La patria creada - Rodrigo Lara Serrano - E-Book

La patria creada E-Book

Rodrigo Lara Serrano

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Beschreibung

Este libro está constituido por fragmentos y miradas de muchos testigos de nuestra historia, las que podemos usar para recordar (siempre conscientes de que eran miradas con los anteojos de prejuicios personales, de clase social, género, nacionalidad, religión y época) momentos, acciones y personajes de lo mejor y lo peor que fuimos. Considerar aquello que hicimos y nos hicieron, de lo nimio y lo entrañable, de lo cruel y lo generoso, de cómo no éramos lo que somos y cómo llegamos a serlo. Porque lo que somos y hacemos proviene de esos muchos tiempos pasados. Este también es un libro que no dice ni quiere decir, exactamente, hacia donde sería más enriquecedor ir, pero que señala (por contraste) que existen otras combinaciones posibles de vicios y virtudes grupales e institucionales, que hay otras identidades posibles en suspenso. Que no siempre fuimos chilenos, cristianos, invadidos, capitalistas, ciudadanos, patriotas, argentinos, colonizados, miembros de una elite o pobres sin remedio, peruanos, gente de bien o de menos bien, etc. y que es bastante seguro que no siempre lo seamos. Un libro que muestra un pasado -hecho de castas, despojo y vergüenza, pero también de ilusión, esfuerzo y utopía- el cual nos envía su sombra desde muchos ayeres dolorosos y tiñe nuestros juicios cotidianos. Por todo ello, si puede lograr que para algunos el pasado deje de ser algo muerto, claro, ya fijo, y se vuelva un espacio en el cual encontrar tesoros transformadores que nos hagan crecer un amor sincero y generoso por la patria republicana y el medioambiente que la alimenta, el texto se dará por satisfecho. RODRIGO LARA SERRANO

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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RODRIGO LARA SERRANO

LA PATRIA CREADA

Qué éramos, qué somos y cómo llegamos a serlo

LARA SERRANO, RODRIGOLa patria creada. Qué éramos, qué somos y cómo llegamos a serlo/ Rodrigo Lara Serrano

Santiago de Chile: Catalonia, 2019

ISBN: 978-956-324-719-0ISBN Digital: 978-956-324-728-2

HISTORIA DE CHILE983

Imagen de portada: extracto del cuadro Los Andes, serie Memorice (óleo sobre madera, 100 x 100 cm), de la artista Bruna Truffa. www.brunatruffa.comDiseño y diagramación: Sebastián Valdebenito M.Edición de textos: Cristine MolinaDirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.

Primera edición: junio 2019

ISBN: 978-956-324-719-0ISBN Digital: 978-956-324-728-2Registro de Propiedad Intelectual N° A-304444

