Sobre la vejez / Sobre la amistad - Cicerón - E-Book

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Cicéron

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Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) fue, probablemente, la cabeza más brillante y completa del mundo romano republicano. En estos dos breves tratados, el gran maestro de la retórica nos lleva a reflexionar con una cercanía asombrosa sobre algunos temas que nos vienen preocupando durante milenios: la entrada en la etapa más avanzada de la vida y cómo navegar las tribulaciones de la amistad, especialmente cuando se pierde a un amigo querido. Tras su lectura no nos quedará más remedio que admitir que la amistad es el mayor regalo que el ser humano ha recibido -solo por detrás de la sabiduría- y que, si bien la vejez está alejada de banquetes, grandes mesas y copas abundantes, también está, por lo tanto, libre de resaca y malas digestiones; o, lo que es lo mismo, que hay muchas más razones para disfrutar la vejez que para temerla. Versión e introducción de Esperanza Torrego

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Seitenzahl: 242

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Cicerón

Sobre la vejezSobre la amistad

Traducción, introducción y notas deM.ª Esperanza Torrego Salcedo

ALIANZA EDITORIAL

Catón el mayor,sobre la vejez

Presentación

No es difícil hablar sobre la vejez en el marco de los principios estoicos presentados en la Introducción (véase 2.6): la vejez es una fase de la vida y, por ello, ha de ser aceptada y vivida con naturalidad, simplemente porque responde al diseño de la naturaleza. Sin embargo, una buena vejez, la que permite aprovechar el prestigio que dan los hechos de la vida, ha de proceder de una buena vida, de una vida desarrollada en la virtud, que haya producido un legado vital: los problemas de la vejez no proceden de la edad, sino de otros aspectos del carácter de los hombres. Si las ideas estoicas se combinan, además, con las creencias pitagóricas y platónicas sobre la inmortalidad del alma, como hace Cicerón en este tratado, se elimina la característica de la vejez más difícil de rebatir, que es la cercanía de la muerte.

El tratado Sobre la vejez se plantea como una apología. La reflexión está puesta en boca de Catón, un anciano influyente y prestigioso, que goza de todas sus facultades intelectuales, una buena salud física y una posición económica más que holgada. Sin embargo, Catón discute que la felicidad con la que vive su vejez esté relacionada con sus condiciones favorables, que según él, ayudan, pero no son determinantes, como sí lo es, en cambio, el haber vivido de manera honesta, de acuerdo con los principios de la virtud, de modo que se tenga un legado moral propio que transmitir. La idea básica del tratado se plantea como una reivindicación autobiográfica de un Cicerón también mayor, prestigioso y capaz, pero a quien las circunstancias políticas habían apartado de la actividad que más le interesaba.

La fuente de este tratado, citada en la propia obra, es otro tratado sobre el mismo tema escrito por un filósofo peripatético, Aristón de Ceos, que no se conserva. Los cambios que introduce Cicerón son un ejemplo de su procedimiento de adaptación de las obras griegas al mundo romano: frente al protagonista mitológico del tratado de Aristón –Titono–, uno histórico central en la historia de Roma, Catón el Viejo, para dar más autoridad al tratado, según afirma él mismo (Vejez § 3).

Titono era, en la mitología griega, el marido de una diosa, Aurora. Esta había logrado que Zeus concediera a su esposo la inmortalidad, pero se había olvidado de pedir para él el don de la eterna juventud: así que, como puede suponerse, Titono envejecía sin parar y sin morir, hasta el punto de que, según una de las versiones de la leyenda, su decrepitud volvió insufrible su vida; harta de sus quejas y gruñidos permanentes, Aurora lo convirtió en cigarra. Es difícil imaginar cómo discurriría la argumentación en el tratado de Aristón, pero con toda probabilidad sería diferente a la que pone Cicerón en boca de su protagonista, que defiende la vejez como una fase de la vida acorde con la naturaleza y llena de plenitud física e intelectual, como ya se ha señalado.

