La pareja en el Antiguo Testamento - Bertrand Pinçon - E-Book

La pareja en el Antiguo Testamento E-Book

Bertrand Pinçon

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Las relaciones hombre/mujer son actualmente una cuestión debatida. La Biblia, en particular el Antiguo Testamento, ofrece respuestas. Se resumen en tres palabras y una fórmula: «amor», «fecundidad», «alianza» y «metáfora nupcial». Desde las primeras páginas de la Biblia a las de la Sabiduría encontramos a Adán y Eva y los amantes del Cantar de los Cantares, Abrahán y Sara, David y Betsabé, Oseas y Gómer, etc. Sus historias, frecuentemente felices, a veces escandalosas, nos ayudan a comprender, el uno por el otro, a la pareja hombre/mujer y la pareja Dios/Israel.

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Seitenzahl: 165

Veröffentlichungsjahr: 2013

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CB 158

Bertrand Pinçon

La pareja en el Antiguo Testamento

Contenido

Prólogo

Presentación

Introducción

I – En el Próximo Oriente antiguo

Mitos y relatos

Del cielo a la tierra

II – El hombre, la mujer y la alianza

Creación y fecundidad (Génesis 1-2)

La pareja a través de las crisis (Génesis 3-9)

III – La fecundidad puesta a prueba

Realización atrasada de la promesa

Para que la alianza sea fecunda

IV – Parejas imperfectas y pareja ideal

Sansón y las mujeres (Jueces 13-16)

David y Betsabé (2 Samuel 11-12)

La sabiduría de Tobías y Sara

V – Más allá de la pareja

Oseas y la mujer infiel

El Cantar de los Cantares

Lista de recuadros

Casarse con la Sabiduría

Para saber más

Actualidad

Créditos

Celebración del matrimonio. En medio de lo cotidiano, del trabajo y el ocio, en la fiesta cristaliza la emoción y el compromiso. Para muchas parejas, al día le faltaría brillo y profundidad si no hubiera una parada en una iglesia, un templo o una sinagoga. Se abre el libro de las Escrituras, se escucha a Dios hablar al corazón de nuestra humanidad y después se intercambian las promesas así como los gestos de la alianza entre el hombre y la mujer.

Algunos textos que se presentan en este trabajo son elegidos como «primera lectura» por los novios: el frente a frente entre Adán y Eva, el encuentro de Rebeca e Isaac, la oración de Tobías y Sara, los vuelos líricos del Cantar de los Cantares…

La diferencia sexual sería, según la lingüista y psicoanalista Luce Irigaray, la gran cuestión de nuestro tiempo. La Biblia lo aborda desde sus primeras páginas: «hombre y mujer —o, más crudamente, “macho y hembra”— los creó» Dios. Así empieza la historia de la alianza entre él y el ser humano.

Historia con repercusiones. Aunque hay ejemplos de amor y compromiso, no hay parejas modelo. Jesucristo surgió de un linaje en el que Mateo, el evangelista, destaca a Booz y Rut, pero también a Judá y Tamar o a David y «la mujer de Urías», sin que la fórmula oculte el sangrante drama que los une.

Este trabajo, al explorar el Primer Testamento, nos deja a orillas del Nuevo. Aunque no es exhaustivo, recoge lo esencial de las referencias, que les servirán a san Pablo y a los evangelistas. Por citar solo un ejemplo conocido, el dicho profético de Génesis 2,24 es recogido en Efesios 5,31, donde la pareja humana sirve de clave de interpretación para la relación entre la Iglesia y Cristo, la que permite contemplar de otra manera la vida de pareja. La misma frase, enriquecida con Génesis 1,27, estructura un diálogo entre Jesús y los fariseos sobre el divorcio (Mt 19,1-9 y paralelos). Esto explica el carácter fundacional de los relatos iniciales del Génesis, y más ampliamente de todo el Primer Testamento: ¿cómo no adivinar tras Zacarías e Isabel la sombra de Abrahán y Sara? En el espacio de este Cuaderno, sin embargo, no podremos detallar las relaciones entre ambos Testamentos. Al lector le corresponde continuar la investigación.

