La música de acá - Alfredo Sánchez Gutiérrez - E-Book

La música de acá E-Book

Alfredo Sánchez Gutiérrez

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Beschreibung

A partir de entrevistas con músicos de distintas generaciones y géneros, el autor realizó un ejercicio periodístico en el que conviven la crónica, el retrato y la historia de vida, cuyo objetivo es contribuir al registro de la historia cultural de esta región a través de testimonios, anécdotas y relatos que en conjunto muestran una panorámica local no sólo de la música y sus protagonistas, sino de los acontecimientos que han transformado Guadalajara en lo relativo a la convivencia social, al desarrollo económico y cultural.

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Seitenzahl: 290

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Miguel Ángel Navarro Navarro

Rectoría General

Carmen Enedina Rodríguez Armenta

Vicerrectoría Ejecutiva

José Alfredo Peña Ramos

Secretaría General

José Alberto Castellanos Gutiérrez

Rectoría del Centro Universitario

de Ciencias Económico Administrativas

José Antonio Ibarra Cervantes

Coordinación del Corporativo de Empresas Universitarias

Sayri Karp Mitastein

Dirección de la Editorial Universitaria

Coordinación editorial

Sol Ortega Ruelas

Diseño de portada y diagramación

Pablo Ontiveros

Cuidado editorial

Iliana Ávalos

Primera edición electrónica, 2018

Textos

© José Alfredo Sánchez Gutiérrez

Fotografías y videos

© Jorge Alberto Bidault Ange

D.R. © 2018, Universidad de Guadalajara

Editorial Universitaria

José Bonifacio Andrada 2679

44657, Guadalajara, Jalisco

01 800 UDG LIBRO

www.editorial.udg.mx

ISBN 978-607-547-070-2

Mayo de 2018

Conversión gestionada por:Sextil Online, S.A. de C.V./ Ink it ® 2018.+52 (55) 52 54 38 [email protected]

Hecho en México

Made in Mexico

Se prohíbe la reproducción, el registro o la transmisión parcial o total de esta obra por cualquier sistema de recuperación de información, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro existente o por existir, sin el permiso por escrito del titular de los derechos correspondientes.

Agradecimientos

Este libro está dedicado a mi esposa Teresa, quien se ocupó, entre muchas otras cosas, de la ardua labor de transcribir las entrevistas grabadas.

Agradezco a todos quienes me apoyaron de una u otra manera en su realización. A mis hijos Helena y Luciano que siempre están presentes en lo que hago, mis amigos Zeyda Rodríguez, Carlos Barba, Adrián Acosta y Celia del Palacio, quienes leyeron el manuscrito y me hicieron importantes sugerencias. A Juan Carlos y Eduardo Flores, que me abrieron las puertas de la casa de Carmen Peredo, su mamá. A Juan Vázquez Gama por sus aportaciones, Juan José Doñán por sus sugerencias, Julieta Marón por facilitarme las entrevistas con Carlos de la Torre. A Jorge Bidault, quien registró en video las entrevistas, Raúl Peguero, por las grabaciones. A Cecilia Uribe, Graciela García y Karla Jáuregui por su apoyo en el pecda. A Rosa María Valdés y a José Luis Muñoz por las fotografías que me proporcionaron.

Y, en especial, a todos los músicos que accedieron a conversar conmigo para este libro.

Índice

Introducción

Carmen Peredo

Vocación por la música

Leonor Montijo

Una vida para el piano

Arturo Xavier González, Domingo Lobato y Manuel Cerda

Entre lo sagrado y lo profano

Ernesto Cano

¡Al rescate!

Carlos Sánchez Gutiérrez

De monero a compositor

Carlos de la Torre, Javier Soto y otros cómplices

Copenhagen 77

Fernando Quintana

Fernando y la Dinastía Quintana

Guillermo Brizio

El Willow

Enrique Sánchez Ruiz

Dos personas en un mismo cuerpo

José Pulido

Chepe y la Casa del Boogie

Tony Vierling

La voz de las arañas

Javier Martín del Campo

Javier y su revolución

Genaro Palacios Clemow

Elegido por el blues

Carmen Ochoa

Entre Cuba, Nueva York y México

Jorge Álvarez Ochoa

Un malandro nómada

Ingenieros de grabación

El sonido también canta

Bibliografía

Introducción

Los pequeños relatos en conjunto pueden aportar una visión más amplia acerca de una región. La pretensión de este libro es periodística: entrevista, relato, crónica, retrato, hay mucho de todo ello, tiene un carácter híbrido; contiene textos que recurren al testimonio y que aspiran a describir la personalidad del entrevistado pero también el entorno y el contexto en el que se desarrolló su vida personal y profesional. En ese sentido, la intención es contribuir a la historia cultural de la región.

