La otra campana - Matías Tombolini - E-Book

La otra campana E-Book

Matías Tombolini

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Beschreibung

El autor narra en primera persona la historia política y social del presente argentino, que comienza con el colapso económico del macrismo, hasta llegar a la pandemia, las decisiones de Alberto Fernández y el conflicto geopolítico por las vacunas. Con datos precisos y estilo descontracturado, empatiza con el sujeto social de su tiempo, "los vecinos que deben expensas o alquiler. Esos que suspendieron la prepaga, recortaron el cable o llegaron a modificar la escolaridad de sus hijos", y ofrece un camino donde el Estado mitigue los daños mientras encara soluciones de fondo. Con oficio de profesor y economista, Tombolini explica, opina y toma partido. Defiende el diálogo sobre el conflicto, pero, lejos de confundir el intercambio respetuoso de ideas con neutralidad, explica los motivos detrás del sonido de las múltiples campanas.

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Seitenzahl: 395

Veröffentlichungsjahr: 2021

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La otra campana

La otra campanaUna historia del presente argentino narrada en tiempo real

Matías Tombolini

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Introducción
Parte 1 Los Sueños
Capítulo 1 El comienzo
Capítulo 2 El diagnóstico
Capítulo 3 El rumbo
Capítulo 4 El Primer Viaje
Capítulo 5 De Davos a Chapadmalal
Parte 2 Comandante en Jefe
Capítulo 6 Noticias desde el Lejano Oriente
Capítulo 7 Una gripecita para América first
Capítulo 8 Distancia inicial
Capítulo 9 Aspo
Parte 3 Últimos días de concordia
Capítulo 10 Té para tres
Capítulo 11 Mitigación
Capítulo 12 Distancia Social (y política)
Parte 4 Competencia de narrativas
Capítulo 13 Salir del Veraz
Capítulo 14 La Revuelta
Capítulo 15 La pelea por los recursos
Capítulo 16 El dólar, siempre el dólar
Parte 5 La reconstrucción
Capítulo 17 Bases claras, datos inciertos
Capítulo 18 La Vacuna
Capítulo 19 Guardapolvos blancos
Capítulo 20 La nueva normalidad
Capítulo 21 El futuro con zoom
Capítulo 22 Zoom sobre el futuro
Conclusiones
Agradecimientos
Bibliografía

Tombolini, Matías

La otra campana / Matías Tombolini. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2021.

Archivo Digital: descargaISBN 978-950-556-804-8

1. Psicoanálisis. I. Título.

CDD 330.82

© 2021, Matías Tombolini

©2021, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

Diseño y diagramación del interior y de tapa: Pablo Alarcón | Cerúleo

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-950-556-804-8

A María Magdalena Stroman,

de tu mano me convertí en adulto.

A tu lado recibí las primeras arrugas,

que son las que salen al sonreír,

pues es aquello que hago desde el primer día que te vi.

“Que todos se levanten,

que nadie se quede atrás,

que no seamos ni uno ni dos

de nosotros, sino todos.”

POPOL VUH

INTRODUCCIÓN

“Positivo. Papá, tengo Covid”, me dijo mi hija mayor, Cami.

Desde la pantalla de un celular, con angustia, temor y el elemento común a todos los que padecen esta enfermedad: la soledad. A partir de allí, mi aislamiento fue secundario; era 23 de diciembre y escuchar su relato fue parecido a sufrir una hipoxia repentina y prolongada.

La pandemia de coronavirus que azota a la humanidad ha tenido diversos tipos de síntomas y consecuencias. Manifestaciones de las más variadas, secuelas inexplicables. Recorrió los cinco continentes y se esparció por el mundo en todos los idiomas. En silencio, habló todos los dialectos. Dentro de esa diversidad, una característica común hilvanó a enfermos y parientes. Se trata de la pandemia de la soledad, una enfermedad que ocasionó millones de muertes, pérdidas sin despedidas. El escenario del COVID puso a la humanidad frente a un nuevo tipo de crueldad, esa que aleja la mano cálida de los seres queridos durante el último consuelo y la sustituye por el resplandor de pantallas y el sonido incierto de los respiradores artificiales.

Aquel día comencé mi aislamiento, el mismo que incontables familias habían realizado desde que la humanidad entendió la letalidad del virus que enfrentaba. Quizá fue esa situación tan particular, quizá la percepción que me ofreció el aislamiento rebosante de programas, mensajes virales y agrias discusiones en redes sociales, lo que sintetizó una idea que venía circulando en mi mente de manera embrionaria. Con simpleza, despojado de ambiciones sofisticadas en términos intelectuales, sentí la necesidad de hacer una invitación amplia para dialogar.

Las consecuencias políticas, económicas y sociales de la situación que atraviesa el mundo y nuestro país generan tanta incertidumbre como las posibles mutaciones del virus. Sin embargo, también es cierto que esto pasará y que el tiempo de la pandemia alumbrará una nueva normalidad, diferente o similar al pasado, pero normalidad al fin.

Aún inciertas, debemos diseñar un nuevo conjunto de reglas que nos permitan recuperar la condición que distingue a nuestra especie, cuya característica sobresaliente consiste en que somos seres sociales. Por ello, necesitamos los vínculos que construimos, ya que es allí donde encontramos el sentido de nuestra propia existencia. Somos en la medida de la existencia de otros. Nadie existe en el vacío, son los demás quienes validan a diario la certeza de que no estamos delirando en un mundo irreal.

Pero para que estas normas sean eficientes y sustentables, deberán surgir de un proceso colectivo de reflexión y diálogo sincero. Este libro nace con la intención de ofrecer un continente amplio y un contenido acotado a mis propios paradigmas.

La otra campana puede sonar como una bella melodía o aturdir tus oídos; en cualquier caso, primero hacen falta campanas para tener la chance luego de escucharlas.

