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En el presente libro se abordan las construcciones, narraciones y tecnologías históricas, religiosas, filosóficas y científicas del lenguaje y del discurso del «saber» que han determinado la identidad, la función y la constitución psíquica y corporal de las mujeres, así como su inscripción en los roles simbólicos, sociales, sexuales y laborales de género y su exclusión del espacio público. Aporta materiales y (con)textos para una crítica feminista de la violencia y enfoca las luchas de las mujeres para enfrentarse al silencio y a la injusticia de su condición, desde figuras trágicas como Antígona, Casandra e Ifigenia hasta las declaraciones, escritos y miradas de ilustradas, revolucionarias, filósofas, teóricas y artistas en la actualidad, a través de sus escritos, argumentos y razonamientos. Erigidas en sujetos políticos de lenguaje, las autoras afrontan y desenmascaran en la escritura y las obras artísticas las mitologías, los discursos y las leyes que las han sometido –aunque no acallado–, manifiestan su resistencia al victimismo y a la esclavitud, y denuncian la guerra –de Troya a Bosnia, Palestina o Iraq– como fundamento de la violencia del patriarcado.
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Seitenzahl: 1138
Veröffentlichungsjahr: 2023
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AKAL
ARTE CONTEMPORÁNEO 37
DIRECTORA
Anna Maria Guasch
Diseño cubierta: RAG
Imagen de cubierta: Tamara Abdul Hadi, War Machine Graveyard, Sulimaniyah, Kurdistán – norte de Iraq, 2012 (detalle). Con permiso y por cortesía de la autora.
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.
Nota a la edición digital:
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© Piedad Solans, 2022
© Ediciones Akal, S.A., 2022
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
facebook.com/EdicionesAkal
@AkalEditor
ISBN: 978-84-460-5068-1
Piedad Solans
La mordaza de Ifigenia
Materiales para una crítica feminista de la violencia
En el presente libro se abordan las construcciones, narraciones y tecnologías históricas, religiosas, filosóficas y científicas del lenguaje y del discurso del «saber» que han determinado la identidad, la función y la constitución psíquica y corporal de las mujeres, así como su inscripción en los roles simbólicos, sociales, sexuales y laborales de género, y su exclusión del espacio público. Aporta materiales y (con)textos para una crítica feminista de la violencia y enfoca las luchas de las mujeres para enfrentarse al silencio y a la injusticia de su condición, desde figuras trágicas como Antígona, Casandra e Ifigenia hasta las declaraciones, escritos y miradas de ilustradas, revolucionarias, filósofas, teóricas y artistas en la actualidad, a través de sus escritos, experiencias y argumentos.
Erigidas en sujetos políticos de lenguaje, afrontan y desenmascaran en la escritura y las obras artísticas las mitologías, los discursos y las leyes que las han sometido –aunque no acallado–, manifiestan su resistencia al victimismo y a la esclavitud, y denuncian la guerra –de Troya a Bosnia, Palestina o Iraq– como fundamento de la violencia del patriarcado.
Piedad Solans es Doctora en Historia del arte. Su investigación aborda una teoría crítica de la violencia a través de las estructuras (patriarcal, política, cultural, poscolonial). Premio Carmen de Burgos de Divulgación feminista del Instituto de Estudios Históricos de la Mujer (1996) y Premio MAV de teoría y crítica feminista (2016). Profesora invitada en diversas universidades e instituciones, ha sido colaboradora y corresponsal en Berlín de revistas especializadas como Lápiz y Artecontexto, y ha publicado artículos y recensiones de libros en Kalías, La balsa de la Medusa, Claves de Razón Práctica, Descartes, Archipiélago, El Viejo Topo y Sileno.
Autora de libros como Accionismo vienés (San Sebastián, 1999) y Arte y resistencia (Madrid, 2009), ha colaborado asimismo en volúmenes colectivos como El nuevo pensamiento español (Buenos Aires, 1999, con «Mitologías posmodernas»), Arte, cuerpo, tecnología (Salamanca, 2003, con «Del espejo a la pantalla. Derivas de la identidad»), La certeza vulnerable. Cuerpo y fotografía en el siglo xxi(Barcelona, 2004, con «Lo sublime tecnológico»), y publicado numerosos artículos en revistas especializadas, entre otros «El espectáculo de las imágenes», «Estética, nihilismo y Wonderland», «Mujeres en el islam. Feminismos, políticas, exilios». De sus proyectos curatoriales destacan Arquitecturas excéntricas,Contraviolencias, Tecnologías de la violencia, Waste Lands, We, Refugees o Les Indésirables.
Prólogo
Los ensayos que configuran este libro abordan los mecanismos históricos de la subordinación de las mujeres, las categorías del saber que han urdido su sometimiento y las tecnologías de la violencia que lo sustentan, instituyendo un mandato al silencio que, aunque de forma desigual, persiste anudado en el lenguaje. Proponen, a través de una pluralidad de escritos, declaraciones, debates y manifiestos, un reconocimiento de los procesos feministas de subversión, subjetivación y politización que han desarticulado el marco semántico y representacional de su silenciamiento.
Utilizando las estéticas vanguardistas del collage, de la escritura dadaísta y del assemblage surrealista, he concebido el texto como una superficie en la que, yuxtaponiendo materiales diversos, los registros emergen, se deslizan y cruzan simultáneamente. Si cuanto acontece en este espacio es materia de lenguaje, el transcurso de su lectura impulsa la conexión de múltiples estratos teóricos, literarios, artísticos, políticos y sociológicos cognitivamente. He tratado de romper la linealidad y las secuencias que componen el orden, la objetividad, la estática y el desarrollo narrativo de un discurso, concertando lo que el semiólogo y lingüista ruso Mijail Bajtin llamaría en los años cuarenta del siglo xx una polifonía de voces fronterizas que irrumpen, se sumergen y retornan, conversando y construyendo los significados en el espacio y el tiempo de la obra (cronotropos). Esta disposición sinérgica se aproxima asimismo a la organización de un hipertexto donde, utilizando fuentes, referencias y elementos diversos, se generan enlaces dinámicos y fluidos que asocian unos con/textos con otros y multiplican las voces de los sujetos. La categoría nuclear de la estructura es descentralizada y conectada por medio de fragmentos, nodos y vínculos, generando esferas heterogéneas y discontinuas que posibilitan una apertura epistemológica. En la teoría estética, esta distribución supondría lo que el filósofo italiano Mario Perniola formuló como «colecciones de fragmentos», la articulación de los grupos de significantes, materiales y campos semánticos que, desde múltiples dimensiones espacio-temporales, des/componen un texto o una exposición.
La trasgresión de las dimensiones en que transcurre una obra, la ruptura de cadenas significantes y las des/conexiones aleatorias subvierten la metodología propia del discurso de una historia en que las autorías, la nacionalidad, la personalidad y glorificación del poderoso, la preeminencia de la hazaña, el mito y el acontecimiento, trabadas en la mecánica evolutiva de una cronología lineal, son el fundamento del concepto de «verdad» de un saber dominante que excluye la experiencia y el lenguaje de las personas dominadas. Por ello, este ensayo no pretende una selección historiada de episodios ni de personajes, un compendio de citas ni una antología; tampoco busca introducirse en el ámbito del análisis y del comentario académico y, menos aún, del adoctrinamiento; rehúye las narrativas mediáticas. No se remite únicamente a los hechos, ni siquiera a los contextos, sino a los textos: su articulación sistémica y analógica, sus combinaciones, su emergencia abrupta en una pluralidad y comunidad de voces que dialogan entre sí, enlazando los enunciados. Su lectura no implica un conocimiento muerto: genera un cambio epistemológico en la manera de nombrarnos, de hablar y de situarnos no sólo en un lugar individual y propio sino también en un espacio político, participativo y comunitario.
Puesto que de lo que se trata no es de encontrar nuestra identidad esencial de «mujer» sino el lenguaje que determina nuestra identidad como mujeres, necesitamos no tanto describir e interpretar los textos como desplegarlos en asociaciones que rompan el orden simbólico y los dispositivos conceptuales e ideológicos del discurso que nos ha subordinado y excluido. Las zonas rotas y abyectas del lenguaje irrumpirán así a través de líneas que se cruzan, tensan o chocan, de excesos, insistencias y repeticiones, de cortes sin sentido o en los que éste se interrumpe, se desborda, se hace excesivo, impulsando lo marginal, lo suprimido, lo no-escuchado. Aquello que el discurso y los aparatos científico-político-filosóficos de conocimiento han despreciado y apartado violentamente de su campo lógico-racional y por lo que llamaban loca a la duquesa de Newcastle, desequilibrada a María de Maeztu, disturbada a Bertha Pappenheim, tonta a Inessa Armand, hiena con enaguas a Mary Wollstonecraft, perra venenosa a Rosa Luxemburg, histéricas a las revolucionarias e imbéciles a todas las mujeres.