© Rodrigo Lara, 2019

© Catalonia Ltda., 2019Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido
Portada
Créditos
índice
Prefacio
Historia real (con moraleja)
El misterioso caso de las cuncunas que solo se convirtieron en mariposas
Mirada extranjera
Es la raza la buena (y marinera)
Vueltas de la vida
Sueños, de madera, quemados
Formas de vestir, comportarse y estar en onda
Salvavidas lazo en ristre
Misterios (a veces) explicados, momentos inquietantes
Carne de momia en la ruta
Formas de vestir, comportarse y estar en onda
Piernas expuestas a las estrellas
Animales normales y maravillosos a la vez
Lana de vampiro (de los verdaderos)
Mirada extranjera
Cero en Ecología para el Sr
Animales normales y maravillosos a la vez
Sobre la desaparición discreta del quiltro, o khilto, originario
Mirada extranjera
Casi elefantes
Cortando el género
Ese no, ese tampoco y el de más allá, menos todavía
Mirada extranjera
A la buena de Dios, no más
Formas de vestir, comportarse y estar en onda
Turcos de cordel v/s angurrientos de verano
Héroes y "héroas" (no tanto y no siempre)
¡Mujeres del mundo, uníos!
Mañoseando con las palabras
Corazón dos no tener, uno, no más
Héroes (y no tanto o no siempre)
E inviten a Sir Randolph, por supuesto
Es lo que hay (o lo que había)
Sino como saltando para arriba
Historia real (con moraleja)
Cielito heavy metal
Animales normales y maravillosos a la vez
Esos leviatanes de todos los días
Historia real (con moraleja)
Ministro de todo, y de “arreglines” también
Misterios (a veces) explicados, momentos inquietantes
Los hombres vueltos llamas de fuego frío
Y ese sabor, ¿cómo lo consigo?
De umintas y curagüillas
Animales normales y maravillosos a la vez
Súper degu
Cortando el género
Las faldas duras e infatigables de los ejércitos
Héroes (y no tanto o no siempre)
La primera fiesta. La última fiesta
Mañoseando con palabras
¡Chanchito, chanchito, chanchito!
Héroes (y no tanto o no siempre)
Internacionalistas sin nación I
Es lo que hay (y es triste)
Más de diez cuadras me han quitado
Formas de vestir, comportarse y estar en onda
Regocijo
Mirada extranjera
Las vendedoras que no aceptaban un no
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Como un barco que capea un temporal
Historia real (con moraleja)
Los de acostumbrada aparente insensata insensibilidad ganan de nuevo
Mañoseando con palabras
Tuas, meas, de totus
Héroes (y no tanto o no siempre)
Los cascabeles de oro del gavilán de Atahualpa
Historia real (con moraleja)
Cien azotes y cuatro meses de trabajos forzados para los chacoteros
Mirada extranjera
Dos herejes y un infiel
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Bautizos a corazón abierto
Objetos olvidados
Una piedra para besar y la copilla de rinoceronte
Personaje
La “pequeña Historia” de Juan Mery y el mulato Alejo
Héroes (y no tanto o no siempre)
El marinero enamorado de las explosiones
Animales normales y maravillososa la vez
La celebrada Policía Guarda-Pavos
Mirada extranjera
¿Escobas?, ¿qué escobas?
Juegos que ya no se juegano quién sabe si
Carreras frente a frente
Mirada extranjera
Cuando las novelas arruinaban el cutis y el carácter
Vueltas de la vida
El magnífico “tití” científico de Gaspar Rodríguez de Francia.
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Correr la gallina
Y ese sabor, ¿cómo lo consigo?
Las manzanas olvidadas quieren atacar de nuevo
Animales normales y maravillososa la vez
Las langostas que se mimetizaban con las flechas
Juegos que ya no se juegano quién sabe si
Uno de aguante
Misterios (a veces) explicados, momentos inquietantes
Los cariñosos y caprichosos colados del laftrache mapu
Formas de vestir, comportarse y estar en onda
Trenzas con flechas
Historia real (con moraleja)
Financiando el moco de ranas triplicado
Héroes (y no tanto o no siempre)
Queupolican, Oteopolicán, Kallfülikan o Caupolicán
Animales normales y maravillososa la vez
Mi plumero no me habla ni me mira
Frases deshechas
Se esconde como pequén en cueva
Historia real (con moraleja)
De la sangre coagulada a la sangre de utilería
Y ese sabor, ¿cómo lo consigo?
¡Con mucho, mucho aire, por favor!
Héroes (y no tanto o no siempre)
Los amigos
Animales normales y maravillososa la vez
Encargado de compras con cola
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Capullo protector
Historia real (con moraleja)
Las venganzas de los desaliñados
Frases deshechas
Beben las nubes
Misterios (a veces) explicados, momentos inquietantes
Sirenas, pero discretas
Historia real (con moraleja)
El castigo al cuco
Historia real (con moraleja)
La hicieron de oro
Ganarse los porotos
El mundo de las cerezas y frutillas “a dos centavos la mano”
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Patos y negros paseándose así no más, no, no ¡y no!
Animales normales y maravillososa la vez
El grillo taimado (con razón)
Historia real(con moraleja antiroussoniana)
Guerreando contra los manzaneros
Es lo que hay
Manos en la casa de gobierno.
Historia real (con moraleja)
Desertificación humana
Ganarse los porotos (o las tres cucharadas de harina)
No tienen mueble de especie alguna
¿Y ese plato, dónde lo consigo?
Alfombras de higos y hojas de parra
Frases deshechas
Hacer matalotaje
Animales maravillosos y normalesa la vez
Colmillos cura dientes
Historia real
Pensasen que todo Chile era oro
Mirada extranjera
Se sabe, el tiempo es relativo
Animales maravillosos y normalesa la vez
La famosa sustentabilidad
Y ese sabor, ¿cómo lo consigo?
Antes del reinado de la palta Hass
Animales normales y maravillososa la vez
Avisen no más
Personaje(s)
Un carácter raro, original y alegre
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Sueldos altos y la sangre casi a torrentes
Y ese sabor, ¿cómo lo consigo?
¿Y la leche con lúcuma?
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Con infinita gracia, en medio del campo
Es lo que hay
No deja de ser ingenioso
Mañoseando con palabras
El poroto más guaripola
Historia real (con moraleja)
Se burlaron de mí por buscar algo más que azúcar en el país.
Y ese sabor, ¿cómo lo consigo?
Huevos con riendas
Historia real
Los chilensesven lo que se les viene encima
Animales normales y maravillososa la vez
Más que en cualquier recital
Formas de gobernar, comportarsey estar en onda
Se hallen a caballo o en cualesquiera bestia
Mirada extranjera
Santiago, ciudad de molinos de agua
Y ese sabor, ¿cómo lo consigo?
Mi almuerzo de mañana me dice que me va a caer mal
Animales normales y maravillososa la vez
Ahora solo hay años de humanos
Cortando el género
¿Qué habrá sido de la guapa indigna?
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Con gracia tanto en los pies como en las manos
Vueltas de la vida
Desgracia primero, deporte después
Juegos que ya no se juegano quién sabe si
La pilma me supera
Mirada extranjera
Los postres rodantes
Personaje
Mr. Cronos
Mirada extranjera
¡Un taco que sea, por amor de Dios!
Es lo que hay (y me gusta)
Canopy precolombino
Mirada extranjera
Es la raza la buena II
Ganarse los porotos
Volando por el precipicio
Héroes (y no tanto o no siempre)
Este idioma, que me pareció armonioso y agradable
Mirada extranjera
Lo suplen sus grandes talentos
Vueltas de la vida
Francisco César, descubridor imaginario de Chile.
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Pascua a dos estribos
Es lo que hay (y son gigantes)
Y dos manchas en forma de corazón en sus mejillas
Héroes (y no tanto o no siempre)
Internacionalistas sin nación II
Mirada extranjera
Estrellas abstemias
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
No, el agua sí que no
Mirada extranjera
Cómo hacer fuego en Tierra del Fuego
Misterios (a veces) explicados, momentos inquietantes
Haciendo delirar a los peces
Mirada extranjera
¿El estrés es un bicho y pica?
Misterios (a veces) explicados, momentos inquietantes
Leche de padre
Ganarse los porotos
No soy leyenda
Y ese sabor, ¿dónde lo consigo?
Las empanadas de changle son palabras mayores
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Comiencen con el caput propium, cabros
Mirada (todavía no) extranjera
Paraizo con adanes apáticos
Es lo que hay
Rotosos
Es lo que hay
Si los azotes no sacan chispas, ¡se las ponemos!
Vueltas de la vida
La Expedición que nunca volvió
Mirada extranjera
Nación desesperanza
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Como un barco que capea un temporal II
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Las mujeres no son inmortales, pero la estupidez lo intenta
Ganarse los porotos
No les dejan un solo momento de descanso
Mirada local
Pononó
Vueltas de la vida
Alonso de Ercilla, picado (y con razón)
Personaje
Pablita y su camiseta de crin
Haciendo numeritos
Más vacas y bueyes que personas
Mirada extranjera
Si el temblor no es 6,5 Richter ni me paro
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa
Héroes (no tanto y no siempre)
La primera Batalla de Maipú que no fue
Historia real (con moraleja)
No, por favor, ¡se los ruego! Al país-cuco no…
Mirada extranjera
Hipócrita hídrico
Misterios (a veces) explicados, momentos inquietantes
Por ahora solo pestañea bajo tierra, pero cuando despierte…
Animales normales y maravillososa la vez
La cornamenta muy larga y casi derecha
Vueltas de la vida
Tranquilidad y lucro
Animales normales y maravillososa la vez
Que me parecía se me querían saltar
Héroes (y no tanto o no siempre)
De las vacas rematadas al “punto negro”y los “puntos blancos” de O’Higgins
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Nochebuena en la Babel de aquí no más
Personajes
Solo los bandoleros no eran importados
Misterios (a veces) explicados,momentos inquietantes
Los quipus mapuches
Ganarse los porotos (colectivamente)
¡Seamos libres… para no atrevernos!
Historia real (con moraleja)
Eran negros que usaban aros dorados en las orejas
Mirada extranjera
Excedió a todas las obras romanas y a cualquiera de las siete maravillas del mundo
Frases deshechas
Tomar truchas a bragas enjutas
Personajes
El “otro” José de San Martín y el pequeño Thomas Cochrane bañado en sesos de marinero
Es lo que podría haber
Aquí hay lugar de sobra para todos
Ganarse los porotos
Y para qué vamos a hablar de la huella de carbono
Es lo que hay
Y tres que no creían en los terremotos
Mirada extranjera
…que muchas veces terminan en lágrimas
Frases deshechas y Personaje
Andar águila
Formas de vestir, comportarsey estar en onda
Huasos maestros de certrería ¡y qué fue!
Héroes (no tanto y no siempre)
Internacionalistas sin nación III
Personaje
El fraile Tuck de Renca
Historia real (¿con moraleja?)
Juegos con fuego
Vueltas de la vida (con moraleja)
El no tan misterioso caso de los naturalistas que se convirtieron, uno en un pequeño ángel y el otro en un pequeño demonio.
Animales normales y maravillososa la vez
¿Te lo digo o no te lo digo?
Epílogo
Bibliografía