Quise indagar con curiosidad en lo que podían contarme algunas personas ligadas a la vida musical de Jalisco y, más específicamente, de la ciudad de Guadalajara. Aunque varios entrevistados nacieron en lugares distintos a la capital de este estado, ha sido ahí en donde desarrollaron preponderantemente su actividad profesional. Mi curiosidad inicial surgió a partir del cuestionamiento “¿es posible construir una panorámica de momentos en la vida musical de Guadalajara a partir de los testimonios de algunos de sus protagonistas?”. Aún con lo desmesurado que pueda sonar, creo que la respuesta es que sí, o en todo caso aspiro a que se pueda tener una aproximación a esa panorámica.

Claro que también me interesaba conocer más a fondo a aquellos elegidos para formar parte del libro, músicos a quienes he admirado y he visto en escena o de quienes he tenido noticias por otras bocas y a quienes considero parte importante de una historia regional que aún está por contarse. Estos textos también son una suerte de “historias de vida”.

Un antecedente de este libro es uno anterior titulado De memoria (2013), donde escribí acerca de personajes, lugares y movimientos culturales y artísticos de la Guadalajara de las décadas de los setenta y ochenta. Varios músicos relevantes para la historia cultural tapatía aparecieron ahí: Antonio Navarro, Austreberto Chaires, Eduardo Arámbula, Arturo Cipriano, Reynaldo Díaz, Gerardo Enciso, José Fors, Julio Haro y otros, quienes formaron parte del rock tapatío de los setenta. En aquella publicación también me referí a ciertos movimientos y lugares de la ciudad donde se desarrollaron proyectos interesantes no sólo vinculados con la música sino también con otras artes y que, según yo, contribuyeron a conformar la fisonomía cultural de Guadalajara.

Mi interés con esta obra es continuar con aquella exploración, pero ahora centrada más en la música y sin reiterar lo que ya había abordado con anterioridad. Por ello, algunos músicos importantes no aparecen en este nuevo libro, aunque ciertamente hay algunos que regresan –específicamente los rockeros setenteros– aunque con un tratamiento más enfocado a las historias de vida.

Una de las primeras disyuntivas fue a quiénes incluir. Estaba interesado en abarcar determinados temas: el ya citado rock de los setenta que de alguna manera puso a Guadalajara en el mapa musical del país de aquellos años; la escena jazzística de donde han surgido personajes relevantes aunque no suficientemente valorados; el blues que a lo largo de muchos años ha mantenido el interés de varias generaciones de músicos; los maestros que en la música académica han transitado lo mismo por la enseñanza que por la promoción o el concertismo; el modo en que han sido registrados los sonidos musicales de la ciudad en diversos estudios de grabación; las anécdotas que a veces forman parte de ciertas leyendas urbanas que circulan por ahí; las permanentes dificultades económicas con las que se han topado los músicos y que han determinado sus decisiones profesionales.

Estas ideas poco a poco fueron ayudando a conformar y depurar una lista de sujetos entrevistables. Toda lista es discutible y la mía no es, por supuesto, definitiva: no están todos los que son y acaso habrá quien levante la ceja para reclamar “¿por qué no incluiste a fulano o mengana?”, o “¿por qué no está más representado cierto género?”. De entrada debo admitir que hubo algo de caprichoso en mi selección y que respondí a ciertas intuiciones periodísticas, determinadas por los temas que me interesaban o por aquellos sobre quienes juzgué oportuno indagar. En mi descargo debo decir que me pareció una selección, si bien no exhaustiva, sí representativa.

En el área académica elegí a un par de maestras muy significativas en la enseñanza pianística: Leonor Montijo1 (1932-2018) y Carmen Peredo (1928-2017) –quien murió poco después de que charlé con ella–, quienes animaron la vida musical de la ciudad de modo muy destacado desde la década de los sesenta; aparecen también Ernesto Cano (1952) y Manuel Cerda (1949), académicos de la Universidad de Guadalajara pero que también han tenido una vida musical muy activa en otros territorios: la investigación, la composición y la interpretación de géneros diversos; junto a ellos hay pinceladas de otros maestros que los precedieron: Domingo Lobato (1920-2012), Hermilio Hernández, Arturo Xavier González (1923-1981), Francisco Orozco, todos inspiradores de muchos de quienes se acercaron a sus conocimientos; en el campo del jazz y el blues conversé con Javier Soto (1961), Genaro Palacios (1949) y Fernando Quintana (1963) quienes, además de contarme pormenores de sus vidas, me ayudaron a entender la importancia de otros personajes clave hoy ausentes como Carlos de la Torre (1940-2001) o Charly Jiménez; el rock acaso haya sido el más abundante en mi selección, con gente como Guillermo Brizio (1951), Javier Martín del Campo (1951), Tony Vierling (1951), José Pulido (1946), Carmen Ochoa (1959), Enrique Sánchez Ruiz (1948), todos vinculados a una escena que fue muy vital y que se las ha arreglado para mantener alguna vigencia; está también presente el compositor Carlos Sánchez Gutiérrez (1964); aparece también un personaje anfibio como Jorge Álvarez (1951), ligado lo mismo a la música que a las artes visuales; y también están algunos responsables de grabaciones importantes que se han hecho en la ciudad, como Raúl Cuevas (1968), Sergio Naranjo (1958) o Arturo Perales (1971).