Es imposible recoger la profusión de escritos, obras y manifiestos feministas que denuncian la violencia estructural contra las mujeres, se enfrentan al «mandato al silencio» y, con ello, a la identidad de género y su sujeción a un marco social, sexual y político normativo. Siguiendo las derivas del vilipendiado desorden de las mujeres, su pretendida anarquía y la temida desorganización psíquica femenina, es decir, indagando en un precepto que detenta aquello por lo que las mujeres han sido expulsadas del lenguaje y consideradas inferiores, he imbricado una trama de genealogías y trayectos donde confluyen y dialogan figuras ficcionales y fundamentales de la tragedia griega –Antígona, Casandra, Ifigenia, Clitemnestra– con autoras teatrales, escritoras, filósofas, activistas y artistas visuales modernas y contemporáneas. De estas asociaciones surge una anamnesis, no en la acepción de la epistemología platónica –como conocimiento que nos preexiste y que se encuentra en algún lugar llamado alma– ni con el alcance interrogatorio de la psicología clínica –presuponiendo un trauma o una patología–, sino como el recorrido por un lenguaje feminista que traza, interpela, subvierte y perturba el dominio del saber y del deber, revelando sus estructuras.
Un trabajo así conlleva desplazar los tiempos y los engarces de los textos de manera que produzcan microcatástrofes en la construcción de sentido –entendiendo por catástrofe aquello que irrumpe conmocionando y alterando el orden de un sistema–. La incongruencia de Lewis Carrol en Alicia en el País de las Maravillas, cuando induce a la Reina a ordenar «¡Primero la sentencia, el juicio después!», al invertir los procesos y la sintaxis, desvela un absurdo que, en apariencia racional, pone de manifiesto los desvaríos del despotismo. Mientras que el extravío irracional atribuido a las mujeres –anarquía, incapacidad intelectual, falta de lógica– descubre las injustas condiciones de su subordinación. Así, los textos feministas subvierten y desplazan el silencio, la mudez, la insignificancia y la violencia con que el método de la razón patriarcal las ha sometido, al tiempo que tensan la rabia, el exceso, el desgarramiento, el dolor y también la alegría, el descaro, el sarcasmo y la insolencia, la sublimidad destrozada, la inteligencia y la inmensa fuerza de su revuelta. Pues las mujeres no están perturbadas: ilustradas o analfabetas, su lenguaje está cargado de razones, objeciones, reflexiones, análisis, juicios críticos, conceptos, argumentos y consideraciones sobre la injusticia de su exclusión. Se introduce en los nudos y raíces del poder y refuta sus mandatos, denunciando su condición: siervas, parias, bestias de carga, máquinas, esclavas.
A pesar del anonimato, del drama y de las convulsiones que han conllevado su emancipación, las autoras que emergen en estos textos no están ausentes ni son sumisas: son sujetos políticos de acción. Paradójicamente entramadas en el lenguaje impuesto, rompen el marco de silencio que las contenía. Cuestionan el poder desde la ambivalencia y la tensión del poder mismo. Cargadas de argumentos y razones frente a la injusticia de su condición, sus palabras no son, aunque se las asesine, viole, encierre o doblegue, las de una víctima, una ignorante ni una esclava, por mucho que se las someta al victimismo, la ignorancia y la esclavitud, por mucho que en ellas exista el miedo, la impotencia, una forzada sumisión y se les haya conferido un estatus de víctima. Callar no implica asentir. Ser violada no implica que se haya dado consentimiento. Estas voces son rebeldes, descaradas, sarcásticas, críticas, voces de odio, de rabia o de humor, voces lúcidas e inteligentes que se enfrentan a lo que se dice de ellas y a lo que se les impone. Es por la capacidad para cuestionar su condición, y no por su debilidad, por lo que se las coarta, ridiculiza, silencia o reduce a la insignificancia. No es la libertad que se les concede sino la libertad que descubren en el lenguaje lo que posibilita su independencia real.
Las escritoras austríacas en los años cincuenta y sesenta del siglo xx, dentro del movimiento literario de posguerra conocido en Austria como Die Verbannten (Los desterrados), se referían con estos desplazamientos y quiebras del sentido a la pérdida y destierro de la lengua. Desterrarse de la lengua, decían. «Limpiar la lengua» de las palabras de las que se sirven los hombres para hablar de las mujeres, usurpando sus voces, acallando sus pasiones y su sexualidad, y suprimiendo su inteligencia. Quieren escribir el mundo con su propia gramática y no a través del discurso fabricado por autores masculinos. No se construye un mundo nuevo sin renovar el lenguaje.
El lenguaje feminista abre así campos inéditos de acción, relación y revolución. De ahí que acuda a teóricas y escritoras, biólogas, antropólogas, revolucionarias, psicoanalistas y filósofas, entramando sus textos sobre mercancía y esclavitud, poder, ambivalencia y emergencia, subordinación, abyección y sumisión, feminismo, ciudadanía y comunidad, consentimiento, democracia y teoría política, así como a los feminismos afroamericanos, que afrontan conflictos coloniales, sociales e identitarios, denunciando la violencia y la explotación racial, política, cultural y hegemónica «blanca». Incluyo asimismo autoras e investigadoras de India y del mundo árabe e islámico cuyas problemáticas, ajenas a nuestra centralidad, abordan la condición (pos)colonial, las guerras, los terrorismos, el exilio, las tensiones, arcaísmos y desafíos específicos de gobiernos dictatoriales y sociedades rurales, los debates religiosos y la permanencia de tabúes y costumbres, los abusos de oligarquías y empresas, la pobreza y la violencia sexual y social en la conjunción de raza, clase y casta.
Al igual que escritoras, activistas y teóricas, las artistas feministas, desde los años veinte y treinta del siglo pasado, han recorrido subversivas zonas de revuelta. Investigando en los mecanismos de la subordinación corporal, sexual y doméstica de las mujeres y en la violencia como una estructura, han relacionado sus escritos, declaraciones y manifiestos con prácticas artísticas como el vídeo, la fotografía, la performance y el trabajo ciberactivista en Internet y las redes sociales. Incorporando contraeslóganes a la iconografía y la semiótica de las imágenes y emitiendo en sus acciones mensajes contrarios al consenso político, mediático y de género, han descubierto la construcción del imaginario y la violencia de los significados que contiene y propaga. Utilizando narrativas de la memoria y relatos del olvido, y convirtiendo sus cuerpos en «campos de batalla», han denunciado el consenso político-social del silencio y las situaciones de abuso y explotación sexual, doméstica y laboral, destruyendo las complejas tramas de un poder que opera a través de signos, mensajes y conceptos subyacentes en el lenguaje.
