Renuncia por amor - Abby Green - E-Book

Renuncia por amor E-Book

Abby Green

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Beschreibung

De fantasma del pasado… a amor para siempre La noche en que Quin Holt celebra el éxito de su compañía, reaparece Sadie Ryan, la mujer que desapareció días después de dar a luz a su hijo. Él solo recuerda el abandono; ella trae la verdad: fue testigo de un asesinato y vivió escondida para protegerlos. Entre Nueva York y Brasil, la convivencia aviva una atracción imposible y los obliga a enfrentar traumas antiguos. ¿Podrá una familia nacer de nuevo cuando la confianza parecía perdida?

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Seitenzahl: 206

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2024 Abby Green

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Renuncia por amor, n.º 229 - noviembre 2025

Título original: The Heir Dilemma

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370008277

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Quintano Holt observó la fiesta que tenía lugar en la azotea de un emblemático hotel de Manhattan. Cientos de faroles y velas iluminaban con un resplandor dorado a las personas más poderosas, influyentes y bellas de la sociedad neoyorquina. Camareros vestidos de blanco y negro se movían con fluidez, ofreciendo bebidas y canapés. La luna llena brillaba en el cielo nocturno despejado. El aire era templado, y el ambiente, exclusivo e idílico.

Saboreó el momento a solas, antes de que notaran su presencia. Dejó que la satisfacción se asentara en su vientre. Esa noche culminaban años de trabajo: había sacado a bolsa su empresa de tecnología por una suma desorbitada. Era la prueba irrefutable de que podía triunfar por sus propios medios, sin el legado familiar.

Un legado al que había renunciado cinco años atrás, al descubrir que su padre no era su progenitor biológico. Algún otro hombre sin nombre lo había sido. Tal vez el socorrista de la piscina. O el entrenador personal de su madre brasileña.

El hombre que lo había criado no se esforzó por detenerlo. Recibió la noticia de que Quin no reclamaría su herencia ni asumiría un puesto en el negocio familiar con un encogimiento de hombros, resumiendo así la relación que habían mantenido todos esos años.

En cuanto a su madre…, figuraba como una de las dos personas a las que más despreciaba en el mundo. En lo profundo de Quin anidaba la herida de su abandono, algo que siempre le reprochó. Sabía que un niño tan pequeño no podía ser la causa de que una madre desapareciera, pero en lo más profundo de su ser, el trauma le hizo sentir lo contrario. Ella los había dejado a él y a su hermano mayor sin mirar atrás, y no permitiría que recuerdos tóxicos contaminaran ese momento.

Apartó de sí aquellos pensamientos indeseados y se centró en la multitud. Dejó que su mirada vagara sobre las mujeres, cada una más despampanante que la anterior. Rubias, morenas, de cabello negro azabache, pelirrojas. Todas enfundadas en vestidos que realzaban extremidades esbeltas y curvas exuberantes.

Todas tan tentadoras… Y bien sabía Dios que debería sentirse tentado. Habían pasado años desde que…

«No, ni hablar. No sigas por ahí», se dijo. Eso sería llegar a un nivel de toxicidad que iba más allá de los recuerdos de su madre.

El problema era que no se sentía tentado. Ni remotamente. Miraba a esas bellezas y ninguna le provocaba un cosquilleo en el cuerpo. Ni se inmutaba.

Una sensación de desesperación lo invadió. No podía ser que ella lo hubiera dejado incapacitado para el resto de las mujeres. Con todo lo que había hecho. Dejó que su mirada se detuviera en la pelirroja, la que menos se le parecía. Se obligó a encontrarla atractiva, recorriendo con los ojos sus curvas tonificadas, probablemente esculpidas en gimnasios caros de Manhattan.

Pero eso solo lo llevó a pensar en otro cuerpo: igual de esbelto y tonificado, aunque forjado por el surf, el jogging y las caminatas rápidas. Era como una diablilla incontenible, rebosante de energía; pero, al mismo tiempo, suave en los lugares precisos y voluptuosa en otros aún más tentadores. La forma en que sus pechos le llenaban las manos, como si estuvieran hechos para él… Los pezones puntiagudos… Aún recordaba su roce contra la lengua, y cómo ella se arqueaba contra él, abriendo las piernas, suplicándole que…

Quin maldijo en voz baja. Por fin se sentía excitado, y era gracias a un fantasma. Maldita fuera. Era hora de seguir adelante, y si tenía que fingirlo hasta sentirlo de verdad, haría lo necesario.