Los bordes de la democracia liberal moderna son cada vez más delgados y difusos en un mundo donde “la verdad” murió hace tiempo, donde los hechos son relativos a la perspectiva desde la que son observados. Pletóricos de sesgos, caminamos a oscuras en un mundo donde elegimos ladrarnos en lugar de hablarnos. Por eso, no busco escribir para “tener razón”, porque creo que “la razón” no existe como algo absoluto; lo que pretendo es ofrecer datos y hechos para analizarlos en perspectiva, compartir ideas o confrontarlas desde una posición diferente a la del odio irracional.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su libro Pscicopolítica(1) remarca la diferencia entre sentimientos y emociones. Según explica, los primeros poseen algún grado de objetividad, permiten una narración, tienen longitud y anchura; son performativos y tienen temporalidad. Por su parte, las emociones o afectos son subjetivos, no se pueden narrar, son fugaces, remiten a acciones, son intencionales y están sujetas al tiempo. En este sentido, mi libro no aspira a acumular “me gusta”, ni a despertar polémicas vacías que se apagan con el power del control remoto. Sin la soberbia del que pretende conocer “las cosas como son”, la búsqueda honesta es presentar hechos que, más allá de las conclusiones a las que eventualmente conduzcan, nos ayuden a abrir los ojos para ver la realidad, no como la relatan unos y otros, sino con la mirada objetiva que brota cuando nos detenemos a ver lo que se esconde a simple vista, y que el apuro a veces nos impide observar

Siguiendo una orientación ideológica diferente de la del filósofo coreano radicado en Alemania, el premio Nobel de Economía, Richard Thaler, junto al profesor de Derecho más citado de Estados Unidos, Cass Sustein, en su libro Un pequeño empujón, el impulso necesario para tomar mejores decisiones sobre salud, dinero y felicidad (2), se plantean cómo funciona la arquitectura de las decisiones que en esencia podemos resumir como la ventaja que se obtiene al plantear el “menú” de opciones a los usuarios a la hora que estos toman “libremente” sus decisiones. En la medida que solo una ínfima parte se toma el trabajo de revisar detenidamente las opciones, ejercemos voluntariamente nuestro libre albedrío y, por ejemplo, aceptamos los términos y condiciones que nos ofrecen las aplicaciones compradas en el celular, o compartimos nuestra ubicación en tiempo real para que las empresas puedan “mejorar la experiencia del usuario”.

De esta forma colaboramos en la construcción de una relación asimétrica en la cual quien nos vende un producto o servicio sabe más de nosotros que nosotros mismos. Compartimos nuestras fotos, aspectos de nuestra vida personal y opiniones que ofrecen un perfil acabado sobre gustos y preferencias que permiten desarrollar estrategias que operan a niveles prerreflexivos, y sobre las cuales alguna vez valdría la pena que debatamos cuán transparente es la transparencia que ofrecemos y cuán libre es la libertad que ejercemos.

El final del mandato del presidente Trump nos ofreció un claro ejemplo sobre el estado delirante en el que se encuentra el mundo. De poco sirvieron los análisis, como el que anticiparon Daniel Ziblatt y Steven Levitsky en su libro Cómo mueren las democracias.(3)Discutible o no, los autores describen, de manera práctica y con mucha claridad, aquellos elementos que debemos considerar a la hora de valorar la calidad institucional; suele ser más eficiente ponerla bajo el prisma de los datos antes que de la interpretación que resulta de los intereses de quienes la realizan.

De ese modo, en Estados Unidos, durante largos años Fox y CNN ofrecieron dos realidades diferentes; mientras, el partido republicano, antes de tabicar los excesos concretos de Trump, los justificaba al calor del poder que se les escurrió entre las manos del peor modo, alejándolos del ideal de faro democrático que querían representar para el mundo, y reflejando una triste realidad sobre aquella democracia en el espejo violento del ataque al Capitolio que ocurrió el 6 de enero de 2021.

Al igual que Bolsonaro en Brasil, Trump representó la exaltación de aquello que puede llevar al mundo a un camino sin retorno. Esto es, alejar los hechos del debate de ideas, retorcer y amañar los datos detrás de una inteligente comunicación que conecta las decisiones que tomamos exclusivamente con nuestro sistema límbico, vaciando de contenido el rol de la política y los partidos políticos como vectores de construcción institucional fundamentales a la hora de aspirar a una sociedad donde nadie pueda imponer su voluntad sobre los demás, donde derechos y obligaciones nos permitan acceder a un conjunto de oportunidades que hoy se encuentran vedadas para las mayorías, no por falta de ganas, esfuerzo o voluntad, sino porque la línea de llegada siempre queda más lejos para el que parte de más atrás, como le sucede a quienes nacen en peores condiciones socioeconómicas.

La democracia como tal es mucho más que un sistema, representa un conjunto de valores donde el juego de mayorías y minorías no debe ser exclusivo ni excluyente. El riesgo es que parece estar involucionando, se aleja del ideal que atraviesa el horizonte estrictamente numérico. Debería convertirse en una herramienta que iguale la oportunidad de ser escuchadas de la que carecen las minorías para que los que piensan diferente a las mayorías circunstanciales puedan ofrecernos un punto de vista alternativo.

La pandemia ha sido, en algún punto, una excelente manifestación de la ciclotimia colectiva en la que nos encontramos. Cambiamos de estado de ánimo como de canal en la tele. Lo curioso es el efecto que, por momentos, esto conlleva, como si estuviéramos adormecidos asistiendo a un espectáculo del que antes que protagonistas somos espectadores de lujo.

La lógica panelista que adquirió el modo en el que confrontamos puntos de vista, vació de contenido los debates para competir por los mejores títulos y hashtags. La democracia se convirtió en una competencia de etiquetas y tendencias. Esas mismas que buscan interpretar y anticipar los algoritmos que alimentamos compartiendo con lujo de detalles nuestro interior. Hicimos público lo privado y terminamos por transformar el disfrute individual en la búsqueda de reconocimiento de los demás. Esos otros que no están ahí, aunque estén en tu muro.