Es una selección ecléctica, sin duda, pero como en toda lista hay ausencias o presencias oblicuas que se asoman aquí y allá: Áurea Corona, Servando Ayala, Ignacio Arriola, Ernesto Flores, Guillermo Olivera, Miguel Ochoa, René Alonso, José Luis Zúñiga, Guillermo Dávalos, Manuel Enríquez, Mario Arellano, Roberto González Vaca, Mario Pulido, Hipólito Ramírez, Beverly Moore son algunos que, si bien no tienen dedicado ningún capítulo completo, son mencionados como parte importante del periodo que comprende este trabajo, que va desde mediados de la década de los sesenta hasta el fin de los ochenta y con algunas referencias a temporalidades más cercanas, los noventa y, ocasionalmente, los dosmiles.

Es, pues, un libro centrado en la música y los músicos. La música ha sido motivo de mi interés toda la vida y he atestiguado algunas de las transformaciones que ha sufrido la vida musical de la ciudad, pero también me he percatado de los cambios en la ciudad misma: su fisonomía, su nomenclatura, sus dimensiones, su habitabilidad, son muy diferentes de lo que eran.

A partir de la segunda mitad del siglo xx la ciudad fue transformándose en diferentes ámbitos. El libro del escritor Emmanuel Carballo donde relata sus años de niñez y juventud en Guadalajara entre 1929 y 1953 se llama significativamente Ya nada es igual (2004), frase que se podría utilizar década tras década para definir a esta ciudad que cambia y no siempre para bien. No lo digo con el inútil ánimo nostálgico de quien piensa que todo pasado fue mejor, sino con la visión crítica que me hace reflexionar sobre lo irracional de muchas de las transformaciones que la urbe ha sufrido a través de los años.

Guadalajara es una ciudad fundada como lugar de tránsito, y gracias a ello ha conservado el rasgo de ciudad propicia para el comercio y el intercambio, pero no le han sido ajenas las transformaciones, a veces radicales. Recurro, casi de memoria, a una desordenada enumeración de cambios y modificaciones que ha sufrido la capital jaliciense:

El centro de la ciudad fue parcialmente destruido –el Templo de la Soledad y el Palacio Episcopal, como ejemplos de mártires caídos– para hacer lugar a las varias plazas que se construyeron en torno de la Catedral: la de la Liberación, la de Los Laureles –hoy rebautizada como Plaza Guadalajara– y la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. Cayó la plaza de toros El Progreso y brotó la cuestionable Plaza Tapatía. Las necesidades viales condujeron a la demolición de muchas fincas para que pudiera abrirse una gran avenida como Federalismo o se ampliaran otras como Juárez o Hidalgo –nombradas “par vial” en su momento–. Pasos a desnivel y puentes que antes no existían ahora son cosa corriente. La vida nocturna de la ciudad se restringió notablemente cuando fueron suprimidos, con criterios en buena medida moralistas, los locales cercanos al mercado de San Juan de Dios y con la prohibición a bares, cabarets y prostíbulos que proliferaban más allá de la Calzada Independencia: locales como El Sarape, el Luna de Miel, La Tarara, el King Kong, el 1,2,3, el Afro Casino o aquellos que regenteaban personajes como La Comanche o Rosa Murillo, son cosa de un pasado cada vez más remoto. Eso sí, hoy abundan “salones de masaje para caballeros” en todo tipo de zonas de la ciudad.

La nomenclatura de las calles se fue transformando: desaparecieron nombres como Munguía, Bosque, Avenida del Sur, Lafayette, Santa Eduwiges, Monte Casino, Costa Rica. Fueron sustituidos los comercios locales como Maxi, Hemuda, Blanco o Novedades Bertha por otros traídos de fuera: Gigante, Aurrerá, Soriana, Walmart, Comercial Mexicana. Las Fábricas de Francia, aunque conservan su nombre, ahora son propiedad de la empresa foránea Liverpool, y otros almacenes como Franco y Roberto Orozco hace rato dijeron adiós. La ciudad se fue extendiendo horizontalmente y muchos han dejado el centro y las colonias residenciales para refugiarse en cotos de la periferia. Han proliferado en los últimos tiempos las altas edificaciones que anuncian nuestro imparable “crecimiento vertical”. La población aumentó y lo sigue haciendo: muy lejos está aquel año 1964 cuando Guadalajara festinaba la llegada del “habitante un millón”.2

