Amor con condiciones - Abby Green - E-Book

Amor con condiciones E-Book

Abby Green

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Beschreibung

Primo Holt nunca ha perdido… ¿pero podrá conquistar a su esposa? Primo Holt necesita una esposa, y Faye MacKenzie acepta… pero con condiciones. Lo que empieza como un acuerdo práctico se transforma en una atracción arrolladora, mientras un secreto amenaza con separarlos. ¿Podrá Primo demostrar que su pacto merece convertirse en amor para siempre?

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Abby Green

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor con condiciones, n.º 230 - diciembre 2025

Título original: On His Bride’s Terms

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S. A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370008284

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

No era la mujer más llamativa de la sala, pero eso se debía en gran parte a que vestía con una elegancia discreta y no buscaba atraer las miradas, al contrario que la mayoría de las presentes. Aun así, había algo muy cautivador en ella.

Sin duda era una belleza, pero Primo Holt tenía que reconocer que la juzgaba desde la distancia. Nunca había conocido a Faye MacKenzie ni la había visto de cerca, aunque sus mundos se cruzaban a menudo.

No obstante, pronto interactuarían a nivel personal, porque tenía toda la intención de pedirle en matrimonio.

Sabía que tarde o temprano tendría que casarse. Como descendiente de una de las familias más influyentes de Norteamérica, consideraba aquel compromiso un deber ineludible. Había logrado posponerlo durante mucho tiempo, pero ahora comprendía que el momento había llegado.

Su soltería generaba titulares y especulaciones sobre su vida personal que perjudicaban al negocio, así que era hora de afrontar la realidad.

Faye MacKenzie era la candidata perfecta, seleccionada de una lista meticulosamente elaborada por sus asesores de confianza. Provenía de una estirpe impecable, que se remontaba en la historia estadounidense casi tanto como la de Primo. Se decía que sus antepasados habían llegado en el Mayflower. Él sabía que era solo un mito, pero no andaban muy desencaminados.

Su ascendencia escocesa e inglesa se notaba tanto en su nombre como en su apariencia. Su piel pálida –inusual en aquel ambiente de cutis bronceados– destacaba con elegancia. Su cabello negro caía en ondas sedosas sobre los hombros desnudos. Vestía un clásico vestido negro sin tirantes, ajustado con precisión a sus esbeltas curvas; un diseño de aparente sencillez que solo podía ser obra de uno de los modistos más exclusivos del mundo. Complementaban su atuendo joyas discretas pero deslumbrantes, piezas inconfundiblemente heredadas del joyero familiar.

Estaba divorciada, pero a Primo eso no le importaba. Se había casado joven y divorciado poco después. Sin hijos. Más allá de eso, no había rastro de escándalos. Tenía treinta años, cinco menos que él. Era experimentada, madura y, lo más interesante, independiente. Tenía un trabajo como marchante de arte privada de gran prestigio, respaldado por una licenciatura en Historia del Arte y un máster en Gestión Comercial.

No tenía tiempo para una esposa que se sintiera intimidada por él o que no encajara en su mundo. Necesitaba que sus planes de matrimonio comenzaran de inmediato. Y, lo más importante, sabía exactamente cómo convencer a Faye MacKenzie de aceptar su proposición.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Cómo está tu querido padre? Hace tiempo que no lo vemos, y uno oye cosas…

Faye MacKenzie forzó una sonrisa radiante ante el grupo de hombres que la había rodeado. Sabía que la aparente preocupación no era sincera, sino un intento de averiguar si su padre estaba perdiendo terreno, tanto en la vida como en el consejo de MacKenzie Enterprises, donde llevaba décadas trabajando.

–Caballeros, les transmitiré sus saludos. Mi padre está perfectamente, mejor que nunca. Y en cuanto a lo que han oído…, tendrán que perdonar mi ignorancia, porque no estoy al tanto. Ahora, si me disculpan, tengo que hablar con alguien antes de que se marche.

