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La Navaja de Ockham es una crónica novelada de la desaparición de la joven Michelle Boutteville, ocurrida en octubre de 2017 en la Alta Francia, y de las complicadas actuaciones policiales llevadas a cabo para esclarecerla. La investigación de lo que los medios bautizaron como "el caso Michelle" tuvo en vilo a medio mundo.
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Seitenzahl: 393
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Enrique Cubeiro Cabello
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-826-9
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A mi hija Paloma, que plantó la semilla.
Introducción
Los acontecimientos del que iba a ser uno de los misterios policiales más difíciles de resolver y con mayor repercusión mediática de la historia de Francia se iniciaron en la tarde del sábado 21 de octubre de 2017.
Como es bien sabido, la investigación del que se conoció popularmente como «el caso Michelle» fue extremadamente compleja y obligó a emplear en su esclarecimiento una cantidad importante de recursos.
Mucho se ha escrito sobre este asunto, entre otras cosas porque es una historia fascinante. Nada atrae tanto al ser humano como lo que le resulta inexplicable. Y, durante muchos meses, «el caso Michelle» lo fue. Desde el primer momento estuvo rodeado de incógnitas. Y, a medida que avanzaba la investigación, cada incógnita iba abriendo paso a otras muchas.
Si en un principio fue lo dramático del caso lo que lo situó en las portadas de los periódicos y en las cabeceras de los noticiarios, poco a poco fueron los diferentes misterios que lo envolvían los que fueron ganando interés. Como si estuviera dirigido por un guionista de una serie de intriga, cada vez que la ausencia de novedades lo relegaba a un plano secundario, algo ocurría que le hacía recuperar toda la atención de medios y audiencia. Y no solo en Francia, porque este fue un asunto que, durante los meses que transcurrieron hasta su resolución, se siguió en el mundo entero.
Esta es la crónica novelada de aquellos hechos, para la cual he contado con la inestimable ayuda de algunas de las personas que participaron directamente en el caso.
Quiero destacar, por encima de todo, el asesoramiento y apoyo desinteresado que he recibido de los representantes tanto de la Gendarmería como de la Magistratura francesa. Como ciudadano español residente en Francia desde hace «tan solo» diez años, mi conocimiento sobre la normativa y legislación francesa, el papel de la Gendarmería y diferentes estamentos del estado en la investigación, bastante diferente a cómo se lleva a cabo en España, era limitado, por lo que agradezco su infinita paciencia para hacerme entender el cómo y el porqué de las cosas.
Pero tengo que agradecer mucho más. En primer lugar, su implicación en el esclarecimiento de los hechos. Fue extraordinaria, y su entusiasmo, contagioso. Jamás perdieron el ánimo ni la fe, a pesar de las muchas veces que llegaron a callejones sin salida, estuvieron a ciegas o avanzaron en la dirección equivocada. Su tenacidad inquebrantable, más que su brillantez o su trabajo metódico, fue la clave del éxito. Y tengo que hacer mención especial a su sinceridad y honestidad conmigo. En sus testimonios siempre me expusieron las cosas tal y como ocurrieron y, pudiendo haberlo hecho, jamás trataron de ocultar, disculpar o disimular las malas decisiones que tomaron o las erróneas deducciones a las que llegaron.
También he de reconocer la valiosa contribución de los vecinos de Watigny e Hirsón, de las autoridades locales y de los representantes de la prensa que siguieron el caso, que con sus testimonios me ayudaron a ver los hechos desde todas las perspectivas posibles.
Es una crónica, pero también una novela, por lo que me he atrevido a dar rienda suelta a mi imaginación para rellenar los huecos, atribuir a un número reducido de personajes ficticios lo que en la realidad tuvo un protagonismo mucho más disperso y vestir y dar un toque más humano a lo que, en muchos casos, eran solamente unas frías líneas en un informe. El indulgente lector lo entenderá pronto. Es lo que he hecho, por ejemplo, al concentrar en un pequeño grupo de agentes toda la carga de la investigación y crear distintos vínculos afectivos entre ellos (de amistad, amor, rivalidad, complicidad o antagonismo), o al asomarme a los últimos minutos que Michelle pasó en su casa antes de desaparecer, o a la conversación en el coche patrulla entre los agentes que iniciaron la búsqueda de la primera noche. No existieron una adjunta Ivette Dugés, un gendarme Gerard Jouvet ni unos comandantes André Dupont y Antoine Rossignol. No tengo prueba alguna de que esas escenas ocurrieran como yo las cuento. Pero yo las imagino así.
Y así como confieso que no he sido muy riguroso al trasladar al papel la identidad de algunos personajes ni su participación en los hechos, también he de decir que en otros casos me he ceñido todo lo posible a la realidad. Porque consideré que no tenía mucho sentido camuflar, disimular o deformar los caracteres de los que, para mucha gente y durante mucho tiempo, fueron los rostros visibles del caso, y que, a fuerza de aparecer una y otra vez en las pantallas de los informativos y en las páginas de los diarios, acabaron por resultarnos muy familiares. Es el caso, por supuesto, de Michelle Boutteville, de sus padres, del alcalde Jules Bonfils, de la magistrada Leblanc y de algunos otros que al lector familiarizado con el caso no le costará identificar.
La geografía juega un papel muy importante en el relato, motivo por el cual se han incluido varios planos y mapas al final del libro para ayuda del lector.
Dramatis personae
Bonfils, Jules. Alcalde de Hirsón.
Boutteville, Michelle. Joven de 16 años, hija de Gabrielle y Pierre.
Boutteville, Gabrielle. Madre de Michelle. Profesora.
Boutteville, Pierre. Padre de Michelle. Profesor.
Chastain, Hugo. Suboficial mayor de la Gendarmería de Hirsón.
Chevrier, Martine. Amiga de Michelle Boutteville.
Chevrier, Paul. Padre de Martine.
Delacroix, Maurice. Suboficial destinado en la Gendarmería Nacional en Reims, asignado a la investigación.
Dugés, Ivette. Agente de la Gendarmería de Hirsón. Categoría: Adjunta.
Dumoulin, Roger. Jefe del equipo de la policía científica.
Dupont, André. Comandante, jefe de la Gendarmería de Hirsón.
Faucher, Jacques. Suboficial destinado en la Gendarmería Nacional en Reims, asignado a la investigación.