Desaparecieron viejos medios de transporte: camiones azules, rojos o amarillos que indicaban las rutas Centro-Colonias, Oblatos, Analco-Moderna, Circunvalación, y fueron sustituidos por otros que, sin embargo, están muy lejos de satisfacer adecuadamente las necesidades de movilidad de los tapatíos. Han cambiado los signos políticos que gobiernan: luego de muchos años de monopolio priísta la ciudad fue gobernada por el PAN, luego otra vez por el PRI y después por un nuevo partido, Movimiento Ciudadano. Zapopan, Tlaquepaque y Tonalá dejaron de estar lejos para integrarse a una cada vez más conflictiva “zona metropolitana”. La inseguridad y la contaminación se han apoderado, incontenibles, del entorno urbano.

Han desaparecido foros y lugares de esparcimiento y se han inaugurado recintos nuevos, aunque algunos, como los teatros Degollado o Experimental, siguen vigentes. Los casinos y lugares de apuestas, antes proscritos, ahora abundan en todos los rumbos de la capital jalisciense. El Parque de la Revolución ahora es llamado por los jóvenes “Parque Rojo” y sus transformaciones incluyen una estación del tren ligero en su subsuelo. Hace tiempo desapareció la empresa que fue estandarte de la industria tapatía: Calzado Canadá.

El tequila y el mezcal gozan hoy de un auge que no tuvieron en épocas pasadas. Algunas cantinas legendarias, como el Bar Cué, fueron demolidas y otras han desaparecido. Se fueron las viejas tiendas de discos e instrumentos musicales: Wagner, Lemus, Musics, Polifonía, La Manzana Verde, y en su lugar llegaron Mister CD y Mix Up, aunque hoy han transformado sus giros para adaptarse a la modernidad y a una vida en la que los discos han perdido su vigencia. Aquellas estaciones de radio con las que muchos nos educamos en la llamada “música moderna” –Canal 58, Radio Internacional, Stereo Soul y otras más– desaparecieron o transformaron sus perfiles radicalmente. Desapareció el Canal 6, símbolo de una añeja televisión local que no pudo sobrevivir ante la fuerza de las cadenas nacionales. El Pullman, aquel ferrocarril en el que muchos viajamos con frecuencia a la Ciudad de México, fue cancelado sin remedio, como también todas las opciones de vías férreas para pasajeros.

Se han consolidado la Feria Internacional del Libro y el Festival de Cine de Guadalajara, ambas empresas ideadas por el poderoso exrector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla. La escultura urbana que sería nuestro saludo al nuevo milenio –“los Arcos del Milenio” – nunca se pudo terminar y sigue ahí, como símbolo de una modernidad inconclusa. Han brotado muchas plazas comerciales en diversos rumbos de Zapopan y Guadalajara, que responden al actual modelo aspiracional de consumo de los tapatíos. Y la zona metropolitana se sigue inundando en cada temporal de lluvias.

En lo estrictamente musical hay cosas que decir, sitios que añorar, lugares que fueron importantes y que, como en algunas entrevistas del libro se destaca, desaparecieron por diversas razones.

La Sala Juárez, emblemática para la difusión de la música de cámara, fue abusivamente demolida junto con su aledaño edificio universitario. Instituciones donde había música y conciertos, como el Instituto Goethe, la Alianza Francesa, el Instituto México-Americano o el Anglo Mexicano han desaparecido o disminuido notablemente su actividad en esa área. El centro cultural La Puerta, librería y café con un foro por el que pasaron muchísimos artistas locales, nacionales e internacionales, tuvo que cerrar luego de una fructífera vida en la década de los ochenta, y ha quedado como un apreciable símbolo de aquellos años. Lo mismo que el Roxy, que en los noventa fue sitio emblemático del rock nacional. La Peña Cuicacalli, que inició a mediados de los setenta para difundir la música latinoamericana, durante su larga vida de treinta años se fue abriendo a diversas expresiones musicales. Otros foros emparentados con este último pero de vida más breve: La Peñita y El Despeñadero; ¡Lucifer Proyecta!, que recibía cada semana a grupos de rock de distintos rumbos del país; el Rojo Café que, agobiado por la burocracia municipal cerró sus puertas luego de poco más de diez años de vida; y aunque era más bien un restaurante, el Copenhagen 77 –y su hermano menor Arturo’s Copenhagen– que se significaron durante muchos años como espacios únicos para la ejecución del jazz, como se constata en uno de los textos de este libro. Y otros, modestos pero importantes para la vida de la ciudad: El Kiosko, el Teep, la Sala Chopin, el foro Jim Morrison, el bar Revolución, el Starwood, El Bodegón, la Legión Americana y muchos más.