Para mi padre Julio Oscar Lara Urra y mi madre Carmen Serrano Yuric, agradecido.

“No. Todo lo que hiciste fue inmediatamente borrado de la Historia”. 

Greil Marcus.

Prefacio

En el asiento acompañante del chofer del microbús que bordea la laguna de Cáhuil, la mujer que lleva dos physalis o goldenberries colgando de sus manos pregunta, cabeceando hacia la verdadera flota de taguas más allá de la curva:

-¿Y estos pájaros, se comen?

El conductor, tan parlanchín como coqueto, contesta:

-¡Claro! Pero acá no dejan (hacerlo).

La conversación gira siguiendo el paisaje.

-¿Y eso de allá?

-Eran salinas antes, pero están abandonadas. 

-¿Por qué?

-A los cabros jóvenes no les interesa más.

Tras un silencio mínimo, la mujer agrega un consuelo/opción:

-Es que se necesitan inversiones también...

El vehículo que recorre una escena de pinos, eucaliptos, avellanos y casas que explotan de jardines sorprendentes (con colibríes que cosechan el otoño recién llegado, levantándose a las 5 AM) se pierde hacia el océano Pacífico. 

¿Cuánto hay de “patria” en Cáhuil? Imposible contestar, porque tendríamos que saber qué es la patria. Rompiendo el hechizo de las esencias es mejor interrogarse: ¿cómo es la patria? O, mejor, ¿cómo somos la patria? ¿Es la patria/matria la misma sin nada de bosque nativo a orillas de Cáhuil y sin guiso o cazuela de tagua? 

La respuesta intelectual a estas interrogantes está en el epílogo de La patria creada, pero cada uno de ustedes, lectores, podrá vivenciar, hacer florecer, la suya propia escuchando las voces que van y vienen por este texto que puede parecer entre rompecabezas y divertimento, pero que también es un quipu de papel que propone una sensibilidad que nos revele qué éramos, qué somos y cómo llegamos a serlo.

Historia real (con moraleja)

El misterioso caso de las cuncunas que solo se convirtieron en mariposas

Charles Darwin era un joven vivaz, curioso y aburrido de las lluvias de la Patagonia cuando llegó a Valparaíso, el 23 de julio de 1834. Un miércoles. Fue amor a primera vista. Hubo cualquier buena onda: “¡Cuan delicioso nos parece todo aquí: tan transparente es la atmósfera, tan puro y azul es el cielo, tanto brilla el sol, tanta vida parece rebozar la Naturaleza!”. 

Faltaban mucho para que dejara a medio mundo con la boca abierta al descubrir que todos los seres vivos somos parientes (algunos hermanos, como nosotros con los chimpancés; otros, primos lejanos, como el musgo), porque de eso se trata la teoría de la Evolución. Pero, para asustar a la gente hace falta bastante menos. Y así se lo contó otro extranjero que también andaba por Chile (desde 1825) juntando plantas e insectos, el alemán Juan Renous. Resulta que Renous, unos dos o tres años antes, había encontrado unas cuncunas dándose un banquete de hojas. No las reconoció: ¿en qué tipo de mariposas se convertirían esas orugas? Como no podía andar de acá apara allá con una cajita llena de ellas, alimentándolas, se las pasó a una joven de San Fernando para que ella lo hiciera y salir así de la duda. “El rumor de la misión encomendada a la muchacha se corrió por la ciudad: los padres y el Gobernador se sobresaltaron; hubo largas consultas y se convino en que había en ello alguna herejía y Renous fue arrestado al regresar a la ciudad”, contó Darwin. “Herejía” quería decir que creían que Renous quería hacer algo “mágico”, algo prohibido por Dios, con las pobres cuncunas, mariposas y/o la adolescente.

Pero, no era cosa rara que algo así ocurriese. La mayoría de los chilenos (como la de los ingleses, pero ellos ya algo menos) eran analfabetos y encontraban muy, pero muy exótico que alguien se interesara en pájaros, bichos y piedras que –entonces– sobraban y, demasiadas veces, molestaban hasta la locura (milagrosa era la cama o pellón de ovejas en que no hubiera chinches o pulgas). Dicho de otra manera: la naturaleza les parecía infinita. Peor, cargante. Sin embargo, esa misma abundancia atraía al país recién inventado (Chile ni siquiera tenía 15 años) a los europeos interesados en “descubrir” animales y plantas “nuevas”. Algunos para venderlos a colecciones privadas, otros buscando ganar fama y unos terceros motivados por investigar los misterios del universo (y no pocos queriendo lograr las tres cosas a la vez). 