El marco social romano que corresponde a la cronología que representa la Vejez (150 a. C.) otorga a los ancianos una posición preeminente. El derecho más antiguo les proporcionaba una autoridad jurídica sobre toda su familia, lo que explica el prestigio y respeto del que gozaban: el pater familias (‘padre de familia’) tenía en exclusiva derechos jurídicos sobre todos los demás miembros (esposa, hijos propios o adoptados, nietos, esclavos y bienes) y esta propiedad sobre su familia la conservaba hasta su muerte. El prestigio de los ancianos se mantenía también en la vida pública. El ejemplo de Apio Claudio el Ciego que menciona Catón (§ 16), manteniendo el gobierno de su familia y ofreciendo su consejo al Senado, ilustra esta situación. Catón menciona, además, la relación etimológica del Senado, la institución más importante en el gobierno de la República, con el nombre del anciano, senex. En la versión literaria de la historia de Roma, los primeros senadores fueron elegidos por Rómulo entre los patresfamilias; sus descendientes fueron los «patricios». Las propias palabras y los conceptos que nombran dan idea clara del prestigio de los ancianos durante ese periodo de la historia de Roma.

No obstante, la importancia del padre dentro de la familia podía producir grandes tensiones familiares. Cuando los padres vivían mucho tiempo y los hijos eran mayores, con familias propias, no podían salir de la condición de dependencia a la que les reducía el derecho; un ejemplo de esta situación puede ser el de Sófocles, a quien sus hijos pretendieron inhabilitar para la administración del patrimonio (§ 22). De hecho, los estereotipos negativos de ancianos que reproduce la literatura, viejos hoscos, avaros e intolerantes, aunque no sean más que un prototipo caricaturizado, dan una idea de que la situación en la vida podía ser algo diferente de la que refleja la Vejez: muchas veces el abuso de poder por parte de los ancianos les hacía resultar odiosos. La vejez que reproduce el tratado de Cicerón está profundamente idealizada1, pero es reflejo de la época dorada en lo que respecta al prestigio y, en consecuencia, el respeto por los mayores.

Resumen del diálogo

La argumentación de Catón para reivindicar la vejez se basa en tres ideas esenciales:

1) la vejez es una fase natural de la vida y ha de vivirse con naturalidad: es inconsecuente querer alcanzarla y quejarse de que llega.

2) Está diseñada por la naturaleza, igual que las demás etapas, y no es, por tanto, en sí ni mejor ni peor que otros periodos de la edad.

3) La vivencia de la vejez depende de la virtud con la que se haya vivido el resto de la vida y del carácter del individuo, no de aspectos intrínsecos de la edad.

Estas bases se desglosan en la refutación de cuatro ideas principales, presentadas como cargos judiciales, que habitualmente se achacan a la vejez. La presentación y refutación de los cargos se resumen como sigue:

1. La vejez es un impedimento para la acción (§§ 15-26).

1.1. La vejez impide hacer cosas, porque disminuye la fuerza. Refutación: no todas las cosas necesitan fuerza; a menudo tareas muy importantes requieren la experiencia y el prestigio, no la fuerza: ejemplos. Por otro lado, la fuerza es un concepto relativo.

1.2. Disminuye la memoria. Refutación: sólo si no se ejercita. Ejemplos de ancianos con memoria.

1.3. Resulta molesta a los demás. La pesadez no se debe a la edad, sino al carácter.

2. La vejez debilita las fuerzas del cuerpo (§§ 27-38). Refutación: la fuerza física es relativa y su importancia, también.

2.1. El orador perderá la voz. Refutación: al contrario, la voz adquiere en la vejez un brillo especial. La vejez no necesita la fuerza. Además, la fuerza también puede lograrse si se ejercita con moderación.

3. La vejez priva de los placeres (§§ 39-66). Refutación: los placeres tiranizan al hombre, luego son un mal. Hay que agradecerle a la vejez el regalo de la privación del deseo (§§ 39-42). Los hombres entregados al placer son débiles (§§ 43-45).

3.1. Además, la vejez no está exenta de placeres (§§ 46-65): las cenas con amigos, la dedicación al estudio o a la literatura (§§ 46-50). El placer de cultivar el campo: ejemplos de hombres ilustres que se dedicaron al campo (§§ 51-61).

3.2. Los cimientos de una buena vejez: el prestigio y el respeto a la edad (§§ 62-65).

4. La vejez está cerca de la muerte (§§ 66-84). Refutación: la muerte no es exclusiva de la vejez (§§ 66-68). La muerte es natural, porque la naturaleza del hombre es caduca (§§ 69-71).

4.1. Hay que despreciar a la muerte porque, si el alma muere con el cuerpo, nada puede pasar después y, si lo sobrevive, se libra de sus ataduras para volver a su medio natural. El alma es inmortal y sobrevive al cuerpo (§§ 72-84).