Tras pronunciar esas palabras, se abrió paso entre el círculo de buitres, dejando que su sonrisa desapareciera. En su lugar, sus labios se apretaron firmemente y su mandíbula se tensó. Tomó una copa de champán de un camarero que pasaba y se refugió detrás de una planta gigante en una esquina del salón de baile. Asistir a ese evento en Manhattan confirmaba lo que sospechaba, y lo que su padre tanto temía: la gente hablaba.

Tomó un trago, esperando que calmara sus nervios. Una brisa le acarició la piel y miró hacia unas puertas abiertas que daban a una terraza. Un poco de aire fresco le vendría bien.

Salió y se apoyó en el muro, echando la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Los sonidos del salón –charlas, risas y cotilleos con música clásica de fondo– se desvanecieron, reemplazados por los de las sirenas y pitidos urbanos.

Abrió los ojos y contempló el horizonte de Manhattan. La frustración y ansiedad se agitaban en su estómago. ¿Por qué había sido tan tonta como para…?

–¿No disfrutas de la fiesta? No te culpo.

Faye se quedó inmóvil. Sabía perfectamente quién le hablaba, aunque nunca antes se hubieran conocido de cerca. Lo había observado al otro lado de la sala hacía un rato, acelerándole el pulso de forma alarmante. Alarmante porque era un cliché sentirse afectada por uno de los hombres más ricos y atractivos del mundo.

Respiró hondo y se volvió. Tuvo que echar la cabeza hacia atrás; él le sacaba más de treinta centímetros, a pesar de que ella no era baja. De cerca era mucho más alto y corpulento. Fuerte. Todo músculo y hueso.

–Primo Holt –dijo él, tendiéndole la mano–. No creo que nos hayan presentado formalmente.

Faye estuvo a punto de reír. Solo alguien completamente desconectado del mundo no sabría quién era ese hombre.

Extendió la mano, con la certeza de que su vida cambiaría al tocarse. Apenas tuvo tiempo de procesar el pensamiento antes de que él tomara la suya, desatando una corriente que recorrió su cuerpo, encendiendo su sangre y erizando su piel.

Se le cortó la respiración por un momento. Notó cómo sus ojos se entreabrían, como si él también estuviera sorprendido. Eran de un azul deslumbrante, profundos y vivos, resaltando contra su piel bronceada y un rostro perfectamente proporcionado. Su cabello rubio oscuro estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto una frente amplia. Era casi irreal, como si los dioses no solo le hubieran dado riqueza, sino también una belleza desmesurada.

Sin embargo, su atractivo se endurecía en una mandíbula marcada y una presencia que irradiaba poder. Era la personificación de la masculinidad en un entorno dominado por hombres ablandados por el exceso de comodidades.

–Soy Faye MacKenzie –respondió ella, esforzándose por hacer funcionar su cerebro.

Él apretó su mano mínimamente antes de soltarla.

–Sí, sé quién eres.

Instintivamente, Faye se llevó la mano al pecho, acunándola para retener la sensación. Se preguntó qué le pasaba. Se comportaba como una jovencita con las hormonas revolucionadas.

Parpadeó y dejó caer la mano.

–¿En qué puedo ayudarte? –preguntó tras recuperar el control.

Él curvó los labios en una leve sonrisa, atrayendo la atención de Faye hacia ellos de forma inevitable. Su estómago dio un vuelco. Esa boca era pura tentación. Y él estaba riéndose. Sus dientes blancos y perfectos brillaban al hacerlo. Era un ángel, sí, pero no uno bueno. Ella lo sentía en la piel: ese hombre podía desatar el caos con una facilidad aterradora.

Faye apartó la mirada de golpe, obligándose a subirla hasta sus ojos. La irritación la invadió al darse cuenta de lo vulnerable que se sentía, de lo fácil que él desarmaba su autocontrol y aplastaba su lógica. Se aferró a esa irritación con fuerza, usándola como un salvavidas para no ceder ante su presencia.

–¿Te parece divertido?