Fontaine, Jean Paul. Estudiante de ingeniería aeronáutica aficionado al aeromodelismo.
Fontenot, Valérie. Profesora y capitana del equipo de ajedrez de Watigny.
Gaumond, André. Ingeniero informático residente en Reims.
Gascoigne, Cyril. Agente de la Gendarmería de Hirsón. Especialista en informática. Categoría: Adjunto.
Gautier, Roland. Carpintero exlegionario, residente en Brognon.
Hardy, Marcella. Vecina de Aubenton. Casada con Paul Hardy.
Hardy, Paul. Vecino de Aubenton. Casado con Marcella Hardy.
Herriot, Marcel. Capitán, segundo jefe de la Gendarmería de Hirsón.
Hulot, Henri. Agente de la Gendarmería de Hirsón. Categoría: Adjunto.
Jouvet, Gerard. Agente de la Gendarmería de Hirsón.Categoría: Guardia.
Karaman, Vasile. Empresario de origen moldavo, afincado en Marbella.
Kozel, Andriy. Chófer-escolta de la policía de Kiev.
Koutarova, Valentina. Empresaria de origen moldavo, esposa de Vasile Karaman.
Leblanc, Sophie. Magistrada de la Audiencia de Reims.
Noire, Philippe. Agente de la Gendarmería de Hirsón, especialista en informática.Categoría: Guardia.
Romarin, Françoise. Médico forense.
Rossignol, Antoine. Comandante destinado en la Gendarmería Nacional en Reims, asignado a la investigación.
Sewick, Olena. Oficial de la policía ucraniana en Kiew.
Tanguy, Luc. Compañero de clase de Michelle Boutteville.
Tanguy, Jean-Paul. Padre de Luc.
Turbau, Gustave. Magistrado de la Audiencia de Reims.
Volcot, David. Empresario vitivinícola afincado en Reims.
Volcot, David (Jr.). Hijo de David Volcot.
Volcot, Esther. Hija de David Volcot, gemela de David Volcot Jr.
Capítulo 1Sábado 21 de octubre de 2017 (día D)
Watigny se encuentra al norte de Reims, cerca de la frontera con Bélgica, en la región de Alta Francia (antes Picardía) y, más concretamente, en el departamento de Aisne, distrito de Vervins y cantón de Hirsón. A finales de 2017, contaba con unos dos mil trescientos habitantes, de los cuales alrededor de la mitad se concentraban en el núcleo urbano y el resto se desperdigaba en pequeñas fincas en un radio de unos dos kilómetros. Era uno más entre los muchos pintorescos pueblecitos que salpican el noreste de Francia, con sus calles adoquinadas flanqueadas por sencillas casitas bajas, de paredes color pastel y tejados de pizarra.
La reseña en francés que por aquellos días figuraba sobre Watigny en la Wikipedia apenas ocupaba tres renglones y medio. Hasta aquel entonces, el hecho más notable ocurrido en la pequeña localidad había sido la pernocta el 6 de agosto de 1791 del conde de Provenza, futuro Luis XVIII, que viajaba camino de su exilio en Prusia. Una pequeña placa en la antigua hospedería, hoy centro social juvenil, daba testimonio de aquel hecho, pero no la Wikipedia. Un viejo profesor de secundaria, ya fallecido, que dedicó los últimos años de su vida a pergeñar una crónica de Watigny que jamás vería la luz, había investigado los motivos que habían llevado al conde a una acción tan poco lógica a priori, habida cuenta de la existencia de varios lugares mucho más recomendables para pernoctar relativamente próximos. De hecho, recalar en Watigny había supuesto a la comitiva apartarse sensiblemente de la ruta, en una época en la que un par de millas de distancia se tardaban en recorrer en carruaje su buena media hora. Ninguno de los cuatro motivos más plausibles deducidos por el viejo profesor a partir de su minuciosa investigación resultaba muy favorable para la reputación del futuro monarca. Pero todo eso pertenece a una historia que nada tiene que ver con la que iba a comenzar aquel 21 de octubre.
Al caer la tarde, todo estaba tranquilo en Watigny. Era sábado y los comercios estaban cerrados. La única excepción era el bazar chino, bautizado por sus dueños orientales con el rimbombante y poco original nombre de Grand Hiper China, y que se mantenía abierto de diez de la mañana a ocho de la tarde, incluidos los domingos y festivos.
El día había amanecido gris y amenazaba lluvia. Un típico día de octubre en la Picardía francesa. Durante la mañana, había lloviznado de manera intermitente pero, llegada la tarde, algunos retazos azules comenzaron a aparecer entre las nubes. De vez en cuando, el sol asomaba entre los claros y se reflejaba en los húmedos tejados, confiriendo a las negras tejas de pizarra la apariencia de fulgente oro.
A las cuatro de la tarde, Michelle Boutteville dudaba ante el espejo de su habitación si enfundarse el abrigo negro de Zara o el anorak rojo de Napapijiri. Estaba un poco cansada de los dos. Llevaba varias semanas pidiendo a su madre un abrigo verde que había visto en el catálogo on-line de Bershka y que solo costaba sesenta y nueve con noventa euros, incluyendo los gastos de envío. Finalmente, se decidió por el anorak, tras descubrir en una de las mangas del abrigo negro una fea mancha pegajosa que no tenía tiempo de limpiar.
Michelle era la hija única de dos profesores de instituto, Pierre y Gabrielle. La familia habitaba una casa antigua de dos pisos en la parte alta del pueblo. La casa había sido propiedad de los padres de Pierre, fallecidos el 2 de mayo de 2002 en un accidente aéreo.
En la noche del aquel 2 de mayo de 2002 en que ocurrió el trágico accidente, Pierre y Gabrielle se encontraban en el punto álgido de una acalorada discusión. La convivencia de la pareja en el exiguo apartamento de apenas 40 metros cuadrados que habitaban a las afueras de París era cada vez más difícil. La llegada de la niña, diez meses antes, había sido una sorpresa completamente inesperada. Con dos sueldos mileuristas de profesores de instituto público, todo empezó a hacerse muy cuesta arriba para la pareja. Nada quedaba ya de la época dorada del noviazgo y dos primeros años de matrimonio, cuando la pasión intensa disipaba todo nubarrón amenazante.
