que, incluso en los libros de psiquiatría y psicología más globales u holísticos, se describe, claramente, la necesidad de un equilibrio, ya que la propia naturaleza busca esa autorregulación, ajustarse con el medio en el que vive. Eso que tanto oímos del «equilibrio homeostático».
Esta búsqueda del equilibrio por el organismo está más que descrita en la fisiología y, poco a poco, como decía, la psicología y la psiquiatría lo han absorbido. Pero, para estos últimos, podría resultar difícil enlazar con el entendimiento más parametrizable, el conocimiento, llamémosle, más científico o de laboratorio, que se expresa con datos tangibles.
Un ejemplo podría ser el caso del estrés, descrito desde la fisiología con gran precisión a nivel de ejes neuroendocrinos, de moléculas y con gran cantidad de datos, cada vez más estructurados, de todo el movimiento que se da en el organismo para evitar un daño, protegerse y volver al equilibrio. Información que podría parecer superflua en la psicología, donde podría primar encontrar dicho equilibrio centrándose en la vivencia personal del estrés, sin necesidad de conocer tantos datos.
Por tanto, aunque en ambas ramas se parte de la idea de la búsqueda de homeostasis por parte del ser, de buscar un equilibrio, una autorregulación, sigue existiendo esa fisura entre lo que podemos medir en el cuerpo y la parte de la mente, el carácter, las emociones, quizás, incluso, del alma… Brecha que va decreciendo, poco a poco, gracias a los descubrimientos de la neurociencia.
Quizás aventurándome a navegar justo en esa fisura, te planteo una propuesta personal, una manera de interpretar la estrecha relación cuerpo-mente desde mi visión, a la que he llegado tras mis años de búsqueda y formación, y te propongo una única herramienta. A mis ojos, el arma definitiva para poder penetrar en lo más profundo del ser y promover la acción lógica y necesaria del individuo hacia su equilibrio global y, por tanto, hacia su estado de relajación.
Las similitudes entre la mirada intierna y el «darse cuenta» de la Gestalt son más que evidentes, porque, al igual que me baso en fundamentos básicos de la fisiología, lo mismo hago en cuanto a los grandes visionarios de la unión entre cuerpo, mente y emociones (sigo usando términos disociativos) como son Fritz Perls, Wilhelm Reich, Ken Wilber o Alexander Lowen.
Por tanto, a veces necesitaré presentar datos fisiológicos de cómo funciona nuestro cuerpo para, luego, saltar al vacío de lo intangible, sin grandes explicaciones, como algo que surge desde muy adentro. Aquello que tan solo puede sentirse desde la vivencia en primera persona.
Algo mucho más discutible que lo puramente físico y, a la vez, algo incontestable, irrebatible por surgir de la propia experiencia subjetiva, pero individual, particular y, por tanto, innegable.
Llego a ello a través de mi experiencia y la observación de otros que, al igual que yo, han avanzado apoyados por profesionales de la psicología, pero, en ningún caso, pretendo inmiscuirme en el trabajo de dichos profesionales y, por tanto, solo me apoyo en la única herramienta que creo absolutamente fundamental para una mejora a largo plazo en la vida, la mirada intierna. Una herramienta básica, ocultada, malograda, violentada en esta sociedad en la que prima la producción, el éxito en todos los ámbitos, la «normalidad» y, en definitiva, un sinfín de programas y protocolos ajenos al conocimiento y la libertad de la propia identidad de cada individuo.
Entiendo que el modo de actuar en la salud y la responsabilidad que debemos tener personalmente ante ella, y que iré esbozando, es una elección propia de cada uno y no concuerda con las conductas que, generalmente, se describen o prescriben.
Considero que esto es debido a que no hemos sido «enseñados» a escuchar nuestras propias necesidades y a entender que nuestra salud depende de nuestras propias decisiones, aunque, por otro lado, no creo que esto sea una excusa válida para dejarla en manos de otros, mientras miramos a otro lado, como si no fuera con nosotros.
El objetivo de la recopilación de ideas que han acabado formando este libro no es otro que intentar hacer llegar a un público normal, de «a pie», sin grandes conocimientos de fisiología o de psicología, un concepto de unión entre cuerpo, mente y emociones, a través de una mirada activa hacia el interior de uno mismo.
Es una propuesta personal, una manera de interpretar la estrecha relación cuerpo-mente desde mi propia visión.
Es por esto por lo que podría resultar útil para las personas que están agotadas, cansadas de no encontrar soluciones, de no saber por dónde tirar, faltas de energía ante la vida. Práctico para el que ya ve, ya percibe o intuye que no hay separación entre su cuerpo, su mente y sus emociones. Que todo es uno y que no todo es medible, demostrable, parametrizable, aunque, no por ello deje de ser real o quizás, por eso mismo, pueda ser una gran verdad.
Propongo una idea: ver qué necesita uno mismo. Valorar qué es lo que impacta, en este momento, en tu bienestar. Conocerte, valorarte y actuar en consecuencia.
Lo que no se puede medir, lo etéreo, lo que realmente moviliza (o paraliza) todo tu ser, debe ser involucrado en tu concepto de conocimiento propio, personal.