El apartado de Actualidad está dedicado a la presentación de cuatro obras que tienen a Jesús de Nazaret como objetivo: el segundo volumen de la meditación de J. Ratzinger / Benedicto XVI, dos del profesor James D. G. Dunn y una introducción muy asequible al Jesús histórico.

Gérard Billon

• Bertrand Pinçon. Presbítero de la diócesis de Lyon. Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Lyon, enseña especialmente literatura sapiencial. Recientemente ha publicado Qohélet. Le parti-pris de la vie. París, Cerf, 2011.

La pareja en el Antiguo Testamento

Las relaciones hombre/mujer son objeto de reflexiones y relatos muy diversos en la Biblia. Desde el libro del Génesis, la pareja humana está integrada en la «alianza» entre Dios y la humanidad. Después de eso, amor, fidelidad, traición y perdón jalonan la historia de muchas parejas, tanto en los libros de la Torá como en los de los Profetas. Y es un profeta, Oseas, el que recogió la gama de experiencias amorosas para elaborar la metáfora nupcial, desplegada después en el Cantar de los Cantares. Esta permite iluminar, la una por la otra, la pareja hombre/mujer y la pareja Dios/Israel.

Por Bertrand Pinçon

Introducción

En la Biblia se encuentra toda una gama de historias conyugales. Aunque la Biblia no es un libro sobre la pareja, muchas parejas desfilan por sus páginas. Una de ellas es la que nunca ocupa el primer plano, pero permite comprender a todas las demás: la formada por Dios y la humanidad.

Desde sus primeras palabras, «Al principio creó Dios…», Dios es definido como relación: él «ex-iste», su ser está volcado al exterior y no replegado sobre sí mismo. Establece una relación única con alguien situado enfrente, el ser humano, el ‘adam, de alguna forma, el otro de sí mismo «a su imagen y semejanza», con la misión de «ex-istir» a su vez: «Multiplicaos, llenad la tierra, dominadla…» (Gn 1,28).

Después de Adán y Eva y de Noé, el libro del Génesis se detiene en Abrahán y Sara, Isaac y Rebeca, Jacob y sus dos esposas, Raquel y Lía. Parejas fundacionales del pueblo de Israel, inauguran una historia de amor singular entre ese mismo pueblo y Dios, que toma entonces su nombre propio de YHWH, el Señor.

Nuestro estudio va a recorrer algunos relatos tomados de lo que los cristianos llaman «Antiguo» o «Primer Testamento», formado, según la tradición judía, por tres conjuntos: la Torá, los Profetas y los Escritos.

La composición final de los libros de la Torá y los Profetas, a partir de fuentes antiguas, se llevó a cabo, según se piensa, en el transcurso de los siglos V y IV a. C. Recorreremos los libros del Génesis, Jueces, Samuel y del profeta Oseas. Los de Rut y el Cantar de los Cantares forman parte de los Escritos, y vendrán como prolongación. Las épocas tardías están representadas por Tobit y la Sabiduría, redactados respectivamente en el siglo III y I a. C.

Nos centraremos más en los relatos. Al ser el relato el modo de expresión que juega sobre y con el tiempo, nos permite observar las transformaciones que afectan a cada pareja particular. Incluso las historias de Oseas y Gómer o de los amantes del Cantar de los Cantares se enmarcan en una lógica narrativa. Finalmente, el lector estará quizá en condiciones de entender por sí mismo la invitación dirigida a Salomón: casarse con la Sabiduría.

Muchas otras parejas habrían merecido ser estudiadas, por ejemplo José y Asenet, Moisés y Séfora, Elcaná y Ana, David y Micol, Ajab y Jezabel, Isaías y su mujer, Job y la suya, Asuero y Ester, o aquellas anónimas que aparecen en el libro de los Proverbios. Dados los límites de este Cuaderno, el recorrido no podía ser exhaustivo. No obstante, la selección propuesta pretende ofrecer un abanico representativo de la riqueza bíblica sobre la materia.

I – En el Próximo Oriente antiguo

Las relaciones hombre/mujer no son solo una cuestión debatida en nuestras sociedades occidentales, han interrogado en más de un sentido a un buen número de sociedades y civilizaciones a lo largo de la historia humana. El Próximo Oriente antiguo las aborda tanto en textos legislativos (Código de Hammurabi, siglo XVIII a. C.) como narrativos.