Alguien que unía el segundo y tercero de los puntos, y fatigaba cabalgaduras por Chile en aquel mismo momento, era el naturalista francés Claudio Gay. En 1830, los políticos José Tomás Ovalle y Diego Portales lo habían contratado para que iniciara un trabajo de descripción natural del territorio. Con muy buen ojo. El polímata (alguien que le hace, y bien, a varios oficios a la vez) se había tomado el encargo con la mayor de las seriedades. Tanto que, a mediados de enero de 1832, en una carta de Portales a su amigo Antonio Garfias, el primero se ríe un poco de ello: Gay “(…) en el tiempo que está aquí, ha gastado más de $ 150 en pagar a peso cada objeto nuevo que le han presentado. Con esto ha puesto en alarma a todos los muchachos que trasnochan buscando pescaditos, conchas, pájaros, cucarachas, mariposas y demonios, o salen a expedicionar a San Antonio por el sur, y hasta Quintero por el norte. El dueño de la posada donde reside ya está loco, porque todo el día hay en ella un cardumen de muchachos y hombres que andan en busca de Mr. Gay; siempre que sale a la calle, los muchachos andan gritando mostrándole alguna cosa. Señor, esto es nuevo, nunca visto; Ud. no lo conoce; y anda más contento con algunas adquisiciones que ha hecho, que lo que Ud. podría estar con $ 100.000, y platónicamente querido de todas las señoritas de Santiago”.

Es que se trataba de riquezas que, muchas ya perdidas, recién ahora valoramos y en su busca acudían, como se dijo, de toda Europa. Con tanto entusiasmo que el mismo Darwin, en una carta a un amigo, escribió que “Chile pulula completamente de coleccionistas: hay más naturalistas en el país que carpinteros o zapateros o cualquier otro comercio honesto”.

Mirada extranjera

Es la raza la buena (y marinera)

“Los huasos son de constitución fuerte, de un color aceitunado,  que se parece al de los gitanos, con ojos negros o de avellana, y cabellos negros gruesos, que tiran a crespos, que basta a distinguirlos de los indios. Algunos los tienen rojizos, y ojos claros, pero esto dista de ser común y es mirado por ellos como el colmo de la fealdad. Los hombres cuidan bastante sus cabellos y lo llevan trenzado en una guedeja  larga, atado en el extremo con una cinta negra. Aunque reacios al trabajo pesado, son sumamente activos, especialmente en sus diversiones campestres, y capaces de un gran esfuerzo, si es necesario. Son, con mucho, los mejores marinos de cualquier país de Sud-América (…)”. Y tienen a quién salir, ya que “los indios chilenses  son por la mayor parte coléricos sanguíneos, de alta estatura (probablemente, ya que comían mejor que el español promedio del siglo XVI), huesos sólidos y cuerpos fornidos y membrudos, rostros hermosos y colorados aunque trigueños: de suerte que siempre andan representando alegría, y consiguientemente son bien acondicionados y animosos y muy arrojados en las batallas”. Richard Longeville Vowell (1828) y Pedro Mariño de Lobera (1545).

Vueltas de la vida

Sueños, de madera, quemados

El 20 de enero de 1817, el general portugués Carlos Federico Lecor entró en Montevideo y recibió las llaves de la ciudad en señal de rendición (y de simpatía, hay que decirlo, pero eso es una historia larga que ahora no viene al caso). Sus fuerzas de más de 10.000 hombres habían derrotado a los independentistas y estaban conformadas por no pocos veteranos de las guerras napoleónicas. Casi exactamente tres meses más tarde, José Miguel Carrera llegaba a la ciudad: “Este célebre jeneral, quien vimos escaparse el 21 de abril de 1817 de un buque de Buenos-Aires que se encontraba prisionero, se refujió  en Montevideo”, cuenta Claudio Gay. Y agrega, diciendo la verdad, “donde ni él estaba bien con los brasileños ni los brasileños con él”.

¿Por qué Montevideo? Poco antes San Martín había regresado a Buenos Aires, luego del triunfo de la Batalla de Chacabuco, “donde entró en medio de un pueblo entusiasmado con su admirable victoria”, resalta Gay. “A (los) pocos días fue a ver a don Miguel Carrera, arrestado en el cuartel de Terrada, y desde las primeras palabras se despertó en los dos el odio que enjendra  la política. Desde aquel momento puede decirse que quedó decretada la perdición de Carrera, pues se decidió que partiese a la fuerza a los Estados-Unidos, lo cual equivalía a un ostracismo poco menos que para toda su vida. Un buque que iba a darse a la vela para aquel país recibió orden de llevarlo; pero en el intermedio pudo don José Miguel burlar la vijilancia de sus guardias y salvarse en un bote que lo condujo a Montevideo, donde fue perfectamente recibido por el jeneral portugués Lecor”.

Dado que Carrera era un caudillo radical, republicano, difícilmente podía caerle bien a monárquicos absolutistas, pero era enemigo de los enemigos de los portugueses y eso bastó para que se toleraran mutuamente. No pasaría mucho antes que Carrera usara una imprenta que se agenció en esa ciudad, la que hoy es la capital de Uruguay, justamente para acusar a los patriotas nucleados alrededor de José de San Martín y “á todos los jefes de la famosa lojia” (Lautaro) de querer ceder los territorios liberados de España al príncipe de Luca, en ese entonces un joven que, si bien había sido rey de Etruria desde el año 1803 hasta el año 1807, las hacía de duque de Lucca (Italia), y del cual solo se sabía que tocaba relativamente bien el violín. 