En mi opinión, encontrar tu mejor estado depende de tu mundo interior, de cómo interpretas el mundo (tu realidad) y de si estás haciendo lo que realmente necesitas ahí dentro... y fuera, en tus hábitos de salud física.
Por cierto, lo que realmente necesitas, solo lo sabes tú. Y la llave para encontrar ese «conocimiento» solo la tienes tú. Y esto no es una frase vacía, una expresión para colgar en las redes. Tú tienes tus problemas y tú tienes tus soluciones.
Este es el punto. Planteo dos herramientas que, a primera vista, pueden parecer paradójicas:
La primera es el conocimiento, informarte de lo que vas a hacer.
Debemos revelarnos ante la idea de la sobreinformación, muchos datos, muchos tips, muchas dietas, muchos ejercicios, frases motivadoras, fotos de cuerpos fuertes, cuerpos delgados (quizás en exceso), sonrisas y gente «triunfadora». También debemos hacerlo ante todas esas herramientas que nos venden como, por ejemplo, la mejor dieta, la buena, la definitiva..., «después de años de estudios se ha visto que la mejor dieta para todo el mundo es esta… (la que te presentan en los anuncios, en redes... ). Sí, ¡para ti también es la mejor!»
Con el ejercicio físico, pasa lo mismo.
Realmente, pasa en todos los ámbitos de nuestras vidas. Desde la lejanía, la distancia e impersonalidad, todo lo planteado en las redes sociales es fácil y superefectivo. Es un mundo impasible e insensible... todo es perfecto en la red. El dolor no existe y la persona es perfecta (o no presenta sus «imperfecciones»).
Es un conocimiento parcelado, sesgado, erróneo e incluso falso.
Tú tienes tus propios problemas, tu propia idiosincrasia, tus horarios…
La herramienta fundamental es informarse profundamente o, por lo menos, sobre fuentes fiables (si vas a implantar en tu vida algún hábito, te aconsejo que acudas a fuentes profesionales que te expliquen lo que necesitas saber, para que se adapte a tu realidad y no esté basado en un «esto vale para todos»).
Siguiendo este hilo, dedico gran parte del libro para intentar explicar el aspecto más puramente fisiológico o, lo que podríamos llamar, «del cuerpo», con la intención de acercarte al empoderamiento necesario para entender algunos procesos vitales.
Mi propósito es intentar exponer dónde puede estar generándose gran parte del agotamiento físico, mental o emocional que nos mantiene dentro del cansancio, el dolor y la impotencia que no nos permiten tomar decisiones acertadas. Y digo que tomamos decisiones no acertadas porque, normalmente, se tiende a seguir consejos y prescripciones que, quizás, no están adaptadas a tu momento actual. Ese momento solo lo conoces tú.
Ojalá, a través de estas líneas, pueda ayudarte a sentir en qué momento estás.
El destino de tantos y tantos párrafos, en esa primera mitad, es exponer las posibles causas de algunos desequilibrios que pueden mantenernos en un estado de sufrimiento.
Mi búsqueda de tu empoderamiento tiene un destino y es que puedas llegar a entender lo necesario para distinguir que, todo ello, es conocimiento puramente racional, consciente. Y que, a pesar de ser absolutamente necesario, no es lo único.
Te explico las conexiones que, a mi parecer, pueden ser importantes para adentrarnos en la parte final, la que es destino de tanta palabrería y justificación: la segunda herramienta, que resumo en «deshacerte del conocimiento». ¿Paradójico?
Se trata de volver a sentir, permitirte ver qué hay ahí dentro.
Advertir si necesitas hacer cambios a ese nivel (a nivel interno, en tu vivencia de la vida), valorando si también hay algo que modificar en el otro nivel (el puramente físico: ejercicio, alimentación, hábitos de sueño…), pero es muy importante estimar si realmente estás preparado para ello.
¿De dónde partir?, ¿del trabajo puramente emocional?, ¿del fisiológico?, ¿o un poco de cada? El no-conocimiento, el sentirte, te permitirá valorarlo y, además, podrá ayudarte a entender si estás preparado para hacer todo lo que el conocimiento dicta (empezar a hacer ejercicio físico o cambios alimentarios, por ejemplo), o si debes ir a otro ritmo.
Soy consciente de la dualidad que acabo de plasmar. He descrito, por un lado, el estado físico y, por otro, el estado «interior». Es tal la costumbre de hacerlo en esta sociedad posplatónica que yo mismo pienso en estos términos, pero espero poder dar un enfoque diferente a lo largo del libro, que permita, al menos, intuir que no existe tal dualidad, que son una misma cosa.
También me percato de los muchos nexos importantes dentro de la alimentación o el ejercicio físico que podrían resultar interesantes para comprender esta idea de globalidad cuerpo-mente-emociones, pero insisto en que solo se trata de plasmar cómo determinados estados fisiológicos dependen del estado anímico y, al revés, cómo estados anímicos impactan en el fisiológico.
Lo mismo sucede con esa parte «interior». Entender tan solo un poco de ella, obligaría a conocer muchas dimensiones del individuo que quedan fuera del alcance de este libro. Aspectos del carácter o de la personalidad, la biografía, la vida familiar, el ámbito transgeneracional… Importantes partes del ser para captar la globalidad del individuo, pero que, como insistiré, no están dentro mi ámbito y quedan lejos del propósito de este libro.