La «revelación» bíblica, que se pone por escrito durante el primer milenio a. C., tiene lugar sobre un horizonte cultural del que dan testimonio en particular las literaturas egipcia y sumeria. Está confrontada con corrientes de pensamiento que, mediante relatos míticos y prácticas rituales, sacralizaban la sexualidad como expresión de una potencia de vida. Con relación a estas corrientes, las Sagradas Escrituras presentan a la vez semejanzas y profundas diferencias.

Este capítulo plantea, pues, algunas observaciones sobre el ambiente próximo-oriental. Quedarán como trasfondo de nuestro recorrido. El espacio mesopotámico resulta privilegiado, porque Asiria, Babilonia y Persia marcaron el destino del pueblo de Israel desde el siglo IX al IV a. C. Bajo el Imperio persa, al regreso del exilio babilónico, desde finales del siglo VI a comienzos del IV a. C., es cuando los libros de la Torá recogerán la forma definitiva de antiguas tradiciones sobre el éxodo, los patriarcas y los comienzos del mundo.

Mitos y relatos

Conocemos la importancia de los mitos en los textos relativos a las religiones antiguas. Independientemente de cualquier interpretación crítica que apele a la razón, los relatos míticos tienen como vocación dar un valor sagrado a las acciones humanas, siendo estas vistas como la prolongación terrena de una acción divina.

Sacralización de la fecundidad

Al principio, la fecundidad es asumida por un dios o, mejor, por una pareja divina. Un dios se une a una diosa para dar vida en el mundo de los dioses o en el de los seres humanos. Algunas mitologías conceden una gran importancia a estas parejas divinas procreadoras. Así, la mitología sumeria pone en escena a Enki (dios de las aguas) y Ninhursag (diosa de la tierra), que se unen para dar nacimiento a generaciones de dioses (recuadro, texto 1).

El misterio que rodea a la procreación, el embarazo y el nacimiento se describe a través de las metáforas de la semilla que germina, la maduración y la cosecha: así, el dios mesopotámico Enki hace venir la lluvia para fertilizar la tierra o llenar los ríos con su fecundador esperma (recuadro, texto 2).

En torno al mito de Enki

Texto 1. [Resumen de un poema sumerio del segundo milenio] Enki, el portador de agua, señor de la sabiduría, se une a la diosa Ninhursag, «madre de la tierra». Al cabo de nueve meses nace sin esfuerzo y sin sufrimiento la diosa Ninmu. Después, Enki se une a su hija Ninmu y da nacimiento a Ninkurra. A continuación, Enki se une a su nieta y da nacimiento a Utu. Finalmente, Enki se prepara para unirse a su bisnieta cuando Ninhursag interviene y ofrece pepinos, manzanas y uvas. Pero Enki las ofrece a su vez a Utu. Mantienen relaciones y dan nacimiento a una nueva divinidad. Ninhursag utiliza después el esperma de Enki para fecundar las plantas.

J. PRITCHARD (dir.), Ancient Near Eastern Texts elating to the Old Testament. Princeton, University Press, 1955, pp. 37-41.

Texto 2. («Enki y el orden del mundo», I, 88-92 y I, 251-262) Yo soy el Señor, del orden indiscutible, en el primer rango del universo. A mi mandato se edificaron los pesebres, se cerraron los apriscos. Si toco el cielo, de él rezuma una lluvia de opulencia; si toco la tierra, viene la inundación; Si toco las verdes praderas, montones y montones de grano se reúnen a mi orden… […] Cuando el venerable Enki hubo columbrado el Éufrates, se puso de pie sobre sus pies, como un toro impaciente: levantó su pene, eyaculó y llenó de agua tornasolada el Río. Después, el Tigris se sometió a él como a un toro impaciente, el cual levantó su pene y produjo el «regalo de boda»: entonces, como un uro gigante a punto de montar, hizo gozar al Tigris, y el agua que produjo así es tornasolada, suave y embriagadora; el grano que produjo así es denso y alimenticio. Enki llenó, pues, de riquezas la morada de Enlil, y, gracias a él, Enlil se alegró, Nipur se alborozó.