Estamos camino a construir un sistema de instituciones en real time sin mensurar el peligro que supone la ausencia de un tamiz sobre quién escribe el menú de opciones que nos ofrecen y sobre el cual nos sentimos “libres”.

Si no escuchamos todas las campanas, corremos el riesgo de que quien programa el algoritmo sea realmente poseedor de nuestra libertad. Ya no se trata de emplear la fuerza. No hace falta. En un mundo donde contamos alegremente y en fotos hasta el punto de cocción que nos gusta para el asado, estamos dejando servidos en bandeja los elementos para que nos laven la cabeza y encima ponemos “acepto” en el botón donde te lo preguntan sabiendo que no lo leerás.

Argentina se ha consolidado como un país en el que la mayor parte de nuestro destino está explicado por el lugar en el que nacemos; por ello nos merecemos un debate pleno que no esté exento de fricciones al cual no le tiene que sobrar amabilidad, sino ideas. Se trata de un diálogo en el que te invito a participar, donde suenen todas las campanas. Aquí te presento una de ellas, no es la única, pero merece ser escuchada.

Imaginemos el repicar de las siete campanas que componen el campanario más lindo del mundo, probablemente el que se encuentra en la maravillosa torre de Pisa situada en la Plaza del Duomo. Ninguna suena igual a otra ya que cada una representa las distintas notas musicales, siempre depende de la elección de cada uno, así a lo largo del libro repicarán los diferentes momentos de una gestión determinada por la pandemia.

Al comienzo repasamos el final del ciclo de gobierno anterior, tratando de presentar datos sobre la evolución de las principales variables que permitan tomar perspectiva sobre cuál fue el punto de partida de la gestión actual. No solo el diseño del país que se pretendió impulsar el 10 de diciembre de 2019, sino también cuales fueron los primeros pasos.

Con elementos surgidos de las estadísticas oficiales y registros locales e internacionales, en la segunda parte, vamos a sobrevolar el pasado reciente sobre los comienzos de la pandemia y como reaccionó nuestra sociedad aquellos primeros meses.

En la tercera parte te propongo analizar qué se hizo bien, qué se hizo mal y qué efectos tuvieron ambas cosas sobre los equilibrios políticos en nuestro país.

La parte 4 aborda de manera concreta la competencia de narrativas, esa que vemos a diario en las redes y los medios. Esta compulsa no le otorga la razón a ninguno de “los lados”, pero nos enfrenta a una elección concreta: cuál es la campana que elegimos creer. Aquí no te propongo que elijas la misma opción que he tomado, pero sí que nos demos la oportunidad de escuchar el sonido de todas ellas.

Te quiero contar porque me alejé del sueño de la “ancha avenida del medio”, con argumentos y sin fanatismos. El camino que elegimos como sociedad nos invita a tomar posición, en este libro decido hacerlo explicando los motivos y te invito para que vos también lo hagas, considerando los hechos concretos que se ofrecen detrás del sonido de las múltiples campanas.

Puestos en perspectiva, los hechos siempre dependen del paradigma desde el cual los analizamos, que es algo así como los lentes a través de los cuales miramos el mundo. Desde mi propia mirada en la parte 5 te ofrezco algunas reflexiones sobre el modo que creo será el futuro y qué podemos hacer para mejorar el bienestar común.

Tal vez ya te sucedió, pero yo me di cuenta desde hace poco tiempo: los libros se abren igual que las puertas. Es por ello que siempre son una invitación para entrar y encontrarnos. ¡Pasen y lean!

1- Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder, Byung-Chul Han. Traducción de Alfredo Bergés. Ver https://www.jstor.org/stable/j.ctvt7x7vj

2- Un pequeño empujón. El impulso necesario para tomar mejores decisiones sobre salud, dinero y felicidad, Richard H. Thaler y Cass R. Sustein. Ver https://valueschool.es/ Un-peque%C3%B1o-empuj%C3%B3n-El-impulso-que-necesitas-para-tomar-mejores- decisiones-sobre-salud-dinero-y-felicidad

3- Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Véase: https://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/38434_como_mueren_las_democracias.pdf

PARTE 1

Los sueños

Capítulo 1

EL COMIENZO

Luego del cierre de campaña electoral, aquel jueves 8 de agosto de 2019, llegué a casa con mi compañera de ruta María (en adelante La Gringa), saludé a mis hijos, a Victoria, a los perros. Antes de subir a ducharme, me desplomé sobre el sillón y encendí la tele. Quería repasar un pronóstico diferente a las encuestas y proyecciones económicas que venía leyendo a diario durante los últimos noventa días. También, me interesaba conocer el pronóstico del tiempo. Con independencia de su influencia en el día de la elección (que sucedería 48 horas más tarde), por algún motivo sentí la necesidad de saber qué sucedería sobre algo en lo cual la influencia de nuestras acciones es menos evidente que sobre el proceso electoral. Si bien es cierto que nuestros actos están cambiando el clima, todavía es más cierto que los actos políticos cambiaban otro clima, el electoral.

Sin los rodeos o explicaciones abundantes (y a veces vacías) que damos los políticos, el pronosticador de turno decía ¨En Capital Federal y alrededores, la mínima será de 8° y la máxima de 11°. Durante la madrugada y la mañana habrá lluvias y los vientos serán moderados a fuertes, los cuales vendrán desde el sector sureste. Por su parte, el clima por la tarde y la noche continuará con lluvias y vientos fuertes a moderados provenientes del sector sur¨. Dos oraciones le alcanzaron al señor de la tele para ofrecernos información relevante sobre cómo nos teníamos que vestir, qué planes podríamos hacer, y cuáles otros no tenían sentido en una jornada que se anticipaba, para decirlo en criollo, bastante fulera.