Los labios de él se enderezaron al instante, pero el brillo travieso seguía vivo en sus ojos.

–En absoluto. Aunque debo admitir que hay algo en lo que podrías ayudarme.

–No se me ocurre en qué podría hacerlo –respondió ella con más brusquedad de la que pretendía.

Él se apoyó con aparente despreocupación contra la pared junto a ella, su proximidad desarmándola poco a poco.

–¿Acaso no eres una de las principales expertas en arte del mundo?

Faye se desestabilizó de nuevo. ¿Él sabía a lo que se dedicaba? Su voz, junto con el inesperado cumplido, provocaron un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, una mezcla de placer y alarma.

–No sabría decirte –respondió ella, tratando de mantener la compostura–, pero es mi área de especialización, sí.

Él sonrió de forma sutil, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre ella.

–Te he investigado. Tienes un historial impresionante: una lista envidiable de clientes satisfechos y varios de los acuerdos más importantes de la última década bajo tu nombre.

Faye se ruborizó y bajó la cabeza, tratando de ocultar su repentina timidez.

–Es algo que me apasiona, así que me resulta fácil ganarme la vida con ello.

–La pasión lo hace todo más interesante, ¿verdad?

¿Estaba coqueteando? Su expresión era indescifrable, pero el brillo en sus ojos lo delataba. Una imagen ardiente de ambos entrelazados cruzó su mente como un relámpago, dejándola aturdida y con el aliento atrapado en los pulmones. Los hombres no solían afectarla de esa manera.

–¿Qué dirías si te preguntara si te gustaría venir a tomar una copa conmigo?

El corazón comenzó a latirle de manera desbocada y se sintió mareada. ¿Primo Holt la invitaba a una copa?

–No aquí –añadió él–. En algún lugar cerca. Me gustaría conocer tu opinión profesional sobre algo.

Al escuchar eso, se calmó un poco. Era solo un asunto de trabajo. Por supuesto, no era su culpa que sus palabras sonaran como algo más. Si fuera verdaderamente profesional, habría pedido reunirse en su oficina. No de noche, y mucho menos para tomar una copa.

Tal vez esa fuera su manera de hacer negocios. Reservado tanto en lo profesional como en lo personal, nunca se le había conocido una relación duradera, y las mujeres que aparecían junto a él en las fotos resultaban igual de misteriosas.

Él aguardaba su respuesta. Aunque la reunión tuviera un propósito laboral, el torbellino de emociones la dejó descolocada. No estaba acostumbrada a sentirse así. Salía de vez en cuando, aceptaba invitaciones, incluso había tenido algunas aventuras. Pero esas experiencias eran escasas, y hacía tiempo que no ocurrían.

–¿Quieres ir a tomar una copa para discutir algo?

Él asintió.

–A menos que necesites seguir en la fiesta. Si es así, ¿podríamos quedar en otro momento?

Lo último que necesitaba era seguir en ese lugar en el que los buitres no paraban de preguntar por su padre. Y sentía un impulso de aprovechar el momento. Estaba intrigada, embriagada por su interés, aunque tan solo fuera en lo profesional.

Intentó recordar si alguna figura importante en el mundo del arte había colaborado con él, pero no le vino ningún nombre a la mente. Si conseguía que Primo trabajara con ella, sería todo un logro. Su familia poseía una colección de arte privada tan exclusiva que pocos la habían visto. Si lograba que accediera a compartirla con el público o colaborar con galerías, sería un éxito rotundo.

–No, me encantaría irme ya –respondió, convenciéndose de que era por curiosidad y por la oportunidad profesional, no por ser el hombre más guapo que había visto nunca.

Primo sacó el teléfono de su bolsillo.

–Bien, le diré a mi chófer que esté listo. ¿Nos vemos en el vestíbulo en diez minutos? Solo tengo que despedirme del anfitrión.

Él era un invitado de honor. Ella, en cambio, podía desaparecer sin que nadie lo notara.