Antes de ello hubo, sin embargo, algo que pudo haber dado un vuelco total a la vida de Carrera. Poco antes de su huida, “mandó Pueyrredón (director supremo en Buenos Aires) quitarle 1.500 pesos único recurso que le quedaba para atender á sus necesidades y a las de algunos amigos fieles”. Obligado, luego, a vivir en una ciudad en la que le faltaba todo tuvo un impulso: “Abandonar la política para entregarse al comercio (…) el tráfico de maderas le pareció bastante lucrativo y se resolvió a emprenderlo como último recurso, para lo cual pidió á Buenos Aires a su amigo Manson un buque de doscientas a trescientas toneladas, pedido que igualmente hizo a su corresponsal en los Estados-Unidos Henry Didier, participando a cada uno y otros sus proyectos mercantiles y que su ánimo era trasladarse bien a la costa norte de Brasil ó al Paraguay, donde confiaba obtener un permiso de paso”. Sin embargo, remarca Gay, “desgraciadamente, el olvido es un compañero casi inseparable de la desgracia” y sus amigos “le abandonaron a su malestar y a su desesperación”.

Carrera pareció, entonces, estar en las últimas. Había perdido las naves, pertrechos, armas y hombres de su propia mini expedición libertadora. Todas cosas que había conseguido a crédito de su magnetismo y promesas. Por tanto, ahora le habían cerrado el grifo de la confianza. Poquísimo después, el fusilamiento de sus dos hermanos en Mendoza selló toda duda. Pero, ¿si estos últimos hubieran sido desterrados y José Miguel hubiera conseguido sus barcos para convertirse en exportador maderero? Tenía 31 años. O’Higgins caería en 1822. Él podría haber vuelto a Chile, entonces, con 36. ¿Fue este escenario plausible en algún momento?, ¿o su carácter arrebatado y orgulloso lo inhabilitó siempre del todo? Con la tranquilidad falsa que nos da el “después”, podemos decir que la segunda es la opción más cierta. Después de todo, en algún momento Carrera ocupó brevemente Buenos Aires, pudo quedarse con el poder allí y decidió no hacerlo. ¿O hay un universo alternativo en el cual Carrera es un próspero comerciante con pasado guerrero que vuelve a la política chilena o interviene en las de Brasil o Paraguay con el dinero en vez de con la espada?

Formas de vestir, comportarse y estar en onda

Salvavidas lazo en ristre

Poco a poco se va olvidando la destreza fascinadora de los indios, huasos y gauchos con el lazo. Dada la importancia de la ganadería para la vida económica a fines de la Colonia y comienzos de la vida independiente, parecería que en esos años tal destreza se elevaba hasta el virtuosismo. Basil Hall, capitán de la marina inglesa, después gran amigo de Walter Scott, el creador del género de la novela histórica con Ivanhoe, cuenta un par de anécdotas que escuchó en Chile sobre ello, las que habían ocurrido en la guerra de la Independencia. 

En la primera, “diez huasos que no habían visto jamás una pieza de artillería, sufrieron el fuego de un cañón por la primera vez en la calle de Buenos Aires (sic); a pesar del peligro que los amenazaba, avanzaron intrépidamente al galope, enlazaron el cañón, i con sus esfuerzos combinados consiguieron desmontarlo”.

En la segunda: “Se habían enviado botes armados para efectuar un desembarco en un punto de la costa (chilena) cuyo resguardo estaba confiado a un pequeño grupo de huasos. Los hombres que componían la tripulación de los botes, no se preocuparon de enemigos que no tenían armas de fuego, i vagaban con toda tranquilidad a lo largo de la ribera. De repente, los huasos, que habían espiado el momento propicio, se lanzaron al agua, i cuando los botes estuvieron próximos, arrojaron sus lazos al cuello de los oficiales i  los sacaron así de sus embarcaciones”.

Hall, algo incrédulo, indica que la anécdota “entra en la categoría de lo posible, pero cuya autenticidad no garantizo”. No obstante, si hubiera estado en Valparaíso, apenas un año y medio después de su partida de Chile, un día de invierno de 1823, se habría convencido.

En efecto, en esa jornada, recordada por el capitán de la marina chilena, Richard Longeville Vowell, debido a ráfagas violentísimas de viento norte, naufragaron 18 veleros y naves en un solo día en el  puerto. Únicamente se mantuvieron con vida las tripulaciones de los buques que vararon en la playa del Almendral, gracias a los salvavidas menos esperados, “porque los huasos o criollos del interior que rondaban la playa se lanzaron impávidos a las rompientes y lograron salvar con sus lazos a todo el que se acercaba a la orilla”. Uno de tales rescates hizo pequeña historia: “En una de las naves perdidas en el mismo paraje (creo que la Louise) se hallaba la mujer del capitán, una inglesa, con un niño de pecho”. Esta “tuvo la suficiente presencia de ánimo envolverlo y meterlo enseguida en un baúl, después de dar aviso a los huasos estacionados en la playa (por alguno de los marineros que a nado habían salido a tierra) de hallarse listos para pescarlo. Cuando notó que las miradas de la muchedumbre se fijaban en el buque, arrojó a las aguas el baúl y se quedó observando cómo las olas lo empujaban a la playa, donde los huasos lo pescaron al punto con sus lazos. Habiéndolo abierto, encontraron al niño sano y bueno, porque apenas si un poco de agua había penetrado al baúl durante el corto espacio que estuvo a mercede de las olas”.  ¿Y la madre? “Al ver a su hijo en salvo, (…) no trepidó un momento y se arrojó al agua en medio de aquel espantoso mar, valiéndose de su valor y presencia de ánimo para ser también salvada por los huasos”.

Como ninguna sociedad es perfecta, el altruismo del huaserío al arriesgarse para salvar vidas ajenas se compensó con la actitud general de los porteños de lanzarse a agarrar los restos de los naufragios, ya que consideraban que les pertenecían. Las patrullas militares que no hicieron casi nada para impedirlo, ya que “desde niños están acostumbrados a oír que las especies náufragas son del pueblo”. Es que la destrucción producto de las tormentas producía una redistribución momentánea y nada vergonzosa del ingreso: en los días siguientes, al volver la calma (mencionaba con molestia, Longeville) “se ofrecen en venta (…) muchos artículos de valía, que vocean sin empacho haber sido salvados del naufragio, a cuya causa (el vendedor/a) puede darlos muy baratos”. Como los de los siempre misteriosos “remates de aduana” que en varios países de América Latina se siguen ofreciendo hasta hoy.

