La misteriosa novia - Abby Green - E-Book

La misteriosa novia E-Book

Abby Green

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Beschreibung

¡Por la vía rápida… hacia el altar! Cuando Lili Sirenze, responsable del mantenimiento de las propiedades del legendario piloto Cassian Corti, se enteró de que necesitaba un heredero para conservar su fortuna, decidió proponerle que se casara con ella. Su única condición era no tener que abandonar la paz y seguridad que le proporcionaba su finca en el lago Como… Al ver a su enigmática esposa caminando hacia el altar, Cassian se había quedado completamente descolocado. Estaba acostumbrado a vivir al límite… no a enfrentarse a un deseo tan intenso e incontrolable. No podía dejar de pensar en Lili… Y con la prensa empezando a especular sobre la misteriosa mujer que había cazado al italiano, solo tenía una opción: ponerla también en su punto de mira.

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Seitenzahl: 170

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

 

© 2025 Abby Green

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La misteriosa novia, n.º 3194 - octubre 2025

Título original: Rush to the Altar

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370007812

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Lili Spirenze se acababa de despertar con la llamada frenética que le anunciaba que su jefe, Cassian Corti, el propietario de la casa en la que trabajaba como ama de llaves desde hacía casi un año, iba a llegar en menos de una hora al pequeño embarcadero que había al otro lado de la ornamentada verja de hierro que daba directamente, desde la parte baja del jardín, al lago Como.

Las primeras luces del amanecer acariciaban el cielo. Lili se aseó en un momento y se vistió con un nudo en el estómago ante la idea de conocer a su jefe.

Había sido contratada por su asistente y por alguien del equipo legal de Corti. Su trabajo consistía en supervisar el funcionamiento general de la casa y el trabajo de limpiadoras, cocinero, jardineros y personal de mantenimiento.

Mientras bajaba desde su habitación hasta la zona principal, además de nerviosa se sintió molesta. ¿No podrían haber avisado con más antelación? Entonces, se reprendió. El propietario tenía derecho a ir a su propia casa cuando quisiese. Por suerte, ella se había encargado de que todo estuviese preparado para semejante ocasión, aunque en esos momentos no se sentía orgullosa, sino… intranquila.

Era una tontería, pero con el paso del tiempo, al no haber tenido noticias de su jefe, había empezado a relajarse un poco. Se había acostumbrado a sentir que tenía la libertad de pasear por donde le apeteciese y disfrutar de la soledad y de la sensación de seguridad que le proporcionaba vivir en una finca privada, en una de las propiedades más lujosas del mundo.

Lo más lejos que había ido desde la finca había sido a la ciudad de Como, a comprar provisiones. Por primera vez en años, había tenido una sensación de paz incomparable. Y había agradecido, sobre todo, el anonimato.

Pero esa paz se iba a romper y debía recordar que no estaba en su casa. Solo la cuidaba para su propietario, que era un multimillonario al que, al parecer, no le gustaba pasar tiempo en la tranquilidad del lago Como, porque había estado demasiado ocupado viviendo a todo tren, saliendo con mujeres y acudiendo a fiestas, mientras la prensa seguía todos sus pasos. Y ella, aunque le diese vergüenza reconocerlo, también. Se dijo que solo estaba cumpliendo su deber al averiguar todo lo que pudiese de su jefe para poder gestionar cualquier tema que pudiese surgir.

Como aquella visita inesperada, pero en ese momento, ante su inminente llegada, no pudo evitar ponerse nerviosa. Estaba en la cocina, yendo de un lado a otro con eficiencia, preparando algo de desayuno y café.

¿Cómo trataba una a un hombre al que consideraban casi una leyenda? Por no mencionar que se trababa de uno de los hombres más atractivos del planeta.

Procedía de una de las familias más antiguas y ricas de Italia y se había visto golpeado por una tragedia de niño. Sus padres y su hermano pequeño habían fallecido los tres en un terrible accidente de tráfico, del que Cassian Corti había salido ileso. Y era el único miembro de una dinastía que se remontaba a la época medieval, en la que los Corti habían estado al mismo nivel que los Medici.