Abordar las obras feministas en el ámbito artístico implica su imbricación en una compleja trama teórica y política. Y no sólo porque las artistas se hayan llamado feministas. Siguiendo el modelo ilustrado y romántico del genio masculino y el culto a la obra, la Historia del arte ha priorizado la biografía y la personalidad del autor, desarrollando cuestiones formales, estéticas y artísticas aisladas de un contexto feminista y de género, así como de toda acción rebelde y conflictiva. Ha «normalizado» la trasgresión, la perturbación y la abyección como categorías estéticas. Entendiendo los logros feministas como una red interactiva y colectiva de exploración, esfuerzo, encuentro y participación, rehúyo la sublimación de figuras célebres que promueven la fragmentación y la inclusión neutralizada de las mujeres en el discurso de una historia que las envió al silencio. Consideradas objetos eróticos pasivos de la mirada masculina pero no sujetos creativos, políticos ni discursivos, las mujeres, excepto pocas excepciones, han sido aisladas y marginadas del lenguaje intelectual. La representación de sus figuras –reinas, vírgenes, amantes, diosas, heroínas– se enmarca en formas e imágenes, periodos cronológicos y movimientos formales, símbolos, iconos y leyendas según la producción conceptual del relato académico masculino de la Historia del arte y las mitologías e ideologías vigentes. Desde principios del siglo xx, las artistas feministas darán la vuelta a la construcción del universo simbólico e intelectual masculino basándose en autoras literarias y teóricas así como en figuras de la tragedia griega, el arte y la mitología. En la modernización de estos paradigmas femeninos abordan la persistencia de una violencia arcaica. Subvierten sus diálogos, monólogos, experiencias y reflexiones para romper la representación y proyectar el mandato masculino hacia una desarticulación crítica de sus significados. Así, Eva Lootz incluye en sus dibujos e instalaciones los nombres de filósofas, escritoras, pintoras y psicoanalistas como María Zambrano, Chantal Maillard, Ingeborg Bachmann, Julia Kristeva, Louise Bourgeois o Sophie Tauber; Paloma Navares se basa en poemas y textos de Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Virginia Woolf y Sylvia Plath; Begoña Montalbán recoge, como material sonoro y escultórico, las voces en off de poetas suicidas como Anne Sexton, Marina Tsvetáieva o Sara Teasdale; Peggy Ahwesh desarticula el mito masculino de la heroína en el personaje de ficción de Lara Croft; la cineasta Sara Tirelli, en el vídeo Cassandra, incluye un poema de la escritora Wislawa Szymborska augurando una catástrofe ecológica, migratoria y antropológica, y la dramaturga Antonina Grzegorzewska urde la violencia del lenguaje de su obra teatral Ifigenia en las tramas de la subordinación y la catástrofe y los personajes de la épica guerrera masculina.
En respuesta a los códigos con que se las ha marginado y confinado en un marco social y racial por ser «negras», las artistas afroamericanas utilizan, por el contrario, un lenguaje popular, publicitario y provocador que confronta y desafía la superioridad de la mirada racista «blanca», apuntando, como defendía Patricia Hill Collins, a una defensa de su historia, su memoria y su identidad así como a la denuncia del dominio colonial, la esclavitud, el racismo y la marginalidad. He incluido artistas y teóricas del ámbito latinoamericano por su implicación en la violencia contra las mujeres y su investigación en códigos simbólicos, corporales y colectivos, al igual que artistas del mundo árabe e islámico cuyas prácticas artísticas y culturales fronterizas aportan miradas y narrativas críticas, zonas de cruce, códigos sociales y lenguajes ajenos a los feminismos de las democracias europeas y norteamericana, iluminando campos como el (pos)colonialismo, la globalización, la emigración, los exilios, los conflictos, la frontera, el territorio, la arqueología, la memoria y la pérdida de identidad social y cultural.
Quisiera señalar, por último, el carácter de lucha y de revolución que recorre este ensayo. Los feminismos no se han conformado con abrir boquetes en el muro sino con la disolución de su materia. Enfrentadas a duras condiciones bélicas y económicas, al silencio y a la exclusión política y social así como a la violencia sexual legalizada con que el patriarcado ha mantenido su subordinación durante siglos, cabe seguir preguntándose, como escribiría Virginia Woolf, sobre la resistencia de los hombres a considerar la soberanía de las mujeres, su persistencia y por qué ésta sigue siendo reclamada y conseguida a través de una incesante contienda: «Es un espectáculo realmente raro, pensé. La historia de la oposición de los hombres a la ciudadanía y emancipación de las mujeres es más interesante quizá que el relato de la emancipación misma». Derribar esta resistencia y la violencia que la sustenta no implica solamente una tarea democrática y antibélica ni la participación de los hombres en las demandas feministas. Requiere también que estos emprendan a su vez un debate que aborde críticamente los códigos y cánones de su «condición masculina» y los privilegios de una masculinidad a la que, desde hace siglos, interpelan las mujeres como injusta.
Agradecimientos
Quisiera agradecer a la dramaturga Antonina Grzegorzewska la generosa cesión del manuscrito de su obra teatral Ifigenia, así como a su traductora del polaco al español, la hispanista Elżbieta Bortkiewicz, e igualmente a la profesora de Literatura e hispanista Urszula Aszyck por su colaboración y pacientes aclaraciones. A Tamara Abdul Hadi por su fotografía para la cubierta. A Fatna el Bouih, por su inolvidable lectura en árabe de su libro Une femme nommée Raschid, y a Larissa Sansour, Kinda Hassan, Parastou Forouhar, Amina Benbouchta, Elnaz Javani, Yara el Sherbini, Sophie Bessis, Jutta Weber, Mary Nash, Sami Nair y Marilis Balenciaga por las intensas conversaciones sobre feminismo, guerra, colonialismo, autoritarismos y exilios. A Ana Salaberria, Jaume Reus, Nekane Aramburu, Susana Soto, Nuria Medina y Santi Olmo, que tanto han apoyado y acogido esta investigación con exposiciones y seminarios como Contraviolencias, Tecnologías de la violencia, Waste Lands. Tierras devastadas, Lo que dicen las mujeres, We Refugees, Máquinas de guerra o Les indésirables. A MAV, María Pallier, Eva Shakouri, Olga Bryukhovetska y a las/os artistas Eva Lootz, Paloma Navares, Alicia Framis, Regina José Galindo, Nazan Azeri, Larissa Sansour, Mariam Ghani, Democracia, Sean Snyder, Magdalena Jetelovà, Cristina Lucas, Wael Shawky, Peggy Ahwesh y Alexandra Ranner, que me han acompañado incondicionalmente con sus obras. A mi compañero Gerd Kleiner, a quien debo tantos valiosos conocimientos y experiencias en la cultura berlinesa y alemana. Y a tantas mujeres árabes, musulmanas e indias que, ilustradas o analfabetas, inteligentemente me mostraron otros mundos. A todas las autoras presentes en este ensayo, entre ellas a Celia Amorós, quien no sabe que, hace muchos años, una de sus conferencias me indujo al feminismo con esta frase: «Los varones han usurpado el lugar de las mujeres».
A Anna Maria Guasch, directora de la colección Arte contemporáneo por su confianza, y a Jesús Espino, mi editor en Akal, por su apoyo e infinita paciencia.
1. CONTINENTES DE (IN)SIGNIFICANCIA
Sobre la (in)subordinación
La educación no debe ir encaminada al desarrollo de la mujer, sino a la renuncia a sí misma. Mientras que el hombre debe esforzarse por profundizar sus conocimientos en todos los campos de lo cognoscible, la mujer ha de limitarse a adquirir unas nociones generales de literatura, arte, música o naturaleza. Esto le servirá para darse cuenta de la inmensa pequeñez de su horizonte y de su nulidad ante el Creador.
John Ruskin
¿Qué palabras son esas que todavía no poseéis? ¿Qué necesitáis decir? ¿A qué tiranías os sometéis día tras día, tratando de hacerlas vuestras, hasta que, por su culpa, enfermáis y morís, todavía en silencio?
Audre Lorde
En 1998, la filósofa y feminista india Gayatri Chakravorty Spivak publicó un controvertido texto titulado «¿Puede hablar el subalterno?», en el que abordaba la condición del lenguaje y de la subalternidad bajo criterios de género, clase y etnicidad en las mujeres en India como resultado de la cultura colonial del Imperio británico. La exclusión del lenguaje, la amnesia y la falta de soberanía, la ausencia de escucha, significación y representatividad son vistas por Spivak como inherentes a los roles sociales, simbólicos y sexuales atribuidos a la identidad «femenina», así como a la domesticidad, la violencia y el dominio que, a través del lenguaje y de la imposición de silencio, el patriarcado, a lo largo de diversos trayectos históricos, y en su máximo exponente económico-cultural, el imperialismo colonial, ha ejercido secularmente sobre las mujeres. Un texto donde Spivak concluye que la subalterna femenina no tiene voz ni es escuchada y es representada a través del lenguaje dominador. El subalterno, concluye, no puede hablar. Y no sólo no hablar: «El subalterno como femenino no puede ser escuchado o leído. Y si en el contexto de la producción colonial el subalterno no tiene historia y no puede hablar, el subalterno como femenino está aún más profundamente en la tiniebla»[1].