Por supuesto que todo el trabajo interior debe pasar por manos de un profesional que te guíe. Aquí solo presento una herramienta de apertura. La idea es sencilla: se trata de intencionalidad. Pretender verte, mirarte internamente, pero de forma deliberada. Ver si es tu momento para tomar decisiones respecto a hábitos internos o externos.
Es una idea básica, pero potente, que pretende vincular todas estas facetas comentadas con la parte, llamémosla, terrenal, que sería el cuerpo físico.
Para ello hay que tener conocimiento en ambos lados. Es decir, conocimiento de quién eres físicamente, qué haces, cómo te alimentas, qué ejercicio sueles hacer y cómo te afecta. Tienes que valorar tú mismo qué te va bien o qué no te va bien.
Por otro lado, debes tener conocimiento de tu parte interna. O, mejor dicho, sentir quién eres, cómo respondes al ambiente, cómo vives tus emociones, valorar si siempre acuden a ti unos sentimientos determinadas y no otros y, sobre todo, y por encima de todo, cómo te afecta todo ello en este momento.
Más allá de la pura supervivencia personal, presento una idea desarrollada a través de algunos de los factores fisiológicos que pueden ser más importantes en la convivencia con tu propio mundo interno.
A pesar de que las relaciones fisiológicas con las emociones, y viceversa, pueden ser realmente complicadas, muestro una visión sencilla de algunos de los factores más valiosos en dicha relación.
Siendo precisos, la conexión cuerpo-mente-emociones no es tal, ya que, realmente, son una misma cosa, aunque es cierto que podemos distinguirlas para ayudarnos a trabajar cada una de las partes de nuestro «Yo global», en busca de un mejor estado.
Esto me obliga a desarrollar, de una manera más o menos superflua, conceptos como la activación ante el estrés, en el que se involucran estas tres partes cuerpo-mente-emociones. No puedo evitar relacionarlo con muchas de las dolencias actuales a través de su efecto más desadaptativo, cuando dicho estrés se presenta de forma crónica.
Por supuesto, estoy hablando de la inflamación que, junto al problema del reparto de la energía de que disponemos, pueden resultar en efectos más o menos catastróficos cuando se desequilibran. Esta desadaptación es debida a la cronicidad de todos los elementos que presentaré.
Los factores más clásicos, probablemente ya conocidos por el lector, son los menos tratados en este libro, efectivamente, porque aparecen continuamente en la literatura de salud.
Me refiero a todos los hábitos de vida que nuestra fisiología espera encontrarse para poder seguir en un estado más o menos armonioso, como pueden ser: una alimentación basada en alimentos y con una coherencia en cantidades y en momentos de ingesta, movimiento o ejercicio físico en nuestro medio natural, lo que significa moverse en la naturaleza, poniéndonos en contacto con nuestro entorno.
Esto supone exponerse a diferentes temperaturas y rangos de humedad, contacto con el resto de compañeros y de seres queridos, y mostrarse a la luz natural ayudando a nuestro organismo en la regulación de los ciclos circadianos. Esto facilita la coherencia a la hora del descanso, guiándote a hacerlo a las horas debidas y el tiempo necesario.
Se queda fuera de estos hábitos una herramienta tan importante como todas las anteriores o que, quizás, me atrevería a decir, es fundamental para que todas ellas puedan hacer su efecto. Me estoy refiriendo a tener consciencia de uno mismo.
Insisto en el hecho de que, en la literatura, rara vez se relacionan todas ellas. Únicamente aparecen vínculos de las «herramientas físicas» con la mente cuando se busca entender los entresijos de la motivación, con el único objetivo de conseguir implantarlas.
Cuando hablo de la mirada intierna, voy más allá del tener consciencia de uno mismo. Se trata de poder mirarse, ver qué se está sintiendo y aprender a permitirlo y no juzgarlo.
Definitivamente, hacer lo contrario es ridículo (a la par de agotador), puesto que, hoy en día, sabemos que las decisiones, las conductas que, ilusamente, creemos que decidimos tomar libremente, ya fueron tomadas bajo una red de predicción de tu cerebro, antes de que tú puedas intervenir en ellas. Pero podemos ampliar esa red y evitarnos mucho sufrimiento a través de permitirnos sentir y, con ello, mitigar muchos pensamientos redundantes y, por norma, machacantes.
La mirada intierna solo tiene la intención de abrir una parte muy importante dentro de la salud global del individuo que, desde mi propia opinión, no está evaluada en su justo nivel en comparación con el resto de herramientas tan promulgadas y al alcance de cualquiera.
Desde luego, está fuera de las costumbres y enseñanzas que se desarrollan dentro de nuestra sociedad.
A menudo, este enfoque se juzga como si fuera un dolorcillo de cabeza, «quizás sea real que está ahí, pero tampoco hay que prestarle tanto interés...».
No son pocas las veces que pienso que esta actitud generalizada es más por miedo a lo que podría revelar (el «saber de sí mismo», el «que estoy aquí»), que por desconocimiento de su peso y valía en la salud y en el acercamiento a una vida plena.