También vale la pena decir que la música popular, en especial el rock, se solía interpretar en foros como el Auditorio del Estado –que más tarde fue renombrado “Benito Juárez”–, la ya desaparecida pista de hielo de avenida México, La Gran Fonda de Ávila Camacho y varios de los llamados “casinos”: el Agua Azul, el Real de Minas, el Arlequín, el Francés, el Español, el Talpita, el Modelo.

También es justo mencionar que la noción de “lo tapatío” se ha modificado con el paso de los años. De ser una sociedad más bien cerrada y celosa de su regionalismo –recuerdo épocas en las que se miraba con recelo a los “fuereños” que llegaban– la de Guadalajara se ha visto forzada a recibir, a veces a regañadientes, a gente de todas partes que ha hecho aportaciones culturales y sociales importantes. Como ejemplo de ello sería posible citar la llegada desde finales de los sesenta de jóvenes del norte del país –y a veces de algunos estados del centro– que venían a estudiar en las instituciones de educación superior de las que carecían en sus estados de origen. La Universidad de Guadalajara, el iteso o la Autónoma de Guadalajara recibían a muchos estudiantes de Tamaulipas, Chihuahua, Sonora, Sinaloa y Coahuila, quienes muchas veces, luego de terminar sus estudios, se quedaban a trabajar en Guadalajara y fueron dejando su huella en la ciudad: costumbres, modos de hablar, preferencias alimentarias, músicas favoritas que han contribuido, creo yo, a transformar esa noción de lo tapatío.

Otros fenómenos también han estimulado las transformaciones culturales de la región, como el terremoto de 1985 en la Ciudad de México, que provocó un éxodo de muchos capitalinos quienes, huyendo de su maltratada ciudad, llegaron a Guadalajara y se establecieron definitivamente acá.

Y, por supuesto, hay muchos otros fenómenos tanto económicos como sociales que han contribuido a esa transformación y que serían más bien tema de estudios económicos, sociológicos o antropológicos: el auge del narcotráfico, las boyantes industrias de la construcción y de la electrónica, las segmentaciones sociales a causa de la desigualdad y la falta de oportunidades, el aumento de opciones educativas (si bien muchas ubicadas en lo que se conoce coloquialmente como “universidades patito”) y otros más.

Quisiera pensar que a lo largo de los textos que conforman este libro es posible darse cuenta de algunos de los cambios que han transformado a Guadalajara, no nada más en lo estrictamente musical sino en otros ámbitos relativos a la convivencia social, al desarrollo económico y cultural. Hay en las palabras de varios entrevistados recuerdos nostálgicos que nos hablan de una Guadalajara donde abundaban las flores y no existían las multitudes que la pueblan hoy. Algunos se expresan con añoranza y otros con un poco de enojo. Hay quienes suenan agradecidos por la ciudad donde se desarrollaron musicalmente y también hay quienes manifiestan cierta frustración por no haber sido suficientemente reconocidos. Varios de los músicos entrevistados tuvieron que dedicarse a otros oficios complementarios –a veces por vocación, otras por necesidad– o se vieron obligados a ejercer en géneros musicales que no eran de su completo agrado. En algunas charlas se trasluce el descontento por la precaria situación económica que suelen padecer, sobre todo en los años recientes, quienes han optado por la música como profesión. También hay quienes han vivido razonablemente bien y no tienen mayores quejas.

Y en todos los casos me queda la sensación de que quienes eligieron a la música, no se arrepienten. Si bien hay algunas historias de frustración y varios se han replegado por temporadas más o menos largas del ejercicio profesional, todos han abrazado a la música con pasión y agradecimiento. Y todos quienes aparecen en estas páginas son, sin lugar a dudas, parte de esta historia cultural que aún se tendrá que investigar mucho más. Son parte, pues, de la música de acá.

Se pueden ver fragmentos de los videos de las entrevistas en:

1 Durante el proceso de edición de este libro se conoció la triste noticia de la muerte de la maestra Montijo (5 de mayo) en Hermosillo, Sonora. Se le rindió un homenaje póstumo en el paraninfo Enrique Díaz de León de la Universidad de Guadalajara, en su calidad de Maestra Emérita.

2 Y como un dato significativo del crecimiento, en noviembre de 2017 se dio a conocer oficialmente que había nacido “el tapatío 5 millones”, es decir, en menos de cincuenta años la población se quintuplicó.

Carmen Peredo

Vocación por la música3

En ese tiempo las niñas estudiaban piano, era una cosa de clase...