Esta ausencia, supresión de la voz y de la escucha, sordera y mudez, no se ha logrado, ejercido ni mantenido sin violencia. Y no es (una violencia) fortuita, natural o biológica. Forma parte de una episteme minuciosamente elaborada que sustenta la narrativa ideológica de lo masculino luminoso como dominante y lo femenino inferior en tinieblas, si bien no en la (apacible) noche de una nada original sino en el (violento) ir y venir de eclipses, figuras y espesores constantemente desplazados. Voces sumidas en un «oscuro y misterioso continente de insignificancia», como dijo la semióloga y cineasta Teresa de Lauretis refiriéndose a las mujeres y su exclusión histórica[2], o en la «desaparición» y la «no-existencia», como, aludiendo a la figura del subalterno, diría Michel Foucault: «La represión funciona, bien como una tendencia a desaparecer, pero también como un mandato al silencio, afirmación de la no-existencia; y, consecuentemente, establece que de todo esto no hay nada que decir, que ver o conocer»[3]. Lo cual indica: no es que esto (ella) no exista; es que de ello (ella) no se puede hablar; o no hay nada interesante que decir; o no tiene derecho al habla (en la tribuna, en el lenguaje público, en el espacio común). Y no sólo le está vetada la palabra. Es que no existe más lenguaje que el silencio para designarla. Y un imperativo: «Calla». Sin embargo, quien ordena callar, paradójicamente, afirma y nombra. El silencio no sólo se impone con la ausencia de voz. Se entrelaza y anuda en la ambivalencia de las palabras, en la materia y el vacío del lenguaje, con sus desplazamientos, sus ausencias, sus repeticiones. La negación no sólo transfiere lo que no se puede o no se debe ser, sino también la afirmación de lo que se puede o se debe ser (ergo, qué espacio ocupar, qué sentido otorgarle, qué categoría). Traspasar el límite excluyente del habla –implícito en el lenguaje– conlleva el castigo y, en última instancia, como vemos en las figuras fundamentales de Antígona, Medea, Eurídice, Casandra y Clitemnestra, el destierro, la muerte. Incluso en la Ilustración y en el Romanticismo, con sus juegos de máscaras del placer y del conocimiento, sus luces y sombras de razón y pasión, el discurso misógino masculino novela las figuras arcaicas del castigo, las desgraciadas Margarita de Goethe y Anna Karenina de Tolstoi, víctimas de una sexualidad desatada y censurada, o las figuras burguesas del aburrimiento, la disoluta Emma Bovary y la señorita Godeau de Alfred de Musset, bella e inútil como un florero, una «niña mimada» que pasaba los días de su existencia componiéndose, reclinada en un sofá, «sin hablar y casi sin moverse», cuyo destino era la entrega al matrimonio o la muerte interna por inanición.
Si el lenguaje de las mujeres ha sido suprimido por y del saber, excluido del espacio público y relegado al no-lugar de la insignificancia a través de la disciplina y de la norma, la cuestión no está en certificar la evidencia de una desaparición sino en descubrir las configuraciones y los campos del discurso, cómo se nombra lo acallado, qué ha sido expresado en el silencio y por la voz que lo designa e impone. ¿Con qué lenguaje y en qué términos hemos sido deseadas, amadas, sublimadas, educadas, censuradas, excluidas, explotadas, degradadas, violadas, asesinadas las mujeres? ¿Qué dimensión adquieren el silencio y las palabras, qué se ha repetido, incesante, y qué se ha prohibido, persistente, decir en los desplazamientos, distancias y ambivalencias con que hemos sido nombradas? ¿Cómo y en qué momento (histórico) las palabras de las mujeres irrumpen desde el «oscuro y misterioso continente de la insignificancia» –como una queja, un lamento, una protesta, una acusación–, reclamando el derecho a hablar con lenguaje propio? ¿Con qué materia, desde qué lugar y qué cuerpo, a través de qué vínculos, dependencias, afectos y analogías se elabora este lenguaje, si hay un discurso que lo antecede, configurado por el saber masculino? ¿Cómo construir un lenguaje desde el silencio y la ausencia de voz? «¿Cómo narrar lo silenciado? ¿Cómo puede expresar la experiencia de quien ha sido perseguido o amordazado? ¿Existe un lenguaje para eso?», pregunta la feminista y activista argentina Alejandra Josiowicz, al aludir a la traducción de las narrativas contemporáneas sudafricanas y latinoamericanas de la esclavitud. «¿Cómo puede un lenguaje oficial traducir al mismo al que ha mutilado? ¿Cómo adquiere habla aquel que históricamente no ha tenido voz?»[4]. ¿Cómo va a darme voz quien ha hablado por mí, cómo va a escucharme, traducir y dar sentido a mis palabras quien me ha silenciado? ¿Cómo voy, si no he tenido voz, a adquirirla, a elaborarla y a alzarla desde lugares diferentes a los del discurso que me suprime? Para la filósofa feminista Celia Amorós,
el oprimido no puede inventar desde cero un lenguaje alternativo, como discurso absolutamente otro, en el que dar forma a su experiencia: su recurso consiste en la re-significación –por ejemplo, cuando las mujeres hablan de «aristocracia masculina», de que ellas son «el Tercer Estado dentro del Tercer Estado, etc.»–, se vuelven polémicamente, con la potencia incisiva de una coherencia implacable, y contra sus detentadores. Su lenguaje, en la voz y los escritos de las mujeres, se les escapa y aliena, les descubre otro rostro imprevisto de significados que tratan de rechazar y a la vez no tienen más remedio que reconocer...[5].
La ausencia y el silencio de las mujeres en el transcurso de la historia no es referido a su inexistencia en un «afuera» o vacío del lenguaje, sino a la paradoja de que su significación ha sido construida desde el «adentro» del lenguaje, siendo nombrada al tiempo que silenciada, suprimida y expulsada de éste. Esta paradoja, que anuda al sujeto-mujer como ausente y cautiva –«La mujer está al mismo tiempo ausente y cautiva: ausente en cuanto sujeto teórico, cautiva en tanto sujeto histórico»[6], afirma De Lauretis–, también abre su posibilidad de libertad. Es decir: esta ausencia, esta supresión es la zona de la que brota su emergencia. La ambivalencia le permite desplazar, re-volver y dar la vuelta, la revuelta que subvierte y despliega un lenguaje fundado entretejido en sus roturas y tensiones e inducido a manifestarse en la extrañeza de su condición.
Este ensayo aborda lo que dicen las mujeres cuando hablan con su propia voz, una voz (de)vuelta y de revuelta, inseparable aunque insubordinada de la voz del otro. La voz que emerge de un cuerpo, de una sexualidad y de un lugar donde nunca estuvo el amo del discurso, pero que fue sometido, ocupado, colonizado por este. Pues la cuestión no está tanto en saber si existe una voz original que surge de una supuesta génesis y esencia femenina –una ontología del lenguaje que define un «ser-mujer» por su género–, sino en dilucidar qué dice, qué niega y afirma, qué interroga, qué quiere esta voz no inerte pero entramada en las articulaciones y la polivalencia del mandato –una antropología política y cultural del poder y el género–. Frente al «cállate» y la violencia epistémica del discurso, no puede decirse que las mujeres hayan callado ni que no hayan alzado la palabra, hundidas en el agujero negro de una psicosis colectiva en cuya caída hubiese sido borrada su memoria, subyugadas por el terror y el trauma silencioso de la historia. Si el poder ha ejercido violencia es porque se le ha opuesto resistencia. Al igual que a otros grupos de género, étnicos y sociales, a las mujeres no se les ha concedido la palabra pública, silenciando su voz y el lenguaje para nombrarlas o siendo nombradas con la voz (anhelante, impositiva, amenazante, normativa) del otro. La voz del otro ha emitido, organizado e impuesto el discurso desde una esencia universal que suprime toda diferencia subjetiva para inscribirla en un abstracto «Hombre» que fundamenta la «verdad» y la «realidad», como declara la filósofa Chantal Mouffe en «Feminismo, ciudadanía y política democrática radical» (1992): «[…] una naturaleza humana universal o de un canon universal de racionalidad a través del cual la naturaleza humana podría ser conocida, así como también la concepción tradicional de verdad»[7]. El género humano representado por la categoría Hombre elimina cualquier diferencia sexual, incluyendo en un (no tan neutro) masculino a la mujer. El Hombre, sujeto de poder, ha dotado al mundo de técnica, descubierto estrellas y planetas, investigado en la ciencia, explorado el espacio, emprendido hazañas, realizado guerras, fundaciones y conquistas, construido ciudades, palacios, iglesias, monumentos, redes de puentes, transportes y caminos. El Hombre, sujeto del saber, inscrito en el círculo renacentista como centro del Universo, posicionado como ego pensante cartesiano frente al objeto, se erige en dueño de todos los seres, poseedor de todas las cosas, hacedor de máquinas y de robots. Y ella, que, como diría la anarquista Teresa Claramunt, «como reproductora de la especie, es el primer obrero de la humanidad», anónima y no nombrada, ha sido confinada al tiempo que expulsada de los engranajes de tal cosmología. Pues, como escribe la filósofa panameña Linda Martín Alcoff, especialista en epistemología, feminismo y teoría de la raza, en Feminismo cultural versus post-estructuralismo (1988), «si bien el varón ha asignado a las características esenciales de la mujer diversas formas, esta es siempre el Objeto, un conjunto de atributos que puede predecirse y controlarse al igual que los fenómenos naturales». Y añade: «El puesto del sujeto autónomo, con voluntad propia, que puede rebasar los dictados de la naturaleza, está reservado a los varones en exclusiva»[8].