En Argentina, en general, y en la Ciudad de Buenos Aires, en particular, la campaña se desplegó con múltiples matices que la convirtieron en una experiencia única e irrepetible. Asistí a veces como espectador de lujo y otras como protagonista puntual, a situaciones que invitarían a escribir un libro, pero no este que escribo ahora. Aquí me propongo compartir un proceso que comenzó el 11 de agosto de 2019 y que continúa hasta el presente.

El viernes 9 comenzó como de costumbre. A las 6:30 sonó la alarma del celular que pospuse cinco minutos para luego posponerlo otros cinco. Cuando decidí levantarme, giré sobre mis hombros, pero la gringa no estaba. Ella se había levantado antes porque le tocaba la ardua tarea de despertar a los chicos. Salí de la cama con la agilidad de un señor de 45 años, hice los ejercicios de estiramiento que suelo hacer buscando que mi cintura no me recuerde mi edad al menos antes de las cinco de la tarde, me puse el jogging y bajé para llevar a mis hijos al colegio.

Hacía rato que ya no era necesario que los acompañara esas nueve cuadras que separan mi casa de la escuela, pero Sofi (que en ese momento tenía 13 años) me regalaba un mimo al alma los días que la llevaba; me daba la mano hasta llegar a unos trescientos metros de la entrada. Eso y poder conversar con ella y Segu, sin más apuro que la hora del timbre de ingreso, era un bálsamo para mí, una pausa antes de comenzar el día. La escena siempre se repetía, en Díaz Vélez y Pringles, le daba un beso a Segu, que se adelantaba, y antes de que cambiara el semáforo, me quitaba el gorro, que usaba para tapar el torbellino de rulos de mi cabeza a esa hora, y le daba a Sofi cuatro besos, mejilla derecha, izquierda, frente y la punta de la nariz, y ella hacía lo mismo conmigo. Segu, esperaba pacientemente a que terminara nuestro pequeño ritual, juntos cruzaban la calle y caminaban sobre la vereda de enfrente para doblar en Yatay a la altura de la misma estación de servicio que está ahí desde hace más años de los que tengo memoria.

Una vez en casa, nos preparamos para ir a la sede del partido. Allí había que doblar boletas y preparar cientos de carpetas para los fiscales del día de la elección. Hasta ese momento el pronóstico del clima se venía cumpliendo mejor que las encuestas electorales. Algo parecido sucedió luego con la economía. Tres días más tarde, todo empezaría a cambiar, o más bien seguiría en la misma dirección, aunque a una velocidad que nadie hubiera previsto.

Especulando con la veda electoral, que para divulgar encuestas empezó el 2 de agosto, los diarios podrían publicar los datos de los pronósticos que, si bien eran diversos, no dejaron lugar a dudas de que ninguno se acercaba al resultado que veríamos el domingo:

Tan solo 48 horas más tarde, el panorama luciría muy distinto de lo previsto. Con este nuevo escenario comenzaría un nuevo capítulo del rumbo político de nuestro país.

El resultado que conocimos la noche del domingo fue sin dudas sorprendente. Más allá de que casi no existían predicciones públicas que auguraran una diferencia tan abrumadora, resultaba singular que, en la elección primaria, quedara bastante claro que el presidente Macri sería el primer presidente de la nueva era democrática en presentarse a una reelección y perderla. Sobre todo, cuando apenas dos años antes, el país se había pintado de amarillo en un proceso electoral que le otorgó un respaldo holgado.

Las razones de aquella derrota serán motivo de análisis a lo largo de este libro, pero sin dudas la reacción del entonces presidente de la nación, fue el anticipo de un conjunto de medidas (o ausencia de ellas) que serían sumamente costosas para el país. Recordemos aquellas palabras en las que reconocía la derrota durante la noche del 11 de agosto de 2019:

11 de agosto

“Estamos acá, claramente estamos dejando todo por nuestro querido país, duele, duele que hoy no hayamos tenido todo el apoyo que esperábamos, pero a partir de mañana seguiremos trabajando, haciéndonos responsables, todos somos más responsables de que este país salga adelante, así que a dormir y a empezar a trabajar desde mañana a la mañana, muchas gracias.”

Fuente: Infobae. Ver en: https://bit.ly/3km4ujl

En la mañana del lunes 12, resultaba claro que el escenario había cambiado y no solo como consecuencia del voto popular, sino porque el gobierno, que insistía con ser más un comentarista que un protagonista de la realidad, ahora se había “enojado”, actitud que se puso de manifiesto con la ausencia de medidas protectivas que permitiesen detener la corrida contra el peso que se disparó en esas horas y que fue alimentada por las declaraciones de Macri durante la conferencia de prensa del inicio de la jornada:

12 de agosto

“Hoy hemos tenido un día muy malo. Hoy estamos más pobres que antes de las PASO, nos ha pegado muy fuerte el aumento del dólar con todas las consecuencias que eso tiene, como todo lo sabemos”. “Vamos a hacernos cargo, pero las cosas así no van a mejorar porque el problema mayor que hoy tenemos los argentinos es que la alternativa kirchnerista no tiene credibilidad en el mundo, no tiene la confianza necesaria para que la gente quiera venir a invertir al país.”

Fuente: Infobae Ver en: http://bit.ly/2NRQbqx

La historia que siguió la cuentan mejor los números que las palabras. El dólar pasó de cotizar a $46,2 el viernes 9, a $55,0 en el cierre del lunes. (4) En esa instancia, el Banco Central se comportaba como un actor de reparto, sin dar respuestas, o más bien, buscando justamente lo que sucedió dando por resultado una jornada que llenó de incertidumbre a los mercados, pero sobre todo a los argentinos.

