La naturaleza de los dioses - Cicerón - E-Book

La naturaleza de los dioses E-Book

Cicéron

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Fuente de lectura imprescindible para conocer la filosofía antigua en su conjunto, en La naturaleza de los dioses Cicerón (106-43 a.C.), probablemente la cabeza más brillante y completa del mundo romano republicano, toma como objetivo indagar en el concepto de divinidad atendiendo a dos cuestiones fundamentales: la de su existencia o inexistencia y, en segundo lugar, la de la relación que cabe suponer que ésta entabla con el ser humano, ya sea de indiferencia -de acuerdo con la doctrina epicúrea- o por el contrario, en clave estoica, de carácter providente y benefactor. La obra, muy rica en información, es fuente de máximo interés (a veces indispensable) para conocer de manera indirecta la opinión de un buen número de pensadores antiguos -griegos sobre todo- y para vislumbrar el complejo y competitivo panorama que perfilaban las escuelas helenísticas en la naciente filosofía romana del momento. Traducción e introducción de Ángel Escobar

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Seitenzahl: 445

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cicerón

La naturaleza de los dioses

Introducción, traducción y notas de Ángel Escobar

Índice

Introducción

1. Datación, contenido, fuentes, forma

2. Transmisión textual y pervivencia

3. El texto y nuestra traducción

4. Sinopsis

5. Bibliografía

La naturaleza de los dioses

Libro I

Libro II

Libro III

Créditos

Y no sé si, al suprimirse la piedad hacia los dioses, no se elimina también la lealtad, la solidaridad propia del género humano e incluso una virtud de suma excelencia como la justicia (Nat. I 4).

La naturaleza de los dioses

Libro I

Justificación de la obra y defensa del método académico

I En filosofía son muchas las cosas que, hasta ahora, no se han explicado en absoluto de manera suficiente, pero resulta especialmente difícil y oscura –como tú, Bruto1, bien sabes– la cuestión referente a la naturaleza de los dioses, una cuestión de gran belleza para conocer el espíritu y necesaria para encauzar la práctica religiosa2. El que las opiniones de los hombres más doctos resulten tan diferentes y discrepantes respecto a ella debería ser una buena prueba de que la ausencia de saber está en el principio de la filosofía3 y de que con buen criterio se abstuvieron los de la Academia de dar su asentimiento ante asuntos inciertos4. Y es que ¿acaso hay algo más reprobable que la incoherencia?, ¿hay algo tan incoherente e indigno de la seriedad y el rigor de un sabio como mantener una opinión falsa o como defender, sin vacilación alguna, aquello que no se ha llegado a comprender y a conocer mediante el suficiente examen?

En este tema, por ejemplo. La mayoría ha dicho que los dioses existen, como es lo más verosímil y como –bajo la guía de la naturaleza– todos concluimos5. Protágoras dijo que él lo dudaba; Diágoras de Melos y Teodoro de Cirene pensaron que los dioses no existen en modo alguno6. Pero resulta que las diferencias y los desacuerdos entre quienes dijeron que los dioses existen son tan grandes que enumerar sus opiniones no tendría fin, pues son muchas las cosas que se dicen sobre cuál es la figura de los dioses, sobre el lugar en que se asientan y sobre su modo de vida, y se debate acerca de ellas con muy gran desacuerdo entre los filósofos. Pero el desacuerdo es grande, sobre todo, respecto a lo que constituye el principal motivo de discusión: si resulta que los dioses no hacen nada, no se esfuerzan por nada y se desentienden de todo cuidado y gobierno de las cosas, o si, por el contrario, son ellos quienes lo han hecho y organizado todo desde un principio, así como quienes lo dirigen y mantienen en movimiento por tiempo infinito. En tanto esta cuestión no se dirima, por necesidad se hallará la humanidad sumamente desorientada e ignorante de unos asuntos que son de la máxima importancia.