Las discusiones eran cada vez más encarnizadas y frecuentes. Bastaba cualquier nimiedad para que uno de los dos saltara. Gabrielle era más pasional; Pierre, más encerrado en sí mismo. Broncas y silencios comenzaron a ser la tónica de una vida desagradable para ambos en cada una de las facetas que componían su existencia. Los dos trabajaban en el Collège Barbara de Stains, en el barrio parisién de Saint-Denis, uno de los más conflictivos de Francia, en el que se hacinaban cientos de adolescentes de esas etnias variopintas, casi siempre de origen africano, que constituían y constituyen la mayor parte del estrato más bajo y desarraigado de la sociedad francesa.
Cuatro años en aquel centro habían bastado para derrumbar todo el idealismo de los dos jóvenes profesores que, curiosamente, se habían conocido seis años antes en una manifestación contra las duras medidas de la política inmigratoria de Alain Juppé.
Para entonces, los dos habían sufrido por docenas desplantes y desaires de sus alumnos que, si por algo se caracterizaban, era por el más absoluto desprecio por cualquier forma de autoridad. Y, desde la perspectiva de aquellos chavales fracasados y resentidos, poca diferencia había entre un profesor, por muy joven e idealista que fuera, y los policías que cumplían con contundencia las órdenes de sus jefes políticos de extrema derecha; todos eran parte del «sistema».
La pareja había recibido amenazas de todo tipo. Y no solo de los chicos, también de padres airados, que parecían proyectar sobre ellos toda su frustración acumulada. Ruedas pinchadas, arañazos en el coche, miradas retadoras en los pasillos, empujones. Una mañana, Hugo Sirvent, un profesor de matemáticas tan orondo como bonachón, resultó herido de una puñalada sin que mediara provocación alguna. Mientras Sirvent escribía en la pizarra, un alumno de origen magrebí le clavó una navaja en el abdomen; simplemente porque le apeteció. La policía visitaba con frecuencia el centro, incautando de forma habitual droga y armas blancas. Y, en una ocasión, hasta un destartalado revólver Smith & Wesson y dos cajas de munición de 12,7, ocultos en una de las desvencijadas taquillas, cubiertas de grafitis, que utilizaban los alumnos.
En los comicios del 96, un Pierre Boutteville desengañado de todo votó por el Frente Nacional de Jean-Ivette Le Pen. No le dijo nada a su mujer, que él suponía, acertadamente, que todavía se mantenía fiel a su pasado de izquierdas. Gabrielle había hecho en su juventud algunos pinitos como activista y hasta había vivido alguna experiencia, más excitante que realmente peligrosa, frente a los antidisturbios de la policía de París. Sentía que aquellos antecedentes la obligaban a resistirse a cualquier tentación o debilidad que supusiera renegar de sus orígenes ideológicos. Pero ya no distinguía muy bien si aquella resolución nacía de su conciencia o ya tan solo de un amor propio que le incitaba a mantener la pose. Y le daba miedo indagar en ello, por si no le gustaba la respuesta.
Como una gota malaya, aquel desagradable entorno fue minando poco a poco la relación. Los silencios comenzaron a ser más frecuentes que las charlas. Y las peleas acabaron siendo lo único que se interponía entre los silencios. Los dos eran conscientes de que la relación se estaba desmoronando, pero el agotamiento, la rabia y el desencanto acababan por frustrar cualquier atisbo de esperanza. El único hilillo que sujetaba la frágil estructura en que se había convertido el matrimonio era una rubicunda niña de diez meses, en la que concentraban las pocas fuerzas que ya les quedaban.
Habían acordado que Gabrielle pidiera una excedencia hasta que la niña cumpliera año y medio. La baja por maternidad solo cubría cuatro meses, por lo que llevaban un semestre subsistiendo solamente con un sueldo, lo que había liquidado por completo sus muy modestos ahorros y les colocaba en una situación cada vez más difícil al llegar a fin de mes. Pierre había insinuado en una ocasión que quizás Gabrielle debería plantearse regresar antes de lo previsto, pero ella se había mostrado absolutamente contraria a variar su decisión. El tono retador con que respondió a su insinuación había disuadido a Pierre de volver a sacar el tema, a pesar de lo evidente que resultaba que la situación no podría mantenerse por mucho más tiempo. Eran simples matemáticas.
Aquella tarde del 2 de mayo de 2002, Pierre se había reunido con el director del instituto, quién le había comunicado que debido a la baja de uno de los profesores iban a incrementarle las horas lectivas, pero sin incremento salarial. Pierre recibió la noticia en silencio, con más resignación que rabia. Sabía que no tenía alternativa. Aquello ya había ocurrido antes y sabía que era cuestión de tiempo que le tocara. Una cláusula del contrato lo permitía y el representante sindical así se lo había comunicado unos meses atrás al encolerizado claustro de profesores en una reunión en la que la tensión se podía cortar con un cuchillo y que por muy poco no acabó en batalla campal. Desde entonces, aquella reasignación de clases se había repetido en tres ocasiones. Pierre recibía parte de la carga precisamente de Hugo Sirvent, quién, tras recibir el alta por el navajazo, había sido incapaz de reunir el valor suficiente para volver al instituto y presentó una baja indefinida por motivos psiquiátricos.
Para Pierre, aquello significaba un incremento de tres horas lectivas a la semana, y en una asignatura que no dominaba demasiado. Al llegar a casa, sin apenas ganas y dándole la espalda, se lo contó a su mujer. No esperaba una buena acogida a la noticia, pero tampoco aquella furibunda reacción.
—¿Y ya está? ¿Ni siquiera has protestado? ¡Vas a trabajar más de cuarenta horas semanales y por el mismo sueldo de mierda!
—Hubiera sido malgastar saliva. No podía hacer nada, ya lo sabes.
—No me lo creo.
Gabrielle le daba la espalda, mientras ordenaba los cubiertos que acababa de sacar del viejo lavaplatos. Temblaba de rabia.
—Tienes que hablar con el director. ¡Explícale cómo estamos! ¡Yo no puedo volver a trabajar aún! ¡No quiero que la niña se pase el día encerrada en la guardería con diez meses!
—Por favor, Gabi. Será por unas semanas, seguramente, hasta que encuentren un sustituto.
—¡No lo sabes! Mira lo que está pasando con Jean Paul. Le dijeron lo mismo, que sería por poco tiempo, y lleva ya medio año.