LaconcepciónarcaicaeideológicadelHombre, enelnúcleodelmitoylareligión, continúalatenteenlosdiscursostecnológicosque, conconnotacionesteologales, sonpropagadosporlasimágenesylapublicidadglobalensubmensajessublimes: lacompañíatelefónicaMovistardifundíaenlosañosdosmilunanuncioatodocolorenlaspáginasdeunperiódicoenelqueseveíaaunejecutivodepiesobreelplanetaTierraconunmóvilenlamanodirigidoalfirmamentoestrellado. Podríahablarsedeunamísticadelamasculinidadque, inmersaenlosublimetecnológico, elevaal «hombre» alosmásaltoslogrosgraciasasuinteligenciacerebral. Loqueocultalaexclusióndelasmujeresdelaexcelenciaintelectualdelmundomasculino, atribuidaalainferioridadyfaltadeobjetividadfemeninas, sinembargoesunandrocentrismoilimitadoporelque estashansidoapartadasdelatécnica, delacienciaydelasarmasenlassociedadesalolargodelahistoria; elloharespondido, comoindicalasociólogaRaquelOsborne, aunacuestiónsimbólica, un «monopoliomasculinodelaviolenciaydelatecnología» que «confierealasactividadesvaronilesunrolsimbólicodeidentificaciónconelsexomasculino, conlavirilidad», asícomopolíticaymilitar (agresivo-defensiva): «[…] laprohibiciónabsolutaalasmujeresdefabricaryutilizarlasarmasylosutensilios/herramientasdelamásaltatecnología»[9].
¿Quién detenta el poder? Quien tiene las armas y el acceso a la técnica. Una cultura masculina de elite guerrera e intelectual se ha apropiado de una tecnología que, como argumentaba la filósofa inglesa Sadie Plant en Zero + Ones. Digital Women and the New Technoculture (1998), es propia de las mujeres: «[…] antes de su origen y más allá de su fin, las mujeres han sido simuladoras, ensambladoras y programadoras de las máquinas digitales»[10]. Del telar al teléfono, de la máquina de escribir y el ordenador a los virus informáticos y al robot, las mujeres son en sí mismas «máquinas inteligentes» que dominan la numeración, los cómputos, los algoritmos, las redes, la informática y la cibernética. Han desempeñado un papel nuclear en la historia evolutiva de las sociedades, pero se han silenciado sus logros. Según Allan Galloway en Un informe sobre ciberfeminismo. Sadie Plant y VNS Matrix: análisis comparativo (1997), «ceros y unos nos demuestran persuasivamente que las mujeres han estado siempre inextricablemente unidas a la tecnología. […] Plant defiende la idea de que las mujeres han constituido siempre el núcleo laboral de todo tipo de redes, particularmente de la telefonía. […] Plant define la tecnología como un objeto primordialmente femenino. Arguye que las mujeres son máquinas inteligentes, que la robótica es femenina, que el cero (la nada dentro del código binario) siempre ha sido considerado el 0-tro, lo femenino»[11].
«La partida se juega –escribe Osborne– entre quienes tienen las armas y quienes no las tienen: el poder de los hombres sobre las mujeres se asegura por el control absoluto de los primeros sobre las armas y el subequipamiento femenino en torno a las herramientas.» Los creadores de Facebook (Mark Zuckerberg), WhatsApp (Jan Koum y Brian Acton), Twitter (Jack Dorsey), Instagram (Mike Krieger y Kevin Systrom), YouTube (Chad Hurley y Jawed Karim), Apple (Steve Wozniak y Steve Jobs) y de las grandes plataformas ciberespaciales y tecnológicas con sus intrincadas redes de comunicación son considerados genios, fundadores de imperios, influyentes millonarios con dominios inmensurables. Sin embargo, las empresas de IBM, Google, Yahoo, HP, Intel, Twitter, Apple o Microsoft están lideradas por emprendedoras y especialistas como Virginia Rometty, Susan Wojcicki, Marissa Mayer, Emily White, Katie Jacobs Stanton o Isabel G. Mahe. Si bien son numerosas las mujeres cuyos estudios se incluyen en las esferas públicas con un trabajo filosófico, político, artístico y literario, son escasas las investigadoras conocidas en los campos de la ingeniería, la astronomía, la matemática, la computación, la informática y la electrónica, como Margaret Hamilton, Esther Corwell, Edith Clarke, Shafi Goldwasser, Frances E. Allen, Barbara Liskov y una lista interminable[12]. El silencio en torno al trabajo y las aportaciones de las mujeres, como señala Jennifer S. Light en el ensayo When Computers Were Women (1999), ha pretendido demostrar su desapego e incapacidad por las profesiones técnicas para relegarlas a un plano de inexistencia:
La omisión de las mujeres en la historia de la informática perpetra conceptos erróneos sobre las mujeres como personas desinteresadas o incapaces en el campo. […] el trabajo de programador, percibido en los últimos años como trabajo masculino, se originó como trabajo de oficina feminizado. La historia presenta una aparente paradoja. Sugiere que las mujeres estaban de alguna manera ocultas durante esta etapa de la historia de la informática, mientras que la prensa popular en tiempos de guerra pregonó todo lo contrario: que las mujeres estaban irrumpiendo en ocupaciones tradicionalmente masculinas dentro de la ciencia, la tecnología y la ingeniería[13].
SegúnKatherineMyronuk, profesoraeinvestigadoradelpapeldelasmujeresenlastecnologías, «[…] lasmujeressiempretuvieronunrolcentralenlatecnología, peroenlosúltimostiemposhansidoinvisibles. Porejemplo, enlosprincipiosdelainformática, losprimerosprogramadoresfueronmujeres. Comolasquetrabajaronconlaprimeracomputadora, laEniac. Ellasinventaronmuchasdelaspautasdeprogramaciónqueaúnusamoshoy, peroesalgoquecasinadiesabe»[14]. (¿Enlosúltimostiempos? Jean-JacquesRousseau, sigloxviii: « Labúsquedadeverdadesabstractasyespeculativas, principios, axiomasenlasciencias, todoloquetiendeageneralizarlasideas,noesresponsabilidaddelasmujeres, susestudiosdebenrelacionarseconlapráctica; [...] yaque, encuantoalasobrasdelgenio, pasandesualcance; tampocotienenlasuficienteprecisiónyatenciónparateneréxitoenlascienciasexactas»[15]). EnProgrammedInequality. HowBritainDiscardedWomenTechnologistsandLostItsEdgeinComputing (2017), MarHicks, historiadoradetecnologíaygénero, relata «cómoGranBretañaperdiósudominioinicialenlainformáticaaldiscriminarsistemáticamenteasustrabajadoresmáscalificados: lasmujeres»:
ComoherramientadeconstruccióndelEstadoentiemposdeestabilidadypaz, asícomoentiemposdeguerra, lahistoriadelainformatizaciónesengranparteunanarrativadecómoelempleointensivodedatosexpandesualcanceypoderalasumiryvolverinvisibleunmayornúmerodetrabajadorasdelainformación. Mientrastanto, laobraensíseconstruyócomofeminizadaydescalificadaapesardesuaparentecomplejidad. CuandolainformaciónsobrelascomputadorasColossuscomenzóahacersepúblicaenladécadade1970despuésdemantenerseensecretodurantedécadas, seasumióqueeltrabajodelasmujeresconestascomputadoraseradebajonivelycarecíadehabilidadesyresponsabilidadessignificativas. Concebidascomounpapeldeapoyopasivoaltrabajo «real» dedescifradodecódigos, enlugardeunaparteintegraldeldescifradodecódigosensí, lasoperadorassevieronparadójicamenteinfravaloradasasímismasyasutrabajoenhistoriasqueseestabanreescribiendoparaprivilegiarelpapeldelascomputadoras. Lamenorestimaenlaquesehatenidodurantemuchotiempoeltrabajodelamujerdiolugarnosóloaladesigualdaddeoportunidadesysalarios, sinotambiénalapercepcióndequeeltrabajorealizadoporlasmujereseradealgunamaneraimplícitamenteinferiorenhabilidades […][16].