5. Conclusión: la idea de que el alma sobrevive al cuerpo, incluso si no es verdadera, ayuda a hacer llevadera la vejez (§ 85).

La argumentación está llevada con elegancia y habilidad. La forma de contar la historia –plagada de anécdotas, de citas de los autores más antiguos de la literatura latina, cuyos textos no se conservan sino de forma muy fragmentaria– y la abundancia de ejemplos prácticos de personajes y situaciones de la historia de Roma, fundamentalmente, convierten esta tertulia en un bellísimo paseo en vivo por el mundo romano.

Leyendo la Vejez de Cicerón dan ganas de ser viejo; eso sí, viejo como lo es Catón: sano, rico, inteligente, sensato, prestigioso y respetado.

1 Un estudio de la situación del anciano en el mundo romano y su evolución en el curso de la historia puede encontrarse en G. Minois (1989), Historia de la vejez, Madrid, Nerea, pp. 111-156.

Dedicatoria2

I.Tito, si en algo pudiera ayudarte a aliviar el cuidado que ahora te mina y anida clavado en tu pecho, ¿qué premio obtendría?3

Puedo, Ático, hablarte con los mismos versos con los que le habla a Flaminino

aquel hombre no rico de bienes, de lealtad lleno4,

aunque estoy seguro de que no

te preocupas, oh Tito, de noche y de día5,

como le sucedía a Flaminino, pues conozco la moderación y equilibrio de tu ánimo y me doy cuenta de que no te trajiste de Atenas sólo tu sobrenombre6, sino también la humanidad y sabiduría. A pesar de todo, también a ti sospecho que te preocuparán a veces muy seriamente las mismas cosas que me preocupan a mí7. El consuelo para ellas es tarea mayor y hay que aplazarlo para otro momento. Ahora, en cambio, me ha parecido pertinente escribirte algo sobre la vejez. Y es que quiero aligerarte, a ti y a mí mismo, de este peso que comparto contigo, el de una vejez que ya apremia o que está llegando, ciertamente, aunque estoy seguro de que tú la sobrellevas y la vas a sobrellevar con tranquilidad y sabiduría, como todo lo demás.

Cada vez que quería escribir algo sobre la vejez, me venías tú a la mente como persona digna de este regalo que podía sernos útil a los dos al mismo tiempo. Así que he disfrutado escribiendo este libro, de forma que no sólo me ha eliminado las molestias de la vejez, sino que también me la ha hecho más dulce y agradable. Por tanto, nunca se podrá alabar suficientemente la filosofía, pues quien la sigue puede vivir sin molestia cualquier momento de su vida. De lo demás hemos hablado a menudo y seguiremos hablando: ahora te envío este libro sobre la vejez.

El diálogo completo se lo atribuimos no a Titono, como Aristón de Ceos –pues es poca la autoridad de la ficción– sino a Marco Catón el Viejo para que nuestro discurso tenga más peso. Situamos en su casa a Lelio y a Escipión, quienes le preguntan admirados cómo puede sobrellevar su vejez con tanta facilidad, y él les responde. Si te da la impresión de que debate con mayor erudición de la que suele emplear él en sus libros, atribúyeselo a la literatura griega, a cuyo estudio hay constancia de que se dedicó intensísimamente en su vejez.

Pero ¿qué necesidad hay de más explicaciones? El diálogo del propio Catón te explicará nuestro completo parecer acerca de la vejez.

Preámbulo

II. ESCIPIÓN.–Muchas veces Lelio y yo nos admiramos, Marco Catón, de tu excelsa y perfecta sabiduría para todo lo demás, pero sobre todo nos sorprende el no haber notado nunca que te pese la vejez, que a muchos ancianos les es tan odiosa, que dicen que sostienen un peso mayor que el del Etna.

CATÓN.–Pues no es cosa difícil, me parece a mí, la que os admira, Escipión y Lelio. Para quienes no tienen ningún recurso interior con el que vivir bien y felizmente, cualquier edad es pesada; en cambio, a los que buscan en sí mismos todas las cosas buenas no puede parecerles malo lo que la naturaleza les proporciona de forma ineludible. Entre las primeras cosas de este tipo está la vejez: todos desean alcanzarla y, una vez que lo han hecho, se quejan de ella. Tan grande es la inconsecuencia y la extravagancia de la estupidez humana.

