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Se examina brevemente el carácter moral de la corrupción, distinguiendo el soborno de los regalos moralmente aceptables como expresión de reciprocidad, e identificando la necesidad de que los agentes económicos asuman la responsabilidad moral de organizaciones a las que no pertenecen. Han hecho sus progresos las medidas de los gobiernos para reducir la corrupción, como, por ejemplo, el tratado de Naciones Unidas y las leyes nacionales que declaran ilegal el soborno de un Gobierno extranjero. Los recientes esfuerzos realizados por la Iglesia católica también son esperanzadores. No obstante, la lacra de la corrupción sigue presente en todas las naciones del mundo.
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Seitenzahl: 69
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Finn, Daniel K., «La omnipresencia de la corrupción»,Concilium, noviembre 2014, nº 358, pp. 21-33. Trad. del inglés: José Pérez Escobar
Este artículo forma parte del nº 358 de la revista Concilium
UBICUIDAD DE LA CORRUPCIÓN
Regina Ammicht Quinn, Luiz Carlos Susin y Lisa Sowle Cahill (eds.)
Concilium se publica en coproducción por los siguientes editores: SCM-CANTERBURY PRESS/Londres-Inglaterra MATTHIAS-GRÜNEWALD-VERLAG/DER SCHWABENVERLAG/Ostfildern-Alemania EDITRICE QUERINIANA/Brescia-Italia EDITORA VOZES/Petrópolis-Brasil EX LIBRIS AND SYNOPSIS/Rijeka-Croacia
© INTERNATIONAL ASSOCIATION OF CONCILIAR THEOLOGY Y EDITORIAL VERBO DIVINO, 2008
ISBN (DE ESTE ARTÍCULO DIGITAL): 978-84-9073-080-5
Reservados todos los derechos. Nada de lo contenido en la presente publicación podrá ser difundido, reproducido y/o publicado mediante impresión, copia fotográfica o digital, microfilme, o en cualquier otra forma, sin el previo consentimiento por escrito de la International Association of Conciliar Theology, Madras (India) y de Editorial Verbo Divino.
Créditos
Daniel K. Finn: La omnipresencia de la corrupción
Anexos
Contenido de Concilium 358
Regina Ammicht Quinn, Luiz Carlos Susin y Lisa Sowle Cahill: Editorial
Foro teológico
Anthony Egan: ¿Qué habría faltado en mi vida y mi obra sin Mandela?
Sarojini Nadar: Intersección de libertades: reflexiones sobre el legado de Mandela
Maria Clara Bingemer: João Batista Libânio, S.J. (19/2/1932 – 30/1/2014)
Susan A. Ross: David Noel Power, O.M.I. (14/12/1932 – 19/06/2014)
Suscripción
Se examina brevemente el carácter moral de la corrupción, distinguiendo el soborno de los regalos moralmente aceptables como expresión de reciprocidad, e identificando la necesidad de que los agentes económicos asuman la responsabilidad moral de organizaciones a las que no pertenecen. Han hecho sus progresos las medidas de los gobiernos para reducir la corrupción, como, por ejemplo, el tratado de Naciones Unidas y las leyes nacionales que declaran ilegal el soborno de un Gobierno extranjero. Los recientes esfuerzos realizados por la Iglesia católica también son esperanzadores. No obstante, la lacra de la corrupción sigue presente en todas las naciones del mundo.
Hace ya varios años, partía de Guatemala un viernes por la mañana cuando los periódicos contaban a toda página la historia de un rico terrateniente que había sido secuestrado unos días antes. Estos secuestros para pedir un rescate ocurren allí tan a menudo que nadie se sorprendió de la noticia, pero en esta ocasión las cosas eran diferentes. La víctima tenía 41 años y, de algún modo, logró escapar de sus secuestradores unas pocas horas después. Regresó a su casa e informó del delito a la policía, que mandó a investigar el incidente a los mismos tres hombres que le habían secuestrado esa mañana, solo que entonces vestían de uniforme.
Este hombre tenía conexiones, conocía al presidente del Tribunal Supremo, y su historia salió publicada en primera página. Pregunté a varias personas qué pensaban de estos sucesos y la respuesta común fue encogerse de hombros. Todos sabían que no se realizaría un juicio, sino que se impondría la impunidad.