Como diría la artista ciberfeminista Faith Wilding, los territorios tecnológicos y ciberespaciales son un dominio masculino negado a las mujeres; no obstante, las redes suponen una vía de experimentación y comunicación: «El ciberfeminismo es una nueva ola prometedora de pensamiento y práctica (pos)feminista. A través del trabajo de numerosas mujeres netactive, ahora existe una netpresence ciberfeminista distinta que es fresca, atrevida, inteligente e iconoclasta de muchos de los principios del feminismo clásico».
Al mismo tiempo, el ciberfeminismo sólo ha dado sus primeros pasos en la disputa de territorios tecnológicamente complejos. Para complicar aún más las cosas, estos nuevos territorios se han codificado en un grado mítico como dominio masculino. En consecuencia, la incursión ciberfeminista en varios tecnomundos (producción de CD-ROM, trabajos web, listas y grupos de noticias, inteligencia artificial, etc.) ha sido mayoritariamente nómada, espontánea y anárquica. Por un lado, estas cualidades han permitido la máxima libertad para diversas manifestaciones, experimentos y los inicios de diversos géneros escritos y artísticos. Por otro, las redes y organizaciones parecen algo carentes, y las cuestiones teóricas de género en lo tecno-social son inmaduras en relación a su desarrollo en espacios de mayor equidad de género ganados a través de la lucha. Dadas estas condiciones, algunas estrategias y tácticas feministas se repetirán cuando las mujeres intenten establecerse en un territorio que tradicionalmente se les niega. Esta repetición no debe considerarse con el habitual bostezo de aburrimiento cada vez que aparece lo familiar, ya que el ciberespacio es un punto crucial de la lucha de género que necesita desesperadamente la diversificación de género (y la diversidad en general)[17].
El acceso a la técnica en el espacio urbano supuso una lucha profesional intensiva para prestigiosas arquitectas como Lina Bo Bardi, Zaha Hadid, Benedetta Tagliabue, Kasuyo Sejima, Carme Pinós u Odile Decq, entre otras. Para la arquitecta sudafricana Khensani de Klerk, la arquitectura es epistemológicamente masculina: «La arquitectura se percibe como un ideal neutral, y no lo es»[18]. Según el arquitecto neozelandés Mark Wigley, «la producción activa de distinciones de género se puede encontrar en cada nivel del discurso arquitectónico: en sus rituales de legitimización, prácticas de contratación, sistemas de clasificación, conferencias técnicas, imágenes publicitarias, información canónica, división del trabajo, códigos legales, estructuras salariales, ética profesional, créditos de proyectos». Considerada en la modernidad una ciencia de «hombres» según arquitectos como Le Corbusier –«la Arquitectura se ocupa de la casa normal y corriente, para hombres normales y corrientes», «nuestras necesidades son unas necesidades de hombres», «construir para el hombre, para que éste no se encuentre nunca ausente, en un futuro, de ninguna de las obras de la construcción, sino que se convierta en su invitado más honrado y en su Señor»– o Adolf Loos –que, tras afirmar que «la arquitectura despierta sentimientos en el hombre. Por ello, el deber del arquitecto es precisar ese sentimiento», destinó a las mujeres los espacios de las cocinas y de las labores de ama de casa: «Por todos estos motivos construyo la cocina-habitación, que desahoga al ama de casa y le da un papel más fuerte en la vivienda que si tuviera que pasar el tiempo de cocinar en la cocina»; «la mujer austríaca procura atar al marido a la familia por medio de la cocina, mientras que la americana y la inglesa lo hacen con un hogar confortable»; «toda ama de casa sabe que la ropa se seca antes si corre el viento»–[19]. La arquitecta danesa Dorte Mandrup declaró al recibir el reconocimiento de la Lista Dezeen: «Permítame explicarlo; no soy una arquitecta. Soy un arquitecto. Cuando hablamos de género, tendemos a hablar de mujeres. Los hombres no tienen realmente un género. Sólo son neutrales. No género. Es por eso que no reconoce el término arquitecto masculino»[20]. A pesar de las tendencias y los esfuerzos para incluir a las mujeres en la profesión y hacer que las arquitectas se sientan especiales, el resultado apunta, según De Klerk, a todo lo contrario: «Expone un comportamiento similar a una cuota con la que la profesión se conforma y conserva el statu quo de mantener a las mujeres como trofeos que “lo lograron” en la esfera arquitectónica. Mira a Jane Jacobs, Lina Bo Bardi y Eve Ensler; las pocas mujeres (blancas) que llegaron a los estantes de la Historia. Retrospectivamente, si la profesión continúa en esta tendencia, el registro arquitectónico seguirá siendo un espacio definido por el hombre blanco». Pues no sólo la arquitectura aparenta un género neutro, según denuncia Khensani de Klerk, agregada en la universidad sudafricana de Arquitectura de Ciudad del Cabo, sino que también se identifica con la figura de Le Corbusier «como un hombre blanco fumador de puros sentado en su silla moderna». Zaha Hadid, Premio Pritzker 2004, star architect elevada al nivel de la fama de arquitectos como Frank Gehry, Renzo Piano, Alvaro Siza, Rafael Moneo o Norman Foster, manifestaba sobre su trabajo en diversas entrevistas: «Es una industria muy dura, dominada por hombres, no sólo en los estudios de arquitectura, también entre promotores y constructores. No se puede culpar sólo a los hombres. El problema reside en la continuidad. La sociedad no está diseñada para permitir a las mujeres regresar con normalidad al trabajo tras haberse tomado un tiempo de baja»[21]; o «A las mujeres siempre se les ha dicho “No vas a lograrlo”, “Es muy complicado”, “No puedes hacer eso”, “No lo intentes, porque no vas a ganar ese concurso”»[22]; o «Sigue siendo muy complicado para las mujeres actuar como profesionales, porque sigue habiendo mundos a los que no tienen acceso. No importa lo que hagas, no vas a poder entrar en ellos sólo por ser mujer»[23].