Dicen que les alcanza más rápidamente de lo que habían calculado. En primer lugar, ¿quién les manda a ellos calcular mal? ¿Es que sorprende más rápidamente la vejez a la juventud que la juventud a la niñez? En segundo lugar, ¿por qué había de serles menos pesada la vejez a los que tienen 800 años que a los que tienen 80? Es evidente que, una vez que ha volado el tiempo pasado, por largo que haya sido, no hay consuelo que pueda dulcificar una vejez estúpida. Por eso, ya que admiráis mi sabiduría –y ojalá sea digna de la opinión que os merezco y de mi sobrenombre8–, si en algo soy sabio es en eso, en seguir a la naturaleza, mi mejor guía, igual que si fuera un dios, y en obedecerla: no es muy probable que, cuando las demás partes de la vida las ha diseñado bien, descuide el último acto, como si se tratara de un mal poeta. No obstante, era inevitable que hubiera algún final y que fuera, por decirlo de alguna manera, arrugado y caduco, como sucede con las bayas de los árboles y los frutos de la tierra maduros y en sazón: eso tiene que sobrellevarlo el sabio cómodamente. Está claro, ¿qué otra cosa es pelear contra los dioses, como hicieron los Gigantes9, sino pelear contra la naturaleza?

LELIO.–Desde luego, Catón, puesto que esperamos o al menos queremos, sin lugar a dudas, llegar a viejos, nos harías un gran favor a los dos –puedo también asegurarlo en nombre de Escipión–, si pudiéramos aprender de ti los procedimientos con los que poder sobrellevar la edad, a medida que vaya pesando, con mayor facilidad.

CAT.–Lo haré, Lelio, sobre todo si, como dices, lo queréis los dos.

LEL.–Ya lo creo. Queremos ver, Catón, si no te molesta, cómo es el lugar al que has llegado después de recorrer, por así decir, un camino tan largo como el que nosotros hemos de emprender.

III. CAT.–Lo haré en la medida de mis posibilidades, Lelio.

Las quejas más comunes contra la vejez

Efectivamente, he presenciado a menudo lamentos de personas de mi edad –pues, como en el viejo proverbio, los iguales se juntan–, como Cayo Salinator o Espurio Albino, excónsules casi de mi quinta que solían lamentarse de que se veían privados de los placeres sin los cuales consideraban que la vida no es vida, o de que eran postergados por quienes antes acostumbraban a frecuentarlos. Y a mí no me parecía que estos echaran la culpa a quien tenían que echársela, pues, si esto sucediera por culpa de la vejez, habríamos experimentado lo mismo tanto yo como todos los demás mayores, y yo conozco a muchos que han vivido una vejez sin queja, que no han llevado nada mal el verse liberados de las ataduras del deseo y que no se han visto despreciados por los suyos. Y es que el problema de todas las quejas de este tipo está en la forma de ser, no en la edad. Efectivamente, quienes son mesurados y no intratables y gruñones viven una vejez llevadera; en cambio, el mal carácter y la dureza son molestos a cualquier edad.

LEL.–Así es, Catón; pero quizá alguien pueda decir que a ti la vejez te parece más tolerable porque eres rico y tienes recursos y autoridad, lo que no les sucede a muchos.

CAT.–Y eso algo hace, no hay duda, Lelio, pero en absoluto está todo ahí. Cuentan que Temístocles respondió de esta forma a uno de Sérifos10 en una porfía, cuando este le dijo a él que había logrado la fama no por su gloria, sino por la gloria de su patria, Temístocles contestó: «Ni yo, por Dios, hubiera sido nunca famoso siendo serifio, ni tú lo hubieras sido ni siquiera siendo ateniense». Lo mismo podría decirse de la vejez. Ciertamente, ni puede la vejez ser leve, ni siquiera para el sabio, en la extrema pobreza, ni para el necio puede dejar de ser pesada incluso en el colmo de la abundancia.

El arma mejor adaptada como estrategia para combatir la vejez es el ejercicio de los valores humanos; estos, cultivados a todas las edades, cuando has vivido mucho tiempo e intensamente, producen frutos asombrosos, no sólo porque nunca te abandonan, ni siquiera en la última parte de la vida, por larga que sea, sino también por lo gratísima que resulta la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de muchos buenos actos.