En su estudio monumental Bribes, The Intellectual History of a Moral Idea [Los sobornos. La historia intelectual de una idea moral], John T. Noonan afirma claramente que el problema de la corrupción de los cargos públicos tiene una gran antigüedad; aparece documentado en tablas de piedra encontradas en Egipto y en el Próximo Oriente de hace cuatro milenios1. Y actualmente no hay nación que esté libre de este azote. Los presidentes de las naciones usan el dinero público para construir casas privadas y compran terrenos en los que curiosamente un año después el Gobierno nacional aprueba la construcción de una autopista2. Las mujeres del área de maternidad tienen que pagar el salario de una semana a enfermeros y doctores para ver a sus recién nacidos3. La policía para a los taxistas, que se ven obligados a pagarles un pequeño soborno o a aguantar dos horas de interrogatorio. Los legisladores dan carta blanca y privilegios a los ricos que les proporcionan grandes donaciones para sus campañas políticas.
En nuestro artículo estudiaremos las formas y el carácter moral de la corrupción generalizada, ofreceremos otro punto de vista sobre los costes de la corrupción y subrayaremos algunos de los esfuerzos que se están haciendo actualmente para reducirla.
La ONG Transparency International define la corrupción como «el abuso del poder otorgado para obtener un beneficio privado»4. La corrupción constituye un ejemplo de lo que los economistas llaman el «problema del agente y del principal», «el problema de motivar a una parte (el agente) para que actúe en beneficio de otra (el principal)»5. En la corrupción se produce lo siguiente: alguien acepta actuar en beneficio de otros, pero después viola ese acuerdo y realiza acciones centradas en sus intereses que son contrarias a los intereses de aquellos a quienes ha prometido servir.
La corrupción puede darse en el Gobierno, como cuando un funcionario acepta un soborno para aprobar ilegalmente una modificación de las exigencias legales, o en el sector privado, como cuando el responsable de compras de una empresa paga un precio más alto de lo necesario por los suministros adquiridos debido al soborno recibido. Sin embargo, las discusiones sobre la corrupción generalizada se siguen centrando, acertadamente, en los gobiernos, que habitualmente se produce con la participación activa del mundo de los negocios.
La corrupción en el mundo de los negocios no es algo raro6, pero, globalmente considerada, se produce con mayor frecuencia en el sector público, sobre todo porque las jerarquías de rendición de cuentas en el sector privado son más cortas y más directas. En primer lugar, los contribuyentes asumen una gran parte del coste de la corrupción del Gobierno, pero puesto que son muchos y la pérdida para cada uno de ellos es de pequeña cantidad, apenas existe un incentivo financiero para que un ciudadano invierta tiempo y dinero en impedir las pérdidas que conlleva la corrupción. Además, el control de los ciudadanos sobre el Gobierno se produce fundamentalmente mediante las elecciones, en las que entran en juego un montón de cuestiones, no simplemente la honestidad de los candidatos. En las empresas, en cambio, el número de propietarios es más pequeño y cada uno está fuertemente motivado para impedir las pérdidas por corrupción.
En segundo lugar, toda empresa plagada de corrupción interna tendrá costes más elevados y se encontrará en desventaja al competir con otras que han impedido este problema. La competitividad raramente se produce entre los funcionarios del Estado.
En tercer lugar, los objetivos del Gobierno son habitualmente más complejos que los de las empresas. Por ejemplo, a la hora de decidir qué oferta aceptar para un proyecto de trabajo público, los gobiernos locales tienen más intereses que la simple realización del proyecto al coste más bajo posible, como favorecer el empleo en la zona, potenciar la empresas regionales o distribuir los contratos equitativamente entre las empresas locales de forma intercalada7. Esta multiplicidad de objetivos complican el juicio de los ciudadanos o que los fiscales prueben que un determinado contrato se ha concedido de forma corrupta. Por estas razones, nuestro artículo se centra en la corrupción gubernamental.
Ciertamente, se producen muchas formas solapadas de corrupción que incluyen el soborno, la connivencia, la malversación, el robo, el fraude, la extorsión, el abuso de discrecionalidad, el favoritismo, el nepotismo, el clientelismo, el amiguismo, etc. Por eso, no es adecuada una escueta tipología de la corrupción8. No obstante, para lo que perseguimos con nuestra introducción podemos usar un marco muy sencillo formado por tres categorías.
La primera sería la que podríamos llamar corrupción de la «autoridad personal», como la malversación, el robo o el fraude. Esta corrupción surge de la actuación de una sola persona, como el presidente de la nación o el jefe del departamento de contabilidad, que posee la autoridad, solo o con la ayuda de sus subordinados, de llevar a cabo una violación de la confianza pública con el objetivo de mejorar su bienestar económico personal.
