La oración y el problema de Dios - Hans Küng - E-Book

La oración y el problema de Dios E-Book

Hans Küng

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Beschreibung

¿Se puede liquidar el acto de orar en un gesto de impotencia y debilidad que nos mantiene pasivos encomendándonos a la omnipotencia divina y olvidando la fuerza que puede emanar de ella? ¿Solo hay sumisión en la oración, sin tan siquiera resistencia? El autor reflexiona sobre la crisis de la oración, fruto de la secularización y las preguntas sin respuesta frente al mal y al dolor de los inocentes. Pero la repetición constante de esas preguntas es, para el prestigioso teólogo suizo, el punto de partida para descubrir el sentido universalmente humano de la oración.

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Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Introducción

Hans Küng. La oración y el problema de Dios

Advertencia

1. Sobre la crisis de la oración

2. ¿Oración de fe o meditación zen?

3. Orar místico: ¿Cristiano o no cristiano?

4. La nueva oración de Jesús

5. ¿Invocar a Dios?

6. ¿Por qué orar?

Otros títulos de la colección

Notas

© SAN PABLO 2019 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es

© Editrice Morcelliana, Brescia, 1991-2018

Título original: La preghiera e la questione di Dio (Das Gebet und Got esf age)

Traducido por Juan Antonio Carrera Páramo, SSP

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: [email protected]

ISBN: 978-84-285-6290-4

Depósito legal: M. 5.471-2019

Printed in Spain. Impreso en España

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos –www.conlicencia.com).

Introducción

Actualmente resulta difícil pensar en un tema más complejo y al mismo tiempo más ineludible como el escogido en el título del ensayo que presentamos aquí de Hans Küng, una de las figuras más conocidas y controvertidas de la teología contemporánea, cuyo nombre está vinculado, además de a importantes trabajos ya clásicos en el campo de la filosofía y la teología, al Projekt Weltethos y a las grandes síntesis dedicadas a las tres religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo e islam1: La oración y el problema de Dios.

No podemos pensar en la complejidad y en la incompatibilidad simultánea del hombre contemporáneo, como en realidad piensa el teólogo disidente suizo, sino es partiendo del Zeitgeist, es decir, de la situación espiritual de la época. Si ya se acabó la edad en que la oración era un acto natural como el vivir, fisiológico como el respirar, un acto que marcaba la vida, articulaba la jornada del hombre y aislaba el espacio creando un tiempo sagrado gracias al cual la otra temporalidad, la profana, del trabajo, de la fatiga, de los quehaceres de cada día, encontraba sentido y redención, este declive no es sine genealogia. Küng nos sitúa, desde las primeras páginas de este ensayo, en el centro de un complejo problemático crucial, y lo hace inspirándose en un texto de Dorothee Sölle:

«Bertolt Brecht representa, en Madre Coraje y sus hijos, a un grupo de campesinos que asisten de noche al asalto de una ciudad vecina. Turbados por el terror de los soldados, se entregan a su destino: “Padre nuestro, escúchanos porque solo tú puedes ayudarnos, podemos morir porque somos débiles, no tenemos ningún arma, no podemos permitirnos nada; estamos en tus manos…”. Cuando se pronuncia esta oración, Kattrin –la niña muda – se levanta y despierta a la gente de la ciudad con el sonido del tambor. Katrin es condenada a muerte, pero entonces la ciudad ya ha recibido la alarma. Hay, ostensiblemente, en esta exasperada formulación, un abuso milenario de la oración. Salvarse a sí mismo y orar por los demás, a un Ser superior, en vez de actuar en favor de los que están cerca. El sonido del tambor de Katrin desenmascara la oración piadosa, subjetivamente genuina como coartada para los que no se empeñan nada. Preguntad a los cristianos qué han hecho por los judíos perseguidos, y ellos os responderán con la información más falsa: hemos orado»2.

Ciertamente, en el episodio de Brecht, la acción es el verdadero heredero de ese agápe, de ese hacerse cargo, de ese compartir, del cual la oración debería ser el culmen, pero se reduce a un desenlace estéril e hipócrita. Entonces, nos preguntamos con Küng, ¿es reducible la oración a la desencarnada o intimista representación que Brecht hace de ella y, con él, la teóloga protestante alemana? ¿La oración es resoluble en acción? ¿Es tan fácil liquidar el acto de orar en un gesto de impotencia y debilidad, manteniéndose pasivo, autorregresivo, encomendándose a la omnipotencia divina, olvidando la fuerza que puede emanar de ella? ¿Solo hay sumisión en la oración, sin tan siquiera resistencia, por usar la célebre díada bonhoefferiana? ¿No existe –por referirnos a un texto esencial del siglo XX– en la oración de las Cartas de los condenados a muerte de la Resistencia italiana un estado sobre la muerte, una lucha ética contra la desgracia?3. Pero es el mismo Küng quien en Ser cristiano (1974 y 1996) hace la pregunta más radical: ¿Puede la Erlösung, la instancia de redención que surge de la existencia, marcada por una laguna constitutiva, por una ofensa que la mueve hacia el Otro, resolverse en Emanzipation, en la lucha por la liberación, en la praxis revolucionaria, nada más que mundana?4. Por último, para hundir la sonda del interrogatorio en un abismo final, ¿el mal que sufre el hombre es solo la desigualdad, solo la discriminación social y no también el sufrimiento, la muerte, las catástrofes naturales? Consiguientemente, ¿no contempla esa cuota de imposibilidad de redimir y la irreversibilidad que, como crisma y vulnus ontológicamente arraigada en las estructuras mundanas, no parece justificada por ningún esfuerzo humano?5.