El círculo de amigos del matrimonio Flores-Peredo incluía nombres que son parte de la historia cultural de Guadalajara desde la mitad del siglo xx: el compositor Hermilio Hernández, el cellista Arturo Xavier González, el escritor y diplomático Hugo Gutiérrez Vega, el pintor Gustavo Aranguren, el sacerdote Ignacio Gómez Robledo, el director de teatro Rafael Sandoval, la pianista Leonor Montijo, el cronista Guillermo García Oropeza, el dramaturgo Ignacio Arriola Haro, por citar a los más notables. Con algunos de ellos convivían en la Escuela de Música de la Universidad y con otros en la tertulia semanal que organizaba Nacho Arriola en su casa de la calle Colonias casi esquina con Lerdo de Tejada. Ahí se reunían a veces solamente para platicar, en ocasiones para leer textos, otras hasta para presenciar alguna escenificación en el pequeño foro que había montado Nacho en la casa. Además de algunos ya mencionados, a la tertulia solían acudir personajes como don Salvador Echavarría –quien a decir de Emmanuel Carballo en su libro de memorias Ya nada es igual, fue uno de los intelectuales tapatíos más representativos de los años cincuenta y sesenta–, los notarios públicos Sergio López y Víctor González Luna, que muchos años después alcanzó notoriedad mediática por haber sido novio de Elizabeth Taylor. A veces llegaban invitados de la Ciudad de México e incluso del extranjero: gente de teatro como Héctor Azar, Hugo Argüelles o Luis de Tavira; de las letras y la academia como Ramón Xirau, Luis Alonso Schöekel o Antonio Alatorre.

Para ejemplificar el clima relajado que privaba en aquellas reuniones, Carmen Peredo me cuenta con evidente regocijo una anécdota:

Hubo un montaje de una obra de Nacho quien, deliberadamente, sentó al padre Gómez Robledo en primera fila. En la escenificación aparecía una mujer desnuda y el padre, pudoroso, volteaba el crucifijo que traía colgado en el cuello. Todos se divertían con el gesto de don Antonio y se hacían guiños de complicidad: “Ay Nacho, si serás...”

Ignacio Arriola, es justo decirlo, fue un hombre de lengua afilada y humor corrosivo pero también un excelente dramaturgo y promotor cultural dentro de la Universidad de Guadalajara: animó las actividades de la extinta Sala Juárez, dirigió el Departamento de Actividades Estéticas de la Universidad de Guadalajara y fue subdirector de la radio universitaria desde su fundación en 1974 y hasta finales de los ochenta del siglo xx.

Carmen Peredo fue una de las más destacadas promotoras musicales de Guadalajara, sobre todo en la música de cámara. El Exconvento del Carmen, el Cabañas, el Teatro Degollado, la Universidad Panamericana, fueron sitios donde desarrolló su labor durante muchísimo tiempo. También fue pianista y profesora de ese instrumento en la Universidad de Guadalajara durante más de treinta años, en la Escuela de Música que había colaborado a fundar. A sus 88 años de edad, y con algunos problemas de salud ocasionados por sus huesos débiles, pero sin perder ni por un segundo el buen humor y la picardía, me recibió el 18 de mayo de 2016 en la sala de la casa que compartió con su esposo, el poeta y maestro Ernesto Flores Flores, muerto en 2014. La casa está en la avenida La Paz con los muros de su interior repletos de libros, discos y partituras.

Carmen, jovencita, al piano.

“Yo la verdad sí estoy un poco molesta con Ernesto por la cantidad de cosas que compró, ya no sé qué voy a hacer con todo esto”, me dice con una sonrisa señalando los estantes donde se acumulan discos de acetato, discos compactos, libros, partituras y muchas ediciones diversas.

“Yo creo que las partituras se las voy a dar a las muchachas que estudian piano, a ver si les sirven... algunos discos ya se los está llevando Juan Carlos, que dizque los vende... y falta ver qué hacemos con la biblioteca”.4

Ernesto a veces se escabullía de la casa sin decirle a nadie. Ya bastante mayor se trepaba, osado, en su viejo Tsuru y se iba un buen rato en la tarde a alguna tienda de discos. Regresaba cargado de cosas interesantes que había encontrado. Carmen le solía preguntar: “¿Y ya oíste todos los discos que has comprado? No, cómo crees. Para eso sólo que tuviera otra vida... Pero seguía compre y compre y compre”.

Ernesto, además de haber sido poeta, reconocido profesor universitario, creador y director de revistas literarias –Coatl, Esfera, Revista de la Universidad, La Muerte…– y primer director de literatura del Departamento de Bellas Artes de Jalisco, era un amante de la música y gran conocedor de ella. De hecho Carmen y él se conocieron cuando ambos estudiaban piano con la maestra Áurea Corona y formaron parte de un grupo llamado Juventudes Musicales que se dedicaba a organizar conciertos. Pero Ernesto, pianista un tanto desordenado, según Carmen, se decantó por las letras.