«¿Cuántasniñassuperdotadasseconvencenasímismasdequenodebenmostrarsuscapacidadesporquetemenllegaraser “inadaptadassociales” o “talentoscerebralesacadémicos”, locualpondríaenriesgosusrelacionessociales, especialmenteconelsexoopuesto?», sepreguntabanLynnH. FoxyWendyZimmermanen «Lasmujeressuperdotadas» (1988)[24]. Introducirseentrelaselitesmasculinasdelosterritoriostecnológicosyenlossistemastécnicosdeproducciónycomunicaciónsignificaquelasvirtudesfemeninasquedurantesiglosdieronsoportealpapelsimbólicodelasmujeresenlasociedad –pasividad, sumisión, amor, dulzura–, serevelaránsuperfluas, inservibles, inclusoperjudiciales, comoanunciaralateóricacomunistayfeministaAlexandraKollontaienLamujernueva (1918):«Laseverarealidadexigeotrasvirtudes: actividad, firmeza, decisión, dureza, esdecir, “virtudes” quehastahoysehantenidoporpropiedadexclusivadelhombre. Privadadelahabitualproteccióndelafamilia, arrojadadesdeelnidomullidoalcampodebatalladelavidaydelasclases, lamujerestáobligadaaarmarse, aacorazarseconpremura […]»[25]. ¿Armarseparaparticiparenuncampodebatalla? Yponerselospantalones: «¿Teimaginasquesalieraaactuar, acantarrockconunafalda, unaminifaldaoalgofemenino?», preguntabalacantanteChrissieHynde, alegandolodifícilqueeratenerunlugarenelmundodelrock. «No, tenemosquesalirconvaqueros, comolostíos. Elrockesmachismo»[26]. Lamasculinizacióndelasmujeres, suincorporaciónalosvaloresemocionalesyestéticosdelamasculinidad (firmeza, decisión, dureza), hasidodominanteinclusoencamposexcéntricosysubversivoscomoeldelamúsicarock, punkyheavymetalenlosañossesenta, setentayochentadelsiglopasado, ysibiencantantescomoJoanJett, SuziQuatro, PattiSmith, TinaTurner, PatBenataroJanisJoplinfuerondivasquedestacaronjuntoaElvisPresley, BobDylan, JimiHendrixolosRollingStones, formabanpartedeunaépicapatriarcalyanglosajonaque, comoladelcowboy, comprendíalaagresividad, laprovocaciónylasexualizacióndegestosymovimientoscorporales, unamaneradepeinarse, devestirsedecueronegroajustadoydetigresaagresiva,asícomolaparafernaliadeluces, sonidosestridentes, gritosyefectosespecialesenelescenario, produciendounaimagenrebelde, transgresoraeinfractoradelasconvencionesylasnormas; unsubmundoconfiguradoporlaespectacularidaddelosconciertos, lasexigenciasdelasdiscográficasyelfervordelasmasasdefansalcuallasmujeresestabansubordinadas. SegúnelcríticoManuelBáez, en «¿Machismoenelmetalyenelrock?»(2016), «sonrecurrenteslasfrasescomo “elrockesparahombres”, “elmetalnoesparamujeres”, “esacanciónesdemaricas”... perpetuandounestereotipoconservadornadadeseableenunmovimientocontraculturalquesehatransformadopaulatinamenteenunaparodiadesímismo». Inclusoenlaactualidad, lasreferenciasalasmujeressondegradantes: «Alosgruposdemetalquetienenunaintegrantefemeninaselesponelaetiquetade “chochometal”, tremendamenteofensivaypreocupanteporlosprejuiciosquerepresenta. Además, buenapartedelaprensaenfocalasentrevistasolascrónicasenelaspectofísicodelasintegrantesdelasbandas, desatendiendolacríticamusical»[27]. AunquelasreivindicacionesdeautorascomoJoanBáez, PattiSmithoHolyNearestabanrelacionadasconlaguerrayelantibelicismo, ladenunciadelapobrezaydelaviolencia, laprotestaylajusticiasocial, enlamayoríadelasletrasdelascancioneslatíanlasubordinaciónylaquejaparalizantefrentealamor, comoenlafamosaIhatemyselfforlovingyoudeJoanJett: «Piensoentitodalanocheytodoeldía, / tellevastemicorazón, despuésmequitasteelorgullo. / Meodioamímismaporamarte, / nomepuedoliberardelascosasquehaces, / quierocaminarperocorrodevueltaati, poreso / meodioamímismaporamarte»; o enLoveisaBattlefielddePatBenatar: «Meruegasquemevaya, / mehacesquedarme. / ¿Porquémehierestanto? / Meayudaríasaberlo. / ¿Yomepongoentucamino, / osoylomejorquehastenido? / Créeme, créeme, nopuedodecirteporqué, / perohesidoatrapadaportuamor / yestoyencadenadaatulado»[28]; escasasvecesrebelándosecontralasumisión, comoenelcasodeGloriaGaynorenIwillsurvive: «Alprincipioteníamiedo, / estabapetrificada. / Seguíapensandoquenuncapodríavivir / sintiamilado. / Pero, entonces, pasémuchasnoches / pensandoencómomehicistedaño. / Ymevolvímásfuerte. / ¿Pensastequemederrumbaría? / […] ¿Pensastequememeteríaenlacamaymoriría? / Ohno, noyo, / yosobreviviré […] / Solíallorar, peroahoramantengolacabezabienalta». Enreferenciaalaposicióndelascantantesderockymetalconrespectoalmachismoylosestereotiposyprejuiciosdelaconstruccióndesuimagenfrentealaindustriadiscográfica, ManuelBáezdenunciaque «[…] unamujerquetocalaguitarrayquesegúnloscánonesdebellezaactualesessocialmenteatractiva, siempreserájuzgadaporestehechoycriticadaporelmismo. Esmás, enalgunasocasiones, cuandoseadiscriminadapositivamentepormotivosindustriales (menoscalidad, peromáscapacidadde “vender” unaimagensexualizada), suimagenestaráporencimadesucapacidadosudesempeñoprofesional»[29].
Noquisieraadentrarmeenuncampodevaloracionesycomparacionesni, comoyaenelsigloxixlascalificaraMaryWollstonecraft, deinjusticiasyagravios, exploradoydesarrolladopornumerosasautoraseinvestigadorasfeministas, sinoenarticularlasrespuestasdelasmujeresaloslenguajesquehanselladosusilencioysuinexistencia, asícomoenevidenciarlaescasamovilidaddesufundamentomíticoenlapresenciadearcaísmosaúnexistentesenlasredessocialesylosmediosdecomunicaciónyenlaproducciónimaginariayculturaldelassociedadesglobalescontemporáneas. LoqueMichelFoucaultdenominóel «mandatoalsilencio», prescritoporlaley, mantenidoporeltemoryejecutado, «legalmente», conviolencia, esunarcaísmoque, ensuapelaciónalasmujeres, adoptainnumerablesórdenes, decretosymáscaras. RecorreancestralmentelaescrituradesdelasepístolasdesanPablo («Vuestrasmujerescallenenlascongregaciones, porquenolesespermitidohablar, comotambiénlaLeylodice»[30]), lacondenadeAntígonaalsilencioabsolutodelamuerteporeltiranoCreonte («Puesbajandoalinfierno, sinecesidadtienesdeamar, amaalosmuertos, que, viviendoyo, nomandaráunamujer»[31]) y «losnudosdeunamordazaquedetenganenloslabiosdelahermosavíctimalaexecraciónquevaalanzarcontralossuyos» conque, segúnlatragedia, elreyAgamenónenmudecióantesdelcrimenritualasuhijaIfigenia[32]. Mandatoquesetransmite, metamorfoseadoporlafilosofía, enlaamenazantenormatividadeducativadelfilósofoilustradoJean-JacquesRousseau –«Cuando [lamujer] desconocelavozdesudueño, cuandoquiereusurparsusderechosymandarellasola, sólomiseria, escándaloeindignidadresultandeestedesorden»[33]–, eneldesprecioinsultantedeSchopenhauer –«Sóloelaspectodelamujerrevelaquenoestádestinadanialosgrandestrabajosdelainteligencianialosgrandestrabajosmateriales. Pagasudeudaalavida, noconlaacción, sinoconelsufrimiento, losdoloresdelparto, losinquietoscuidadosdelainfancia; tienequeobedeceralhombre, serunacompañerapacienzudaqueleserene»[34]–, enelultrajeofensivodeAntoninArtaudhacia «lasestúpidascartas» desumujer –«Estoyhartodenervios, hartoderazones; enlugardeprotegerme, túmeagobias, meagobiasporqueloquediceseserrado»[35]– oenla «recomendación» políticadelrevolucionariomarxistaVladimirI. LeninalasmujeresdelPartidoSocialistaRusoconrespectoasuformadeescribirsobrelalibertadsexualylapasiónamorosa, comoindicaraenunacartaasuamanteInessaArmand, unadelaspolíticascomunistasyfeministasmáspoderosasdelmovimientobolcheviqueenRusia, defensoradelalibertadsexualdelasmujeres –«DearFriend: recomiendoencarecidamentequeelesquemadelopúsculoseaescritoconmayorextensión. Hastaahoradebohacerunasolaobservación: la “reivindicación (femenina) delalibertadamorosa” aconsejoqueseatotalmentesuprimida»[36]–.