Estaba a punto de dar un paso hacia el tumulto de la fiesta cuando algo lo hizo vacilar. Se le erizó el vello de la nuca. Un aroma le cosquilleó las fosas nasales. Rosas y algo más. Cítrico. Algo único. Solo una mujer tenía ese olor. Todo en él se tensó. No. No iba a dejar que lo persiguiera así.

Decidido a dejar el pasado atrás, Quin avanzó un paso cuando una voz pronunció su nombre tan bajo que no estuvo seguro de haberlo oído. Se detuvo. La voz sonó de nuevo, más alta. Más firme.

–Quin.

Lentamente, se dio la vuelta, esperando no ver nada porque su mente le jugaba malas pasadas. Tenía que ser eso. Porque no podía ser que…

Su mirada se posó en una mujer. Era ella. La otra persona a la que despreciaba aparte de a su madre. Y, sin embargo, su primera reacción no fue asco ni rechazo, sino algo cercano al alivio, y una necesidad abrumadora de atraerla hacia él, de tocarla… De sentir lo real que era.

«Ni en broma». Odiaba a esa mujer con todas sus fuerzas. No era alivio lo que sentía. Era rabia y asco.

Aun así, la tormenta en su interior no se calmaba tan fácilmente mientras la observaba.

No era muy alta, y tal disparidad siempre le había fascinado. Él le sacaba casi treinta centímetros. Ella corría hacia sus brazos, se aferraba a su cintura con las piernas y le rodeaba el cuello con los brazos, pegando la boca a la suya.

Parecía distinta: el pelo, más claro que antes, rubio con destellos rojizos, caía en ondas desordenadas más allá de los hombros. Su piel, pálida, estaba salpicada de pecas sobre las mejillas. Los ojos –una mezcla hipnótica de azul y verde, aguamarina y peligrosamente familiares– se enmarcaban con pestañas largas. La nariz, recta; la boca, ancha; y en ese labio inferior carnoso estaba la chispa que, desde la primera vez que la vio, había encendido en él el deseo de besarla.

Llevaba un sencillo vestido de noche negro, sin tirantes, que dejaba al descubierto sus delicadas clavículas y sus esbeltos brazos. No llevaba joyas llamativas, y su maquillaje era apenas perceptible.

Algo en esa apariencia discreta le cayó como una inyección de adrenalina en el estómago, sacándolo de su trance. Y entonces se dio cuenta de que no era adrenalina. Era deseo.

–Sadie Ryan… –murmuró Quin, incapaz de creer que estuviera pronunciando su nombre, o que ella aún tuviera el poder de revivir su libido después de cuatro años.

Era la mujer que lo había traicionado de la peor forma: haciendo que confiara en ella. Que la amara. «No», se dijo. Nunca había sido amor. Había sido deseo. Nada más. Pero la certeza sonaba falsa, burlándose de él.

Parpadeó, esperando que desapareciera. Pero no lo hizo. Era demasiado real.

–¿Qué demonios haces aquí?

Sadie Ryan miró a Quin Holt y no podía creer que estuviera allí, delante de él. Y que siguiera respirando, sin derrumbarse a sus pies en un mar de emociones. La sangre le latía con fuerza, ahogando la música y el murmullo de la fiesta.

Estaba tan impresionante como lo recordaba… o quizá más. El pelo corto, rubio oscuro, enmarcaba unos ojos profundos e intensos. La mandíbula, delineada por una barba incipiente, le confería un aire de elegancia atemporal afilado por un atractivo deslumbrante. Y de él emanaba un carisma palpable, tan intenso como su magnetismo físico: brutal, innegable.