Con este libro aspiro a presentar una manera más amable de vivir con uno mismo que a mí, personalmente, me resulta provechosa. No pretendo dar recetas de cómo vivir una vida, no es un método, no es una guía, ni yo soy nadie para decirte lo que debes hacer.
Espero que aceptes todo lo que expreso solo en la medida en la que lo veas coherente, en la que todo lo expresado vaya acorde con tu propia experiencia.
No quisiera dar lugar a malentendidos y que parezca que lo que cuento es un sistema para sanar o quitar enfermedades. Solo quiero dar mi punto de vista, desde el que intento dar importancia a la mirada interior.
No olvides durante todo nuestro trayecto, si decides seguir leyendo, que es necesario crear rutinas, ciertas obligaciones, para poder seguir adelante. Que, a pesar de escucharse, hay que hacer cosas que igual no te motivan, como empezar o seguir haciendo ejercicio físico o evitar esos productos procesados que tanto te gustan ...
Que hay que ser estoico, aguantar el temporal y tomar decisiones que, a menudo, serán duras, pero necesarias. Siempre respetándose, esperando hasta el momento en el que estés preparado.
Por otro lado, no dudes en que hay que acudir al profesional, psicólogo, nutricionista, médico generalista o especialista, fisioterapeuta o entrenador..., pero recuerda que el último (y primer) responsable de tu salud, de tus decisiones, de tu vida... eres tú.
Espero que este libro te ayude en algún sentido.
Capítulo 1
Un día cualquiera
Vivir bien es mejor que vivir.
Aristóteles
La brisa del atardecer traía aromas de hierba fresca desde las campas de las montañas cercanas. Las esencias de todas aquellas plantas alpinas atravesaban el humo de los tubos de escape de la gran ciudad y casi podían sentirse las flores acariciando y dejando pequeños restos de su perfume en el aire.
La luz rosada de principios de verano parecía estirarse como no queriendo extinguirse nunca. La temperatura era muy agradable. Se sentía cierto calorcillo, pero con una agradable brisa fresca arrastrada desde las altas cumbres más cercanas al bullicio de la ciudad.
En los arbolillos de la avenida, los jilgueros alborotaban con sus trinos y saltaban entre las hojas aprovechando los últimos rayos de sol, aún templados, antes de la llegada de la noche.
—Venga hombre… —estarás pensando—. No… ¿¡en serio!?
En este momento, Pablo aprovechó para salir a hacer los últimos recados de la empresa en la que trabaja, antes de seguir su labor, sin descanso, produciendo una pieza tras otra.
El ritmo de producción era infernal y el trato con los trabajadores tampoco era el mejor, pero Pablo, en ese momento, se sentía vivo y alegre al percibir aquellas esencias de las hierbas de los altos prados y al pensar que los pajarillos se agitaban alegres, porque sabían que pronto llegarían las vacaciones y él se iría con su familia a la montaña.
Llevaba unos días con muchas molestias en la tripa. De hecho, desde que era niño arrastraba grandes dolores, hinchazón de vientre y grandes pinchazos en el estómago por temporadas, pero él es de los que piensan que, si miras lo bueno que tienes en la vida, siempre te puedes sentir feliz.
«Eso depende de ti», pensó él y sonrió y se obligó a empezar a canturrear.
Si llegados a este punto, te estás preguntando si este libro va a seguir en esta línea… Si esta historia te está agitando por dentro, incluso si te inspira algo de enojo o cierto asco y no sabes por qué...
Podría ser que estés harto de leer historias bonitas que intentan adornar un mundo del carajo (o eso te parece cuando realmente estás asqueado).
Permite fluir esa emoción joven «padawan» y continúa leyendo.
Pablo era un hombre crónicamente feliz. La vida le sonreía.
Su pareja trabajaba en otra empresa a turnos, lo que les impedía verse tanto como hubieran deseado, pero entre los dos traían a casa un escaso sueldo que les permitía disfrutar de la alegría del hogar con sus dos hijos, a través de los cuales renovaban las ganas de vivir todas las mañanas.
—¡Bueno, ya está bien! ¡Se acabó! ¡No leo más!
¡Grítalo, no pasa nada! Tira el libro a un lado y déjalo, que para leer «moñadas» sobre una vida feliz, hay un montón de frases fáciles, sin contexto y vacías en las redes sociales. Deja el libro, yo no te lo reprocharía.
Pero antes, dame otra oportunidad y permíteme contarte otra historia paralela, un poco más oscura (quizás un poco excesiva o exagerada), pero en la que puede que te sientas un poco más reflejado.
Lee lo que sigue y dime que no te has sentido así más de una vez.
En la otra punta de la ciudad, bajo esta misma situación, María Isabel no podía apreciar el mismo cielo rosáceo, ni la frescura de la cercana noche, que ya se empezaba a notar. Y es que tenía la tripa revuelta, sentía punzadas en la barriga y estaba de muy mal humor, porque tenía que volver a casa y no se atrevía a ir en el autobús por miedo a que le diera un apretón. Llevaba años así y ya había tenido momentos límite en los que había estado a punto de hacer un gran ridículo en público por no poder aguantar las ganas de ir al baño. Además, llevaba tiempo nerviosa esperando alguna respuesta de sus pruebas en el hospital y, justo hoy, le habían dado los resultados de su colonoscopia. Por todo ello, hoy no se encontraba especialmente bien.