Misterios (a veces) explicados, momentos inquietantes

Carne de momia en la ruta

Cuando Pedro de Valdivia partió a Chile, desde Perú, sabía que existía un lugar amable donde llegar (Diego de Almagro ya había estado allí) y, mejor todavía, que tenía hasta una ruta pavimentada que lo llevaba, de oasis en oasis, directo hasta Copayapu (ahora Copiapó), de donde la cosa se hacía más aliviada (al menos con el tema del agua): el Camino del Inca. Por supuesto, se trataba no de una autopista, sino de una chasquipista, un sendero para que los mensajeros (chasquis) y los ejércitos incaicos, siempre de a pie, se movieran lo más rápido posible.  Además, tenía señales camineras. Sí, un poco siniestras: carne de momia. Cosa que vio en vivo el soldado y cronista Pedro Mariño de Lobera: “Son tan ásperos y fríos los vientos de los mas lugares de este despoblado, que acontece arrimarse el caminante a una peña y quedarse helado y yerto en pie por muchos años, que parece estar vivo, y así se saca de aquí carne momia en abundancia”. No eran apenas una o dos. “De estos cuerpos muertos iban topando en mucho número a cada paso arrimados a riscos y barrancas, tanto que sirven de señales del camino, para no poder perderse, estando todos tan frescos, que parecen recién muertos siendo de más de trescientos años, según la relación que dan los indios, de entre los cuales salieron los que así se helaron en el camino”.

Formas de vestir, comportarse y estar en onda

Piernas expuestas a las estrellas

Cuando en Tierra del Fuego el terreno se cubría de barro, agua o nieve, los selknam y los haush sabían que había llegado el momento de ponerse sus jamnis, mocasines con el pelo hacia afuera (solo en el caso de los adultos; los niños las usaban al revés). Los rellenaban con pasto seco. ¿Incómodos? Al contrario, comodísimos. Lucas Bridges, el estanciero anglo-argentino que convivió con ellos y aprendió su lengua, contaba luego que, protegido así, “el ona (selknam) puede caminar durante horas a través del agua helada que muchas veces le llega hasta más arriba de las rodillas”. Luego, en el campamento, se los sacaba y escurría el agua que habían absorbido y vuelta a ponérselos: “Se ajustan tanto al pie, que este se calienta muy pronto aunque el pelo de afuera pueda estar duro por el hielo”. Provisto de jamnis y envuelto en su capa, un cazador pasaba la noche confortablemente al aire libre pese a que el termómetro marcara varios grados bajo cero, “y tuviera las piernas expuestas a las estrellas, desde los tobillos a las rodillas”.

Animales normales y maravillosos a la vez

Lana de vampiro (de los verdaderos)

Como con los árboles en que, a la larga, las ramas con hojas nuevas crecen hasta tapar a las viejas, en la Historia el olvido procede a borrar la mayoría de lo que fue y dejar frente a los ojos de las nuevas generaciones un mundo tan virgen como manco; uno donde lo posible en el ayer se convierte en lo impensable del hoy. Cierto día, con el inca Atahualpa prisionero en Cajamarca, Pedro Pizarro (hermano del conquistador del Perú, Francisco Pizarro) observó cómo el último líder legítimo del Tahuantinsuyu  tenía un pequeño accidente doméstico: “Le cayó una gota (de comida) en el vestido que traía puesto”. De inmediato decidió cambiarse de ropa. Al reaparecer, llevaba “una camiseta y una manta (pardo oscuro)”. Pizarro no había visto nada igual: “Llegándome yo pues a él le tenté  (toqué) la manta que hera más blanda que seda y díxele, ‘Ynga (Inca) de qué es este vestido tan blando?’. Él me dixo ‘Es de unos pájaros que andan de noche en Puerto Viejo y en Tumbez, que muerden a los Yndios’. Venido a aclararse, dixo que era de pelo de murciélagos. Diciéndole que de dónde se podría juntar tanto murciélago? dixo, ‘Aquellos perros de Tumbez y de Puerto Viejo qué habían de hazer  sino tomar de estos para hazer  ropa a mi padre’. Y es ansiquestos  murciélagos de aquellas partes muerden de noche a los Yndios, y a Españoles  y a cavallos  y sacan tanta sangre ques cossa de misterio, y ansi se averiguó ser este vestido de lana de murciélago”. 

Tres siglos después, Richard Longeville Vowell, acampando en el valle del Aconcagua, conoció a unos huasos del lugar que, al igual que los de “muchas otras partes de Chile, que, como la mayoría de los pueblos a medio civilizar, se deleitan oyendo y repitiendo cuentos que caen dentro de lo maravilloso, están contestes (contentos) en afirmar que una especie de murciélago grande, que llaman Pehuechén, vive en las forestas y quebradas apartadas y que sale de noche para destruir manadas y rebaños, chupándoles la sangre”.

Con cierta incredulidad, agregó que “aunque todos los huasos podían imitar el peculiar silbido, o mejor dicho, fúnebre chillido de este temido animal, y de describir su tardo vuelo, que lo asemejaba al de la perdiz, ni uno solo se atrevió a decir que lo había visto de cerca”. Lo cual contrastaba con el hecho de que “resulta bien raro encontrar a alguien del país, cuyo padre, hermano, o por lo menos un compadre suyo no haya muerto  alguno o más (según su decir) en el momento mismo en que estaba matando algún cordero. Concuerdan los huasos en compararle con un conejo doméstico en tamaño y figura, dotado de una piel fina de color castaño; ojos grandes brillantes y espantables; pico aguzado y orejas muy pequeñas. Sus alas, dicen, son de cuero, como los del murciélago común, pero mucho más gruesas; sus patas y garras como las de un lagarto, y su cola ancha y escamosa como la de los pescados. Creen todos que puede chupar sangre del hombre y de los animales solo con posarse sobre sus víctimas, y se les nota a simple vista muy atemorizados y seriamente alarmados cuando sienten durante la noche los que ellos llaman su grito”.