S. N. KRAMER, Le mariage sacré à Sumer et à Babylone. París, Berg International, 1983, pp. 59-60.

Sacralización de la pasión amorosa

La pasión amorosa es exaltada mediante el camino de seducción que suscita el atractivo sexual. Se valora el encuentro entre un dios y una diosa amantes, independientemente de cualquier idea de procreación. Por ejemplo, en la Epopeya de Gilgamés, Istar, diosa de la guerra y del amor, trata de seducir al héroe Gilgamés, rey de Uruk. Pero este rechaza sus proposiciones enunciando la larga lista de amantes a los que ella ha abandonado previamente (cf. recuadro «Istar, la seductora»).

Istar, la seductora

[Gilgamés] lavó su cabellera sucia y limpió su frente, sacudió sus cabellos sobre su espalda, tiró sus [vestidos] sucios y se puso unos nuevos, [luego] se cubrió con una túnica, se puso la banda [y finalmente] se ciñó la tiara. Entonces la augusta Istar puso los ojos en la belleza de Gilgamés: «Ven, Gilgamés, sé mi esposo. Hazme el regalo de tu cuerpo deseable; tú serás mi esposo y yo seré tu esposa. Que te preparen un carro de lapislázuli y oro, con las ruedas [también de oro] y los cuernos de ámbar (¿?). Sí, los demonios-tempestad serán tu atelaje en lugar de mulos. Entra en nuestra morada, cuando penetres en ella, los encantadores más augustos te besarán los pies. Que ante ti se postren reyes, señores y príncipes. Que en el homenaje te traigan tributo de montes y llanuras […]». [Gilgamés,] abriendo la boca, [dijo dirigiéndose] a la augusta Istar: «¿Qué tendré que [darte si me caso contigo?] No, no te tomaré [por esposa]; [no eres más que un brasero portador] de nieve, una puerta inacabada [que no detiene] ni el viento ni el soplo; un palacio que [destroza (¿?)] a sus guerreros, un turbante que ahoga al que cubre, betún que ensucia al que lo lleva […] calzado que lastima a su propietario. ¿A qué [esposo] has amado eternamente? ¿Qué pájaro te ha [agradado eternamente]? Ven, pues, que voy a nombrar a tus amantes. A Tamuz, el esposo de tu [juventud]: lo destinaste año tras año a llantos eternos. Amaste al pájaro multicolor, y sin embargo lo golpeaste y rompiste sus alas, [y ahora] está en su nido gritando «mi ala». Amaste al león de fuerza cumplida y le tendiste trampas continuamente renovadas. Amaste al caballo, del que uno puede fiarse en el combate, y lo sometiste siempre al látigo, a la espuela y al cabestro. […] Amaste al pastor del rebaño, que conservaba para ti el pan cocido bajo las cenizas y todos los días te inmolaba cabritillos; sin embargo, [lo] golpeaste y cambiaste en lobo […] Y yo, si me amas, tendré [un destino] como el suyo». Istar, ante estas [palabras], llena de cólera subió a los cielos…

F. MALBRAN-LABAT, Gilgamés. Documentos en torno a la Biblia 7. Estella, Verbo Divino, 1983, pp. 36-38.

Del cielo a la tierra

Mientras que, en los mitos, los seres humanos dicen cosas sobre los dioses, los ritos tienen como finalidad realizar, en la esfera humana, acciones divinas.

El matrimonio sagrado

Entre los ritos se encuentra el «matrimonio sagrado», ceremonia de una puesta en escena casi teatral en que los seres humanos a veces desempeñan el papel de los dioses. Por ejemplo, en Mesopotamia se actualizaba simbólicamente la unión de la pareja divina Cielo y Tierra con ocasión de la fiesta del Año Nuevo.

Así es como algunos poemas sumerios del tercer milenio cantan al rey de Uruk, representante de su pueblo e identificado con el dios Dumuzi (Tamuz), uniéndose con la diosa Inanna (Istar).

Este ritual tenía esencialmente como función renovar los beneficios divinos con respecto al pueblo, llamar a la fertilidad y fecundidad sobre el país y la ciudad.