No hace falta que pienses de forma muy negativa. Quizás pensaste en que le habían diagnosticado algo grave, como un cáncer de colon. Pues no.
María Isabel estaba enfadada con el sistema, con el mundo, consigo misma por seguir igual, desecha, con dolores y diarrea. Había hecho todo lo escrito y por escribir en los libros, había seguido todos los consejos de los profesionales y no profesionales, expertos y profanos. Hacía caso, incluso, a lo que le comentaban los amigos o a los consejos que oía en la charcutería... Ella se cuidaba al máximo, era muy estricta, pero su intestino seguía sus propias normas, ajeno a todo lo que hacía ella por recuperarlo. No mejoraba en absoluto.
Ya desde niña tenía problemas de vientre, sobre todo en la temporada de exámenes, cuando dedicaba todas sus energías a hacerlo todo bien, estudiaba al máximo y se exigía hasta el límite para sacar buenas notas. En esos momentos se ponía muy nerviosa. Para ella era importante hacerlo perfecto.
Sus padres estaban siempre ocupados y no tenían mucho tiempo para ella, por eso mismo, no quería molestarles, solo quería que estuvieran orgullosos. Los problemas de vientre fueron evolucionando y acabaron instalándose definitivamente en su día a día.
Fue creciendo, pero, a pesar de que estaba absolutamente volcada en cambiar todo lo que fuera necesario para mejorar, la cosa no mejoró.
Lo peor fue la colonoscopia. Casi esperaba un funesto resultado para saber, por lo menos, contra qué luchaba. Pero, por suerte (quizás, muy a su pesar), este fue el veredicto del profesional de turno:
—Tranquila. No tienes nada.
«¡Vamos hombre!», pensó María Isabel. «Si no tengo nada, ¿¡por qué me sigo cagando encima!? ¿¡Qué puedo hacer!?¿¡Hay alguien ahí, alguien me escucha, por favor…!?».
Esa impotencia, esa sensación de que algo no va bien y de que nadie te escucha…
«No me voy a morir ahora si, como dicen, no tengo un tumor... pero me encuentro fatal y ya no sé qué hacer.
No puede ser tan complicado... ¿¡Soy la única que sufre esto y por eso no saben qué hacer conmigo!?
¿O, realmente, no es para tanto y tendré que vivir con ello? Ya me han hecho pruebas y no tengo nada.
Igual, realmente, me quejo por vicio. Supongo que todo el mundo tiene algo y no les oigo quejarse tanto…».
¿Te suena esto? Ese dialogo interno. Sí, tú y todos lo tenemos.
Pero sigamos con la historia, que ahora viene lo mejor, lo que más nos toca y que siempre está a punto de permitir (como decía aquel viejo anuncio de cereales) ¡que salga el tigre que hay en ti!
En este momento, María Isabel volvía con unas piezas a su puesto de trabajo, aún inmersa en su propio carcomer, rumiando las mismas ideas de siempre:
«¡Qué mierda! Encima tengo el coche en las últimas y con lo que cobro… Pero lo necesito para venir aquí a seguir ‘tragando’ con este trabajo, porque no me atrevo a ir en transporte público por mi tripa.
¡Va! En cuanto acabe mis horas, me monto en el coche y me voy pitando, que entre atascos y buscar parking… ¡hoy no llego a casa!
¡Joe! Y a ver qué ceno luego porque hoy, con estos nervios, todo me ha sentado mal y no me atrevo a comer nada».
Justo en ese instante se asomó un compañero de trabajo que vio a María Isabel compungida:
—¡Ánimo mujer, que siempre estás igual!
«¡Gracias hombre!», pensó Marisa, por supuesto, irónicamente.
A estas alturas, por poca empatía que tengamos por María Isabel, ya podemos tratarla con confianza y empezar a llamarle Marisa.
—¡Que no es para tanto! —continuó «animando» el compañero.
A este compañero no le he puesto nombre, porque no me apetecía. No creo que se merezca uno en esta historia. No con esa actitud.
—Eres una «cenizo», una «amargada». A ver si miras las cosas positivas. ¡Que te vas de vacaciones! ¡Y yo me quedo aquí!
«Yo solo quiero estar mejor, y… y… ¡¡Qué me dejes en paz!!» sonó en la cabeza de Marisa, pero de su boca salió esto otro:
—Ya… sí…
—Ahora a disfrutar y a comer más, ¡que estás muy delgada! A ver si comes de todo un poco, como hacemos los demás, que con esas cosillas tan exquisitas y raritas que te traes para comer... no me extraña que estés así.
«¡Es lo que me faltaba!».
—Ya… sí…
Permíteme hacer un inciso y comentar que no importa si el personaje de Marisa está delgado o no. No es lo importante aquí, pero me ha apetecido representarla, en este caso, flaca, porque yo lo soy, y tengo una espinita clavada, que sigue sangrando... y es que todos los medios se hacen eco de la obesidad y de cómo evitarla o cómo adelgazar, pero el pobre delgado que lleva toda su vida intentando mejorar, ganar musculatura... el que fue siempre señalado por los vecinos, los amigos, la familia: «¡Tienes que comer más!, ¡que estás muy delgado!».