Desde entonces, Cassian había despertado mucho interés y había crecido bajo los focos.

Su sorprendente belleza, su imponente presencia física y su fortuna casi lo habían predestinado a formar parte de la disoluta y deslumbrante escena social, a la que había ingresado con un estruendo tan previsible como escandaloso: había sido expulsado del exclusivo internado al que asistía en Suiza tras asistir a un baile de debutantes en París, donde lo habían encontrado en la cama… con la madre de su acompañante.

Después, había emprendido una carrera como piloto, lo que había aumentado su reputación de amante del riesgo y el escándalo. Hacía un tiempo que no competía, porque se estaba recuperando de una lesión. Durante años, la prensa había especulado con fervor acerca de si su obsesión por los coches guardaba relación con la terrible tragedia que había sufrido en la infancia. Su habilidad y dominio en ese mundo peligroso no hacía más que alimentar todavía más las conjeturas.

Y si bien Lili, por instinto, evitaba revolver el pasado y sus heridas, él parecía lanzarse a ellos una y otra vez.

Además, era uno de los principales accionistas del organismo internacional que controlaba las competiciones de Fórmula Uno. Invertía grandes sumas para convertir el deporte en una práctica más sostenible. Asimismo, participaba en el negocio familiar: el Grupo Corti, un imperio que abarcaba desde innovación tecnológica hasta bienes raíces y banca. El apellido Corti seguía estando en las puertas de las instituciones financieras más antiguas de Italia.

Entre sus otras propiedades había un palazzo en el Gran Canal de Venecia, áticos en todas las grandes capitales y casas de vacaciones en Costa Rica y Malasia.

Su vida personal estaba al mismo nivel que la profesional en cuanto a emoción y glamur, aunque en los últimos años había dejado atrás algunos de los escándalos más sonados de su juventud.

Con una taza de café recién hecho entre las manos, Lili se sentó a la mesa de la cocina y revisó su teléfono en busca de información acerca de su jefe. Enseguida aparecieron unas diez fotografías en las que aparecía impecable, con esmoquin, en un evento en Roma, acompañado por una rubia despampanante, envuelta en un vestido de seda color plata que se ceñía a sus curvas y dejaba al descubierto unas piernas infinitas, doradas por el sol.

Lili suspiró con cierta envidia. Ella medía lo justo y su figura no era tan estilizada, sino, más bien, curvilínea. Llevaba el pelo demasiado largo para lo que dictaba la moda y no recordaba la última vez que se había maquillado.

Entonces, se fijó en algo de las fotografías y estuvo a punto de caérsele el café. Las habían tomado la noche anterior y la llegada de su jefe era inminente.

Se imaginó que Corti no llegaría solo, sino acompañado por la increíble rubia. ¿Sería su novia? Tal vez quisiera enseñarle la casa.

En ese momento, el jardinero se asomó por la puerta.

–Buongiorno, Lili, el jefe llegará en lancha dentro de unos minutos. ¿Bajo a abrir la verja?

Ella se puso en pie y sonrió a Matteo, cuya artritis hacía que se moviese cada vez más despacio, en especial, por las mañanas.

–No te preocupes. A mí me vendrá bien un paseo y todavía no lo conozco, así que será la manera de presentarme. Tal vez puedas mandarme a Tommy para que amarre el barco.

Lili sabía lo que era tratar con personas como Cassian Corti, en general, había que encargarse de que todo estuviese en su lugar, y ella no quería que el barco se fuese flotando hasta el centro del lago.

–Por supuesto, gracias, Lili.

Ella fregó la taza y, tras darle instrucciones a Maria, la joven criada, salió de la casa por el jardín trasero y bajó las escaleras que llevaban al jardín intermedio y, de ahí, al más bajo.

A pesar de que era muy temprano, sintió el calor latente del nuevo día y disfrutó del canto de los pájaros. La hierba y las flores perfumaban el aire. Era un lugar increíblemente tranquilo, incluso con el ruido que hizo al pisar la gravilla, pensó que era una pena desordenarla con sus pies.