Gabrielle se volvió lentamente, con los ojos llameantes y la mandíbula en tensión. Pierre bajó los ojos y fijó la mirada en el cucharón que ella agarraba con los nudillos blancos. Su ánimo era el de un condenado frente al pelotón de fusilamiento. Casi deseaba que llegara la andanada que pusiera fin a todo. Ella cerró con fuerza los ojos durante unos segundos eternos. Y explotó.
—¡Nunca debí de casarme contigo! ¡Eres un pelele, un perfecto imbécil sin carácter! ¡No sé qué pude ver en ti! —fue la explosiva respuesta de una Gabrielle fuera de sí.
Pierre recibió el impacto como si de una salva real se tratara. Le produjo un intenso dolor físico y ganas de vomitar. Jamás habían llegado tan lejos. Gabrielle lo era todo para él. Nunca había entendido muy bien por qué aquella mujer, llena de ideales y energía, que hacía volver la mirada a todos a su paso, le había elegido. Se sabía indigno de ella, motivo por el que el temor latente a perderla había estado presente desde aquel día, no muy lejano, pero que ahora parecía más propio de un sueño, en que había reunido el valor para besarla. En centésimas de segundo todos aquellos pensamientos invadieron su cerebro. Supo, esta vez sin ningún atisbo de duda, que iba a perderla. Y que, si la perdía, lo perdería todo.
En aquel momento sonó el teléfono en el salón. Eran poco más de las nueve de la noche. Pierre, encorvado y macilento, abandonó la cocina caminando como si fuera un anciano.
Temblando de humillación y desamparo, descolgó el auricular del moderno aparato que imitaba los viejos teléfonos negros de baquelita de los años sesenta que habían comprado juntos en el Fnac de Saint-Étienne al poco de casarse.
—¿Diga? —Un breve silencio—. Sí. Soy yo.
Gabrielle escuchaba la conversación con los ojos aún echando fuego. Estaba algo arrepentida, pero seguía muy enfadada. Sabía que él no tenía la culpa, pero le indignaba lo poco combativo que era, su resignación ante la adversidad, su falta de energía.
Salió al pasillo secándose las manos con un trapo. Contemplaba a Pierre de frente. En la penumbra, su marido parecía muy poca cosa, con su cuerpo delgado, su piel blanquecina y su languidez. Aquella aura de intelectual que le proferían su cabello revuelto y las gafas de concha, que en otra etapa de la vida la habían cautivado, ahora le resultaban insoportables. Tres años antes, Pierre parecía entender cómo funcionaban los hilos que movían el mundo. Parecía saberlo todo sobre todo. No había libro, artículo o ensayo que no hubiera leído, entendido y asimilado. Gabrielle podía escucharle embelesada durante horas, notando asombrada como oírle hablar de cambio climático, de geopolítica, de feminismo o de emigración generaba en ella un deseo sexual que era irracional e irreprimible. ¿Qué había sido de todo aquello?
En el largo minuto de silencio que siguió a su primera respuesta al aparato, el rostro de Pierre fue perdiendo color, hasta que se comprimió en una mueca de dolor infinito. De sus ojos grises, completamente apagados, comenzaron a asomar espesas lágrimas que surcaron sus mejillas y dejaron su oscura huella sobre el pecho de su camisa. Como balazos de agua sobre su corazón, pensó más tarde Gabrielle, recordando la escena.
—Gracias. Sí. Lo entiendo. —Con las manos temblorosas, apuntó un número sobre la libreta que tenían junto al teléfono—. Gracias. Así lo haré.
Con las lágrimas aún goteando desde su barbilla, Pierre colgó el aparato y miró a su mujer, cuya angustia había ido creciendo hasta apagar todo rescoldo de la reciente disputa.
—Mis padres han muerto —dijo con un hilo de voz.
Gabrielle sintió cómo de repente le invadía una inmensa ternura por su marido. Nunca le había visto así. Tan desvalido, indefenso y triste. Además, Gabrielle adoraba a sus suegros, que siempre la habían tratado como a una hija. Presa de una intensa congoja, se abrazó a él con tanta fuerza que le rompió las gafas.
Pierre comenzó a sollozar convulsamente, con el rostro hundido en la melena rubia de Gabrielle. Y así permanecieron hasta que el llanto desconsolado de la pequeña Michelle, que había permanecido durmiendo plácidamente mientras sus padres se gritaban, los devolvió a la realidad.
En las horas y días siguientes fueron enterándose de más detalles. La compañía aérea les adelantaba unos minutos lo que más tarde difundían los medios de comunicación del mundo entero. El Airbus A300-600 en el que viajaban Guy y Marie Boutteville, padres de Pierre, se precipitó al Atlántico con 232 personas a bordo, por razones aún hoy desconocidas, casi en el punto intermedio de su frustrado trayecto entre el Charles de Gaulle y el Aeropuerto Internacional Antônio Carlos Jobim de Río de Janeiro. El trágicamente famoso accidente del vuelo AF337 marcó muchas vidas. En primeras, segundas y terceras carambolas, como ocurre con todo acontecimiento en el que la muerte se presenta en forma tan cruel, hambrienta y desatada.
Dos meses más tarde, Pierre recibió una inesperada noticia. Había dos plazas vacantes en la escuela secundaria de Watigny. No tuvo que pensar mucho para deducir que aquellas plazas eran las vacantes dejadas por sus padres. Cuando se lo contó a Gabrielle, supo al momento que en ella germinaba la misma idea que él comenzaba a considerar ya como un regalo divino.
El 15 de agosto de 1998, el matrimonio se mudaba con su hija al que había sido el hogar de los padres de Pierre y que el joven, hijo único, había recibido en herencia. Para ser más exactos, que recibiría, si todo iba bien, algún día en los próximos años, porque ya se sabe que los asuntos de herencias son como un lento vía crucis salpicado de muchas y complejas estaciones burocráticas, y más cuando no hay un cadáver al que aplicar el certificado de defunción. Pero nadie había cuestionado su derecho a la vivienda. Dos semanas más tarde, la pareja iniciaba el curso escolar en sus nuevos puestos de trabajo.
Nunca se arrepintieron de la decisión. Los años siguientes fueron de una felicidad plácida y sin sobresaltos. Las disputas quedaron como algo del pasado y ambos fueron conscientes de que, de alguna manera, el sacrificio de los padres de Pierre había salvado su matrimonio y que un regalo del destino como aquel merecía ser cuidado con cariño y desvelo, como si de una frágil y valiosa planta se tratara.