Asintió mientras lo observaba regresar a la fiesta. La chaqueta del esmoquin se le ajustaba como si hubiera sido creada solo para él, destacando su espalda ancha, su cintura estrecha y el porte elegante de sus largas piernas. La multitud se apartó a su paso, de manera casi reverencial. Entonces, las miradas se posaron en ella. Los murmullos comenzaron, y el impulso de escapar se apoderó de su cuerpo de nuevo.

Faye se dirigió al guardarropa, tomó su chaqueta –una capa suelta a juego con su vestido– y se la colocó con cuidado. Al llegar al vestíbulo, Primo ya estaba esperándola, con un largo abrigo negro que realzaba aún más su imponente elegancia. Su presencia resultaba casi intimidante.

Al llegar a su lado, Primo extendió una mano con naturalidad, invitándola a pasar primero.

Salieron juntos del edificio y descendieron los escalones, donde un imponente todoterreno con ventanas tintadas los esperaba. El conductor abrió la puerta con profesionalidad, y Primo la ayudó a entrar en el vehículo. Mientras se acomodaba en el asiento, Faye sintió que acababa de atravesar un umbral que marcaría un antes y un después en su vida.

Él se acomodó con naturalidad mientras daba instrucciones al chófer y se adentraban en el tráfico.

–Hay un club privado donde podemos tomar una copa sin que nadie nos moleste, ¿te parece bien?

Faye se volvió para mirarlo. Parecía enorme dentro del coche.

–Suena bien –respondió asintiendo con la cabeza.

No tardaron en detenerse frente a un edificio discreto. Faye agradeció que Primo no hubiera intentado llenar el silencio con palabras innecesarias.

El chófer la ayudó a salir del vehículo y Primo le tendió la mano para que lo acompañara hasta una puerta bajo un toldo que se abrió como por arte de magia a su llegada.

–Marcel, me gustaría presentarte a Faye MacKenzie –dijo él tras saludar en francés al hombre trajeado que los recibió–. Creo que solo tomaremos unas copas. A menos que tengas hambre –añadió girándose hacia ella.

–No –respondió Faye, negando con la cabeza. Comer con él sería demasiado, su estómago no lo soportaría–. Una copa está bien, gracias.

Les tomaron los abrigos y se adentraron. Era un club privado muy amplio. La decoración era elegante, con alfombras y papel pintado en tonos cálidos. Los reservados y mesas, iluminados tenuemente, creaban un ambiente íntimo, y Faye logró reconocer a varios famosos entre los presentes.

Los dirigieron a una zona apartada con una vista privilegiada. Faye se sentó mientras Primo se acomodó enfrente con naturalidad.

La música suave se mezclaba con el murmullo de charlas y risas, creando un ambiente agradable y lujoso. Todo destilaba glamour. De repente, notó que su rostro se acaloraba. No estaban en una cita. Su matrimonio la había dejado marcada, y su independencia se había convertido en su bien más preciado. No había necesitado a un hombre en mucho tiempo, y, sin embargo, ahí estaba, dándose cuenta de que no había dudado en aceptar su invitación.

Un camarero se acercó. Primo miró a Faye.

–¿Qué te apetece tomar?

–Un dry martini, y agua, por favor.

No solía beber mucho, pero sentía que necesitaba alcohol, aunque al mismo tiempo quería mantener la cabeza despejada.

Él pidió un whisky.

Cuando el camarero se fue, Faye se obligó a mirar a Primo. Su mente se quedó en blanco, algo que le resultó desconcertante, ya que estaba más que acostumbrada a tratar con gente importante.

Como si pudiera leer sus pensamientos, fue él quien se encargó de iniciar la conversación:

–Ha llegado a mis oídos que hiciste un trato con un Picasso para un cliente que al parecer pertenece a la familia real británica.

Faye se irguió orgullosa. Ese trato había sido uno de sus mayores logros profesionales.

–Puedo confirmar que era un Picasso, pero del cliente… no puedo comentar nada.

–Eres discreta. Me gusta.

Faye sintió un escalofrío. Tenía la sensación de que no se refería solo a la discreción profesional.