Llegó hasta las bonitas puertas de hierro forjado y las abrió con la llave que había llevado. Las empujó hacia afuera, resoplando por el esfuerzo.

Aquella era su parte favorita de la finca. Las puertas y los anchos escalones de piedra que bajaban directos al lago, con un pequeño embarcadero a un lado, a lo largo del muro de piedra. La superficie del lago estaba cubierta por una ligera niebla y se podía ver la tierra al otro lado. El sol derramaba un resplandor nacarado sobre el agua.

Siempre que Lili estaba allí, sentía una mezcla de terror y tentación. Se sentía tentada a subirse a un barco y marcharse, a explorar el mundo, o volver atrás, cerrar las puertas y no dejar jamás aquel lugar. Era como estar al borde de un precipicio… Un precipicio del que siempre se alejaba.

«Cobarde», le susurró una vocecilla en su interior. «No», pensó Lili. No era una cobarde, solo se estaba protegiendo y, después de lo que le había ocurrido, tenía derecho a protegerse como quisiera. No le debía nada a nadie. Había cortado todos los lazos…

Se sobresaltó cuando oyó caer una piedra a sus espaldas. Se giró y vio a Tommy, el desgarbado hijo adolescente de Matteo.

–Hola, Tommy.

El chico se ruborizó.

–Buenos días, Lili.

Tommy bajó los escalones y fue hasta el pequeño embarcadero de piedra, donde se dispuso a preparar la cuerda con la que iba a sujetar el barco. Lili acababa de preguntarse cuándo iba a llegar su jefe cuando escuchó un sonido que fue haciéndose cada vez más fuerte.

Divisó la silueta del pequeño barco cortando las suaves olas del lago, con alguien al timón. Un hombre alto, de complexión robusta, moreno. Sintió un escalofrío y no fue por la temperatura, sino porque tenía la certeza de que, cuando aquel hombre llegase, ya nada volvería a ser igual.

 

 

Cassian vio la familiar silueta de Villa Corti alzándose en lo alto de la colina, por encima del exuberante follaje. Era una de las casas menos recargadas de la zona y, no obstante, resultaba imponente con sus tres plantas de muros color crema y el tejado de terracota. A un lado se extendía un ala caprichosa, añadida a finales del siglo XIX, que estaba rematada por una torrecita.

Los célebres jardines, diseñados por un emblemático paisajista británico en el siglo XIX, todavía conservaban el aura de elegancia atemporal que los había hecho famosos.

A él le habría gustado ver la casa y no sentir nada, pero era imposible. Era su casa. El lugar en el que había sido feliz y que más dolor le causaba porque aquella felicidad se había visto interrumpida brutalmente.

Al acercarse al pequeño embarcadero, los recuerdos y las voces del pasado lo asaltaron.

–¡Cassian y Lorenzo, a casa hora mismo! ¡No volveré a llamaros, me voy a comer vuestro gelato!

Y él, riendo hasta que le dolía el estómago, tirando de su hermano pequeño mientras subían los jardines, magullados y doloridos después de haber estado trepando árboles, explorando…

Volvió a oír la voz de su madre.

–Ha pasado demasiado tiempo, Cass… Te hemos echado de menos.

No. No podía permitir que aquello lo perturbase después de tantos años. Era solo un lugar. No tenía ningún poder sobre él. Se había construido una vida fuera de allí. Lejos de su trágico pasado.

En esos momentos, tenía que tomar una decisión. O se esforzaba por conservar la casa, con todo el peso de sus dolorosos recuerdos, o la dejaba ir, como tendría que hacer si no cumplía con las exigentes condiciones del testamento.

Pero mientras contemplaba la idea de cortar los lazos con su pasado se le hizo un nudo en el estómago y se sintió culpable.

«Sufficiente». Era un hombre racional, inteligente. Tomaría la mejor decisión, la más lógica, y no se dejaría llevar por la emoción.

Vio el embarcadero y, en él, la silueta delgada de un muchacho. Entornó los ojos y se preguntó si sería Tommy, qué había pegado un estirón desde la última vez que lo había visto. Sintió más culpa.