Él imaginaba a sus padres cogidos de la mano, sonriendo en paz, en los asientos 12 A y B, en el interior del fuselaje blanco, posado sobre el fondo a 4 500 metros de profundidad, donde un batiscafo de la Armada Francesa había localizado los restos del aeroplano dos años y medio después del accidente.
La habitación que en la nueva casa los jóvenes padres prepararon con exagerado mimo para la pequeña Michelle era la misma en la que ahora la adolescente pasaba la mitad de su existencia.
Tomada la decisión de la prenda de abrigo, la joven pasó rápidamente el cepillo por su larga cabellera rubia y se sintió bastante satisfecha con la imagen que le devolvió el espejo. A sus dieciséis años y medio, Michelle era una adolescente de enorme atractivo, pero hasta hacía muy poco tiempo no había sido consciente del efecto que causaba en los hombres. Y aún le costaba asumirlo.
Un vistazo a su reloj la impulsó a acelerar sus movimientos. La puntualidad era una de sus muchas virtudes y se dio cuenta de que tendría que correr si quería llegar a la hora. Apresuradamente, metió un viejo libro en la mochila. Con un rápido gesto, fruto de la práctica, estiró el edredón de listas azules y blancas sobre el que había estado tumbada después de la comida y salió de la habitación. La chica bajó las escaleras ruidosamente y asomó la cabeza por la puerta de la cocina, donde su madre estaba ocupada limpiando el horno. Gabrielle era la viva imagen de su hija y a los cuarenta y dos años seguía conservando su atractivo.
—Mamá, me voy.
—No hagas tanto ruido. Tu padre está durmiendo la siesta.
—Te ayudaría con eso, pero voy tarde. Voy al centro juvenil. Quiero practicar algunas aperturas de ajedrez con Valérie. He quedado a las cuatro y ya son casi. Y luego me pasaré por casa de Martine. Quiere que la ayude con un trabajo de ciencias.
—No llegues tarde, cariño. Ya sabes lo que hay hoy para cenar.
—¡No te preocupes! No me lo perdería por nada del mundo. Llegaré con tiempo de sobra.
Olvidando la petición de su madre, gritó un «¡Hasta luego!» y cerró la puerta de casa de un portazo, despertando a Pierre Boutteville de su apacible siesta.
Michelle pertenecía al equipo local de ajedrez y era una jugadora destacada para su edad. De hecho, figuraba en el puesto treinta y dos del ranking francés de jugadores menores de diecisiete años. La afición le venía de familia. Su abuelo paterno, Guy Boutteville, había sido subcampeón de Francia en el año 1969, con tan solo veinticinco años de edad, y hasta había llegado a jugar con algunos de los grandes maestros de la época, logrando en una ocasión unas meritorias tablas contra el casi invencible Tigran Petrosian. Últimamente, Michelle había estado practicando una vieja apertura, la apertura Réti, que se hizo célebre cuando Réti derrotó a Capablanca en el torneo de 1924 celebrado en Nueva York. Se trataba de una apertura muy poco usada hoy en día, pero que había sido una de las favoritas de su abuelo.
Aquella tarde, Michelle había quedado con su instructora y capitana del equipo local para discutir algunos movimientos, para lo cual iba a llevar un viejo libro del abuelo Botteville, repleto de anotaciones en sus márgenes, que constituía su posesión más preciada: La apertura Réti y sus variantes.
Michelle se alejó con su andar elegante y alegre, camino del centro juvenil. Pasó frente a la panadería Lacroix, que tenía bajada hasta el suelo la puerta corredera de metal ondulado repleta de grafitis, cruzó el paso de cebra de la calle Mariscal Pétain, tratando de no pisar fuera de las franjas blancas, manía que tenía desde muy niña, y desapareció calle abajo por el estrecho Ruelle des Bougainvilliers, por el que a aquellas horas no circulaba ni un alma.
Sus padres comenzaron a inquietarse cuando a las ocho y media Michelle aún no había llegado a casa. Normalmente, comenzaban a cenar entre las ocho y ocho y cuarto. Aquella noche, además, había canelones de carne con fuagrás, uno de los platos favoritos de Michelle, lo que hacía aún más extraña la tardanza.
—¡Se habrá despistado! ¡Ponle un WhatsApp! —gritó Gabrielle desde la cocina.
Pierre lo hizo y observó extrañado la pantalla; no saltaba el doble check de mensaje recibido. Apaciguó el deseo de llamar a su hija, recordando la charla que habían tenido días antes sobre lo intrusivas que los adolescentes consideraban las llamadas.
A las nueve menos veinte, mientras Gabrielle trasteaba con el horno, Pierre Boutteville apartó todas sus prevenciones y llamó al móvil de su hija. Recibió un mensaje de voz informando que el teléfono se encontraba apagado o fuera de cobertura. Lo volvió a intentar varias veces durante los siguientes diez minutos, con el mismo resultado. Ya bastante preocupado, llamó a casa de su amiga Martine, quién le dijo que aquella tarde no había visto a Michelle y que no tenía la menor idea de dónde podía encontrarse.
A continuación, marcó el teléfono de Valérie Fontenot, la instructora de ajedrez, quién le comunicó que Michelle había estado con ella hasta eso de las cinco y cuarto y que después se había marchado con algo de prisa, aunque no le dijo a dónde iba ni con quién.
Pierre, para entonces angustiado, se quedó mirando el auricular del teléfono sin saber qué hacer.
—¿Qué ocurre, Pierre? ¿Has conseguido hablar con Michelle? —preguntó Gabrielle, que en ese momento entraba en el comedor sujetando la bandeja de horno con unas manoplas.
—No. No respondía a los WhatsApp, así que la he llamado varias veces al móvil. Me sale apagado o fuera de cobertura.
—Llama a Martine.
—Ya lo he hecho. No sabe nada de ella.
—¡Pero si dijo que iba a su casa!
—Pues no ha ido. También he llamado a Valérie. Se fue del centro juvenil a eso de las cinco y algo. Y no sabe a dónde.
—Sigue intentándolo. Si a las nueve no hemos dado con ella, llama a la policía.
—¿A la policía?
—Sí. A ti te harán más caso que a mí. Ya sabes, para la policía, madre e histérica son sinónimos.
Tras más infructuosos intentos, Pierre buscó el teléfono de la Gendarmería de Hirsón, localidad situada unos diez kilómetros al oeste de Watigny.