El 17 de agosto, menos de una semana después de la derrota electoral, el Lic. Nicolás Dujovne, por entonces Ministro de Hacienda, presentó su renuncia. Su labor puede ser relatada desde varios puntos de vista, pero los números que emergen luego de una mirada en detalle ofrecen un panorama con más sombras que luces en relación con su desempeño.

Los datos simplemente expresan las consecuencias del curso de acción elegido por el presidente e implementado en consecuencia por sus ministros. El paso de “Nico” (como lo llaman sus íntimos) por la gestión estuvo matizado por controversias que no son menores al analizarlas en perspectiva.

La polémica sobre la compra de “chocoarroz” con la caja chica del ministro fue una falta de respeto a Dujovne y al sentido común, una muestra de cómo somos capaces de construir contrapuntos donde no tiene que haberlos. Lo que no fue menor, sino más bien una radiografía del perfil que tenían ese y otros ministros, fue su preferencia por tener más de 75 % de sus activos en cuentas del exterior. Lo cual es perfectamente legal, y además estaba declarado, pero tanto por el porcentaje como por su locación, daban cuenta de una decisión predominante en el seno del gabinete. No confiaban en el país cuyo destino pretendían conducir.

La idea sobre la que se construyó el gobierno de Cambiemos pareció ser la de la exaltación de lo individual, según la cual, la búsqueda del camino propio era el mejor organizador colectivo de las acciones de las personas. Algo así como “vos hacé la tuya” que, si te va bien, la competencia por “la tuya” dinamiza el conjunto de oportunidades de todos. Aquí entramos en conceptos medulares del modelo de gobierno anterior, a pesar de que su fracaso en materia económica no signifique que esas ideas, las cuales no comparto, sean necesariamente incorrectas.

Lo cierto es que luego del 11 de agosto, todos y cada uno de los que pudieron “hicieron la suya” y como los recursos son finitos, la carencia de medidas por parte del Estado derivó en un deterioro concreto, y real más que conceptual, de las cuentas públicas.

Veamos qué pasó con las principales variables entre el 9 de agosto (último día hábil previo a las elecciones) y el 10 de diciembre, día del traspaso de mando.

En el mismo sentido es interesante hacer “doble click” sobre las medidas que se tomaron durante ese breve período y los costos que implicaron. En ellas se advierte el peligroso sesgo electoral de la política económica. Entre lo más difícil de justificar se encuentra el modo en que se estableció el primer cepo del domingo 1 de septiembre; Ámbito financiero lo resumía así: “…a través del DNU 609 impone nuevas restricciones para evitar la fuga de divisas y tratar de impedir la pérdida de reservas del Banco Central. Macri fija el límite para adquirir dólares en u$s10.000 por mes, el equivalente a $600.000 de ese momento. ´Lo que estamos haciendo con esta medida es proteger a los pequeños y medianos ahorristas para que haya mayor liquidez. El control más estricto es sobre los grandes players´, señalaron las autoridades de la entidad.”

En rigor, el miércoles previo al cepo, destrozaron el mercado de fondos comunes de inversión, “reperfilando” los vencimientos de Letras emitidas por el Estado. Esto resulta inexplicable a menos que se fundamente en el capricho, es decir, haber elegido un curso de acción que el entonces ministro Lacunza seguramente le habría anticipado a Macri, como inútil para contener la suba del tipo de cambio.

Claramente las acciones menos complicadas eran cancelar y cubrir las LETES y las LECAP respectivamente e imponer las restricciones cuantitativas fuertes al mercado de cambios desde el primer momento. No hablamos aquí de medidas simpáticas, sino de cursos de acción parecidos a los que adopta un médico cuando debe elegir el mal menor para salvar la vida del paciente antes que pensar en la cura definitiva.

Incluso con el primer cepo, la medida era insuficiente, y el presidente y su equipo lo deberían haber sabido; en esta instancia no supongo, sino que sencillamente observo cómo fluyó y a dónde se dirigió el drenaje de reservas desde el 12 de agosto hasta el 28 de octubre, día posterior a la derrota electoral en primera vuelta, cuando el límite de compra pasó de diez mil dólares mensuales a doscientos. En ese momento, las reservas dejaron de caer.

En este punto, es oportuno preguntarnos: ¿el dólar se disparó porque ganó Fernández? ¿Las reservas se desplomaron para evitar que se dispare el dólar porque ganó Fernández? Leyendo los números, y considerando que luego del 28 de octubre las reservas dejaron de caer, la medida correcta (aunque nada simpática para el electorado de Macri) hubiera sido restringir la compra a doscientos dólares por persona en la mañana del 12 de agosto. Esta decisión probablemente podría haber evitado perder, al menos, parte de los 22,6 mil millones de dólares de reservas brutas y los 16,4 mil millones de dólares de reservas netas que se esfumaron entre las PASO y la asunción del nuevo gobierno. (5)

Esos mismos dólares que la Argentina tomó prestados del FMI y que, en lugar de destinarse en su totalidad para cubrir cancelaciones de deuda, sirvieron en parte para financiar la compra de divisas hasta que se acabaron.

No creo que la solución sea restringir en términos tan estrictos el mercado de cambios, y entiendo que el cepo es un parche temporal, pero a veces es más sano aplicar un torniquete para que cese la hemorragia antes que ponerse a rezar para que se cure el paciente.

También estoy seguro de que nadie puede vivir con un torniquete para siempre, y nuestro país es un ejemplo que demuestra que las regulaciones excesivas y las restricciones cuantitativas no provocaron mayor bienestar. El problema radica en cuáles son las condiciones a la hora de aflojar el torniquete, dado que, si no generamos los dólares necesarios para funcionar, tarde o temprano terminaremos cayendo en la misma restricción.

Por este motivo, todavía nos debemos un debate profundo acerca de cómo nuestro país tiene que resolver la convivencia con un sistema bimonetario de hecho y sobre el cual ninguna solución es sencilla, fundamentalmente si seguimos sin ponernos de acuerdo en el diagnóstico. Volviendo a los paralelismos médicos, parece difícil curar a un paciente si un médico cree que padece de varicela y una médica le diagnosticó gripe.