Juntos, Carmen y Ernesto planeaban programas de conciertos y, a veces, hasta hacían los propios donde la música y la literatura se unían, como en el recital La Historia de Babar, con texto de Jean de Brunhoff y música de Francis Poulenc, que presentaron muchas veces, ella al piano y él en la narración.

Yo no tuve madre ni padre. Mi madre se murió cuando yo nací, y desde entonces viví con una tía y con mi tío Benjamín que fue actor de teatro itinerante. En ese tiempo todas las niñas estudiaban piano, era una cosa de clase. Mi tía me puso a estudiar piano y me gustó mucho. Pero como carrera estudié administración en la academia Julio Sierra. Cuando me di cuenta de que la música me gustaba muchísimo más, dejé la administración, empecé a dar clases con Áurea y luego en clases particulares.

Eso cuenta doña Carmen, quien reconoce que con Áurea Corona aprendió mucho pero luego percibió un cierto estancamiento. Era la época de la Segunda Guerra Mundial y los pianistas que no tenían trabajo en Europa empezaron a venir a México y a Guadalajara: Alfred Brendel, Bernard Flavigny, György Sándor, de todos ellos aprendió cosas que en Guadalajara no se conocían. También de pianistas mexicanos como Miguel Bernal Jiménez o Fausto García Medeles: “De Fausto aprendimos de música pero también de cocina, sobre todo de postres”, me dice, divertida.

A la maestra Peredo le gustaba conversar, era muy entretenida, con una memoria envidiable, se sabía muchas anécdotas, historias y chismes que contaba con absoluta naturalidad. Era observadora: durante la conversación deslizaba comentarios donde me hacía notar su conocimiento de cosas incluso de mi vida personal. Y no tenía empacho en decir con franqueza lo que pensaba, aunque al final solía matizar: “Bueno, eso es lo que pienso yo, aquí, donde me ves ya retirada, pero puedo estar equivocada...”.

Me contaba, por ejemplo, que a Martha González –quien dirigió el Departamento de Bellas Artes mucho tiempo– le gustaban nomás las óperas convencionales y esas eran las que se montaban, ningún título novedoso o arriesgado, puro siglo xix: “Martha decía que a la gente le gustaban nomás Payasos o Rigoletto, que cuando mucho algunas de Verdi. Y cada año lo mismo, y Martha decía: yo necesito que la gente vaya, no quiero poner nada nuevo. Ni se arriesgaba ni le gustaba”.

Me compartió el episodio cuando la misma Martha corrió de la dirección de la Sinfónica de Guadalajara a Francisco Orozco: “Estaba dirigiendo un ensayo cuando la jefa de Bellas Artes interrumpió y le dijo: desde hoy el director es José Guadalupe Flores y no usted”.

También me contaba con enojo su experiencia con Sofía González Luna, secretaria de Cultura durante la gubernatura del panista Francisco Ramírez Acuña:

La Tía Chofi, como le decían, me echó a perder uno de los mejores conciertos, uno con música de Carlos Chávez –la Tocatta para Percusiones y la Sonatina– que hice con mucha ilusión. No nos dejó hacerlo en la Capilla Tolsá porque montó ahí un mercado de chocolate y tortillas y nos mandó al cine, que estaba lleno de ratas, mugroso. Me quedé frustradísima porque era mi gran concierto.

También me platicaba de la época de Radio Universidad cuando la subdirigía Nacho Arriola y colaboraban Ernesto, Gutiérrez Vega, García Oropeza y otros más. “Era una buena estación... pero llegó Carlitos”, me dice con un gesto de desdén. Se refiere a Carlos Ramírez Powell, quien fue nombrado director en 1989 y cambió radicalmente el perfil de la emisora dando entrada a gente joven, como él mismo. “Antes ponían puro clásico, pero llegó Carlitos y dijo: ¡a la chingada todos! Ernesto hacía su programa y ponía cosas de Von Karajan… y Carlitos le decía: ¡todo eso afuera, porque son nazis! Y Ernesto le replicaba: no seas pendejo, Carlitos, esos van a permanecer toda la vida. Pero no hubo modo de convencerlo”.

Y también expresaba su escepticismo acerca de las autoridades actuales en cultura. Le parecía todo desfasado: “La secretaria Myriam Vachez no está muy enterada y noto un bajo nivel en lo que se hace”. Y se alarmaba del número de empleados que laboraban ahí: “En mis tiempos yo nomás tenía una secretaria. Como decía una amiga: si quieres hacer una cosa bien, con una gente; si quieres que no se haga, con mucha gente”.