Un contestador automático le comunicó que había marcado el número de la Gendarmería de Hirsón y que, si conocía la extensión de tres dígitos con la que quería hablar, la marcara, y que, en caso contrario, esperara a que le atendiera un operador.
Durante unos segundos, que se le hicieron eternos, estuvo escuchando una melodía conocida, en una versión bastante estridente, que le pareció completamente inapropiada para una institución oficial: Alejandro, de Lady Gaga.
—Gendarmería de Hirsón. Le atiende el gendarme Hulot. ¿Qué desea?
Pierre, de forma bastante atropellada, explicó al agente lo que ocurría, aunque su relato resultó por momentos tan incoherente que Hulot se vio obligado a hacer algunas preguntas aclaratorias. Una vez tuvo una idea definida de la situación, el agente le comunicó que una patrulla se acercaría en breve hasta su domicilio.
La llamada, que fue grabada siguiendo el protocolo de emergencias, quedó registrada a las 21:09.
Capítulo 2Sábado 21 de octubre de 2017 (día D)
Veinte minutos más tarde, según quedaría registrado en el atestado correspondiente, los gendarmes Ivette Dugés y Gerard Jouvet se personaban en la casa de los Boutteville.
Pierre, que esperaba impaciente junto al ventanal del salón, abrió la puerta de la casa antes de que los agentes se bajaran del coche patrulla.
Los Boutteville hicieron pasar a los gendarmes al salón. A pesar de la angustia que la atenazaba, Gabrielle mantuvo la compostura y les preguntó si les apetecía tomar algo.
—Puedo hacerles un té o un café en un momento. No me cuesta nada.
—No. Muchas gracias. Es usted muy amable —respondió la agente, sacando un pequeño cuaderno de notas. De los dos, Ivette era la más veterana, con diez años de servicio, aunque aparentaba ser más joven que los treinta y dos años que delataba su carné de identidad. Era más bien menuda y delgada, pero la elasticidad de sus movimientos revelaba que estaba en buena forma y no transmitía ninguna sensación de fragilidad—. Por favor, cuéntennos lo que ha pasado.
La presencia de los gendarmes parecía haber causado en Pierre un efecto perjudicial. Comenzó un relato bastante inconexo, con continuas interrupciones. Su nerviosismo resultaba muy incómodo. Llegado un punto, Gabrielle tomó la palabra y consiguió que los agentes tuvieran una buena imagen de los hechos.
—¿Ha desaparecido otras veces?
—No. Nunca.
—¿Es raro que se retrase?
—Sí, mucho. Es una chica muy formal. Y la puntualidad es una de sus cualidades.
—¿Pueden darnos la dirección de la profesora de ajedrez? Valérie Fontenot. Y también la de su amiga Martine —dijo la agente consultando sus notas—. Y una foto reciente de su hija, si la tienen. Nos ayudaría mucho.
Pierre desapareció con un murmullo ininteligible y volvió al cabo de unos segundos con una manoseada agenda en la mano.
—¿Qué ropa llevaba cuando salió?
—Un anorak de la marca esa que está tan de moda. Napanosequé.
—¿Napapijiri?
—Sí. Roja. Tiene un bolsillo en el pecho con las letras de la marca. Grandes.
—Conozco la prenda. Tengo una igual en azul marino.
—Y unos vaqueros. Rotos, como los llevan todos ahora. No me fijé en lo que llevaba bajo el anorak. A la hora de comer llevaba un jersey gris, pero puede que se lo cambiara antes de irse.
—¿Calzado?
—Unas botas negras. De tipo militar. De esas con suela muy gruesa. Últimamente no se las quita más que para dormir.
—¿Qué edad tiene su hija?
—Dieciséis. Los cumplió en abril. El día 5.
—Aries. Como mi hermana. Ella es del 6 de abril. Necesitamos el teléfono móvil de su hija —Gabrielle lo apuntó en un post-it amarillo, que entregó a Ivette—. Gracias. ¿De qué compañía es?
—France Telecom.
Pierre interrumpió la conversación con voz trémula.
—¿Creen que la encontrarán?
—Claro. No se preocupe. Esta es una zona muy tranquila. Aquí nunca pasa nada, ya lo saben. Ni bueno, ni malo. Yo pasé mis primeros años de servicio en París y aquello es otra cosa. Seguro que hay una explicación —Ivette sonaba muy convincente—. Verán, la denuncia no será efectiva hasta transcurridas veinticuatro horas. Es lo que marca la ley. Pero, de todas formas, nosotros vamos a transmitir ahora mismo el aviso y daremos una vuelta por los alrededores para ver si damos con ella.
—Aquí tiene la dirección de Valérie Fontenot y de Martine; Martine Chevrier. Y sus teléfonos. Fijo y móvil —Ivette tomó los dos post-its que le alargaba la mujer; la letra de Gabrielle era elegante y clara.
—Y la foto. No se olviden de la foto.
—No sé si tendremos alguna reciente, salvo en los móviles.
—No, espera. La del cordón con pinzas de su habitación.
Gabrielle se levantó y salió trotando escaleras arriba. Poco después bajaba con una foto de 10x15 que entregaba a la agente.
—Michelle es la del centro. La de la derecha es Martine Chevrier.
Ivette miró con detenimiento la fotografía en la que aparecían tres adolescentes. Michelle era la más alta. Parecía sensiblemente mayor que las otras dos, que a su lado resultaban casi insignificantes. Michelle las eclipsaba.
—Parece alta.
—Mide uno setenta y tres. Y sigue creciendo. Ya es más alta que yo — respondió la madre—. Ya nos lo advirtió el pediatra. Que iba a ser muy alta.
—¿Alguna relación? Es una chica muy guapa. Seguro que los tiene locos a todos. A mí las rubias altas me quitaban todos los novios en el instituto.
—No, que sepamos. Y suele contarnos todo. No ha tenido ningún novio. Está muy centrada en sus estudios y en el ajedrez. No sale demasiado y sus amigas son todas muy formales.
—Si tuviera novio, lo sabríamos —apostilló Pierre, que seguía muy nervioso. Parecía desear que aquel interrogatorio acabara cuanto antes y diera paso a algo más productivo. Ivette lo percibió.