Pasado y presente se fundieron mientras recordaba la primera vez que lo vio. Apoyado en un poste de madera del porche en la casita de playa en Brasil, bebiendo cerveza. Con unos pantalones cortos de surf, con el torso desnudo. Estaba magnífico. Al sentir su mirada, él había levantado la suya, y ella había percibido el chisporroteo entre ambos.

Sadie obligó a su mente a volver al presente. No podía perderse en recuerdos. Tenía la boca seca por los nervios. Intentó tragar, pero no respondía. Había soñado tanto con ese momento que no parecía real.

–¿Qué demonios haces aquí?

La pregunta de Quin cortó el torrente de pensamientos. Sadie se dio cuenta de que parecía furioso. Le palpitaba un músculo en la mandíbula, recordándole cuando había estado en el hospital cuatro años atrás con dolor intenso y nadie la escuchaba. La mandíbula le había palpitado así mientras hablaba con el personal.

Se concentró en el presente, aunque el pasado amenazaba con ahogarla. En lugar del discurso que tanto había ensayado: «Sé que esto debe de ser un shock para ti», balbuceó con emoción:

–Cuánto me alegro de verte.

Quin frunció el ceño. Sadie apenas se fijó en el traje oscuro y la camisa azul clara que se ceñían perfectamente a su figura alta y poderosa. Nunca lo había visto tan formal. En sus recuerdos vestía con camiseta y vaqueros, o pantalones cortos de surf, a menudo con el torso desnudo. O desnudo del todo… El calor la inundó al recordarlo.

–Cuánto me alegro de verte –La voz de Quin sonaba incrédula–. ¿En serio? Parece una broma de mal gusto.

Sadie negó con la cabeza. Maldijo su ingenuidad. Por supuesto que no se alegraba. Se había marchado sin explicación. Había desaparecido, dejándolo a él y a…

–Que yo sepa, no estás invitada. Deberías irte.

La hostilidad la hizo temblar.

–Intenté llamarte hace poco, pero tu número cambió… o me bloqueaste.

Quin guardó silencio un momento, luego dijo tenso:

–Conservé tu número durante un año después de que te marcharas. Como no volví a saber de ti, entendí que no tenía sentido seguir guardándolo. No eres bienvenida a la fiesta.

–Lo sé, no estaba invitada, pero vi en la prensa que estarías aquí, así que me arriesgué y me dejaron entrar diciendo que te conocía.

La mirada oscura de Quin la recorrió sin calidez.

–Me conocías hace mucho tiempo.

El corazón de Sadie se encogió. La miraba como a una extraña, y no podía culparlo.

–Cuatro años no es tanto –ironizó, sintiendo cómo la mentira le dejaba en la boca un regusto amargo.

Los últimos cuatro años parecían una eternidad. Cada día arrancándole un poco más del corazón y el alma. Hasta unas semanas atrás, cuando recibió la noticia de que podía vivir de nuevo.

Quin negó con la cabeza.

–Hay que tener valor para aparecer así. ¿Qué quieres?

–Tenemos que hablar. –Seguro que no podía negarle eso.

Quin cruzó los brazos, y Sadie odió notar sus bíceps abultados contra la tela.

–¿Hablar de qué? ¿De cómo desapareciste sin más? ¿Dejando solo una nota? ¿Cómo era?

Quin fingió pensar, y Sadie quiso suplicarle que no dijera esas palabras odiosas grabadas en su alma. Pero él las escupió con deleite:

–Ah, sí: «Por favor, créeme cuando digo que no quiero irme, pero tengo que…».

Que omitiera parte de la nota era un pequeño consuelo. Tal vez no quería recordar donde decía: Te quiero. O la otra parte, por la que estaba allí.

–Quin, tenemos que hablar de…

–No tenemos nada de que hablar –la cortó–. Date la vuelta y vete, o haré que te echen.

El pánico le atenazó el vientre. No podía hacer eso. Pero las piernas se le aflojaban como gelatina al imaginar que podría ordenar que la echaran a la calle.

Inspiró para calmar el pánico. Tenía que ser racional y recordar que tenía derechos.

Se irguió ante su ira y su rechazo absoluto.