Carmen Peredo trabajó en aquel primer Departamento de Bellas Artes fundado a principios de los setenta por Juan Francisco González. Su esposo Ernesto estaba al frente de Literatura y ella fue convocada como responsable de Música. Desde ahí empezó a organizar recitales de música de cámara en el Exconvento del Carmen. Gracias a sus contactos podía convocar a músicos de alto nivel que accedían a tocar ahí: Carlos Prieto, Manuel Enríquez y muchos otros. Se animaba a programar obras ambiciosas del siglo xx, de Bela Bartok, de Stravinsky; estrenó obras de mexicanos como Blas Galindo, Domingo Lobato, Manuel Enríquez, Hermilio Hernández, Victor Manuel Medeles y le dio mucha vida a ese espacio que durante años fue un referente semanal en la música de cámara. También se empeñó en que se comprara un buen piano para el sitio, un Petrof al que se le sacó mucho jugo.

Durante su labor en Bellas Artes hizo muy buena amistad con músicos destacados que venían a la ciudad: María Teresa Rodríguez, Flavigny, George Demus, Paul Badura-Skoda, Luz María Puente, Pepe Kahn, Carlos Prieto. Del pianista Jorge Federico Osorio me dice que se negó a tocar en el Exconvento “porque le pareció poca cosa... ni modo”.

Luego trabajó en el Cabañas. María Fernanda Matos, destacada investigadora y especialista en museos y en artes plásticas, dirigía aquel recinto y desde entonces fueron amigas muy cercanas “a pesar de que Fernanda es mucho más joven que yo”, aclaraba Carmen y recalcaba: “Es una gran y muy leal amiga”. Con ella organizó un ciclo musical del que conservaba muy buenos recuerdos: desde música medieval hasta barroca y moderna. La misma Matos poco después le dejó su lugar al frente del Centro de Educación Artística (Cedart), la escuela que fue pionera en la enseñanza de las artes y que dirigió durante tres o cuatro años. “Era cuando estaba por Bosque”, me decía Carmen aludiendo a la vieja nomenclatura de las calles tapatías. “Tenía una alberca pero Nacho, el de la tienda, metía a sus animales a nadar. Yo le reclamaba y él me decía: ¿y en qué le estorban? Metía hasta caballos ahí, yo le decía: ¡es que es una escuela de arte! Y no me hacía caso. Y ni modo, era el vecino”.

Guadalajara era una ciudad muy distinta cuando Carmen y Ernesto eran jóvenes y luego cuando fueron funcionarios de Cultura. Una ciudad muy conservadora y demasiado quisquillosa. A un músico de la orquesta lo separaron de su cargo porque osó casarse con una mujer divorciada, me contaba Carmen a modo de ejemplo. También me relataba lo que decía Hugo Gutiérrez Vega, aquello de que los jalisquillos son tan exigentes que cuando llegan al cielo les dicen: “Pase primero para ver si le gusta...”.

Carmen (con bolsa) y Ernesto Flores (abajo a la derecha) con alumnos.

Pero Ernesto Flores no nació aquí, fue originario de Santiago Ixcuintla, Nayarit, aunque llegó joven a Guadalajara para estudiar el bachillerato a mediados de los cuarenta. Luego estudió odontología aunque nunca ejerció de dentista. Se casó con Carmen Peredo con quien procreó cinco hijos, todos con algún vínculo artístico: Laura, historiadora y maestra con gusto por el arte; Mariana, que también ejerce la música pues es violoncelista y ha tocado con orquestas importantes del país; Eduardo, arquitecto pero que también es un fino compositor y que durante una buena temporada se dedicó a tocar sus canciones; el menor, Juan Carlos, se dedica a la promoción musical; Gabriela es pianista y maestra como su madre: estudió con Rosario Manzano, Luz María Puente, Leonor Montijo, luego en Estados Unidos con Rea Sadowsky y fue la pianista titular de la Orquesta Sinfónica durante doce años, además de haber tocado bajo la batuta de Manuel de Elías, Kurt Redel, Fernando Lozano, Luis Herrera de la Fuente. Gaby es además vecina, pues vive en la casa contigua a la de Carmen.

Carmen y Alfredo Sánchez durante la entrevista en 2016.

“Me casé con Ernesto y creo que hicimos una muy buena pareja. Nos gustaban las mismas cosas, a él le gustaba mucho la música, me impulsó a ir a México a estudiar”, recordaba la maestra Peredo. Pero a diferencia de varios de sus amigos y contemporáneos –Gutiérrez Vega y Emmanuel Carballo, por citar dos casos–, Ernesto decidió quedarse en Guadalajara y ejercer desde aquí la escritura y el magisterio. Trabajó en la Casa de la Cultura, animó publicaciones de escritores importantes y escribió e investigó mucho sobre dos poetas de los que se convirtió en el mayor conocedor: Francisco González León y Alfredo R. Placencia. Impartió clases de literatura a preparatorianos de la Escuela Vocacional, muchos de ellos lo siguen recordando con afecto.