–¿Te importa que me la quite? –preguntó él, llevándose una mano a la pajarita–. Estas cosas me estrangulan.

Ella movió la cabeza en señal de negación, observándolo con atención mientras se la quitaba y se desabrochaba un botón de la camisa, dejando a la vista la piel bronceada de su cuello. Entonces recordó que su madre había sido una legendaria supermodelo brasileña.

–Salud –dijo él, alzando su vaso a modo de brindis.

Faye estaba tan embobada que ni siquiera se dio cuenta de que el camarero ya le había servido la bebida y la tenía delante.

Levantó su copa y brindó con él. Tomó un sorbo y saboreó la bebida. Eso le dio el coraje que necesitaba.

–Me sorprende que no tuvieras una acompañante en la fiesta.

Él dejó su vaso y negó con la cabeza.

–Fui solo. No estoy saliendo con nadie ahora. ¿Y tú?

Su franqueza la sorprendió, pero le gustó.

–No. –Negó con la cabeza–. No estoy con nadie.

No había tenido una relación en mucho tiempo, pero no había necesidad de que él lo supiera. Mientras hablaban, Faye intentaba recordar cuándo fue la última vez que Primo había sido visto con alguien. Siempre parecía rodearse de mujeres de una belleza y éxito abrumadores, un dato que ella, de forma inconsciente, había retenido.

–Es extraño que nunca hayamos hablado, teniendo en cuenta todos los eventos en los que hemos coincidido a lo largo de los años.

Faye contuvo una sonrisa irónica.

–Es cierto que hemos coincidido, pero tú y yo no estamos al mismo… nivel.

–Tu apellido tiene tanta solera como el mío.

Ella se encogió de hombros.

–MacKenzie Enterprises es un pez pequeño comparado con Holt Industries.

–Puede que sea más pequeño, pero es un negocio exitoso. ¿Cómo está tu padre? Siempre le he respetado. Es un hombre directo.

–Está bien. Su ritmo es más pausado ahora, pero no por eso ha perdido su capacidad.

El accidente automovilístico de años atrás había dejado secuelas en las piernas de su padre, obligándolo a usar una silla de ruedas o un andador para desplazarse.

–¿Solo estáis vosotros dos?

Faye asintió, preguntándose adónde quería llegar.

–Sí. Soy hija única, mi madre falleció cuando yo era adolescente.

–Lo siento…

Ella se encogió de hombros de nuevo.

–Mi padre y yo nos teníamos el uno al otro.

–¿Nunca se volvió a casar?

Faye negó con la cabeza.

–La adoraba. Siempre estuvieron muy enamorados.

–Tuviste suerte. Mis padres nunca se quisieron, y mi padre nunca fue paternal conmigo.

–Se divorciaron, ¿verdad?

Él asintió.

–Cuando era joven. Mi madre se fue y nunca volvió. La veo esporádicamente.

Faye contuvo el aliento ante tal revelación.

–Eso suena duro…

–Fue hace mucho –aseguró él con aire despreocupado–. No suelo pensar en el pasado. No trae nada bueno.

Faye captó la indirecta; él era de los que pasaban página rápido.

–He oído que tienes el control del negocio familiar.

–Mi padre no se preocupó por el legado. Hizo su trabajo y se retiró pronto. –Su boca se torció–. No hay problemas de sucesión.

–¿No tienes un hermano? –preguntó ella, frunciendo el ceño.

–Sí, Quintano. Pero nunca se interesó por el negocio, y menos cuando descubrió que nuestro padre no era su padre.

Ella había oído algo sobre eso.

–No vive aquí, ¿verdad?

–No, en Brasil. Está casado y con hijos. Tuvieron gemelas hace meses.

Faye sintió una punzada de dolor, mezcla de emoción y recuerdo.

–¿Los ves mucho?

El rostro de él se ensombreció por primera vez esa noche.

–No. –Levantó su vaso y tomó un sorbo.