4- Se toma la cotización del dólar de Venta BNA.

5- Para el cálculo de las reservas netas, a las reservas brutas se les sustrae el swap con China, los encajes y la partida correspondiente a organismos internacionales. Se calcula sobre la base de lo ocurrido entre el 7/8/19 y el 7/12/19 debido a la publicación semanal del BCRA.

Capítulo 2

EL DIAGNÓSTICO

El resultado de las elecciones había dejado claro que la alternativa del medio no tendría un lugar determinante en el tiempo por venir. La pregunta obligada que nos debemos hacer aquellos que participamos en política siempre bascula entre la idea de comentar la realidad o contribuir para modificarla.

Así como en alguna oportunidad rechazamos el ofrecimiento de Cambiemos para integrarnos a su alianza, porque no compartíamos sus prioridades, su agenda de gobierno ni el modo que tuvieron de ejercerlo, con mi partido (Avancemos Por el Progreso Social, APPS) entendimos que, de la mano de Alberto Fernández, se abría una nueva etapa en el país sobre la base de un conjunto de prioridades que habían sido convergentes con las propuestas que impulsaba Roberto Lavagna. El combate al hambre, la renegociación con el FMI, el posicionamiento respecto del fomento al consumo, entre otros temas, mostró a lo largo de los meses previos, dos dirigentes de larga trayectoria con más puntos en común que diferencias. Esto quedó expresado en los reiterados elogios públicos que Fernández hizo sobre Roberto, del mismo modo que la invitación que nos formularon a varios miembros de Consenso Federal para colaborar en el período que estaba por comenzar.

Luego del turno electoral de finales de octubre, el flamante presidente electo me convocó para conversar sobre la nueva etapa que se avecinaba en la Argentina. Como respuesta a su convocatoria, lo visité en el departamento en el que vivió durante años antes de mudarse a Olivos.

Alberto Fernández tiene una característica sobre la que coinciden propios y ajenos, es un tipo cercano. Es decir, lo que ves, es. Así de simple. La mayoría de las veces responde los mensajes de WhatsApp y hasta tiene el tilde azul activado, de modo que te puede clavar el visto sin responder, pero no juega con cartas debajo de la manga. Si prestás atención, se puede saber la última hora en la que estuvo en línea. Además, su número no es una incógnita ni un secreto de Estado, sigue usando el mismo desde hace varios años. En su foto de perfil no se lo ve con la banda y el bastón, ni dando un discurso ante una multitud, sino que está con su perro Dylan, que por cierto es un animal llamativamente dócil y sociable.

La reunión se llevó a cabo en el living de aquel departamento, que es un ambiente de no más de tres por cuatro metros, con un sillón de dos cuerpos en cuero blanco un poco gastado, una mesa ratona grande con bordes de madera, tapa de vidrio trasparente, y la base llena de libros. A esto se le agregan otros dos sillones individuales estilo Bugatti color verde inglés, también con bordes de madera, ubicados de forma perpendicular al principal, y una planta bastante grande que hace de vértice en esa especie de cuadrado incompleto que es aquel ambiente. La televisión, de no más de cincuenta pulgadas, se sitúa a un metro y medio frente al sillón blanco sobre un mueble tipo rack con una base y dos columnas para colocar objetos. Detrás del sillón principal hay una mesita alta con dos veladores, algún retrato, y distintas piezas decorativas que abundan, aunque sin excesos. Es evidente que la música forma parte de su vida cotidiana, y esto queda claro de entrada, ya que en el estar sobresalen un par de guitarras sobre soportes individuales.

El aspecto es el de una vivienda de clase media acomodada a la que no le falta nada; vive comodidad, pero sin signo alguno de opulencia. Su atuendo, sus muebles, toda la escena que se observa a simple vista no reflejan la vida de un millonario o de un “hombre de negocios”. Como decía, el presidente es tal como se muestra. Es lo que se ve.

En la reunión que mantuvimos, participó Juan Manuel Olmos, un dirigente histórico del peronismo de la capital que, junto a Víctor Santamaría y Mariano Recalde (actual presidente del PJ porteño), comanda la oposición más voluminosa a Macri en la ciudad. Ellos habían articulado una propuesta amplia que les dio muy buen resultado en las Primarias de agosto; pero luego, con el crecimiento de Larreta en las elecciones de octubre, no pudieron impedir la victoria de Cambiemos en primera vuelta. Corpulento, con lentes de bastante aumento, se lo nota metódico a la hora de resolver los temas. Hombre de extrema confianza del presidente, prudente, cultor del perfil bajo y con una red de contactos de enorme alcance en todos los poderes, este abogado, que siempre tiene algún libro en su escritorio, no sólo da cuenta de su conocimiento de los resortes del Estado, sino que posee una destacable capacidad para diferenciar entre los deseos y las posibilidades de concretarlos. Y esto en política es sumamente valioso, sobre todo para no darse la cara contra la pared innecesariamente.

Sin personal doméstico a la vista, Fernández te hace sentir que es un hombre que trabaja de presidente, no un proyecto de prócer que desayuna con medialunas de bronce. Inteligente y de carácter, no escapa a la discusión, debate los temas, argumenta y escucha. Tiene el poder, y eso también se nota, pero juega limpio. Aun en la asimetría personal lógica que supone el cargo que ejerce, no la usa con una vocación de control en el trato personal, es lo más lejano que podemos imaginar a un sociópata como Trump.

Durante la charla me encontré con conceptos claros y concretos; él imaginaba un gobierno inclusivo, ancho, tanto en lo político como en lo conceptual. Por mi lado, compartí la idea de que el punto de partida debía marcar un giro en la gestión del poder respecto de la lógica macrista. Había que concebirlo desde una mirada que no fuera transaccional, en la que los espacios otorgados en la gestión no surgieran solo como producto de acuerdos, sino como ámbitos para implementar una agenda compartida. Objetivos comunes que ayudasen a sanar al país del odio en que por momentos parece estar dividido. El tiempo demostraría que esa tarea todavía sigue pendiente.