Por supuesto, los huasos y el inca tenían razón: por los campos peruanos y chilenos iba y venía (van y vienen) una de las tres especies de vampiro común del mundo. Por cierto, menos voraz que los vampiros literarios, ya que solo extrae 20 gramos de sangre por vez y posee la magnífica habilidad de no cortar nunca ni venas ni arterias (lo que podría matar a su proveedor alimenticio) con sus colmillos de cinco milímetros. En estos nuevos tiempos postcolombinos siguen volando de noche, pero de día nadie luce, a la luz del sol, mantas espléndidas hechas con su “lana”. Es más, nadie siquiera se las imagina.

Mirada extranjera

Cero en Ecología para el Sr

“El palacio real de (el cacique) Mañín está situado en un rincón pintoresco, respaldado por cerros coronados de bosques, al pie de los cuales corre un riachuelo cristalino que baila alegremente sobre su lecho de guijarros. Con sus verdes prados, aguas puras y elevados árboles, este me parecía uno de los lugares más hermosos de la región más apetecible de Chile. (El capitán de amigos Pantaleón) Sánchez contaba maravillas de su fertilidad.

–Si pudiéramos deshacernos de estos bárbaros –decía– nosotros los cristianos luego echaríamos abajo los árboles.

–Mejor que queden los bárbaros con sus árboles –dije yo.

–¿Para qué sirven? –preguntó”. Edmond Reuel Smith, 1853.

Animales normales y maravillosos a la vez

Sobre la desaparición discreta del quiltro, o khilto, originario

Con los que aman a los quiltros pasa como con los que se inclinan por la luz solar blanca. Así como a los últimos les maravilla que contenga todos los colores (cosa que prueban las gotas flotantes que dan origen a los arcoíris), los primeros consideran que el quiltro –al no ser raza de nada, sino base y resultado de las mezclas de todas ellas–, si bien no tendrá formas llamativas, es más sano, inteligente, hábil que cualquiera de sus “ingredientes”. Lo contradictorio es que el desprecio abierto que contiene la palabra en su uso genérico (excepto por la alusión a una eventual astucia, toda adjetivación que la utiliza lleva desmedro) pareciera reflejar un amor muy propio de colonia por castas, sangres de colores y privilegios; al ser el quiltro, por así rebautizarlo, un “perro espontáneo”. Entonces, están los “perros de raza”, por un lado (como oficiales de regimientos distintos con sus colores, insignias y funciones) y los quiltros, por otro. Estos últimos, no equiparables a oficiales de regimiento ninguno, ya que cada uno sería versión única de algo que en sí mismo es desorden, efecto del puro azar. Pero, ¿y si –como en tantas cosas– nos engañáramos? Escuchemos al Abate Molina, hablándonos desde fines del siglo XVIII: “En quanto a los perros, no es mi ánimo establecer que todas las razas conocidas actualmente en el Reyno de Chile se encontrasen allí antes que entrasen los Españoles; pues únicamente sospecho que antes de aquella época existiese allí el Borbón pequeño llamado Kiltho, y el Thegua o perro común, los cuales han sido encontrados en todas las tierras que se han descubierto hasta el Cabo de Hornos”.

¿Kiltho? En un texto lleno de encanto y erudición inquisitiva, por medio del cual el antropólogo Ricardo Latcham se ocupó de desentrañar los misterios de los perros americanos desde Alaska a Tierra del Fuego, este cita al jesuita penquista Felipe Gómez de Vidaurre, quien había escrito que “por el quiltro entienden (en Chile) una casta de perros pequeños lanudos y por thegua una casta de perro mediano de pelo corto”. Luego, Latcham nos sorprende mucho más. Corre 1922 cuando escribe, y los quiltros, asegura, siguen muy felices por el terruño y son una raza muy bien definida: “Todavía es muy común en el país y si es cierto que hoy en día ha sufrido muchos cruzamientos, sin embargo son bastante frecuentes los ejemplares típicos de la raza en cuestión”, que él caracteriza como “bedijudos (que tiene la lana o el pelo enredado o en vedijas), con pelo largo y crespo, generalmente de color blanco, raras veces grises o color canelo, de piernas cortas, nariz aguda, cola enroscada y (que) generalmente andan con los ojos lagañosos”. Según el escritor, si se los rapaba había semejanzas sorprendentes con el perrillo pelado o perro caribe que Colón encontró en las Antillas. 

Tras recordar que no hay evidencia (o no la había en 1922) documental certera de los quiltros antes de la llegada de los invasores europeos, indica que es casi seguro que ellos estaban aquí previamente ya que, en 1558, un cronista vio perros pequeños y lanudos con los indios chonos, e indicó que “su bestir es de lana de unos pequeños perros lanudos que crían”. Por así decirlo, festinando un poco, hacían “lana de quiltro”; aunque lo más probable es que usaran el pelo mezclado con fibras vegetales. Latcham, luego, reconoce que la palabra se está independizando de la raza, ya que “actualmente el nombre de quiltro se aplica indiferentemente a todas casta de perro pequeño y bullicioso”.

Las sorpresas no terminan ahí. En plan de especular, Latcham imagina que el thegua o tregua pudo resultar de un cruce entre el perro pastor peruano (también previo a los españoles) con el culpeo, zorro, mezcla a la que luego se sumó otra con los dogos traídos desde España: “De aquí resultó el perro chileno que durante los siglos XVII y XVIII tuvo tanta fama en toda la costa del Pacífico”. Con toda esta historia a cuestas y volviendo al presente, descubrimos algo que no esperábamos: el “quiltro de raza”, el quiltro clásico, si se quiere, si no ha desaparecido totalmente, se ha difuminado hasta casi afantasmarse. 

Incluso el quiltro que no era el quiltro-quiltro tambalea. Hace unos pocos años los veterinarios de la fenecida Universidad Iberoamericana advirtieron el advenimiento de una era de gigantismo para estos últimos. Los pitbulls y rottweilers abandonados (ahora razas de mayor masividad) diseminaban genes de gran masa muscular, menos pelambre y más agresividad, los que habrían dado nacimiento al quiltro 2.0. 