Estas son algunas preguntas inevitables que la lectura de las reflexiones de Küng plantean desde sus primeras páginas. Por supuesto, la resolución de la oración en acción, de la religión en ética, del mal ontológico en mal ético, económico o social, y finalmente de la teodicea especulativa y metafísica –que con enormes dificultades había conservado, hasta Leibniz, la idea de un mal ontológico– en teodicea social, es hija no solo del siglo de las ideologías, tal como ha sido definido el siglo XX6, sino incluso antes del «humanismo ateo» –según la expresión acuñada por Henri de Lubac7– y de la «escuela de la sospecha», para quienes la religión y la oración no han hecho otra cosa que alimentar las ilusorias proyecciones de los hombres en retromundos que, mientras predisponen a la víctima para sufrir pasivamente las injusticias y obligan dostoievskianamente a los hombres a ser felices en la servidumbre, potencian la paranoia de los verdugos y la opresión del poder.

No obstante, el siglo de las ideologías ha sido también el de Auschwitz e Hiroshima, el siglo del hundimiento de esas formas de pensamiento ante la heterogeneidad catastrófica de los fines que ellos mismos produjeron. Por lo tanto, también ha sido el siglo en que, como pocos otros, se ha asistido a la propagación del mal no desde las zonas localizables o del dominio de la psique, sino desde el poder de aniquilación del moi haïssable, desde los abismos de la inhumanidad oscura y de la maldad enigmática oculta en el turbio Abgrund de la voluntad, o desde el contexto mundano en general, de modo que el horror sui y el horror mundi podrían entrelazarse, en ese siglo, para componer el escenario desalentador de un mal sin límites, inextirpable, «radical», como lo llamó a finales del siglo XVIII Kant, cuyos orígenes permanecen últimamente inescrutables8.

Pero la «crisis de la oración», en el análisis de Küng, se remonta genealógicamente más atrás, a los siglos modernos marcados por Descartes, desde el advenimiento de la ciencia moderna, de Spinoza, hasta la era de los Iluminados, a Kant y Hegel, con su modo de resolver y suplantar las formas simbólicas y rituales de la religión en una expresión conceptual de la verdad por obra de la filosofía, y a Feuerbach, con su disolución de la teología en una proyección antropológica. Sin embargo, al igual que el siglo XX no es solo el siglo de las ideologías, sino también el del anuncio de su naufragio, del mismo modo la modernidad no es identificable con su crítica radical a las religiones, ni siquiera con el espíritu confesional de las ortodoxias que produjeron las Guerras de religión. En realidad, en los procesos de secularización que lo marcan, en las críticas radicales por las que ha atravesado, ha operado sobre la religión, y Küng es muy consciente de ello, una Destruktion en el sentido heideggeriano, es decir, no una aniquilación, una pulverización, sino una emendatio y una liberación de los motivos y de las intenciones mantenidas encerradas y sofocadas.

Hoy sabemos cuánto deben repensarse los procesos de secularización más allá de los resultados anticipados de los «padres» de la sociología de la religión; por lo tanto, más allá de la predicción errónea de la inexorable muerte de lo sagrado, haciendo emerger, de esos procesos, el rasgo ambivalente: por un lado, el de la pérdida y, por otro, el de la adquisición. Entonces, si por una parte resulta demasiado obvio registrar, en el transcurso de la modernidad, una contracción del influjo de las religiones en el plano social, político y cultural, es difícil no captar al mismo tiempo la agudización, hasta la exacerbación más lacerante, de una cuestión religiosa pendiente que, habiendo avanzado en las redes de la secularización, ha terminado rehabilitando el papel de las religiones, transformándolas desde dentro y juntas, bajo otro aspecto, haciendo un éxodo desde las instituciones que custodiaban el traditum.

En esta última dirección, la apertura de la cuestión religiosa por los sistemas de administración de lo sagrado, por las Iglesias históricas, ha terminado por resaltar el lado oscuro de la secularización, su sombra, por así decirlo, que había permanecido oculta durante siglos debido a la aspereza de los enfrentamientos confesionales y entre los Estados y las Iglesias: lo que es legítimo llamar –y que en el pasado he tenido ocasión de llamar– «secularización sumergida»9. De esta migración de la instancia y de la búsqueda de sentido de las instituciones proceden las interminables metamorfosis que marcan la Babel religiosa de nuestro tiempo y el pluralismo de creencias que –si bien se acogen de facto, pero no se piensan de iure