II Y es que ha habido y sigue habiendo filósofos que estiman que los dioses no se preocupan en modo alguno de los asuntos humanos. Si su opinión es verdadera, ¿qué sentido pueden tener la piedad, la devoción o la práctica religiosa7? Porque de todo esto se ha de rendir un tributo puro y limpio al numen de los dioses en la medida en que éstos puedan advertirlo y en la medida en que se haya rendido algún tributo –por obra de los dioses inmortales– al género humano. Pero si los dioses, por su parte, no pueden ayudarnos, ni quieren hacerlo, ni cuidan de nosotros en modo alguno, ni advierten lo que hacemos, ni procede de ellos nada que pueda influir en la vida de los hombres, ¿qué motivo hay para que ofrezcamos a los dioses inmortales cualquier tipo de culto, de honor o de súplica? Además, la piedad, al igual que las restantes virtudes, no puede permanecer bajo una envoltura de simulación y fingimiento; junto con ella habría que eliminar necesariamente la devoción y la práctica religiosa, de cuya supresión se deriva una vida de desorden y una gran confusión.

Y no sé si, al suprimirse la piedad hacia los dioses, no se elimina también la lealtad, la solidaridad propia del género humano e incluso una virtud de suma excelencia como la justicia8. Hay, sin embargo, otros filósofos –y éstos, además, importantes y de prestigio– que estiman que el mundo en su conjunto se administra y dirige mediante la mente y la razón de los dioses. Pero no sólo es así, sino que también estiman que son esos mismos dioses los que aportan consejo y provisión a la vida de los hombres, pues piensan que los dioses inmortales ofrecen al género humano, como un tributo, las cosechas y las demás cosas que la tierra produce, el clima, la variación de estaciones y los cambios atmosféricos, gracias a lo cual puede desarrollarse hasta su sazón todo lo que la tierra cría. Y –como se dirá en estos libros– ponen como ejemplo muchas cosas de tal condición que los dioses inmortales casi parecen haberlas creado, precisamente, para el uso humano. Carnéades disertó con profusión en contra de estos filósofos, hasta despertar en los hombres menos indolentes el deseo de investigar la verdad9.

Y es que no hay ningún asunto sobre el que exista tal desacuerdo, tanto entre los que no son doctos como entre quienes lo son. Siendo las creencias de estos últimos tan distintas y divergentes entre sí, puede ocurrir, ciertamente, que ninguna de ellas sea verdadera, pero a buen seguro no es posible que lo sea más de una10.

III En este pleito, por lo menos, podemos apaciguar a los censores benévolos y refutar a los que nos vituperan mediante sus críticas, de manera que éstos se arrepientan de habernos reprendido y los primeros se alegren de haber podido aprender, pues se ha de enseñar a quienes de manera amistosa nos amonestan y se ha de repeler a quienes de manera hostil nos acosan.

Por lo demás, veo que es mucha y variada la habladuría que se ha ido extendiendo acerca de nuestros libros –los muchos que hemos dado a conocer en breve tiempo–, tanto de parte de quienes se preguntaban, con extrañeza, de dónde nos surgió de pronto este afán de filosofar, como de parte de quienes deseaban saber qué era lo que dábamos por seguro acerca de cada asunto. Según he notado también, a muchos les parece sorprendente que hayamos preferido inclinarnos por un tipo de filosofía que parece arrebatar la luz a las cosas, esparciendo sobre ellas una especie de noche, y que hayamos asumido de improviso el patrocinio de una escuela abandonada y relegada desde hace tiempo. Pero es que ni nosotros hemos comenzado a filosofar de pronto, ni ha sido escaso el trabajo y el esmero que hemos empeñado en este menester desde los primeros años de nuestra vida. Precisamente cuando menos lo parecía, filosofábamos con más intensidad. De esto dan fe nuestros discursos, repletos de opiniones filosóficas, así como nuestro trato con personas doctísimas –gracias al cual floreció siempre nuestra casa11–, y también aquellos maestros que nos instruyeron: Diódoto, Filón, Antioco, Posidonio.