Sea como fuere, esperemos que en algún barrio, algún poblado sureño, costero, isleño o cordillerano, el kiltho  resista tanto los infundios de fealdad como las demandas de mejoramiento por algo más vistoso y llamativo que, no tan en el fondo, ocultan las vergüenzas nuestras, todavía no resueltas, desde la Conquista. 

Mirada extranjera

Casi elefantes

Hubo un tiempo sin celulares inteligentes. Sí. De hecho, hubo un tiempo sin celulares, incluso de los “tontos”. Peor aún, sin teléfonos de ningún tipo. Claro que sí. Esto puede parecerles increíble a los habitantes del siglo XXI, como increíble les parecía a los del siglo XX que hubiera existido un tiempo sin televisión, radio o telégrafo (una especie de teléfono único que comunicaba a una ciudad con otra, pero sin palabras) y, más todavía, uno anterior, sin diarios de papel. Épocas en las que, si una familia tenía seis a diez libros en su casa era como si una tuviera seis a diez home theater repartidos en una mansión.

Esa época existió. Y fue casi ayer no más: 1817. Poco menos de tres vidas de 70 años para atrás. Prisionero en la ciudad de Concepción estaba, entonces, J.F. Coffin, comerciante de Estados Unidos, quien descubrió que todo lo anterior: desde la entretención que promueve YouTube hasta las compras a distancia se reemplazaban con un aparato maravilloso que viene de regalo dentro de cada cabeza: la memoria.

“Una de sus diversiones favoritas –escribió sobre los penquistas de 1817 a 1819– es ‘contar cuentos’, en lo que demuestran tal buena memoria y facilidad de alocución que a menudo me he quedado asombrado. Dondequiera que durante la noche se encuentren agrupados media docena de amigos o que la familia se halla reunida después de cenar, alguno de la concurrencia toma la palabra, y sin la menor hesitación y sin interrupción alguna prosigue con su historieta durante una hora entera, y a veces dos, con el mismo aplomo y rapidez que si estuviese leyendo un libro”. ¿De qué trataban estas historias que podían durar tanto como una película? “Generalmente son cuentos de princesas cautivas o encantados caballeros, tomados de las Mil y una noches y transmitidos a viva voz de padres a hijos, entre nobles y plebeyos, pobres y ricos. No tienen más biblioteca que la propia memoria, que es notablemente buena”.

Y, como se ha dicho, no solo era buena para recordar narraciones fantásticas, sino para reemplazar a Amazon o Alibaba: “Se despacha a menudo de un pueblo a otro a un muchacho, con dinero y un centenar de diversos encargos, sin un solo apunte por escrito, y se puede estar seguro que los cumplirá con exactitud. Jamás uno oye decir a un chileno ‘lo olvidé’”. 

Cortando el género

Ese no, ese tampoco y el de más allá, menos todavía

En un momento, cuando los españoles ya habían conquistado el Imperio inca (que iba de lo que hoy es Ecuador hasta la región del Maule, en Chile), y después de años de pelearse entre ellos mismos, les vino el deseo de casarse (cuando se acabaron las ñustas  o princesas incas). Al parecer, comenzaron a organizarse “tours” en que señoritas de la nobleza viajaban de España para conocerlos. Ellos eran ricos, famosos y poderosos, pero a la mesa de tanta maravilla le faltaba una pata: cuenta el cronista Inca Garcilaso de la Vega que una de las casaderas, al verlos en una fiesta (llamadas saraos) dijo: “¿Con estos viejos podridos nos habíamos de casar? Cásese quien quisiere, que yo, por cierto, no pienso casar con ninguno de ellos. Dolos (se los doy) al Diablo; parece que escaparon del infierno, según están estropeados: unos cojos y otros mancos, otros sin orejas, otros con un ojo, otros con (apenas) media cara, y el mejor librado la tiene cruzada (de cicatrices) una y dos y más veces”.

Mirada extranjera

A la buena de Dios, no más

“Por fin llegué (de vuelta) a Valparaíso disgustadísimo de viajar en este país donde no se encuentran casas, víveres, ni sitio donde alojar, de modo que es necesario llevar hasta su cama, si no se quiere verse obligado a dormir, como las jentes del país, en plena tierra sobre pellones de corderos, a la buena de Dios”. Amédée-François Frézier, 1712, luego de regresar al puerto, desde Santiago, por Til Til.

Formas de vestir, comportarse y estar en onda

Turcos de cordel v/s angurrientos de verano

En el siglo XIX, mucho antes que se decidiera ponerle azúcar al pan salado y a los jugos de fruta (que ya traen su propia azúcar) y convertir al 70% de las personas en prediabéticas, engordar no era fácil.  No se habían inventado las papas fritas ni las bebidas con gas, y el pan de todos los días era tan integral que los ricos lo despreciaban y pagaban extra por limpiarlo de tanta fibra para dejarlo blanco. Así, a partir del 15 de enero, los santiaguinos con recursos se presentaban en sus dos estaciones de trenes (Central y Mapocho) con una triple misión muy clara: imitar a los franceses, huir del calor y “adquirir carnes”. Esto último no significaba irse a comprar filete o lomo fuera de la ciudad, sino disponerse a comer a destajo en plan de juntar rollitos abrigadores para el futuro otoño-invierno.

Pero, no bien se entraba en las estaciones, “un cardumen de muchachos vestidos como turcos afrancesados, es decir, con gorro color lacre y blusa azul” se lanzaba sobre los viajeros para ayudarlos con sus maletas y “ataditos”. Sí, según el novelista y diplomático chileno Alberto Blest Gana, los veraneantes tenían que pasar esta primera “prueba” antes de partir y su estrategia consistía en comenzar a hacerse los lesos, mientras huían hacia las boleterías o daban en forcejear sus bultos con ellos, sabiendo que “cada uno de estos turcos de cordel son otras tantas sanguijuelas protegidas por los economistas de la tarifa aumentada” (referencia a que los precios de los trenes, como ahora los de los buses y aviones, subían justo en los días de vacaciones y no antes).