–No me voy a ninguna parte, Quin. He venido porque quiero ver a mi hijo. Nuestro hijo. Quiero ver a Sol.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Quin aún no podía creer que Sadie estuviera delante de él. Y que pronunciara el nombre de su hijo. La mujer que había abandonado a su bebé de pocos días. El hijo de ambos. No. Ahora era solo suyo. Ella había renunciado a sus derechos como madre el día que le dio la espalda con cruel indiferencia.

Debería haber previsto algo así. Al fin y al cabo, había pasado por lo mismo. En su mundo, las madres no causaban más que estragos.

La necesidad de proteger a su hijo de aquella mujer era abrumadora.

–Cómo te atreves siquiera a mencionar su nombre –le espetó–. No tienes derecho.

Ella palideció aún más bajo la luz tenue. Abrió mucho los ojos. Del color del mar. Él solía ahogarse en esos ojos. Se había resistido mucho cuando se conocieron, porque, después de que su madre lo abandonara de pequeño, no confiaba en nadie. Pero, día a día, se había sumergido en su hechizo, hasta que una mañana se despertó y se dio cuenta de que moriría por Sadie.

Fue entonces cuando ella le dijo que estaba embarazada, y que estaba tan conmocionada como él. Pero, tras el golpe inicial, en Quin brotó un arrebato de alegría y esperanza. Aquello era una oportunidad para reescribir su historia. Ingenuamente, había imaginado a una madre capaz de amar a su hijo lo suficiente como para quedarse, y que al mismo tiempo recibiera todo el amor y el apoyo que él mismo no había tenido por parte de su padre.

Quin había crecido rodeado de un lujo inimaginable: todo lo que el dinero podía comprar, pero nada que de verdad importara. Fue solo al abrirse camino por sí mismo cuando descubrió el verdadero valor de las cosas, y la idea de transmitirle esa lección a su hijo le resultaba extrañamente liberadora.

Sadie había sido tan feliz… Ambos lo habían sido. Pasaban las noches en vela, hablando de proyectos para su hijo y para ellos mismos. Se casaron en una ceremonia sencilla, junto al mar, cuando Sadie ya llevaba siete meses de embarazo.

–Tengo todo el derecho, Quin. Soy su madre.

Su voz lo sacó del pasado. Se obligó a ser racional. A pesar de lo que había hecho cuatro años atrás, sabía que, como madre biológica, tenía derechos. Aunque ningún tribunal la vería con buenos ojos tras abandonarlos pocos días después de dar a luz.

–¿Qué quieres, Sadie?

–Quiero ver a mi hijo. Quiero ser una madre para él.

–Has tenido cuatro años para ser madre. ¿Por qué ahora?

Se le ocurrió algo que le revolvió las tripas de asco. En su momento, creyó conocerla tan bien como a sí mismo, pero había sido un ingenuo.

Ella abrió la boca, pero Quin descruzó los brazos y levantó una mano.

–No hace falta que digas nada. Tu sentido de la oportunidad lo dice todo.

–¿Mi sentido de la oportunidad?

Quin podría haberse reído, pero no tenía ganas. Su capacidad para actuar era admirable. Una habilidad que nunca percibió, porque confiaba en ella sin reservas.

–¿Esperas que crea que es casualidad que reaparezcas justo el día en que saco mi empresa a bolsa y genera millones?

Bueno, en realidad, miles de millones, pero no iba a ponerse quisquilloso.

Ella negó con la cabeza.

–No, no se trata de eso. –Se sonrojó–. Te he seguido en las noticias para contactarte, y sí, leí sobre el éxito que has tenido…, pero no me interesa ese aspecto. Quiero decir… –Se detuvo y añadió con voz ronca–: Sí que me interesa que hayas logrado lo que te proponías cuando nos conocimos. Es increíble, Quin, debes de estar orgulloso.

El pecho se le encogió al oírla pronunciar su nombre así, pillándolo desprevenido. Le había confiado sus sueños y ambiciones. Se había abierto a ella como a nadie más, seducido por su carácter extrovertido y cariñoso, sin imaginar que lo destrozaría.