Ejemplos

IV. Yo en mi primera juventud quería como a uno de mi edad a Quinto Máximo, el que recuperó Tarento, que era ya un anciano. Había en aquel hombre una seriedad sazonada de amabilidad y la vejez no había cambiado su forma de comportarse, aunque yo empecé a tratarlo cuando era no muy mayor, pero ya tenía años11. Efectivamente, obtuvo su primer consulado el año después de nacer yo12; cuando él era cónsul por cuarta vez yo participé en la marcha de Capua como soldado bisoño y cinco años después en la de Tarento. Fui nombrado cuestor a los cuatro años de aquello y esta magistratura la desempeñé en el consulado de Tuditano y Cetego cuando él, ya un anciano, apoyaba la ley Cincia sobre regalos y remuneraciones13. Este hombre combatía como un joven y, ya plenamente adulto, debilitaba con su paciencia a un Aníbal exultante de juventud. De él dice brillantemente nuestro amigo Enio:

Un hombre, él solo, con su retardar nos restituyó el Estado,

pues no anteponía el rumor a la seguridad; por eso

después brilló, y brilla aún más ahora, la gloria de este varón14.

¡Y cuánto celo y estrategia puso para reconquistar Tarento! Una vez oí yo a Salinator, que se había refugiado en la ciudadela después de perder la plaza, y se vanagloriaba diciendo: «Gracias a mi trabajo has recuperado Tarento, Quinto Fabio», y él echándose a reír, le contesta: «De eso no hay duda; pues nunca hubiera podido recuperarla si tú no la hubieras perdido». Y no sobresalía en las armas más que en la toga. Cuando era cónsul por segunda vez, a pesar de no contar con la colaboración de su colega Espurio Carvilio, resistió cuanto pudo al tribuno de la plebe Cayo Flaminio, que pretendía dividir el campo Piceno y el campo Gálico por parcelas individuales contra la autoridad del Senado; y siendo augur se atrevió a decir que se hacía bajo los mejores auspicios todo lo que hacía en favor del Estado y que lo que se hacía en contra del Estado se hacía contra los auspicios15.

Llegué a conocer muchas cosas magníficas de aquel hombre, pero nada más admirable que el modo en que sobrellevó la muerte de su hijo, un hombre ilustre que había sido cónsul. Tengo en mis manos su elogiofúnebre16; cuando lo leemos, ¿hay algún filósofo que no hayamos de postergar? Y no sólo era grande a la luz y a los ojos de sus conciudadanos, sino que era también sobresaliente dentro de su casa. ¡Qué conversación, qué principios, qué gran conocimiento de la antigüedad y cuánta sabiduría del derecho augural! También era hombre de muchas letras, para ser un romano17: tenía en su memoria las guerras domésticas y las exteriores. Yo disfrutaba de su conversación con tanto placer como si ya adivinara lo que me sucede una vez que él falta: que no tengo a nadie de quien aprender.

La vejez se sobrelleva con la virtud: ejemplos

V. En fin, ¿por qué he hablado tanto de Máximo?, pues para que veáis que no es justo decir que tal vejez fue desgraciada. No obstante, no todo el mundo puede ser un Escipión o un Máximo como para poder recordar sus asedios a ciudades, sus batallas navales o terrestres o sus gestas y triunfos: también es sosegada y plácida la vejez de una vida vivida con tranquilidad, sencillez y dignidad, como la que oímos que tuvo Platón, que murió escribiendo a los 81 años, o Isócrates, que nos dice él mismo que escribió el libro titulado El discurso Panatenaico a los 94 años y vivió cinco años más; su maestro, Gorgias de Leontinos, llegó a cumplir 107 y nunca dejó de estudiar y de trabajar; y cuando se le preguntaba por qué quería estar en la vida durante tanto tiempo, decía «no tengo ningún reproche que hacerle a la vejez»: una respuesta brillante y digna de un sabio.

Los que no son conscientes de sus defectos y sus culpas se las cargan a la vejez. No es esto lo que hacía el recién mencionado Enio:

Como el fuerte caballo, que victorioso siempre

en el último trecho en Olimpia,

descansa ahora tranquilo, exhausto de vejez18.

Enio compara su vejez con la de un caballo fuerte y victorioso. A él podéis recordarlo bien vosotros, pues los cónsules actuales, Tito Flaminino y Manio Acilio, lo son 19 años después de su muerte, y murió en el consulado de Cepión y segundo de Filipo19, cuando yo, que tenía sesenta y cinco años, apoyé la ley Voconia20 con voz fuerte y buenos pulmones. Enio, a los 70 años –que son los que vivió– sobrellevaba las dos cargas que se consideran máximas, la pobreza y la vejez, de una manera que casi parecía que le agradaban.