...Ese delgado que quiere entender por qué no consigue engordar ni un gramo, y que no consigue encontrar información en ninguna parte. Ese delgado es realmente el fiel reflejo, visual, del foco de este libro: cómo la energía no es asimilada, absorbida o bien repartida en algunas personas. Cómo una vida de estrés (ya definiremos este concepto con una visión más amplia que el propio estrés social o emocional, que no es poco...) puede desequilibrar todos nuestros sistemas y generar o mantener dolencias o patologías.
Dicho esto, quiero que entiendas que no es diferente en el caso de las personas con cierta tendencia a engordar, al sobrepeso, a la obesidad… Busca las palabras más delicadas que encuentres para decir aquello de: estar gordo (sí, gordo. Al igual que muchos fuimos los delgaditos, otros fueron los gorditos. Así funciona nuestro entorno). Me refiero a que en el sobrepeso también hay un estado de mal equilibrio energético que puede ser debido o mantenido por el estrés a cualquier nivel (y, por supuesto, por otro montón de factores).
En resumen, y por si te sientes más identificado con un personaje con sobrepeso en lugar de uno delgado, te voy a describir la misma situación de nuevo, pero con Pedro (una Marisa con otra suerte metabólica).
Cogemos el hilo después del feliz de Pablo, para el que todo es de color de rosa y su vida tiene una banda sonora de las que acompañan a las grandes películas de Hollywood.
Pedro, en la otra punta de la ciudad, no podía apreciar aquel precioso cielo, ni los pajarillos cantando, ni el fresco aire que llegaba a sus mejillas porque tenía la tripa revuelta. Hacía días que no iba al baño y se encontraba dolorido y pesado. Esto para alguien que se veía a sí mismo como gordito, le hacía estar siempre cabizbajo. Toda su vida había tenido ese problema de vientre. A veces estaba con diarrea, pero, por norma, estaba estreñido. Esto siempre le hizo sentirse espeso, denso, lento. Había probado de todo desde chaval y los únicos momentos de cierta mejoría eran las temporadas que hacía algo de deporte, pero nunca fue algo que le gustara hacer y, por ello, se culpaba.
Es cierto que no se cuidaba demasiado con la comida, ni con el deporte. De verdad que lo intentaba de vez en cuando, pero siempre era un esfuerzo titánico y acababa volviendo a las andadas. Por otra parte, jamás consiguió un resultado tan llamativo como para motivarle lo suficiente a seguir. Él sentía que era así, que no podía hacer nada, que era «de huesos anchos», como decía él.
Acababa de venir del médico para ver si le recetaba algo, pero le había vuelto a dar laxantes y le había dicho:
—Pedro, tendrá que empezar a pensar en comer menos y hacer ejercicio para bajar de peso o le acabará pasando cuentas el corazón.
«Como si yo no lo supiera o como si no lo intentara… Empiezo a pensar que no valgo nada. Que merezco esto y más, porque soy un dejado. Sé que es culpa mía», pensaba Pedro.
Llevaba toda la vida con intentos de cambio en su manera de comer y siempre empezaba con gran energía, pero, al cabo de unos días, le resultaba imposible mantener esos cambios.
Su mujer hacía jornadas interminables en su trabajo y esto ocasionaba que él tuviera que encargarse, casi por completo, de los hijos y de la casa.
«Así es imposible ponerse a cocinar y medir las raciones», se intentaba excusar a sí mismo, pero, sobre todo, sentía rabia por no ser capaz de adelgazar. No ser capaz de «¡hacer lo que hay que hacer y punto!», como se decía a sí mismo.
«Podría decir que no tengo tiempo para hacer ejercicio. Pero, sobre todo, es que me cuesta demasiado. Es que no tengo fuerzas, estoy agotado. Encima me hace sentir mal ver que los demás pueden y que para mí es un suplicio», se sinceraba consigo mismo. «Está claro que mi padre tenía razón cuando me decía que no valía para el deporte».
Pedro había probado a quitar las grasas, luego a bajar los hidratos de carbono, la dieta de esto y de lo otro…
«Ahora resulta que el ayuno es bueno…, pero ¡yo, realmente, no puedo estar ni tres horas sin comer algo! ¡Me quedo sin pilas!».
Desde luego, comer cinco, seis o siete veces al día tampoco le había dado resultados.
Por otro lado, todo lo que comía, por poco que fuera, le engordaba.
Pedro estaba enfadado con el sistema, con el mundo, consigo mismo por seguir igual... hecho polvo, gordo, incómodo.
Había seguido todos los consejos y había acudido a profesionales, pero nada funcionaba con él.
Lo peor era ir al médico y no conseguir nada, volver a los mismos hábitos y sentirse derrotado, inútil.
Esa impotencia, esa sensación de no dominar tus deseos, de no entender por qué te pasa esto...
«Ojalá me dé algo para que no engorde. No puede ser complicado, porque sé que hay gente que lo ha conseguido.
O igual… es que no valgo nada. No soy capaz de controlarme con la comida, ni de ponerme a hacer ejercicio, porque soy un vago.
Esto es así, sí. No valgo nada, soy un vago y ahora «tiro la toalla». No puedo hacer más. ¡Joder, qué mierda!, ¡qué poco valgo! Estoy harto de esta cháchara interna… ¿¡Qué más da lo que haga!?».