Y, aunque todas las enseñanzas filosóficas tienen una aplicación en la vida, nosotros consideramos que hemos hecho prevalecer, tanto en los asuntos públicos como en los privados, aquellas que nuestra razón y nuestra formación nos han recomendado.

IV Por lo demás, si alguien se pregunta qué motivo nos impulsó a poner por escrito estas cosas tan tardíamente, no hay nada que podamos revelar con tanta facilidad. Resulta que, como languidecíamos a consecuencia de la ociosidad y era tal la situación del Estado que su gobierno había de estar necesariamente bajo el designio y cuidado de una sola persona12, di en pensar, ante todo, que a las personas de nuestro entorno se les había de explicar filosofía en beneficio del propio Estado, estimando que era de gran interés para la honra y alabanza de nuestra ciudad que unos asuntos tan serios e ilustres tuvieran su lugar también en la literatura latina.

Aún me arrepiento menos de mi proyecto al poder percibir, sin esfuerzo alguno, en cuantísimas personas he suscitado el afán de aprender e incluso el de escribir13. Y es que muchos entendidos en las disciplinas griegas no podían comunicar a sus conciudadanos lo que habían aprendido, por desconfiar de que pudiera decirse en latín aquello que habían tomado de los griegos. Hemos progresado tanto en este aspecto, según parece, que los griegos no podrían vencernos ni siquiera en riqueza de vocabulario14.

También me animó a enfrentarme a este tipo de cosas la conmoción espiritual que me produjo un desafuero de la fortuna enormemente grave15. Si hubiera podido encontrar algún alivio mayor, no me habría refugiado preferentemente en éste, pero de ningún modo pude gozar mejor de tal alivio que entregándome, no ya a leer libros, sino a analizar la filosofía en su totalidad. Por lo demás, el procedimiento más sencillo para llegar a conocer todas las partes y secciones de la filosofía consiste, precisamente, en desarrollar por escrito la totalidad de sus temas, porque es admirable esa especie de continuidad y de trabazón que hay entre los asuntos, en virtud de la cual parecen conectados unos con otros, ensamblados y enlazados todos entre sí16.

V Quienes se preguntan, por su parte, qué es lo que opinamos personalmente sobre cada asunto, lo hacen con mayor curiosidad de la necesaria, porque, cuando se discute, no ha de buscarse tanto el peso de la autoridad como el de la razón17. Es más, la autoridad de los que profesan la enseñanza incluso constituye un obstáculo, la mayoría de las veces, para quienes quieren aprender, porque éstos dejan de aplicar su propio juicio y dan por válido lo que ven que ha dictaminado aquel al que aprueban. Y por cierto que no suelo aprobar lo que tenemos entendido acerca de los pitagóricos, de quienes cuentan que, si afirmaban algo durante el desarrollo de una discusión y entonces se les preguntaba por qué era así, solían responder que «él en persona lo dijo» («él en persona», por lo demás, era Pitágoras18): una creencia establecida tenía tanto poder que incluso sin razonamiento alguno prevalecía su autoridad.

Por otra parte, a quienes se admiran de que hayamos preferido seguir el método de esta escuela se les ha respondido de manera suficiente, según nos parece, en los cuatro Libros académicos19. No es verdad que hayamos asumido la tutela de unos temas abandonados y relegados, porque, cuando perecen las personas, no sucumben también las opiniones, sino que, en todo caso, pueden éstas echar en falta la brillantez de una autoridad. Así ocurre, en filosofía, con este procedimiento, que consiste en poder disertar frente a todo y en no juzgar sobre asunto alguno sin reserva: tras ser emprendido por Sócrates, retomado por Arcesilao y consolidado por Carnéades, ha tenido vigencia hasta nuestra época20