En Babilonia, durante el primer milenio, el undécimo día de la fiesta, tras una gran procesión por las calles de la ciudad, el dios Marduk se unía a la diosa Sarpanitu en su templo, el Esagila. Así se rendía culto a la fertilidad o, quizá, a la victoria del orden sobre el caos, puesto que el cuarto día de la fiesta estaba dedicado al Enuma elis, poema sobre Marduk, creador del mundo. Los judíos exiliados en el 587 pudieron asistir a estas ceremonias.

La prostitución sagrada

Considerada como un rito de paso (con ocasión de la pubertad o del matrimonio), se practicaba en honor de Istar o de otras diosas. El Código de Hammurabi (siglo XVIII a. C.) enumera una lista de mujeres, funcionarias del culto, que viven en el recinto del santuario de la divinidad. En Asiria podían casarse y debían llevar un velo.

La prostitución sagrada, conocida igualmente entre los fenicios y los cananeos, está atestiguada entre los israelitas. En este caso está ligada a ritos de fertilidad, que se desarrollaban en «lugares altos», para engatusar a las divinidades agrarias, que tienen por nombre Baal (por parte masculina), Astarté (= Istar) o Aserá (por parte femenina), esta última simbolizada por un «poste sagrado». En el siglo VII a. C., el profeta Jeremías denuncia este tipo de culto (Jr 2,20 y 3,6; cf. también Jue 2,11-13; 1 Re 14,22-24, etc.).

La práctica tuvo muchas dificultades para ser erradicada. El Código deuteronómico la condena firmemente: «Los hijos y las hijas de Israel no se entregarán a la prostitución sagrada. Si has de cumplir una promesa, en ningún caso llevarás a la casa del Señor, tu Dios, grano o dinero obtenido con la prostitución sagrada, pues es algo abominable para el Señor, tu Dios» (Dt 23,18-19). Cf. también la Ley de santidad: «No profanarás a tu hija dándola a la prostitución; de esta manera, la tierra no se prostituirá ni se llenará de inmoralidades» (Lv 19,29). Sin embargo, estas prohibiciones no van acompañadas de ninguna sanción penal.

Celebrar la pareja humana

Un eco del ritual de la unión del cielo y de la tierra se encuentra en una fórmula de matrimonio tal como: «Yo soy él, tú eres ella; yo soy el Cielo, tú eres la Tierra». Otra fórmula, más sencilla, es del estilo: «Yo soy tu esposo, tú eres mi esposa» (en la Epopeya de Gilgamés, Istar la parodia, cf. recuadro «Istar, la seductora»).

A estas fórmulas se añaden algunas prácticas como la redacción de un contrato de matrimonio, la fijación de un precio pagado por el novio a aquel que tiene la tutela de la novia, la aceptación de regalos, el envío de la novia a su novio y la consumación del matrimonio. Encontramos estos elementos en algunos relatos bíblicos.

Los mitos y los ritos, que ofrecen poner a la sociedad y los individuos bajo buenos auspicios, abordan la sexualidad desde muchos ángulos: la seducción, el deseo, los celos, la pasión, la procreación, la fecundidad, el matrimonio… Todo esto abunda en la literatura próximo-oriental. Sus protagonistas son en primer lugar los dioses; las intrigas son ciertamente el reflejo de las vividas por los seres humanos, pero tienen menos valor por sí mismas que para el orden del mundo, el ritmo de las estaciones, la existencia: Enki y Ninhursag en Súmer, Isis y Osiris en Egipto o, en Grecia, los dioses del Olimpo. Hay muy pocas historias de amor humanas, simplemente humanas…

Ciertamente, en Egipto, a finales del segundo milenio se desarrolla una poesía amorosa. Pero es lírica, no es narrativa. En el Próximo Oriente antiguo no hay un relato que ponga en escena a parejas humanas antes de las comedias del griego Menandro (finales del siglo IV a. C.) o los latinos Plauto y Terencio (siglo III y II a. C.). Habrá que esperar a Ovidio y sus Metamorfosis, a comienzos del siglo I de nuestra era, para seguir las historias de los jóvenes Píramo y Tisbe o los ancianos Filemón y Baucis; y tampoco aquí los dioses andan lejos…

Asimismo, la literatura bíblica se desmarca claramente cuando, hablando de amor, se concentra en parejas humanas. Teología y antropología van de la mano en la representación de los sentimientos y de la complejidad de las relaciones.

II – El hombre, la mujer y la alianza

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