Esto también te suena, ¿verdad? Espera, espera, que quedaba un poquito de la historia, ¿recuerdas?
Pedro ya volvía con las piezas a su puesto de trabajo, hundido en sus pensamientos, sin ninguna salida positiva posible, dando vueltas sin sentido a los mismos mecanismos de siempre en su cabeza:
«¡Qué mierda! Encima no refresca y lo paso fatal con este calorazo. Así no se puede trabajar y, además, cuando llegue a casa los dos «enanos» se pondrán pesados y no podré ni sentarme dos segundos a tomarme un refresco en el sofá».
Al abrir la puerta, su compañero de trabajo se asomó y le dedicó unas palabras:
—¡Hombre Pedro, tienes mala cara! ¿De qué te toca quejarte hoy? ¿Del calor?
—Psss. ¡Ya ves!
—¡Ánimo hombre, que siempre estas igual! Además, te vas de vacaciones y, en cambio, parece que vas a un funeral. Ala, a ver si lo pasas bien, y a ver si aprovechas a hacer algo de deporte, que buena falta te hace.
Ahí lo tienes. Igual hasta se te han ocurrido un par de contestaciones para este gran compañero.
Bueno, esto es un poco la vida de cada uno de ellos, aunque, en realidad, como puedes imaginar, es bastante más complejo.
Por ejemplo, el caso de Pablo. Sus malestares de tripa empezaron casi desde que murieron sus padres, cuando él era pequeñito. Tras tantos años de molestias, él estaba más o menos acostumbrado a vivir así, pero fue incitado por su mujer a ir al médico y tuvo que ceder, aunque de mala gana, porque según él: «Sea lo que sea, no estoy tan mal. No puedes empezar a tirar de la medicina para todo y volverte loco haciéndote pruebas hasta que te acaban diagnosticando algo. Hay que adaptarse a lo que hay y vivir feliz con ello».
De esta manera, acabó con un diagnóstico rápido de un posible síndrome de intestino irritable y con una futura prueba, una colonoscopia, que él juzgó innecesaria y por la que nunca pasó.
Qué decir de Marisa, que lo que empezó como diarreas y dolores inmensos de tripa, avanzó quitándole las ganas de vivir y con dolores repartidos por todo el cuerpo. El mero hecho de vivir era un infierno. A las mañanas requería de toda su energía para levantarse de la cama. Pronto fue diagnosticada de una depresión y, finalmente, de fibromialgia, lo que fue un alivio, porque parecía explicar todas sus dolencias, aunque en ningún momento le valió para sentirse comprendida por nadie, ya fuera por su doctor o por sus amigas. Ella sentía que nadie entendía los grandes dolores que sufría y lo difícil que era vivir así.
Y nos queda Pedro, el bueno de Pedro que, tras varias pruebas, y con el tiempo, fue diagnosticado de hipotiroidismo y asumió que engordaba por ello. Tomaba las pastillas de las hormonas de tiroides que le mandaron, pero él seguía sintiéndose sin energía. Sus digestiones no mejoraron y se sentía igual de fracasado por no poder hacer nada al respecto, ya que él entendía que no estaba en su mano, porque tenía hipotiroidismo y no se podía hacer nada. De esta manera, no tardó demasiado en tener otro diagnóstico en su haber: hígado graso no alcohólico. Otra patología difícil de mejorar si no puedes variar tu dieta.
Viendo los tres casos, parece obvio queel hecho de tener en tus manos un diagnóstico como un colon irritable, hipotiroidismo, fibromialgia o cualquier otra cosa, no te va a remediar los síntomas, ni te va a librar del agotamiento ante ellos.
Incluso todo puede acabar en otros diagnósticos, esos que suelen esconderse debajo de la alfombra de casa. ¡¡Al fin y al cabo no hay por qué airear los trapos sucios!! ¿Verdad? Diagnósticos como la ansiedad o la depresión, a las que puedes acabar señalando como algo que has generado tú mismo, porque no haces bien las cosas.
Con diagnósticos o sin ellos, ante síntomas que se mantienen en el tiempo parece generarse una gran sensación de incomprensión y de no poder seguir más con esto. Te puede parecer que no se te han dado herramientas suficientes.
Bien, pues eso se puede remediar a través de una serie de hábitos sencillos, que generan grandes resultados.
En este libro vas a encontrar las cuatro herramientas que te permitirán avanzar por ti mismo.
Fáciles, rápidas y sin necesidad de grandes cambios, ni esfuerzos.
Capítulo 2
Los cuatro hábitos que te curarán
Conocer la ignorancia es un gran bien.
Ignorar el conocimiento es un mal.
Lao Tse
Hemos visto cómo distintas personas pueden sufrir de muy diferentes maneras una situación similar. Supongo que intuyes que nuestros personajes podrían hacer cambios que los lleven a mejorar su salud, refiriéndonos, no solo al dolor de tripas, sino a todo lo que concierne a sus vidas.
Incluir tan solo cuatro hábitos sencillos podría, no solo mejorar el afrontamiento ante esos dolores, sino también sus patologías, hasta el punto de hacerlas desaparecer. Eso es algo que todos queremos para nosotros mismos y que yo puedo brindarte, si sigues leyendo este libro.