Causas contra la vejez

Repasando en mi cabeza, encuentro cuatro razones por las que la vejez puede parecer miserable: una, porque impide hacer cosas; dos, porque debilita el cuerpo; tres, porque priva de casi todos los placeres, y cuatro, porque no se encuentra lejos de la muerte. Si os parece, vamos a repasar la importancia de cada una de ellas y en qué medida son justas o no.

Primera causa: la vejez impide la actividad

VI. La vejez impide hacer cosas21. ¿Qué cosas?, ¿las que se hacen con las fuerzas de la juventud? Así que ¿no hay nada a la altura de la vejez que pueda hacerse con la mente incluso cuando el cuerpo está debilitado? Entonces, ¿Quinto Máximo no hacía nada, nada tampoco Lucio Paulo, tu padre, el suegro de un hombre magnífico, de mi hijo?22 Y los demás ancianos, los Fabricios, Curios, Coruncanios, cuando defendían a la República con su consejo y su autoridad23, ¿no hacían nada? A la vejez de Apio Claudio se añadía que era ciego; a pesar de ello, él, cuando la opinión del Senado se estaba inclinando a firmar un tratado de paz con Pirro, no dudó en decir aquello que plasmó Enio en sus versos,

¿a qué camino vuestras mentes, que antes solían

mantenerse rectas, se desviaron, dementes?24,

y todo aquello, tan solemne; el poema es bien conocido, incluso se conserva el discurso del propio Apio. Y eso lo hizo él dieciséis años después de su segundo consulado, siendo así que entre los dos consulados mediaron diez años y que había sido censor antes del primero; de ello se deduce que era bastante mayor en la guerra de Pirro, y con todo, así lo hemos oído de nuestros padres. Por tanto, nada aportan los que dicen que en la vejez no se ocupa uno en hacer cosas, y se parecen a los que dicen que en una nave el piloto no hace nada, porque son otros los que trepan a los mástiles, otros los que corren por las cubiertas, otros los que limpian la sentina, mientras que él está sentado tranquilamente en la popa, sujetando el timón: un anciano no hace lo que los jóvenes, pero hace cosas mucho más importantes y mucho mejores. Las grandes hazañas no se llevan a cabo con las fuerzas, la velocidad o la agilidad de los cuerpos, sino con el consejo, el prestigio y el juicio: de todo esto, la vejez no sólo no está huérfana, sino que suele estar incluso sobrada. Pero a lo mejor consideráis que yo, que estuve en guerras de diverso tipo como soldado, como tribuno, como legado y como cónsul25, doy ahora la apariencia de estar inactivo porque no participo en campañas guerreras. Sin embargo, le indico al Senado qué guerras hay que hacer y de qué modo, me adelanto a declarar la guerra a Cartago, que lleva tiempo maquinando de mala manera; no dejaré de temerla hasta que sepa que ha sido destruida26.

Y a ti, Escipión, ¡ojalá los dioses inmortales te reserven la palma de concluir las empresas de tu abuelo!27. Hace treinta y dos años de su muerte, pero su recuerdo lo recibirán todos los años venideros. Murió un año antes de ser yo censor y nueve después de mi consulado, y fue nombrado cónsul por segunda vez cuando yo era cónsul. ¿Acaso, pues, si hubiese vivido hasta los cien años le hubiese resultado penosa su vejez? Y tampoco se emplearía en la carrera, ni en los saltos, ni en la lucha con lanzas, ni en la lucha cuerpo a cuerpo con espadas, sino que utilizaría su consejo, su sensatez y su juicio. Y si no hubiera de esto en los ancianos, no habrían llamado nuestros mayores al sumo consejo «el Senado»28.

En Lacedemonia, los que ostentan la máxima magistratura se llaman ancianos, porque lo son29. Y si queréis leer y oír cosas de otros sitios, hallaréis que los Estados más importantes han sido debilitados por jóvenes y recuperados y sostenidos por viejos.

Veamos, ¿cómo puede ser que perdierais

vuestro poderoso Estado con tanta rapidez?30

A quienes esto preguntan en la obra del poeta Nevio, se les responde entre otras cosas:

aparecían oradores nuevos, tontos, novatos y jovenzuelos31.