Luego de aquel encuentro, que para él sería uno más de cientos y para mí un hito en mi propia historia, días antes del comienzo del mandato, Santiago Cafiero y Juan Manuel Olmos me invitaron a reunirme donde funcionaban las oficinas en las que se gestó la transición y se armaron los equipos. El llamado era para que me sumara al gobierno. Yo venía de obtener el tercer lugar en la puja por la jefatura de gobierno de la ciudad detrás de Larreta y Lammens. En una campaña donde además de aprender de política, pude disfrutar la dimensión que más me moviliza, la del contacto personal. Hacer política sin poner el cuerpo sería para mí como participar en un experimento de laboratorio.

Se notaba que Cafiero transcurría sus horas entre organigramas y planes de gestión. Con el pelo enrulado, de aspecto levemente informal, modos cordiales y sin elevar la voz, transmitía algo diferente a lo que yo esperaba; me encontré con un hombre del poder, alguien que no estaba improvisando. “Estamos buscando un equipo que comparta nuestra agenda de temas, necesitamos que todos sumen. Queremos que tengas un rol en el Banco Nación”, me dijo quien días más tarde sería nombrado Jefe de Gabinete.

Le agradecí su ofrecimiento, pero me negué. Mi respuesta fue sencilla: “Santiago, con mi partido estamos convencidos de sumarnos. Creo que el banco tiene que cambiar urgente el rumbo que tenía, hay que priorizar los préstamos a las Pyme bajando la tasa de interés y prepararnos para cumplir un rol determinante como banca de desarrollo. Sinceramente tengo un montón de ideas, pero es una institución conducida por un directorio político y, a diferencia de una empresa privada, el lugar que se ocupa implica la jerarquía que el Presidente le otorga a aquello que cada uno representa, y por lo tanto el margen de maniobra para impulsar las medidas que hacen falta”.

Si bien mi respuesta no le gustó, me quedó absolutamente claro que la imaginaba. Él cumplió en realizarlo y, cuando le expresé mi negativa, no solo no se molestó, sino que me dejó la puerta abierta para seguir conversando.

Ese mismo día, le escribí al presidente:

“Estimado Alberto, te quiero agradecer muchísimo por tu voluntad de invitarme a formar parte, eso para mí tiene un enorme valor. Me acaban de realizar el ofrecimiento para integrarme a la gestión (con un rol en el Banco Nación).

En 11 días te vas a convertir en el Presidente de la Nación, imaginar tu agenda debe ser casi un ejercicio de ciencia ficción. Sin embargo, en los momentos difíciles están los que arrugan y los que arremeten.

Yo soy del último grupo, por eso me animo a pedirte unos minutos para contarte cómo creo que te puedo ser más funcional a vos y al proyecto.

¡¡Un Abrazo!! Tombo.”

Eran las 20:26 del 29 de noviembre y le estaba diciendo que no al presidente electo de la Argentina. Supuse que todo terminaría ahí. Entonces volvería a mi vida previa, reforzaría el trabajo del partido que habíamos fundado (Avancemos por el Progreso Social), seguiría dando clases en la facultad, y desde el 10 de diciembre, regresaría a la actividad privada como lo había hecho en la última década, exceptuando el período 2017-2019 cuando fui designado presidente del Consejo Económico y Social de la ciudad de Buenos Aires, como integrante de la oposición.

A las 20:49 recibí un mensaje en mi teléfono. Era de Fernández: “Sigamos buscándole la vuelta”. Fue increíble, habían pasado veintitrés minutos y me estaba abriendo la puerta para seguir conversando. No estaba definida la función, pero el presidente había sido claro y era coherente con el mensaje de Cafiero. Quería que todos sumaran.

A partir de ese momento, esperé y me mantuve en contacto con Olmos y con Sergio Massa, a quien había acompañado en mi primera experiencia electoral relevante, como candidato a diputado nacional en 2017. Luego, Sergio se sumó al Frente de todos, y con mi partido elegimos acompañar a Roberto Lavagna, otro indiscutido referente de la moderación y el sentido común.

Cerca de la hora del traspaso del poder en el país, yo no sabía si tendría alguna tarea, pero sentía un enorme entusiasmo por el gobierno que estaba por comenzar. Fernández había expresado muchos más puntos de encuentro que de distancia con la agenda que sostuvimos con Lavagna durante la campaña, donde el combate al hambre era el aspecto sobresaliente. Aquello resultó central cuando hizo uso de la palabra por primera vez como presidente aquel 10 de diciembre de 2019.

Desde la vuelta a la democracia en 1983, el día de la asunción presidencial ha estado cargado de simbología. Lo que vemos y cada palabra que escuchamos del presidente entrante debe ser considerada. Es el día en el que tomamos contacto real con los sueños que tiene el responsable de gobernar el país. El día donde observamos el modo en que se relaciona con los demás en el ejercicio del poder. Es en esos instantes en los que percibimos el carácter y el tono que le imprimirá a la gestión el elegido para conducirla.

Aquella mañana comenzó con una cobertura de medios típica de nuestros días. Apenas pasadas las siete de la mañana, vimos el paseo de Dylan y su cachorro Prócer, y cómo se iba llenando la Plaza de los Dos Congresos. En un gesto atípico, pero no forzado, Fernández fue manejando su propio auto hasta el acceso al parlamento nacional. No era un acto demagógico ni el resultado de un focus group, más bien fue una señal clara de un hombre que se iba a trabajar de algo que tiene fecha de vencimiento.