—Bueno. Creo que ya lo tenemos todo. Ahora daremos parte a la central y vamos a recorrer la zona. Si tuvieran alguna noticia o recordaran algo más que crean que es importante, llamen, por favor, a este teléfono. Ellos contactarán con nosotros por radio. Y tranquilos, que seguro que no ha pasado nada. Los adolescentes son así.
Como de costumbre, Ivette se subió al puesto del conductor. Mientras se alejaban, pudo ver la silueta de la atribulada pareja recortada contra la luz de la puerta. Ella erguida, él encorvado. No habló hasta que doblaron la calle.
—¿Qué te parece?
Jouvet mantuvo su mirada al frente y tardó unos segundos en contestar.
—Que son unos ingenuos. Mira que pensar que una chica de dieciséis años no tiene secretos para sus padres… No lo sé. No me gusta lo de que el móvil esté apagado o fuera de cobertura. Por esta zona la cobertura no es mala, y es raro que una adolescente se quede sin batería. Y si se queda, hace todo lo posible por dar señales de vida. ¿Crees que nos han contado todo lo que saben?
—Sí. Creo que sí. No he percibido nada raro. Sus reacciones eran las que uno esperaría en una situación así.
—No sé. El padre me daba mala espina, tan nervioso y con esas gafitas de intelectual.
—Es que es un intelectual. Los dos son profesores. No empieces con tus prejuicios.
—Ella es muy guapa. La madre, quiero decir. Me gustaría haberla visto hace diez años.
—Eh, que me celo.
—Sí. Seguro. Joder, me acabas de recordar que no he llamado a Laura. Necesito cinco minutos.
—No. Ponle un WhatsApp.
—No puedo ponerle un WhatsApp. Está muy mosca. No le gusta nada que haga patrullas contigo.
—Pues que se vaya acostumbrando, porque nos quedan unas cuantas. No seas calzonazos, Jerry. Me aburres. Vamos a casa de la amiga. Conozco la calle. Es aquí cerca.
Unos minutos más tarde aparcaban frente a la casa de los Chevrier, uno de los pocos edificios de pisos de Watigny, de un feo ladrillo visto, también poco habitual en la zona.
—No sabemos qué piso es —dijo Ivette mirando al telefonillo—. Por lo menos, se ve luz en casi todas las casas.
—Llamemos a cualquiera. Somos la policía. Nos abrirán.
Gerard pulsó con decisión el timbre del primero A. Al cabo de unos segundos surgió del aparato una voz metálica.
—¿Quién es? —sonaba a señora muy mayor.
—Buenas noches, señora. Somos de la policía. Gendarmería de Hirsón. Buscamos la casa de los Chevrier. ¿Puede abrirnos?
—¡Aquí no viven los Chevrier! —y el sonido del auricular al colgar.
—Pues sí que… Condenada vieja.
El vecino del segundo B, siguiente botón que pulsaron, les abrió la puerta y les informó que los Chevrier vivían en el cuarto B. El portal de la casa era muy exiguo y el edificio no tenía ascensor. Decididamente, aquella casa era muy humilde incluso para un pueblucho como Watigny. El alumbrado de la escalera era de muy baja potencia; subieron los ocho tramos de escalera en la penumbra.
Paul Chevrier les abrió la puerta. Era un tipo bajo y corpulento, de unos cuarenta y tantos años, y pelo ya canoso, muy corto, espeso y duro, que a Ivette le recordó el de un terrier.
—Buenas noches. ¿Señor Chevrier? Necesitamos hablar con su hija Martine. Es sobre Michelle Boutteville. La estamos buscando.
—Lo sé. Mi hija nos lo ha contado hace un rato. Pasen. Estamos cenando.
El olor a potaje de garbanzos inundaba toda la casa. El piso era pequeño y estaba amueblado con muy poco gusto. La familia al completo estaba sentada en una mesa rectangular que ocupaba el centro de la cocina y que apenas dejaba espacio para moverse a su alrededor. La señora Chevrier, que daba la razón a los que defendían la tesis de que las parejas se van pareciendo con los años, ocupaba una de las cabeceras. A su derecha, Martine, vestida con ropa de aspecto militar. Y, a su izquierda, dos chavales de unos diez años que aparentaban ser gemelos y que, a la vista de las tiritas y postillas que cubrían brazos y frentes, debían de ser dos buenas piezas. A Ivette, el color violeta de las puertas de los armarios le golpeó casi como una bofetada.
—¿Quieren sentarse? Les hacemos sitio. Donde comen cinco, comen siete. Hay de sobra.
—Muchas gracias. Tenemos algo de prisa. Martine, necesitamos hablar contigo.
—¿Podrían esperarme abajo? Acabo en cinco minutos.
—Lo siento, como eres menor de edad tenemos que hacerlo en presencia de alguno de tus padres. Es el reglamento.
—Ah. Pues pregunten lo que quieran.
—Muy bien —Ivette se colocó detrás de los gemelos, dando frente a la joven. Gerard se puso detrás de ella, medio encorvado, tratando de no golpearse con los armarios—. ¿Qué es lo último que sabes de Michelle?
—Pues… nos vimos en clase. Hoy salimos a la una. Yo vine directamente a casa. Y, a eso de las cinco y media, Michelle me escribió un WhatsApp. Y nada más. Le contesté y no lo leyó. Le he escrito unas cuantas veces y hasta la he llamado hace un rato. Pero debe de tener el móvil apagado.
—¿Puedes enseñarnos lo que te escribió?
—Sí. Aquí lo tengo —con la habilidad de un nativo digital, en un segundo desbloqueó el móvil y accedió a la conversación con Michelle. Mostró la pantalla a los agentes. El texto decía: «Tengo q contarte algo . Luego t escribo».
La hora del mensaje eran las 17:43. Es decir, una media hora después de que se despidiera de Valérie Fontenot. Ivette anotó el texto y la hora en una pequeña libreta negra que llevaba en uno de los bolsillos laterales del pantalón.
—¿Ven? Le contesté según recibí el WhatsApp, pero no lo leyó. Y los que le envié después salen como si ni siquiera los hubiera recibido.
—Muchas gracias. Pues eso es todo lo que necesitábamos. Nos vamos ya. No se molesten, sigan cenando.
Con el olor a potaje adherido a piel y ropa, los agentes abandonaron el domicilio de los Chevrier, bajaron con cuidado los ocho tramos de escalera del deprimente edificio y volvieron al coche patrulla.
—¿Qué hacemos, jefa?