Y había otra figura, una mujer de cabello largo y castaño, con un vestido color crema amplio y una chaqueta también larga, cruzada sobre el pecho y sujetada por los brazos cruzados. Y zapatillas deportivas.

Debía de ser la nueva ama de llaves. ¿Cómo se llamaba… Lucy? O algo así. En esos momentos, Cassian solo pudo pensar en tomarse un café bien cargado. El aire del lago Como no había conseguido despejarle la cabeza. En el fondo, sabía que tenía que sentirse así, como aturdido, para atreverse a volver… y se despreció un poco por ello.

Apagó el motor y el barco terminó de avanzar suavemente hasta el embarcadero. Tommy lo saludó y Cassian se obligó a sonreírle.

–Ciao, Tommy, ¡cómo has crecido!

–Grazie, signor Corti –le respondió el chico, ruborizándose, sonriendo.

Cassian bajó de un salto al embarcadero y le dio la cuerda a Tommy para dejar que este lo amarrase. Entonces, fue hacia la mujer que parecía observarlo con cautela.

Se fijó en su pelo largo, oscuro, sin arreglar. Tenía una altura normal y una forma indeterminada debajo de la ropa ancha. Un rostro agradable. Los ojos, grandes, de un azul sorprendente que despertó algo en su interior que él apartó de su mente. Estaba cansado y tenía resaca.

Se detuvo y vio cómo los ojos de ella se abrían más, para mirarlo de arriba abajo. De repente, Cassian sintió que se ponía a la defensiva sin saber por qué. Se dio cuenta de que no se había afeitado y tenía el traje arrugado, la boca, seca.

–Buongiorno, señorita…

Buscó frenéticamente en su cerebro y se maldijo por no recordar que iba a tener que conocer a su nueva empleada.

Ella volvió a clavar la vista en su rostro. Tenía unos ojos impactantes, como dos joyas azules brillantes, con las pestañas muy largas. No llevaba maquillaje. Hacía mucho tiempo que Cassian no veía a una mujer con la cara lavada. Eso despertó su curiosidad.

–Soy Lili Spirenze, su ama de llaves –se presentó ella en tono amable, en voz baja y ligeramente ronca.

Retrocedió.

–Le he preparado el desayuno.

–¿Y café?

–Por supuesto. Está en la terraza.

Cassian empezó a subir hacia la casa y entonces se dio cuenta de que no se habían dado la mano. Se giró para remediarlo y casi chocaron. Ella retrocedió con tanta rapidez que estuvo a punto de caerse. De repente, parecía avergonzada.

–Lo siento, no miraba por dónde iba.

Cassian alargó la mano.

–Lo siento yo, por olvidarme de mis modales.

Ella lo miró y levantó las manos.

–Discúlpeme, he arrancado algunas malas hierbas por el camino y tengo las manos sucias.

A él no se lo parecieron, pero Cassian se encogió de hombros y volvió a darse la vuelta. Tal vez fuese un tanto excéntrica. Al menos, lo parecía. Notó que se ponía casi a su altura y le preguntó.

–¿No le han proporcionado un uniforme?

–Me dijeron que los pantalones y las camisas serían adecuadas, además de prácticas, pero me temo que me he relajado, al ver que no venía nadie a la casa durante tanto tiempo.

No era un reproche, pero a Cassian le dolió de todos modos.

–Puedo cambiarme, si lo desea –añadió ella.

–No será necesario, no voy a quedarme mucho tiempo, tal vez, veinticuatro horas.

–¿Va a venir algún… invitado?

Cassian la miró de reojo, pero el aire había puesto el pelo en su rostro y no pudo verle la cara.

–Solo mi abogado –le respondió, volviendo a mirar al frente–. Vendrá a comer conmigo.

–¿Le gustaría comer algo en particular? Puedo avisar al cocinero.

–Antipasti, pan y una ensalada estará bien.

–De acuerdo.

Habían llegado a la terraza y Cassian vio la mesa con el desayuno y una cafetera. Se maldijo por no haber avisado de que no quería comer fuera. Su anterior ama de llaves lo había sabido, porque había estado con ellos desde que él había nacido y le había dicho que no volviese a poner la mesa fuera nunca más, pero la mujer había fallecido de repente. Y él no había ido al funeral. Más culpa.