El lenguaje que ha amordazado y acallado a las mujeres se filtra por las fisuras de los cuerpos e, internalizado por el mandato, se fragmenta, retuerce y retorna en la enfermedad de las mentes «trastornadas», aunando los discursos y los saberes. Desorganización funcional, desconexión de la sintaxis, total mutismo, amnesia, incapacidad de articular un discurso coherente dictaminan en la histérica señorita Anna O., tal como fue observada, diagnosticada y registrada por la ciencia psiquiátrica de Joseph Breuer y Sigmund Freud a inicios del siglo xx. Una perturbación gestada en aquellas masas de insignificancia sumidas en la oscuridad de las cocinas que la duquesa de Newcastle, en el siglo xvii, comparó en sus escritos a las alimañas: «Las mujeres viven como murciélagos y búhos, trabajan como bestias y mueren como gusanos»[37]. Mujeres, digámoslo como se dijo de la duquesa, perturbadas[38], cuyas palabras excesivas y desvariadas pretenden, más allá de su oclusión corporal, romper el silencio pugnando por surgir en la escritura. Y no sin el odio, la rabia y la violencia con que fueron acalladas. Las voces de las mujeres irrumpen irrefrenables, rencorosas, incoherentes y desgarradas, o bien lúcidas, serenas y seguras, reclamando justicia, igualdad y un lugar para lo excluido. Así, Virginia Woolf, cuando escribe: «Para la mujer, pensé mirando los estantes vacíos, estas dificultades eran infinitamente más terribles (que para los hombres). […] La indiferencia del mundo, que Keats, Flaubert y otros han encontrado tan difícil de soportar, en el caso de la mujer no era indiferencia, sino hostilidad. El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: “Escribe si quieres; a mí no me importa nada”. El mundo le decía con una risotada: “¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?”»[39]. Y así, exclama la escritora Hélène Cixous, despedazando a mordiscos animales el silencio impuesto: «Hablar (gritar, aullar, rajar el aire, la rabia me impelía a eso sin descanso) no deja huellas: tú puedes hablar, los oídos están hechos para escuchar, la voz se pierde. ¡Pero escribir! Sellar un contrato con el tiempo. ¡Anotar! ¡¡¡Hacerse notar!!! Eso, está prohibido»[40]. Voces de mujeres anónimas que, en los cuadernos de quejas, en la Normandía de 1789, se dirigen a los hombres y les recriminan su hipocresía: «¡Hombres perversos e injustos! ¿Por qué exigís de nosotras más firmeza que la que tenéis vosotros mismos? ¿Por qué nos imponéis la ley del deshonor cuando con vuestras maniobras habéis sabido hacernos sensibles y conseguir que lo confesemos? ¿Qué derecho tenéis para pretender que tenemos que resistir a vuestras acuciantes impertinencias cuando no tenéis el coraje de dominar el desenfreno de vuestras pasiones?»[41]. Voces de mujeres como Olimpe de Gouges que, hijas de la Ilustración, en el Preámbulo a la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1792), interpelan desafiantes al poder masculino: «Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta». Desde la razón, acusan su tiranía: «La ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos»[42]. Voces airadas que, con el odio con que han sido secularmente designadas y despreciadas, empuñan las palabras como un arma y disparan a matar; así lo hizo la vengativa artista y escritora Valeria Solanas en el SCUM Manifiesto (1967): «Cada hombre sabe, en el fondo, que sólo es una porción de mierda sin interés alguno. Le domina una sensación de bestialidad que le avergüenza profundamente; desea no expresarse a sí mismo sino ocultar entre los demás su ser exclusivamente físico, su egocentrismo total, el odio y el desprecio que siente hacia los demás hombres y que sospecha que los demás sienten hacia él»[43].
El lenguaje se invierte y desplaza: de él a ella y de ellas contra todos. Valeria, al igual que harán artistas como Valie Export, Barbara Krüger, Shirin Nessat, Martha Rosler, Guerrilla Girls, Lynda Benglis o Sükran Moral, dispara las palabras con la misma violencia con que han sido prohibidas y proclamadas malditas por la voz del mandato. El lenguaje de artistas y escritoras no surge de una nada original ni emerge libre de sus ataduras; no es inmune ni se muestra indemne a lo que se ha dicho y aún se dice sobre ellas. Menos aún se expresa con la dulzura, el cuidado, el sacrificio, el sufrimiento o la sumisión que les fueron encomendados. Su silencio no supone que no haya palabra. Brota del daño y, lacerado, se entrecorta, anuda y explota en una blessure o herida, se desgarra para reconocerse, muestra su coupure y la injusticia de su condición y pugna por liberarse. Esta es, como diría la cineasta y escritora vietnamita Trinh T. Min-Ha, la naturaleza crítica y transformadora del lenguaje: «Cuando se las empuja lo suficientemente lejos, las palabras comienzan a mezclarse, ya no hay opuestos, y cuanto más se introduce una en ello, más se ve cómo esas palabras utilizadas excesivamente pueden también abrir silenciosamente un espacio crítico»[44]. La voz que se desborda está dañada, ultrajada, rota. Es enérgica, audaz. Lúcida. Excesiva. Un delirio, dirán algunos. Falta de lógica, dirán otros. Sin sentido, dirían muchos. Tonterías, dirán casi todos. Son reveladoras las palabras de Lenin dirigidas a Inessa Armand en una de sus cartas: «Estoy convencido de que eres una de las que se desarrolla, se hace más fuerte, se vuelve más enérgica y audaz cuando está sola en un puesto de responsabilidad… Me obstino en no creer a los pesimistas que dicen que – eres apenas – tontería y sinsentido»[45].
El lenguaje de las autoras se nutre, paradójicamente, de las palabras hirientes del mandato, experiencia autorreflexiva del cuerpo y la palabra vulnerados, fundándose en la violencia de que han sido objeto: la Cassandra de Sara Tirelli, la Medea de Christa Wolf, las Antígonas de Marguerite Yourcenar y Anne Carson, la Penélope de Margaret Atwood, la Ifigenia de Antonina Grzegorzewska, las amas de casa de Marlen Haushofer, Martha Rosler y Alice Munro, la arrebatada Lol von Stein de Marguerite Duras, las nasty girls de Eva Lootz, la «perra» que Regina José Galindo inscribe con sangre en la piel del muslo. Explota en el grito silencioso de las «locas» pintadas por Marina Núñez, en el lamento de Marina Abramovic masticando cebolla, en el destrozo de cacharros de cocina de Martha Rossler o en el espejo roto de Barbara Kruger con las palabras YOU ARE NOT YOURSELF. Sucumben enajenadas en la espera hasta la muerte de la moderna Penélope –madre, hija, abuela– de Faith Wilding, se deslizan fantasmales en las poetas suicidas de Begoña Montalbán, susurrando dolor, anhelo, pasión, hastío. Mujeres que, desde que lograron hablar, reclaman la igualdad, la educación y la justicia que inmemorialmente les fue expropiada. Y apelan a la emergencia colectiva desde un olvido y una soledad impuestos: «He puesto mucho empeño en reunirlas hoy aquí, y desearía poder persuadirlas de frecuentarnos, unirnos y asociarnos de modo que podamos intercambiar consejos prudentes», declara ante un grupo de mujeres en el inicio de uno de sus discursos Margaret Cavendish, duquesa de Newcastle (1623-1673), poeta, científica y primera mujer admitida en la Royal Society de Londres que participó en la formulación de las teorías moleculares en la Inglaterra del siglo xvii, «con el fin de ser tan libres, felices y célebres como los hombres, en tanto que hoy vivimos y morimos como si hubiéramos sido engendradas por bestias y no por humanos; pues los hombres son felices y nosotras somos desdichadas; ellos poseen toda la calma, el reposo, el placer, la riqueza, el poder y la fama, mientras que las mujeres viven agitadas por el trabajo y agobiadas por el dolor, se vuelven melancólicas a falta de placeres e inútiles a falta de poder, y mueren en el olvido al carecer de notoriedad»[46].
Estas voces articulan sus configuraciones semánticas en el adentro triturado del universo de la insignificancia con que fueron silenciadas –engendrada por una bestia y muerta en el olvido, diría la duquesa de Newcastle–.Y lo harán maldiciendo, clamando, reclamando su inexistencia con la violencia, la lúcida crudeza o el sarcasmo de Angela Davis, Valie Export, Adrian Piper, Herta Müller, Sylvia Plath, Martha Rosler, Christa Wolf o Elfriede Jelinek; es decir, descubriendo y atacando por medio del exceso y la exageración la ideología enmascarada que subyace en el discurso de naturaleza, esencia y verdad que ha legitimado durante siglos su desaparición. Como evidencia Judith Butler en Mecanismos psíquicos del poder (2001), siguiendo a Hegel, Sigmund Freud y los conceptos psicoanalíticos de deseo, alienación y muerte, el poder no es solamente algo a lo que nos oponemos, sino también algo de lo que dependemos para nuestra existencia (recordemos las múltiples figuras que adoptan el amo y el esclavo, como el Pozzo y Lucky de Beckett en Esperando a Godot