—No sé. Tengo la sensación de que si callejeamos un rato nos la encontraremos de frente. Vamos a dar una vuelta, necesito quitarme del cerebro la imagen de esos armarios. ¡Qué horror!
Media hora después, tras recorrer sin demasiado criterio y en silencio unos veinte kilómetros, Ivette detuvo el coche en el arcén, se estiró como un gato, se frotó los ojos, lanzó un suspiro de cansancio y se volvió hacia Jouvet.
—Hago un pis y seguimos.
Ella abrió la puerta y se parapetó detrás del coche. En el silencio de la noche y con la ventanilla bajada, Gerard pudo distinguir perfectamente los sonidos: cómo ella se desabrochaba el cinturón, la tela del pantalón deslizándose por sus piernas y el líquido salpicando el suelo. Aunque Gerard ya tenía motivos para estar acostumbrado, la escasa inhibición de Ivette continuaba perturbándolo. Suponía que el origen parisiense de ella tenía que ver mucho con su forma de ser y de actuar. Sabía que ella usaba tanga, porque había tenido ocasión de comprobarlo el inolvidable día en que Ivette se cambió de ropa sin ningún recato en el vestuario de hombres, antes de saber que la gendarmería contaba con un vestuario femenino. Aquella imagen no se le iba de la cabeza. Notaba cómo la excitación comenzaba a tener efecto sobre algunas partes de su cuerpo y trató de no pensar en ello, sin mucho éxito. Su novia empezaba a estar ya harta de que todo lo que le contaba Gerard sobre su trabajo acaba siempre en un continuo Ivette esto, Ivette lo otro. «Pero si es una vieja. Y una borde insoportable. No entiendo cómo puedes tener celos de ella», eran los argumentos recurrentes con los que el novato gendarme, siete años más joven que su compañera, trataba de apaciguar los crecientes celos de su novia. Pero él era consciente de que mentía. Ya hacía tiempo que sabía que estaba colado por Ivette hasta las trancas. Y la cosa iba a peor desde que habían empezado a patrullar juntos cinco días al mes. En mitad de una muchedumbre, Ivette no habría llamado la atención. Cuando iba por la calle, no eran muchos los hombres que giraban la cabeza, a pesar de que tenía un cuerpo bien formado. Pero en las distancias cortas, Ivette era letal. Aquellos que tenían la suerte o la desgracia de observar sus enormes ojos verdes a un metro de distancia quedaban cautivados para siempre. Mientras patrullaban, Gerard aprovechaba para mirarla de reojo y estudiar sus facciones con espíritu científico. La línea de su barbilla, sus pequeñas orejas decoradas permanentemente con unas sencillas perlas, sus largas pestañas, su nariz suavemente aguileña, su cabello oscuro recogido casi siempre en una sencilla coleta…
—Uf, qué frío hace. Se me ha congelado el culo, pero qué a gusto me he quedado. A ver, ¿qué hacemos ahora? ¿Crees que son horas de visitar a la profesora de ajedrez? —sacó su cuaderno del bolsillo—. Mete esta dirección en el GPS. Si no está lejos, vamos ahora. Rue de la Pointe, 3.
—Está aquí al lado. Kilómetro y medio. Pero son casi las once de la noche. No sé si ya son horas.
—Era lo primero que teníamos que haber hecho. ¡Joder, qué tontos somos! Vamos. Si vemos que hay luz, llamamos.
La Rue de la Pointe apenas tenía doscientos metros y no tenía salida al otro lado. Más allá, solamente había bosque. Estaba pobremente iluminada, con un sencillo farol frente a cada uno de los seis pequeños chalés a los que daba acceso, tres a cada lado de la calle. Aunque todos eran distintos, tenían un aspecto similar. Los seis estaban pintados de colores pastel claro y todos tenían dos pisos, tejado de pizarra abuhardillado y un pequeño jardín rodeado por un seto.
El número 3 era el segundo de la izquierda. Había luz en la planta baja. Delante de la entrada estaba aparcado un pequeño utilitario de color blanco, un Renault Clío de un modelo bastante antiguo. Alguien movió un visillo en la habitación iluminada.
Cuando los gendarmes llamaron a la puerta, la pequeña profesora abrió antes de que los ecos del timbre se hubieran apagado. Llevaba una gruesa y larga chaqueta de lana de color rosa pálido sobre un pijama de dos piezas del mismo tono y unas zapatillas grises de felpa con forma de ratones. La mujer podía tener cualquier edad entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco; llevaba el cabello trigueño claro recogido en una coleta sujeta con un lazo rosado, que le daba un aspecto algo infantil. Parecía presa del nerviosismo, y estaba visiblemente afectada. Llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, lo que le confería un cierto aire de desamparo.
—Supuse que vendría alguien. Por eso no me he acostado todavía. Es por Michelle, ¿verdad? Le dije a su padre que me llamara cuando llegara, pero no lo ha hecho. ¿Aún no la han encontrado? ¿Saben algo?
—Aún no. ¿Podemos pasar? Querríamos hacerle algunas preguntas.
Ivette seguía llevando la voz cantante. Frente a la insignificante Valérie, parecía casi alta.
—Sí, por favor, pasen. ¡Qué frío hace! Estoy tan nerviosa que ni me daba cuenta.
Los acompañó al salón y les invitó a sentarse en unos sofás con un delicado estampado de flores. Ivette echó un vistazo disimulado a su alrededor. Predominaban los tonos pastel y el conjunto resultaba agradable y acogedor. Sencillo, pero con buen gusto, pensó; nada que ver con el horror de la casa de los Chevrier. La pequeña monitora continuaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos agarrándose los hombros. Tenía mala cara.
—¿Puedo ofrecerles algo? ¿Café, té? Lo hago en un momento.
Casi lo mismo que les había dicho Gabrielle Boutteville. Parecía ser un hábito de las mujeres de aquella zona. Ivette no recordaba ninguna ocasión en sus años París en que la hubieran tratado así. Generalmente, en la capital eran recibidos con desconfianza y hasta hostilidad, y era muy raro que les dejaran pasar de la puerta.
—No hace falta. Muchas gracias. ¿No se sienta?
—Prefiero seguir de pie. Gracias.
—Como quiera, está en su casa. No queremos importunarla, y menos a estas horas, pero querríamos hacerle algunas preguntas.
—Claro, lo entiendo. No se preocupen.