En La mirada intierna encontrarás los pasos que debes dar para evitar las enfermedades. Cuatro herramientas que cualquiera puede incluir en su vida, sin esfuerzo, rápidas y eficaces.
¡Hoy te voy a explicar los cuatro hábitos que van a transformar tu vida, tanto si tienes alguna dolencia, como si solo quieres tener mejor aspecto!
Vamos allá. ¿Estás dispuesto a compartir conmigo este enriquecedor viaje hacia una vida sin dolores y una mejoría completa de cualquier estado de enfermedad? Sin dificultades, sin hacer grandes cambios en tu vida, podrás conseguir un estado de salud y bienestar inimaginables.
Por increíble que parezca, seguir mis cuatro consejos te hará mejorar hasta un punto completamente insospechado. Solo debes empezar hacer lo que te digo hoy mismo. No esperes más.
¿¡En serio estás dispuesto a desperdiciar tu tiempo, otra vez, buscando soluciones rápidas que casi no parecen requerir compromiso, ni actuación por tu parte!?
Ahora soy yo quien te dice que, si te ha surgido la curiosidad y pretendías encontrar una solución mágica para todo, para vivir sin dolores... mal vas… Claro que todos queremos vivir sin dolores, ni patologías, ¡pero creí que no sería tan fácil hacerte caer, de nuevo, en estos trucos de tres al cuarto!
Si realmente pretendías seguir leyendo en busca de respuestas y no te ha surgido ese resquemor que hace pensar «otro igual. Uno más que me va a vender su método. ¡Un libro más!», es decir, si pretendías curarte de todo leyendo un libro, te recomiendo que no sigas leyendo. Creo que este libro no es para ti.
Si, por otro lado, has pensado en cerrar el libro y tirarlo por ahí... ¡enhorabuena!, igual este libro te entretenga un poco, así que, espera, ¡no lo tires aún!
Desde ahora te digo que no hay soluciones mágicas, que no hay resultados rápidos y, sobre todo, que el trabajo es tuyo, que nada que merezca la pena en la vida es fácil y que, sí, todo suele pasar por hacer cambios. Cambios de pensamiento, de responsabilidad, de hábitos... Cambios... aquello que menos nos gusta.
De hecho, a tu cerebro no le gustan los cambios, y ese es un hándicap. Lo que haces ha funcionado hasta ahora, has sobrevivido y eso es lo único que cuenta para tu cerebro. De ahí que nos cueste tanto empezar dichos cambios y que prefiramos seguir en esa zona de dolor, de incomodidad, pero que conocemos bien. Personalmente, nunca la llamaría la zona de confort, quizás es una zona controlada, pero no es de confort. Desde luego, es un territorio que conoces bien y no apetece hacer cambios. Te parece preferible quedarte ahí, en tu sopa incómoda, que salir a buscar por ahí fuera… ¿Quién sabe lo que podrías encontrar?¿Verdad?
Bueno, siguiendo con mi supereslogan: los cuatro hábitos que te cambiarán la vida, me recuerda a la «información» que nos inunda hoy en las redes: anuncios, fotos y frases impactantes para atraerte. De hecho, es probable que tú ni siquiera estuvieses buscando esa información..., pero «te la comes» igual.
En general, no pongo muchas expectativas ante este tipo de anuncios, pero es cierto que hoy, lo que exigen las redes es eso, un eslogan impactante, dar pocos puntos de trabajo (abdominales en dos ejercicios, las cinco dietas que mejoran tu próstata…) y, sobre todo, que sean fáciles de leer, rápidos, cómodos. ¿Para qué me voy a esforzar en entender qué me está pasando? Que me digan lo que tengo que hacer y punto.
Si estás de acuerdo conmigo en que el contenido suele quedar un poco escaso y eres una persona a la que le gusta cuidarse, entender, aprender, te recomendaría que te plantearas si consumes mucha información en este formato que, al fin y al cabo, te roba tiempo, ratitos que, sumados, podrían ocupar el tiempo necesario para leer un libro interesante o, incluso, para no hacer nada, que no es tan malo.
No digo que sea información necesariamente falsa, pero cualquier cosa que requiera la más mínima explicación, necesita de más de cinco palabras, una foto o un dibujo impactantes.
Coger nuevos hábitos es algo que exige esfuerzo, constancia. Requiere de mucho trabajo y, definitivamente, impactará en tu vida para bien o para mal. Por tanto, hay que analizar bien quién nos está explicando ese hábito y si cuadra con tus conocimientos o con tu instinto.
Por otro lado, la persona acostumbrada a seguir estos ejemplos de las redes, por mucho interés que le ponga, rápidamente lo deja por otro consejo que aparece y que, aparentemente, podría ser más útil que el anterior o que, quizás, parezca más atractivo. De esta manera, el consumidor de estos medios se arriesga a estar empezando continuamente, pero no adoptando ningún nuevo hábito. Además, corre el peligro de hacerlo, tal vez, a través de una fuente no adecuada, lo que no asegura su beneficio o, lo que es peor, no asegura su «inocuidad», pudiendo ser pernicioso a largo plazo.