La intimidad de su llegada al Congreso, el encuentro con Cristina Fernández —que lo esperaba junto a Sergio Massa sobre el borde de las escalinatas—, y la caminata hasta el estrado, desde donde tomaría el juramento, mostraron los rasgos personales de los tres dirigentes más relevantes del poder político nacional. Alberto sonreía y saludaba uno por uno a la fila de diputados, senadores y funcionarios que se ubicaban en una especie de túnel humano en los bordes de la alfombra roja. El recorrido del presidente de la cámara de diputados era el del de un primus inter pares, saludando a sus compañeros en el ámbito donde hacía solo unos días lo habían elegido como tal.

Cristina fue diferente. Había realizado esa caminata tres veces antes, primero acompañando a Néstor Kirchner, en 2003, y luego como presidenta en 2007 y 2011. Su rostro expresaba el resultado de mil batallas; sin dudas, era la artífice que había diseñado una propuesta, que tuvo su plataforma en la unidad del peronismo, lo cual expresa su primera autocrítica si lo comparamos con la elección de 2015; sin rodeos, buscó sumar antes que dividir, se corrió todo lo posible del centro de la escena y configuró un frente que ganó sin discusiones una elección para la que tan solo unos meses antes no era posible semejante desenlace. La historia será la encargada de evaluar la consistencia de un equipo que nunca estuvo exento de fricciones, como veremos más adelante, pero, después de todo, de eso se trata: tensión y equilibrio. El proyecto político que estaba por inaugurar un nuevo mandato presidencial no estaba liderado por un grupo de amigos de la secundaria ni tenía que expresar acuerdo en todos los temas. Se caracterizaba por una agenda común y por la representación de los intereses populares sobre la base de una propuesta clara que se le formuló a la sociedad.

Las sonrisas de la vicepresidenta aquel 10 de diciembre fueron tan auténticas como sus gestos de disgusto. Probablemente el más épico fue el que le profirió al presidente saliente momentos antes de que éste le colocara la banda presidencial a Fernández, quien visiblemente emocionado, y luego de prestar juramento, flanqueado por Cristina, que estaba vestida de blanco igual que en 2007, el ahora presidente en ejercicio se dirigió al país con un mensaje preciso sobre lo que vendría, trazó un rumbo y estableció un diagnóstico.

El país se encontraba sumido en una crisis económica que no operaba en el vacío, 2018 y sobre todo 2019 habían sido años de un magro funcionamiento institucional, con una de las peores performances en cantidad de sesiones en más de treinta años.

El modo en que se habían administrado las ganancias y socializado las pérdidas dejaba su marca evidente en los números que relevaba el INDEC, una institución que sin dudas mejoró sustancialmente, en la gestión de Todesca, respecto de las anteriores. Sin margen para interpretaciones, el desafío que se había autoimpuesto el presidente saliente sobre la reducción de la pobreza, la unidad nacional y el combate al delito dejaba la gestión en un punto muy bajo respecto a la vara que se había trazado.

En materia económica los datos dan cuenta de una inflación anual acumulada, en el período macrista, de 285,3 % (6) con la particularidad que siempre tiene el dato de inflación que solo expresa un promedio entre diversos capítulos que lo componen. (7) Los sectores de menor poder adquisitivo, se vieron perjudicados por un índice de inflación que, en los ítems que más los afecta, fueron mucho más elevados que la inflación promedio. Así, si tomamos por ejemplo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, vemos que en promedio la electricidad aumentó 1925,3 %, el gas 974,3 %, el transporte público 303,1 %, y el agua 818,2 %.

Estos sectores son los que siempre se ven más afectados cuando suben los servicios y los alimentos, porque invierten casi todos sus recursos en afrontar esos gastos, de modo que la suba excesiva y por encima del promedio de estos ítems, no hizo más que deteriorar el poder adquisitivo de los más pobres. Esto se vio reflejado en el consumo que durante los cuatro años se contrajo un 8,0 %. (8)

La pobreza, que había sido la obsesión de Macri al inicio de su mandato, creció para pasar de 30,3 %, en el segundo semestre de 2016, a 35,5 % en el segundo semestre de 2019. (9) Profundizando brevemente en términos teóricos, en la Argentina el modo más común para medir la indigencia y la pobreza es por ingresos, es decir, se evalúa la composición de una canasta básica alimentaria y se determina su valor por adulto equivalente. (10) Luego se determinan diferentes configuraciones familiares y, si los ingresos no superan esa línea, se considera que ese grupo es indigente. Con la pobreza pasa lo mismo, pero aplicado sobre la canasta básica total. (11)

Además, el salto en los precios de los alimentos estuvo asentado en un salto del dólar oficial que pasó de $9,76 el 10 de diciembre de 2015, a $62,75, cuatro años más tarde. (12) Es decir, la moneda estadounidense aumentó un 542,9 %.

La deuda de la Administración Central creció en términos tanto absolutos como relativos, pasando de USD 240.665 millones en 2015, a USD 323.065 millones en 2019; por su parte la deuda que en 2015 representaba un 52,6 % del PBI, cuando Fernández recibió el gobierno, equivalía a un 90,2 %. (13)

Las tasas de interés promedio de la economía, verdadero motor de la inversión, se habían movido bruscamente al alza. Así, por ejemplo, los adelantos en cuenta corriente, un medio usual que utilizan las empresas para financiarse, pasaron de 29,0 % el 10 de diciembre de 2015, a 59,2 % el 10 de diciembre de 2019. (14)

En materia de empleo la tasa de desocupación llegaba a 10,1 % en el primer trimestre de 2019 alcanzando los dos dígitos por primera vez desde el tercer trimestre de 2006, considerando, además, que gran parte del empleo creado en 2016 y 2017 se explicaba por la categoría de monotributo o monotributo social, (15) lo que dio cuenta de la precariedad del empleo generado. Vale decir que la creación de empleo en blanco y de calidad es una materia pendiente en la Argentina desde hace más de una década.