Evidentemente, la temeridad es propia de la edad en flor, y la sabiduría, de la que envejece.

La actividad intelectual

VII. Pero disminuye la memoria. De acuerdo; si no se ejercita o también si se es perezoso por naturaleza. Temístocles se había aprendido el nombre de todos sus conciudadanos. ¿Acaso pensáis que, a medida que su edad avanzó, confundía al saludarlos a Lisímaco con Arístides? Yo conozco no sólo a personas que todavía están vivas sino también a sus padres y abuelos, y al leer sus tumbas no temo perder el recuerdo, como dicen que pasa: precisamente al leerlas vuelvo a poner en mi memoria a los muertos. Tampoco he oído nunca que ningún anciano se haya olvidado de dónde enterró un tesoro. Recuerdan todo lo que les interesa: las demandas interpuestas, quién les debe y a quién deben ellos. Y qué decir de los jurisconsultos, los pontífices, los augures; los filósofos ancianos, ¡la cantidad de cosas que recuerdan! Permanecen las capacidades en los ancianos si permanecen el interés y la ocupación, y esto no sólo en hombres ilustres y que han tenido cargos públicos, sino también en los de vida sencilla y sosegada. Sófocles creó sus tragedias en plena vejez y, porque parecía que a causa del estudio descuidaba su patrimonio, sus hijos lo llevaron a juicio para que, así como según nuestras normas se inhabilita para la administración de los bienes a los padres que los gestionan mal, los jueces le retiraran la gestión del patrimonio familiar como a un enajenado. Entonces se cuenta que el anciano recitó a los jueces la tragedia que tenía en sus manos y que acababa de escribir, Edipo en Colono, y les preguntó si aquella obra les parecía la de un enajenado. La sentencia de los jueces lo absolvió por haberla recitado. En conclusión, a este, o a Homero, Hesíodo, Simónides, Estesícoro o a los que mencioné antes, Isócrates y Gorgias, o a los principales filósofos, Pitágoras y Demócrito, o a Platón y Jenócrates, o a Zenón o Cleantes, o al que habéis visto también en Roma, Diógenes el estoico, ¿les obligó la vejez a enmudecer en sus estudios o más bien la actividad en todos esos estudios se prolongó a lo largo de toda su vida?32

Pero prescindamos de los estudios divinos: puedo nombrar romanos campesinos, oriundos de la región sabina33, vecinos y amigos míos; en su ausencia, nunca se hacen en el campo labores importantes, ni de siembra, ni de recolección, ni de almacenamiento de los frutos; aunque esto no tiene nada de particular, porque no hay nadie tan viejo que no piense que puede vivir todavía un año; pero esa misma persona se esfuerza por algo que sabe que no le incumbe del todo:

árboles siembra, que den sus frutos

en la edad venidera34,

como dice nuestro Estacio en Los Compañeros. Tampoco duda el agricultor, por viejo que sea, en responder a quien le pregunte para quién siembra que lo hace «para los dioses inmortales, que quisieron no sólo que yo recibiera esto de mis antepasados, sino también que les sirviera a mis descendientes».

La actividad educativa

VIII. Es preferible Cecilio hablando sobre el viejo que se preocupa por la generación siguiente que el mismo Cecilio diciendo esto otro35:

Ay, vejez, si contigo al llegar no trajeras ningún otro mal,

este ya bastaría: que al vivir mucho tiempo,

muchas cosas verás que no querrías.

¡Pero a lo mejor se ven otras muchas que sí se quieren ver, y entre las que no se quiere también hay muchas con las que se encuentra la juventud! El mismo Cecilio dice esto, más perverso36:

No hay nada en la vejez para mí más miserable

que sentir que esa edad a otros te hace cargante.

Cargante no: agradable. Igual que los jóvenes de buen fondo disfrutan de los ancianos sabios y la vejez de estos se hace más llevadera cuando la juventud los frecuenta y les muestra su afecto, también los jóvenes disfrutan con los preceptos de los ancianos, que les conducen al interés por los valores humanos; así entiendo yo que no os resulto menos agradable a vosotros de lo que vosotros me resultáis a mí. Así que ya veis cómo la vejez no sólo no resulta débil e inactiva, sino que es incluso activa y siempre está haciendo o planeando algo que se corresponde con sus intereses en las fases anteriores de la vida.