Aquella terraza era el lugar en el que a sus padres les había encantado cenar siempre que había hecho buen tiempo. Él tenía muchos recuerdos de largas veladas, de quedarse dormido en brazos de su padre con el sonido de su voz y la vibración de su risa en el pecho.

Apartó bruscamente los recuerdos. Se sintió tentado a decirle a la señorita Spirenze que llevase el desayuno dentro, pero no lo hizo. Era ridículo, solo iba a estar allí veinticuatro horas y, cuando terminase la reunión con su abogado, decidiese lo que decidiese, no tendría que volver a aquella finca nunca más si así lo deseaba.

No obstante, no se sintió liberado por la idea. Lo que sintió fue todavía más complicado.

 

 

Lili se maldijo. Todavía estaba temblando en la cocina después de haber estado a punto de chocar con Cassian Corti de camino a la casa. Su jefe había llegado en barco con el esmoquin arrugado, la pajarita desatada y la camisa abierta, dejando al descubierto su pecho moreno.

Tenía el pelo oscuro, ondulado, brillante. Al bajar al embarcadero, Lili había tenido que hacer un esfuerzo para no retroceder. Lo había visto muy alto y fuerte. No había esperado que fuese tan imponente, tan musculoso.

Tenía un rostro atractivo, la nariz recta, la mirada profunda, las cejas pobladas. Y unos labios sorprendentemente anchos. No se había afeitado y eso aumentaba su masculinidad.

Ella se había sentido intimidada, pero se había dado cuenta de que su mirada no era demasiado oscura, sino más bien gris, de un color poco habitual.

Todavía podía ver cómo había alargado la mano hacia ella, esperando que hiciese lo más natural del mundo, apretársela. Y su reacción había sido apartarse y evitar que la tocase.

Lili dejó de hacer lo que estaba haciendo y se obligó a respirar hondo para tranquilizarse.

Tenía un miedo patológico a que la tocasen. O a que se acercasen a ella. Porque la habían secuestrado cuando tenía dieciséis años. Su padre era un empresario inmobiliario multimillonario, al que le gustaba hacer alarde de su fortuna para intentar conseguir un estatus social con el que no había nacido, ya que procedía de un pequeño pueblo del sur de Italia.

Un día, volviendo del colegio en Roma, un grupo de hombres la había asaltado cerca de la estación de tren, le habían tapado la cabeza y le habían atado las manos antes de meterla bruscamente en una camioneta para llevársela a un lugar desconocido.

No la habían tocado nada más que lo necesario para moverla de un lado a otro, pero Lili se había sentido amenazada, en peligro.

Respiró hondo. Habían pasado muchos años desde que había conseguido escapar y había buscado una vida tranquila, segura. De hecho, sentía que durante el último año había sanado, hasta que Cassian Corti se había girado hacia ella y le había ofrecido la mano y había estado a punto de sufrir un ataque de pánico, pero había sido capaz de poner la excusa de que tenía las manos sucias.

Él la había mirado con sorpresa.

–¿Lili?

Levantó la mirada. Era Maria, con una jarra vacía en la mano.

–Quiere más café –le dijo.

–Gracias –le contestó sonriendo–. Yo se lo llevaré. Tú ve a comprobar que el despacho está preparado para la reunión. Necesitarán papel y bolígrafos. Y asegúrate de que hay agua.

–Por supuesto.

La chica se marchó y Lili apartó los recuerdos de su mente y llenó la jarra de café. Respiró profundamente y volvió a la terraza, donde estaba Cassian Corti con las gafas de sol puestas, mirando hacia el lago.

–Va a ser un día precioso –comentó ella, para anunciar su presencia–. ¿Tiene algún plan, aparte de reunirse con su abogado?

Él la miró mientras le rellenaba la taza de café.

–Prepara muy buen café.

Ella dejó la jarra.

–Soy muy cafetera. Me gusta cargado.

–A mí también, está perfecto, grazie.