Qué tonto había sido. Se había imaginado compartiendo aquel triunfo con ella, pero ahora se sentía contaminado. Como si confiarle esos sueños lo invalidara todo. El pasado lo envolvía, inundando su mente con imágenes ardientes. Intentó enfriar la sangre, pero el latido de la excitación era casi imposible de apagar. Siempre lo había sido. Desde que la vio por primera vez, la deseó con una necesidad primitiva. Tenía que mantenerla lejos.

–Dices que solo estás aquí para ver a tu hijo. En ese caso, te proporcionaré los datos de mi abogado para que puedas contactarme por los canales legales.

 

 

Sadie notó que la sangre se le iba a los pies y, por un segundo, se mareó. Debía de haberse tambaleado, porque Quin preguntó:

–¿Estás bien?

Pero no sonaba preocupado, sino irritado. Sadie asintió. No iba a desmayarse como una desvalida, aunque los nervios le hubieran cerrado el estómago desde hacía horas. Apenas había dormido desde que llegó a Nueva York, procedente de Inglaterra, el día anterior.

–Estoy bien. –Tenía que insistir y hacerle entrar en razón–. Mira, no puedo costear un abogado ni un proceso legal. Solo quiero ver a mi hijo y compartir tiempo con él.

–¿Y después qué? ¿Desaparecerás de nuevo? Una ventaja de irte cuando lo hiciste fue que solo tenía unos días. Ahora tiene cuatro años y una mente que lo retiene todo. No se le escapa nada.

La emoción floreció en ella al escuchar cómo describía a Sol, manifestándose en lágrimas que se acumulaban en sus ojos. Las únicas fotos que había visto de su hijo eran borrosas, capturadas por los paparazzi mientras seguían a Quin y Sol a lo largo de los años, algo que había intensificado su sufrimiento y soledad.

Cuando se reveló que Quintano Holt, hijo del influyente Robert Holt, era padre soltero, las revistas del corazón inundaron sus páginas con especulaciones sobre la identidad de la madre del niño.

Sadie no tenía la más mínima idea de quién era el padre de Quin… y, más tarde, descubriría que Robert, en realidad, tampoco era su padre biológico. Tampoco conocía a su hermano mayor ni sabía nada de su linaje privilegiado, heredero de una de las familias fundadoras de América.

Quin nunca le habló mucho de su vida anterior, solo le dijo que no estaba unido a su familia. Ella notó su reticencia y no insistió. Al fin y al cabo, solo hacía días que conocía la verdad sobre su propio pasado cuando se encontraron… Pero no era el momento de hablar de ello. Contuvo la emoción y dijo:

–No voy a irme. Nunca más. Estoy aquí para quedarme. Para ser la madre de Sol.

Aunque la idea la aterrorizaba. Solo había sido su madre unos días antes de saber que debía irse, por la seguridad de Quin y Sol.

Quin soltó un bufido.

–Basándome en tu comportamiento anterior, las probabilidades de que te quedes son mínimas.

Sadie necesitaba convencerlo, y la única opción era decirle la verdad…, pero se imaginaba a Quin riéndose, sin creerla. Aunque sería fácil de demostrar.

–Dame una oportunidad para explicarte por qué me fui, Quin…, por favor –le suplicó–. Si solo…

Pero él levantó la mano para cortar sus palabras. Sadie lo vio sacar un teléfono del bolsillo, pulsar un botón y llevárselo al oído. Se giró apenas, y hasta ese leve intento de ocultarse le dolió. Cuando estaban juntos, nunca lo había hecho. Aunque, en realidad, Quin le había ocultado mucho. No solo su historia familiar. Durante el año que compartieron, Sadie creyó que era un surfista y un friki de la tecnología que viajaba por el mundo sin ataduras. Y, aun así, no podía reprocharle nada, no después de lo que ella había hecho. Ahora, lo único que importaba era ganarse su confianza.

Oyó que hablaba en portugués brasileño, con una soltura mucho mayor que en aquellos días que compartieron en una pequeña ciudad costera al este de São Paulo. Ambos habían llegado allí para perderse, aunque ella había olvidado el motivo tras una lesión en la cabeza, sufrida al golpearse contra la tabla mientras surfeaba, apenas dos días después de conocerlo. Fue él quien la sacó del agua… y, desde ese instante, se convirtió en su salvador.