De repente se sintió mareada. Estaban hablando de temas demasiado personales.

–Es agradable esta copa…, pero mencionaste que necesitabas mi opinión.

–Debo admitir que, aunque también me interesa tu opinión profesional, no es la razón principal por la que he querido reunirme contigo. Se trata de algo más personal –confesó él, con cara de sentirse avergonzado.

El corazón de Faye se saltó un latido.

–Vaya… ¿Y por qué yo? Siento curiosidad…

¿Por qué no una mujer más joven y hermosa de las que había en la fiesta?

–Eres muy guapa –dijo él, mirándola fijamente.

Esas palabras le provocaron un cosquilleo en el estómago, como el de una jovencita escuchando su primer halago. Pero ya no era una niña a la que le gustaran los juegos.

Entrecerró los ojos, evaluándolo con cautela.

–Gracias, pero tal vez deberías buscar a una mujer más ingenua.

 

 

Primo sintió la adrenalina recorriendo su cuerpo. Por eso quería casarse con ella, porque de ingenua no tenía nada. Y además era extraordinariamente bella, más de lo que pensaba. Sus enormes ojos avellana lo tenían hipnotizado, pero su boca, carnosa y exuberante, era una provocación en sí misma.

–Te equivocas –respondió él, negando con la cabeza–. Supe que quería invitarte antes de presentarme.

Ella se tensó.

–¿Qué significa eso?

–Significa que ya quería hablar contigo antes de la fiesta. Quería conocerte. –El instinto le decía que con ella debía poner las cartas sobre la mesa–. Se trata de algo muy simple. Me gustaría que te casaras conmigo.

Faye se puso blanca y sus ojos se abrieron de golpe.

–¿Acabas de decir…?

–Sí, me gustaría que aceptaras mi proposición de matrimonio.

–Es lo más absurdo que he oído –dijo ella, sin parar de negar con la cabeza–. ¡Ni siquiera nos conocemos!

–Por eso quería conocerte. Para comprobar lo que ya sospechaba: que tenemos un gran potencial como pareja.

A Primo le corría la sangre a toda velocidad por las venas. La deseaba como no recordaba haber deseado a nadie. Las luces del local acentuaban el brillo de su cabello oscuro y la palidez de su piel, mientras el vestido delineaba curvas que le resultaban irresistibles.

Pero algo en el rostro de ella cambió de repente. La sorpresa dio paso a una expresión de dureza.

–Gracias por la copa, pero, si ya has terminado de divertirte, creo que es hora de que me vaya.

Acto seguido, se levantó y salió del reservado. Primo tardó un instante en reaccionar. No estaba acostumbrado a que alguien le diera la espalda.

Un vacío se apoderó de su estómago. ¿Era pánico?

Se insultó mentalmente. Había metido la pata. Él, que siempre sabía manejarse con elegancia, había fallado.

La alcanzó y la tomó de un brazo.

–Espera, por favor… No me estoy burlando. Esto no es ningún juego.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Al día siguiente, Faye caminaba de un lado a otro en la sala de recepción de la casa familiar. No había pegado ojo. Su cabeza estaba llena de preguntas y pura conmoción.

Primo Holt la había invitado a tomar una copa bajo falsos pretextos. ¡Quería casarse con ella!

Se sentía furiosa y humillada.

Dejó de caminar al recordar cómo él había intentado persuadirla para que se quedara en el bar cuando ella había insistido en marcharse. Antes de irse, él le había dicho: «Puede que haya cometido un error al ser tan directo, pero pensé que apreciarías que lo fuera».

Luego había insistido tanto en que su chófer la llevara a casa que al final acabó aceptando.

No era ninguna una broma. Él hablaba en serio, porque tenía un plan desde el principio, mientras ella no podía apartar la vista de su boca con pensamientos lujuriosos que ahora la hacían arder de vergüenza.

Y ni siquiera había conocido el alcance total de su plan hasta esa mañana, cuando él apareció en su casa para reunirse con su padre. Una reunión previamente acordada.