Durante casi todo aquel año junto a Quin –un año de pasión intensa– no recordó quién era. Vulnerable tras el accidente, terminó confiando en él, que la cuidó con paciencia. La atracción creció hasta volverse irresistible, y acabaron siendo amantes inseparables.

Con el tiempo, el hecho de que ella no pudiera recordar su vida anterior quedó relegado. Vivían atrapados en una burbuja de ensueño, tan centrados el uno en el otro que resultaba natural olvidar que Quin también arrastraba un pasado. Él se convirtió en su ancla. Y en el amor de su vida.

La memoria regresó después del nacimiento de Sol. Y, con ella, la certeza que la llevó a tomar la decisión más desgarradora de su vida: marcharse. Fue lo más duro –y doloroso– que jamás había hecho.

Quin terminó la llamada y la miró. Sadie lo intentó de nuevo:

–Por favor, Quin…

Él la cortó en seco.

–No tengo tiempo para escuchar la historia que hayas inventado para justificar cómo abandonaste a tu bebé sin mirar atrás. Vuelvo a Brasil.

No se había ido sin mirar atrás. Cada día había sido una tortura. Lo único que la había sostenido era creer que lo había hecho para mantenerlos a salvo. El precio era enorme, pero mereció la pena. Incluso ahora, pese a su hostilidad. Aunque él nunca la perdonara.

La necesidad de defenderse se mezcló con el pánico de pensar que él se marcharía.

–¿Brasil? ¿Qué hay en Brasil?

–Vivo en São Paulo con Sol.

El corazón se le encogió. Allí había nacido su hijo.

–¿Sol está allí?

Quiso preguntarle cómo podía dejarlo a miles de kilómetros, pero se mordió la lengua.

–Sí, está con su niñera. La misma que ha estado con nosotros desde que te fuiste.

Otra flecha directa al corazón.

–No llevo ni veinticuatro horas fuera –continuó Quin–. Planeaba pasar la noche en Manhattan y volver por la mañana, pero he decidido irme ahora.

Sadie se desinfló. No podía permitirse un viaje a São Paulo. Había agotado sus ahorros para llegar a Nueva York en cuanto leyó que él estaría allí.

–Quin, yo…

–Mira, voy a darte una oportunidad. –Apretó la mandíbula y luego siguió–: No la mereces, pero… por mucho que me pese, tienes derechos. Y cuando llegue a los tribunales, no quiero que me acuses de no darte ocasión de ver a mi hijo. No pienso arriesgarme a perder la custodia total de Sol, así que, si tengo que permitir que tengas acceso a él para evitar problemas, lo haré.

Sadie dedujo que la llamada había sido con su equipo legal. Le habrían aconsejado cautela. No importaba la razón, se sentía aliviada por que hubiera aceptado.

–Es increíble, gracias.

Pero recordó sus limitaciones y el estómago se le encogió otra vez.

–Me encantaría verle ya, pero… económicamente no puedo permitirme ir a Brasil con tan poco tiempo de aviso…

Sonaba como si pusiera excusas, y estaba segura de que Quin aprovecharía para deshacerse de ella.

Sadie se preparó para la sonrisa irónica y el inevitable «mala suerte».

Pero Quin no sonrió. Simplemente la miró con una intensidad que la inmovilizó, y dijo:

–Supongo que tendré que creerte en cuanto a tu falta de recursos. Quién sabe qué ha sido de ti en estos cuatro años… ¿Estás casada? ¿Tienes otros hijos?

Una oleada de histeria le atravesó el pecho ante la mera idea. La contuvo y negó con la cabeza.

–No, nada de eso. –Y, antes de poder detenerse, preguntó–: ¿Y tú? ¿Tienes pareja?

No lo había visto en fotos con nadie, pero Quin nunca fue de exhibirse…

Apretó la boca, pero finalmente respondió:

–No es asunto tuyo, pero no, ahora mismo no.

¿Pero lo había estado? El calor amargo de unos celos sin derecho a existir le subió a las mejillas.